El día era sedoso con neblina entrecruzada de sol cuando aparcamos muy cerca de la rotonda de entrada al pueblo de Navacerrada desde la A6 y Villalba. Los árboles han cubierto de colores el suelo con sus hojas del inicial invierno.
Dehesa.
Apenas hemos comenzado nuestro camino cuando el corazón nos pide detenernos a contemplar esta grandiosa dehesa, verde de hierba y ocre de robles, que produce sosiego y plenitud. El sol se acerca imperceptible y sigiloso desde las cumbres del fondo para calentar la hierba y hacer del rocío tibieza líquida que las vacas pastan con armoniosa celeridad. La naturaleza entera cobra movimiento con su vivir incesante.
Ermita de San Antón.
La diminuta ermita de San Antón ocupa un pequeño recinto de la espaciosa explanada a la que acabamos de llegar. Paredes de color rojo encendido como de un permanente amanecer entre la luz y la esperanza, pequeña campana apenas visible en su breve campanario suena en tintineo liviano como una voz constante de conciencia que llama a la libertad y la paz.
Los montañeros continuamos nuestro sereno paseo hasta un cruce de caminos, de frente ahora para hacer una ruta circular. El sendero, que pica hacia la izquierda y entona un ligerísimo descenso, continúa siendo una pista transitable por vehículos de labranza hasta una construcción ganadera. La senda se diluye en amplios prados, en serenidad verde y viva. A nuestra derecha, por entre el bosque de robles sube una senda estrecha y bien trazada, pegada casi a una pared de piedra.
Jose camina por entre los robles en constante ascensión en busca del Cerro de Las Ruedas, nuestro primer destino.
Al otro lado del murete de piedra, cabalga otro sendero paralelo al que nosotros llevamos. Parece a los montañeros que es más fácil de seguir por estar sin la vegetación de jara y roble que nosotros hemos de sortear en alguna ocasión. Por eso saltamos la pared por una abertura y hacemos los últimos metros por la nueva senda hasta alcanzar el camino de entrada a la construcción que corona el Cerro de Las Ruedas.
La subida final al Cerro de Las Ruedas es un conglomerado de gruesas rocas, pero talladas en escalera y aún con pasamanos para hacer muy cómoda la ascensión.
La construcción del Cerro de Las Ruedas es un observatorio de vigilancia de posibles fuegos. Desde esta altura la vista se dilata hasta mesetas, llanuras y cerros lejanos. El cartel indica un “prohibido pasar”, Jose y yo fuimos “legales” y nos detuvimos en el último peldaño antes de la repisa que rodea la pequeña edificación.
Bajamos. Bordeamos el Cerro del Sol y llegamos al Collado de los Bueyes donde otro grupo de vacas pastaban entre el silencio de la naturaleza y el ronquido leve de sus cencerros. La pista vuelve en curva cerrada hacia la izquierda y allí mismo, formando un ángulo recto entre la curva y el monte, comienza un sendero para subir hasta el Cerro de la Golondrina. Para hacer una vuelta circular a este citado cerro, subimos por el sendero de nuestra izquierda.
En la cumbre del Cerro de La Golondrina.
Hasta llegar a la cima, pasamos al lado de diferentes formaciones rocosas, superamos pequeños claros, amplios conglomerados de bosque de roble, plácidas llanuras, escarpadas pendientes, mezcla variada en un pequeño reducto de esta hermosísima montaña que no pasa de ser nombrada como cerro y reúne la belleza y calma de la naturaleza en todo su esplendor de vida y armonía.
El descenso lo hicimos por el sendero que circunda el Cerro de la Golondrina hasta regresar al Collado de los Bueyes, desde donde parte un sendero a nuestra izquierda que nos lleva hasta la Fuente de Los Rasos donde hicimos una nueva parada para admirar el silencio y la grandiosidad de la naturaleza a la que estamos cosidos de forma indisoluble
Fuente de Los Rasos.
Una amplia senda, casi asfaltada vuelve hacia la ermita de San Antón; nosotros continuamos por un sendero muy bien trazado que pica en descenso por entre los prados y el bosque de robles hasta que encontramos el Arroyo de La Golondrina, seco absolutamente, del que iremos paredaños un buen trecho; entre la armonía y la canción de las aves, de la naturaleza, del corazón… llegamos a la Fuente de Los Cabreros, muy cerca ya del inicio de nuestra breve ruta circular de esta mañana de luz, de esperanza, de libertad, de paz…
Fuente de Los Cabreros.
Javier Agra.








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