Después vendría la ascensión al Telera. Bella subida para el disfrute del espíritu - que hace olvidar el sudor del cuerpo, el fuego de la respiración, las goteras que empapan los ojos y la boca - donde el mundo se hace eterno en cada matojo y en cada nueva pisada. A veces la ascensión se muda en asunción, pues nos necesitamos unos a otros y nos tenemos que dar la mano para ir juntos hacia la voluntad de ser más personas, como en este pedregal en que estamos metidos Jose y yo antes de coronar el Collado de Cabichirizas. Nos tenemos que asumir el uno al otro, pasarnos los ánimos y el ritmo, mientras el esfuerzo nos impide la palabra: trescientos sesenta y cinco metros de respiración compartida con las nubes bajo el cielo y con la piedra bajo nuestras pisadas. Llamemos pues, asunción, a nuestra ascensión: pero llegamos. Y superamos el paso horizontal y los trepes y todas las dificultades.
Y aquí estamos, contemplando los edelweiss. (La foto es distinta del anterior escrito, puedes jugar amigo lector, a buscar las diferencias). Lo mejor sería que aquí, de nuevo hiciera silencio y contemplara. Silencio. La vida se me hace ruido en las quebradas del cerebro y no es fácil regresar al llanto de la infancia, al silencio de la noche estrellada. Silencio. La respiración de los edelweiss y el rumor de una fuente de agua. Silencio.
Silencio. La cumbre aguarda. Como espera el mar a las serenas aguas, igual que espera al caudaloso río y al ruidoso torrente y a las gotas de lluvia y al vapor sofocado. La cumbre aguarda. Silencio. Asciende y calla.
Javier Agra.
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