sábado, 2 de octubre de 2010

PICOS DE EUROPA - TORRE BERMEJA

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Sorprendemos a las hayas en sus primeros bostezos cuando estamos saliendo del Refugio de Vegabaño. Jose tiene estudiado el trayecto. Yo bajo entre los caballos de la pradera sin mayor preocupación, porque Jose es un mapa vivo en la montaña y en cada momento sabe el sendero oportuno para llegar a la cumbre. ¡Ay la cumbre! ¡Cuán lejos queda! Pero la cumbre es siempre – también este agosto de lumbre – nuestra meta.
Hemos atravesado un par de arroyos, la humedad es constante pero nada que no pueda superarse con las botas secas y la sonrisa en el rostro. Suena el agua canciones de antaño y melodías nuevas. Hemos cruzado el Dobra, el abrazo del agua nos sitúa en los bajos de la Cuesta Fría. Innumerables hayas dan cobijo a los austeros robles que han decidido quedarse a vivir entre el baile risueño de los poblados bosques, tan tupidos que el sol es allí una bendición cuando atraviesa tenue entre la maraña de las ramas.
 Desde el Refugio contemplamos los Moledizos al fondo y el tupido bosque de la Cuesta Fría.

Cuesta arriba, la fuente grande y más allá la fuente chica, surten de agua corriente a los animales y las aves que tienen morada perpetua entre los misteriosos montes de esta parte leonesa de Picos de Europa y, tal vez, a algún aventurero montañero que quiera coger agua por estas cuestas; nosotros – por si las fuentes se agostan – traemos llenas las cantimploras. Saludamos a un ciervo – se ha quedado tan sorprendido que huyó veloz antes de responder al saludo –, inclinamos la cabeza reverentes ante una reunión familiar de árboles de acebo. Y así, abrazos poéticos aparte, llegamos sudorosos al despoblado Campillo.
Más arriba, el sosegado remanso del Collado del Frade, que permitirá llegar a la Fuente Fría, nos asoma al refugio –recién remodelado y sin guarda – llamado Del Frade, al tiempo que dos grupos de montañeros recogen las tiendas en las que pernoctaron, antes de continuar su travesía de varias jornadas por Picos de Europa. Jose y yo nos sentamos – calma y lumbre de agosto – a beber un sorbo de agua y contemplar la primera visión del Valle de Valdeón.  
 He aquí el Refugio del Frade en medio de un impactante valle.
La pedrera que bordea los Moledizos está muy bien marcada y no supone ningún susto añadido. Ya estamos en el Camino del Burro – subiendo entre sudor y esfuerzo la Canal del Perro –. La visión se agranda. El cielo entra en nuestras mochilas. La tierra está llena de hermosura. Dicen que desde estas cumbres comenzó Dios a formar la Tierra, allá cuando todo era paraíso lleno de frutales y de fiesta, antes incluso de que le sorprendieran las tormentas.
 Tal vez el paso más complicado del Camino del Burro sea este paso de La Canal del Perro.

Llegamos al Collado del Burro. Frente a nosotros Peña Santa – ¡tal vez en otra vida! ¡Cuando nos crezcan alas! No estamos para escalar – admirable y noble; hacía ella van otros montañeros con cuerdas y aperos de escalada. Aquí termina la poesía y comienza la duda y el temblor de la lucha final. ¿Venceremos? 
 Agosto mantiene pinceladas de nieve en Peña Santa, vista desde el Collado del Burro

 ¿Por dónde subimos a Torre Bermeja? Para llegar a la cumbre, tenemos que superar esa dificultad pedregosa.


Hicimos cumbre — ahora es fácil deducirlo, de otro modo seguramente hubiera pasado otro mes antes de escribir – el gozo aumentó hasta el grito – casi aullido – de satisfacción; casi aullido, pues ahora somos uno con el lobo y con la flor, con el águila y con el viento. Arañando la tierra para cruzar más arriba de los Hoyos Cavaos y subir hacia la cumbre por la antepenúltima cortada, vencimos muchas dudas, saltamos más allá de algún miedo, bordeamos los límites del respeto, aprendimos que la montaña está enamorada de los montañeros y los cuida con mimo en todo momento, aprendimos que somos parte de la tierra. 
   ¡La cumbre! El cielo aplaude con palmoteos de nubes nuestro trabajo de hoy.
Javier Agra

viernes, 1 de octubre de 2010

PICOS DE EUROPA - VEGABAÑO

La luz.

Revuelo de arcángeles y gorriones, la luz avanza agosto adelante buscando el alba. He plantado renuevos de madrugada para que nazcan días azules sobre las sierras calladas. 

Queda el coche bien resguardado en Soto de Sajambre donde pasamos la noche. Ya estamos caminando por las calles dormidas de la mañana. Pueblo arriba no tardamos en encontrar el camino que sube hacia el refugio de Vegabaño. Un poco más atrás, a nuestra izquierda hemos dejado la Senda del Arcediano.


La luz se cuela como un misterio de olas entre las hayas, monte arriba el silencio nos acompaña. Años de soledad y espera han hecho de estos árboles un mar de calma. Y aquí estamos, entre la respiración y las olas, navegando sin palabras. Paso a paso, el corazón se ha hecho rama entre la arboleda verde y las reducidas praderas. 

La luz hace nido entre las hayas. Quiero permanecer para siempre en estos recodos dormidos, dormido como las hojas con el arrullo de las ramas. Es imposible perderse esta mañana de lumbre entre el pensamiento y la palabra. Abajo queda la piedra, abajo el remanso del agua, abajo los prados dormidos y el canto de las cigarras. Monte arriba los pasos de los montañeros se están confundiendo con el aire de Picos de Europa y los rebecos saltarines roca a roca buscando equilibrios de luz y de paisajes con siglos en la mirada.


El refugio está ante nosotros. Hemos llegado cuando aún teníamos dibujada la sonrisa en el rostro y la esperanza en el alma. Aún es temprano. La hayas de los alrededores nos guiarán las próximas horas por la luz de los alrededores más allá del arroyo Truégano donde las hayas dan paso a las vacas.


 Javier Agra

jueves, 5 de agosto de 2010

RECUERDOS DE PIPA (X)

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Yo creo que tiene que existir una conexión entre la emoción y la razón. He visto a los humanos demasiado ocupados en evitar que los engañen y al mismo tiempo con un corazón escéptico ante la posibilidad de la verdad. Pero – pienso en mis ratos a la sombra de los plataneros del parque – que la verdad tiene una mayor profundidad que estas simples capas de miedo y duda. La verdad, sin duda, tiene que ver con las emociones que fraguan la vida y con la razón que asienta el ánimo: ese ánimo asentado, la fuerza para luchar y buscar siempre la verdad ha de ser la síntesis entre la razón y la emoción.

Por lo demás este dos mil tres que se nos escurre entre los dedos de las patas y ante el que los ojos sueltan misteriosas lágrimas, ha sido un tiempo de importantes descubrimientos. He visitado la Sierra de Madrid numerosas veces, por fin nuestros compañeros de paseos – los que nos dan el pienso para la cena – se han puesto de acuerdo, con ellos visitamos la Buitrera en la Sierra de Ayllón; he subido ¡por fin! a Peñalara, cima y techo de Madrid; he conocido Siete Picos,  paisaje de hermosura sin límites; también la Peña Cebollera o Pico Tres provincias, lugares sobre los que no me extiendo pues están descritos en múltiples textos, incluso en este mismo blog de recuerdos y quehaceres diversos.

Aquí estamos, para siempre moviéndonos entre los pinos del Guadarrama, según voluntad fotográfica de María Moreno - a quien llamamos con cariño, María River -.

La cabra. Los chinos dicen que este es el año de la cabra y, a juzgar por lo que he visto en este mundo, no deben estar errados. Lula da Silva comenzó el año con la toma de posesión de la presidencia de Brasil que es un gran país en extensión. Pienso que para ser grande, todos necesitamos con urgencia de la meditación, pues con ella nos hacemos dueños del universo. ¡Ay, cómo quisiera que entendieran los humanos la importancia de pasar ratos con uno mismo! Serían una fuente cristalina que mana agua límpida para regar el erial del llanto y curar la desesperanza.

Para huir de la desesperanza huyen muchos de los habitantes de los lugares del olvido y cruzan en pateras hasta la península, o hasta que un huracán los engulle entre risotadas sin piedad. Recuerdo cosas maravillosas – a veces me pongo más terrible que un telediario – como el trasplante múltiple del aparato digestivo que hizo un hospital de Madrid a una adolescente, creo que fue el seis de febrero mientras los cristales de las llanuras castellanas lloraban hielo y barro. Casi tres meses después vino a España – por quinta vez – el papa Juan Pablo II: discutido y activo, estaba reciente su encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, donde decía que la eucaristía crea y educa en la comunión y por eso es fuerza de transformación de la tierra y de los corazones hasta que la tierra sea de todos. El programa ya existe – añadía – es  el  de Jesús y su modo de vida trinitaria”


Ser perro tiene sus obligaciones. Aquí estamos conversando de filosofía con la gente que hemos llevado de paseo.

El mundo está lleno de accidentes “…veintinueve turistas mueren en Francia… choque de trenes en Zimbabwe con cuarenta muertos… explosión en Lagos con cuarenta muertos… catorce peregrinos en una avalancha en la Meca… Doscientas personas mueren en el incendio del metro de Daegu… y las guerras… y el virus del Ébola…”  Estos asuntos sin resolver y tienen cerebro para inaugurar un puente ¡de sesenta kilómetros de largo! “Puente Nuestra Señora del Rosario” en Argentina sobre el río Paraná.

Fernando Alonso ganó su primer gran premio, además fue el primer español que lo consiguió en la fórmula uno, el suceso deportivo ocurrió en el circuito de Hungaroning en Hungría ¡mira que tienen sellos bonitos las cartas de Hungría! Schwarzenegger resultó elegido gobernador de California, mientras Úbeda y Baeza eran nombradas patrimonio de la humanidad por la Unesco y Madrid inauguraba el Metrosur ¡Cuidado si será grande el mundo! ¡La de acontecimientos que coinciden ante la absoluta apatía de los humanos que tienen su frontera puesta en un espejo, solamente se miran a ellos mismos!


Se murió, ay, Chumy Chúmez. Murieron Gregory Peck, Compay Segundo y Celia Cruz, el gorila albino Copito de Nieve, Terenci Moix, Manuel Vázquez Montalbán, Roberto Bolaño y Dulce Chacón: “Muchas palabras han recorrido un largo camino a pie antes de conseguir sus alas”. Recuerdo ésta como una de sus grandes frases llenas de filosofía poética. Por asociación de ideas: estaba yo leyendo unos textos del filósofo británico Bernard Williams en torno a la verdad social y política, cuando me llegó la noticia de su fallecimiento.

Estoy aprendiendo a jugar con las pelotas de tenis, sin raqueta, solamente a fuerza de carreras… breves, pues siempre llego la última de todos los animales del parque. Os contaré un secreto: no soy en absoluto competitiva, me basta con llegar.

Javier Agra.

martes, 3 de agosto de 2010

AGOSTO

Agosto cabalga entre Leo y Virgo con pistoleras de plata. ¿Pensará, entre risas y recuerdos, disparar amapolas, llenar con sus brillos las plazas del mundo dónde se fabrican verbenas? Los campos están segados y las aceñas reciben el grano nuevo para fabricar las tortas – este invierno rebosarán de vida y comida las alacenas –. Van los carreteros masticando las últimas amapolas que sestean en el seco ribazo… “y sardónice es la piedra que cuadra con estos días” - me relata un mozo que va arreando el carro – “será por el amarillo que domina entre su color oscurecido”. Yo, que de esto se poco, le saludo agradecido.



Agosto me lleva del brazo por las llanuras segadas – en todas partes se escuchan canciones nuevas de codornices en fila familiar mientras miran a un lado y al otro antes de cruzar los viejos caminos por si pasa algún carro con sus cansadas vacas – y me cuenta entre misterios sus recuerdos de antaño: allá cuando las espadas repartían tierras y calendarios; eran los años de Octavio Augusto y sus triunfos sonados, entre clamores se adentra por la Vía Apia después de derrotar a Marco Antonio y Cleopatra; ¡pocos días tiene este Sextilis, yo lo quiero más largo! Y como los emperadores romanos podían cortar días – igual que cuellos humanos – decidió honrarse poniendo su nombre al mes de tales victorias.

Agosto cálido camina sediento por las calles y los prados – se están secando las fuentes entre los grillos musicales y las aves recién salidas de sus nidos –; dicen los refranes que está reñido con Baco y con Cupido, pues los calores que él mismo aporta no necesitan más colchones ni tabernas: “En agosto ni Venus ni mosto” Yo no comento este refrán que bastante tristeza encierra y donde llora el alma no se precisa dicción. Pero si los antiguos celtas lo dedicaban al dios Lugh y desde el primer día del mes lo llamaban lughnasadh será un mes festivo (tendremos que revisar nuestro refranero).

Agosto labrador y agorero nos traía las “cabañuelas” para indicar, según los doce primeros días, cómo resultaría cada mes del año siguiente. No temamos, por tanto, a este misterioso mes porque aún cuando los ríos sufren mayor evaporación, se condensa en nieblas y aguas para el futuro – el presente no es más que un punto en la corriente constante de los ríos que trotan sobre nuestras costillas arañando vida –. El sol caliente de agosto es “bueno para el azafrán, la miel y el mosto”. Entre siesta y siesta vamos pasando los días más calientes que van de Virgen a Virgen pero más tarde “por San Bartolomé, tormentas ha de haber” Y en agosto las tormentas son duras y violentas, seguramente por el miedo continuado a que se desparrame un violento pedrisco y se coma la fruta antes de madurar.



Agosto. He visto avecillas temblando de nieve en las cordilleras al mismo tiempo que hacen vuelos a ras de tierra buscando las escasas sombras y los pocos granos olvidados en los rastrojos de las mesetas. Todo es sudor o frio al mismo tiempo, porque la vida no tiene etiquetas. Ora es agosto embravecido y atronador – sepultura, ay, de tantos cuerpos frágiles entre la grava y el barro –, ora cálido y sosiego sobre una hamaca en sombras – mañanas al rumor de las olas entre el pensamiento y el paseo –, ora fuego entre la vegetación angustiada – antaño monte de vida agreste y hoy ruido silencioso de animales huyendo entre las trampas humanas –, ora sueño reposado entre la siestas del olvido – aquellos párpados que un día vieron salir la luna están sofocados entre las paredes de algún antiguo caserón –.



Agosto. Nombre viajero. He visto niños sin sueños y viejos sin brillo. He visto pistolas y estoques. He visto bosques y vida. Y con todos he conversado en silencio mientras gastaba, montaña arriba, las suelas de mis zapatillas – es decisivo restaurar fuerzas para encontrar el momento de arrancar, pues la calentura puede terminar por agostar los buenos deseos –. Sube, sube, siempre queda la cumbre de la vida.

Javier Agra.

lunes, 26 de julio de 2010

SIETE PICOS (en sandalias)

 
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-          ¿Qué haces, Pipa, con la vista clavada en el vacío infinito?
-          No está clavada en el vacío. Paseo Siete Picos con mis recuerdos
-          De modo que eres una especie de “juego virtual”
-          No, pequeño amigo, recuerdo nuestros paseos por Siete Picos. El recuerdo no es ninguna estulticia, pequeño amigo. Forma parte de nosotros mismos y así vamos recreando una y otra vez nuestro pasado ¿Tal vez piensas que cada acción de nuestra vida es novedad?
Pipa me llama “pequeño amigo” desde la adultez de sus, ya superados, diez años. Seguramente será para consolarme ahora que, inexorablemente, camino más allá de los años sin retorno. Yo no me quejo – ya se lo he dicho a Pipa varias veces – y me parece que forma parte de la rueda de la vida el contemplar las canas personales sin más preocupación



-          Además hemos de dejar sitio a las siguientes generaciones.
-          Pipa, alguna vez puedes dejarme hacer un razonamiento filosófico.
-          Es para que no te engrías en exceso. Que, vosotros los humanos, no miráis hacia las cosas pequeñas de la vida; los animales pequeños de la vida; los detalles pequeños de la vida…”pequeño amigo”
-          ¡Y dale con pequeño! Has de saber que antaño yo llegué a medir un metro setenta; hoy ya estoy en declive; hoy cuando las canas van saltando sobre mi cuerpo como las cabras montaraces de la Sierra.
-          De la Sierra de Madrid te estaba hablando…
-          Ya, de Siete Picos.
-          Cada tarde, cuando nos sentamos a la sombra de estos cinco chopos en la parte del parque que llamaremos tres olivos para situarnos geográficamente…
-          ¡Qué precisión, Pipa!
-          Es mejor tener las cosas siempre lo más claras posibles, por eso me gusta ser precisa.
-          ¿Piensas eso, tú que eres poeta?


-          Pequeño amigo, los poetas ven la existencia y sus contornos con una precisión de siglos de experiencia. Tal vez aliñada de romances y trastocada por los deseos. Pero recuerda siempre que la realidad recreada es realidad vivida. Por eso puedo volver cada tarde a Siete Picos: salimos del coche en el aparcamiento de Navacerrada – puedo escuchar el murmullo de los otros viajeros que también sueñan fantasías –; avanzamos por el Camino Schmid – convendrás conmigo, pequeño amigo, en que las sombras de los pinos también son un recuerdo permanente de unidad con la naturaleza –; ascendemos hasta el Collado Ventoso – allí donde se juntan diversidad de caminos y los  montañeros reposan unos instantes entre la sonrisa del espíritu que sale incontenible por los ojos hasta formar un éxtasis colectivo –; y seguimos ascendiendo más y más hasta la luz de Siete Picos – donde la belleza se escapa al diccionario y el alma misma entona melodías corales con la inmensa naturaleza que está hecha cuerpo en el presente como síntesis de eternidad –; dejamos tras nuestro paso cumbres y más cumbres – la vista es siempre maravillosamente nueva a través del infinito sin fronteras –; terminamos el paseo circular volviendo por sosegados parajes, de nuevo hasta el coche en el aparcamiento del Puerto de Navacerrada.

 Esta magnífica vista del punto más alto de Siete Picos es de Jose quien, además de programar hermosísimas excursiones por la Sierra, las ilustra con alguna fotografía. 



-          ¡Visto así…!
-          También te podría hablar de la flora y la fauna; pero eso ya está descrito en los libros.
-          Espera Pipa, vuelve a comenzar el camino. Te acompaño a Siete Picos sin quitarme las sandalias. 

Javier Agra.

viernes, 16 de julio de 2010

PEÑA TREVINCA (III)

Descendemos de Peña Trevinca. Los perfumes de la tierra y la juventud informe del pasado recorren por mis venas como una lumbre de gritos y oquedades nuevas por descubrir; también baja con nosotros la ancianidad silenciosa del futuro entre remolinos agresivos de sangre mancillada. Sueños de fatiga suben por los cordones de mis botas: las tinieblas se han comido a la luz, nubes grises aplastan sin previo aviso las láminas brillantes del sol del medio día; pero yo me niego, nos resistimos todos los que hemos puesto los pies en la montaña. 


Estamos en la cumbre de Peña Trevinca. Desde aquí es fácil sonreir.

¡Vamos, ha terminado la siesta! El presente está siempre engendrándose a sí mismo; desde el impulso de nuestra sangre todo es presente. Tiempo sin desmayo, reflejo de estrellas y de lucha. Desde más lejos, más montañas llegan hasta la cumbre que nos aprisiona entre dudas, llegan las montañas y nos liberan para la luz y la esperanza.

Tera abajo – ahora estamos en el valle, de regreso – se agolpan los caballos y piafan canciones de libertad; las liebres dejan ver su sombra entre carreras y las aves nos enseñan vuelos sin cadenas, saltos sin fronteras; Tera abajo la vida es libertad, los montañeros lo hemos aprendido a través de todas las dudas de la historia.


Desde la cima de Peña Trevinca se domina el precioso valle del alto Tera. Ejemplo claro del origen glaciar en forma de U. Es lo que nos comentó Ana Jalón que se llama turbera: el sedimento de aquel antiquísimo lago glaciar que ahora forma el valle.

Mucho más abajo, agua y sementera, el río llegará – sin saberlo a estas alturas de la montaña – a regar la huerta y los manzanos. El Tera aquí arriba, no sabe que también es vega fértil entre los chopos y las casas: ¿qué son casas? Nos pregunta entre las nieves de su nacimiento.

Mucho más abajo el Tera será ritmo de agua entre los troncos. Por allí los niños juegan entre los chopos a volar como palomas. Suaves risas de la infancia que hoy tenemos en nuestras manos cuando bebemos del nacimiento del río en la montaña y compartimos el agua con el águila y los ciervos, con las ranas musicales y las raíces escondidas en la tierra.


Los caminos van y vienen por la tierra. Tú, viajero, planta tu huella y déjate llevar. Desde el Collado Ventosa estamos viendo Peña Trevinca.

Conversamos con el Tera. Aquí arriba, en la montaña, el tiempo tiene más granos de arena. Le contamos la hermosura de unos metros más abajo donde su agua se baña en el misterio del lago. Le hablamos de personas y de fábricas, de los sueños de las gentes entre el llano y la rivera. Detrás de la montaña siguen los ritmos de otras respiraciones: sueños y hospitales; silencios y minerales; huertos y silos de grano; bibliotecas y teatros... El alto Tera nos mira con sonrisa de meandros y continúa su camino entre los relojes sin manecilla de las montañas y los vuelos de las aves.

Javier Agra.

jueves, 15 de julio de 2010

PEÑA TREVINCA (II)

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A esta altura de la marcha ya estamos sobre el Embalse de la Vega del Conde, coronado por un pequeño refugio en medio del valle que se ensancha entre colores de la naturaleza. Chapotean nuestras pisadas mientras nos acercamos, ladera abajo, hacia el Tera.
       Cerca está un puente de piedra para cruzar – nos indica Jose que sabe de estas cosas.
       ¡Mirad, un corzo! – Exclama Elisa ante el éxtasis de la vida que salta por la maleza.
       ¡Qué hermosura! ¡Qué elegancia! – esta vez es Jose Mª de Valladolid quien responde admirado.
       Silencio… yo no digo nada. Entre boquiabierto y enterrado en una ciénaga, pienso en la felicidad de ser corzo y poder trotar cumbre arriba… siempre hacia lo más alto.


Llegamos a la ribera del Tera – el sendero nos llevó hasta el puente de piedra tal como había descrito Jose que es nuestro guía en la montaña y parece que lleva un mapa de cada excursión inscrito en el cerebro –.Nos abanican los vientos y hacen música con el agua bajo el sol de la mañana.
Grabaré estos espectáculos en mi frente, escribiré – cuando tome resuello y se dore en la luz del alma – que estos paisajes majestuosos hacen majestuosos a los ojos que lo admiran y a los corazones que los alaban. Pero el éxito no está en lo que hemos alcanzado; por eso, después de unas avellanas y un trago de agua, continuamos nuestra marcha.
Aguas arriba del Tera, por su margen izquierda según nuestra marcha, estamos caminando por la Majada Trefacio. El río se inventa una curva pronunciada y cierra este amago de baile con un puente de hierro al que llega, desde las cumbres, otra posible ruta para hacer la marcha a Peña Trevinca. Se llama la ruta de las estacas por estar balizada con estos elementos; llega a través de la Majada de Rosinos: ¡caramba, cuánto nombrecito cito! El alto Tera es tan amplio que necesita mucha nomenclatura para saber por qué lugares tenían el ganado los antiguos pastores y los actuales ganaderos.  


Aguas arriba del Tera, magnífico y amplísimo valle de retamas azules y amarillas. Con diversos nombres a su paso: La Vega que ilumina nuestras pupilas de morado por la mezcla de los colores; Cabuerco Vedado de magia y lumbre; Majada Trevinca donde vuelan los pies cansados; a nuestra izquierda dejamos la Peña del Maseirón mientras nos acercamos por el valle del mismo nombre cruzado por el arroyo Maseirón, cuyas aguas nos traen un mensaje de la peña nevada: “vuestros sueños han crecido desde la infancia y ahora son firmes como las rocas que os animan, montañeros”.
Los valles del Alto Tera son de origen glaciar, perfectamente dibujado con la redondeada forma de u. Hoy atravesamos una turbera, que son los sedimentos de un antiguo fondo de lago.


Comienza la subida empinada hacia Peña Trevinca. También se puede hacer dando un rodeo hacia la derecha, por la Majada del Abuelo, en un camino más largo pero seguramente con menos dificultades sobre todo al final, pues se llega a la cumbre desde las crestas con lo que evitamos las rocas de los últimos cien metros.
Nosotros subimos por la vía más directa. Roca y nieve. Exploramos. Sudamos y seguimos. ¡Por aquí no! Lo que parecía un camino más sencillo, nos ha llevado a una cortada de roca a nuestra izquierda. Otro camino. Sustos. ¡Vamos! Si te cansas compartiremos la carga y el gris de la piedra brillará con la luz de la nevada.


¡La cumbre! Largo tiempo hemos vadeado las olas de la montaña, ahora ya somos asiento y amapola; en círculo suenan a verdaderas las preguntas y las respuestas; el pan y la ensalada ya no son de mi mochila ni de tu macuto, ahora somos uno en la montaña.
Javier Agra  

lunes, 12 de julio de 2010

PEÑA TREVINCA (I)

También están los que llevan consigo todos los derribos del pasado y los nudos de los troncos secos de la vida.



Nosotros Comenzamos la excursión besando el atardecer desde las montañas cercanas a San Martín de Castañeda desde donde contemplamos extasiados el Lago de Sanabria, el mayor lago glaciar de España. – Supongo que en Europa habrá unos cuantos mayores. Además del Mar Caspio, existen más de dieciocho mil en Finlandia y otros muchos que merece la pena contemplar ¡alguno será de origen glaciar! Mas no he de intentar aleccionar sobre este tema –.

La luz del atardecer traía reposo, raíces, hojas y paciencia que, entre los montes de roble, cantaban melodías de siglos en nuestros oídos. Abajo el pueblo, más allá el lago… la Sierra de la Culebra… los sueños dorados de los humanos siempre cerca. Cada persona en su terruño describiendo, con los ojos cerrados y sin error, los lugares hasta donde alcanza su mirada. Los montañeros miramos y vemos más allá pues donde no llega el ojo, imagina el alma.



Pero hoy estamos pisando el prólogo del cielo. La laguna de los Peces tiene un aparcamiento donde los vehículos duermen antes de alborear. Allí dejamos nuestro coche y comenzamos una larga caminata por el Collado de Ventosa hasta el Alto de Borzabuelo. Los primeros rayos de Helios están sentados, recién apeados del carro, esperando para entregarnos una gorra – el día puede ser amplio de sol y fatiga –. Desde aquí vemos el Embalse de Vega de Tera y recordamos el viejo Ribadelago: suenan las campanas entre los llantos de la madrugada.

Las vacas sonríen a la hierba, la hierba a las retamas, las retamas a los collados, los collados a los animales corredores, los animales a las aves voladoras, las aves a los humanos y los humanos llevamos la sonrisa corazón a corazón hasta desembocar en el mar de la inmensidad.



Ingente cantidad de agua mientras cruzamos hacia el Casal de la Porquera, lugar de múltiples arroyos: El Serradeiro, La Porqueira, arroyo de La Cuchilla. El agua y el verde hacen la delicia de los conejos y de los corzos. El agua es vida y sonrisa. Estamos pisando la sonrisa del río Tera, un poco más abajo, en el valle, formando el Embalse de la Vega del Conde.

Javier Agra

lunes, 5 de julio de 2010

RECUERDOS DE PIPA (IX)

-->Hace pocos días fue mi segundo cumpleaños. He descubierto grandes amistades en el parque donde paseo a diario; está Munia, en quien he encontrado la amistad serena, casi tres años mayor que yo; me habla de grandes posibilidades por la sierra de Madrid. Hemos quedado en poner en contacto a la gente con la que vamos a pasear para que nos lleven al monte: los hombres de la casa son muy andarines y aún montañeros, pero no se deciden a contarse sus búsquedas entre la naturaleza y los pinos.


Me paso la vida hablando de la Sierra y plasmo aquí una panorámica del mar de Tenerife. Mira con calma lector y disfruta del sosiego de la inmansidad.

Claro que es una situación muy frecuente en los humanos, son capaces de viajar a diario en el tren o de cruzarse en la calle e ignorarse absolutamente. Dicen que es fruto del adelanto social, tal vez; seguramente hace no muchos años era señal de buena educación dedicarse un signo de reconocimiento: ya los antiguos griegos enmarcaban estos detalles en lo que ellos denominaban la estética de la vida, que ocupaba todos los aspectos donde no llegaba la ética.

Tenían cosas dignas de recuerdo los griegos. Alguna vez, cuando todos duermen en casa, ojeo alguno de los varios libros que andan en la estantería sobre el pensamiento griego, para familiarizarme con los textos y el modo de vivir que se descubre a través de los mismos. Seguramente eran personas serenas, sin las urgencias de los relojes: Parménides, Heráclito, Sócrates y tantos otros. Tiemblo también cuando me detengo a pensar en las brutalidades que se narran en sus épicos libros de historia.

Parece, no obstante, que los humanos han recorrido la historia entre las atrocidades y la esperanza subterránea que, no pocas veces ha producido brotes de paz: estoy pensando ahora en Diógenes o en el mismo San Francisco de Asís: la austeridad consiste en necesitar pocas cosas y aún esas, pocas veces. Siempre andan los humanos detrás de ponerse de acuerdo en algo que les de identidad común. El año dos mil dos – del que estoy hablando – pusieron en Europa el Euro para entenderse todos con la misma economía, mientras en España se prohibía la venta de todo tipo de gasolina con plomo; claro que en Australia se pasaron el mes de enero entre fuego devastador y en Turquía el tres de febrero se produjo un terremoto con casi cincuenta muertos.

Marta Domínguez – mira que admiro a esta mujer y a otros cuantos atletas – consiguió en Sevilla otro récord nacional de velocidad: eso lo entiendo menos porque ¿para qué correr si el futuro viene inexorablemente aunque no se le llame? Tampoco es bueno detenerse, no sea que el presente siga su ritmo y nos deje atrás. Tal vez para no perderse, los humanos de la NASA, han comenzado a cartografiar la superficie de Marte – que también se necesita tener ganas –.

Se han muerto Camino J. Cela y Adolfo Marsillach. Mi nivel de lectura ya me había permitido terminar más de cuatro obras del premio nobel literario; a la sombra de los plataneros, me cuentan grandes actuaciones del también autor teatral: para siempre quedará en mi memoria su trabajo de Harpagón en el Avaro de Molière. 


En fin, cosas y cosas. No pocas veces para tratar de ocultar la falta de silencio que hace crecer y crear al espíritu. Si me gustan los paseos es, fundamentalmente, porque puedo encontrar en el silencio vespertino, esa cercanía con la tierra toda de la que formamos parte, igual que las hormigas y el sol cálido o la nevada que mantiene mi piel fresca. 

Javier Agra 

viernes, 2 de julio de 2010

JULIO

Van pasando las horas, silba el vapor del tren en las estaciones de toda la tierra. Mi maleta no tiene peso, está llena de sueños aún sin etiqueta.

Dicen que Julio se llamó primero Quintilis en aquel viejo calendario romano, pero como Julio César nació un día doce del citado mes, decidió tomar para él todo el mes. Y ahí estamos con el nombre del César para siempre ocupado entre el agua y los nenúfares. Ay Julio – César – cuánto dolor diste a los galos y cuánto vigor a los romanos, ¿tendrá que ser el sufrimiento de muchos la fuente de gozo de unos cuantos? ¡No, por julio – el séptimo mes del calendario –. Pintemos para siempre este mes como un joven de bronceada piel por espigas coronado!

Dicen también que se representa con el rubí, piedra preciosa – según parece, yo no la he visto nunca – de firme carácter, de dureza apenas inferior al diamante. Julio es la energía (creo que se mide en julios), el trabajo y el calor; claro que los poetas hablaran de la energía del movimiento que rasga la aurora y empuña rayos sobre las llanuras para segar con tizones la mies dorada… mientras los físicos dirán que es la energía necesaria para lanzar una manzana un metro hacia arriba según descubrió James Prescott Joule (al que castellanizamos como julio).


Así viajamos de estación en estación. Por eso julio es un mes voluble e insensato; incapaz de permanecer en un mismo pensamiento se hace chaquetero para satisfacer a cada cual, ofreciendo a cada uno lo que quiere oír, ver y recibir. Sueños de grandeza y playa se mezclan con las quemaduras diarias de las piedras bajo las costillas y las llagas de los dedos de los pies.

Julio del campo y de la tierra. Sigue, aún dormido hijo de Eneas, alimentando desde la escasez de las aguas y los amarrillos colores de la siega. Mes de trillos y adobes… recuerdo aquella infancia remota cuando, en medio del calor, corrían las moscas entre el sudor y la parva con la lentitud de las horas; tal vez para cumplir el refrán: “dice el labrador al trigo, en julio te espero amigo”


Clamaban los antiguos por el trabajo bien hecho y con rapidez. Lo contaban con aquel refrán del santoral: “Entre Santa Ana (26 de julio) y Santa Magdalena (20 de julio) no tengas la parva en la era” Acaso para urgir a las conciencias sobre la brevedad del tiempo, la amenaza continua de las tormentas o el peligroso fuego contra lo que sería el sustento, en forma de pan y grano, para el resto del año.

Julio, manga corta y sudor, paseos después de caer el sol. También esta afirmación es relativa: depende desde dónde se esté mirando julio; recuerda amigo lector que “el verano en la montaña empieza en Santiago y acaba en Santa Ana” Tranquilo, no temas ni las altas temperaturas ni los termómetros siniestros, ya lo dice nuestro refranero: “Llegado el uno de enero, San Fermín viene corriendo”


Julio. Vengo de una lejana patria, dormida entre los humos del recuerdo donde lucían los trigos y los cardos cantaban siglos de armonía. Vengo del agua misma y las blancas laderas pétreas de montañas viejas. Vengo buscando mi nombre para compartirlo con tu pueblo cada noche de luna llena. Vengo con una maleta que no tiene peso, está llena de sueños aún sin etiqueta.

Javier Agra

jueves, 1 de julio de 2010

DE MORCUERA AL PAULAR

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Todo es comenzar. Cuando nadie te dice que es imposible, sigues animado porque sabes que puedes; así lo ha planteado tu espíritu y por eso continúas. 
Hemos dejado los coches repartidos entre el Paular, lugar de recogido descanso, y el puerto de la Morcuera, desde donde iniciamos nuestra bajada por el valle del Lozoya entre sosegados pinares. Desde el Albergue sale una senda ancha: GR 10 bañada por el río de la Angostura, juega con nosotros al escondite durante gran parte de su recorrido que realiza desde el Puerto de Cotos hasta el pueblo de Rascafría. 


Recorremos un valle de origen glaciar con plegamientos tectónicos – estos detalles los pongo de memoria, así es como me los han contado Jose, nuestro guía de montaña, y Rocío Codes, compañera que sabe multitud de datos sobre la tierra y sus suspiros – que hacen de su figura un canto poético a la tierra. De Rocío he aprendido también a apreciar la sonrisa y el brillo de la paz. He aprendido tantas cosas de los compañeros con los que comparto trabajo que no sabría expresarlas con mis reducidas expresiones de modo que lo encerraré en el sueño de mi corazón, para que desde él se expanda a toda la tierra.


Subimos – fueron los únicos metros de subida durante el recorrido – hasta el alto del Purgatorio. Ciertamente es una reducida altura, pero la vista es inmensa: vamos descubriendo que también lo pequeño puede resultar inmenso. Hacia un lado el Arroyo Aguilón que, enseguida, formará las cascadas del Purgatorio: recodos inmóviles a través del tiempo y aves bulliciosas de movimiento perpetuo, conviven en vida y roca. La naturaleza cuenta, en silencio, misterios de convivencia; hacia el otro lado continúa el pinar, el monte, el futuro sin fronteras.


Y nosotros, sentados entre el pensamiento y la palabra, sonreímos y comemos galletas de chocolate. Siempre con sosiego y con la mano tendida, porque la tierra es mano y sosiego; ahí está siempre señalando caminos posibles e imposibles para nuestra andadura. Como también nos gusta inventar, decidimos volver al camino – que sabemos está allá abajo – por entre los pinares y su sombra. Los perros nos marcan rutas, los perros van felices: saben que contamos con su ancestral visión de conjunto para salir de cualquier atolladero.


Ya estamos a la altura del Arroyo Aguilón. Aquí mismo, entre la piedra y el musgo, vamos a comer: los perros agradecen la elección del lugar, tienen el río a su disposición. Juegan e inventan estilos no olímpicos de natación. Bucles de perros y agua se están secando en las rocas, canciones de álamos y pinos arrullan su descanso. Terminamos el condumio y miramos más allá de los ojos, más allá de los colores, más allá del silencio y el susurro. Pero tenemos que continuar, la vida es siempre más allá. Por el puente del Perdón, salimos al monasterio del Paular: lo que fue y lo que será unidos en la piedra y la historia.

Javier Agra