domingo, 1 de mayo de 2011

LA BUITRERA (DESDE HONTANARES)

-->
Comenzando desde la izquierda y acercando la visión hasta el espectador: La Buitrera, Fontarrón y Cerro Merino.

Entre la niebla y el sueño La Buitrera tiene el corazón risueño. Entre la niebla y el sueño La Buitrera asoma sonrisas de pana vieja, como un pastor antiguo que cuida sus corderos. Porque quiere estar atenta a todos los movimientos y las pisadas de los montañeros viejos, porque debe estar despierta ante las pisadas de los nuevos montañeros. Seguramente habrá tenido alguna mala experiencia en sus recuerdos de lobos y gritos a lo largo de los reñidos siglos de la historia, por eso intenta ocultar sus momentos de gloria más allá de los ojos indiscretos, entre la niebla y el sueño. 
Jose reposa en la cumbre... entre la niebla y el sueño.

A estas alturas de la primavera La Buitrera, silenciosa de siglos y espera,  peina canas de nieve en sus laderas. Antes de que naciera Castilla, a la que hoy observa entre la niebla y el sueño, antes, tal vez, de que naciera la respiración humana; antes, digo, de que existieran los nombres que hoy pronunciamos desde su cresta, ya había olido correr la sangre y la desgracia; la montaña, que acaricio con respeto y nos cuida con cariño, tiene esa cumbre solemne de tanto mediar y alentar esperanzas: ¡Vendrán tiempos mejores! ¡Sobre las heridas y la violencia vencerá la gloria de la paz! 
En la cima del Cerro Merino, con Riaza al fondo, hacemos una pausa.

En su alma hacen nido las violetas, los jilgueros muestran sus colores; de sus laderas surgen brumas de tiempo, de rosas y de truenos. Por eso, a cada paso del montañero responde con una carcajada de niebla y de sueño. Montaña arriba surcamos los siglos en silencio, como si nos adentráramos en los cuentos de los dragones, cuando las doncellas liberadas amasaban pan tierno para los caballeros, mientras entonaban con voz armoniosa romances viejos (¡Qué bien cantaban todas las doncellas de los cuentos! ¡Qué “caballeros” eran todos los caballeros!), cuando los caballeros trenzaban con flores de adelfa palabras de amor para los diccionarios abiertos de las doncellas.
Han pasado los siglos. 
Ermita de Nuestra Señora de Hontanares edificada en el siglo XVII. Lugar de solaz y de inicio hacia diversos puntos de montaña en la Sierra de Ayllón. 

Estamos intentando llegar a La Buitrera desde la ermita de Hontanares, tiene muchos lugares de acceso esta montaña de extensa cumbre. Es sencillo – está muy bien señalada la ruta en los mapas – también el sendero es claro hasta la misma cima donde espera siempre el vértice geodésico. Frente a la ermita y a la trasera del bar, cuando la carretera va a dar la primera curva, unas pisadas suben por el prado hasta el pinar; ya estamos en la senda, a partir de aquí es cuestión de caminar… 
 En el robledal inicial aún podemos situarnos con poses de montañeros descansados.
Y dejar el alma libre para que converse con los árboles. Pronto los pinos conducen hasta una valla donde se sitúa una puerta muy fácil de pasar. Un hermoso monte de rebollos… (En Acisa de las Arrimadas, aquel antiguo pueblo de mi antigua infancia, les nombrábamos como rebollas, en femenino) acompañará ahora nuestros pasos hasta superar, cumbre adelante, unos roquedos sin nombre dominados por una firme cruz visible desde diferentes lugares.
 Plácidas alfombras de gayubas nos adentran en unos roquedos sin nombre.
Chimenea de subida hacia Cerro Merino.

Más allá, tras las plácidas matas de gallubas (también ha visto en el diccionario escrito el nombre de estas preciosas matas como gayubas, con la y griega fue como las nombré por primera vez) llegamos a Cerro Merino que hemos de subir – incluso escalar en tres momentos muy sencillos – por una chimenea que ofrece con más gusto sus brazos que su dificultad; más allá el Fontarrón, largo paseo por la hermosura y el sosiego de su verdor… Y la cumbre, donde la Buitrera tiene el corazón risueño entre la niebla y el sueño. 

Javier Agra.

martes, 19 de abril de 2011

DESCENSO DEL MANZANARES (II)

Estamos en el Collado del Piornal. Hemos poblado la vista y el corazón de esperanza, naturaleza y sueños. Es preciso continuar el viaje en un constante paso adelante. Bajo nuestros pies, aquí en estas laderas del Ventisquero de la Condesa, bulle de ilusión el inicial río Manzanares, confundido aún con la hierba y las piedras que lo animan y le dan confianza. ¡Lleva nuestra paz a la ciudad y a sus habitantes! 

 Solemnidad de la tierra desde el Collado del Piornal.

La música del agua transforma el silencio en gozo y triunfo. Los latidos son ahora más universales. El agua, que aquí toma nombre y forma, es una cantata de violines y ruiseñores. Nuestras botas chapotean entre los trombones de los saltos y las arpas de delicados pasos. Son los arpegios del agua montaña abajo lamiendo la piruleta del Guadarrama.

Los montañeros, a estas alturas de la marcha ya hemos ensanchado el corazón – hasta el máximo potencial por la fuerza de la subida – ahora dejamos que sea el gozo de vivir, contemplar, compartir… el que vaya llenando los resquicios entre entramados de altares y luces de vidrieras. Más allá de la poesía, la sierra no cabe en un retablo, se desparrama más allá de las formas concebidas por los arquitectos artistas de los siglos. Seguramente ningún canal pueda comunicar la sinfonía que todos los sentidos componen en el corazón de quienes, a estas alturas del medio día, tienen los pies mojados de nieve derretida pero henchida de emoción el alma.

Tal vez tendríamos que haber traído los getres. No importa mojarse, caer o sentir las espinas de la vida; unos metros más abajo, cuando el río cante polifonías de agua, la nieve volverá a quedar abrazada a las retamas, a los pinos y a los robles y nos dejará libres los caminos. Siempre tendremos el nombre de la lucha en nuestro horizonte y nos volveremos a levantar. 

 Aquí estoy, intentando levantarme en un espectáculo de MIMO en algún Centro Cultural de Madrid.
 


Diré, por si algún lector quiere hacer esta ruta que no tiene más dificultad que la resistencia de las horas de marcha. Pero si yo, entelequia corpórea, lo terminé, seguramente una gran multitud de entre los humanos serán capaces de superar esta diminuta gesta. Con frecuencia nos puede más la molicie, el tedio, incluso el desconocimiento… ¡Ay si habláramos más veces con el silencio de la sierra, cuánta felicidad crecería en nuestra mirada! Diré, ítem más, que hicimos la bajada por la margen izquierda del Manzanares, el sendero – una vez superada la nívea blancura – está más claro.

Así llegamos hasta la pista en el Puente de los Manchegos. Arriba, al fondo a la derecha se ve el Collado de los Pastores. Seguimos unos metros por la pista, siempre dejando el río a nuestra derecha; enseguida un hito,  mojón lo nombran en otras tierras, nos indica la necesidad de salir de la pista y bajar por una senda, entre helechos y retamas para acompañar a la orquesta del Manzanares. 

 Esta foto de las Cascadas del Manzanares la hice yo, está menos lograda que las que realiza Jose; la pongo aquí porque se ve el conjunto del hermoso circo.

Diversos arroyuelos aportan sus aguas a nuestro río; de entre ellos, tal vez el más rumoroso y crecido sea el Arroyo de la Berzosa que llega saltando a ritmo de minué desde las Cabezas de Hierro. Y más abajo las Cascadas del Manzanares. Llegados a este punto, parecería que estamos en el último movimiento de la sinfonía de la excursión. Fotos y otras risas. 



Más abajo, nada más cruzar el río sobre un puente de madera, nos sentamos entre la calma y las rocas a degustar – entre voraces gruñidos de prehistoria – la ensalada mediterránea y otras viandas. Paso a paso llegamos a Canto Cochino, donde tomamos el café; con el coche que habíamos dejado aquí a primera hora, nos llegamos a la Barranca de donde habíamos partido. Está concluido. Doy fe de nuestras andanzas y emociones, permitidme obviar los sustos y las culadas.

Javier Agra.

lunes, 18 de abril de 2011

DESCENSO DEL MANZANARES (I)


No es mentira el título que hoy muestro, ese era el objetivo: el descenso del Manzanares. Pero tampoco resume en una frase el trayecto de la jornada entre luz y nieve. Antes de bajar, fue necesario ascender hasta el Collado del Piornal. Fue necesario ascender, porque el río nace entre los neveros cálidos  del Ventisquero de la Condesa. Para entonces ya nos habíamos quitado el abrigo con el que iniciamos la marcha.

Eran las nueve y dos minutos de la mañana… el sol mecía sus cangilones de oro, con acompasado rumor de viento, para mandarnos rayos amanecidos en esperanza de futuro. Ahí estábamos, montaña arriba. Superadas ya las fuentes del solazado paseo chapoteábamos arroyuelos que conformaban el río Navacerrada; estos días de primavera, la Sierra parece una ladera de agua. Sus sones de magia y flauta sin duda son el baile de las ninfas y los invisibles gnomos… la dulzura del color entre miles de tonos cambiantes son los guiños de las hadas para reposo de quienes avanzan entre la nevada. 

Antes de mil quinientos metros, la nieve se hace agua para formar los sonidos dulces del río Navacerrada, Peña Cabrilla y el Regajo del Pez. De trecho en trecho escuchamos y respiramos vida y futuro.


 El Collado del Piornal está cubierto de nieve y de vida; de presente y de futuro.

Arroyo de Peña Cabrilla arriba, hemos llegado a los sonidos de cascada del Regajo del Pez. Aquí la nieve cubre infinita la indescriptible ladera que brilla en ascenso hasta la loma reposada del Collado del Piornal. A nuestra derecha juegan los esquiadores que suben y bajan – hormigas en hilera – buscando siempre la cumbre más alta de La Maliciosa; a nuestra izquierda el Alto de Guarramillas a quien también notros damos el nombre popular de Bola del Mundo. El sonido de nuestra palabra se mezcla a otros sonidos de palabras de personas, hasta ahora desconocidas… a partir de este instante la Palabra es común regocijo de quienes vienen y van por todos los caminos de la vida y de la Sierra; se añade el sonido de las aves, desde ahora alma de nuestra alma… y el sonido del aire en los pulmones y en el corazón… y el sonido de la naturaleza… y los sonidos nuevos… y los sonidos de la eternidad y del misterio.

 Hoy disfrutamos la compañía de Montse y su perra Blanca.

En este Collado cierro los ojos y recuerdo diversos ascensos por diferentes caminos. Las dificultades y las alegrías de cada marcha que nos ha traído hasta aquí, pasando por la cima de la Maliciosa; desde La Bola del Mundo; desde Quebrantaherraduras; y tantos senderos que terminan, después de superar la desolación y el desaliento, en gozo y paz recién amanecida.

Javier Agra.

lunes, 7 de marzo de 2011

POR EL YELMO DE LA PEDRIZA


Hemos llegado.
El título de hoy parece un tabique de unión entre la ficción de Don Quijote y un episodio de dibujos animados. Lo cierto es que salimos dispuestos a deambular por los roquedales de la Pedriza hasta donde nos permitieran las angustias climatológicas. Por ahí nos fuimos, pues, sonrisa y mochila en ristre… O tal vez como Cardenio y Luscinda – selváticos pastores creados por Cervantes – triscando entre las peñas. 

 Vedlas. ¡Con qué soltura las cabras han llegado a ser cabras! Afortunadas ellas que han conseguido la plenitud de su desarrollo. ¿Cómo haré yo para desarrollar todo mi potencial humano?

La cumbre muestra su sonrisa para cauterizar las mil heridas de la vida: soledad y desamor; ruidos y atascos; oficinas y desprecios;… que son al mismo tiempo losa y sudario. Losa porque aplastan hora a hora como un invisible puño, sudario porque aplacan desde el silencio de los caminos y las cumbres.

El silencio. Historia de siglos de cultura, desde aquellos primeros monasterios allá cuando alumbraba el siglo quinto los primeros cenobios de oración, austeridad y trabajo. Silencio creador de futura sabiduría entre claustros, bibliotecas y aldeas. Silencio forjador de voluntades y pequeñas historias individuales y colectivas para cantar con una sola voz que nos hacemos personas poco a poco cuando nos vamos cuidando unos de otros desde la cercanía, como estas piedras de la Pedriza de Madrid.

Cruzamos el Manzanares, primer baño de Pipa en las frías aguas del valle en sombras; no importa, enseguida el sol del bautismo calentará el pelo nórdico que cubre su piel, como una esperanza de riqueza compartida más allá de este suelo de invierno. Seguimos el curso de la corriente unos metros aguas abajo, para saltar de inmediato hacia las rocas que nos llevarán, en pocos minutos, hasta el Barranco de los Huertos.

 Desde la Gran  Cañada parece que más allá de estos farallones solamente están los azules celestes. Pero no, siempre es posible superar la siguiente dificultad.

Más arriba, en la Gran Cañada, hacemos un alto para saludar a la cantimplora y conversar con el farallón de las rocas que hacen una aparente muralla insalvable. Nada más ficticio que esta apariencia, porque la verdadera realidad es que existe un camino claramente marcado por siglos de antepasados que nos van subiendo hasta el Collado de la Encina donde podemos hacer un himno al sol y sentarnos entre el horizonte y el Yelmo, para observar cómo el paso del tiempo ha lamido suavemente esta cara sur de la fotografía hasta hacer una lisa e inmensa roca de escalada con cuerda.

 Montse y su perra Blanca nos muestran la lisa pared del sur del Yelmo.

Subir por la brecha del Yelmo. Bajar a comer y llegar al coche será cuestión de tiempo. La pedriza nos ha cobijado nuevamente entre el sol del invierno y la caricia reflectante de la roca.


Javier Agra.

sábado, 26 de febrero de 2011

DESDE VALDEMANCO

En un instante tal vez.
En un instante de lucidez.
Sin previo aviso, durante una tarde de paseo, tuvimos la corazonada del salir al día siguiente para hacer una ruta circular desde Valdemanco. Allí llegamos con el coche, nada más cruzar sobre las vías a la entrada del pueblo, nos metimos por la primera calle a la derecha y enseguida aparcamos, en la calle Las Heras frente a un campo de futbol.

En un instante tal vez… pero desde el momento de iniciar la ruta, antes aún de preparar la mochila, teníamos claro el lugar al que queríamos llegar. Nuevos Ulises de la montaña, teníamos marcada la meta de nuestra Ítaca. Hacía ella caminamos constantemente en la montaña como en la vida. Arrancamos nuestra ruta, no por un proceloso mar sino por una ligerísima pendiente, adornada de piedras y jaras…

Primera duda a los pocos minutos de caminar. Se nos unió un perro, un cachorro marrón con ganas de jugar y observar. ¿Qué hacer? En la vida, las preguntas se plantean desde los primeros pasos… decidimos que si él buscaba nuestra compañía no lo abandonaríamos en medio de aquellos parajes (he de asegurar que ni nosotros nos perderíamos pues la sierra de la Cabrera es un lugar hermoso y sin rodeos; ni mucho menos P3 – así llamamos a nuestro compañero perro – avezado, sin duda, por estos lugares). Vino con nosotros, porque la vida es encuentro y camino común.

Más dudas se apoderaron de nuestra mente cuando aparecían caminos diversos que nos llamaban con tiernas voces: ¡nosotros vamos hacia el Cancho Gordo, no nos vale cualquier camino; solamente las rutas que se dirigen hacia nuestro destino! Y abandonamos los valles de los lotófagos (es otro lugar puntual de la Odisea) para seguir las huellas que otros habían hecho antes que nosotros… ¿Me reñirá Machado? ¡Claro que vamos haciendo nuestro propio camino al andar, pero otros han marcado las mejores sendas para llegar al final!

Dejando a nuestra derecha las cumbres más altas, llegamos a un magnífico valle con vistas y respiración no soñada por los humanos: allí dimos gracias a la naturaleza por mostrarnos su hermosura en las cosas sencillas y tan armónicamente situadas. ¡Qué belleza puede producirse con las piedras, los árboles, la tierra, la luz cuando están en su potencia desarrollada! ¡Cuánta belleza debe encerrar cada persona! ¿Quién sabrá desarrollar el potencial que tenemos cada uno en nuestro interior?

 Algunas veces es necesario replantearse los caminos y saber optar por el mejor.

Monte arriba, por lo bravo… Derechos hacia nuestra meta: El Cancho Gordo. Pero la nieve… la falta de senderos… los pies se nos hunden más allá de las rodillas (como a Quevedo cuando estaba cogiendo mejillones y subía la marea)… Aquí fue donde Munia y Pipa pusieron el grado necesario de sensatez a la comitiva: ¡Es bueno buscar otro método sin variar el objetivo! Y volvimos sobre nuestros pasos continuando el camino hacia el Collado Alfrecho para retomar el ascenso.

 Lo demás fue sencillo. Llegamos a la hermosa pradera que precede a la cumbre. Aquel que está detrás -tal vez sin osar molestar es nuestro compañero P3-

Subimos… Hicimos las fotos. Bajamos, siempre por la marcada senda entre jaras, con el arropo del sol, hasta llegar al Convento de San Antonio. Comimos para nuestro solaz y el regocijo de Pipa y Munia, quienes compartieron alimento con P3 a quien ya tratábamos con la cordialidad que da saberse todos, parte la misma fantasía de vida. Cerramos el paseo circular. Cinco horas y media después del comienzo estábamos sentados a la mesa de una taberna del pueblo, con el café y otras viandas de picar. Merodeaba ufano el cachorro P3 mostrándonos su entorno – donde quedó cuando subimos al coche minutos más tarde – mientras Munia y Pipa meditaban tumbadas enroscadas a nuestros pies en lo importante que es tener una meta a dónde dirigir la vida.

 La cumbre del Cancho Gordo. Jose mira y ve, miestras Munia respira sonrisas a sus pies y Pipa canta melodías de agradecimiento sobre la piedra.

Javier Agra.

miércoles, 5 de enero de 2011

REFUGIO DELGADO ÚBEDA (PICO URRIELLU)

-->
Desde el Collado de Pandébano – inmensidad y magia – las vacas nos hacen muralla mientras rumian silencios ancestrales de nata y quesos; no está lejos la Majada de la Terenosa, con un pequeño y coqueto refugio sin guarda. Seguramente hasta este paraje llegan muchos paseantes de cortos trayectos; a partir de este idílico lugar, solamente las aves y los montañeros que van y viene en lo que parece ser la autovía de Picos de Europa; así llegamos al Collado Vallejo desde donde Jose, que es un experto montañero y sabe por donde están los más escondidos y bellos lugares, saca instantáneas para inmortalizar la Majada de Camburero y la Canal de Balcosín al otro lado del Jou Lluengu, que parece un nombre incorrecto, pues más parece un amplio valle que un jou.
Estamos pasando a la altura de la Majada Cambureru: Entre el verde del prado, a la altura de la piedra blanca, se puede seguir el sendero que lleva a Poncebos, a través de La Canal de Balcosín y arranca en el mismo Refugio de Urriellu.
Este asunto de los nombres siempre puede ser discutido; pues en algunas culturas es pasajero y sin mayor relevancia, mientras que en otros lugares y en diversas culturas, el nombre hace que la persona tenga un estatus o una misión o una tarea a desarrollar. En cualquier caso, cada nombre es singular pues se compone de respiración, historia y sentimientos. Por eso todos los nombres tienen sonrisa y raíz. Así pues, sigua llamándose jou más allá de mis consideraciones. Un ligero descenso, para cruzar la Canal de Vallejo y trotar por la dura subida entre inmensas piedras de conversación cansina y repetida por los siglos de los siglos, nos llevará hasta el Refugio.
La niebla es una manta que cobija el Refugio y los alrededores.
Pero antes, también aquí una parada. Recordamos los quesos de la cena y acordamos dar fin a la exquisitez de empanada que nos sobró de anoche; es una especie de cordón umbilical que nos une a la civilización que dejamos atrás hace ya algunas horas.
En esas, y otras conversaciones, pasamos las tres horas de camino hasta llegar al Refugio Urriellu. La niebla bufa su furia sobre las quebradas y sobre los musgos testigos de soles y nevadas, de sonrisas y de retrocesos; si no escampa, el mal tiempo fagocitará las ilusiones de los montañeros.
Poco podemos mostrar del exterior. Por eso situo el interior del comedor del Refugio.

 
No escampó. En este intento pasamos los días que habíamos acordado y aún restamos varios, pues los intentos por llegar al Llambrión y a Torre Cerredo se nos fueron diluyendo entre ascensiones sin triunfo; los montañeros sabemos que la conquista está muchas veces en la lucha por llegar más allá, siempre más arriba. Y cuando estábamos perdidos entre la densidad de las nieblas y las aristas de las rocas, nos animaban las chovas piquigualdas con sus graznidos: ¡ánimo, valientes! O nos insistían: ¡un poco más arriba, siempre más alto! Para concluir cada jornada con la misma exclamación, ya en nuestros oídos: ¡Está bien, volved; nosotras os guiaremos!
Al fondo La Horcada Arenera y Cuetos de Albo. Por aquellas alturas, entonces con mucha niebla, nos guiaban las chovas piquigualdas.

 
Pedro Pidal, Marqués de Villaviciosa, cuenta con gracia y poderío la primera ascensión al Picu. Le acompañó Gregorio Pérez, un pastor de Caín (el Cainejo). Fue el cinco de agosto de mil novecientos cuatro, por la cara norte y en zapatillas, sin más ayuda que sus manos y el entusiasmo de su corazón.
Javier Agra.

HACIA EL REFUGIO URRIELLU

-->
Tal vez los augures estuvieran rondando nuestra cabecera, pero la noche resultó ser una competición de ronquidos entre tres de los cuatro que dormíamos en la misma habitación, repartidos en literas de fortaleza contrastada. Los cuatro, reunidos en cónclave parecíamos intentar elegir, sin éxito, el papa del ronquido – título de dudoso honor edificante para la multitud de montañeros –. La aurora lluviosa, nos despertó sin conseguir ningún acuerdo.
Llegamos en coche hasta las inmediaciones del Collado de Pandébano, después de dejar atrás los invernales del Texo (Texu, dicen en Asturias). Una multitud de avellanos espera para dar sombra a los viajeros y a los coches; hoy su misión es la hermosura en toda su amplitud, no pueden dar sombra, porque está cubierto y con llovizna. Desde allí, protegidos por nuestras capas de agua, comenzamos a caminar bajo la fina y enmarañada lluvia. 
 Tras el primer plano de Jose, se ve allá abajo el Collado de Pandébano.
           - ¿De qué otro modo podrían tener leche las vacas asturianas? –Comenta Jose, que siempre saca chascarrillos felices para cada situación.
          - Una pena que no espere unos días para comenzar a llover. –Digo, mientras resoplo intentando quitar las gotas de agua de las gafas.
           - A la naturaleza, afortunadamente, no le podemos imponer nuestras voluntades.
Desde Pandébano hasta la Canal de Vallejo está, Picos de Europa, tamizado de verde y hayas. Buen pasto para el ganado y curvas llenas de magia y sentimiento. Paradas para las fotos y para arañar una inmensidad al tiempo que aquí se fabrica sin ningún rigor, la naturaleza entrega cuanto desees, sin escatimar ni poner trabas. El tiempo y el montañero comparten la misma mochila e idéntico silencio. Desde aquí, allá abajo, se divisa el pueblo de Bulnes; desde aquí disfrutamos de La Canal de Balcosín por donde se llega hasta Poncebos – Jose ha subido alguna vez desde el pueblo, yo no he subido aún desde ningún sitio, será mi primera llegada hasta el Naranjo –.
 Mientras subimos por la Canal de Vallejo, Jose hizo esta foto de La Canal de Balcosín.

 Bajo los hayedos, el pueblo de Bulnes.
Será mi primera llegada. Cuando lo descubro quedo absorto, embelesado. La grandiosidad de la tierra da aquí un aldabonazo, canta alabanzas a la belleza. La primera visión es sublime y yo necesito un tiempo para que mi corazón recoja tanta armonía; tal visión agranda el alma de los montañeros hasta construir himnos de gloria al barro, a las ramas, a las raíces, a las piedras y a las aves que compartimos los mismos senderos de esperanzado futuro.
 ...Y yo me quedé asombrado con la primera visión del Naranjo de Bulnes.
El futuro se agranda más allá de la brevedad de nuestras pisadas. Las cumbres son una sucesión de esperanzas y proyectos; las cumbres nos comentan que aún estamos en el momento de arrancar a caminar en alguna dirección y buscar los secretos minerales de la paz compartida,  la mies dorada de la libertad universal,  las frutas mágicas de la justicia, donde todas las miradas confluyan en valles y colinas para alimentar rebaños de realidad feliz. 

Javier Agra.

viernes, 31 de diciembre de 2010

SOTRES - PICOS DE EUROPA

-->
Nos había ido bien el primer encuentro con Picos de Europa, en la zona leonesa de Torre Bermeja. Ahora tocaba desplazar nuestras expectativas y nuestra ilusión al Macizo Central en Asturias. El descenso desde Vegabaño hasta Soto de Sajambre resultó azul bucólico entre hayas y senderos recordados y aún recién recorridos. En coche, incluso por carreteras de media montaña como las que nos llevaron hasta Sotres, el tránsito es placentero. No necesitábamos el día para otra cosa, solamente para el disfrute de la vista y el sosiego del espíritu.
El espíritu, en este ambiente montañero, se imagina que ya hemos inaugurado el octavo día mesiánico, cuando las armas de la guerra están transformadas en instrumentos para cultivar la tierra, cuando los niños podrán jugar sin temor entre las serpientes, cuando los corderos pastarán bajo las pezuñas de los lobos, cuando… Aquí una parada para contemplar, majestuoso e ingrávido, el Naranjo de Bulnes – tal vez deba comenzar a llamarlo ya Pico Urriello para ponernos a juego con el modo local de nombrar las montañas –.
 Llegada a la Canal del Perro, camino de Torre Bermeja... ¡Pero no tengo ninguna foto de los quesos de Sotres!

En Sotres es recomendable el Refugio Peña Castil, de igual estructura y planteamiento que los de la alta montaña, pero en el pueblo; para que los aventureros de camino a Picos de Europa vayan entrando en ambiente. Este hermoso pueblo está amalgamado de visitantes turistas, que llegan, se toman una pinta de cerveza o una frasca de vino con buen queso, y se vuelven a dormir con la misma sonrisa que ya traían por la mañana; mezclados con los turistas, se ven montañeros que regresan con el alma feliz y el rostro acariciado por la furia de varias cumbres conquistadas o soñadas, pero siempre trabajadas, o montañeros que esperan la próxima madrugada para arrancar entre praderas y vacas más allá de donde pueden llagar las zapatillas.
De ese último trozo de la argamasa, éramos Jose y yo. Pero antes de partir…
- ¡Hermosa balconada sobre el bar Peña Castil! – exclamé en pleno éxtasis emotivo –.
- Subamos y echemos una ojeada a la carta de viandas – aconsejó Jose –.
- Buena proposición para dar cumplido final a nuestro paseo por el pueblo.
Y hete aquí, a los dos futuros aventuremos (ya veníamos de tres días de montaña) sentados a una redonda mesa de manteles blancos con exquisiteces adornadas por motivos de la zona.
-          Buenas tarde – saludó Jose, con educación,  mientras yo continuada amamplado mirando observando hermosuras pintadas y fotografiada – ¿Qué tenemos para cenar?
-          Podéis elegir a vuestro gusto – contestó con sabiduría el posadero –; pero permitidme que dirija vuestros gustos hacia una tabla que quesos, de las más de doscientas variedades que se nombran en la zona.
-          Sin dudarlo aceptamos la propuesta – dije yo después de obtener con la mirada la aprobación de Jose –.
-          Empezad, pues, y disfrutad. Lo vais a regar con esta botella de sidra.
-          ¿¡Sidra!? – Exclamamos al tiempo –.
-          Sidra de la buena, de las pumaradas de Asturias – aconsejó el posadero, que para entonces ya había adquirido la categoría de guía turístico ante nuestros ojos asombrados y ante nuestra pituitaria entregada a los placeres –.
-          Comenzad por el más suave, mientras os preparo una empanada caliente…
Primero el suave queso PRÍA, seguido del PEÑAMELLERA y su sabor sedoso, pasamos después al VIDRIAGO de paladar amasado y rugoso, dimos cuanta del exquisito GAMONEU como las limas de las rocas de montaña, para cerrar con el más conocido CABRALES el que es delicioso en todos sus sabores. Y para saltar de queso a queso, un culín de sidra. 
 La Torre de Cerredo domina el Macizo Central de Picos de Europa. La foto esta tomada desde Torre Bermeja.

De la empanada nos sobró un buen trozo, que nos llevamos envuelto en papel plateado, por indicación y cortesía del posadero – a estas horas ya padre, hermano, compañero de ruta – mañana nos lo comeremos en algún recodo camino del Refugio Urriello. Pero esa será otra narración. 
Javier Agra.



miércoles, 22 de diciembre de 2010

DICIEMBRE

DICIEMBRE. Un recuerdo de lumbre y musgo hace nido en mis sienes cuando la tarde entorna sus portones por el horizonte. Aparece una estrella y el brillo de la noche acarrea los vientos entre sonidos de aceras y pisadas de hojas dormidas, acaso soñadoras de poetas y versos; acaso soñadoras de profetas y besos; acaso soñadoras de otros nombres lejanos en medio de las tormentas.

Las tormentas. Diciembre está lleno de luceros y hecatombes sin nombre, recuerdos de otros días en movimiento camino de las flores y las abejas; hoy solamente se mueve mi verso entre el hielo y los neveros – serán rimaya cuando los acaricie el sol y el tiempo –. Tormentas y recuerdos de pasos encendidos monte arriba entre senderos, lametones de perros y algún momento a la sombra entre los pinos del tiempo cuando el sol acechaba el movimiento de los montañeros; hoy los recuerdos se agrupan en bloques de cinco en cinco, de ciento en ciento, cuando repaso sentado junto al fuego los instantes y las fotos.

 La Pedriza de Madrid tiene formas de magia y fantasía. Aquí llegamos a ver "merengues en la Pedriza"

Las fotos y los instantes. Diciembre es de los nombres y de los pensamientos, el mes de los pasos que dimos y de los poemas, es el mes de soñar despiertos. Porque de la montaña nos llega la nieve y de la mar el ábrego; del parque las hojas y los paseos. ¿Te acuerdas? Paso a paso entre los perros y los chopos, vamos comiendo las horas como turrones encendidos de silencio y de esperanzas. El futuro será nuestro, porque diciembre no está solo. Con él vamos los montañeros, los ciclistas, los pintores, los panaderos, los artesanos, los creadores de las casas y los que después las limpian y aclaran, las familias, las aves de trino viejo.

 Pero nosotros continuaremos soñando caminos de la escena. Los actores del grupo de teatro que representamos "Yerma"

Las aves de trino viejo nos cuentan las mismas voces que oyeron los coetáneos de las cavernas: ¡la persona es lo primero! La persona en su entorno, ¡ay su entorno! ¿Pero dime, ave de trino viejo, si no tenemos entorno de donde nos llegará en sosiego? ¿De dónde el pan con que alimentar los manteles y las tiendas donde reparten con pausa canelos, abrigos y cuentos?

Aquí estamos, María y yo, admirando un cartel conmemorativo del centenario del poeta en Orihuela.

Abrigos y cuentos. Diciembre nos trae lunas llenas, decoradas en sombras con la palidez de la aurora, cuando el pensamiento duerme en el corazón de los amigos. Amaneceres de sombreros blancos, vapor de nube, sobre las cabezas – ¿canas o calvas? – de los montes. Árboles desnudos con mirada furtiva hacia el ruido caliente de la ciudad, mandan a los pájaros – viajeros de sueños – con cartas de petición de asilo. Y las ciudades callan la vergüenza de ignorar la soledad de los bosques en el frío diciembre.

Diciembre nos trae la esperanza nacida en un niño nuevo, con cara de todos los niños y la barba de un hombre viejo; un niño nuevo con cara de niña guapa, de todas las niñas de la tierra; un niño con sueños y proyectos para que arranquemos a cantar y a crear una tierra limpia, llena de poemas y colores, de esperanzas y promesas comunes.

Javier Agra.