Duero, he visto tu nacimiento en las altas faldas del Urbión, cervatillo saltarín, cuando el sol matinal calienta tu surgencia en borbotones. Me he sentado con frecuencia en las llanuras de Castilla que riegas entre abrazos de trigos y pinarillos. Las estrellas titilan en tus silencios de reflejos en la inmensidad de campos y barrancos.
Hoy te contemplo desde estas alturas de Miranda do Douro donde has llegado ya maduro y luchador, escondido entre las rocas, horadando suelos y altozanos para construir tu fluvial sendero a través de los siglos. A un lado España, Portugal en la otra orilla te acompañan y contemplan el paso de tus años. Así llegas, Duero, amigo silencioso, entre las canas viejas de tus aguas abrazado al mar océano para dilatar tus aguas y tu nombre entre en el silencio y la sal de la eternidad.