martes, 4 de agosto de 2009

MESA DE LOS TRES REYES

En la Cumbre de la Mesa de los Tres Reyes, abrazamos la escultura de San Francisaco Javier. Está caída con una inmensa roca, fortaleza del tiempo y esperanza de la historia.
Los gnomos del hayedo se han llevado a los ciervos de la noche dejando senderos de rocío. Desperezan los pájaros entre los colores de la aurora del Pirineo. En el refugio de Linza suenan los primeros pasos de los que enseguida seremos montañeros, hoy nos hemos levantado los primeros - ahora que están deseando terminar su jornada los trabajadores de la noche; cuando los panaderos han amasado una buena cantidad de harina y levadura; los mineros dan inquietos las últimas vueltas en su cama; los estudiantes vuelven de fiesta... ¿acaso solamente los humanos vivimos sin horario? ¿acaso damos la espalda a la naturaleza? -.
El desayuno compartido llega a su fin. La mochila. Los buenos deseos y el camino que comienza bajo nuestros pies. Esta mañana el cielo se ha puesto su traje azul. ¡Cómo nos gusta el azul pintado de rosicler al comenzar la marcha! Salimos hacia La Mesa de los Tres Reyes: cuatro mochilas, cuatro bastones, cuatro sonrisas y cuatro latidos, puntos cardinales de una misma ilusión. En el recuerdo el torrente de agua y la niebla intransitable del anterior verano, cuando pudimos conversar con el espíritu de los Tres Reyes y no vimos la cumbre de su mesa.
Junio amanece en verde y azul; el brillo de las vacas y el espejo de las rocas nos acompañan monte arriba hasta los primeros neveros cuando bordeamos la loma del Sobrante; monte arriba, lumbre y sudor nuestras espaldas, el aire se enfurece - imposible intentar sujetar la gorra sobre la cabeza -; monte arriba, baile de prados y hierbas - ¿cómo consiguen mantener las aves el rumbo de su vuelo? -.
El Collado de Linza nos muestra la majestad de los Tres Reyes, allá lejos, entre nieblas y con mechones blancos de nieve nueva y antigua. Allá lejos caminaremos - si el vendaval nos da una tregua -. ¡Se distingue tan bien la Mesa y pegado a él está sereno el Pico Table!, el Petrechema...

Los cuatro expedicionarios, una vez en la cumbre, también contemplamos la maqueta del Castillo de Javier.
Una suave bajada nos ha metido de lleno en la Hoya Solana, aquí tendremos para caminar un buen trecho. Amaina el viento, la mañana se hace cálido sol; otros montañeros nos pasan y nosotros, viento a proa, los ojos fijos en la meta; llegan las nubes y conversamos con ellas:
- ¿Estáis de paso?
- Más tarde lo sabréis.
- ¿Traéis agua?
- Nuestra capa es blanca y riñe con el viento.
Acertijos para entretener el espíritu activo y ahuyentar la fatiga mientras nos sentamos a beber de la cantimplora y a comer una barrita energética. Han pasado varias horas. Nos admiramos de las formaciones cársticas por las que pasamos al salir, por un remonte calizo, de la Hoya Solana un rato antes de llegar al Collado de Budogia.
La nieve ha tomado al asalto lo que acaso en otra época fueron caminos pausados; largas lenguas de nieve han ido haciendo casa año tras año y a nosotros, viajeros ocasionales, nos desplaza por un camino de rocas muy poco señalado; la niebla se acerca, con su capa fría, a saludarnos. Los cuatro montañeros nos miramos serios:
- Opone resistencia la montaña: feroz viento; amplios caminos en nieve; niebla áspera; ¿que otras armas guarda la montaña? - pregunta Jose.
- No hemos venido desde Valladolid para retirarnos por semejantes bravatas - sentencia Jose (el que viene a acompañarnos desde Valladolid)
- Quiero peinar la cabellera de la montaña - añade Elisa, valiente y decidida.
Y yo musito un verso de Machado para no tener que sentir el frio en mis pestañas.
¿Quien piensa en una retirada? ¡Vamos, siempre hacia la cumbre más alta!
¡Por aquííí...! ¡Subid por aquí! Tres montañeros están atacando la cumbre y nos señalan el camino más acertado. Arriba, sobre la roca más alta, respiramos emoción acompasados a las cumbres cercanas. Parabienes mutuos, saludos compartidos con otros montañeros, la felicidad explota en hurras de conquista. Hoy somos más espíritu y más tierra, más agua y vegetal, somos momento y eternidad.


Desde el Collado de Linza divisamos, por primera vez, la Mesa de los Tres Reyes en toda su inmensidad. A su lado, el Pico Table.
La vuelta. Sonrisa y calma. Muy pronto una parada para la comida. A nuestro lado se posan los pájaros: han aprendido que cuando nos levantemos queda para ellos un alimento no trabajado. Entendemos su propuesta y dejamos migas de nuestros panes, para ser parte de la tierra conviene compartir con la tierra.
El sol regresa a visitarnos, nos acompañará toda la vuelta, cuando estamos terminando los neveros al otro lado de la zona cárstica previos a la Hoya Solana. El tejado del refugio. La ducha y la ropa limpia. Hoy hemos saludado, con tiempo y con recogimiento, a la Mesa de los Tres Reyes.
Javier Agra.

lunes, 27 de julio de 2009

SIERRA DEL QUINTANAR

Ana y Jose en la cumbre de la Majada Pielera, el punto más alto de la Sierra del Quintanar. 2004 metros

Trasto dice que ya esperó suficiente para salir en la foto. Pipa, sueña que ¡por fin! la dejan sentarse un rato. Es la ventaja que le ve a las fotografías: mientras posa no tiene que caminar.

Amanece en Guadarrama. La Mujer Muerta comienza a desmorirse con los rayos primeros de este caliente julio. Comienza a desmorirse, porque si nosotros nos desvivimos también nos desmorimos; nos percatamos de la soledad y la tristeza y entonces saltamos hacia el futuro y, con lento caminar, nos vamos desmuriendo de la angustia. Como la Mujer Muerta este amanecer. Se despereza en el momento en que aparcamos el coche en la antigua carretera de Segovia, pasado el kilómetro ochenta y uno.
Nosotros no la vemos espurrirse, porque nos ocupamos de las botas y los perros; de la encina que abre para nosotros sus brazos. Pero con el primer sol la Mujer muerta se desmuere poco a poco y el eíre se envuelve del vaho que nace de su respiración de colosa. Guadarrama lumisoso, cuánta nostalgia encierran tus cumbres y los brillos de tus laderas.

Unas breves curvas nos sitúan sobre la vieja cañada real soriana. Una puerta - como en los misterios de las novelas - y al fondo una granja. Vamos, allí comienzan las señales del G.R. 88. Unos ciclistas nos sonrien y nos adelantan entre el sudor y el casco cuando comenzamos el sinuoso ascenso por el pinar: su sombra nos acompaña hasta el Portachuelo. Después vendrán las fuentes: las dos primeras con su caño de agua. Pipa y Trasto las disfrutan y las agradecen con inmensos lametones y con revolcones en los diminutos arroyos que desde ellas nacen; ¿o será que también el agua ayuda a desmorir? Porque antes de las fuentes su caminar es quedo y lánguido, con el agua saltan y hasta el morro ha adquirido otro brillo.

En las vegas del Portachuelo pacen emjambres de vacas. Las vacas cada día también se viven y se multiplican: en leche, en alimento, hasta en sustrato de abono para la tierra. Desde esta altura, con el sol sobre sus lomos, tienen colores de ilusión, pues hemos visto vacas azules y rojas. Trasto, inquieto y audaz, las ve de cerca: Trasto en un perrro joven que a esta sierra nos acompaña. Ana, que vive en casa de Trasto - igual que Jose vive en la de Munia y a mi me deja Pipa vivir en su casa -, le llama y asegura que no son perros crecidos, que tienen peligro en sus cuernos y en sus patas.
El Puerto de Pasapán.
Seguimos nuestro camino, monte arriba hacia la Sierra del Quintanar. Poco a poco, desde nuestra altura, vemos lejana la altura de la Mujer Muerta - ahora ya hace rato que ha desmuerto totalmente, ahora ya está viva y seguramente conversando con los viajeros que han pasado a visitarla enta mañana -. Poco a poco hemos llegado a la cima donde antaño construyeron un refugio, permanece la caseta con su construcción primera y su respiración pausada: el tiempo tiene la respiración pausada para mover los inmensos pulmones de sus cumbres, de sus mares, de sus frondodo valles y las misteriosas selvas. Seguimos hasta la Majada Pielera después de una subida superior a los ochocientos metros de desnivel. Allí le pedimos tiempo al tiempo - nos lo concede sin dudarlo -.
Comida entre los pinos y los matojos.
Hemos terminado el agua.
Nos queda el sosiego.
Pipa y Trasto dormitan a la sombra.
Segovia aquí mismo, Madrid detrás de aquellas sierras y el mundo en cada respiración.
Entre hipotenusas y atajos estamos quitando las botas a la sombra de la encina. Han pasado siete horas y media: Trasto y Pipa descansan sobre al asfalto fresco, bajo la sonrisa de la encina. Sobre nosotros sestea silenciosa la Mujer Dormida, ya no está muerta.
Javier Agra.




lunes, 20 de julio de 2009

PEÑÍSCOLA DEL MAR


Peñíscola. Las olas serenas de la playa sur traen conversaciones de otros tiempos, de lugares mágicos, susurros de la sierra de Irta. ¡Viaja por el mar! ¡Viaja...! ¡Los sueños son billetes de ida y, acaso, de vuelta! Está bien, no insistas. Ya calzo las zapatillas de caminar ¡Ay, como se quejarán tus pies de esta suela de goma con que los proteges del suelo! Es lo que tengo, pero he de salir. ¡Crema protectora, que ya es tarde! Lo se, no insistas, pero estaba nadando cogido al mar en el baño inicial de la mañana.

He cruzado Peñíscola; la nueva, la que está en la lengua que otrora fuera mar; en algún comercio adquirí dos manzanas y una barra de pan - el agua ya la había previsto antes de comenzar -; he bordeado la playa norte; inclinada la cabeza le pedí una bendición al papa Luna - su espíritu estaba asomado a las altas azoteas del castillo, estudiando el anigma de la verdad -. El camino que sale hacia el mar, en la primera cala que se llama, creo, Puerto Azul: he llegado al mar. Ahora buscaré las señales de pequeño recorrido, más por costumbre que por necesidad, pues es continuar siempre adelante lo más pegado que pueda al mar.

A la derecha la sierra de Irta y los acantilados sin edificar, a la izquiera los latidos de la mar. A partir de ahora converso con dos gaviotas que se niegan a saltar al agua cuando paso con la respitación sudorosa. Hacen bien, ellas llevan siglos pegadas a esta roca mirando al mar, yo soy el intruso. Las gaviotas, generosas me señalan el camino: siempre hacia el más allá. Y yo, que las respeto porque son amigas de la tierra y del mar, les saludo quitándome la gorra y vuelvo a mi viaje.

Las calas retuercen el mar en caricias de sosiego. Cala Ordí y mi paseo continúa lento, seguramente contagiado de la calma del mar; cala Arjub, arena y cielo en lento diálogo, el tiempo ha perdido los relojes y se olvidó de contar los instantes del tic-tac. Termino la segunda manzana y entrego el corazónal mar - el de la manzana, el mio hace tiempo que lo tiene ya -. Pasan coches, tres ciclistas y algún despistado bañista que busca la soledad: me saludan, respondo ausente porque estoy conversando con el mar.

La cala Volante. Piedras sin olas, azul y verde son los colores del cielo y del mar. Aquí me puedo bañar sin ropa, es más cómodo que vaciar los bolsillos. Me había olvidado del sol, él mismo me lo quiere recordar cuando me percato del sudor y el fuego sobre la espalda. El baño ha sido breve, pero suficiente pues el cuerpo - del que hace tiempo permanozco ausente - está relajado y dispuesto a continuar.

Con la gorra húmeda de agua del mar, me separo de la costa. La Torre Abadum me espera más allá; hace tiempo que estaba saludando y yo sin enterarme de sus señales. Ladera arriba, seguro que no hece mucho pasó por aquí mismo otro viajero solitario con la mente volando entre los aíres salados de Peñíscola, ahora perdida y lejana como si nunca habiera estado en el inicio del camino. Amplio sendero de tierra aplastada, sendero para acoger pisadas y neumáticos. Despacio, ya veo el mirador anterio a La Torre Abadum. Me dentengo, el mismo mar de palabras suaves que hace un rato tenía entre mis manos está ahora suspirando acantilados, pequeña vegetación y algún pino que estará planeando cómo traer hasta la playa a los pinos del interior, para que respiren el mar.

Torre Abadum - mitad sierra, mitad agua - con el tiempo hecho siglos no ha podido olvidar que un día fue torro vijía árabe. Y continúa allí - orgullosa de sierra y mar - setenta metros por encima del agua como un gigantón sin tiempo. Inmovil, a pesar de las lluvias y los vientos, esperando estas horas de la tarde recién estrenada para darme una breve sombra donde pueda respirar oxígeno y sal antes de comenzar el regreso. Mis pasos adelantan siglos y, desde la pasada historia, van despertando al presente cuando vuelvo al asfalto del pueblo en su parte que otrora fuera lengua del mar.

Javier Agra.

miércoles, 15 de julio de 2009

PEÑÍSCOLA DEL PAPA LUNA

Desde el Castillo, Benedicto XIII - el Papa Luna - escudriña el horizonte y reza por su pueblo.

Por el lejano horizonte las sombras van reduciendo el mar, le ponen límite las estrellas con sus primeros acordes de lumbre. El papa Luna, asomado desde la amplia plazoleta, dirige hacia Roma su pensamiento y sabe que no es hereje: "yo soy el verdadero papa", "veintiún cardenales estaban conmigo, solamente uno no me votó" "todos saben que Bonifacio IX, quien ocupa ahora la sede romana, fue impuesto y no elegido libremente" "yo soy el papa verdadero".

El cisma de Occidente comenzó a la muerte de Gregorio XI. Avinón eligió a Pedro Martínez de Luna. Roma tenía su papa, impuesto en una algarada. El papa Luna coincidió además, durante breves años, con el papa con sede en Pisa. De este modo, los cristianos en Europa andaban consternados, asustados, sin saber hacia dónde poner la obediencia de su esperanza. El concilio de Constanza eligió a Martín V el once de noviembre de mil cuatrocientos diecisiete y exigió la renuncia de Benedicto XIII (el papa Luna); éste defendió, con firmeza, su verdad hasta su muerte en mil cuatrocientos veintitrés: tenía noventa y seis años. Sus cardenales nombraron sucesor a Gil Sánchez Muñoz, quien abdicó seis años más tarde. Así en mil cuatrocientos veintinueve se cerraba un cisma que había comenzado en mil trescientos setenta y ocho.

Pedro Martínez de Luna, zaragozano de Illueca había nacido en mil trescientos veintiocho. Con cuarenta y siete años le nombraron cardenal de Aviñón y sucedió como papa a Clemente VII en mil trescientos noventa y cuatro. Desde mil cuatrocientos once, hasta su muerte, llevó su sede al inexpugnable castillo de Peñíscola, donde vivió sus últimos trece años, convencido de su verdad: "yo soy el verdadero papa" - dicen que desde entonces tenemos la expresión "seguir en sus trece", para cuando alguien machaconamente defiende alguna cosa.

¿Pedro de Luna tenía la verdad? ¿La tenía, años más tarde Martín Lutero? ¿La tiene el obispo de Roma? ¿La teología de la liberación? La verdad viaja por el mundo en una cesta de mimbre y en todas partes va sembrando granos de luz y semillas de esperanza. La verdad son las manos cálidas que ofrecen el pan caliente; los dedos que atan los cordones de las zapatillas para caminar; el silencio de unos labios que sonríen al mirar; los ojos húmedos de tanto esperar horizontes; el corazón que late en los encuentros; las manos que cuidan de la tierra y manejan barcas en el mar. La verdad es tu nombre, tus pasos y tu palpitar.

En el castillo templario de Peñíscola, también está la iglesia - hasta hace pocos años templo de culto cristiano, hoy solamente lugar de sosiego y descanso -. Capilla de planta rectangular con diversos símbolos y mezclas de colores de los templarios: lo oscuro y lo claro; negro de la guerra, blanco de la paz y rojo del esfuerzo y la sangre. Dos ventanales coronan la capilla, con forma de ataúd - para recordar nuestro paso de esta vida a la resurrección eterna -; uno dedicado a la Asunción; el otro a los tres reyes magos que expresan y recuerdan las tres grandes religiones del libro: judíos, cristianos, musulmanes.

Y las vistas... colores y magia llenan el espíritu en la dirección que mira el viajero. El mar y la tierra se funden desde el sosiego. La naturaleza y la vida se mezclan en una verdad sin tiempo. Llega el atardecer en el castillo y, acaso, puedas tener una audiencia con el papa Pedro de Luna y pasear despacio por las azoteas del castillo entre los susurros del aire y el goteo de los aljibes.

Javier Agra.

viernes, 10 de julio de 2009

PEÑÍSCOLA

El trabajo de recuperación de la flora de las dunas marinas, en la playa sur, es un esfuerzo importante. Por eso -y por otras razones- le pedí a mi hija una instantanea. Todas fotos que aparezcan en estos artículos sobre Peñíscola son de María.

Siluetas. Y el mar pone los sueños.

Los brillos de la tarde serpenteaban entre las olas del mar buscando caracolas y lumbres azules entre las perlas y los silencios del pasado. Hoy era yo llamando a la puerta de San Pedro, bajo el escudo pétreo del que fuera, durante algún tiempo, Benedicto XIII (el papa Pedro de Luna), mas sobre el enlosado de Peñíscola suenan los cascabeles del pasado.

Mientras subo desde el portal de San Pedro por la Muralla de la Fuente, bien puede ser esta sombra que camina junto a mí, la de algún antiguo romano que medita a mi lado en esta población que es "casi isla" (paene insula) decía él, con su pensamiento latino. Seguramente algún habitante de este pueblo, en otros siglos, habrá tenido que entrar o salir del lugar en alguna embarcación diminuta pues el mar cubría en los temporales y tormentas la zona por donde hoy comen helados y se ríen los turistas en su solaz de fiesta, entre las playas del norte y del sur.

Acaso algún antiguo personaje - allá por los tiempos de los celtas - soñaría que el Bufador era una llamada de las sirenas o algún canto mágico que convocaba a la guerra. Seguramente el Bufador era antaño el lugar de encuentros mágicos cuando el agua del mar quería subir con su furia pueblo arriba a descansar en lo más alto de las piedras.

El agua - esta vez para refrescar las gargantas secas - siempre ha tenido presencia en el interior de Peñíscola. Hasta trece fuentes naturales abastecían a sus habitantes, para subsistir durante los numerosos y prolongados asedios a que fueron sometidos. Seguramente, sus gentes agradecidas edificaron, en los siglos nuevos - corría ya el diecinueve - la ermita de Santa Ana cerca de la puerta de Santa María; ermita poco visible, recogida. Cuenta la leyenda que fue Santiago el apóstol, quien suplicó manar a las piedras para que nunca faltara el agua hasta el día de hoy (pero qué lugar no cuenta sus orígenes con leyendas).

El portal Fosc con el escudo de Felipe II nos aposenta en el parque de artillería, hoy formidable parque botánico: ¿nos quieren recordar a cada instante, que es más hermoso el aroma de una planta que el terror de un cañón en erupción?, ¿que es más fructífero un asiento a la sombra entre los rayos del sol que los túneles y las bombas con su rostro de terror?

También está la Virgen de la Ermitana, patrona de la ciudad. Y la parroquia del pueblo, con sus arcos románicos, acaso lo más antiguo que se conserva, en competencia siempre con el trozo de la muralla medieval; y el trozo de calle que ahora está escondido bajo una alcantarilla de desagüe de una calle actual. Cerca de esta parroquia, entré a comprar una botella de yogur - el calor era brutal y quería sentarme a esperar que la solanera se apaciguara - y conversando con el dueño me indicó un paseo por las playas junto al mar - otro día contaré este paseo -; le agradezco su información y su amabilidad más allá de lo que acierto a expresar. Paro otra ocasión dejo también el castillo y mis conversaciones con el Papa Luna.

Enrevesadas calles moriscas, como rayos que se esconden pueblo arriba; las dos calles paralelas que edificaron los borbones para cruzar la localidad en línea recta. Los tres palacios: hoy casa de la cultura y la juventud donde estuvo la casa del Comendador; la casa del médico; el palacio de algún duque, actualmente el magnífico hostal del Duc. Lo que fue horno del pan del pueblo, hoy es una discoteca.

Sentados a alguna sombra aún podemos conversar con el espíritu del Rey Lobo -Aben Mardanis- que en el primer tercio del siglo trece mantuvo un reino independiente frente a los invasores del norte de África; acaso con el poeta Alí Albatá quien, con las armas de su voz, negoció con el conquistador Jaime I y dejó entera la ciudad; o con Jaime Sanz de quien dicen que fue zar de Rusia, antes de regresar a fundar escuelas en su Peñíscola natal. En cualquier caso, encontraremos gentes del pueblo con quien podemos conversar sin tiempo y en busca de la paz.

Javier Agra.

miércoles, 8 de julio de 2009

MONDALINDO - PEÑA NEGRA

¿Carrera de relevos? ¿Reflexión? La verdad es que nuestros perros encuentran el goce de vivir en las cosas pequeñas.

Estamos en la cumbre de Peña Negra (el Mondalindo tiene dos cimas...) Harto hemos salido Jose y yo a lo largo de este blog. Hoy la presencia es para nuestras compañeras de montaña: Merche, Montse, Ana y Olga. Suya fue la gloria de la victoria.



La historia de nuestras subidas a la sierra comenzó hace varios años. Paseábamos un nutrido grupo de personas con nuestros perros; entre paso y paso, la conversación nos abría el corazón hacia la vida y las aficiones. De esas tardes han salido diversas y recordadas actividades. Así retomamos la montaña como lugar de vida y sosiego. Con más frecuencia vamos solos, pero también están los días en que nos acompaña gente agradable.

En esta ocasión, la comitiva la formábamos seis personas y cinco perros. Brillaba el sol como sabe hacerlo cuando la felicidad ilumina sus mofletes, la sierra se puso su verdor de gala, quería quedar bien con este venturoso grupo de la "Peña Perruna".

Esta vez comenzamos a subir desde Garganta de los Montes. Remozado pueblo del valle del Lozoya, frecuentado en sus calles y apenas hollado en sus montes. La brisa era el temblor de nuestros corazones al despuntar el sol entre los prados. ¡En marcha! Porque la vida es marcha. Así superamos los breves desmontes que nos llevan hasta el pinar. ¡Cómo relumbra en verdes y rojos! La luz es asombro para los pintores y los poetas; la luz es palmada de ánimo para los caminantes. El corazón del montañero esta hecho de luz y sosiego.

Una parada para beber y un asiento para compartir la barra energética. Los pinos y la hierba agradecen nuestra visita, sonrientes nos saludan con un invisible movimiento de ramas, con un acompasado baile de troncos, susurran palabras de aliento que caldean el corazón de los montañeros. Acaso sea el calor de la acogida, de sabernos parte de la misma tierra con las plantas, las aves, el agua y las fieras, lo que nos hace sudar; más, incluso, que el esfuerzo de la lenta marcha hasta la cumbre.

Se han terminado los pinos. La cresta del Mondalindo es amplia. Hoy iremos hacia Peña Negra que tiene más pinares para bajar entre la sombra. Luego, en la acequia, nuestros perros se bañarán sin prisa, como con desgana y nosotros nos sentaremos a la sombra de alguna zarza sabiendo que el día ha sido aprovechado porque hemos ganado vida para el espíritu y la esperanza.

El la plaza hay un bar, en el bar una terraza, en la terraza una mesa y en la mesa unos refrescos que nos aguardan. La conversación se hace suave, los ojos agrandan la mirada, la jornada compartida hace imposible la fatiga porque hemos salido reforzados de la montaña y nuestros corazones son ahora uno que late son seis campanas. Mientras, dormitan nuestros perros a la sombra de las sillas, sujetos al sueño de una esperanza.

Javier Agra.

martes, 7 de julio de 2009

DE RÍO MOROS AL OSO

Munia y Pipa parecen agradecer al montañero-fotógrafo que inmortalice el momento de los cuatro descansando en la Cumbre del Oso. Hoy no llegaremos a la Pinareja, que es la otra cumbre de la Mujer Muerta. Un respiro y nos iremos a comer.


Un sosiego en el camino. Estamos entre las peñas del Pico Pasapán. Detrás Apretura y al fondo, el Oso.

Esta vez, sí lo conseguimos.

Es necesario insistir, el esfuerzo permanente que dice el budismo. La virtud de la constancia, que dice el cristianismo y, culturalmente, todo el occidente. Algo que es tan obvio, pienso que es uno de los fallos más notorios de la educación que estamos transmitiendo en las últimas décadas.

Observo que estamos confundiendo lo sencillo, lo simple de la tierra y de la vida: necesitar poco y lo poco necesario, necesitarlo pocas veces - esta reflexión es de algún santo - y saber que somos parte del todo que formamos con la tierra y la naturaleza; estamos a punto de confundirlo, digo, con la comodidad de lo fácil; de modo que solamente aspiramos a adquirir comodidad y así nuestro espíritu se reblandece poco a poco hasta que el miedo se apodera de nuestro corazón y estamos haciendo una sociedad pusilánime y sin ánimo emprendedor.

Aprendí en una de las múltiples leyendas de los Andes que el origen del mal en el mundo es, precisamente, el desaliento. Todo lo podemos emprender desde la esperanza y el ánimo: pero el desaliento nos seca el corazón y nos paraliza la voluntad.

Esta vez, sí lo conseguimos. Llegamos al Oso desde el río Moros. Para variar el anterior intento, caminamos algunos kilómetros por la pista junto al cauce - sosiego y trinos - para deleite de Pipa y Munia - corretean del agua a la pradera - que disfrutan con lo que la naturaleza les regala. Allí los pinos - hermanos nuestros - nos saludan desde la quietud silenciosa. Cuatro kilómetros más allá, arranca sierra arriba el arroyo de los Horcajos que será nuestro guía durante un largo trecho entre el bosque y las praderas.

Hemos dejado bajo nuestro caminar, los pinares y las retamas. Por una pista, bien trazada - esta vez sin la abundosa nevada de hace semanas - coronamos las verdes praderas del puerto de Pasapán - ahora florecido en colores y vida exuberante; acaso para hacer honor al recuerdo griego de su nombre allí "todo" es vida, armonía, esperanza, luz -. Ha variado la vegetación, el espectáculo es más amplio: a un lado Madrid, Segovia al otro lado, Ávila en la distancia y el mundo en el corazón. En esos pensamientos andamos cuando nuestras perras nos comunican que hemos dejado atrás el pico Pasapán y ya estamos entre las peñas de la Apretura.

De aquí al Oso ya es un momento. En la montaña, todo es un momento, más o menos largo, pero todo pertenece al mismo momento; desde el inicio hasta el final todo es un momento único y continuado ¿de siete horas? ¿de ochenta y siete años? Es igual, el nacer y el morir, forma parte del mismo momento que es la vida ¿momento infinito y resucitado?

¡Anda la Osa! La expresión, además de la acepción de la felicidad de llegar, tiene la variante de que el oso, acaso sea osa, pues al lado de la escultura que lleva muchos años, ahora sonríe un osezno feliz con los brazos extendidos para acoger a los montañeros que llegamos, acaso cansados, pero siempre animados y esperanzados.
En la cumbre se produce el encuentro con otros grupos: los que han ido más deprisa y nos han pasado por el camino, los que han llegado desde otros lugares, los que llegan por primera vez, los que recuerdan otras cumbres. La cumbre es un premio para todos los esfuerzos.
Javier Agra.

miércoles, 15 de abril de 2009

RÍO MOROS (UNAS HORAS)


¿Bosques de Canadá en enero?
¡No! Subiendo hacia el Puerto de Pasapán desde el río Moros, un día de abril - domingo de Pascua - del dos mil nueve.

Pinares magníficos.
Soledades de ensueño.

El río Moros canta el entusiasmo de vivir. Las laderas se contagian de ánimo y empuje, de silbidos de pájaros, de sonrisas de pinos. Desde el refugio del Puente Negro, ascendemos entre la nevasca hasta el Alto del Casetón. Buscamos el Puerto de Pasapán, pero no lo encontramos; nuestro entorno es la oscuridad pese a la blancura nívea en que caminamos; nubes, nieblas y calma rodean nuestros pasos. ¿Dónde estamos? ¿Qué será de nosotros? ¿Qué ruta elegir? Son aquí preguntas que me asaltan: es cierto que la montaña tiende su mano como un cuenco que nos protege.

- Mientras queráis permanecer aquí, estaréis seguros - nos dice.
- ¿Qué será de nuestros sueños? Las tinieblas se los han llevado.
- No tembléis, hombres pusilánimes. Regresará la luz.

Desde el Alto del Casetón caminamos, sin tregua, hasta el Cerro Pajoso. A escasos mil ochocientos metros de altura, la nieve se hace noche y la noche lumbre; paso a paso, a nuestra izquierda la cumbre, por debajo el cauce del río, silencioso y lejano; miradas hacia dentro; respiración cansada; paso a paso. Pipa y Munia permanecen atentas a nuestro lado, no dicen nada; seguramente estarán pensando que estamos como cabras y es su obligación cuidar de estos dos montañeros que se han descarriado esta mañana.

No importa. En medio de la nieve, todos los caminos de bajada son iguales, hacia el río Moros esquivando los pinos. ¡Huellas! Sigamos, pues, anteriores pisadas. Silencio... aves... canto del agua. Ya estamos, de nuevo, junto al río en el refugio de las Tabladillas. Los pinos siguen paseando, solemnes, por la ribera del río. Ha dejado de nevar. El cielo rasga su blancor de hechizo y nos muestra un breve azul con sol iluminado. Ahora es la comida. Pan, ensalada y unos chorros de calor soleado.

Han pasado seis horas. Despedimos al rió Moros (donde hemos pasado unas horas) hasta pronto, pues volveremos para subir a las cumbres que hoy siguen dormidas bajo las nubes de sonrisa blanca.

Javier Agra.

viernes, 10 de abril de 2009

CUERDA DE LAS CABRILLAS

Peña Pintada... Peña Horcón... al fondo la ladera de Guarramillas o Bola del Mundo. La Cuerda de las Cabrillas está jalonada de la respiración de tantos montañeros que, el paseante, puede conversar con el aire; hablar de tiempos remotos o de lo que ha visto esta mañana.
Jose y yo, aparcamos, temprano como es nuestra costumbre y la de todos los montañeros, en la Barranca: creo que ya lo he escrito más veces... Carretera de Colmenar Kilómetro cincuenta y siete doscientos, sale a la derecha desde Madrid - a la izquierdas si se accede desde Villalba - (pero tanta explicación me pierde y me acogota; y miro el mapa; y me aseguro; y digo, es cierto; y guardo el mapa; y recuerdo).
¡La Barranca es tan hermosa fuera de los mapas! Aquí estamos, pues, con la mochila calzada y la mirada paseando de las altas cumbres a las gotas del agua. En la Fuente de Mingo, Munia y Pipa apenas dan un lametón, no tienen sed, aún está comenzando la jornada. Salimos de la casi-carretera para continuar el muy marcado sendero que sube hacia las cumbres atajando curvas. Nieve a nieve, vista a vista, gozo a gozo, llegamos hasta el mirador de Las Canchas después de hora y media de silenciosos comentarios mantenidos entre los dos montañeros.

Desde aquí, la vista se dilata hasta el infinito, porque más allá de lo que dibujan las pupilas, imaginamos... recordamos... esperamos... (Seguramente, amigo lector, habrás reconocido en esta foto "La Maliciosa". Poco importa si no la has reconocido, pues te basta saber que es una montaña que reclama admiración y silencio, camino y esfuerzo; sube... sube... no cortes tus alas).
Desde el mirador, comenzamos, montaña arriba, a recorrer la Cuerda de las Cabrillas. No es difícil... Casi todas las cosas de la vida dependen de las decisiones que tomamos y el empeño en conseguir unos objetivos. Casi siempre llegamos hasta donde ponemos nuestro esfuerzo, en la vida y en la montaña.
Javier Agra.

martes, 7 de abril de 2009

CUMBRES

Las cumbres solemnizan nuestra marcha por la vida. Desde el Collado Chistau, contemplamos cimas verdes y blancas de futuro luminoso. (Al fondo el macizo del Bachimala, Pirineo de Huesca)

(Cumbre del Cerrón, Sierra de Ayllón)
Aquí estamos. ¿Recuerdas cuando el Cerrón nos parecía tan lejano? ¡Ánimo, la cumbre y su nieve nos esperan!


¡Cumbres!
Dicho así resulta incierto.

Acaso no era esa mi intención primera.

Pero una vez que lo vi escrito, me senté a meditar.

Es verdad, me dije, a mi misma mismidad. ¿Qué cumbres? Acaso las de la vida, después de un largo caminar; tal vez las de la dedicación personal, al finalizar un esfuerzo de conquista; pueden ser las del amor, que, ya sereno, camina por cimas a manos llenas y corazones sonrientes; imaginad las montañas, al inicio del paseo lejanas y solemnes, se hacen de vuestro tamaño (¿o el que las asciende del tamaño de la montaña?) cuando abrazas su vértice geodésico.

Así van pasando los días. Yo soy una sombra de mi mismo: a veces me proyecto hacia el futuro, a veces me recuerdo en el pasado. De este modo tan silente y sencillo se va consolidando mi presente, entre mi sombra y la luz del sol que me calienta. Recuerdo la primera vez que estudié aquel axioma de la Biología que decía: la Ontogénesis es el compendio de la Filogénesis. Me dio para meditar, entre la sombra y la luz, durante tres jornadas. Y concluí - aún hoy ignoro si acertadamente - que tamaña definición resulta válida para englobar muchos aspectos de la existencia. Pues hoy somos parte de la historia pasada, social y personalmente; nuestros actos pasados se levantan con nosotros cada mañana (yo aseguro que es posible ir borrando los errores cometidos y proyectar más luz hacia el futuro: confía y date una oportunidad).

Yo... ¿cúantas veces ha aparecido ese término? Mas no es por egoísmo individual, esa palabra quiere personalizar la existencia. Yo... me estoy personalizando... volveré a leer a los poetas- filósofos (¡Unamuno, qué solo me has dejado!) que nos juntaron el final del siglo diecinueve con las primeras décadas del veinte.

Javier Agra.

domingo, 5 de abril de 2009

CASCADAS DEL MANZANARES

La foto, nuevamente, la aportó Jose con su pericia. Disfruta con la vista e intenta encontrar la cabra. (Si pinchas dos veces en la foto, la visión se agranda. Creo)

Hoy el sol está en todo su esplendor. El azul del cielo muestra la multiplicidad de los caminos. Vamos a dar una vuelta por la Sierra de Madrid y, al regresar, esperamos pasar por las Cascadas del Manzanares. Seguramente, durante estas jornadas de nieve y deshielo, la vista será allí un descanso y un palpitar en la misma fuerza que nos empuja más allá de nuestras humanas fuerzas. Seguramente podremos continuar la lucha ¿programada, improvisada? para que esta tierra sea más feliz para todos.

En esa propuesta andamos monte arriba, monte abajo, caminando sobre el mundo, siempre con el alma puesta en el horizonte... porque más allá de nuestra miseria... de nuestra limitación... más allá...
Desde Canto Cochino, inmediatamente después de dejar atrás Manzanares el Real, pasamos las barreras que nos conducen al aparcamiento, más allá del Collado de Quebrantaherraduras. Río arriba: seguir la pista es más cómodo, remontar la corriente por el sendero paralelo al Manzanares más "explorador". Desde cualquier sitio se observa la calma de la charca verde, el sosiego de las breves curvas por donde el cauce busca las piedras más blandas para bajar cantando desde la sierra. Primero a saltos, cuando nace en ventisquero de la Condesa, después con sonriente calma cuando llega a las lindes del valle y la montaña.
Los montañeros, o acaso simples paseantes, subimos por la pista; llegamos al puente; ascendemos la escalera de piedra que da inicio al sendero; cruzamos el Manzanares, cantando con la canción del agua, sobre el robusto puente de madera; comienza el desnivel, río arriba, bajo el sol, hasta que los pinos nos dan su abrazo fresco. No podemos pasar de los mil quinientos metros por el altímetro - artilugio que no todos los paseantes llevan encendido -. A la izquierda de nuestra marcha, entramos sobre unas peñas y allí mismo se nos cae la baba de la emoción de las cascadas.
Están, yo las he visto. ¡He aprendido a fiarme de tántas cosas que no he visto y he creído! También estába - ellas nos vieron primero - un rebaño de cabras, que nos miraban diciendo: "nosotras las vimos antes, engreídos". Las respetamos, a las cascadas y a las cabras, también a las lagartijas y a los pinos. Así formamos parte de la respiración pausada de la tierra.
Javier Agra.


miércoles, 1 de abril de 2009

PORREJÓN


Escondido.
El Porrejón es una mantaña silenciosa y escondida.
¿Has hablado con ella?
Silencio...
Pasea y sueña.

Escondido.
El Porrejón esta escondido en medio de la Sierra de la Puebla. Y su soledad nos mueve a posar allí el espíritu y volar sobre los pesares. Mirar más allá de los problemas y contar a las aves nuestros sueños, ellas pondrán la música al poema de la vida; las notas a la letra de la esperanza; el azúcar a la tarta de los sueños.

Aquí, sentados, seremos soñadores privilegiados. Hemos llegado desde el Puerto de la Hiruela, pero podríamos haber venido desde el Puerto de la Puebla... o acaso desde el sueño... o desde la esperanza... El Porrejón está escondido ¡y tan cerca!

El horizonte está cercano - lo alcanzo con un suspiro -, está lejos - más allá de todos los problemas -. Desde mis pies camino, con la mirada lenta, con el paso del sol y de las piedras, hasta la Sierra del nevado Guadarrama, cuando la primavera mezcla la nieve y los colores.



Esta foto nos muestra Peña La Cabra, sublime en medio de la Sierra de la Puebla, situada como baluarte y lanzadera hacia el Guadarrama. Así vamos, desde estos límites de Guadalajara, cruzamos Madrid en un vuelo visual y entramos en Castilla por Segovia, más allá de la Mujer Muerta; y entramos en Ávila y su sierra grande; y pensamos Extremadura.

Silencio escondido. Estoy sentado en esta cumbre, como si fueran todas las cumbres de la tierra. Y con mi mano voy dando palmadas a todas las montañas y a cuantos montañeros las visitan. El Porrejón, sembrado de luz, amanecido en paz, está escondido.

Javier Agra.

lunes, 23 de marzo de 2009

DESDE EL PUERTO DE LA HIRUELA


Vista de Peña La Cabra y sierra de Guadarrama desde el Tornera. Era el veintiuno de marzo, cuando apuntaba la primavera y la nieve aún tenía tienda en las cumbres.


Vista del Tornera desde el Porrejón. "¿Hasta aquella cumbre pretendes que lleguemos?"

Érase una vez un día de sol, recién inaugurada la primavera. La nieve aún cubría las cumbres y su blancura brillaba desde la distancia con magia de hadas y llamadas de cascabeles.
-" Está bien". Sentació Jose, mirando a la sierra, en una de las vueltas del paseo de nuestros perros. "Está bien, iremos. Nuestro objetivo es llegar desde el Puerto de la Hiruela hasta el Tornera".
-"Estás ambicioso, amigo mío". Respondí mirando la amplitud del mapa que proponía.

A las nueve de la mañana, somos los primeros en aparcar. Antes de comenzar el camino, nos da tiempo de saludar a los que llegan en otro vehículo. Desde aquí, no divisamos el Porrejón, cumbre que, por ella misma, podría ser suficiente para una jornada de montaña. La senda está claramente marcada bordeando el Cerro Salinero - cerca de su cumbre -, nos conduce hasta dejar atrás el Collado Salinero. "Volveremos por esta pista que ahora cruzamos". Jose me va instruyendo en la montaña y sus misterios, en sus soledades y su respiración. De este modo la montaña, que para mí, hasta hace unos años, sólo eran piedras y vegetales, hoy adquiere vida y sonrisa; empuje y caricia.

Pedimos permiso a la pendiente para llegar a su cumbre. El Porrejón, con su mejor cara, nos señala el camino de subida. Antes de dos horas, desde el inicio, estamos respirando abrazados a su vértice. Las vistas nos deslumbran, admiran y sobrecogen. Se ensancha el alma... con un dedo vamos surcando la nieve del horizonte; podemos señalar los grandes macizos que nos rodean: Jose me dice el nombre de cada montaña. Cuando llego a casa, las estudio como buen alumno y hoy, seguramente podría citarlas una a una: ¡me las ha nombrado tantas veces con el brillo en la mirada!

- ... Y, finalmente, allí está el Tornera.
- ¿Hasta aquella cumbre pretendes que lleguemos?
- Poco a poco. ¿Lo intentamos?

En la montaña todo es poco a poco, el espíritu en calma. La mirada en el horizonte hasta donde alcanza la esperanza. Para el cuerpo una onza de chocolate y un trago de agua. Para el espíritu la brisa y el sueño de la palabra. Bajo el cielo vuelan siete buitres, a nuestros pies un rebaño de ciento ochenta cabras, custodiadas por dos mastines que nos miran fijamente.

Los ojos de los perros nos han sacado del embeleso y nos centran en pensar una estrategia. Con precaución - ¡y fortuna! - estamos bajando la cuesta, hablando quedo a Pipa y Munia para que no nos comprometan; los mastines realizan bien su trabajo y nos dan escolta hasta que cerca del Collado de las Palomas, deciden que somos unos enemigos más rajados que peligrosos y, con una sonora carcajada, nos abandonan a nuestra suerte.

A partir de aquí, es posible que sigamos o acaso desfallezcan nuestras fuerzas. Bordeamos el Pinhierro, ¡que hermosa fortaleza en negro! y se ensancha la visión hacia el Collado Llano. No podemos regresar, tenemos a poco más de una hora el Tornera. La nieve aún conserva sus reservas, nuestras perras lo agradecen y le van dando besos y mordiscos, así se distraen y se refrescan.

Llegamos a la cumbre. El Tornera está lejos, desde cualquier lugar del que se acceda, por eso es poco visitado. Nosotros creemos que merece la pena; con este recorrido hemos abrazado a la mayor parte de la Sierra de la Puebla, de vistas fantásticas. Regresamos hasta el Collado de las Palomas, desde donde seguimos la pista que nos libra de diversas subidas y bajadas. En el Collado Salinero, volvemos por el camino que recorrimos esta mañana. Han pasado casi ocho horas, estamos en el coche haciendo los estiramientos.

- ¡Lo conseguimos, llegamos al Tornera!
- ¡La montaña nos da su fuerza!

Javier Agra.



lunes, 16 de marzo de 2009

DE LA MORCUERA A PERDIGUERA


Del Najarra a Hierro llegamos con una mirada desde la distancia. Han quedado atrás las Peñas Viborizas y el nacimiento de la Cuerda del Espartal...

La nieve ha puesto un manto de brillo en todos los caminos. Las huellas de los antepasados están desaparecidas por la fuerza de la luz que agranda la tierra. Es el día de la nevada y la esperanza. Aquí estamos ante el desafío, porque la vida es un desafio cada madrugada. También hoy, coma cada día, es necesario partir hacia el futuro; nada de arredrarse, ¡vamos!

Pasado Miraflores de la Sierra, en el Puerto de la Morcuera, apenas tres coches han llegado cuando nos estamos poniendo las botas, el abrigo... Es necesario armarse con valor para la lucha de la jornada, la vida es una jornada y otra más que nos acecha... estaremos preparados. Y allá vamos, monte arriba hacia la montaña.

Ha quedado atrás la Hoya del Nido, caminamos por el Portachuelo. La jornada está siendo luminosa, el caminar sereno y lento; es preciso caminar y caminar, cortando el viento y superando la brevísima nevada que nos acompaña esta mañana, como una manada de alimañas al acecho esperando el desaliento. Y seguimos: Jose marca el futuro, Munia explora la distancia, Pipa asegura la marcha y yo resisto firme en el camino, siempre hacia arriba.

El Cerro de la Junciana, nieve y sol, nos llevará hasta el Pico Perdiguera. Hoy más que desnivel hemos de superar la distancia. La distancia y el freno de la nieve. Una parada para el resuello y para el agua. Aquí miramos a lo lejos, todas las penas se acaban. Montaña y paz. Silencio y poemas del alma.

La música del carbonero garrapinos acompaña la cadencia de nuestros pasos. Atrás ha quedado el Centro de Educación Ambiental del Hornillo y la Chorrera de Majanavalle, voluptuosa y cantarina en esta época del año. El camino ahora está muy marcado por el G.R. 10; mejor, así podemos adentrarnos en la magia fantástica que nos acoje entre las paredes que bordean el Cerro del Cuclillo.

Atrás han quedado las Peñas Viborizas y el nacimiento de la cuerda de los Espartales. Atrás han quedado las penas y los dolores. Aquí estamos comentando, los cuatro, las alegrías y el futuro. Han pasado casi ocho horas desde el inicio, la vuelta parece que nos lleva a otro paraje: ahora nuestro coche está arropado por cientos de coches, nuestro silencioso paseo del día es ahora murmullo y juego. Llegamos. Nos aposentamos. Salimos. Ya estamos en casa. En el corazón queda el sueño de la vida y la poesía de sus valles.

Javier Agra.

domingo, 8 de febrero de 2009

MONTE DE EL PARDO

Aquí pueden enredarse diversas preguntas: ¿Entra en la categoría de montaña, tema sobre el que versa mi discurso general? ¿El nombre de monte es eufemismo, pues la mayor altura no da la talla? ¿Estando, como está, al lado de Madrid puede ser considerado un lugar montaraz sobre el que escribir?
Pero estas cuestiones son preguntas para la filosofía. Estas y otras más profundas, que la filosofía entiende de caminos y de amores, de dudas y de atardeceres, de misterios y de pájaros cantores. Pasemos, en silencio, amable lector sobre estas dudas y comencemos nuestro paseo. Aquí me doy cuenta que el monte del Pardo es como el espíritu, accedes desde múltiples lugares y metido entre sus encinas, la respiración te hace uno con la tierra y con la vida.
Caminando desde casa. Yo tengo esa posibilidad. Veinticuatro minutos desde la cocina al monte. Madrid. Y en un abrir y cerrar de ojos, el monte. Allí recorro sendas surcadas por bicicletas y caminos con las huellas de otras zapatillas. Allí nuestras perras -Munia y Pipa - Siguen el rastro de otros perros o de algún conejo. Allí Pipa, más familiar acaso, piensa mientras camina reposada a nuestra vera y Munia investiga en las distancia.
Hemos formalizado un paseo de tres horas, surcando entre la verde hierba y las encinas ¡cuántos recuerdos encierran las encinas! Las mismas que muchas veces viera Antonio Machado, las marrones, polvorientas... las mismas que le llevaron a recorrer poéticamente las regiones de España. Infancia, paseos juveniles por los pueblos de España, noches durmiendo en saco bajo sus protección.
En medio del monte del Pardo puedes sacar la cámara y fotografiar un safari en el interior de África: faltan los elefantes y los leones. En su lugar puedes añadir un par de conejos saltarines y multitud de aves. Y si miras para el cielo, verás, más de una vez, el vuelo sosegado de los buitres o la celeridad musical de las palomas que te cuentan al oído las noticias de los anteriores viajeros, al tiempo que paseas con tu silencio, la mano metida en el corazón y la caricia soñando ráfagas de amor.
Mirador de la ciudad y de la sierra. Desde Valpalomero, mientras recogemos la fatiga de la marcha y la respiración vuelve a su rutina, admiramos la sierra de Madrid: la potencia de la Maliciosa; la Cuerda larga, sinuosa y mística; el nacimiento del Manzanares en el cuenco cálido del Ventisquero de la Condesa; Las Machotas a un extremo antes de llevar nuestra mirada hacia las puntas de Gredos; al otro extremo Peña La Cabra y el lejano Ayllón. Más cerca Madrid, ciudad de torres, tejados y parques.
Respiramos. La calma es sonrisa en las personas que pasean a nuestro lado. La fuente, Pipa y Munia, refrescan su cuerpo a lametones que salpican, nosotros bebemos unos sorbos y emprendemos el camino de retorno.
Javier Agra.

sábado, 31 de enero de 2009

PEÑALARA II

Recuerdo haberte comentado que la subida a Peñalara es sosegada, es verdad que llegamos a dos mil cuatrocientos treinta metros - la cumbre más alta de Madrid como te cuento - pero iniciamos la ruta desde el Puerto de Cotos a mil ochocientos treinta metros (estos datos, los se porque están en los mapas; si bien es verdad que yo no los necesito, siempre que esté Jose cerca. Jose además de ser un certero montañero es un avezado y sabio conversador).
Otra cosa es que subas Peñalara, por los pinares de Valsaín, desde la Granja. Eso entra dentro de las jornadas duras de montaña. Dejémoslo, pues, desde Cotos. Como da tiempo para la contemplación y el recuerdo, me viene a la mente, en este pasea, la única vez que, en mi infancia, estuve en Morgovejo: llegar desde Acisa a La Ercina para que nos llevara el tren - aquel viejo tren de carbón de la Robla a Bilbao - ya era un acontecimiento; llegar a Puente Almuey, bajar del tren y llegar a Morgovejo por una traqueteante carretera, era más aventura que hacerse una ruta por el misterioso Amazonas. Seguramente iríamos para que mi madre bebiera aguas sanadoras. Fue la primera vez que vi los eucaliptos, de los que había oído hablar como árboles de hojas curativas.
Una vez que estés en Peñalara, puedes regresar por Los Claveles hasta la Laguna de los Pájaros: lo he hecho yo, de modo que no puede ser muy complicado. Es más largo y acaso haya que agarrarse varias veces a unas peñas escabrosamente colocadas; pero la ruta ... las vistas ... el camino nuevo ... la magia de superar otra meta ... Es como cuando de niño iba con mi madre hasta la mina de carbón donde trabajaba mi padre, cada año a los mineros les daban una cantidad de carbón para el uso doméstico. Salíamos aún con las estrellas, con algo para comer y la esperanza de no entornar el carro con las vacas. Empleábamos el día entero. La mina estaba al otro lado de Sobrepeña, más allá de la llanura que visitábamos alguna vez para ver fósiles: allí me contaban mis hermanos mayores que, en alguna era prehistórica, aquello había sido mar. Once años tenía la primera vez que vi el mar, y me sorprendí; lo imaginaba de piedra, hierbas y fósiles como los misterios de Sobrepeña.
El regreso a Cotos, desde la Laguna de los Pájaros es un suave paseo. Todo el circular puede ocuparte unas seis horas. El final en Venta Marcelino es una maravilla de sonrisas montañeras.
Javier Agra.

jueves, 29 de enero de 2009

PEÑALARA I

El sol me dio en los ojos, estábamos en la zona de Dos Hermanas. Fue entonces cuando me acordé de mi infancia, Acisa, el pueblo en el que comencé a nacer cuando las nevadas aún duraban hasta marzo y los hombres (paisanos se les llamaba) salían con las palas abriendo senderos sobre las calles de tierra - aquellos pueblos aún tardarían tiempo en conocer el asfalto - camino de la escuela y del caño, por allí pasábamos los niños a la lección, las vacas al abrevadero y todos a buscar un botijo de agua.
La nieve ocultaba nuestro paso y los carámbanos amenazaban, como espadas, desde los tejados de las casas. El ladrido de los perros quedaba detrás de las puertas y las gallinas acortaban su jornada; incluso las ovejas se quedaban algún día sin salir a la sierra y la montaña.
Hoy hemos dejado el coche en Cotos, con Munia y Pipa atadas, comenzamos nuestra marcha. Aún se nota la huella por donde pasó el telesilla, hoy lo están repoblando de plantas: la ecología va tomando cuerpo y parece lo mejor andar a pie por la montaña, sin apoyos mecánicos. En los pueblos donde comencé mi andadura sobre la tierra, no recuerdo ver coches en mi infancia, solamente los carros de lento traqueteo hacían un par de veces el camino hacia una huerta para llevar abono o acarrear la segada hasta la era.
Llegados hoy hasta las estribaciones del techo la sierra de Guadarrama se divisan inmensas, las montañas de Madrid. En los primeros días de mi infancia, todo estaba lejano, inmenso; hasta la Sierra Flares me parecía una gran montaña y los Cantones -límite del pueblo - eran como un final del mundo. Llegar a las cuevas de Barrillos era una aventura y la Ercina -dista cuatro kilómetros - estaba más allá de lo posible.
Hemos sobrepasado Dos Hermanas, enfilamos nuestros pasos hacia la gran ladera de Peñalara. La sierra está animada de montañeros, algunos pasan cerca, otros llevan diversas veredas. Recuerdo cuando tenía que ir a Cistierna, el pueblo inmenso...Tenía que ir... era cuando estaba enfermo - una de tantas veces durante mi infancia - durande ocho meses, una vez a la semana para que me viera el médico, me ponían una inyección (era cada miércoles, aún me recorre el cuerpo un escozor punzante) el resto de los días me ponía la inyección María, en el pueblo. Visto más tarde, desde el sosiego, recuerdo con agrado Cistierna con sus rutas de montaña, su vida ajetreada, inicio de diversos caminos y encuentro de poblaciones más alejadas.
Pero hoy estamos en Peñalara. El techo de Madrid, mirador de diversas provincias. Desde aquí, el horizonte se agranda. La subida es sencilla. Puedes intentarlo en primavera, en otoño al arrullo de la humedad y de las hojas, también con la nevada, incluso madrugando los calurosos días de verano. Siempre es grandioso llegar a Peñalara.
Javier Agra.

viernes, 23 de enero de 2009

PEÑA LA CABRA

La foto, con nieve y paseantes -Peña la Cabra al fondo -, la hizo Jose. Lo más hermoso, el solaz para los ojos, el respiro en medio de la marcha, lo aporta Jose.

Te contaré punto por punto la excursión a Peña la Cabra, para que también tú puedas hacerla. De otro modo me dejaría envolver por el aroma de la mañana cuando miro la misma madrugada que entra a través de tus ojos entre el misterio y la confianza. Desde Madrid es muy sencillo: carretera de Burgos hasta superar Buitrago de Lozoya, tomas el desvío hacia Gandullas y Prádena del Rincón.

No tiene pérdida. Es como cuando amanece y, a tu lado, mi mano aún sonnolienta busca tu rostro escondido entre el sueño y el sonido del agua. Cuando en tu recuerdo y tu presencia mis pies son más ligeros y salto veloz buscando la aurora del día que despierta y sueña. Mi pensamiento aún es tu aliento y llego al desayuno con tu nombre entre las tazas y los besos.

Noventa minutos despues de arrancar el coche, llegamos al Puerto de la Puebla, con un remozado aparcamiento. Es el momento de ponerse las botas y caminar. Mientras andas te darás cuenta que el sendero es amplio como la jornada que comienza a tu lado, cuando estás viendo el día a través de sus ojos, aquellos cuyo brillo iluminaron tu pensamiento desde la primera ocasión y aún, ¡después de tantos años!, siguen siendo el mapa que apoyan el recorrido diario. Aquellos ojos que almacenan deseos compartidos y caminos paseados a cuatro manos entre el sol y el futuro.

Sin darte cuenta apenas, estás en el Cerro Portezuela, has superado la primera barrera diminuta y tierna. Aparece, lejana, Peña la Cabra como una meta certera. Porque así es el paseo de tu vida, un camino atravesando metas, puerta a puerta hasta conquistar el edificio caliente que ha construido el sol para compartir vuestras miradas y las rutas de cada jornada, unas con brillo, otras entre la bruma pálida. Ahí estais, caminado pensamiento a pensamiento cuesta arriba o en valles plácidos.

Sigues la marcha, tus pies te han llevado por las dos lomas hasta el Collado de la Tiesa. Atrás ha quedado la caseta ¿de telefonía? y la caseta-obsevatorio de la Tiesa, creo que para controlar los fuegos, pues el alcance de la vista desde allí es sublime. Apenas te has dado cuenta, la vista te ha seleccionado las lejanas montañas y las hermosuras intermedias. Has pasado despacio por los días y por las sombras, desde la altura del tiempo guardas en tu corazón las praderas más verdes y los días más azules, y ves el mar y recuerdas los manzanos, las higueras y los frutales de la infancia. ¡Miras tan lejos y recuerdas tantas madrugadas! Los pequeños ríos y las tierras pardas pasan a tu lado mientras siguen vuestras manos juntas y los ojos entornados.

Peña la Cabra a tus pies. El final, por donde quieras. Te recomiendo llegar al pinarillo que aparece en su collado y seguir el breve camino que te lleva hasta la cumbre por el sur. Las vistas desde esta altura son grandiosas: sin montañas que oculten la distancia puedes mirar hacia cualquier lugar y distinguirás los nombres de montañas cercanas y lejanas. Es como cuando miras con sus ojos, ¡siempre tiene limpia la mirada! y te vuelves a enamorar. Y descubres en su pupila la historia eterna de todos los enamorados a través de la historia. El cariño que pasa y cubre la tierra, párpado a párpado hasta que la sonrisa se hace forma en la mano y la palabra.

La vuelta: desde el Collado de la Tiesa sale un camino que llega a la carretera, cerca del aparcamiento, en un descansado paseo entre pinos. Eso es todo. Han pasado cuatro horas desde el inicio del recorrido. A ti, te parecerá que son cientos de años porque mirarás sus ojos y verás, en ellos, el pasado en forma de catedrales, de cuevas, de presente y de prehistoria; y verás en sus ojos, el futuro cuando la tierra sea más limpia y mejor repartida, cuando el aire suene a música; y verás el presente con certeza y con sosiego, porque a tu lado están siempre sus ojos, sus manos y el corazón caliente latiendo vida y pasión.
Javier Agra.

domingo, 11 de enero de 2009

NAJARRA

Las cosas pequeñas no tienen dudas sobre su importancia. El pequeño constipado, se sabe origen y meta de grandes pañoladas, de nostálgicas horas de cama, de vasos calientes y ojos de entornada mirada. El pequeño corte sabe que con él se inician las lágrimas, aumentan las caricias, pasean las tiritas y los colores de nombres medicinales. El pequeño suspìro del alma escribe sonetos de amor y vida, esparce púpilas lánguidas, anima largos paseos junto al agua.
Las cosas pequeñas no tienen dudas sobre su importancia. Nevaba: el aire mecía sosegado su sábana blanca sobre las cumbres y sobre las plazas. Seguían las aves volando, sembradoras de partituras y pausas; algún animal menor había marcado su paso, acaso sin voluntad de dejar huella; sobre las peñas, una manada de rebecos indican la cumbre del Najarra: los últimos paseos por esta parte de la sierra hemos vista estas manadas hermosas que están repoblando la montaña.
Las cosas pequeñas no tienen dudas sobre su importancia. Por eso fuimos al Najarra: señalado al inicio o al final de la Cuerda Larga; el Najarra aislado en estas largas caminatas; cumbre de acceso sencillo y prolongadas vistas. Peñascales con vida propia, con sonidos y ecos recogidos a lo largo de los siglos de historia; en otro tiempo pastos de vacas y esfuerzos de supervivencia humana, hoy sosiego de la vista y del alma.
Las cosas pequeñas no tienen dudas sobre su importancia. Sales con el coche, desde cualquier punto de la tierra, cuando llegues a Miraflores de la Sierra, te diriges hacia el Puerto de la Morcuera, tiene un aparcamiento suficientemente amplio. El resto es fácil: botas y cachava, amplio bocadillo - la montaña anima el estómago - y una cantimplora de agua. Dicen, los que saben de montaña, que, por sencilla que parezca, siempre es necesario respetarla y llevar una prenda más de las que te hagan falta. Puede desperezarse un ventarrón, o pasar una nube en rápido vuelo, o encontrarte una persona poco avezada que se arriesgó innecasariamente. Cumbre del Najarra, dos mil cien metos de altura y cien mil esperanzas en la mirada, tu nombre sabe que las cosas pequeñas no tienen dudas sobre su importancia.
Javier Agra.

lunes, 5 de enero de 2009

PEÑA DEL ÁGUILA

Me sucede algunas veces, tengo la impresión, cuando repaso mi pasado - y ya puedo repasarlo, pues comienza a ser dilatado - que las cosas me suceden al revés de como las imaginaba en mi intención. La foto que quisiera poner en primer lugar, aparece perdida entre letras desconexas, oculta por la maraña de otros acontecimientos, difusa entre la niebla del final. No importa en esta ocasión, pues escribo desde la calma del recuerdo. A esta hora, en el sosiego de una madrugada, todo ha sucedido: la nieve y el camino quedan esponjando mi corazón como una agradable brisa permanente.
La fotografía inicial está en la cumbre de la Peña del Águila, puedes ver la cencellada sobre el monolito de piedra como formando un árbol de navidad. Cencellada es una palabra que trajo a mi memoria la meteoróloga Mónica López, que cada día nos comunica el tiempo, a ella mi agradecimiento. ¡Cuántos recuerdos de mi niñez con esta palabra! ¡Cuántas palabras de los solitarios pueblos de Castilla se me han ido prendiendo en los bolsillos y en la piel!
Sujeto a Munia, estaba con más ganas de jugar que de posar. Pipa mira sobre su lomo y pide permiso para pestañear. Podéis continuar con vuestra actividad, Jose es rápido haciendo la fotografía y no os quita mucho tiempo de vuestras tareas. La fotos de mis escritos - también del actual - son de Jose quien sabe ver la montaña como vida en movimiento y como instante perpetuo.
Henos aquí, subiendo por el camino que nos lleva desde las Dehesas de Cercedilla hasta el Collado de Marichiva. Abunda la cencellada en los pinos y sobre la tierra la nevada. Trinos de pájaros diversos acompañan nuestra marcha acompasada. Los pinos llueven agua de esperanza, con el deshielo del sol de media mañana.
Desde el Collado, en la asfaltada Senda del Infante, cruzamos la verja de hierro, estamos en Segovia y subimos sin prisa hasta la cumbre. ¡Siempre la cumbre! ¡No te conformes con menos! En la vertiente de Madrid, la línea de cumbres que sale desde Cercedilla hacia las Dehesas; por la vertiente de Segovia el valle del río Moros y las cumbres de la Mujer Muerta. ¿Te has dado cuenta - me dice Jose - que hemos hecho una altura de dos mil nueve metros para iniciar este año dos mil nueve? ¡Yo que me voy a dar cuenta!
Este paseo da para más de cuatro mágicas horas. Con frecuencia lo hemos empleado como paso hacia la Peñota, o en la otra dirección lo cruzamos para llegar a la Peña Bercial o, más lejos, hasta Cerro Minguete; pero hoy fijamos nuestra mirada en la explanada de tu cumbre, redonda Peña del Águila.
Javier Agra.

viernes, 26 de diciembre de 2008

PICO TRES PROVINCIAS

Ya estamos en la cumbre. La vista es grandiosa, seguramente tenemos las cumbres para que nuestra visión se dilate más allá de las pequeñeces de cada día. Desde aquí la perspectiva es más completa y también más compleja la realidad. Bajo nuestros pies, la verdad de la montaña es grande y es nuestra montaña; pero seguimos prolongando la vista y entonces ¡cuánta verdad divisamos en forma de montaña!
Aquí mismo se mezcla la verdad, bajo nuestros pies, en forma de diferentes provincias. Ahora ves Madrid grandiosa y ya estás con la vista en Segovia la llana o Gualajara hermosa. Y son distintas y son iguales: la verdad de la naturaleza asoma ahora en forma de bosque, un momento después de llanura inmensa, enseguida como múltiples edificios. ¡Qué dilatada es la verdad desde la montaña!
Y más lejos: aquello es Soria, por allí aparece Aragón, Ávila está a un golpe de mirada. El montañero sabe que no puede cerrar los ojos pues la belleza se posa detrás de cada piedra y en cada montaña se encierra una palabra de aliento, de esperanza, de verdad y de paz. Posa la mochila y escucha el murmullo de las águilas que cuentan historias de otras tierras. ¡Más allá de nuestra vista siguen soñándose más verdades que aguardan!
Ortega y Gasset hablaba de la verdad desde la perspectiva de la manzana ¡depende desde dónde la mires, clamaba! Tendré que volver a leer sus palabras; también a Unamuno, cuántas horas hemos paseado juntos: él hecho libro, yo arrastrando mis pies por esta tierra. La misma que hoy está dilatada e inmensa desde la cumbre del Pico Tres Provincias o Cebollera Vieja.
Casi lo olvido. Desde Madrid se va por la carretera de Burgos hasta el Puerto de Somosierra, por la carretra vieja, hasta el pueblo. Aparcad el coche en la gasolinera y caminad: subiendo por la amplia pista hasta el pinar y más allá la cumbre espera. A medida que el montañero camina va dejando atrás pinos y pistas. Me gustó mucho una subida a la línea de cumbres que sale muy clara, pendiente arriba más allá de cruzarnos en el camino con el arroyo Pedrizas. Esta variante la hicimos por primera vez cuando nos acompañaban Ana y Juan Pedro, que son valientes y les gusta investigar sobre otras puntos de vista de la verdad. Otra vez llegamos a la meta con nieve: depende de la época del año. ¡De tantas cosas depende la verdad! ¡Pero busca siempre, la encontrarás! No te canses nunca: para este camino con seis horas tienes suficiente, y acaso te sobre; para la verdad, necesitas más.
Javier Agra.

martes, 23 de diciembre de 2008

DE ESTÓS A ÁNGEL ORÚS (entre refugios)

Allá abajo, donde comienza la vegetación, se asoma diminuto el Refugio de Ángel Orús.

Las agujas de Perramó sorprendidas en el momento en que los árboles del entorno llegan a rendir pleitesía.


En medio de un paisaje lunar tiene su asiento el Pico Dels Corvets


Las últimas estrellas son la cremallera del cielo que abre su chaleco para mostrarnos la aurora. El desayuno en el Refugio de Estós ha sido enjundioso como corresponde a una jornada aventurera como la que nos ocupa; sin tiempo ya para el sueño, espantada la modorra y la voz acoplada después de los primeros saludos a quienes comparten mesa y a quienes te vas cruzando. La vida del montañero es fiel y sabes que donde llegues vas a saludar y encontrar siempre una palabra de ánimo y un mapa de solidaridad.

Y ahí estás tú, con la mochila a la espalda, chapoteando en medio del agua, caracol de la montaña o, acaso, águila de alas desplegadas. Abajo queda el arroyo, has subido a la falda de la siguiente montaña. En el Pirineo los valles son una sonrisa verde y clara, al principio bañados de noche y muy pronto entre luces del alba. De pronto eres grande en medio de una explanada, al momento te pierdes entre la vegetación enmarañada.

Y ahí estás tú, sudando bajo la gorra blanca. Ahora mariposa entre los pinos, ahora gacela de peñascales. El tiempo camina más ligero, pero no te inquieta el ánimo: hoy el sol es muy largo y ha tendido un mantel de luz para que puedas caminar despacio por las montañas. Un respiro junto al próximo ibón para un trago de agua, de nuevo la mochila y más camino... La naturaleza está viva y con la respiración común formamos parte de la misma vida.

Y ahí está tú, están los corzos, las lagartijas, las aves que miran y cantan, los otros montañeros que dan y reciben tu palmada, están los arroyos con su caravana de agua, la vegetación que es verde y parda, la tierra de firme textura, las gruesas piedras que fruncen el ceño al oír las pisadas humanas. En tu caminar lento no sabes si pesas más que la piedra o menos que la larva del húmedo charco por donde pasas. La vida está puesta para que la cantes, la acaricies y la compartas.

Pero esta tarde estás fatigado, ha sido dura la jornada. Han pasado muchas horas desde el inicio al Collado de la Pllana, la vista es tan maravillosa que te has podido tragar varias moscas a lo largo de la jornada. Te sientas mirando hacia atrás ¿quién sabe cuando volverás a ver este paisaje lunar que rodea el Pico Dels Corvets, de un misterioso y fulgurante color negro como los cuervos de Castilla que aquí tienen su propio reino? ¿quién sabe si regresarás hasta las agujas de Perramó que ahora guardas en tu corazón? Y comienzas la bajada, allá lejos el refugio te aguarda... ¡parece tan pequeño! Camina, acércate y verás como se agranda.
En el Refugio de Ángel Orús te has sorprendido de lo grande que es, la ducha de agua caliente y el café te han reconfortado. Aquí has vuelto a saludar a otros montañeros que han hecho tu mismo camino - normalmente la mayoría han llegado antes que tú - o saludas a las caras nuevas como si fueran amigos de la infancia, mientras te quitas una piel o te curas una ampolla. La tarde sigue su ritmo, en el sosiego conversas, escuchas y callas mientras esperas que las sombras pongan en el Pirineo el misterio iluminado por las estrellas.

Javier Agra.