Las siluetas de los montes son sosegados gigantes que tienden la mano a los animosos peregrinos cuando salimos del albergue de Fasgar. Salimos los tres que ayer peregrinamos unidos, enseguida despedimos a Julia, atleta vizcaína que vive en una localidad de Cantabria. Ella se adelantará dada su fortaleza y animosidad, pues esta jornada piensa duplicar y aún más el kilometraje que nosotros tenemos previsto realizar. Hasta luego compañera de camino y de ilusión, nos encontramos siempre en la vida.
De Fasgar sale una pista de dura subida en medio de un monte quemado hace poco más de un año de modo que apenas se pueden contemplar pequeños reductos de lo que fueron sus ingentes bosques de abedul, de serval, de acebo… Poco a poco va quedando abajo a nuestra derecha un valle, seguramente de origen glaciar, que se acaba confundiendo con las colladas del fondo, mientras los peregrinos curveamos hacia la izquierda para hacer cumbre en la collada.
Fuente del Abedul o de Los Tres Caños.
Antes de hacer cumbre nos encontramos la Fuente del Abedul o de Los Tres Caños, dicen por estos pueblos que aquí se bebe el agua más fría de la comarca. Tiene en un lateral una inscripción en piedra, a mi entender entre poética y filosófica. Aquí lo transcribo para meditación de los lectores: “FUENTE DEL ABEDUL” “Me gusta en fontana pura / doblar frente y rodilla / y a besos la maravilla / beberme de la frescura. / Humilde y cabal postura / para esta vida mirar / refleja en cada hontanar, / que en tanto que el labio ardiente / marcha en busca de otra fuente / el beso se va a la mar” S.R.R. Julio 1981
Hemos llegado a la collada. Allá abajo el Campo de Santiago, solemne y grandioso.
Una hora tardamos en hacer cumbre en el collado desde el que se divisan al fondo el Catoute, el Tambarón y el Pico del Agua. Los ojos de los viajeros quedan absortos con la amplitud del Campo de Santiago de origen glaciar que se extiende a nuestros pies.
El Campo de Santiago, verde y grandioso, se cierra con las cumbres antes mencionadas y comienza con la coqueta ermita de Santiago, apóstol que dicen auxilió a las tropas cristianas en su lucha victoriosa sobre las tropas musulmanas. Hasta este amplio valle llegan ecos del filandón y del calecho: reuniones de los vecinos para trabajar la lana, contar historias… pasar el tiempo en buena vecindad al amor de la lumbre.
Comienza la comarca de El Bierzo.
En esta campa tiene origen el río Boeza que lleva sus aguas al Sil y que los peregrinos acompañamos en nuestro descenso en un camino bellísimo por su desfiladero. Apenas iniciamos la bajada encontramos un cartel en piedra indeleble que marca el inicio de la Comarca del Bierzo. Hemos transitado con gozo y sosiego por Omaña, sus gentes han sido muy amables con nosotros. Os llevamos en nuestro abrazo.
Entre montañas encajonadas, avanzan los peregrinos.
El desfiladero desciende entre montañas y bosques de abedules. Servales, tejos, acebos. Las piedras del camino a veces son rocas gruesas, a veces láganas de pisada resbaladiza, a veces pedrería suelta redondeada y menuda por el agua y los siglos de existencia. Las montañas encajonan a los peregrinos que avanzan entre la dureza insegura de camino, entre el esfuerzo y el sosiego, entre el asombro y la libertad. El alma sobrevuela las alturas de estos grandiosos farallones donde retumba un trueno como si las trompetas de una inmensa orquesta acompañaran nuestra marcha.
Atravesamos el pueblo de Colinas del Campo de Martín Moro Toledano por el arco que forma su ermita del Santo Cristo.
Amenaza tormenta cuando superamos el segundo puente y el espacio se abre para transformarse en sendero y poco más allá en cómoda pista que nos llevará hasta Colinas del Campo de Martín Moro Toledano, el primer pueblo que encontramos esta jornada después de pasar la fuente de San Juliano. Este pueblo, de largo nombre está declarado Bien de Interés Cultural; a los peregrinos nos parece un bello pueblo, construido con primor incluso en el empedrado de sus calles.
En Igüeña tienen diversos murales pintados en varias casas y también el bar, en recuerdo a su pasado minero.
Atravesamos la ermita del Santo Cristo bajo un arco. A la salida del pueblo, las flechas del camino nos separan de la carretera que aquí nace, para continuar con el sonido del río Boeza y la frescura de pequeños prados y abundante bosque hasta Igüeña, donde terminamos la jornada alojados en el albergue municipal de Catoute. Nuestra experiencia en el albergue y en el bar que atiende una familia del pueblo fue muy positiva.
Javier Agra.






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