sábado, 29 de junio de 2013

LA PEDRIZA: POR LAS TORRES (2)

 Sentados entre dos de las Torres de la Pedriza, después de contemplar la mano de Dios y su Dedo, nos da por pensar que en el silencio de la Pedriza podemos meter el vuelo de una abeja con polen en sus patas camino de la dulcísima miel, la respiración pausada de una oveja a medio día sesteando entre las sombras, el tren AVE en su galope máximo, el Retiro de Madrid con su Feria del Libro, o un paseo tomados de la mano bajo el sol de primavera…



Estos riscos de granito del norte del Circo de la Pedriza Posterior unen con la Cuerda Larga por las Peñas Linderas, más allá unen con toda la tierra y con los latidos de la vida natural allí donde respira una esperanza y un clamor por un futuro mejor. Pero hoy hemos llegado a este lugar poético por un camino de esfuerzo y constancia. Comenzamos en Canto Cochino sobre las límpidas aguas del bravo Manzanares; los salgueros de las orillas cantaban Laudes a la naturaleza cuando se poblaban los diversos caminos de distintas expediciones de montañeros.



Abajo han quedado desviaciones, los llanos de la Peluca…estamos en Cuatro Caminos en los Llanillos; esta mañana salta el agua en riego luminoso de música y frescor sobre las raíces de la Sierra y los corazones de los montañeros. Hermosísimos grupos de pino se han acercado hasta estas entrañables rocas dispuestas para conversar unas con otras; aquí un vivac, allá una lagartija diminuta sortea el peligro de una tela de araña y bebe en el arroyo; la inmensidad de la Pedriza encierra pequeñas y tiernas historias que los montañeros – el alma limpia y el corazón ampliado hasta abarcar la naturaleza toda –  van guardando en su retina como una fuente inmensa de sabiduría natural.

Observad, amigos lectores, el simpático nombre de Cuatro Caminos.


Y a continuación nos encontramos con este vivac de considerables proporciones. Nos ofreció una disculpa para hacer una parada y beber un sorbo de agua.

Prado Poyos, donde el tiempo se remansa y espera a los montañeros desde hace muchos siglos. Aquí arriba es preciso sentarse, no por el cansancio que en esta jornada es llevadero, es necesario contemplar el cálido aíre entre el horizonte y la piedra, desde la silenciosa lagartija al altísimo vuelo de los buitres; sentados nos quedamos pasmados entre el brillo de la piedra y las frondas color de  primavera; la Pedriza tiene hermosuras que eran inmensas antes incluso de que los humanos primeros abrieran sus pupilas al primer asombro de lo bello. Aquí, sentados en los poyos, el tiempo recorre lunas del pasado, salta hacia el porvenir de paz y libertad, se remansa en el presente de brillos y poemas. Tal vez el Collado del Miradero sea la punta culminante de este lugar singularmente hermoso, tal vez los nombres se confunden.

En medio de este hermoso pinar se asoma gigantesca La Bota.

Sobre nosotros el cielo, con el sonido lejano del azul del mar; esta hora del medio día, surcan los cielos veleros de otros lugares imaginados; vamos hacia las olas infinitas de canciones limpias, estamos caminando hacia el cielomar con las botas siempre dispuestas para poder superar la dificultad. Sea como fuere, los montañeros admirados y atónitos, continuamos serpeando bajo las Torres por el sendero que acerca paso a paso hasta su falda. Están hoy las Milaneras sin milanos y el Llano de los Gavilanes sin gavilanes, vacas y caballos han tomado su verdor, hasta las Covachas han conquistado. Los montañeros, admirados y atónitos aún, entramos entre las Torres tres y cuatro para hacernos una foto a la sombra del Dedo de Dios.  

Hemos superado las Torres, llegamos a los dos mil metros, que será la máxima altura de esta jornada.


Viejas marcas nos indican el camino sin posible pérdida; terminamos la subida entre rocas y sobre un suelo arenoso; a nuestra derecha vamos rebasando, con la lentitud de un tiempo sin prisa, las Torres que esperan a nuestra derecha a otros viajeros que vendrán absortos…también ellos quedarán admirados y atónitos; nuestro sendero se asoma al corazón de la Pedriza, enfilamos hacia el Comedor Termes… Continuará, o eso espero.


Javier Agra.

lunes, 17 de junio de 2013

LA PEDRIZA: POR LAS TORRES (1)

Aquí arriba, la Pedriza, que es paz armoniosa, silencio meditativo; entre tanta desordenada piedra me acuerdo de la cantidad de ocasiones en que pretendemos comenzar a construir sin desescombrar los despojos de nuestros días de adversidad; así, los cimientos no pueden calar y edificamos sobre despojos para asistir posteriormente a nuevos derrumbamientos; ¿será acaso que no sabemos qué queremos edificar? ¿Tal vez sea mejor dejar inconclusa de morada para se derrumbe por efecto del vendaval y la nada?

La tercera de las Torres de la Pedriza, es la más alta.

Pero esta mañana de luz en plenitud de cielo y futuro, quiero que paseen con nosotros todos los que se han quedado sin cimientos y aún les han arrebatado hasta el suelo para poder hacer raíces, aquellos nombrados como “no sois nada” porque les han comido sus posesiones y sus sueños. Aquí, en la Pedriza, los montañeros queremos desmantelar la terrible soledad desde nuestra soledad sosegada, queremos llenar de contenido las mentes de aquellos a quienes solamente les queda el llanto, los que ahora tenemos la mente libre recorriendo caminos de calma creadora.

Desde estas silenciosas cumbres de la Pedriza, se oyen rencores de gente amarga, infeliz, temerosa; y nosotros hacemos paso a paso un camino inverso para sembrar semillas de paz, de gozo, de valentía; sobre nosotros vuelan los buitres que engañan y quieren tragarse a otras gentes y otras aves – por supuesto, son minoría –, pero nosotros continuamos lentamente escuchando el sonido suave de las aves voluntariosas que entregan su tiempo a la construcción, su canto armonioso a la relajada convivencia.

Entre las rocas que hacen de retablo al Comedor Termes.

¡Aquí en las cumbres de silencio! ¡Aquí entre los informes bloques de inmensas rocas, están las emociones diminutas! ¡Aquí en el silbido silencioso del viento se escuchan también los bramidos terribles de la violencia! Hoy las Torres de la Pedriza laten con los millones de rojos corazones que hemos dejado allá abajo en el llano, donde la mirada se rompe con los muros infinitos e invisibles que rodean a cada persona; aquí en lo alto, desaparecen las murallas y se ensanchan los pensamientos hasta formar un solo abrazo con toda la naturaleza y con el universo entero.

Post texto (concepto que tal vez no exista o tal vez sea de recientísima creación): Era mi intención describir paisajes y naturaleza y me he encontrado con estos posos en mi corazón; no desesperes, amigo lector, retomaré el título y escribiré lo que concierne a este blog (hoy me ha capturado el sentimiento y es su voluntad quien tomó la pluma).


Javier Agra.   

domingo, 9 de junio de 2013

POR EL MACIZO DE AITZGORRI -3-

¿Qué decir en medio de la niebla que acobarda las mentes de las personas? ¿Qué hacer en una montaña donde en pleno día se tiñe de oscuridad y la luz son tinieblas?    El  temblor  de  la  duda  enraizó  en  los montañeros… ¡vamos, busquemos la salida!

Ahí estamos, Jose y yo con nuestras dudas, en los ocultos caminos de una montaña que recorremos por primera vez.
                                      Nos sentamos y esperamos.
                                       Mapa.
                                      ¡Saldrá el sol y podremos continuar!
                                       Monte abajo llegaremos hasta el amplio camino trazado en dirección al pico Aitzkorri.

Vista desde las cimas con Urbía a la derecha.

Jose, desde la inmensa prudencia del montañero, siempre sobrevuela más allá de la dificultad. En la montaña me fío de Jose en todo momento: hoy en las circunstancias en que la niebla nos envuelve y en cualquier aventura sin par que se presente... De modo que, sin dudar, marco el rumbo hacia la dirección convenida por Jose y... hete aquí que llegamos al sendero en menos tiempo "que canta un gallo".


Ya estamos en la buena dirección. Ahora, como en la vida, es cuestión de caminar. Arriba, en el oculto espacio del éter y la atmósfera de las aves, el sol asoma su cara de plata sonriente sobre nosotros. Tres buitres que merodean cercanos pierden la esperanza de encontrar a dos desfallecidos. Nosotros, que nunca hemos tenido miedo a la montaña y siempre hemos respetado sus normas, sabemos que la cumbre es una especie de conquista, la cumbre pone trabas a los montañeros, pone nieblas, pone fatiga, pone rocas, pone cortadas, pone lluvia, pone ventisca, pone distancias… si los montañeros llegan a la meta, asoma en el rostro de la montaña una sonrisa y nos recibe siempre con abrazos. No pocas veces, los montañeros, sabemos que es momento de abandonar la aventura porque se transforma en riesgo, entonces damos un beso a la montaña y la emplazamos para otra próxima ocasión.


Jose en la cima

En esta ocasión ya estamos llegando hasta el Aizcolari que está coronando la cumbre del Aitzgorri. Nuestro espíritu está entre la calma infinita de las cumbres y la batahola gozosa del final de la búsqueda; sentados en la cumbre, suena un pizzicato musical en nuestro corazón y entonamos canciones en una diversidad de lenguas como si tuviéramos en don de la diglosia en esta tierra milenaria. Hasta nosotros llegan los geniecillos y pequeños duendes aaris y gorri txikis, hasta parece que nos contempla entre la niebla la diosa Abellion.


Ermita

Aquí somos respetuosos con la ancestral tradición y visitamos la ermita del Santo Cristo, que muy bien podría servir de refugio en caso de necesidad; paseamos las escarpadas rocas de la vertiente norte y saludamos a la diosa Mari de Aketegi que asoma su broncíneo brazo para saludarnos desde su inaccesible cueva; llegamos al refugio, el primero que abrió la Federación en el País Vasco. Del interior del refugio no diré ninguna palabra, solamente que comimos el alimente exquisito para saciar nuestro apetito.


Refugio

Ha salido el sol.
Regresamos por el sendero sin posible pérdida.
Aprovechamos cada recodo para hacer fotografías.
Cada paso hacia delante nuestro corazón se va llenando de ilusiones nuevas.
Tal vez sea preciso dedicar otras palabras a la montaña de Arantzazu.
Acaso extienda en más dilatado texto el entorno mágico de la localidad de Oñati.
Puede ser que… pero por hoy es todo.


Las txabolas de Arbelar.

 Javier Agra

lunes, 27 de mayo de 2013

POR EL MACIZO DE AITZGORRI -2-

Apenas unos pasos más allá de la referida veleta, dicen los escritos que sale una escondida senda que evita durante un trecho las rocas puntiagudas, frente al Aitxuri…hoy está cubierto por la nieve…nosotros  descansados…el trago de agua reciente…una docena de Aaris parloteando en derredor…comentamos a los aaris – geniecillos servidores de la diosa Mari – nuestro intento de ascender y nos proponen subir “a saco” por el roquedo arriba.

Y aquí estamos Jose y yo – ahora sí, ejerciendo de montañeros – buscando la cumbre entre la niebla y el bostezo de la hora avanzada de la mañana. Bajo nuestros pies, la caliza ha formado singulares karst con figuras risueñas y felices. Paso a paso estamos de conversación con las piedras sigilosas donde anidan los aaris mitológicos, que se defienden del gato montés y de las águilas calzadas, ocupadas ahora en velocísimo vuelo del hayedo, que hace rato dejamos más abajo, a la despoblada cumbre, que se acerca a nosotros con arrugas de siglos y misterioso juego del escondite.

Cima del Aitxuri.


Acompañados por la procesional estantigua de piedras, llegamos al Aitxuri, escalamos el punto más elevado de esta cadena montañosa que entrelaza los montes de Cantabria con el Pirineo. Aquí nuestra sonrisa se une a la música del tamboril que duerme silencio de siglos sobre la cumbre…aquí recuerdo los tres años que fui vizcaíno allá en el final de mi infancia cuando la ría del Nervión soñaba con las playas de Plencia y Algorta antes de que el superpuerto se tragara las arenas cálidas…aquí recuerdo el sonido festivo del tamboril y el txistu. Más tarde, emigrante en tantos lugares de la geografía, he visto tambores de varios tamaños, desde atabalillos hasta grandes tambores de diferentes nombres sonando en diversos pueblos y he visto flautas de tres agujeros desde el primitivo silbo que construíamos en mi niñez hasta la siringa de múltiple musicalidad. Dejo el exordio.

Cima del Aketegi


Cumbre adelante Jose y yo, tal vez acompañados por un falansterio de invisibles amigos, continuamos adelante hasta llegar en pocos minutos a la siguiente cima: el Aketegi. Aún conserva el vértice geodésico pues hasta hace poco tiempo se le consideró más alto que el anterior. Nosotros llegamos, nos sentamos y nos sentimos unidos a este nuevo espacio de montaña. Conversamos con veneración con Ama-lurra, la gran creadora Mari que llena de luces la comarca y alumbra a quienes quedan en tinieblas. Sin duda está hoy paseando por estos lugares en forma de niebla persistente y húmeda. Ella, que protegió a los primeros vascos cuando las glaciaciones asolaron toda la región y los hizo regresar en el momento en que la tierra tornó a ser fértil, sabrá guiar nuestros pasos entre esta niebla de quita y pon hasta la última de las cumbres que hemos apuntado en nuestro mapa para esta jornada.

Un recuerdo del Aketegi para ellas.

Antes de seguir, añado estas flores que ya están haciendo racimo amoroso. Que sean un beso para las mujeres de nuestras casas que nos cuidan siempre como la diosa Mari, porque ellas son diosas de la paz y de la paciencia.

Ahora sí, después de este homenaje –sencillo y pobre– salimos hacia el Aitzkorri.

Javier Agra.

sábado, 25 de mayo de 2013

POR EL MACIZO DE AITZGORRI -1-


Amanece mayo entre las crines de la niebla.
Oñati duerme al filo del agua.
Inclinamos la cabeza con respetuoso saludo al pasar ante la fachada de la universidad vieja Sancti Spiritus, continuamos buscando carteles para llegar a Aránzazu.
Sirimiri y calcetines secos para comenzar la ruta – las botas están muy mojadas de la marcha de ayer –. Comenzamos.

Los dos viajeros – hasta que no superemos los llanos de Urbía, nos consideraremos solamente viajeros, después ya veremos –; los dos viajeros nos podemos dedicar al gozo de la contemplación, el sendero es muy plácido y está tan marcado que se sube por él sin posible extravío buscando las cumbres del macizo de Aitzgorri. En silenciosa conversación con la naturaleza, hemos dejado atrás la puerta verde y el letrero que nos marca la dirección al collado Elorrola y Urbía; ahora son las hayas quienes conversan tintineos de agua recién caída y de leyendas viejas; sigilosas pisadas y ocultas miradas de algún Gorri Txiki marcan el ritmo de nuestro ascenso entre la niebla y la esperanza.

El cielo de esta mañana duda entre el oscuro y el agua, entre la palabra del bosque y la niebla que baila. Las formas de los montes van pasando de la retina hasta el alma y allí anidan entre el verdor y la mirada; los montes vascos con pupilas de siglos y brotes de brillo, danzan siempre melodías de algún mágico txistu. Un eiztaria viene a nosotros por el camino, salido de golpe de entre las nieblas…después de conversar con él parece que, más que un antiguo misterioso cazador condenado a recorrer los montes vascos, es algún andarín mañanero que ha llegado – según nos acaba de comentar – hasta el Collado Elorrola, apenas cien metros más arriba de donde estamos detenidos a beber un sorbo de agua.


Foto de Komandokroketa 

Ya estamos pues en el Collado. Esta vista es la que se puede gozar y ante la que los viajeros quedan extasiados un buen rato. Agradezco a la naturaleza que haya permitido al Komandokroketa hacer esta foto del conjunto de las cumbres; agradezco al citado colectivo de montañeros sus tenaces, acertadas y agradables descripciones de numerosos lugares de montaña.

Seguimos la línea de árboles, superamos la ermita de Nuestra señora de Arantzazu que da paso a la campa de Urbia; es un amplio espacio de verdor vital, de sosiego conectado entre la naturaleza y el alma, de calma adormecida entre los susurros de la historia, de sueño dibujado a través de siglos; una ráfaga de sol nos mostró el color de la ilusión entre las rocas plateadas del fondo, el agua libre de la plataforma verde, el vuelo sigiloso de las aves que mostraban el camino; en la campa de Urbia están dormidos todos los siglos de la historia en un tic-tac y las hierbas nuevas crecen sobre las raíces antiguas cuando las Lamias bondadosas tejían caminos para guiar a peregrinos despistados.


Vista de la Campa de Urbia. (En el lugar escriben sin tilde sobre la i, pero pronuncian Urbía, con tilde) 

Importantes corrientes de agua se filtran por algún secreto ojo para salir en forma de luz no sé cuántos miles de metros más abajo entre alguna gruta caliza llena de caprichosas estalactitas y estalagmitas. Meditabundos, silenciosos, pletóricos, ensoñadores, Jose y yo – los dos viajeros de las montañas vascas – estamos llegando a las txabolas de Arbelar (lo escribo con los caracteres vascos, además de porque así lo escriben en aquellos lugares, porque para una mente castellana, las chabolas tienen un cierto sonido de desprestigio) construcciones elegantes para el descanso de los pastores y algunas para residencia temporal. Pocos metros (¿doce? ¿veintiuno?) antes de llegar a las txabolas, sale hacia la izquierda un camino que evita cruzar las viviendas…hoy encontramos caballos de hermosas patas y frondosas crines.

Comienza la ascensión, enseguida el prado sedoso se muda en rugosa piedra; la suavidad verde se hace áspero pedregal. Tal vez aquí Jose y yo – viajeros por las montañas vascas – nos transformamos en montañeros. Así vamos subiendo entre el recuerdo de los lirios y la presencia de la niebla hasta la veleta…situada a mil cuatrocientos metros en medio del pedregal…en medio de la nada… ¡claro que cumple una misión! Nosotros descansamos a su pie con la disculpa de la foto.


Sobre nosotros, asomando entre el vaivén de la niebla, están dos cumbres que tenemos intención de coronar. Las cimas de Aitxuri y Aketegui tienen un velo de misterio acunado entre las rocas de sus laderas. Vamos, esperadnos.

Javier Agra.   

domingo, 12 de mayo de 2013

ESPINOSA DE LOS MONTEROS


Llegar a Espinosa de Los Monteros es entrar saltando en la historia.
Este pueblo de la provincia de Burgos rayano a Cantabria fue tierra de Corniscos, feroces pobladores previos a los romanos; de visigodos; de constantes guerras de paso entre las tierras del llano y de montañosas tierras. Cuando aquellas tierras sin nombre ni dueño definido iban formando sus fueros, nacieron las Merindades – territorios bajo la jurisdicción del Merino, encargado de administrar la justicia del rey en la comarca –; en plena reconquista llegaron pobladores del Valle Navarro de Berrueza para continuar caminando por la historia y en los albores del siglo onceno con el Conde Sancho García se crearon los Monteros para defender y cuidar del soberano, así le fue dado apellido al pueblo conocido hasta entonces por la multitud de espinos que poblaban sus tierras y alrededores.

Nosotros llegamos a Espinosa, años y siglos más tarde, montados en caballos con motor y gasoil dispuestos a pasar la noche y pasar de largo. Pero no pudimos pasar; aunque nos fuimos, no pudimos pasar; hoy escribo este texto agradecido a sus gentes y su trato. Muchas veces pasé, siendo niño, asomado a las ventanas del viejo tren de carbón camino a Bilbao, mi infantil recuerdo nunca dejó de asombrarse de las formaciones calizas que coronaban los montes de roble y de haya.



Hoy nos alojamos en la casa Encanto – os saludo y agradezco el trato afable que nos dispensasteis en todo momento –. Tiene el pueblo una plaza con el nombre de Sancho García, custodiada por numerosos plátanos de sombra, donde pasea el sosiego entre las tabernas y los bancos de madera, a un lado el ayuntamiento a otro la iglesia de Santa Cecilia, tres naves con piedra de sillería cubierta de bóveda de crucería. El ábside se corona con la gran concha del apóstol Santiago, recuerdo acaso del antiquísimo y seguro camino que pasaba por aquí hacia Compostela, y culmina un retablo renacentista.


Casonas nobles conversan con el tiempo; allí permanece el Torreón de los Primeros Monteros, más allá la Casa de los Azulejos, la Casona aparece tras un recodo cuando aún conversamos sobre el edificio del último Montero; más de veinte casas de blasones viejos levantan canciones antiguas hacia los visitantes nuevos. Al otro lado del río La Torre de los Velasco, entre culantrillos y árboles dehiscentes, más que defender la Villa como hiciera antaño sirve hoy de mirador y de paseo entre verdes prados.

Presbiterio del templo de Santa Cecilia en Espinosa de los Monteros, con el retablo al fondo.

Ribazo abajo por una escalera de madera estamos en el Camino Olvidado, bajamos cantando recuerdos de la nieve y de las cumbres, paseamos junto al río Trueba nieto del acuoso Ebro; entre salgueros y chopos, el Trueba tiene una presa que remansa en tiempo del estío para solaz de cuerpos cansados o para entretenimiento de cuantos quieran tomar un baño, un río sosegado para este pueblo pretérito y presente entre la historia y el cuento, entre la libertad y el sueño.

En una capilla lateral, a la entrada del templo conversamos un tiempo con este Ecce Homo que lleva a su espalda los latigazos de todos los tiempos.

Espinosa de los Monteros, pueblo aprendido en la memoria de las escuelas de pueblo entre la bruma de nostalgia, atravesado a paso lento entre la niebla del tiempo y el humo del tren de carbón, el que dormía sueños de resurrección en la distancia de mi niñez será para siempre un juguete recobrado desde los balcones de sus casas, desde las sombras y los portales del paseo de esta tarde de mayo; el de los blasones dormidos en el tiempo con la historia navegando en las calles y en el viento, pueblo de espadas y de hierros, de dulce pasado y de presente con tardes de paseo entre los escudos y el agua, entre la escultural caliza y las praderas verdes donde antaño soñaron quienes se fueron a las fábricas a forjar recuerdos. El valor de Espinosa de los Monteros está en sus gentes que entregan el tiempo y la voz para que los viajeros sientan que han llegado a un lugar donde son “de la familia de toda la vida”

Javier Agra. 

jueves, 9 de mayo de 2013

CASTRO VALNERA




La historia de la subida a esta montaña puede tener muchos comienzos y un solo final.

Imaginamos la cumbre por las muchas veces que la habíamos estudiado para aprender de memoria su recorrido. Entonces nos adentramos en el campo que otrora fuera verdes bosques y hoy intrincada nevada sin dejarnos otro campo visual más que la nieve alrededor, parecía que habíamos entrado en un fiero campo de batalla contra los elementos: allí, Jose y yo, aparecíamos y desaparecíamos engurruñados entre la nevasca caída; continuamos no obstante porque nos consideramos montunos, superamos mil adversidades y sucumbimos a la fuerza de los vientos y la nieve.

El campo verde de otros tiempos se cercaba sobre nosotros en campo de concentración, no habíamos conseguido superar la zona arbolada de los pastos cuando doloridos y fatigados regresamos antes de que se tornara para nosotros en camposanto. La nieve era mordaza en nuestra cara que no en el pensamiento, siempre activo aunque morigerado. Pisada a pisada, resoplido a resoplido salimos más allá de donde las hayas se batían a nuestro lado contra la furia de la naturaleza; el Valnera había construido morrenas de nieve para defenderse de nuestro avance.



Superamos calamidades sin final como marionetas de trapo que dan consistencia a todas sus acciones porque la vida es suspenso y creación a cada segundo; los minutos eran casi una eternidad bajo las cuchillas de nieve en el rostro y nosotros queríamos engullir el esquivo sol esta mañana de mayo para calentar el alma y el cuerpo; en medio de la tormenta me acompañaba el niño que fui con sus despreocupados juegos, el mozo displicente, al compasivo adulto que llevo en la mochila y, apenas unos pasos por delante, el anciano silencioso con cadencia en la respiración, en la mirada y en el alma: no puedo ir más arriba –me decía– regresa donde la tierra baila con la luna en la serenidad de las madrugadas.



Y yo, que se que la felicidad de la montaña, consiste en la forma de subir y en el brillo dulce de la meta en la cumbre, regresé nuevamente entre el aplauso de las hayas. Regresé y arrastré en mi viaje de retorno a Jose, y arrastré al agua de los arroyos bajo la nieve, y arrastré mis pies descalzos de zancadillas y traspiés, y volé con las aves ausentes hacia la cumbre aprendida del Castro Valnera.

El Castro Valnera es la cumbre de las Merindades de Burgos. Tiene tres hijos poderosos –me había dicho Jose – allí nace el río Miera, allí nace el Trueba, allí se inicia el Pas…allí está… muy cerca del Puerto de Lunada. Las otras cosas de la cumbre y sus laderas las puedes mirar –amable lector – en cualquier página de las muchas que pueblan el dilatado mundo de la comunicación. Yo deposito aquí mi Castro Valnera, el que se me pegó al corazón cuando intenté darle cima desde las Cabañas de El Bernacho, entre la nieve y la niebla.  



Esto es lo que he visto y es menos de lo que se. La experiencia fue de gozo y nieve, de botas mojadas para la marcha de mañana y alma libre entre los cuchillos de la nevada.

Javier Agra. 

martes, 30 de abril de 2013

CUMBRES DEL PICO DEL NEVERO


Por el camino de mis días van naciendo mapas y rutas de montaña, como las flores junto al sendero de las primaveras o como las setas pálidas en las madrugadas del otoño.

Junto a los vértices de las cumbres de Pico del Nevero se depositan insomnes voces quejumbrosas que van arañando mi vida letra a letra; las mismas palabras que antaño no eran más que vuelos litorales, hoy son martillos sobre mis sienes y van haciendo nido en mi interior; las confidencias que eran susurros en aquellos años de infancia han aumentado el volumen hasta el grito de la edad madura y me aúpan en textos de recuerdos camino de las estrellas prolongadas, más allá de los mapas.



Estamos en las cumbres del Nevero, así en plural; porque abriendo los ojos la anchura de las montañas se expande y abriendo el corazón se dilata en lienzos infinitos por donde se mueven los cuerpos de las especies naturales en bailes de cercanía y contrapunto. En la montaña una llanura puede elogiar a la cumbre y el glaciar loar a los campos de amapolas; en la naturaleza no existe la ausencia, cada elemento es vida, cercanía solemne y apoyo al conjunto. En la montaña se abrazan el silencio y el grito en queja permanente ante los dolores que oprimen a las cien mil generaciones de humanos que transitan por los imperecederos senderos de las cumbres.



Las cumbres del Nevero no distinguen entre los días nublados y los días de sol, así nos enseñan que la vida aúna amistad y trabajo, libertad y entusiasmo. Agua y poesía se deslizan entre la maleza y las rocas, entre el aire y los fantasmas de todos los tiempos, más arriba de los pinos que sueñan que las casas sean hogares, los edificios bibliotecas, las construcciones hospitales para todos y escuelas compartidas entre la educación y la cultura. De repente la música de las cumbres trae a los montañeros una orquesta de triunfos y de inicios inconclusos; los montañeros saben que no están solos, la mochila siempre cargada de ilusiones y recuerdos, de diccionarios y vuelos de pájaros; los montañeros cabalgan silenciosos sobre las auroras que ponen luz en las sombras de todos los tiempos, en sus manos llevan flores nuevas para limpiar las heridas del miedo y el desconsuelo.



Sobre las cumbres del Nevero, los montañeros unen el cielo y el mar y posan la luna entre los rojos claveles del tiempo, entre raíces del amor que florece en las madrugadas de los días venideros.

Javier Agra.

sábado, 27 de abril de 2013

EL CHORRO DE NAVAFRÍA


No lejos del Pico del Nevero está el Chorro de Navafría. Así pues, una vez que recorrimos las amplísimas planicies del citado pico y cumplimos el protocolo de las fotos, incluida la que adjunto sobre esta ruinosa pared de alguna vieja trinchera, nos acercamos hacia el Chorro para comer la merienda entre sus bailarinas aguas.


El Chorro de Navafría es como la poesía, expresa más de lo que dice; sentimientos que se expanden entre el bullicio eterno de los pájaros que ocuparon alguna vez los pinos de las cascadas; murmullos del aire que en otro tiempo fue fiero estertor de griterío entre los pinos; recuerdo de gotas de agua entre lo que hace siglos fueron inmensas cascadas y mares de sal y violencia; como la poesía es deseo más allá de la realidad sensible; es lo que pudo ser y lo que cada visitante quiere que llegue a ser.

El Chorro de Navafría suena a frescor, igual que el monte del que baja trayendo la nieve en carcajadas de agua brincando entre las hierbas y los pinos, antes de asomarse a los enebros y descolgarse por un inmenso tobogán de roca; su nombre brilla al sol del medio día, cuando el sol calienta en las cercanas praderas; pero aquí no, estamos en el reino del frescor aún cuando la canícula pone su tienda de sofoco y chicharras; nosotros, montañeros hace poco tiempo, permanecemos sentados en el sosiego calmo del agua que comenta con las piedras del valle sus recuerdos de montaña y construye abanicos con el lentisco del valle.



El Chorro de Navafría es pueblo viajero del pasado que se derrite ladera abajo con el paso de la primavera y al desaparecer bajo el fértil manto terroso crea la vida entre sinfonías de verdor. Aquí se agrupan la tierra y las sombras, la vida y las canciones, la libertad y el llanto que es lucha agónica en cada tallo de verdor diminuto y en cada raíz de gigante estruendo vegetal. La naturaleza abraza aquí a sus hijos entre sonrisas de agua y lumbre solar; nosotros, agrupados a los animales, vegetales, minerales, humanos del pasado y acaso del futuro cantamos silenciosos y agradecidos el canto solemne de la madre tierra que es hogar común.



El Chorro de Navafría brilla con estucos de albayalde; conoce los nombres de cien mil generaciones de personas que pasaron por estas piedras antes que nosotros, cuando nuestros antiguos padres aún no sembraban plásticos ni contaminación; cuando el sosiego permitía contar una a una las hojas de los robles y los pinos; cuando la armonía del corazón tenía tiempo para escuchar conversaciones amorosas de las aves en el final del invierno y canciones de familias de aves enseñando a las crías la solidaridad y la supervivencia. Hoy, cuando nosotros regresamos, nos despide con un susurro de agua que agradecemos alejándonos silenciosos y hasta cuidando las pisadas para escuchar la conversación de la tierra.

Aún sobrecogidos, nos sentamos junto a unas piedras del río Cega a comer la merienda. En estos días de primavera, el Cega no es de pega. Jose y yo nos miramos aturdidos por la lección de la montaña y deslizamos una sonrisa al crecido río para que la lleve entre su carcajada de agua que hoy parece formar un río turbulento. Terminamos el pan y el queso; nos guardamos las maravillas de la sierra y regresamos a casa.

Javier Agra.

miércoles, 17 de abril de 2013

PICO DEL NEVERO


Sosiego.
La Sierra de Guadarrama se expande en sus cumbres. Llegar a las primeras lomas del Pico del Nevero supone entrar en una región de amplitud donde el alma puede galopar entre sueños, esperanzas y aleluyas más allá de las fronteras sin sentido de la tierra. Sí, más allá, porque se descubre el sol y el aire que llegan montados sobre la nevada y van viajeros entre la lumbre y el sosiego, sin otras lindes y sin miedo. Las cumbres del Nevero mezclan Castilla, entre Madrid y Segovia, con otras tierras y otras montañas.

La Sierra de Guadarrama se ensancha en la cima del Pico del Nevero. En primer plano ruinas de trincheras desoladas y de llanto, al fondo Peñalara vive como antorcha de esperanza.
Dos mil doscientos nueve metros se desparraman entre risueñas laderas, dan paso a prados de llanura en dos provincias, vigilan los embalses del río Lozoya. Hemos superado los pinares ocultos entre la nieve caída estos últimos días, ya estamos a mil novecientos metros de altura y ¡entonces! ¿Milagro de la naturaleza? Hermosura, alivio, respiro…la vista se abre hacia lejanos paisajes de nieve y montaña. Los nombres que tantas veces me dijera Jose van ocupando asiento en mi campo de visión.
Silencio.
La montaña toma la palabra.

En esta zona me mostró Jose las cornisas que forma la nieve sobre los precipicios y que, en cualquier momento, pueden ocasionar una avalancha.
Nombra con nombres de tiempo inmemorial los puntos que relucen bajo la nevada. Delante de nosotros el circo en forma de zeta del que toma nombre toda la montaña.
Estamos subiendo a la cumbre de uno de los miradores más sorprendentes de la Sierra: Abajo, el Valle del Lozoya señero y verde esta mañana de primavera, siluetas de pueblos, remansos de embalses; el macizo de Peñalara es un tambor inmenso con sonidos que retumban a través de los siglos; más lejos se perfilan, con su nieve blanca, las cumbres de Gredos.

Los dos pinos con los que mantuvimos una dilatada conversación de la que solamente transcribo el sentido resumen.
Bajo nosotros han quedado los pinos asombrados: empleamos algún tiempo conversando con dos de ellos que resisten a las calamidades del clima más arriba de dos mil cien metros. Nosotros pensamos que son héroes de la montaña y ellos nos aclaran que están allí como vigías hacia el otro lado de las laderas, además tienen como misión encaminar a los montañeros hacia la cumbre. Los dos pinos solitarios en la montaña, bajan algunas noches de calma para conversar con sus hermanos pinos de los valles y con los robles que tienen su territorio en las praderas más bajas. 

Sierras de Ayllón y de la Puebla.

Al otro lado del Puerto de Navafría bostezan historias viejas el Reajo Alto y la Muela, que dan paso a las cumbres de Ayllón, a la soberbia solemnidad de Peña la Cabra y la Sierra de la Puebla; nombres y Sierras, cumbres y metas de otras jornadas llegan a visitarnos en este momento que estamos sentados conversando con las ruinas de lo que fueron trincheras donde acaso esté escrito parte de un pasado de sangre, terror y dolores inútiles. Solamente los hombres somos capaces de arrancarnos las entrañas porque “me han mirado mal”, “porque tus palabras no son mis palabras”

Silencio.
La cumbre calla.

Cumbre del Pico del Nevero. Al fondo se adivina la nieve en Gredos.

Hemos llegado a la cima. Hemos dibujado un mapa de geografías inmensas en la silueta del alma. Desde aquí saldrán millones de caminos hasta los corazones de todas las sonrisas y de todos los rostros, de todas las manos y de todas las entrañas. Subir a la montaña es tejer mantos de libertad solidaria, de verdor y naturaleza compartida. Llegar  a la cumbre lleva tiempo, lleva sentir tranquilas las pisadas y la mirada serena, llegar a la montaña es el destino del corazón, de la mente, del alma.

Javier Agra.