lunes, 28 de enero de 2013

LOMA CIMERA DEL MULHACÉN


Endechas y ternuras de la tierra llana suben hasta las piedras dormidas bajo la nevada. Cerca están los techos de Sierra Nevada  / qué lejos me has traído madre  / cómo podré alegrarme / tan distante de las playas de la mar amada.

Era la voz lejana de algún ave que pasaba en la comitiva familiar desde la costa hacia tierra adentro, seguramente buscando alimento. Porque todas nuestras migraciones son en busca de alimento y vida más sosegada; otra cosa se denomina turismo o cualquier sinónimo de ocio.  Cuando quise conversar con el ave quejosa ya se había alejado y su llanto era una brisa de viento entre la nieve y la llamarada azul del cielo.


Pero yo que había visto desde el Albaicín de Granada el Mulhacén, La Alcazaba y el Veleta, lancé una palabra al viento para que se la llevara a las aves que no querían salir de la mar; desde la terraza del bar de Granada sabía que tendría que subir algún día hasta las cumbres, era irremediable…yo sabía que en cuanto el pájaro viera la cumbre transformaría su endecha en canción de libertad. Porque todas nuestras migraciones son en busca de libertad, y en busca de libertad son nuestros sueños y los versos del atardecer también buscan la libertad, cada respiración y cada golpe de sangre es un peldaño hacia la paz y la libertad.

Desde los múltiples valles y barrancos, los cerezos y los olivos, las viñas y los naranjos buscan las cimas del Mulhacén; hasta las acequias que riegan las alturas parece que suben, desafiando la gravedad, hasta las cumbres nevadas; el aroma de la jara y la genista perfuman de vida la nieve en las montañas. ¡Caramba! -me digo a mi misma mismidad solitaria- ¡los diferentes servicios que hacen las plantas de apariencia más baladí!: Ahí está la genista perdida entre los libros de botánica y hoy tan viva a la vera de nuestro camino; ahí está dispuesta siempre a formar colores de belleza ilusionada en el taller de algún “tintoretto”, o para adornar le entrada de alguna casa en el recuerdo permanente de la vida bucólica donde las genistas son perfume y color.


En las lomas cimeras del Mulhacén me recuerda Jose, como quien lee mis pensamientos, la importancia de agradecer las pequeñas cosas, de agradecer el calor a los guantes y a la gorra ese punto de sombra, de agradecer a la camisa rota el tiempo que nos dio cobijo. Hacemos una parada y, agradecidos, bebemos agua de la cantimplora mientras contemplamos las cumbres que parecen la misma y son diversas; parecen iguales pero cada una tiene su historia, su vida y su permanencia en la memoria.

Mientras bebemos el líquido sustento, un acentor, robusto y brillante, se ha acercado a nosotros y nos pregunta por la fatiga de la ascensión, por las impresiones y la vida misma; conversamos con el ave de bellísimo canto y así se nos sosiega el alma. Ya sé para qué es necesario subir a las montañas: conversar con un acentor alpino es un vuelo para el espíritu, es una liberación de los fárragos de la vida…conversar con toda la vida de la naturaleza, ese es el sentido de las cumbres y su ascensión lenta. ¡Puedes estar seguro lector, solamente bebemos agua!

Loma Cimera del Mulhacén.

Le conté las endechas primeras del ave que venía del mar y salió volando en su busca para recordarle que la montaña tiene vida y gozo de cumbres… Estábamos en la loma  cimera del Mulhacén cuando regresó el colorido acentor y nos contó que había encontrado a la familia migratoria en un descanso de su vuelo, entre un campo de estrellas de las nieves – en la búsqueda le había ayudado un eslizón desde tierra –; el pájaro emigrante había transformado su endecha en canto de fiesta y entusiasmo ante la belleza de éxtasis de la loma cimera del Mulhacén.

Javier Agra.

miércoles, 16 de enero de 2013

EL PINO DE LA CADENA

Seguramente Don Quijote y Sancho Panza se estarían asombrando toda una vida de la hermosura de los pinares de Guadarrama, ellos que son de tierras llanas por más que vivieron experiencias entre arbolados y peñascos de montaña. Lo escribo aquí como venido a cuento porque parecíamos tales personajes buscando la cadena por cada uno de los pinos que ante nosotros tenían apariencia de poderosa figura.

 Una imagen del pino de la cadena, para recordarnos que somos pinos nuevos en permanente ascensión hacia el momento eterno.

      ¡Ya podemos buscar que esta parte de la Sierra tiene pinos para hacer más de tres sombrajos!
      ¡Y mirad mi señor que son pocos! Pues a ojo de buen cubero se despliegan ante mi vista más de milenta.
      Ruégote amigo Sancho que me dejes en silencio con mis meditaciones.
      Con pan y vino, bien me sentara yo y dejaría a vuestra merced con la búsqueda.
      ¡No desmayes y husmea que la montaña está limpia de maleza y solamente la quietud de los pinos anida en estas soledades!
      Diera yo un dolor de muelas por encontrar el añoso pino y desplegar las viandas a su sombra.
      Tente amigo Sancho, que con el ímpetu de la busca no has visto esta maravilla.
      De árboles en flor, poco sé. Pero este queso que aquí traigo exhala un perfume…


Y aquí estamos ante el monumento vivo al amor que un hijo quiso perpetuar a su padre muerto. Apenas hemos caminado no muchos minutos desde el Ventorrillo, cuando nos encontramos con este solemne pino y su cadena con la leyenda: “A su querida memoria 1840 - 1924” Cuando él se fue, el hombre al que homenajea la memoria, sigue el árbol con su ramaje de vida, allí donde la memoria se pierde, son hojas prendidas al corazón de la Sierra. A través del pino sigue lozano el árbol dorado de la vida, más allá del olvidado tiempo y de las ideas que pasan de la ebullición al gris diluido en la memoria.

Pino entre los pinos. Ved la leyenda en la base del frondoso tronco.

Del pino de la cadena aprendemos que más allá del tiempo, las ramas de la vida siguen habitadas por las ninfas; allí cada mañana seguirán bailando las palabras de amor que un padre y una madre han cantado a sus pequeños; allí en la permanencia de la hoja verde más fuerte que el vendaval y la tormenta sinfónica del viento, continúa presente el amor como una orquesta de quietud y respiración universal; allí vendrán las aves y pondrán su casa de canción y de rumor de mar; allí ante el paisaje húmedo de brillos y de sombras continúa brotando invisible la vida que sube, tronco arriba, hasta engalanar de gotas de rocío las estrellas azuladas de la noche y la luz infinita de la primera aurora; allí está el pino de la cadena cantando himnos al sol naciente para recordarnos que somos pinos nuevos en permanente ascensión hacia el momento eterno.


Desde aquí, por senderos inventados y trochas ya trazadas, subimos en silencio y meditación hasta la Pradera de las Vaquerizas, donde la vista se amplía sobre las montañas del fondo, sobre la nieve de Siete Picos. De este lugar, tal vez pudiera escribir muchos sonetos y alguna endecha, pero el sol estaba en su cumbre ya superada y nos llegó la hora del yantar que es placer de estómagos y gaznates secos; tales momentos no están hechos para la pluma, sino para la conversación más llana y para otear el horizonte en busca de alguna que otra cabra que son las fieras más audaces que actualmente se adentran en la Sierra de  Guadarrama.

Javier Agra.

lunes, 7 de enero de 2013

LOS COGORROS


Una tarde de conversación descubrimos, Jose y yo, que en la vida no es todo caminar, también está la belleza, el asombro, el compañerismo, la delicadeza y la dureza de la montaña que ablanda el sentimiento, el gozo de la fatiga que nos llena el espíritu de sencillez y compromiso con la tierra…de modo que sin la existencia de minas en las cumbres y los senderos, cada jornada de montaña encierra tesoros y riquezas por ella misma. Hace años que estamos convencidos de aquella antigua reflexión.

De este modo, cuando decidimos hacer el sendero de los Cogorros, sabíamos que era una jornada dirigida al goce más que a la fatiga. Con estas premisas, y con las botas puestas, dejamos el coche en el Puerto de Navacerrada. Eran las primeras luces sobre las colinas, eran los primeros rayos bostezando en las cumbres, eran los primeros bostezos de trinos de las aves, eran las primeras aves despertando a la montaña, era… cuando pasamos por delante de la Cafetería Dos Castillas a buscar el nacimiento del Camino Schmid al que saludamos a nuestra izquierda, nosotros continuamos unos metros más hasta adentrarnos entre los edificios de la residencia del ejército.

Mirador Gallarza.

Seguimos un sendero de ligerísima subida y ya estamos en la loma de los Cogorros. El primero tiene un hermoso mirador: Gallarza se llama. Sobre una balconada de granito se construyó el mismo año que nací yo (este dato puede sonar a acertijo y tal vez lo sea para quien quiera investigar, pero ninguno de los dos acontecimientos tienen la más mínima importancia para la historia de la humanidad). Sin embargo tal vez fuera un buen argumento teatral: todos recordamos grandes obras de teatro de Buero Vallejo y de otros notables creadores, a partir de un dato nimio. Pero cono no quiero desviarme del mirador Gallarza, continúo presentando mis respetos a este piloto que fue quien realizó la primera travesía entre Madrid y Manila. Hermoso por él mismo, el citado mirador abre el espíritu a la Bola del Mundo y gran parte de la Cuerda Larga con la Loma del Noruego en ascenso hacia la cumbre de Guarramillas y hace volar sobre los pinares de Valsaín en un sosiego de permanente vivencia.  

Continuamos. La nieve brilla intensa sobre nuestros rostros en conversación permanente con el silencio que es aroma de la montaña, con el silencio que es viento de medio día, con el silencio que es camino del mañana, con el silencio que es lumbre del alma y requesón tierno de la mirada, con el silencio que es sorpresa de los animalillos que no esperan visitas a esta temprana hora.

La nieve juega a hacer carámbanos goteando entre las rocas.

Con el silencio acariciando a los nevados pinos y el suelo cubierto de limpieza blanca, pasamos el segundo de los Cogorros y llegamos al tercero, llamado Cogorro de las Maravillas (por las maravillosas maravillas que él muestra, como dice Cervantes en el Retablo de las Maravillas). En este retablo que aquí se nos muestra, no es necesario otro condicionante que estar dispuesto a mirar y ver. Después de varios años de subir y bajar montañas, de éxitos y de fracasos en muchas jornadas y cumbres, llego a la conclusión de que con el corazón limpio y el espíritu sereno se gozan vistas, respiraciones, olores de montaña, tactos delicadamente suaves o impactantemente ásperos: todo el ser es pleno goce en la quietud de la montaña.

Aquí estamos en el mirador de Maravillas, púlpito levantado por la naturaleza sin más retoques humanos, en las rocas que están a la derecha de nuestra llegada. Por añadir un dato a tener en cuenta siempre en la montaña – seguramente valdrá también para las aceras de la ciudad – es necesario pisar con mucha precaución allí donde la nieve se ha transformado en helada. Todos sabemos del poder traidor del hielo sobre la roca. ¡Cómo poder traidor! ¿Por qué no valoras la naturaleza salvadora del hielo sobre los fondos marinos y la vida en las profundidades del océano? ¡En fin, no hagamos asertos absolutos! Pues el bien y el mal están mezclados en una dialéctica permanente de tesis, antítesis y síntesis.

Aquí estamos, sobre el mirador de Maravillas.

Dejaré las consideraciones filosóficas o científicas para otros ámbitos y continuaré absorto en la amplia visión que ofrece el mirador de Maravillas: más allá de la fantasía de pinares de Valsaín, Peñalara; volvemos la mirada hasta la Mujer Muerta, Montón de Trigo, Siete Picos…y nosotros flotando entre los tres puertos Cotos, Navacerrada y Fuenfría donde el Eresma nace entre suspiros de hadas e incesante búsqueda de gnomos.

Por si quieres seguir esa ruta, te diré oh noble lector, que en menos de tres horas puedes estar nuevamente en el coche, salvo que quieras emplear horas o días en aquel hermosísimo lugar. También estuvimos en el Pino de la Cadena y en la Pradera de la Vaqueriza. Eso lo dejaré para otra escritura; el texto tiene su propia longitud, más allá ya languidece.

Javier Agra.

martes, 1 de enero de 2013

PIPA: UNO DE ENERO. HOY CUMPLO MESES


Me llamo Pipa.

Algunas veces me repito a mí misma mi nombre pues la memoria de mi presente se me va con frecuencia al pasado en un juego de ida y vuelta. Así se me juntan los años vividos con las campanadas de año nuevo. Ahí fue, entre campanada y campanada, mientras comía los doce trozos de salchicha, cuando me hice consciente de lo grande que se me puede hacer este año que comienza.

Después vinieron los petardazos para recibir al dos mil trece y me acordé de mis compañeros perros. Porque a mí no me hacen daño en los oídos ni en el corazón esos terribles sonidos inventados por hombres ¿de escaso corazón?, pero me acuerdo de la cantidad de perros y otros muchos animales a quienes los sonidos estruendosos les agreden. Nosotros somos más amantes del silencio, pues es en ese momento cuando podemos respirar en común con la naturaleza entera; es en ese momento de pensamiento universal cuando unimos nuestro espíritu al espíritu común de todas las cosas.

Me llamo Pipa la abuela.

En el parque con el hombre al que paseo. La foto es de Indiana Forti, una gran amiga que tiene muy buenas fotografías (buscad  sus fotos por su blog y veréis que digo verdad) y muy buenas vibraciones con la vida.

Esta mañana – recién estrenados mis doce años y medio – salí como todas las mañanas a pasear y no conseguí ver ni la Sierra de Madrid, ni el más cercano Cerro San Pedro, ni siquiera el monte del Pardo – donde ayer paseé por espacio de tres horas y me percaté de que aún estoy fuerte –; la niebla vuelve a cubrir la ciudad por cuarto día consecutivo. Es como si el tiempo estuviera caminando a mi ritmo y le costara arrancar. Volví despacio hacia casa – ahora camino despacio para sentir más cercana la sintonía con la vida a mi alrededor – y me acerqué al rosal del patio de la vivienda común. Cuando le pregunté al oído cómo hace para tener siempre alguna flor en pleno esplendor – hoy tiene tres – me respondió que es una ofrenda de belleza permanente para que los humanos se sientan más queridos y arropados por la naturaleza, porque están demasiado presurosos y angustiados. Me comentaron las rosas que ofrecen su perfume y su color para que las personas se detengan, respiren y vean belleza en las pequeñas fuentes de vida, en los pequeños rescoldos de lumbre…

Me llamo Pipa. He llegado al año nuevo.

Javier Agra.

sábado, 29 de diciembre de 2012

LA CUEVA DEL MONJE


Recuerdo en mi infancia cuando estudiaba a Averroes, Ibn Tufail (en la escuela lo llamábamos Aventofail y nos lo aprendíamos igual), Santo Tomás de Aquino… de aquellos tiempos medievales de antaño, digo, me llegaron también muchas leyendas como aquesta que narro hogaño.

Era en la tierra Segoviana,
ciudad rural y romana,
habitaba un fornido segoviano
que la piedra filosofal buscaba
pues eterno modo de vivir deseaba,
no sabía que lo que tocamos con la mano
tiene un eterno modo de vivir
más allá  de este permanente morir.
 
Nuestro joven amigo, entró en contacto con sabios y alquimistas, con estudiosos y chantajistas. Finalmente diz que dio con el diablo que siempre anda enredando almas para engrosar su cosecha. Como él acostumbra, propuso a nuestro segoviano un trueque –que tal era la moneda en aquella antiquísima época–.
Et in Segoviae civitas estabat in via juven autem Malum diabolus, et dixit Malum: “si vis eternat juventutem dona mii animam tuam”.
A lo que el aguerrido joven contestó: “Vale” (palabra latina que significa “de acuerdo”, también traducida al castellano como “vale”).
(El anterior texto es igualmente sencillo: Y en la ciudad de Segovia estaba en la calle un joven y también el Demonio y dijo el Malo: “si quieres la eterna juventud dame tu alma”)
También puede ser que mi latín no sea del todo correcto y haya cometido más de un error, agradecería una buena traducción…y continúo.

Desde las inmediaciones de la Cueva, el monje Gerinaldo contempló más de una vez el Moño de la Tía Andrea mientras reposaba a las frescas aguas de la Fuente del Milano.

Es pues el caso que el joven, muy satisfecho algún tiempo con lo que consideraba como ganancia lograda por su pacto con Belial, vino a caer en la cuenta de las aviesas intenciones del astuto Satanás. Ya los amigos de su generación estaban envejecidos y aún difuntos, lo que le movió a pensar cuán neciamente había obrado. Intentó romper su alianza acudiendo a confesión, pero a la puerta de la catedral le rechazó una ensordecedora carcajada que dejó a la ciudad atónita y sumida en oscuros colores sulfurosos. Durante breves segundos volvió a ver y escuchar la hueca voz del satánico Samael:
¡No lo intentes, joven segoviano; te quedan diez decenas de años y después vendré por tu alma para cumplir el pacto!

Gerinaldo – pues así se llamaba el arrepentido mozo – imaginó una vida de penitencia para volver a ser el dueño de su alma, de su vida y de sus actos. Aquella Pascua de Resurrección decidió imitar a los antiguos anacoretas y permanecer, el tiempo de vida que había pactado con el Malo, recluido en las montañas sin más ayuda que sus manos ni más compañía que las aves y las fieras. Puesto su pensamiento en acto, repartió sus posesiones entre los que tenían más necesidad según opinión de la vecindad; y después de oír misa y comulgar en la madrugada del veinticinco de septiembre, fiesta grande de la patrona de Segovia “la Virgen de la Fuencisla”, salió por los bosques de Valsaín en dirección a Peñalara…

Aquí presentamos la entrada de la Cueva del Monje como puede contemplarse hoy.

Aconteció que, al final de la jornada, cansado del camino y con el estómago sin fuerza, un ave llamó su atención, con fuerte canto y voz atemperada. Gerinaldo sorprendido encontró un nido con cuatro huevos pese a no ser temporada; y al pie de una roca una fogata caliente. Cenó agradecido a la providencia, a las aves y a la tierra y echose a dormir pues ya era noche cerrada.

Apenas se despertó, encontró sentado a su lado al Acusador Belcebú mirándole con sangre en los ojos y llamas en la mirada:
Gerinaldo, Gerinaldo
que por el monte venías,
el pacto que me has firmado
bien guardado yo lo había.
No huyas por las praderas
ni las majadas baldías
pues tu alma está en aprieto
y con mis manos firmes ceñida.

Gerinaldo de Segovia en la angustia del momento acordose de María, hincando la rodilla en tierra deste modo rezaría:
Madre de Dios, ¡mamá María!
Libra mis penas de antaño
que yo tomé en mis alforjas
por mis males y mi cabeza sin seso.
Sé mi ayuda pues yo prometo,
vivir en retiro y en silencio
con solo agua y alimento montero
ni más casa quel suelo y el cielo.

Sobre la Cueva del Monje situó una cruz que allí permanece para eterna memoria de su agradecimiento.

La respuesta a su plegaria fue que al instante se libró una batalla entre Lucifer y la Virgen María. Gerinaldo, asustado, se escondió tras unas rocas que allí había. Fue tan dura la disputa, tan agresiva y con tanta furia que saltaron chispas y relámpagos, fuego y pedradas había; ahora se abajaba un árbol, ahora unas rocas subían... Mas, como no puede ser de otra manera, la victoria fue de la Virgen María. Allí veréis al Maligno gruñir por su derrota y por el alma de Gerinaldo perdida; pérdida que fue victoria para nuestro segoviano.

Entre las rocas removidas se habían levantado unas piedras, reubicado otras…de tal ventura que se había formado una oquedad que Gerinaldo tomó por cueva y acogió como morada hasta el final de sus días. Allí colocó algunas pieles para protegerse del viento del norte, allí unas hojas secas que el otoño le regalaba cada día. Contemplando el sosegado vuelo de los milanos encontró, en un lugar muy cercano, una fuente cristalina. La pelea le había proporcionado un terreno despoblado de árboles, donde cultivar algunos cereales y recibir la visita de los animales. Sobre la cueva puso una cruz – que allí permanece como eterna memoria agradecida –.

Vista desde el interior de la Cueva del Monje.

Allí vivió Gerinaldo, los años que el cielo quiso, contemplando inmensos pinares y más allá las montañas sobre las que cada noche bajaban las estrellas para acompañarle a completar el rezo de vísperas.

Javier Agra.

domingo, 23 de diciembre de 2012

FELIZ NAVIDAD


He aquí un poema, escrito sin rima pero con sentimiento, para felicitar la Navidad a cuantos leéis mis textos.

La historia cuenta que era Belén…en tiempos remotos y momentos de malos augurios: lejos de casa, una madre joven, soledad de la pareja, sin sueldos ni pagas extras, un mundo de soledad…Y de pronto aparece en el cielo una señal de luz nueva que continúa anunciando “gloria a Dios” porque se acerca “la paz para los hombres de buena voluntad”.

Porque donde parece que se termina el camino, se abre la inmensidad. (La foto es de la Cuerda Larga, en la Sierra de Madrid, un día de otoño)

                      Gabrielillo de la Sierra
                      se ha dejado las alas mullidas
                      y camina en alpargatas
                      por las tierras de Castilla.

                      Lo ha visto la Virgen Segadora
                      que da vueltas sobre el trillo;
                      le ha contado que tendrá un niño
                      lleno de libertad y de Espíritu.

                      Epifanía de los obreros
                      entre verdes olivos y alcornoques fieros
                      tez morena de carbón y de cemento
                      corazón de viñador y de pimientos.

                      La Virgen Segadora con José Carpintero
                      emigraron a otras tierras
                      perseguidos por Herodes Hambriento
                      y viven en casa de arriendo.

                      Navidad de felicidad y contento
                      un niño baja del cielo
                      con mazapán de trabajo
                      y con turrones de progreso.

Javier Agra

sábado, 22 de diciembre de 2012

CERRO DEL MOÑO DE LA TÍA ANDREA


Con este doméstico y casi familiar nombre en la mochila nos calzamos las botas. Tenemos el coche cerca del Centro de Montes de Valsaín en el pueblo de Pradera de Navalhorno. Hoy queremos hacer una senda circular por pista bien marcada y sencilla.


Irreverente y osado, salto sobre los troncos preparados para llegar a ser maderas de alguna mesa, mondadientes o puertas de seguridad de alguna inmensa mansión. Continuamos. Sensaciones de sosiego entre los madrugadores cantos de los pájaros. En el puente del Vado de los Tres Maderos nos detenemos a escuchar los sonidos del final del otoño: son melodiosas conversaciones de agua y hojarasca que nos transportan más allá del espacio que hoy recorremos; melodías de siglos y vida en todos los rincones de la tierra.

Pista adelante…hemos recorrido carreteras en peor estado. Siempre adelante, digo, sin posible pérdida, vamos ascendiendo lentamente…Hoy si podremos reproducir nuestra marcha en kilómetros más que en desnivel que es la medida natural de las marchas por la montaña. Estamos llegando a mil seiscientos metros y la nieve se asienta en la pista. A partir de aquí, el monte se defiende con más fuerza; nuestras botas se ayudan de los palos para llevarnos en volandas. Se abre la montaña en el Collado entre susurros del arroyo de los Neveros. Subimos otro breve desnivel hasta llegar a peinar el moño del Cerro de la Tía Andrea.

Sentado en la silla del rey imagino un imperio de igualdad y libertad.

Estamos en el Moño, antaño bello mirador sobre la Granja, hoy encerrado entre hermosísimos pinos brillantes de nieve y bruma, pinos de inmenso tronco y sonrisa naranja. Nos sentamos en la silla del rey. Yo –que normalmente voy unas horas por detrás de todas las noticias– me entero ahora que se llama así porque Francisco de Asís Borbón, primo y rey consorte de Isabel II, mandó construir este trono en piedra para admirar las iluminadas vistas que desde la cumbre se perciben. Más allá de chismes de la realeza, el lugar estaba bien seleccionado.


Nuestra ruta continúa entre la nevada de días pasados y el tibio sol que bosteza pausas de brillo y agua. Así llegamos a la Fuente de La Chorranca, queremos continuar unos metros entre los acebos que han puesto tienda en su ribera; en ese intento andamos pisando nieve, cuando nos llama un perro con cierto desconsuelo. Al trote ha llegado un labrador joven al que acompañamos de vuelta a la pista; el labrador corretea entre inquieto y agradecido por la presencia cálida de humanos. Jose y yo comenzamos a componer una sinfonía al perro labrador, pero no podemos concluir con éxito, enseguida llega su dueño con asomo de preocupación; el perro – es una hembra joven llamada Luca – sigue su agradecimiento natural para buscar a su dueño después de agasajarnos con un lametón.

En la Fuente de La Chorranca nos acaeció la bien ponderada aventura del perro labrador, donde se podrá oír más de invención que de ciencia.

Dejamos atrás la Majada Hambrienta, tal es el nombre que recibe el entronque de ese lugar con las faldas de Peñalara y, sin más aventuras dignas de ser reseñadas en los libros de caballerías, estamos volviendo y perdiendo altura a buen ritmo siempre siguiendo la pista. Pasamos de largo por la Fuente de la Cruz de Abastas, porque ya estamos buscando la Cueva del Monje. Ha desaparecido la nieve de la pista. Ahora es cuando yo me resbalo y me doy la única culada del paseo en un lugar imposible – el lugar imposible del espacio geográfico por el que transitamos, el golpe lo recibo en las partes glúteas me mi anatomía –.


Dejo esas menudencias pues estamos ya admirando la Cueva del Monje. Visión solemne que contaré en otro momento – para mantener la intriga de la narración –; esta solemnidad del paisaje, amable lector, imagínala con tus ojos cerrados y dibuja un espacio abierto entre brillantes pinos y hierba verde, al fondo Peñalara entre nieve y arriba el cielo de Castilla a medio día cuando la luz reverbera en azul y música, añade sonido de agua y trinos de aves o de ángeles: estás en medio de la Cueva del Monje.


La Fuente del Milano está en el camino de regreso. Agradecidos a la hermosura del entorno, al sosiego del día, al renacer del espíritu en estos remotos paisajes, caminamos en silencio hasta llegar a la vista del coche.

Javier Agra.

viernes, 7 de diciembre de 2012

LA PEDRIZA: LAGUNILLA DEL YELMO


Amanece sobre las cumbres de Guadarrama entre sonidos de carboneros garrapinos y pezuñas de cabras montesas, cuando por las sombras de la madrugada unimos nuestra respiración al palpitar uniforme de la Sierra. No necesitamos precipitar nuestro paso; en estos días de otoño, la Lagunilla del Yelmo aún está visible en toda su esplendorosa agua. No puede ser mucha cantidad porque la Pedriza tiene entrañas de granito y es uno de los lugares más secos de la montaña de Madrid.
Pero aquí, antes de las primeras nieves, ya encuentran los cien mil habitantes de la pedriza – animales de mil especies – su necesario sustento de agua. Porque la Pedriza tiene entrañas de roca pero late un corazón vivo que le permite formar innumerables diminutas pozas para recoger lágrimas y suspiros de las nubes y abrevar a la rica variedad de vida que aquí señorea en todo tiempo.
Hemos dejado atrás el Barranco de los Huertos. Hemos dejado atrás los problemas y los miedos; hemos dejado atrás – infinitamente atrás – las congojas y los vientos; hacia adelante solamente el entusiasmado esfuerzo y la esperanza de tiempos más feraces y de mejor contento. Allá delante la pared firme y rotunda de la mole del Yelmo. Buscamos una piedra caballera en eterno equilibrio – ¿la virtud está en el medio? – un centenar de metros después de coronar el Collado de la Encina. Puesto que el que busca con tesón encuentra, justo antes de un recodo del sendero encontramos la senda que nos llevará hasta la Lagunilla.

Este recodo de agua iluminada por la mañana nos sorprendió graciosamente antes de llegar a la Lagunilla del Yelmo.

Nosotros no hemos experimentado que allí esté la Lagunilla que buscamos, pero lo “sabemos” porque otros la han visto y nos lo han contado; nos fiamos de otros viajeros, nos fiamos de la descripción que nos han hecho y del gusto de su encuentro. Llegamos a una charca y nos sentimos conquistadores de sueños.
-          ¡Mira Jose, la Lagunilla!
-          No puede ser aún. No coincide con lo que he leído.
-          Está llena de vida.
-          ¡Muy pequeña! ¡Continuemos la búsqueda!
Estamos otra vez en camino. ¡El sendero ha vuelto a nuestro encuentro! Por entre altas hierbas y ramajes, el sendero bordea las rocas y cuenta nuestros suspiros. Enseguida se abre a nuestra mirada la Lagunilla del Yelmo. Agua fría en las manos y refrescante en la frente; agua del color del cielo y del verde del entorno; agua de profunda mirada y de ternura sin cuento. El agua ha venido a nuestro encuentro.

Lagunilla del Yelmo, lugar de misterio y de juego, de silencio y de pensamiento.

Sentados junto al agua para recordar que somos ríos de tiempo y agua; somos espejo de estrellas y auroras, de firmamento y de tierra; y recuerdo aguas de mi infancia junto a los regueros de flores donde cantan las cigarras, juntos a los mares inmensos donde las gaviotas pían proyectos de libertad desde los riscos al cielo; hago un embrujo de agua y le pido a la Lagunilla del Yelmo que vuelva mis pensamientos a la limpieza de mis primeros años; somos agua dormida y despierta que se queda en el pasado y salta hacia las horas del futuro.

Sentados junto al agua estamos viendo, al otro lado de las inmensas rocas que la protegen y la miman, la Maliciosa lejana y me recuerda la pintura que trae un cuadro dentro de otro cuadro, y así entra lentamente la extensión del mundo con un final improvisado por la luz del sol y por el canto de los pájaros. He visto que en la Pedriza todo es grande: inmenso como el aire que no se ve y se extiende más allá de lo que vemos, como el sueño que sin ser real tiene la firmeza de lo concreto.

Titulo: ¿Realidad o sueño?

Sentados junto al agua disfrutamos las lejanas vistas, pero nos recogemos en la vegetación del entorno y en la cóncava visión de lo cercano y lo inminente; ha dado fruto tanta búsqueda; el tiempo que empleamos en el trayecto y en la preparación de la excursión a esta parte de la sierra ha florecido en esta visión tan pintoresca donde se asoma el paraíso de la vegetación y de la piedra.

Estamos en las praderas del Yelmo donde el tiempo se ha congelado.

Hemos recorrido en la misma jornada La Lagunilla del Yelmo, El Centinela y la Mujer y el Hato, el Callejón Ciego, para volver por el Tolmo hasta el Manzanares en Canto Cochino. De las otras fantasías de la Pedriza escribí en anteriores entradas. Desde la Lagunilla, por escondidos senderos, entre cabras, peñascos y setos diversos salimos a las praderas que alfombran el Yelmo: en ese lugar volvemos a encontrarnos con otros muchos montañeros de los de cuerda al hombro camino de su escalada; el resto de la jornada será silencioso pensamiento.

Javier Agra.

jueves, 6 de diciembre de 2012

PIPA: INVIERNO CERCANO

Paso largos ratos dedicada a la lectura que es creación y libertad; me lleva entre vuelos y fantasía a valles y personas que nunca hubiera imaginado.

Invierno.
Se acerca el invierno y me cuesta ver las crestas de la Sierra de Madrid, en mi paseo por el parque, a través de las nubes. Estas largas tardes, en que se mezclan somnolencia y vitalidad, son las hojas compañeras de conversación en los momentos de sosiego cuando escucho su sinuoso susurro; converso con las hojas, con el baile despierto de las aves y con el silente e imperceptible caminar de las estrellas.

Pronto llegará el invierno. Hace pocos días celebré mi cumpleaños y cinco meses más; lo celebré, sí, porque a partir de cierta edad conviene celebrar cada jornada que amanece; conviene contar los suspiros de las hojas que cayeron anoche entre la hierba y se duermen entre algodones de escarcha en estas horas en que el termómetro duda si ponerse bajo cero.

Invierno. Llama a la puerta el invierno.
En mi dilatada vida nunca me he aburrido, nunca he padecido esta tan común enfermedad acaso producida por la abulia tecnológica. En mi dilatada vida he gozado los largos períodos de soledad, gozo con la soledad en la soledad; he experimentado grandes momentos de compañía, entonces he gozado de la compañía. Siempre he comprendido que la vida es goce entre la amplitud luminosa de la montaña y la profundidad en la sombra de las simas. En mi prolija vida he gozado con el disfrute de quienes me conocen y con la esperanza gozosa de un mundo más feliz para todos los seres animados e inanimados.

¿Animados e inanimados? Yo Pipa, perra de doce años y cinco meses, estoy convencida de que todas las criaturas somos animadas, pues tenemos ánima que nos impulsa y ánimo de mejorar y construir un mundo mejor para quienes caminen por estas tierras cuando dejemos esta fatigosa respiración.

Invierno. Preludio de primavera.

Javier Agra.

sábado, 1 de diciembre de 2012

CALLEJÓN CIEGO EN LA PEDRIZA


He aquí que nuestros pies están asentados entre brincos de rocas. Así nuestra seguridad se afianza en la búsqueda permanente. En estos momentos buscamos rocas donde posar cada pie, otras veces buscaremos otros apoyos, otras esperanzas…siempre en permanente búsqueda. La meta nunca es definitiva…detrás está otro recodo.

Vista del Callejón Ciego y la Maza

Así descubrimos, en la tercera hora de nuestro sendero por la Pedriza, la recogida belleza del Callejón Ciego desde el Collado de la Vistilla – curioso diminutivo para tan gran espectáculo –. Agarres de roca y roble nos llevan hacia nuevas sensaciones. Ser roble es, seguramente, una experiencia de firmeza y lucha constante, de finura de hoja y de armonía de respiración. Ya estamos en el Corral Ciego. Seguramente son pocos los que se aventuran a gozar de la inmensidad de la paz de su entorno. Hemos llegado al recogimiento donde el palpitar de la Pedriza se acompasa al palpitar de cada corazón.

En el Corral Ciego, baja San Antonio a nuestro encuentro. ¡Miradlo al fondo!

Superamos La Maza, infinito grito de granito contra la estulticia humana; inmenso grito de silencio contra el dolor humano. Y llegamos al Corral Ciego, al que los lugareños llamaron durante muchos siglos La Placilla. Una pausa de sosegado silencio, un espacio respetado incluso por el ventarrón de hace unos metros. Esperad un momento, amigos míos, que converse con San Antonio – acaso veinte metros más arriba, al final de una pared de escalada con cuerda, ha quedado la llamada Bola de San Antonio – que ha bajado a nuestro encuentro:
-          Dime si es cierto, egregio egipcio, que viviste más de cien años como cuenta la leyenda de tu vida.
-          No te inquietes por los años de existencia. Entre estas rocas he aprendido que cada instante es infinito.
-          Dime buen Antonio, ¿por qué te hiciste eremita?
-          Recuerdas por la historia los duros caminos de los primeros cristianos…
-          Los recuerdo, San Antonio.
-          …Pues he bajado a contaros que todos los tiempos son duros para quienes nada poseen y aún su libertad y su contento les son arrancados.
-          ¡Ay, buen Antonio, me cuesta entender tu razonamiento!
-          Practica la ascética del silencio. Y escucharás en tu corazón los llantos de las criaturas de la tierra.
-          ¿Y después, San Antonio?
-          Después busca tu camino para unirte a la lucha de los que buscan el abrazo de la justicia y la paz.


A su lado, escucha la conversación, el Hombre Sentado. Pero continuamos, Corral abajo, entre robles imposibles y múltiples peñascos. Para mí, observador absorto de esta montaña, ha nacido un paraje de libertad y ensueño. Llegados más abajo encontramos un reposo para el trago de agua entre estas rocas llenas de vida y evolución; aquí sentados escuchamos el musitar tenue del aire en conversación diáfana con las resistentes hojas de las diferentes especies que se han escondido en estos recoletos silencios. Las rocas brillantes, voluptuosas de luz otoñal nos cuentan siglos de escondidas alegrías de la naturaleza y nos cuentan ecos de otros mundos extraños donde el odio no deja paso a la poesía. Nosotros, poetas de mochila y diccionario, escuchamos reverentes para no romper los cánticos de la tierra en estos cercanos y escondidos paisajes de leyenda y realidad mágica.

Saldremos de aquí por la Portilla del Predicador. 

Montaña abajo descendemos la Umbría de Calderón; tenemos tiempo para saludar al Hueso, que espera siempre una visita; a Peña Sirio y la Cueva de la Mora entre riscos y alturas; descendemos buscando senderos – porque la vida es buscar sendas que nos van llevando a la meta – hasta el Tolmo.


Hemos llegado al Tolmo. Desde aquí a Canto Cochino somos muchos, todos los caminos se van juntando porque el final se acerca.


Javier Agra.