En el Cerrito Sarnoso
Suena en mi
corazón la dulce y serena Balada número 1 de Chopin (1810 Zelazowa Wola,
Polonia – 1849 París), conocida por ella misma y por su utilización en
diferentes películas de éxito, cuando voy llegando al hermosísimo Cerrito
Sarnoso del que no comprendo su nombre por muchas veces que lo contemple y me
siente a admirar las vistas que desde aquí se divisan.
Es una
planicie a la que llego desde la Sillada de Garcisancho, allá abajo ha quedado
el Valle de Lozoya de verdor y agua, de sueños y armonía. La Senda del Palero
ha sido nuestro camino entre robles y susurro de agua hasta desembocar en esta
sillada donde diríase que se juntan el cielo y la tierra en un circo luminoso
que se extiende montaña arriba hasta Peñalara y Cabezas de Hierro.
Cerrito Sarnoso, al fondo Peñalara.
De inmediato
llego al Cerrito Sarnoso (1692 metros), de verdor permanente, lleno de vida y
entusiasmo aún cuando esté cubierto de nieve, poblado de matas vivas y de saltarines
animales, risueño de pinos y de canciones de aves, asentamiento de peñas de
siglos y de murmullos de vidas sin tiempo.
Suena la
Balada nº 1 de Chopin mientras contemplo el cielo y las cumbres, mientras
medito en la libertad y la inmensidad, mientras escucho los latidos de mi
corazón y la respiración de la tierra toda. Aquí me siento, Cerrito Sarnoso, sobre
tus piedras de siglos, sobre tu nombre incomprensible, sobre las pisadas de otros
caminantes de todos los tiempos, sobre el canto de los grillos, el trino de las
aves, el mugido de los ganados…
Cerrito Sarnoso,
de nombre injusto y de admirable sosiego. Después continuaré hasta Cabeza
Mediana para volver a bajar a buscar el coche hasta la carretera que une
Rascafría y Cotos en su kilómetro treinta y dos y trescientos metros, muy cerca
del Mirador de los Robledos con su monumento de la Guardería Forestal.
Javier Agra.