jueves, 23 de enero de 2014

POR LA BARRANCA: SENDA ORTIZ


Acaso estas mañanas de enero se enfríen en demasía las orejas, pero el corazón permanece cálido y el espíritu robusto cuando dejamos a nuestra espalda el aparcamiento último de la Barranca y estamos caminando por el amplio sendero que se desliza entre los pinos sin más música que la de los pájaros y el río.

Enero tiene paseos de sigiloso sosiego. Entre el agua de pequeños embalses y la canción de su libre correr dejamos esta senda principal; cuando ella sigue en un brusco giro a la derecha, entramos por la Senda Ortiz que se inicia con un poste metálico y continúa de frente en ligerísima subida; el sol viene con nosotros buscando con la vista las lejanas torres de Madrid; el pinar se extiende majestuoso y libre por encima, más abajo, a todos los lados y nos llena de brillos y de música. El sol posa su ternura sobre la gayuba que moldea el suelo de tonos verdes y moldea de suavidad el espíritu. Decían los griegos que la gayuba era uva de oso, hoy es alimento de mil aves y de invisibles roedores. Los montañeros tenemos guardado en el tacto, en la vista, en el olfato el aroma azucarado y áspero de esta planta soñadora.

Se hace silencio en las ramas y en el tiempo, para que suene a nevada el trino de un mirlo viejo que vuela desde la ladera hasta el cielo; y va llevando con mis pasos los sueños antiguos y los versos nuevos entre las escorrentías del monte y la quietud del pensamiento; paso a paso, los montañeros en silencio, se han dormido los pinos entre la tibieza del aire de invierno. En la explanada cimera crece una cosecha de ilusiones, entre el verde de la hierba y los sedantes majuetos; crecen los recuerdos en el muro de la ausencia mientras el corazón late palabras de esperanza y de promesa.

Sentados en el Mirador de la Barranca o de las Canchas.


Llegamos al Mirador de la Barranca, también conocido como Mirador de las Canchas. Aunque los pies montañeros no se han fatigado por ser serena esta jornada, sus corazones se sientan  a contemplar la placidez de Guadarrama: Alto de Guarramillas con las antenas vistosas, La Maliciosa con su Peñotillo… Y mientras la mirada se posa en la seda de la distancia surca el aire una pregunta de ignorada respuesta sobre el personaje Ortiz que antaño diera nombre  a esta sosegada senda.

Por la Cuerda de las Cabrillas


El camino baja por la amplísima senda hasta llegar al coche. Nosotros vamos por media ladera Senda de la Tubería adelante entrecruzando la Cuerda de las Cabrillas. La vista se nos va siguiendo un juego de pájaros que entran y salen dibujando la silueta de Peña Horcón. Sin subir a los Emburriaderos tomamos ladera abajo hasta encontrar el arroyo de Peña Cabrita, donde hacemos un repaso a las viandas mientras contamos recuerdos de otras jornadas ante la visión de Siete Picos y otra perspectiva de la sierra.

Salimos a la Fuente de Mingo, recuerdo a quien fue un ilustre cuidador de estos montes (Ricardo Domínguez) que abrió con su puño y su pico un primer surgente de la tierra que hoy ha evolucionado hasta ser una construcción donde coinciden a beber los paseantes de domingo y los montañeros que regresan de los más variados escondrijos. Por estas cercanías se saludan el arroyo de Peña Cabrita y el regajo del Pez del que seguramente se surtirá al Fuente de la Campanilla a la que hoy no llegaremos, pues seguimos al encuentro del aparcamiento donde el coche espera desde hace menos de cinco horas.


Fuente de Mingo

En los primeros párrafos conté que subimos por el camino Ortiz; pues bien, al final desembocamos en una explanada de leyendas que se ha dado en llamar Sanatorio Walpurgis, porque allí se rodó, en parte, la famosa película “La noche de Walpurgis”. Yo no reconocí a ninguna de las brujas que celebraban al dios del fuego Belenos para entrar en la primavera renovados: dicen que las brujas eran personas aparecidas de otros mundos de ultratumba y personas convocadas en vida que usaban para transportarse un mágico ungüento confeccionado con grasa de diferentes animales, leche de burra y otras delicadezas y volaban risueñas montadas sobre escobas. ¡Claro! Nosotros transitamos por estos montes con plena iluminación y no se daban las condiciones.

NOTA DE AGRADECIMIENTO: Amigos míos, quiero agradecer a todos los que leéis mis textos y a quienes comentáis, vuestra amabilidad. Quisiera contestar a cada uno, pero soy un analfabeto tecnológico (además de otras analfabetías que me dominan y limitan) y no acierto a pulsar las teclas necesarias. Algún día aprenderé y entonces…Mientras tanto gracias y abrazos.  

Javier Agra.

jueves, 9 de enero de 2014

LAS CÁRCAVAS DEL PONTÓN DE LA OLIVA (II)

Acordaos, amigos lectores, que venimos de las Cárcavas del Pontón de la Oliva y había quedado asomado al pueblo de Alpedrete de la Sierra.



El pueblo tiene más de mil años de historia y vida escondida entre sus silenciosos valles. Hoy recuerda que es emigración y está apenas habitado por treinta personas, mantiene reconstruidas una buena parte de sus casas porque es frecuente el goteo de quienes descienden del pueblo y a él regresan unos días, pero la mayor parte del año está viva de romanticismo entre sus desiertas calles; antes de llegar al pueblo, viniendo desde Valdepeñas de la Sierra estuvieron las eras donde hace tiempo dejaron de dar vuelta los trillos sobre la sementera. Los dos viajeros aspiramos el silencio porque queremos que nuestra alma se llene de su mística quietud sosegada. Cuando van a emprender el camino del descenso han comido trino nuevo en las alas de la golondrina viajera, han descubierto las otras miradas que todos los humanos llevamos por dentro.



Por un bien visible camino bajamos al pueblo por la ladera donde antaño hubo un nutrido número de bodegas, hoy son cuevas abandonadas que contrastan con los bien cuidados huertos que a nuestra derecha marcan la senda de bajada hasta el pueblo de asfaltadas calles y reforzados edificios de piedra. A nuestra espalda dejamos un frontón y por la calle que sale a la izquierda no tardamos en dar con una pequeña iglesia románica dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, adosada a sus muros el cementerio poblado de silenciosas cruces. Los huertos que están a su derecha nos indican que por allí pasa el GR-10 que ahora seguiremos otro rato mientras escuchamos las bien nutridas aguas del arroyo de Reduvia, superamos un diminuto collado que nos deposita en una senda donde no sabremos nunca si domina la grava o la arena, caminamos alegrando la vista, metidos en la atmósfera de otros tiempos donde abundaba la calma. Nos acercamos a un puente sobre el bravo Reduvia.

Antes de acercarnos hemos visto una senda que sale hacia la izquierda, senda dormida bajo una nogal añeja. Estamos en el camino de la Lastra o del Ceño subiendo aguas abajo del Reduvia musical y risueño en estas fechas de enero. Tal vez sea un camino de lastras en el suelo y en los paredones que estás ejerciendo de pequeñas y simpáticas montañas a nuestra izquierda, aquí ha desaparecido la arcilla que está presente en la margen derecha del río y nos escoltan rocas calizas que juegan a hacer figuras variadas frente a la armonía redonda de la otra orilla.

Acaso el nombre de ceño lo toma esta senda porque es el entrecejo de la tierra, sendero bien trazado y señalado con los colores del GR entre las dos cejas de montaña que parecen poderosas desde la profundidad del valle. Se despide el arroyo Reduvia buscando el embalse del Atazar...
Jose, ¿llega hasta el embalse el arroyo Reduvia?
Y Jose responde: "Sí, el arroyo quiere acercarse al embalse, pero el Lozoya se bebe sus aguas y ya ha dejado atrás la presa. Amigo mío, la corriente del Reduvia nunca halla el sosiego del Atazar"
Yo me quedo atónito, con la boca abierta, meditando en su lírica respuesta y pienso si no será mejor que continúe él la narración...
La senda se va empinando hacia la cumbre; dubitativa tal vez se bifurca en dos opciones que más arriba se volverán a encontrar, tomamos la de la derecha porque las vistas son más abiertas al horizonte. Despacio, siempre adelante entre la pausa y la palabra, llegamos a la carretera que hemos dejado y tomado varias veces esta jornada.



Desde este punto ya solamente será caminar carretera adelante en lento descenso hasta el coche. Pero la jornada aún tiene riquezas gozosas para la vista y la poesía. Pasamos muy cerca del gran acantilado gris del Pontón de la Oliva, lugar de escalada, lugar de grandes caídas de la roca sobre los meandros del río Lozoya, lugar donde el asombro canta con voz de olivos al rostro de la madrugada, donde los almendros tienen rostros humanos y rostros de animales, lugar donde anidan las águilas y el silencio recóndito se asienta en el alma. Pero hemos de caminar no vayamos a enraizar en este paisaje como un regadío que canta primaveras.



Nosotros nos acercamos en varios puntos pues las vistas son hermosas. Aquí encontramos ruinas de lo que fueron prósperas casas; allá un águila sorprendida inicia el vuelo con su metro largo de punta a punta de las alas y nos sorprende más que nos asusta; desde este mirador vemos a lo lejos una salida de la cueva del Reguerillo que se extiende por debajo del cerro de La Oliva; desde aquí vemos la belleza de toda la tierra entre colinas, meandros y aves de ligero despegue, asombro y camino entre los olivares cargados de aceituna.

Cerramos el círculo. Llegamos al coche. Asombro. Silencio. Respiración pausada.


Javier Agra. 

martes, 7 de enero de 2014

LAS CÁRCAVAS DEL PONTÓN DE LA OLIVA (I)

Atrás, quedó Madrid, quedaron también Torrelaguna y Patones de Abajo. El mundo cansado en sombras camina monte arriba en este liviano amanecer abandonado del cambio de provincia inexistente en la memoria y en las rutas. Apenas aparcamos el coche superado el río Lozoya, al pie de las casas primeras de la provincia de Guadalajara, se esparcen los restos del sueño por los olivares y las jaras de la ladera que nos saluda.

Continúa la pista, entre atusando y resquebrajando el monte, hasta el Pueblo de Alpedrete de la Sierra que nosotros pretendemos visitar dentro de un rato. Seguimos los  primeros minutos pista adelante hasta que gira con violencia hacia la izquierda, los montañeros continuamos por un marcado sendero entre olivas bien cultivado; pronto encontramos una trocha que mira a nuestra izquierda como si fuera monte arriba por donde continúa el GR-10, pero nosotros sabemos que hemos de echarnos por la trocha de la derecha que nos bajará hasta el barrancal de piedra y arena arcillosa del arroyo de la Lastra. Así descubrimos que caminar es dudar y elegir, aquel camino que olvidamos se perdió y nuestro futuro mirará hacia las Cárcavas.



La abundancia de lluvia de estos días nos hace chapotear entre arcillas y piedras que le dan al suelo un dorado color mientras ascendemos por la empinada ladera de erosionados ribazos. Doscientos metros más arriba salta el gozo a nuestra cara porque estamos viendo la mayor de las Cárcavas que estos viajeros han contemplado; absortos nos acercamos, el sendero se ha hecho llanura y la llanura nos habla de hechizos y palabras sinceras. Continúa la senda hasta alcanzar la parte más alta, a nuestra derecha un desvió nos hace pensar… (porque en medio de la contemplación también se puede pensar) que seguramente es posible bordear muy cerca de las Cárcavas.

Desnuda para los viajeros tenemos delante la era Terciaria: hermosas formaciones de crestones, llamativos pináculos que pudieron cantar en finísimas églogas antiguos endriagos en nuestra evolución primera. ¿Qué emolientes depositó en estos montes el empíreo eterno para conseguir estas bellas formaciones que vemos un millón de años más tarde? Otra explicación es la que se escribe según la erosión desde las lluvias, el badlands y otros conglomerados.



Vuela en libertad la imaginación del paseante, del montañero, del visitante, mientras estamos bordeando las cárcavas y llegamos a su máxima altura, estamos un poco por debajo de los mil metros. Puedes leer hasta aquí, asombrado lector y darte la vuelta para el coche. Habrás hecho una preciosa y descansada excursión de menos de tres horas. Te sientas en el Bar La Chopera a tomar un caldo caliente o una dilatada comida y te vuelves a casa seguro de haber pasado una bella jornada.

Jose y yo queremos hacer una marcha circular y continuamos. Nos alejamos de este paisaje de fragancia de hadas, por una senda sin posible pérdida que llanea entre las jaras. ¡Curioso nombre! – Comenta Jose – ¡a este punto le llaman Cerro Guadarrama! Continuamos entre lo que hoy son montes de jara y algún tiempo fueron tierras de labranza que dejaron plantados dos pinares distantes pero que nosotros vemos de cerca pues al lado de ambos pasa la larga y muy bien trazada senda. Ha quedado atrás el Cerro de Mingo Negro, ganamos profundidad cuando estamos en la Hoya de la Cañada donde no hace mucho parece que abundó el ganado y acaso pasten hoy algunas ovejas y muy pocas vacas, pues encontramos una alberca o abrevadero.



Abrevadero de la Hoya de la Cañada. Podría estar en muchísimos paisajes del interior de España, pero esta foto pertenece al lugar que dicho tengo.

Dejamos este sendero y tomamos otro nuevo a nuestra izquierda, ni más ancho ni más estrecho pues en este recorrido todos tienen muy buena hechura. Frente a nosotros acaba de aparecer, cabalgando monte arriba sobre el Cerro de la Torrecilla y regado por el Jarama, Valdepeñas de la Sierra pueblo al que no iremos en esta ocasión, dejamos para otro día la cueva del Destete, su profusión de colmenas y su Plaza del Olmo con el crucero nuevo. Contemplando, desde la distancia, el citado pueblo llegamos a la carretera o lo que de ella queda que habíamos abandonado ya hace rato y que nos permitirá subir la última cuesta desde donde se divisa el pueblo de Alpedrete de la Sierra a nuestros pies. Previamente hemos pasado por un servicio del Canal que transporta agua desde el Jarama hasta Madrid, en esta zona su construcción se monta sobre unos arcos visibles y bien conservados que llevan el relumbrante nombre de El Partenón.

Hoy la vieja casilla del canal de Alpedrete está abandonada y su techumbre derruida, como muchas situaciones, recuerdos y sensaciones del pasado. Seguramente todo se mueve a la velocidad de cada generación y así la novedad es siempre efímera. Alpedrete de la Sierra se ve desde la parte alta del cerro y dejamos la viejísima y cansada carretera y tomaremos un camino que nos lleva hasta el corazón del pueblo. El montañero se llena los ojos de poesía, el montañero se busca en la ciudad y se encuentra sentado en el campo hablando despacio con el verdor brillante de la jara.



Nota del autor: Por razones que la razón dicta y el corazón aconseja, firmo esta parte del paseo y amanecerá el sol otro día.


Javier Agra.

lunes, 30 de diciembre de 2013

POR LA PEDRIZA: EL CÁLIZ

También la Pedriza tiene su cáliz.
No es tan historiado como el Santo Grial tal vez construido con una pieza de olivo del Monte de los Olivos, venerado por una parte importante de la humanidad desde aquellos acontecimientos conocidos: “…si es posible, que pase de mí este cáliz…” y aún antes pues de sus aceitunas se extraía el aceite de ungir a los antiguos reyes. Dejo estas consideraciones para ocasión más propicia. Por cierto aquel Huerto está situado a una altura de ochocientos ocho metros nada más. Pasó después el Santo Grial a la fantasía literaria y al cine en múltiples versiones.



Nosotros salimos, como es acostumbrado, desde Canto Cochino (algún día tendré que poner una fotografía del canto o mole de piedra que tanto se cita). Está bravo el Manzanares, sus aguas son rabiones con las lluvias y nevadas de estos días; los montañeros tenemos puente para pasar al otro lado.

Seguimos en dirección al Collado del Cabrón para, antes de llegar, desviarnos hacia el cáliz. En el silencio de la marcha voy recordando las leyendas entre poéticas y sangrientas, entre literarias e históricas alrededor del Santo Grial. Converso con Parsifal y aquellos antiguos caballeros de la mesa del rey Arturo, platico con José de Arimatea de quien dice la tradición que recibió el cáliz de la mano misma de Jesús resucitado. Lectores amigos, más de quince grandes leyendas ramifican estas historias en diversos momentos y lugares, converso con la catedral de Valencia que me asegura que recibió el cáliz en el siglo quince después de pasar por diversos lugares, entre otros el hermoso y recordado San Juan de la Peña en Huesca. Escucho entre el cercano susurro de las aguas del Manzanares las historias de terribles sucesos en unos cuantos castillos de Francia, recuerdo el doloroso final de los cátaros en el castillo de Montsegur al que subí desde el Prado de los Quemados para sentarme un rato a la sombra de sus ruinosos recuerdos, aunque fue el castillo de Queribus donde se refugió y terminó la resistencia de los cátaros a mediados del siglo trece.



Apenas llevamos media hora por este sendero muy bien trazado, nos topamos con una inmensa roca a nuestra derecha. Subimos pinar arriba dejando a nuestra derecha un conjunto nutrido de gruesas rocas, el sendero se aclara en algún momento pero nosotros ya hemos visto, en la cima, el cáliz  brillando en oro a esta hora inicial de la mañana; tomillos, jaras y pinos construyen una alfombra de comunión con la naturaleza en la que nos integramos junto con unas asombradas cabras que no esperaban encontrarse a ningún animal humano en este apartado lugar. La vista se extiende desde la Cuerda de los Porrones, hasta La Maliciosa y la Cuerda Larga. Vi llorar a los oprimidos y no había quien los consolara; vi que apiñar riqueza es tener sed y beber agua con sal insaciable hasta el momento de reventar; vi que correr tras el éxito es también absurdo porque lo arrebata el viento; vi un viento como suave susurro de ánimo uniendo esfuerzos y esperanzas hacia la paz de mañana.



Pinar abajo rastreamos nuestras pisadas para adelantar la salida en otro punto más allá, en la bien trazada senda del ICONA por la que ya veníamos hace rato. Conversaciones de pinos y aves serranas impiden que nuestro corazón se duerma… ¡si Schopenhauer supiera que aquí me siento saliendo de mí mismo y formando parte del todo! Aquí somos voluntad de universalidad y de construcción, el destino anda por aquí errante y le negamos el dominio sobre las cosas y sobre las conciencias porque si el destino baraja las cartas, somos nosotros quienes las jugamos. Llegando al Collado del Cabrón somos voluntad de ser. Diré con Schopenhauer que el placer del arte supera el dolor de vivir cada instante y tal vez la ascesis de sentirse vívido en el conjunto de la naturaleza sea una manera confiada de ser parte de un todo que duele y ríe, que avanza o se rompe en comunión. La experiencia estética saca del anonimato todas las cosas para darles nombre y música, para darles vida y palabra. Schopenhauer fue un filósofo artista. 

Carámbanos entre las púas de un pino que aún bosteza entre el calor y el sueño. 


A poco más de mil trescientos metros de altitud, este Collado que conserva su nombre desde la Edad Media cuando aún las cabras alimentaban a nuestros antepasados, quedó despoblado de tales animales desde el principio del siglos veinte; desde hace pocos años es frecuente compartir sustos, montañeros y cápridos, cuando el encuentro resulta “de sopetón”. Advierto que no es necesario visitar este lugar para admirar a tan lustrosos animales que hoy se han extendido por la mayor parte de la Sierra de Guadarrama.

En nuestro viaje hacia Cuatro Caminos, hacemos un desvío para ver de nuevo el Puente Poyos y sentarnos al sol sobre alguno de los hermosos asientos que allí nos esperan por encima del tiempo y las tormentas. Parten de Cuatro Caminos cuatro grandes sendas… (De otro modo su nombre sería de otra manera). Por la Gran Vía de la Pedriza adelante la vista se recrea entre la magia de las aves y la lumbre de la naturaleza que baila con las rocas y con las hadas. Cerramos el círculo de nuestra marcha sobre el puente de madera del Manzanares donde canta su espejo y colecciona su agua miradas de amores de siglos, esfuerzos de siglos de lucha por construir una tierra más libre.


Javier Agra.   

domingo, 22 de diciembre de 2013

POR LA PEDRIZA EN BUSCA DEL PUENTE POYOS

Hoy resulta sencillo llegar hasta la Pedriza. Apenas cincuenta minutos de coche y ya estás plantado en el aparcamiento de Canto Cochino. En unos momentos estás viendo el Manzanares bajo el puente de madera y comienzas uno de los múltiples caminos que de allí parten. Puedes escoger otros senderos desde diversos lugares del interior de la Pedriza, a donde has llegado con la comodidad del coche. ¡Pero ay amigo, hace más de cien años…!

Esta mañana, mientras ajustábamos el altímetro en el puente de madera sobre las aguas de cristal del libre Manzanares, pensamos que nuestro paseo sería un recuerdo constante a aquellos primeros montañeros de la Pedriza que tenían que dedicar diversas jornadas para acercarse y recorrer sus ignotas entrañas. A esas horas primeras en que el Parus ater aún hace los primeros vuelos, somos pocos los montañeros que recorremos la autovía Pedriza adelante buscando Cuatro Caminos con el alma sosegada y limpia de la madrugada, el vaho interior se hace uno con la escarcha de la naturaleza y así ya no hay diferencia entre nuestros pies y las raíces milenarias de los bosques y las sierras. Comienza la jornada que agrupa en un solo ser a toda la tierra.

El Grupo (acaso debería darle nombre de Sierra) de los Pinganillos es una delicia para los montañeros de escalada y cuerda. Jose y yo la admiramos desde la base en nuestros diferentes paseos.

La Cueva de la Mora, Sirio…van quedando atrás entre sueños de cristales y sonidos de aguas ciertas: ¡ya está despierta la cima, la cumbre espera! Vienen cantando los arroyos que nombran robles, pinos y mil matorrales de esperanza verde. Con el invierno los bigotes se llenan de cencellada y las sienes de libertad, mientras los montañeros buscan la Majada de Quila y encuentran una cueva, una roca, un árbol encaramado entre la magia y la vorágine del precipicio.

Por estos parajes anduvieron Juan Meliá y José Tinoco hace más de cien años entre tormentas y ventiscas, por aquí construyeron la conocida como “Majada de Quila” que ahora se puede observar y aún tocar con respeto y llanto de reconocimiento a aquellos primeros montañeros que fueron marcando posibles senderos y hoy hacen más fácil caminar por la difícil Pedriza. Nosotros ponemos esta fotografía de una cueva que está en un cercanísimo lugar.

Volvemos a la senda del Icona. Nuestro siguiente intento es subir hasta el Puente Poyos…no queremos entrar en la común divergencia que el nombre provoca y seguiré escribiendo su nombre de esta manera pues además de puente es un hermoso poyo donde descansar, y allí mismo se dan otros muchos bancos o poyos para el sosiego, la meditación…y cuantas tareas se quieran realizar en esa dilatada soledad montañera.



Llegados al reino del roble, encontramos un herrerillo de plumaje brillante e iluminado; anda, estos días, silencioso pues no tiene hembra que convencer y se dedica a tareas de estómago y pitanza. El Puente Poyos sobre nuestra cabeza es una maravilla de colores y de luz. Pasaremos bajo tus impetuosas rocas con el silencio que los siglos te deben, con la prudencia que la montaña enseña, con la alegría que la conquista iguala. Tus llambrias…en Acisa de León decíamos láganas a estas piedras lisas y recuerdo aquellos remontes más allá de la Mata Reguera cuando nos servían de tobogán los días posteriores a las nevadas…son otros lugares y otros sentimientos. Tus láganas, digo, Puente Poyos ¿nos permitirán acceder al otro lado?

Nos permitiste, hermano Puente, pasar a tu lado norte desde donde estas vistas son inmensas. Desde aquí a Tres Cestos sale un atajo montañero de fácil seguimiento que nos lleva hasta el PR.

En este punto, conseguido el más alejado lugar de nuestra presente jornada, cuando era momento de iniciar la vuelta, fue el Destino cruel con mis costillas y no pudiendo darme una pedrada, porque aquí las rocas pesan mucho, pensó que sería más fácil dar a las piedras una “costillada” y me lanzó con furia contra una de las mas enormes que por allí se asientan. De este modo, malherido, gozoso y aquejado hicimos el camino de regreso entre miradas a la hermosura de la montaña y reojos a los moratones doloridos de mi cuerpo.

La Pedriza es un lugar de fantasía milenaria, de sorpresas ¿infinitas?, de lumbre, sosiego y calma.


Javier Agra.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

COLEGIATA DE CERVATOS, CANTABRIA

Los que paseamos por la montaña, aprendemos la filosofía del agua: no todas las aguas van al mar, pero sí parece que todas van a la vida…y no añado más conceptos porque entraría en el terreno filosófico, me quedaré cantando romanzas a los ríos que para eso es válida la poesía. Mi corazón soñaba apoyado en las piedras del pórtico de la Colegiata de Cervatos, mientras viajaba ausente por los montes de Reinosa a donde nos dirigíamos esta tarde de sol y sosiego.

Aquí estamos, absortos ante el tiempo, reviviendo antiguos siglos, despertando al románico que hiberna en la historia como el sedoso tejón que despierta a diario únicamente para alimentarse o como el escondido murciélago de abundante nutriente en su cuerpo que se pone a la fría temperatura del ambiente y resiste dormido lo que sea preciso; el dormilón mapache profundamente inmóvil durante su letargo en algún profundo hueco de árbol. Aquí estamos contemplando siglos de maravilloso canto gregoriano a la puerta de la Colegiata de Cervatos.



 Es el medio día, hora de cenit y de siesta. Pero el románico se ha despertado de pronto porque ha llegado el tiempo de la lucha y de la libertad; el románico pone su piedra en movimiento para llamar a las conciencias desde el pasado místico al futuro monástico de oración y trabajo. Es el tiempo de las ardillas y las abejas despiertas. Es tiempo de arrancar temores y cantar, desde el recogimiento, por un futuro de esforzada confianza porque se acercan tiempos de paz y libertad. Silenciosa espera a la sombra del pórtico románico de Cervatos mientras llega a mujer que va a abrir el templo solamente para que lo veamos dos personas. Solamente para nosotros que mañana estaremos subiendo a la cima del Tresmares. Pero así es el románico, capaz de esperar varios siglos en la soledad de una aldea y ofrecer todo su esplendor a dos viajeros entre curiosos y agradecidos.

¡Oh lomas cálidas de Cervatos, aldea de luz románica entre el río y la cumbre! Dejad que mi espíritu se despoje de las maletas de sobrecarga y entre a tu santuario con la alforja vacía para tomar entre tus frescos muros colores y dulzura. Mi ausencia vendrá conmigo, muros de Cervatos, y podré cantar silencios, ilusiones y esperanzas.

Seguramente durante aquellos siglos del románico, por estas tierras se cosió la cultura musulmana y cristiana en torno a las agujas del inicial río Ebro, lo mismo que se entrelazan la aridez de las tierras castellanas y los vegetales verdores de Cantabria. Aquí el río que dio nombre a Iberia unió diferentes culturas desde los ¿desconocidos? Iberos, a los griegos que por aquí fueron poco más que turistas, los asentados romanos que hicieron de estos lugares cruce de comercio y de calzadas. Mojé mis manos en las brevísimas aguas del brevísimo río –seguramente arroyo– Marlantes tan agradecido al castro romano y a la Colegiata románica.



El exterior de bellísimos canecillos y múltiples imágenes en relieve, fueron seguramente esculpidas entre martillos de canteros anónimos, tal vez alguna figurilla llegó con el vuelo de las águilas que se posaron a descansar y continúan hoy, después de novecientos años, dormidas en los muros románicos; el exterior vuelve al silencio cuando entramos bajo el tímpano mozárabe, vuelve al silencio nunca roto por los viajeros asombrados ante el bellísimo ábside que parece inventar juegos con columnas, contrafuertes y sillería de hermosura desbordante.   

Los tres cuerpos del interior conducen hacia el ábside del presbiterio emplazado hacia el sol naciente símbolo de Cristo, luz que inicia el tiempo definitivo; con sencillos y claros símbolos cristianos como las tres ventanas por donde entra la luz de las tres personas de la Santísima Trinidad o los tres pilares que sostienen la piedra del altar.



En su interior se conserva el coro con su viejo y silencioso órgano; imágenes de colorido románico; en su interior el recogimiento oracional del románico está a punto de hacernos olvidar que nuestro destino continúa más allá de esta placidez, el destino inmediato es la montaña que separa las aguas al Cantábrico, Mediterráneo y Atlántico, por eso se llama Pico Tresmares en la Sierra de Peña Labra. Tal vez la experiencia del final de nuestra biología no tiene el monopolio de la realidad y más allá de lo científicamente comprobado sigue algún apunte de realidad personal. Dejamos a la filosofía conversando con el románico de la Colegiata de Cervatos y continuamos hacia el hotel donde pasaremos la noche antes de nuestra marcha de montaña.


Ante esta imagen de la Inmaculada, casi como se esculpe según el primer versículo del capítulo doce del Apocalipsis de San Juan, me quedé tan anonadado por la hermosura del conjunto y cada una de sus partes de la Colegiata de Cervatos que no conseguí moverme durante largo rato, en el que me dio por pensar que la belleza como aspiración ideal será una amalgama bien conseguida de diferentes propuestas, seguramente será intemporal y universal pues, aún encarnada en cada espacio y tiempo, presenta la realidad no como es sino como debería de ser.

Javier Agra.

sábado, 9 de noviembre de 2013

RÍO ERESMA

De las cumbres de Guadarrama, en sus entrañas de misteriosa vida, brota el río Eresma  que muy pronto se hará quietud y meseta. Desde los Cogorros hasta Siete Picos, la Sierra va llamando a sus aguas con voz de madre y la acaricia entre pinares por Valsaín para dar de beber a los pájaros, a las plantas de diferentes formas, a la diversidad de animales.


Aquí plasmo un plácido paseo por Los Cogorros, en la Sierra de Guadarrama. 

En la Boca del Asno, brillante espacio entre pinares, se apacigua nuestro río pues está llegando al frescor del llano. Y aquí se divierte, se expande y reparte sonrisas que vienen monte abajo con las familias humanas que llegan a mojar sus manos una tarde de domingo. Aquí el pequeño río conserva la dulzura del ajetreo y los vaivenes de la vida. Reflejos de otoño entre colores de hojas y rostros, musicales primaveras entre tonos de niños y besos enamorados sobreviven al tiempo entre los robles centenarios y se mezclan con el vuelo de las chovas y los grajos en invierno y con los bocadillos a la sombra del verano.

Circular Río Moros, llegada al alto de Pasapán. El río Moros formará muy pronto parte del Eresma.

Veintiséis bramidos de hermosa armonía surgen en las fuentes de la Granja de las entrañas humedecidas por las aguas del Eresma, que es río del pueblo y noble río en su misma estructura; se mueve entre el graznido de los cuervos y la armonía musical de los palacios. Nos desviamos un poco, entre violines de silencio, para entrar en Torrecaballeros y recordar a los antiguos herreros, a los que trabajaron en la casa de esquileo de las ovejas y nombrar la actual luz que desprende la remodelada iglesia de San Nicolás de Bari; vamos camino de Sotosalbos, en el pórtico románico de su templo de San Miguel recordaremos el libro de Buen Amor allá por el verso novecientos cincuenta.

Desde la cumbre de Peñalara divisamos el Eresma a su paso por la Granja, divisamos la llanura segoviana.

Pero volvamos al río Eresma, ya estamos en Segovia y recorremos con unción silenciosa sus antiguos recuerdos, en silencio digo para no molestar el abrazo amigo entre nuestro río y el Clamores que le lleva recuerdos del pueblo de Hontoria y los últimos cuchicheos del barrio de labradores del Mercado de Segovia en el recodo donde cierra su quilla el barco del Alcázar  Seguiremos, sin entrar en Zamarramala, camino de Hontanares que muestra con orgullo el río en su escudo y en su bandera.

Adelante siempre, mientras conversamos con los espíritus de los antiguos vacceos por los llanos de Castilla, los mismos lugares donde aquellos antepasados soportaron los rigores de la vida con tantos calores entre las tareas agrícolas, tan importantes para ellos según se desprende de los hallazgos arqueológicos actuales; entre sus trabajos de ganadería; entre sus trabajos de alfarería y artesanía varia, seguramente dedicada al intercambio más que  a la decoración. El río Eresma, acaso escondido entre los juncos y los chopos, guarda en alguna sombra, lágrimas de sangre de los antiguos vacceos durante la conquista de Roma. Diodoro de Sicilia y otros escritos romanos describen estos amplios campos dedicados a la agricultura y como tierra desarbolada. Añadía el citado autor cómo cada año, los vacceos distribuían la tierra arable a los labradores y repartían los frutos según las necesidades de cada familia y pueblo por lo que eran considerados como una sociedad ejemplar.


Por estas llanuras, el Río Eresma se acuerda de sus amistades, conversa con los trigales y pregunta a las aves por aquel viejo árbol solitario que le mandaba besos desde la Sierra de Guadarrama.

Hoy en Coca el río Eresma pregona que es agua donde se han bañado juntos vacceos y romanos, arévacos, betones, lusitanos y acaso también los astures. Agua que nos indica que todas las formas de vida son compatibles en la coexistencia, no siempre pacífica en otras épocas, pero nos abren a una paz duradera porque somos un planeta unido por el agua y por el aire, por la luz y por la tierra, así las ideas y la cultura de producción individual será para la educación colectiva. De Coca, dicen, le viene el nombre al río “Iri-sama” “rodea a la gran ciudad”; en verdad el Eresma trabaja retorcidos paisajes por esta bella población que llegó a contar con cerca de veinte mil habitantes cuando los romanos entraron a saco por estos lugares.

En Matapozuelos de Valladolid, el Eresma entrega sus místicas e históricas aguas al río Adaja que ha construido la ermita de Nuestra Señora de Sieteiglesias entre recogido vergel de vegetación, para acoger sus aguas en silenciosa oración.

Javier Agra.


sábado, 2 de noviembre de 2013

PEÑALARA, SIEMPRE REGRESO A PEÑALARA

Contorno de cielo y brillos el día de Todos los Santos.

Madrid madruga este día festivo. Movimiento de perros y paseantes, se apagaron las últimas estrellas entre los brillos verdes de los cercanos parques. Suena con brío el motor del coche camino de la sierra.
 
El Puerto de Cotos. Las botas puestas, la mochila nueva y el bastón antiguo para iniciar una ruta eterna. Apenas queda atrás la Venta Marcelino y nos adentramos en los pinos es como si volviera la infancia y desaparecieran todos los temores de la vida. ¡Cómo reluce el verde de los pinos! ¡Cómo huele la vida de la sierra! En este lugar somos igual que los caracoles, los ciervos o las águilas, de la misma esencia que los pinos y las hierbas, iguales que las briosas retamas aromatizadas y lustrosas por las lluvias caídas hace pocas jornadas.

Diferentes ritmos en los grupos de montañeros, todos con el semblante iluminado por la paz del sendero. Ha quedado atrás – apenas iniciado el camino – la fuente de Cubeiro, siempre solemne, silenciosa y sin agua. Jose y yo le decimos que no tenga pena, tal vez las lluvias venideras den fruto en su entraña redonda; adentrados en la espesura, a la vera del sendero saludamos a la fuente del Cedrón – la sierra está por esta parte generosa de frescor, verde y agua – y aprendo que la pradera que bebe agua del arroyo que viene desde Cinco Lagunas es la Hoya de Pepe Hernando, la dejamos con sus pensamientos un poco más abajo del remansado y sinuoso sendero.

Arroyo arriba, corazón arriba, sierra adelante, adelante la vida y las ansias de paz estamos llegando a la Laguna Grande de Peñalara, el entorno está especialmente protegido y nosotros observamos con silencio sus silenciosas aguas. Desde aquí las cumbres cantan siglos de recuerdos con silenciosa llamada; allá abajo los pinares de escondida vida, arriba el trabajo humano en el Refugio Zabala, por todas partes rocas duras y blandos mirlos, diminutas hierbas y escurridizos reptiles saludan y mecen su vida en paz en estas horas de silencio.
 


Laguna Grande Peñalara.

Subir Peñalara es tarea sencilla, al menos esa sensación tienen los montañeros que llegan a la cima; siempre, o las más de las veces, se encuentran otros montañeros para hacer la foto  en la que conviene retratarse juntos abrazados al vértice geodésico como gesto de respeto a la montaña y de gozoso éxito conseguido. Llegamos a través de unas laderas y rampas con dos brevísimos pasos de alguna duda pero de acceso posible, para nosotros era nuevo el camino, subimos entre rocas y ronquidos del aire que aumentaba con la altura directamente a la cumbre; hoy no pasamos por las Hermanas, hoy era experimento el camino y misterio después de cada pisada, hoy éramos pioneros entre la búsqueda y la meta deseada.
 


Cima de Peñalara. Abrazados a su vértice miramos las cumbres de Guadarrama, a nuestras espalda Castilla baila silencio en las tierras segovianas.

Como un castillo misterioso y conservado a través de los siglos así es Peñalara. ¿Dónde está su mano de obra? ¿Dónde la ingeniería que lo alimenta? Peñalara navega por el inmenso mar de la tierra, sus aguas son arena y granito y manos de montañeros que se abrazan al tocar la cumbre. Peñalara cuenta los días por soles y por tormentas, por quietud y por ventoleras. Aquí estamos en la cumbre sobre la meseta castellana en esta cabeza plana de granito, que ha visto millones de vidas y millones de sueños cumplidos o aplazados; que ha sentido la sangre valiente de generaciones humanas paseando por estas cuestas sin más objetivo que el placer de la vida y el sosiego de la naturaleza; pero bien sabe Peñalara – porque se lo cuentan quienes llegan y se lo cuentan las aves y las nubes se lo cuentan – que cuando bajamos del monte estamos transformados y nuestro corazón quiere paz y quiere lumbre en los hogares y escudillas llenas y cultura en las cabezas y en los labios palabras felices y en los ojos búsqueda y respuesta.

Regresamos por el Risco de Los Claveles. Aquí no hicimos cumbre, la violencia del viento y las aventuras de la jornada nos animaron a seguir la senda que lo bordea por su cara segoviana. Llegamos hasta la Laguna de los Pájaros donde los recuerdos afloran, aquí llegamos hace tiempo haciendo camada con nuestras perras (hoy cuando publico el texto hace tres meses que se nos murió Pipa), aquí guardamos silencio y apartamos los ojos llorosos del agua. Mas un tiempo sucede a otro tiempo y hoy es día para iniciar el futuro de algo nuevo, porque cada día comenzamos el futuro. Hoy es día de canto y de fiesta porque el futuro se está abriendo y el espíritu de las personas conquistará un mañana mejor para todos y la naturaleza será más amada.
 




La tierra entera se sosiega en la orilla de La Laguna de Los Pájaros.

Desde aquí volvemos a casa. Regresar siempre desde el multicolor sueño, desde el aroma de los alhelís, desde el vuelo mágico de las coloridas mariposas, desde el rosal de tu cuerpo, desde el ladrido gozoso del perro que ha notado ausencias, y en casa seguimos conectados con Peñalara porque nunca sellemos ausencias. Desde aquí volvemos a casa…  Y no digo más, porque cualquier día publicaré una entrada para esta delicia que es La Laguna de los Pájaros.


Javier Agra.