lunes, 12 de enero de 2026

ESTAMPAS: LAGUNA NEGRA


Para siempre sonará en mi corazón aquella cantinela de la escuela de Acisa donde aprendimos aquello de “El Río Duero / nace en Pico de Urbión / provincia de Soria…” y así recorríamos con él toda la geografía y sus afluentes por donde pasaba el Duero. Ya de mayor he visitado todos aquellos lugares que cantábamos en la infancia entre el embeleso y la magia.


La Laguna Negra desde un saliente subiendo la Senda del Portillo.

Desde este mirador de la fotografía subiendo la Senda del Portillo que sigue las marcas rojas y blancas del GR 86 camino de la cumbre del Urbión, contemplo la Laguna Negra… contemplo su literatura… contemplo la historia de millones de años que ascienden conmigo por cualquiera de las treinta y nueve vías de escalada por esta roca de silicio… contemplo el despertar de las aves, la cercana abundancia de vegetación serbal, acebo, arce… contemplo los pinares que se extienden más allá de donde mi vista se esconde entre alturas y valles…

La Laguna Negra es un ojo de esta tierra que mira siempre hacia la altura, que extiende su silencio entre senderos y roquedales, entre vegetación y siglos. La Laguna Negra parece quieta e inmóvil pero está en constante cambio con su agua que entra que sale que se evapora que se hiela que se hace nieve y bruma y sol que cambia de color y de reflejos. La Laguna Negra es poesía y vida, es sentimiento y filosofía, es instante y eternidad, es recuerdo de infancia y sosiego de senectud.

Más arriba veré el nacimiento del Duero y aún más alta su cumbre… pero sobre eso ya escribí en otras ocasiones. Hoy contemplo, desde mi corazón que salta de entusiasmo y energía, la Laguna Negra de estos bosques de Soria.

Javier Agra.

 

sábado, 10 de enero de 2026

ESTAMPAS: EL PÁJARO


Sobre mi cabeza, haciendo pétrea cortina hacia el cielo, el Pájaro se eleva inmenso cuando damos un recodo por la autopista de la Pedriza después de subir una empinada cuesta de piedra suelta entre el verde pálido de las arizónicas que nos acompañan casi desde el inicio apenas cruzamos el Manzanares en Canto Cochino.

Más abajo dejamos el desvío hacia Prado Peluca y el Refugio Giner con la suave música del Arroyo de la Dehesilla que siempre me recuerda la composición de Tchaikovski “Álbum infantil”; después vendrá el puente de madera para cruzar el Arroyo de la Ventana y subir hacia el Collado de la Ventana o continuar la marcha, sin cruzar el citado arroyo hacia los Cuatro Caminos, Puente de los Poyos, Majada de Quila… como tantas veces hemos hecho.


Hoy me detengo un instante en este hermoso mirador desde el que me fotografía Jose con el Pájaro al fondo.

Desde aquí me hago un pequeño grano de arena en el engranaje de la humanidad entera que ha pasado siglos a la intemperie de la vida y sus problemas; de la humanidad que ha sabido construir el presente de cada momento desde el esfuerzo y la constancia; de la humanidad que siempre ha mirado a los ojos, de frente a sus vecinos y a cuentos se encontraba en su camino durante siglos de nomadismo antiguo y de emigración más reciente; de la humanidad que respira por donde transita sin apropiarse del aire ni del sol ni del agua que fluye libre ni del canto de las aves ni de los animales de que se sirvió durante toda la historia, animales a los que nuestros antepasados respetaron y amaron como compañeros de camino y de vida, como alimento venerado y sagrado…

Mirador desde donde sacamos la fotografía con el Pájaro al fondo.

Desde este mirador contemplo la serenidad esforzada de la CUERDA DE LOS PINGANILLOS, donde he subido en numerosas ocasiones, del Callejón de Abejas que desemboca en el Collado de la Ventana a través del Collado de la U. Así, la Pedriza que es una parte pequeña de la Sierra de Madrid y casi insignificante de las montañas de la Tierra, nos recuerda cada día que somos diminutos, que somos apenas un soplo o una efímera hierba y al mismo tiempo somos espíritu inmenso porque tenemos para siempre el Espíritu de la Vida.

Javier Agra.

 

jueves, 8 de enero de 2026

DUCHA DE LOS ALEMANES


Los montañeros sabemos que por muchas veces que caminemos los mismos senderos hacia las cumbres, resultan con alguna novedad en cada intento. La Ducha de los Alemanes es un lugar cercano al aparcamiento de Majavilán en las Dehesas de Cercedilla y, no obstante, sería suficientemente espacioso como para llenar de palabras y sentimientos una novela entera de aventuras, pájaros, silencios, crujidos de ramas bajo las pisadas lentas…

Este año la nieve llegó tardiega a nuestras cumbres. Después de un inicio de invierno casi anodino, enero regó las cumbres de blanco y luminosidad. Las laderas rezuman agua y futuro entre los pintados pinares y las retamas cargadas de nieve acumulada. La montaña es siempre locuaz y literaria, conversa con el silencio del montañero y siembra un diccionario de sosiego en su corazón.


Subimos buscando el sendero que transita paralelo al Arroyo de la Navazuela.

Hasta la pradera de los Corralillos subimos esta vez por la calzada romana con la música de trompas y oboes en que se había metamorfoseado el arroyo de la Barranca. A esta hora de la mañana, aún no han llegado la multitud de paseantes que se quedarán a corretear por la amplia pradera de los Corralillos; a esta hora de la mañana, las aves cuentan sus aventuras a los viajeros mientras nos adentramos unos cuantos metros por la carretera de la república hasta encontrar el letrero que nos desviará hacia la Ducha de los Alemanes.

La nieve, en esta zona de umbrías se ha mudado a hielo y los montañeros no llevamos crampones, de modo que la precaución en este tramo es símbolo de la vida misma; acaso nos quedan las manos arrecidas por la friura, acaso tropezamos y damos con el culo en tierra, acaso hincamos una rodilla, pero sabemos que tenemos al lado un compañero que nos sostiene y nos levanta, que tenemos apoyos y energías con las acaso no contábamos y que nos empujan hacia el recto caminar y el avance lento y ascendente.


Ducha de los alemanes

El agua de la Ducha de los Alemanes fluctúa en las diferentes épocas del año; ahora semeja el aliviadero de una presa entre las lluvias y el deshielo permanente de cumbres y laderas. Cruzamos la cascada de la Ducha  sobre un rústico puente de madera y ascendemos, entre la nieve y el agua, buscando el sendero que transita paralelo al Arroyo de la Navazuela. La nieve es a veces hielo de difícil tránsito, otras, polvo de suave pisar. Así llegamos a la Fuente de Antonio Ruiz de Velasco para continuar por el Camino Schmidt y bordear el Collado Ventoso hasta el Puerto de la Fuenfría, para descender por el Camino Viejo de Segovia hasta el inicio del aparcamiento de Majavilán.


Carámbanos a lo largo del camino.

La nieve se hace manantial y corriente que el tiempo mezcla con el pasado de siglos. Nuestros senderos de esta jornada son los mismos por donde hace siglos corren los vientos y los corzos, por donde hace milenios que las aves formaban nidos y amores de altos vuelos, por donde los hielos de todos los siglos conservaban el brillo del musgo para lucir en la fronda de la primavera, por donde mi respiración se une a la de los paseantes de hace una semana y de hace dos milenios cuando los romanos transitaban por estas calzadas, son los mismos senderos de toda la historia y del futuro todo por donde las personas, los animales, los árboles, los pájaros, el agua, la piedra, los vientos… continuamos en unión intrínseca más allá de la vida y del tiempo.


Estamos en Collado Ventoso.

Javier Agra.

 

sábado, 3 de enero de 2026

ESTAMPAS: CERRO SAN PEDRO



Desde la cumbre del Cerro de San Pedro, con la Cuerda Larga al fondo.

El Cerro San Pedro sabe mucho del mundo porque ha vivido la historia desde su modesta altura de mil cuatrocientos veinticinco metros, apenas cuatrocientos de desnivel desde el inicio de la subida junto a la desvencijada edificación que preside su falda. El Cerro San Pedro se sabe un pequeño pico en medio de las inmensas alturas de las que ha oído hablar a sus visitantes.

Cuando yo subo hasta su cima nunca le recuerdo su tamaño, prefiero resaltar la grandiosidad de su redondez, la majestuosidad esbelta de las dehesas que se extienden como raíces desde su falda, de la pequeñez veloz del tren que sale de sus entrañas camino de Segovia, del brillo de vida que germina cada instante en la multitud de sus enebros y más arriba del sosiego en apagada luz que entregan las escasas retamas que encontramos a nuestro paso más arriba del Cerro de la Prestancia.

Y desde la cumbre, el túmulo altivo construido en piedra sobre el que se yergue silencioso y pausado el vértice geodésico reclama para su cúspide un momento de atención y de agradecimiento. Desde allí, las vistas hacia Gredos son extensas, hacia las llanuras de Madrid y los embalses intermedios aparecen brillantes de frondosas encinas y de continuado verdor, la vista se extiende más allá del monte Abantos y las Machotas sobre El Escorial, la Sierra de Guadarrama en otra dirección con Ayllón al fondo y sierras y más sierras… y valles y pueblos y puertos y collados…

El Cerro de San Pedro es inmenso en su pequeñez, luminoso y transparente porque entrega el mundo a la vista del paseante que llega hasta su cumbre; el mundo entero, como si fuera un cajón de verde y de luz, de promesas y de libertad, de igualdad y de paz, de canciones y de trinos, de constancia y de esfuerzo, de trabajo y de oración, de silencio y de sosiego…

Javier Agra.

 

viernes, 2 de enero de 2026

CERRO DE LA GOLONDRINA


El día era sedoso con neblina entrecruzada de sol cuando aparcamos muy cerca de la rotonda de entrada al pueblo de Navacerrada desde la A6 y Villalba. Los árboles han cubierto de colores el suelo con sus hojas del inicial invierno.


Dehesa.

Apenas hemos comenzado nuestro camino cuando el corazón nos pide detenernos a contemplar esta grandiosa dehesa, verde de hierba y ocre de robles, que produce sosiego y plenitud. El sol se acerca imperceptible y sigiloso desde las cumbres del fondo para calentar la hierba y hacer del rocío tibieza líquida que las vacas pastan con armoniosa celeridad. La naturaleza entera cobra movimiento con su vivir incesante.


Ermita de San Antón.

La diminuta ermita de San Antón ocupa un pequeño recinto de la espaciosa explanada a la que acabamos de llegar. Paredes de color rojo encendido como de un permanente amanecer entre la luz y la esperanza, pequeña campana apenas visible en su breve campanario suena en tintineo liviano como una voz constante de conciencia que llama a la libertad y la paz.

Los montañeros continuamos nuestro sereno paseo hasta un cruce de caminos, de frente ahora para hacer una ruta circular. El sendero, que pica hacia la izquierda y entona un ligerísimo descenso, continúa siendo una pista transitable por vehículos de labranza hasta una construcción ganadera. La senda se diluye en amplios prados, en serenidad verde y viva. A nuestra derecha, por entre el bosque de robles sube una senda estrecha y bien trazada, pegada casi a una pared de piedra.


Jose camina por entre los robles en constante ascensión en busca del Cerro de Las Ruedas, nuestro primer destino.

Al otro lado del murete de piedra, cabalga otro sendero paralelo al que nosotros llevamos. Parece a los montañeros que es más fácil de seguir por estar sin la vegetación de jara y roble que nosotros hemos de sortear en alguna ocasión. Por eso saltamos la pared por una abertura y hacemos los últimos metros por la nueva senda hasta alcanzar el camino de entrada a la construcción que corona el Cerro de Las Ruedas.


La subida final al Cerro de Las Ruedas es un conglomerado de gruesas rocas, pero talladas en escalera y aún con pasamanos para hacer muy cómoda la ascensión.


La construcción del Cerro de Las Ruedas es un observatorio de vigilancia de posibles fuegos. Desde esta altura la vista se dilata hasta mesetas, llanuras y cerros lejanos. El cartel indica un “prohibido pasar”, Jose y yo fuimos “legales” y nos detuvimos en el último peldaño antes de la repisa que rodea la pequeña edificación.

Bajamos. Bordeamos el Cerro del Sol y llegamos al Collado de los Bueyes donde otro grupo de vacas pastaban entre el silencio de la naturaleza y el ronquido leve de sus cencerros. La pista vuelve en curva cerrada hacia la izquierda y allí mismo, formando un ángulo recto entre la curva y el monte, comienza un sendero para subir hasta el Cerro de la Golondrina. Para hacer una vuelta circular a este citado cerro, subimos por el sendero de nuestra izquierda.


En la cumbre del Cerro de La Golondrina.

Hasta llegar a la cima, pasamos al lado de diferentes formaciones rocosas, superamos pequeños claros, amplios conglomerados de bosque de roble, plácidas llanuras, escarpadas pendientes, mezcla variada en un pequeño reducto de esta hermosísima montaña que no pasa de ser nombrada como cerro y reúne la belleza y calma de la naturaleza en todo su esplendor de vida y armonía.

El descenso lo hicimos por el sendero que circunda el Cerro de la Golondrina hasta regresar al Collado de los Bueyes, desde donde parte un sendero a nuestra izquierda que nos lleva hasta la Fuente de Los Rasos donde hicimos una nueva parada para admirar el silencio y la grandiosidad de la naturaleza a la que estamos cosidos de forma indisoluble


Fuente de Los Rasos.

Una amplia senda, casi asfaltada vuelve hacia la ermita de San Antón; nosotros continuamos por un sendero muy bien trazado que pica en descenso por entre los prados y el bosque de robles hasta que encontramos el Arroyo de La Golondrina, seco absolutamente, del que iremos paredaños un buen trecho; entre la armonía y la canción de las aves, de la naturaleza, del corazón… llegamos a la Fuente de Los Cabreros, muy cerca ya del inicio de nuestra breve ruta circular de esta mañana de luz, de esperanza, de libertad, de paz…


Fuente de Los Cabreros.

Javier Agra.