sábado, 8 de mayo de 2010

MONDALINDO (por otro camino)

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Florecen los nombres en las praderas y en los sueños. El sol camina en el inicial sueño de la mañana. Primavera de lumbre y matices. Valdemanco tiene una plaza, allí hemos llegado con el coche… Munia y Pipa ya están correteando mientras nos calzamos las botas. Mochila y altímetro preparado iniciamos la marcha por un camino que no hemos emprendido ninguna otra vez. Sabemos la meta, hemos estado, la hemos disfrutado, pero la ruta es nueva. Otra vez el recuerdo de Machado, siempre Machado con su alusión  a los caminos nuevos. Mañana de refranes y luz – todos los caminos llevan a Roma, que hoy sea al Mondalindo –.

Setecientos metros sobre nosotros está, sereno, con los brazos tendidos pronunciando nuestros nombres. Lo que estamos viendo al iniciar la trocha es la otra cumbre: Peñanegra, también la transitaremos, espero. Conversamos sobre la cantidad de cosas que no vemos y esperamos. La subida comienza inmediatamente, antes aún de abandonar el pueblo, entre los ladridos de invisibles perros. Tal vez saludan a la mañana, tal vez se interesan – ¿amigables o feroces? – por nuestras perras. No estaría mal conocer los idiomas de los animales y de la tierra toda.  Nos comunicaremos, pues, desde el silencio y el tacto de las manos y las pisadas, desde el brillo del corazón y la canción del alma.

Y allá vamos, sosiego y agua entre las veredas y las palabras. Hemos dejado atrás Valdemanco con su recinto verde, de juegos y agua. Arroyos, por todas partes corren riachuelos estas jornadas de deshielo y lluvia, por eso la pradera que estamos subiendo es gozo y respiración cansada. Estamos en una vereda empinada entre el verde de la Sierra de Madrid – llena de vida estos días de primavera – flanqueados por rocas de mil tamaños y formas: aquí una inmensa nariz; allá una piedra que pudo ser la frente de algún gigante hace muchos millones años, cuando los gigantes aún tenían la misma materia que las rocas; bajo nosotros queda una furiosa caída hasta el regato que serpentea la ladera.

Llegamos – fatiga y esperanza – a una larga loma, desde aquí ya adivinamos la cumbre del Mondalindo. Pipa y Munia, saltan de gozo entre la hierba y las rocas recién lavadas. Un poco más allá nos espera otro repecho de piedra fina, hierba y retamas. Lo contemplamos bebiendo un trago de agua y masticando unos cereales energéticos – está bien, Pipa te daremos una pequeña prueba; Munia nos observa mientras se admira de la capacidad permanente que tenemos los humanos para comer –. Las llanuras de Madrid están verdes en toda su extensión, en breve llegarán los días de secarral castellano, hoy son una sonrisa permanente de agua y flores.


 El vértice del Mondalindo, sobre nosotros solamente el azul celeste, el sol conversando con alguna nube a la que agradecemos que nos haga de sombrero. La subida ha sido fatigosa, recordamos ahora especialmente los dos repechos más pronunciamos que hemos superado entre sudores y resoplidos – a veces parece que piafamos con furia contenida en medio de la ascensión –, ahora estamos en paz con la naturaleza y la transpiración manada del empeño. Nos sentamos un instante unidos a la piedra, la tierra y a las plantas, porque somos – como aquellos antiguos gigantes que hace millones de años eran parte de la piedra – una respiración más de la naturaleza. 

De nuevo en marcha. Por la cumbre llegaremos hasta Peñanegra, por delante van una bandada de cuervos y tres buitres haciendo acrobacias. El camino es llano, dentro de lo que puede ser llano un camino en la montaña, por eso saludamos a las aves, a algún colorido insecto y a cuatro arañas que van por la sierra buscando tierras más fértiles para dar casa y cobijo a su prole.

 Desde el Mondalindo dominamos, brillando de nieve, la Cuerda Larga del Guadarrama.

Entre pinos y senderos no usados, llegados al puerto de Medio Celemín (en Castilla cinco celemines hacían una hemina, que siendo tierras de secano tenían poca extensión de terreno y creo recordar que allá, en mi lejana infancia, la hemina equivalía a unos catorce kilos de trigo: de ser otra cantidad, quedaré agradecido a quien refresque mis recuerdos). Y de allí al punto de partida no separa un sosegado y breve paseo. Ahora la plaza está más bulliciosa, es la hora del  aperitivo – aún no son las tres de la tarde –, las terrazas  están llenas de gentes risueñas; la plaza llena de niños jugando al balón bajo una placa que lo prohíbe; Munia y Pipa – llenas de recuerdos – tumbadas al  tibio sol, apoyan la cabeza en la piedra caliente y piensan, mientras descansan, que ha estado lindo el paseo;  nosotros, llenos de gozosa fatiga,  acodados en una barra del bar tomando el café y el refresco.

Hemos vuelto al Mondalindo, esta vez por un camino nuevo para nosotros. Hemos vuelto a casa, donde la familia aguarda. Hemos vuelto a sonreír a la vida y a la palabra. Hemos vuelto a empezar una jornada nueva, agradecidos porque cada mañana es nuevo el mundo y es nueva la esperanza.

Javier Agra.

jueves, 6 de mayo de 2010

MAYO

Mayo: verde y vida. Los azules estrellados bailan en rosicler brillante amanecido, cuando por la sierra cruzan las águilas primeras, camino de las torrenteras líquidas que hasta anoche mismo – jabalíes y aguiluchos – fueron recuerdo de la nevada. Los azules bailan música de madrugadas cuando las primeras liebres saltan al aíre buscando raíces nuevas de savia y néctar, por entre las retamas.


Esta iluminación es de algún lugar de Soria. María, quien hizo la foto, sabe el nombre concreto de la geografía. Mientras tanto - y ya para siempre - la llamaremos: "Era Mayo en un lugar del mundo" 

He visto la aurora madrugar a aprehender agua por los arroyos que cantan valle abajo entre colores y flores nuevas. Entonces, cuando amanece y se retiran silenciosos los luceros, sigo la vereda de los arroyos y me alegro de la vida que salta en cascadas, pero tiemblo de dolor pues descubro que es un resurgir efímero y, tal vez, falseado según reza el refrán: por mayo cada día un rayo.
¿Es efímera su bonanza? ¿Es pasajera su hermosura? ¡Nada sé del futuro que ha de venir y aún no está! Por eso converso con las aves que me recuerdan que la vida de hoy dura hoy, compártela con los lirios que han florecido, arremanga la camisa y pon el pecho al aíre mientras calienta el sol, siempre con la chaqueta al brazo, recuerda otro dicho: hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo.
Pero cuando llegue la ventolera cierra los ojos, no seas pusilánime y contempla la armonía de luz sobre los oteros en las madrugadas. Mayo entona loas a los nidos y arrulla la vida, es el mes “pajarayo” que llamaban en aquellos pueblos castellanos, porque en mayo los nidos soltaban sus pájaros a la vida y medían la creación entre los gérmenes fértiles y los huevos hueros, sin consistencia: mayo serpentea por las ciudades y las aldeas sembrando de trigos y de amapolas las mentes limpias y arañando de cardos y zarzas los espíritus en sombra.


Foto cedida por María para que todos disfrutemos de la vida y su fragancia.

¡Ay, mayo! ¿Cuándo tendrás una esperanza recién nacida para cada persona? ¡Ay, mayo! ¿Cuándo estaremos libres de nuestros miedos para hacer un mundo libre? Y entonces me respondieron los días con una sonrisa de silencio, porque ellos saben que las palabras son de lumbre y cieno, porque ellos saben que las acciones son un enjambre de abejas coleccionando flores para transformarlas en dulces caricias.
Pero, ¡lector amigo!, mayo será siempre el mes de las flores: en las sierras y en las sienes, en las ciudades y en los corazones. Y por encima de todas las consideraciones, tú eres una flor que en mayo amanece entre los trigales misteriosos de la tierra compartida. ¡Adelante, mayo te espera!

Javier Agra.

domingo, 4 de abril de 2010

PIPA, recuerdos (VIII)

¡Qué sutileza de pensamiento!
¡Qué finura de cerebro!
¡Qué derroche de personalidad!

Características humanas que me dejan fría como un témpano de la sierra en enero. Ha terminado el dos mil uno; yo he cumplido, por tanto, más de un año. Ya voy siendo una adolescente perra (acaso perra juvenil), pero en mi existencia - ¡tantos paseos entre lugares de humanos! - he visto diversas cosas que me espeluznan. Entended, por tanto os ruego, los tres primeros versos como una cierta expresión socarrona.

Las mañanas de los fines de semana he visto tanta basura humana en los parques que me asombran pensamiento, cerebro y personalidad humanas. ¡Ni todos los perros de la ciudad seríamos capaces de producir tal cantidad de desperdicios y dejarlos a la vista de cuantos pasean la siguiente mañana! Quisiera ser pájaro para sobrevolar sobre tamaño desperfecto, hasta un mundo de fantasía - Utopía, le llaman los humanos - donde todos pudiéramos caminar con sosiego y sonrisa, entre papeleras usadas y parques utilizados.

He visto, ay, otros muchos desperfectos y corrupciones de los humanos. Mentes tal vez ateridas por la vaciedad del cerebro, allí donde deberían manar naturalmente los pensamientos de felicidad, solidaridad y esas palabras  a las que han hurtado la riqueza semiótica. Pero quiero a los humanos - filantropía, dicen - porque su capacidad de bondad es superior a su capacidad de maldad, porque siempre pueden reemprender el camino torcido, porque siempre pueden volver a ser sencillos como cuando eran niños... por cierto, voy a colocar aquí una foto de un niño despanzurrado sobre mi tripa... 


En estas circunstancias, acepto a los humanos como carga agradable a mis espaldas - y a mi tripa -. En esos momentos... y en todos, pues no estoy programada para quejarme de la soledad y los estirones de pelos. 

Tal vez podría recordar la dureza del once de septiembre; pero dejo constancia del siete de octubre: por primera vez Perú se clasificó para una fase final de futbol a nivel mundial, el estadio Atahualpa era un clamor. Mientras tanto, Argentina sufría ceses y dimisiones de presidentes de gobierno ante las complicaciones de la nación y de su pueblo. También recuerdo la muerte del actor Francisco Rabal o del violinista ucraniano Isaac Stern, el veintidós de septiembre. También se murió el guitarrista y cantautor británico de los Beatles, George Harrison.

Pero me voy a estudiar rutas de los Picos de Europa, pues dicen estos hombres con los que paseo por la Sierra de Madrid, que les prepare unas jornadas para este verano. Sea.

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Javier Agra.

jueves, 1 de abril de 2010

PEÑA CENICIENTOS

Amigos míos, en lo pequeño también existe la magia. Rincón de Madrid, historia de valor y compromiso, Cenicientos tiene hermosas leyendas que contar. Son sobre la lealtad que permanece más allá del recuerdo. Para que nada se olvide, perdura su nombre, entre bosques de pinos y encinas. Buscando en el mapa, encontramos aquel recóndito ángulo, en el que no habíamos culminado su cumbre y decidimos subirlo un día, cuando las nevadas estaban recientes y la luz brillaba llena de esperanza.

La cumbre, más allá de los pinares. Donde se duermen los recuerdos. En el punto en que la voluntad toma cuerpo y se hace roca. Peña Cenicientos es un paseo de sosiego. La mochila siempre es necesaria, pues si la distancia es corta - como en esta ocasión - la hermosura de sus vistas invita al reposo y la quietud. Sobre su cima, el tiempo es una respiración sin relojes, saludamos al sol del medio día y lo vemos más tarde cuando nos recuerda que ya podemos descender porque el coche, acaso, note nuestra ausencia.


Desde la cima, protegidos los pensamientos por la serenidad de las rocas, divisamos Gredos al fondo: ¡Estate quieta Munia, no rompas el misterio de la Sierra! parece decir Pipa. Los valles de Ávila, siembran sus faldas de pueblos y cosechas. Alimento y serenidad para sus gentes y para cuantos viajeros llegan a sus sosiegos, en estos tiempos del siglo veintiuno cuando la distancia se comprime y entre los volantes y la seguridad de los asientos, se planta el viajero allí donde su sueño le marca los senderos.

También, desde la Peña Cenicientos, vemos el viejo Guadarrama y los llanos de Toledo. Reducida en su tamaño esta cumbre ¡nos permite soñar tan lejos!...
Ha sido una sencilla subida, es suficiente con seguir la pista entre los pinos. Después de varias paradas y entre metafísicas y poemas, cuatro horas más tarde estamos de nuevo en el coche. El resto de la jornada, para visitar el pueblo y calentarnos en una terraza al sol de la tarde que va creciendo, con un café cálido y la bebida sin gas que tonifica el espíritu.

Madrid, a nuestro regreso, está sosegado y en calma. ¿Será la respiración pausada de la Peña Cenicientos paseando aún entre las aceras de la inmensa ciudad?

Javier Agra.


viernes, 26 de marzo de 2010

MONTÓN DE TRIGO (Otro camino)

La Sierra de Madrid otra vez en la retina. Desde las Dehesas de Cercedilla hemos subido -nieve y pinos- hasta el Collado de Marichiva. Los ciclistas nos han ganado la partida. A nuestra derecha está la Peña Bercial  - para mí será una cumbre nueva - cubierta por la blancura acumulada del invierno. ¡Sube, sube! parece cantar el Carbonero Garrapinos: hacia tu combre vamos. Munia me ha preguntado por Pipa que hoy tiene inflamada una pata y se ha quedado en casa. Munia, cabizbaja supera la soledad entre los pinos y la cuesta. 


Hemos llegado a la Peña Bercial. Al fondo, la vista de la Mujer Muerta hecha de nieve por los pinceles de varias noches precipitadas sobre la tierra; hasta sus falda hemos de llegar si las fuerzas nos resisten; esa es la propuesta de Jose, mientras hacemos la foto (foto-disculpa llamamos a este momento, pues nos da un tiempo para el resuello del camino). Seguimos por la línea de cumbres hasta encontrarnos, a la altura del cerro  Minguete, con los montañeros que suben desde el puerto de la Fuenfría. Confluescia de saludos y emociones, momento de respirar para que el corazón relaje ausencias y el alma fije en la memoria las vistas, los paisajes, las palabras, los recuerdos...


Bordeamos el Montón de Trigo, camino del collado de Tirobarra (desde aquí, otros subirán a la Pinareja y el Oso, cumbres de la Mujer Muerta); nuestro objetivo, esta mañana de blancura en los zapatos y en los pinos, es subir por la cumbre hasta alcanzar el Montón de Trigo. Allá vamos, entre el viento y la sonrisa, por encima del mundo y de los miedos, superando la tristeza y la nevada, la cumbre aguarda llena de luz sosegada.


Y aquí estamos.
Sentados sobre la cumbre del Montón de Trigo.
Guadarrama al fondo, en espuma y olas dibujado.
Y más arriba solamente el paraguas pálido del cielo.
Pronto será calor y consuelo.

Llegamos: algunos en grupos, otros han venido solos. Desde distintos senderos, con multitud de experiencias y diversidad de recuerdos, todos nos hacemos la foto sentados en la misma piedra, cumbre compartida. Después de la comida, el regreso. Los caminos se funden en el pasado y el futuro. Desde arriba, las llanuras son más grandes, las personas más fuertes, las aves más cercanas, la tierra más hermana. La personas y las cosas respiramos la misma caminata y el mismo futuro libre en el viento.

Javier Agra (después de seis horas de paseo, un segundo en el recuerdo y muchos días de sosiego).


viernes, 29 de enero de 2010

PIPA, recuerdos (VII)

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He vivido el verano de este dos mil uno. No soy muy viajera. No obstante fuimos, con toda la familia que vive en mi casa, unos días a un pueblo de Zamora: Moveros. Allí la vida es plácida - para quienes vamos de visita -, entre paseos y sombras se pasan las cálidas jornadas de agosto. Me gustó estar en el pueblo, donde el tiempo también se sienta en alguna sombra a contemplar la totalidad de la tierra y la infinitud de las galaxias.

Me levantaba en el citado pueblo de España y nos llegábamos hasta Portugal a desayunar: está la frontera muy cercana y muy libre. Todo es llanura sin complicaciones: "la raya" le llaman, lugar acomodado para las tareas de la agricultura y para el solaz general. He aprendido muchas cosas - la vida de los perros ha de ser más intensa que la de los humanos, porque tenemos menos tiempo para vivir las mismas experiencias en las que ellos emplean más de ochenta años-. En estos días me he dado cuenta de que aquí nadie es extranjero. Ora estés en España, ora en Portugal, no estás nunca en el extranjero: los paisanos de ambos lados de la raya conversan igualmente con las manos en los bolsillos y, acaso, la boina en la cabeza por si necesitan protección para estar un buen rato de conversación bajo el sol de la tarde; las mujeres - elegantes y siempre sonrientes en estas tierras - van entre los huertos paseando las conversaciones y las azadas; los niños de todos los pueblos - bicicleta y futuro - pasan las fronteras sin necesidad de dar pedal. 
Lo he visto, lo he pisado y lo he respirado: todos los seres de la naturaleza somos iguales; solamente a los humanos se les ha ocurrido la idea - ¿malévola, perversa en el sentido filosófico? - de poner fronteras.

Me llamo Pipa. Aquí estoy abrazada a María. En los pueblos, las luciérnagas de la noche brillan de un modo que me sobrecoge. Pero estamos las dos, más allá de las luces últimas de Moveros, mis focos iluminan los senderos para no tropezar en la piedra.
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Y vienen a mi recuerdo los textos Unamuno – quien antes que yo, escribió sobre las tierras de Portugal y España – con quien paso varias horas. Recuerdo, de Unamuno, sus conversaciones con Don Quijote y, por lo que cuenta, estaba igual de joven – Don Quijote – que yo lo conozco. Es la ventaja de estos personajes – hijos y padres de su autor –; ellos permanecerán igual de lozanos y frescos para que cada uno podamos conversar con ellos; y cuando yo muera y se muera la gente que vive en mi casa – y te mueras tú, lector de brillantes ojos – ellos continuarán paseando por estas tierras, con el mismo sosiego, recordando siempre que el tiempo es una medida distinta para cada creatura de este mundo, por más que algunos sabios se empeñen en encerrarlo en segunderos.

He paseado por los Arribes del Duero. Para este blog - que me permite usar su primer autor - podrían servir unos cuantos paseos por las profundas brechas y sus meandros calmos, de brisa sosegada y de ternura florecida; podrían servir las profundidades del Duero, donde duermen las águilas y los lagartos viejos; podría indicar el gozo de subir desde sus aguas hasta las cumbres de roca, más arriba de las carretares nuevas y pasear por aquellos recuerdos de carros y arados conducidos por vacas, cuya memoria está aún pegada a las paredes nuevas de los viejos pueblos, igual que Don Quijote y su Rocinante siguen paseando entre las espigas y los olivos.


Javier Agra.

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jueves, 21 de enero de 2010

MONTE PERDIDO (II)

Vista del Monte Perdido desde la Munia. Desde la izquierda, divisamos el Pico Añisclo o Sum de Rammond, el Perdido con su glaciar inconfundible, el Cilindro al que sigue la loma del Marboré. Delante, la Peña Blanca más cercana al Collado de la Munia. 

Antes de la salida del sol, los suspiros se llenan de esperanza, valle adelante. Desde Goriz vamos en un río humano de sonrisas entrelazadas con la naturaleza. El corazón dará esta jornada palpitaciones de sueños conquistados, cuando por la sien de los montañeros baje el sudor a los ojos y a los pechos para poner canciones de fiesta.  Paso a paso, la cumbre lejana susurra nuestros nombres con dulce acento.

Hoy no estamos solos, los siglos de montaña apremian nuestra subida y son peldaños para el descanso. Aquí se han terminado las fronteras, solamente el aire y el mañana compartido entre todos los habitantes de la tierra; las aves y el recuerdo de los grillos en el valle, ahora lejano, se dan la mano para hacernos una corona de victoria.

Cien montañeros han partido hacia la paz del Perdido. Cien corazones latiendo forman una arquitectura formidable de carne y espíritu hacia la liberación; aquí solamente tiene sitio la promesa de gloria para todos. Subimos valles y murallas calcáreas. Dejamos la bifurcación hacia el Marboré, por eso sabemos que nuestra altura ya está en los dos mil seiscientos sesenta metros (¡también lo sabemos porque lo vemos en el altímetro, que todo ayuda!).  A tres mil metros nos sentamos a contemplar el lago helado, mientras masticamos una barrita de cereal y recuperamos el resuello entre la admiración y el agua de la cantimplora. Ya nos hemos dado un par de saltos por la zona del Ibón del Perdido.

Calma y latidos. A tres mil doscientos metros de altura, frente al Dedo del Perdido que nos indica ¡ojo y precaución!, poco a poco - las horas aquí solamente se recuerdan por el sudor y la caricia del sol - llegamos a la Escupidera: silencio y pausa. Y más arriba, la cumbre a tres mil trescientos cincuenta y cinco metros. Los montañeros, dominando, con la vista, el universo entero; mientras más vemos, más nos damos cuenta de lo pequeños que somos y de lo que nos necesitamos unos a otros. Colores diversos, varios pensamientos, pueblos de aquí y de allí, se han perdido las fronteras y todos somos de la mista tierra, la misma piedra y la misma nieve. Todos iguales en el sudor y en la sonrisa.

En la cumbre, sacamos de la mente los recuerdos; ahora ya hemos respirado y recordamos múltiples leyendas: aquella que habla de un palacio mágico construido por Atland, el encantador de las cumbres, protegido con sólidas e infranqueables murallas, solamente accesible en un caballo volador. La que cuenta que antaño aquí solamente existían fértiles valles, añaden que estaba un día un pastor con su ganado, hasta él llegó un peregrino solicitándole comida, el pastor lo rechazó con malos modos aumentado su rechazo ante la insistencia del peregrino. Cuentan que se cerró una densa niebla en la que se perdieron, para siempre, pastor, perro y ganado, en su lugar nació este  "monte inmenso, tan grande como tu falta de caridad" según anunció San Antonio abad, que tal era el peregrino (el mismo anacoreta que ha sido pintado tantas veces en el desierto alimentado por un cuervo, que le llevaba pan y agua). También está la leyenda, más conocida, de las tres hermanas perseguidas por los tres soldados godos, con quienes se casaron, después de que las hicieron creer que sus anteriores novios - a quienes ellos habían matado - las habían abandonado para convertirse al arrianismo. Las tres hermanas fueron transformadas en grandes montañas de piedra y nieve: Añisclo, Perdido y Cilindro.

Pero aquí estamos, sentados sobre el Perdido, terminando la lata de ensalada y mordiendo con calma el chocolate. Aunque sabemos que esta cumbre estaba aquí antes incluso, de que los primeros humanos pudieran crear estas leyendas y aún antes de que el mismo Monte Perdido hubiera oído hablar de la existencia de los humanos.

Javier Agra.

sábado, 9 de enero de 2010

MONTE PERDIDO (I)




Desde el Cotiella - grandiosa montaña, balcón de los Pirineos - la vista del macizo del Perdido es magnífica. En todo el centro, con su cumbre brillando en nieve, destaca el Monte Perdido. Así llamado por los franceses, pues desde su latitud era una montaña perdida en la lejanía.


El primer día, la intención era llegar hasta el Refugio de Góriz a través del hermoso valle de Ordesa. Nada de complicaciones, vamos a disfrutar. Hasta la Cola de Caballo parecemos turistas despistados, con nuestras botas y la mochila para varios días. Entre cámaras de fotos y ropa de fiesta, nosotros nos sentimos montañeros pese a la jornada plácida que viviremos hoy.


Dejamos a nuestra izquierda el sendero que se dirige hacia la cascada de Cotatuero. El gozo se disfraza de pinares, abetos y hayas, más allá la cascada de Arripas siempre en suave ascenso serpenteante. Tenemos tiempo para la vista y la palabra. El corazón se ensancha hasta abarcar todo el Pirineo y recordar los antiguos mitos que hablan del origen de estas montañas en las disputas de la ninfa Pirene hija del dios Atlante con el semidiós Hércules: dice la leyenda que los amores de él y el ansia de independencia de ella, se resolvieron en violentas llamas cuyo recuerdo permanente es esta majestuosa orografía del Pirineo. Los ibones son las lágrimas, para siempre congeladas, de Pirene.

Río Arazas arriba, llegaremos a las gradas de Soaso. El pensamiento se agranda y el silencio de hace vida. Imposible captar en imágines y palabras lo que el corazón retiene en sus saltos emocionados. Cualquier lugar será bueno para plantar “tres tiendas bíblicas” y permanecer para siempre entre las frondas, al menos trescientos años, como el monje Virila entre cantos de aves y contemplaciones paradisíacas allá en los montes del Monasterio de San Salvador de Leyre. Pero no mezclemos leyendas y dediquemos las horas a la merienda y la contemplación.

Atrás queda la cola de Caballo. Nosotros – ya comenzamos a ser montañeros – nos asombramos del grandioso Circo de Soaso y lo remontamos a través de sus clavijas: paso sencillo y bien plantado. Delante está ya el refugio de Góriz. La tarde está terminando la siesta y nos instalamos para la noche. Sentados contemplamos la mayor mole calcárea del mundo, inmenso ramillete del que descienden innumerables crestas montañosas. Mañana será otro día.

Javier Agra.

jueves, 7 de enero de 2010

PIPA, recuerdos (VI)

La radiografía ha detectado que tengo displasia. Era la prueba definitiva. Algo había notado yo, pues me costaba sentarme con una pata para cada lado, además en nuestros correteos por el parque me quedaba la última. Tengo displasia, pero no me supone un inmenso disgusto. No podré trabajar para la ONCE. Me llamo Pipa y he de cambiar de actividad, no importa: lo que haga me servirá para cecer en felicidad y esperanza.

Cuando me preguntaron si deseo quedarme en la casa donde vivo ahora, respondí de inmediato ¡naturalmente! ¿Dónde mejor? La chica joven que vive en mi casa bailó y bailó de alegría, durante treinta y dos minutos. De modo que me alegro por toda esta familia, así estarán más atendidos.

Por mi parte puedo empezar a jugar con pelotas y otras tareas que hacen los perros que no tienen esta labor de conducir ciegos. No olvidaré las buenas costumbres adquiridas, ni el sentimiento de cariño hacia los humanos en general ¡necesitan tantos mimos! Me había preparado a conciencia, porque creo que lo que hemos de hacer es bueno hacerlo con premura y con muchas ganas. No se a qué me dedicaré a partir de hoy, pero cualquier cosa que realice la emprenderé con entusiasmo.

He aprendido varias cosas, pero quiero valorar sobre todo la capacidad de silencio. Me digan lo que me digan, reflexionaré antes de ladrar mi desconsuelo. El silencio reflexivo es una capacidad importante que me gustaría dejar como legado a quienes me cruce en el parque o en cualquier lugar.

He cumplido un año – el primer día de julio – y han pasado muchos acontecimientos en estos meses: los israelíes y los palestinos siguen sin entenderse, problemas de asentamientos y de límites; el asunto de las fronteras no termino de entenderlo: los pájaros vuelas libres y el aire no pregunta hasta dónde puede llegar; solamente los humanos hacen esos planteamientos con los justificar peleas, matanzas y abandonos; nuevos terremotos, esta vez en Perú y Chile; también quiero recordar, que el estadounidense Erik Weihenmayer, de 32 años, se convierte en la primera persona ciega en escalar el Everest, y el estadounidense Sherman Bull, de 64 años, se convierte en la persona de mayor edad que ha escalado Everest.



Nunca he estado en el Everest, de modo que me conformaré con aportar esta vista de Guadarrama desde el Pico Tres Provincias o Peña Cebollera. Aquí si que he pisado con mis patas, he disfrutado con muchos paseos. Ahora, cuando ya ante mí pasan los días de nieve y flores, animo, a todos los que sepan de mi existencia, a visitar la Sierra de Madrid y cualquier montaña; la montaña es silencio y sosiego, es vida interior y grito feliz, es caricia y consuelo.

Como todos los años muere mucha gente – la situación es inevitable y provechosa, pues es el modo de que pasen por la tierra más personas; así pueden disfrutar de la maravilla que es vivir – este año recuerdo a Rafael Lapesa – lingüista y académico (Valenciano que vivió en Madrid la mayor parte de sus noventa y tres años) – y a Pedro Laín Entralgo – médico y escritor (nació en Teruel y vivió en Madrid la mayor parte de sus noventa y tres años) – además de Miguel Gila, el actor norteamericano Jack Lemmon, también Eudora Welty, escritora estadounidense.quien se había dedicado a la fotografía y publicó su primer libro de cuento a los cuarenta y nueve años, al final de su vida tenía una larga creación de novelas y cuentos.

Javier Agra.

sábado, 2 de enero de 2010

PIPA, recuerdos (V)

Mi primera primavera, apenas hemos asomado al año dos mil uno, transcurre entre el gozo del parque y las múltiples horas de entrenamiento y trabajo. De vez en cuando visito Boadilla del Monte, donde nací; los veterinarios me controlan y conversan conmigo sobre el futuro. Yo estoy más feliz en esta casa donde vivo en la actualidad, pero no me pienso quejar. Creo que la vida es un regalo y yo lo agradezco cada día. Incluso puedo pensar en los graves desastres que estos días me han sobrecogido: los terremotos del Salvador y de la India, con trece días de diferencia, han dejado más de veintidós mil personas muertas.

¡Cuánta persona muerta! Me han dicho, que el hambre es de largo la principal causa de muerte entre los humanos. Yo pienso que eso se debe, sin duda, a una mala planificación. No es necesario ser un Malthus para darse cuenta de que no es el empobrecimiento de la tierra el peor mal; estoy segura: se trata fundamentalmente de un desigual reparto de los bienes que proliferan por el planeta.

¡Levántate, planeta! Para terminar la primavera, los talibanes de Afganistán destruyeron las grandiosas estatuas de Buda. Las intransigencias humanas causan mucho dolor. Menos mal que, acaso para compensar, se clausuraron los campeonatos de España de atletismo con algún récord incluido. La esperanza de los brotes y de las flores es más fuerte que la destrucción presente, vencerá la vida.

¡Vencerá la vida! La vida entre los perros transcurre con sosiego entre nuestras conversaciones, raramente interrumpidas por las risas de los humanos a quienes sacamos cada tarde de paseo. Tenemos un parque bonito, desde el que vemos la Sierra de Madrid. Tengo ganas de crecer un poco, me han asegurado que me llevarán enseguida a pasear entre la nieve.

¡La nieve! He estado ausente un par de días. Aún estoy acelerada por la emoción. Hemos ido a la Sierra de Madrid: ¡todo un acontecimiento! En Coche hasta Navacerrada y después de paseo por el camino Schmid. ¡Cuánta nieve, cuánta gente! Me revolcaba como una croqueta en permanente juego. ¡Y cuántos palos! Pequeños y grandes. Los quería coger todos, alguno era tan grueso que apenas me entraba entre mis enormes fauces, aún en formación. Fue una experiencia muy bonita que espero repetir a menudo.


Desde mi paseo contemplé el Alto de Guarramillas y toda su ladera. También se llama La Bola del Mundo, con este nombre es más popular entre los madrileños.

Javier Agra.

MALICIOSA BAJA

Sueña un futuro de gozo y ponte en camino. Así pensaron los montañeros, aquella mañana de finales de diciembre, al coger las mochilas camino de una cima menor en altura, solemne en vistas, grandiosa en extensión, silenciosa en  su conjunto, íntima en la meditación, cálida nieve, pétalos dormidos, pétreas siluetas: Maliciosa chica.


Desde la Maliciosa Baja, dominamos el Alto Manzanares, en su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa. A la izquierda observamos, gloriosamente enhiesta, la Maliciosa; al fondo estamos contemplando la Bola del Mundo; a la derecha de la imagen continúa, con paso firme y lento, la Cuerda Larga.

Comenzamos nuestra marcha, acompañados hoy por Rafa, desde el tercer aparcamiento de Canto Cochino. Allí, en medio del pinar descubrimos la amplia y vistosa senda que nos llevará por caminos serpenteantes, subiendo la Umbría de la Garganta, hasta coronar la Cuerda de los Porrones, más allá del Cancho Porrón. Silencios largos, respiraciones lentas, pasos breves y amistad dilatada, van caminando los montañeros por la Sierra y por la vida. La ladera es larga, misteriosa; entre los pinos, la visión se enquista unas veces, se agranda en cada recodo: la cumbre aparece y se diluye entre las sombras y entre los pinos.

Pero sabemos que es cierta la meta. Es cuestión de paciencia...un alto en el camino para beber agua y mirar el mapa. En la montaña, como en la vida, los caminos nos pueden equivocar la ruta: estamos atentos, a las pistas, a las pisadas de quienes nos precedieron, a sus sabias palabras. Aparece la cumbre, hemos llegado a la senda definitiva entre la maraña de salidas que nos querían despistar. Pero nosotros tenemos una meta a conquistar.



Llegamos a la cima de la Maliciosa Chica: mil novecientos treinta y nueve metros. En la foto falta Jose: imaginadlo detrás de la cámara, sonriente y gozoso porque  llegamos cuantos iniciamos la marcha, hemos venido cantando - solamente los últimos metros, cuando ya la pendiente se había terminado y cedió su lugar a una hermosa explanada de nieve y brezo - con el corazón latiendo en las manos y el espíritu volando en las piernas. La nieve cubre magnífica y señera desde los mil ochocientos metros: maravilla de lumbre blanca, silencio de pasos alfombrados. La Sierra es farmacia y césped, salud y regodeo son su nombre; la sonrisa de los labios, la silueta dominante. Cumbres ásperas y cortantes de otros tiempos, aparecen bajo la nevada, redondas y cálidas como una caricia tierna.

El alma rebosa paz. Es momento del regreso. Bajamos hacia el Mirador de los Pastores. Mientras comemos y superamos las penas pasadas monte arriba - en el monte de la vida - saludamos a los pocos viajeros que encontramos a esta altura. ¡Las vistas, el gozo, la paz, la luz, la lumbre caliente del futuro! ¡Cuántas maravillas encierra la montaña, maestra de paciencia y fortaleza, maestra de vida interior y de sosiego!

Regresamos por el camino más largo. Desde el puente de los Manchegos, bajamos por la vereda cercana al río Manzanares. Nieve y agua. Urces y matojos, robles y jaras. Paso a paso, entre el agua y la esperanza, nuestro corazón cabalga hacia el presente. Monte abajo entre la maraña, desentrañamos las tinieblas del alma y temblamos de luz al llegar a la parada, donde el coche abre sus puertas para recoger nuestros pies cansados y alentar nuestra esperanza.

Han sido poco más de siete horas, un tiempo muy breve en el cómputo de la eternidad.

Javier Agra.



jueves, 31 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (IV)

Tocaba a su fin la primera Navidad de mi existencia de perro, en este mundo de gozo y placidez: eso pensaba por aquel entonces. Para mí, todo habían sido cariños. Fue, durante aquellas fechas, cuando recibí el primer impacto visual y sonoro. De pronto me impresionó una revista, que ojeaba por casualidad, mientras llegaba el momento de ir al Metro, para aprender a bajar escaleras y tumbarme a los pies del asiento donde viajará el ciego con quien trabajaré en el futuro: estaba plagada de sangre y violencia. Lo más difícil de comprender fue que era provocada por los mismos humanos, aquellos seres que se definen como racionales, al mismo tiempo que machacan, contra toda razón, las muestras diversas de la vida que pueblan la tierra, para su disfrute y el gozo de su corazón.


Aquella primera Navidad sentí lástima de los humanos y su estrujado corazón. Después aprendí que esa válvula humana tiene el tamaño de uno de sus puños y comprendí, con dolor, que se pasan la vida luchando entre la fuerza y la dureza de sus puños y el latido cálido de sus corazones. La victoria, aprendí este tiempo de la Navidad, está asegurada hacia la paz, pero pasará mucho tiempo hasta que comprendan que sus manos han de ser para la caricia y el abrazo: están perdidos en la violencia.

Desde ese día, solamente puedo quererles. Comencé a entender las palabras de mis padres: ¡Pipa, hija mía, a los humanos hemos de quererles pues su corazón está bañado en sangre! El día que entiendan que la tierra sirve para sembrar flores que inunden de color el firmamento estarán salvados. Tal vez sea esa la razón por la que no he entendido su manía en llevarnos atados con collares y correas. No consigo entender que pretendan defenderse de nosotros siendo ellos sus peores enemigos. Varios de sus representantes filósofos son pesimistas respecto a su convivencia y su futuro; recuerdo al inglés del siglo diecisiete Hobbes quien desarrolló la teoría de que el hombre es un lobo para el hombre.

Luego estaban las luces, la ciudad engalanada de colores en medio de la noche…pues también era motivo de murmuración. Los humanos murmuran siempre: cualquier iniciativa de alguna persona tendrá inevitablemente un frente de murmuración. Que, creo yo, les falta espíritu de creatividad, aquel espíritu capaz de tener iniciativas sencillas y generadoras de entusiasmo; y si fallan, desde la humildad, retomar el espíritu creativo y avanzar hacia el futuro hasta que la luz de la esperanza se haga abanico de colores donde cada persona pueda elegir su favorito sin pretender anular los otros: es el conjunto lo que hace la belleza, la diversidad lo que crea riqueza.

¡Ay, aquella primera Navidad!


Actividad: Con esta foto de la Hoya Moros en la Sierra de Bejar, haremos una fotopalabra. Que cada quién piense, escriba y hable lo que le parezca, según este artículo.

Javier Agra.


sábado, 26 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (III)

Me llamo Pipa… A mi memoria acude presuroso el verso de Miguel Hernández: “Me llamo barro, aunque Miguel me llamen” Eso decía porque sabía el joven poeta, igual que se yo ahora que la trufa de mi hocico se torna más áspera y oscura, que formamos parte de la misma arcilla en distintos grados de evolución y que somos hermanos todos en la esperanza y la vida. ¡Cuántos ratos he pasado recitando poesías de éste y otros autores con la gente que vive en mi casa! Sentados, frente a frente, declamo para intentar hacer de sus cerebros científicos unas mentes de fantasía.


Pronto comencé a salir al Parque de los Perros. Los primeros tiempos cuando yo llegaba era la atracción para todos los humanos: los piropos y lisonjas son palabras agradables – no exentas de verdad y certeza, muchas veces – mas tienen ese carácter de caducidad que se deben dar a las cosas perecederas. Yo recibí con agrado, eso es cierto, las muestras de cariño de cuantos llegaban: personas y perros, nunca me asusté de ninguno; la niña a la que acompañaba, me quería bien y me protegía. Acaso el constante movimiento de mi cola, se debe a la felicidad en la que siempre crecí.

Allí aprendí que las lisonjas deben ser repartidas por igual para cuantos están cerca; ese es el modo de mantener el equilibrio entre la felicidad y la paz: desde entonces, reparto por igual mis arrumacos – ¡claro que me muestro más satisfecha de saludar a algunos humanos y perros! – más siempre sonrío a todos. Siendo pequeña, iba muchas veces con Almudena y Junco, aquel perro negro poco mayor que yo quien se marchó a Móstoles: todavía levanto la mirada hacia la casa donde vivían aquí, cada vez que paso cerca.

Pronto mi círculo de amistades fue creciendo, de todos he sabido el nombre – con frecuencia se lo digo al oído a las personas que van conmigo, porque flaquea su memoria –; de entre todos enseguida se ganó mis respetos MUNIA (quien pasea a Jose), más de dos años mayor que yo, quien nos recuerda a todos nuestro pasado lobuno y de quien aprendí a caminar por las montañas de Madrid. Juntas recorremos estas sierras del Sistema Central; en más de una ocasión hemos sacado de algún que otro aprieto a estos dos locos de las alturas, se lo perdonamos indulgentes pues su olfato es menor y su cerebro pierde los recuerdos de los senderos.


Esta es Munia, bajo el sol de alguna primavera, contando un paseo por la Sierra.


Han pasado los primeros meses de mi vida, la luna viene y va sobre la tierra como una canción redonda. He visto, entre perpleja y desazonada, a los humanos recordar multitud de eventos deportivos y pasar por alto los días dedicados a enfermedades, voluntariados, literatura y otros acontecimientos solidarios. En la medida que paseo por sus ciudades, me sorprenden más estas criaturas. Y paseo mucho, pues me estoy formando para trabajar en la ONCE; pero esa es otra historia.

Javier Agra

viernes, 25 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (II)

Merodeaban, por el lugar donde vivíamos mis hermanos y yo, varias personas. Enseguida me fijé en una familia que venía dos cachorros humanos: un chico – que ya era mozo – y una niña. Comencé a mover el rabo – signo de felicidad – en el mismo momento en que dirigieron su mirada hacia donde yo estaba. Fue un flechazo a primer ladrido.


Así entré a formar parte de aquella familia. Hoy es mi familia, desde aquel año que la ONU había decidido dedicarlo a la Cultura de la Paz y en el mundo cristiano se celebraba el Jubileo del 2000 – seguramente con el deseo de que nuestra vida fuera más jubilosa –. Así pues, el seis de septiembre, me fui a vivir con estos humanos a quienes cuido y lleno de lametones cada día. Coincidió con la audiencia de Juan Pablo II a los catequistas: “El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la impulsa a la metánoia o conversión profunda de la mente y del corazón, y establece una comunión de vida que se transforma en seguimiento. Así, nace la figura del discípulo”

Enseguida celebramos el día de la Alfabetización y otro dedicado a la Paz – como todos los segundos martes de septiembre –; inauguramos los Juegos Olímpicos de Sydney; subieron los ciclistas al Naranco; incluso me enteré que hacía diez años, los humanos se quedaron pasmados cuando descubrieron una galaxia sesenta veces mayor que la Vía Láctea.

Con todas estas cuestiones, mi mente se habría al futuro y a las preocupaciones de las personas. Me he dado cuenta, por múltiples detalles, que es mejor ocuparse del presente para transformarlo en fututo feliz; los humanos tienden a pre-ocuparse: ocuparse en cada momento del futuro incierto, entre el desasosiego y la búsqueda morbosa de lo que puede suceder mañana o el mes próximo. A veces les digo, a la gente que vive en mi casa, que es buena e incluso necesaria la previsión – porque nos hace dueños del camino que hemos de seguir – para lograr metas concretas, porque la previsión es constancia, mientas que la preocupación nos hace huraños y miedosos.

El asombro es una rara virtud entre los humanos (no todos se enteraron del descubrimiento de galaxia que cité más arriba). Muchos, de entre los humanos, no miran más allá de su ombligo (a veces aprendo dichos curiosos) y se tienen por las criaturas más imponentes del Universo. Ya me decían mis padres que a los humanos es necesario quererlos mucho, pues están demasiado solos las más de las veces; y tenemos que recordarles que formamos para del todo y dependemos unos de otros, como los vasos comunicantes, o como el cuerpo místico.



Pero de estos asuntos hablaré otro día, pues me han asegurado que en esta casa no me pondrán nunca censura y puedo decir lo que piense. ¡Qué bueno es pensar!

Estos que salen en la foto son aquellos cachorros humanos que vi cuando era una bebé. Ahora que han pasado los años, los veo crecidos pero los sigo cuidando y queriendo a lametazo limpio.

Javier Agra.

domingo, 20 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (I)

Ahora que mi vida avanza hacia su cumbre, allí donde las nieves brillan perpetuamente y donde me podré bañar con todo el placer de las mañanas de primavera, sin tener que romper los hielos que cubren de cristal los arroyos de los prados; cuando los palos más gordos resisten la fuerza de la embestida de mis dientes, en los descansos sosegados bajo los chopos del parque, después de seguir, metida en mis pensamientos, los paseos de los humanos; a esta edad en que he visto amanecer con sol y brillo y también cuando en las madrugadas de invierno, he despertado a la gente de mi casa con lengüetazos justo antes de que sonara su despertador. Ahora, digo, quiero escribir en breves jornadas los recuerdos, de mis largos días.



Aquel sábado uno de julio, cuando yo nacía entre once hermanos hijos de Afra y Noel en el bullicio de la residencia de perros de la ONCE en Boadilla del Monte, recuerdo que los delegados de veintiún países del mundo daban un respaldo de colaboración internacional a la Paz, en Colombia; el que entonces era el papa de la Iglesia católica, Juan Pablo II, recibió en el Vaticano a una multitud de peregrinos en el día consagrado por la piedad cristiana a la meditación sobre la sangre de Cristo, precio y prenda de vida eterna; conocimos que el veinticinco por ciento de las declaraciones de la renta en España salían a devolver dinero.

Día venturoso. Aún puedo saborear, en mi memoria, la leche caliente de mi madre y el continuo ir y venir de nuestros cuidadores. ¿Acaso, al cuidado de mis padres, no estábamos, los once hermanos, en buenas manos? Comprendí, más tarde, que los humanos tienen entre sus cualidades la capacidad de cuidar de la naturaleza y sus pobladores, entre sus defectos el orgullo de creerse únicos e insustituibles. Aquello de “somos el centro de la evolución” se les ha subido a la cabeza a estas criaturas de dos patas capaces de producir todo tipo de armas y, no pocas veces, les produce más lejanía de la deseable con el entorno, del que han olvidado que forman parte pues son arcilla y soplo de aliento de vida.

Javier Agra.

sábado, 19 de diciembre de 2009

DE RASCAFRÍA AL REVENTÓN

Era noviembre. Frío y tiritona en la ciudad. Pipa y Munia, apoyadas las cabezas en los respaldos traseros, esperaban con el brillo en los ojos la llegada del coche a Rascafría. Aparcamos en la pequeña plaza junto a la iglesia de este pueblo de la sierra de Madrid.

Azul en el cielo y en la tierra la helada de la noche, el aire en los tejados y en los árboles murmullos de ventisca. Calle arriba - dejamos el templo a nuestra derecha - hasta llegar al barrio y la calle de las Matillas. Ir con Jose es tener el mapa de su memoria siempre presente, de modo que fue sencillo encontrar el campo de fútbol y el amplio camino que nos deja en la ruta segura de nuestro primer objetivo.

- Allá arriba está La Flecha. Después de un par de recodos, nos desviaremos por un pequeño sendero que traza su ritmo monte arriba.
- La ruta que tu tengas prevista será la más segura.

Y comenzamos la ascensión entre el monte de robles, en los pueblos donde yo comencé naciendo los llamábamos rebollas (con el tiempo me enteré que el nombre de roble-rebollo está aceptado por toda la tradición botánica y faunística). Monte arriba entre los robles, bajo nosotros las hojas del final del otoño haciendo nido a las aves y dando calor a la hierba enmarañada -  largas hierbas de otros tiempos enseñan el misterio de vivir, a brotes de estos últimos calores que ahora recordamos y notamos que nos faltan -.

¡En los pueblos donde comencé a nacer! ¡Viejos pueblos de Castilla! Porque cada persona vamos naciendo en diferentes lugares a lo largo de la vida; allí donde aprendes a mamar - primeros alimentos de sonrisa, aquellas caricias de mamá que ya nunca olvidarás - va haciendo tu vida, para siempre, sonrisa y caricia; también naces - cuando empiezas a ser un pequeño mozo - con los primeros paseos que recuerdas, entre piedras y árboles gigantes, cuando el trino de las aves te parecen misteriosas palabras de la naturaleza y  tomas el sonido del agua por el diálogo que de la tierra. Contestas y aprendes a hablar con las personas y las piedras, los pájaros y el viento; naces más tarde a la soledad; y naces a la tristeza; a la esperanza; a paseo tomados de la mano... y a sí vas naciendo poco a poco hasta que la vejez llega un día a saludarte y te encuentra en pleno acto de nacimiento a otro momento del camino del nacer... y sigues naciendo: ahora tus ojos estás más allá de las estrellas y del silencio... y vas naciendo al pasado y al futuro lentamente con los ojos brillando por otros sueños...


Aquí estamos, en La Flecha, después de pasar por el collado de las Calderuelas y luchar contra el viento y la cencellada. Las horas de cumbre fueron duras, pero de una hermosura, acaso, solamente almacenable para aquellos que lo vivieron. Recordamos el frío, pero sobre todo el brillo pálido de las plantas cubiertas de plata por el sol bailando con la música de las nieblas y la helada que durará varios días para dar majestuosidad a la montaña.

Allá lejos, espera el Reventón. Paso a paso, con el agua mojando la ropa ¡quién sabe si nos empapa el alma! continuamos la marcha. Han pasado seis horas desde que salimos del pueblo. Llegamos, con el rostro entumecido y el alma cálida, hasta el puerto del Reventón: completamos las expectativas. Retomamos la ruta verde que, en otro paseo anterior, habíamos dejado - cuando salimos desde la Granja - y volvemos hasta Rascafría. El camino - como fue hasta ahora - es inmenso en vistas y en hermosura. Los pinos salen a nuestro encuentro, más abajo volverán los robles-rebollos.

En algún lugar, a cobijo del aire que se irrita por momentos, comeremos aprovechando un cesto diminuto de sol. Hoy no nos sentamos, saltamos mientras comemos, para vencer al frío. Allá bajo, entre los prados, se ve pálido de arena el sendero que cruza los prados comunales - acaso antaño fueron eras para la trilla - y nos coloca en el pueblo, como si fuera magia, la magia de un paseo que se acerca a las nueve horas. Pero el tiempo es una menudencia en la montaña. La noche y el café nos obligan a mirar al reloj y nos comenta que es la hora. ¡De acuerdo! La llave en el motor y regresamos con las luces puestas: las del coche y las del corazón.

Javier Agra.

martes, 8 de diciembre de 2009

POR LA CUMBRE DE LOS NEVEROS

Entre la cumbre de Peñalara y el Puerto de Somosierra, hacen cresta multitud de nombres. Algunos picos aún no los habíamos visto desde la cima. Por eso planteamos una primera excursión montañera partiendo desde la Granja de San Ildefonso. La aventura no era baladí, de modo que encomendados a los dioses de las montañas de Madrid - seguramente tendremos varios repartidos por estos pagos - comenzamos nuestro camino en dirección a las fuentes de agua tibia y al mirador del Poyo Judío. El sol tenía prisa esa mañana y, en breve, se insinuó a nuestro lado hasta conseguir una invitación: ¡vente con nosotros!

Munia y Pipa caminaban con delicados saltos, por no despertar a los anfibios y dejar sosegadas a las pequeñas matas de diversas especies que se extienden por la ladera en cantos de vida y ensoñación. Paso a paso, van transcurriendo los minutos. Los pocos viajeros a quienes saludamos - y a estas alturas ya saludamos a cuantos nos encontramos por el sendero - van quedando al frescor de las matas en algún recodo.

Subimos, siguiendo los postes que marcan la Vía Verde entre la Granja y Rascafría. Al llegar al Collado del Reventón - donde está situada esta foto - continuamos hacia la Hoya Poyales y los Neveros hasta el Puerto de los Neveros. La distancia se agranda a cada paso y el azul va cantando al día. Mi corazón tiene un poema para guardar en estas cumbres, saldrá algún día, cuando Madrid se asome a la tierra con el fuego entre sus dedos para calentar la sopa y migar el pan en el que todos podamos alimentarnos y caminar en paz.

Mientras vivimos lejos de Utopía, las nubes acarician nuestras gorras y Munia y Pipa sueñan en cada sombra, sueñas con un sol alumbrando los sembrados y las plantaciones comunales de patatas. Así vamos al paso de la mañana, mientras los trinos de algún ave nos despierta. Es un día de final de verano y nos damos cuenta - de pronto y por sorpresa - que el sudor de la subida está transformado en sal sobre nuestra frente. Una parada y un trago de agua.

Inmensidad de montaña y esperanza. Los pinos - breve silueta entre el verde de la montaña - apuntan al cielo mientras duermen pequeños animales entre las retamas. Desde los Neveros hemos dejada Cerro Morete a nuestra espalda. Venimos de allí lejos. Venimos de nuestros sueños y de los sueños de nuestros antepasados. Aquí, sobre estas abiertas cumbres, descubrimos que somos ontogénesis un compendio de la filogénesis; Munia y Pipa, ruegan que no sea tan pedante de modo que se lo cuento en castellano: ¡escuchad, perrillas de nuestros amores! La ontogénesis es el presente, los que en la actualidad estamos respirando sobre esta tierra y en ella soñamos; la filogénesis es el pasado, la cadena de siglos y sus deseos que han llegado hasta nosotros en sucesión de acontecimientos y esperanzas.

Frente a nosotros tenemos ya los Claveles y Peñalara. Estamos cansados y la luz tiene también sus límites. De modo que tomamos el sendero que, desde el collado de los Neveros, baja hacia la Granja, en un camino circular. En breve volverán los pinos y el Arroyo Carneros, donde nuestras amigas perras disfrutarán saltando entre las pozas, mientras Jose y yo descendemos con calma ayudando así a la digestión sosegada.

Allá lejos, el coche espera. Sin prisa. Después de más de ocho horas de marchar juntos, el sol se despide de nuestra compañía y caminará sonriendo hacia otras tierras. ¡Lleva nuestrro abrazo, lleva la esperanza!

Javier Agra.