lunes, 5 de julio de 2010

RECUERDOS DE PIPA (IX)

-->Hace pocos días fue mi segundo cumpleaños. He descubierto grandes amistades en el parque donde paseo a diario; está Munia, en quien he encontrado la amistad serena, casi tres años mayor que yo; me habla de grandes posibilidades por la sierra de Madrid. Hemos quedado en poner en contacto a la gente con la que vamos a pasear para que nos lleven al monte: los hombres de la casa son muy andarines y aún montañeros, pero no se deciden a contarse sus búsquedas entre la naturaleza y los pinos.


Me paso la vida hablando de la Sierra y plasmo aquí una panorámica del mar de Tenerife. Mira con calma lector y disfruta del sosiego de la inmansidad.

Claro que es una situación muy frecuente en los humanos, son capaces de viajar a diario en el tren o de cruzarse en la calle e ignorarse absolutamente. Dicen que es fruto del adelanto social, tal vez; seguramente hace no muchos años era señal de buena educación dedicarse un signo de reconocimiento: ya los antiguos griegos enmarcaban estos detalles en lo que ellos denominaban la estética de la vida, que ocupaba todos los aspectos donde no llegaba la ética.

Tenían cosas dignas de recuerdo los griegos. Alguna vez, cuando todos duermen en casa, ojeo alguno de los varios libros que andan en la estantería sobre el pensamiento griego, para familiarizarme con los textos y el modo de vivir que se descubre a través de los mismos. Seguramente eran personas serenas, sin las urgencias de los relojes: Parménides, Heráclito, Sócrates y tantos otros. Tiemblo también cuando me detengo a pensar en las brutalidades que se narran en sus épicos libros de historia.

Parece, no obstante, que los humanos han recorrido la historia entre las atrocidades y la esperanza subterránea que, no pocas veces ha producido brotes de paz: estoy pensando ahora en Diógenes o en el mismo San Francisco de Asís: la austeridad consiste en necesitar pocas cosas y aún esas, pocas veces. Siempre andan los humanos detrás de ponerse de acuerdo en algo que les de identidad común. El año dos mil dos – del que estoy hablando – pusieron en Europa el Euro para entenderse todos con la misma economía, mientras en España se prohibía la venta de todo tipo de gasolina con plomo; claro que en Australia se pasaron el mes de enero entre fuego devastador y en Turquía el tres de febrero se produjo un terremoto con casi cincuenta muertos.

Marta Domínguez – mira que admiro a esta mujer y a otros cuantos atletas – consiguió en Sevilla otro récord nacional de velocidad: eso lo entiendo menos porque ¿para qué correr si el futuro viene inexorablemente aunque no se le llame? Tampoco es bueno detenerse, no sea que el presente siga su ritmo y nos deje atrás. Tal vez para no perderse, los humanos de la NASA, han comenzado a cartografiar la superficie de Marte – que también se necesita tener ganas –.

Se han muerto Camino J. Cela y Adolfo Marsillach. Mi nivel de lectura ya me había permitido terminar más de cuatro obras del premio nobel literario; a la sombra de los plataneros, me cuentan grandes actuaciones del también autor teatral: para siempre quedará en mi memoria su trabajo de Harpagón en el Avaro de Molière. 


En fin, cosas y cosas. No pocas veces para tratar de ocultar la falta de silencio que hace crecer y crear al espíritu. Si me gustan los paseos es, fundamentalmente, porque puedo encontrar en el silencio vespertino, esa cercanía con la tierra toda de la que formamos parte, igual que las hormigas y el sol cálido o la nevada que mantiene mi piel fresca. 

Javier Agra 

viernes, 2 de julio de 2010

JULIO

Van pasando las horas, silba el vapor del tren en las estaciones de toda la tierra. Mi maleta no tiene peso, está llena de sueños aún sin etiqueta.

Dicen que Julio se llamó primero Quintilis en aquel viejo calendario romano, pero como Julio César nació un día doce del citado mes, decidió tomar para él todo el mes. Y ahí estamos con el nombre del César para siempre ocupado entre el agua y los nenúfares. Ay Julio – César – cuánto dolor diste a los galos y cuánto vigor a los romanos, ¿tendrá que ser el sufrimiento de muchos la fuente de gozo de unos cuantos? ¡No, por julio – el séptimo mes del calendario –. Pintemos para siempre este mes como un joven de bronceada piel por espigas coronado!

Dicen también que se representa con el rubí, piedra preciosa – según parece, yo no la he visto nunca – de firme carácter, de dureza apenas inferior al diamante. Julio es la energía (creo que se mide en julios), el trabajo y el calor; claro que los poetas hablaran de la energía del movimiento que rasga la aurora y empuña rayos sobre las llanuras para segar con tizones la mies dorada… mientras los físicos dirán que es la energía necesaria para lanzar una manzana un metro hacia arriba según descubrió James Prescott Joule (al que castellanizamos como julio).


Así viajamos de estación en estación. Por eso julio es un mes voluble e insensato; incapaz de permanecer en un mismo pensamiento se hace chaquetero para satisfacer a cada cual, ofreciendo a cada uno lo que quiere oír, ver y recibir. Sueños de grandeza y playa se mezclan con las quemaduras diarias de las piedras bajo las costillas y las llagas de los dedos de los pies.

Julio del campo y de la tierra. Sigue, aún dormido hijo de Eneas, alimentando desde la escasez de las aguas y los amarrillos colores de la siega. Mes de trillos y adobes… recuerdo aquella infancia remota cuando, en medio del calor, corrían las moscas entre el sudor y la parva con la lentitud de las horas; tal vez para cumplir el refrán: “dice el labrador al trigo, en julio te espero amigo”


Clamaban los antiguos por el trabajo bien hecho y con rapidez. Lo contaban con aquel refrán del santoral: “Entre Santa Ana (26 de julio) y Santa Magdalena (20 de julio) no tengas la parva en la era” Acaso para urgir a las conciencias sobre la brevedad del tiempo, la amenaza continua de las tormentas o el peligroso fuego contra lo que sería el sustento, en forma de pan y grano, para el resto del año.

Julio, manga corta y sudor, paseos después de caer el sol. También esta afirmación es relativa: depende desde dónde se esté mirando julio; recuerda amigo lector que “el verano en la montaña empieza en Santiago y acaba en Santa Ana” Tranquilo, no temas ni las altas temperaturas ni los termómetros siniestros, ya lo dice nuestro refranero: “Llegado el uno de enero, San Fermín viene corriendo”


Julio. Vengo de una lejana patria, dormida entre los humos del recuerdo donde lucían los trigos y los cardos cantaban siglos de armonía. Vengo del agua misma y las blancas laderas pétreas de montañas viejas. Vengo buscando mi nombre para compartirlo con tu pueblo cada noche de luna llena. Vengo con una maleta que no tiene peso, está llena de sueños aún sin etiqueta.

Javier Agra

jueves, 1 de julio de 2010

DE MORCUERA AL PAULAR

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Todo es comenzar. Cuando nadie te dice que es imposible, sigues animado porque sabes que puedes; así lo ha planteado tu espíritu y por eso continúas. 
Hemos dejado los coches repartidos entre el Paular, lugar de recogido descanso, y el puerto de la Morcuera, desde donde iniciamos nuestra bajada por el valle del Lozoya entre sosegados pinares. Desde el Albergue sale una senda ancha: GR 10 bañada por el río de la Angostura, juega con nosotros al escondite durante gran parte de su recorrido que realiza desde el Puerto de Cotos hasta el pueblo de Rascafría. 


Recorremos un valle de origen glaciar con plegamientos tectónicos – estos detalles los pongo de memoria, así es como me los han contado Jose, nuestro guía de montaña, y Rocío Codes, compañera que sabe multitud de datos sobre la tierra y sus suspiros – que hacen de su figura un canto poético a la tierra. De Rocío he aprendido también a apreciar la sonrisa y el brillo de la paz. He aprendido tantas cosas de los compañeros con los que comparto trabajo que no sabría expresarlas con mis reducidas expresiones de modo que lo encerraré en el sueño de mi corazón, para que desde él se expanda a toda la tierra.


Subimos – fueron los únicos metros de subida durante el recorrido – hasta el alto del Purgatorio. Ciertamente es una reducida altura, pero la vista es inmensa: vamos descubriendo que también lo pequeño puede resultar inmenso. Hacia un lado el Arroyo Aguilón que, enseguida, formará las cascadas del Purgatorio: recodos inmóviles a través del tiempo y aves bulliciosas de movimiento perpetuo, conviven en vida y roca. La naturaleza cuenta, en silencio, misterios de convivencia; hacia el otro lado continúa el pinar, el monte, el futuro sin fronteras.


Y nosotros, sentados entre el pensamiento y la palabra, sonreímos y comemos galletas de chocolate. Siempre con sosiego y con la mano tendida, porque la tierra es mano y sosiego; ahí está siempre señalando caminos posibles e imposibles para nuestra andadura. Como también nos gusta inventar, decidimos volver al camino – que sabemos está allá abajo – por entre los pinares y su sombra. Los perros nos marcan rutas, los perros van felices: saben que contamos con su ancestral visión de conjunto para salir de cualquier atolladero.


Ya estamos a la altura del Arroyo Aguilón. Aquí mismo, entre la piedra y el musgo, vamos a comer: los perros agradecen la elección del lugar, tienen el río a su disposición. Juegan e inventan estilos no olímpicos de natación. Bucles de perros y agua se están secando en las rocas, canciones de álamos y pinos arrullan su descanso. Terminamos el condumio y miramos más allá de los ojos, más allá de los colores, más allá del silencio y el susurro. Pero tenemos que continuar, la vida es siempre más allá. Por el puente del Perdón, salimos al monasterio del Paular: lo que fue y lo que será unidos en la piedra y la historia.

Javier Agra   

lunes, 14 de junio de 2010

LA CUERDA LARGA (y II)

La Cuerda Larga avanza por la Loma de Pandasco entre la nevada y los guijarros, entre musgo y vuelo de buitres. Ya no se cuentan los pasos, hace un tiempo que estamos viendo Hierro Mayor, cuando llegamos a su falda descubrirnos – apenas sin darnos cuenta – la vida cuesta arriba. Se nos está terminando el tiempo de la constante indecisión: piso la nieve, estudio otra profesión, piso por el sendero, vagueo un poco y ya seré formal después… Ahí estamos, todos los que salimos, codo con codo hacia la ascensión, compartido el ánimo, entramos por donde otros habían situado su huella. Otros pasaron antes, nosotros dejaremos pisadas anónimas para la historia posterior.

 En Hierro Mayor, la cencellada ha dejado esta forma caprichosa en el vértice geodésico.

Cuesta arriba, hacia Hierro Mayor, solamente está la nieva, debajo el sendero que hemos ido formando con los años de idas y venidas. Solamente hacia lo alto, la cumbre de la edad adulta está allí donde el vértice geodésico marca lo irreversible. La fatiga del camino ha dado como fruto el abrazo de la cumbre. Cuesta arriba, siempre hacia la cumbre, tenemos tiempo de pensar y sentarnos, de empujar otra vez y retomar las ilusiones. Respiración y sueños, abajo quedó lo que fue ayer y nos espera arriba nuestro mañana.

Aquí estamos sentados, mirada con mirada: años de hipoteca, ahora llegarán los hijos, el horario compartido, nuestro lado de la cama, los besos en medio del descanso y despertar juntos cada madrugada. Breves bajadas – bajones y problemas – y otra vez cuesta arriba: Hierro Menor. Una parada, entre la nieve y el sol, para comer juntos el pan caliente; una pausa para la reflexión y seguimos juntos, mano a mano, mi fatiga y tu sudor van juntos más allá de los imaginado, ahora los proyectos están tomando verso y libro impreso. Vamos juntos de la mano, las cuestas que esperan ya son menos – lo pasado no regresa – pero la fatiga va en aumento; ahora necesito oír tu respiración junto a la mía para que el ánimo sigua firme a cada paso.

 Hierro Menor. Tiempo para la comida y el reposo.

Valdemartín. Otro esfuerzo ¿Nos acostumbraremos al esfuerzo? Después de descender unos cuantos metros, tenemos, de nuevo, otra cuesta que superar: aquí llega una operación, la crisis de la tristeza, una mirada sin respuesta y la misma pregunta que martillea el alma desde aquella adolescencia ya lejana: ¿me quiere, no me quiere? Es la pregunta eterna, la respuesta del amor que pone el brillo de la nieve, con este destello de sol, sobre el rostro que tú amas y en los labios que te aman. A la derecha, los remontes de las pistas de esquí; a la izquierda Ventisquero de la Condesa, con el nacimiento del Manzanares… y entonces nos paramos para sorprendernos de nuevo, después de tanto tiempo de marchar juntos, porque siempre nace algo nuevo, aunque la jornada esté llegando a su final.

Como hoy que ya estamos subiendo hacia la última cumbre: el alto de las Guarramillas, popularmente conocido como Bola del Mundo. Aquí nos esperan quienes salieron, hace ya muchas horas, al mismo tiempo que nosotros; nos vamos esperando unos a otros, acompasamos el paso, acompasamos el tono de la voz, acompasamos la respiración. Estamos en la última cumbre. Ahora ya solamente nos queda el descenso final, allí abajo donde la montaña es cemento y asfalto, confluimos todos. Tal vez, nuestra jornada ha sido más larga, más breve, más esforzada… Todos estamos ya llegando hacia los coches, la mirada feliz, el corazón palpitando fatiga y lumbre… paso a paso… ahora si podemos contar los breves instantes que nos restan… estamos llegando todos, cuando el sol toca ya las cumbres con sus finales rayos. 

 Un último esfuerzo.

Se acabó. Pudimos haber realizado otros recorridos. Tendrá que ser en otra ocasión. No hay tiempo para más. Pero tenemos el gozo de la marcha compartida y las huellas que dejamos para otros que – tal vez mañana – quieran ponerse nuestras botas y soñar la vida a través de la Cuerda Larga. A nosotros solamente nos queda el regreso a casa. La seguridad de la casa. Allí nos esperan, nos esperan siempre.

Javier Agra.

jueves, 3 de junio de 2010

LA CUERDA LARGA (I)


Ascensión. Hoy será un día de ascensión hasta acariciar el azul con las yemas de los dedos, cuando lleguemos a Hierro Mayor. Pero antes hemos de hacer la vida desde el inicio, desde la primera respiración cuando – recién amanecido – preparamos la mochila.
Hemos llegado a la Morcuera – tal vez aquí tendría que comentar algún detalle sobre la logística necesaria para llegar desde el Puerto de Navacerrada al Puerto de la Morcuera, lo silencio –. Hemos llegado a Morcuera. Nuestros pasos son aún balbuceos camino de las cumbres de la Sierra. A nuestra izquierda, queda la Najarra con la nieve cubriendo laderas y crestas: no la hacemos – ¡son tantos los caminos posibles de la vida y tantos que se quedan sin explorar! –. El sendero inicial parece una promesa de plácido discurrir por la vida, al comienzo todo parece plácido y sereno.
Ha quedado atrás el regato, hemos dejado la llanura y estamos surcando las primeras dificultades, primeras rocas, primeras dudas, primeras preguntas camino de Los Bailanderos: infancia dulce de miradas, preguntas, descubrimientos y desconciertos. Más abajo, las vacas; en las alturas un rebaño de cabras de monte que están haciendo su casa cada temporada por la Cuerda Larga.

 La Loma de Los Bailanderos es buen lugar para las primeras fotos.

Pero aquí estamos, sentados entre las fotos y los recuerdos. Una infancia sin peligro… ¿sin peligro? Antes de posar para la foto ya dimos los primeros traspiés, las primeras culadas en la nieve, los primeros tropezones en las brechas del camino… ¿Una infancia sin peligro?
Como una convulsa adolescencia continuamos caminando – hemos superado la primera altura – a nuestra derecha y a nuestra izquierda descubrimos vistas nuevas: Asómate de Hoyos hace de balcón sobre la Pedriza y más lejos la inmensidad de Madrid; en el sentido de nuestra marcha, a la derecha, Navalondilla nos sitúa sobre el valle del Lozoya. Riscos y peñas sueltas hacen que nuestra marcha sea a saltos, ora más lenta ora más airosa – adolescencia incierta, cuando todo se supera porque somos más machacones que el martillo de la existencia – 

Desde Asomate de Hoyos, nuestras miradas se dirigen a la lejanía, buscando la paz del corazón y el sosiego del espíritu.

Nos ha pasado un grupo de montañeros, saludamos, nos saludan, todos nos sentimos abrazados a la misma tierra y partes del aire sin colores ni fronteras. Como las aves libres, dirigimos nuestros pasos allí donde nuestra mirada se va posando. Y nuestros pasos ahora nos están  llevando hasta el inicio de la Loma de Pandasco – inmensa y llana juventud, cuando tal vez no acertamos a ver más que la llanura de la vida, infinita y sin peligros –. Esta amplia extensión tiene diversos nombres a su paso, en el Collado de las Zorras ajustamos el altímetro y los cordones de las botas. – Diversos nombres tiene también la juventud: risa y llanto; ausencia y sentimiento; soledad y compañía; corazón y deseos; poesía y sequedad; te quiero y no te quiero; tus ojos hacen que me ponga rojo; la casa y los amigos; me miro al espejo y no me reconozco… –
Con  la fotografía de parte del grupo de montañeros caminando hacia el futuro, en medio de la Loma de Pandasco, firmo y cierro por hoy.


Nieve, piedras, sosiego y palabra. Los viajes por la montaña son mezcla de amistad y sonrisa.  
Javier Agra.

martes, 1 de junio de 2010

JUNIO

JUNIO, dos urracas arrullan los tenues movimientos de los árboles. Por entre las ramas salta el sol primero de la mañana con caricias de lumbre y cielo. Brillan los colores en la limpieza de la aurora. Madruga el sol entre las sierras porque quiere ver bañarse a las aves en las abundosas corrientes de la sierra. Cantos de agua y naturaleza hacen vibrar en los corazones humanos alientos de esperanza sosegada. Una mañana de sol y lumbre entre las mantas encendidas por el sueño enamorado. Comienza la madrugada con bostezos de lirios y olor de café caliente. En la cocina se cuece el pan, primera sonrisa sobre la mesa. Pausa y sosiego con toda la tierra. Paz y sosiego de junio – entre la primavera y el estío – para que nadie se sienta ausente. Mes de frutales encendidos y vida amaneciendo en las montañas.

 
Junio pasea sin sombrero por los campos de verde trigo y deja un beso en cada espiga, para que el trabajo resulte más armonioso y el alimento más dulce. Acarrea, hasta los paladares sedientos, aromáticos frutos de cerezas que vimos en otros meses florecer con calma. Con las manos en los bolsillos silba melodías de otros tiempos y así los antiguo habitantes de las casas vuelven a soñar en los ojos nuevos de las muchachas y los muchachos de bullicio y brincos entre la esperanza y el fuego. 

Y entonces sabrás que el corazón late como un molino silencioso entre la roca y el agua, con pálpitos de recuerdos que nacen desde la raíz de ti mismo hasta la punta de las ramas que han crecido en los nuevos suelos.
Junio toma su cayado a media tarde para acompasar su ritmo a tu paseo. Ahí lo tienes, lamiendo humilde las huellas de tus sandalias y las llagas de tus pies cansados, para que sepas que en el camino donde hoy remueves el polvo, hubo otros pies antaño y otras pisadas seguirán las huellas de tus trazos hasta que la tarde – verde y ocre – apunte sombras alargadas de los árboles. Entonces, cuando llegue la noche, no lamentes la ausencia de sol porque será una noche clara, iluminada por miles de ojos que contemplan la misma estrella que tú contemplas.
Junio, allá en algún lugar de la tierra, tu sonrisa acariciará otros labios que –acaso – no sabes que esperaban el empuje de tu invisible beso para levantarse del fango y vestirse de luz y agua. Entonces verás la siega y sabrás que es necesario cortar la hierba para alimentar los estómagos y la esperanza cuando los días sean feroces y rompan la paz de estas madrugadas. 
Junio enamorado y joven – parece que los antiguos romanos lo llamaron así en recuerdo de la joven Juno, diosa del amor – mes de luz y futuro, de firmeza y cimientos para la construcción – también recuerdan algunos otros que el nombre del mes se debe a Junio Bruto fundador de la República romana – ¿quién sabe? Mes de la perla y la rosa. Mes tuyo y mío cuando las manos se enlazan y las voces acompasadas cantan unidas a la tierra y la vida. 
Javier Agra.

sábado, 8 de mayo de 2010

MONDALINDO (por otro camino)

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Florecen los nombres en las praderas y en los sueños. El sol camina en el inicial sueño de la mañana. Primavera de lumbre y matices. Valdemanco tiene una plaza, allí hemos llegado con el coche… Munia y Pipa ya están correteando mientras nos calzamos las botas. Mochila y altímetro preparado iniciamos la marcha por un camino que no hemos emprendido ninguna otra vez. Sabemos la meta, hemos estado, la hemos disfrutado, pero la ruta es nueva. Otra vez el recuerdo de Machado, siempre Machado con su alusión  a los caminos nuevos. Mañana de refranes y luz – todos los caminos llevan a Roma, que hoy sea al Mondalindo –.

Setecientos metros sobre nosotros está, sereno, con los brazos tendidos pronunciando nuestros nombres. Lo que estamos viendo al iniciar la trocha es la otra cumbre: Peñanegra, también la transitaremos, espero. Conversamos sobre la cantidad de cosas que no vemos y esperamos. La subida comienza inmediatamente, antes aún de abandonar el pueblo, entre los ladridos de invisibles perros. Tal vez saludan a la mañana, tal vez se interesan – ¿amigables o feroces? – por nuestras perras. No estaría mal conocer los idiomas de los animales y de la tierra toda.  Nos comunicaremos, pues, desde el silencio y el tacto de las manos y las pisadas, desde el brillo del corazón y la canción del alma.

Y allá vamos, sosiego y agua entre las veredas y las palabras. Hemos dejado atrás Valdemanco con su recinto verde, de juegos y agua. Arroyos, por todas partes corren riachuelos estas jornadas de deshielo y lluvia, por eso la pradera que estamos subiendo es gozo y respiración cansada. Estamos en una vereda empinada entre el verde de la Sierra de Madrid – llena de vida estos días de primavera – flanqueados por rocas de mil tamaños y formas: aquí una inmensa nariz; allá una piedra que pudo ser la frente de algún gigante hace muchos millones años, cuando los gigantes aún tenían la misma materia que las rocas; bajo nosotros queda una furiosa caída hasta el regato que serpentea la ladera.

Llegamos – fatiga y esperanza – a una larga loma, desde aquí ya adivinamos la cumbre del Mondalindo. Pipa y Munia, saltan de gozo entre la hierba y las rocas recién lavadas. Un poco más allá nos espera otro repecho de piedra fina, hierba y retamas. Lo contemplamos bebiendo un trago de agua y masticando unos cereales energéticos – está bien, Pipa te daremos una pequeña prueba; Munia nos observa mientras se admira de la capacidad permanente que tenemos los humanos para comer –. Las llanuras de Madrid están verdes en toda su extensión, en breve llegarán los días de secarral castellano, hoy son una sonrisa permanente de agua y flores.


 El vértice del Mondalindo, sobre nosotros solamente el azul celeste, el sol conversando con alguna nube a la que agradecemos que nos haga de sombrero. La subida ha sido fatigosa, recordamos ahora especialmente los dos repechos más pronunciamos que hemos superado entre sudores y resoplidos – a veces parece que piafamos con furia contenida en medio de la ascensión –, ahora estamos en paz con la naturaleza y la transpiración manada del empeño. Nos sentamos un instante unidos a la piedra, la tierra y a las plantas, porque somos – como aquellos antiguos gigantes que hace millones de años eran parte de la piedra – una respiración más de la naturaleza. 

De nuevo en marcha. Por la cumbre llegaremos hasta Peñanegra, por delante van una bandada de cuervos y tres buitres haciendo acrobacias. El camino es llano, dentro de lo que puede ser llano un camino en la montaña, por eso saludamos a las aves, a algún colorido insecto y a cuatro arañas que van por la sierra buscando tierras más fértiles para dar casa y cobijo a su prole.

 Desde el Mondalindo dominamos, brillando de nieve, la Cuerda Larga del Guadarrama.

Entre pinos y senderos no usados, llegados al puerto de Medio Celemín (en Castilla cinco celemines hacían una hemina, que siendo tierras de secano tenían poca extensión de terreno y creo recordar que allá, en mi lejana infancia, la hemina equivalía a unos catorce kilos de trigo: de ser otra cantidad, quedaré agradecido a quien refresque mis recuerdos). Y de allí al punto de partida no separa un sosegado y breve paseo. Ahora la plaza está más bulliciosa, es la hora del  aperitivo – aún no son las tres de la tarde –, las terrazas  están llenas de gentes risueñas; la plaza llena de niños jugando al balón bajo una placa que lo prohíbe; Munia y Pipa – llenas de recuerdos – tumbadas al  tibio sol, apoyan la cabeza en la piedra caliente y piensan, mientras descansan, que ha estado lindo el paseo;  nosotros, llenos de gozosa fatiga,  acodados en una barra del bar tomando el café y el refresco.

Hemos vuelto al Mondalindo, esta vez por un camino nuevo para nosotros. Hemos vuelto a casa, donde la familia aguarda. Hemos vuelto a sonreír a la vida y a la palabra. Hemos vuelto a empezar una jornada nueva, agradecidos porque cada mañana es nuevo el mundo y es nueva la esperanza.

Javier Agra.

jueves, 6 de mayo de 2010

MAYO

Mayo: verde y vida. Los azules estrellados bailan en rosicler brillante amanecido, cuando por la sierra cruzan las águilas primeras, camino de las torrenteras líquidas que hasta anoche mismo – jabalíes y aguiluchos – fueron recuerdo de la nevada. Los azules bailan música de madrugadas cuando las primeras liebres saltan al aíre buscando raíces nuevas de savia y néctar, por entre las retamas.


Esta iluminación es de algún lugar de Soria. María, quien hizo la foto, sabe el nombre concreto de la geografía. Mientras tanto - y ya para siempre - la llamaremos: "Era Mayo en un lugar del mundo" 

He visto la aurora madrugar a aprehender agua por los arroyos que cantan valle abajo entre colores y flores nuevas. Entonces, cuando amanece y se retiran silenciosos los luceros, sigo la vereda de los arroyos y me alegro de la vida que salta en cascadas, pero tiemblo de dolor pues descubro que es un resurgir efímero y, tal vez, falseado según reza el refrán: por mayo cada día un rayo.
¿Es efímera su bonanza? ¿Es pasajera su hermosura? ¡Nada sé del futuro que ha de venir y aún no está! Por eso converso con las aves que me recuerdan que la vida de hoy dura hoy, compártela con los lirios que han florecido, arremanga la camisa y pon el pecho al aíre mientras calienta el sol, siempre con la chaqueta al brazo, recuerda otro dicho: hasta el cuarenta de mayo no te quites el sayo.
Pero cuando llegue la ventolera cierra los ojos, no seas pusilánime y contempla la armonía de luz sobre los oteros en las madrugadas. Mayo entona loas a los nidos y arrulla la vida, es el mes “pajarayo” que llamaban en aquellos pueblos castellanos, porque en mayo los nidos soltaban sus pájaros a la vida y medían la creación entre los gérmenes fértiles y los huevos hueros, sin consistencia: mayo serpentea por las ciudades y las aldeas sembrando de trigos y de amapolas las mentes limpias y arañando de cardos y zarzas los espíritus en sombra.


Foto cedida por María para que todos disfrutemos de la vida y su fragancia.

¡Ay, mayo! ¿Cuándo tendrás una esperanza recién nacida para cada persona? ¡Ay, mayo! ¿Cuándo estaremos libres de nuestros miedos para hacer un mundo libre? Y entonces me respondieron los días con una sonrisa de silencio, porque ellos saben que las palabras son de lumbre y cieno, porque ellos saben que las acciones son un enjambre de abejas coleccionando flores para transformarlas en dulces caricias.
Pero, ¡lector amigo!, mayo será siempre el mes de las flores: en las sierras y en las sienes, en las ciudades y en los corazones. Y por encima de todas las consideraciones, tú eres una flor que en mayo amanece entre los trigales misteriosos de la tierra compartida. ¡Adelante, mayo te espera!

Javier Agra.

domingo, 4 de abril de 2010

PIPA, recuerdos (VIII)

¡Qué sutileza de pensamiento!
¡Qué finura de cerebro!
¡Qué derroche de personalidad!

Características humanas que me dejan fría como un témpano de la sierra en enero. Ha terminado el dos mil uno; yo he cumplido, por tanto, más de un año. Ya voy siendo una adolescente perra (acaso perra juvenil), pero en mi existencia - ¡tantos paseos entre lugares de humanos! - he visto diversas cosas que me espeluznan. Entended, por tanto os ruego, los tres primeros versos como una cierta expresión socarrona.

Las mañanas de los fines de semana he visto tanta basura humana en los parques que me asombran pensamiento, cerebro y personalidad humanas. ¡Ni todos los perros de la ciudad seríamos capaces de producir tal cantidad de desperdicios y dejarlos a la vista de cuantos pasean la siguiente mañana! Quisiera ser pájaro para sobrevolar sobre tamaño desperfecto, hasta un mundo de fantasía - Utopía, le llaman los humanos - donde todos pudiéramos caminar con sosiego y sonrisa, entre papeleras usadas y parques utilizados.

He visto, ay, otros muchos desperfectos y corrupciones de los humanos. Mentes tal vez ateridas por la vaciedad del cerebro, allí donde deberían manar naturalmente los pensamientos de felicidad, solidaridad y esas palabras  a las que han hurtado la riqueza semiótica. Pero quiero a los humanos - filantropía, dicen - porque su capacidad de bondad es superior a su capacidad de maldad, porque siempre pueden reemprender el camino torcido, porque siempre pueden volver a ser sencillos como cuando eran niños... por cierto, voy a colocar aquí una foto de un niño despanzurrado sobre mi tripa... 


En estas circunstancias, acepto a los humanos como carga agradable a mis espaldas - y a mi tripa -. En esos momentos... y en todos, pues no estoy programada para quejarme de la soledad y los estirones de pelos. 

Tal vez podría recordar la dureza del once de septiembre; pero dejo constancia del siete de octubre: por primera vez Perú se clasificó para una fase final de futbol a nivel mundial, el estadio Atahualpa era un clamor. Mientras tanto, Argentina sufría ceses y dimisiones de presidentes de gobierno ante las complicaciones de la nación y de su pueblo. También recuerdo la muerte del actor Francisco Rabal o del violinista ucraniano Isaac Stern, el veintidós de septiembre. También se murió el guitarrista y cantautor británico de los Beatles, George Harrison.

Pero me voy a estudiar rutas de los Picos de Europa, pues dicen estos hombres con los que paseo por la Sierra de Madrid, que les prepare unas jornadas para este verano. Sea.

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Javier Agra.

jueves, 1 de abril de 2010

PEÑA CENICIENTOS

Amigos míos, en lo pequeño también existe la magia. Rincón de Madrid, historia de valor y compromiso, Cenicientos tiene hermosas leyendas que contar. Son sobre la lealtad que permanece más allá del recuerdo. Para que nada se olvide, perdura su nombre, entre bosques de pinos y encinas. Buscando en el mapa, encontramos aquel recóndito ángulo, en el que no habíamos culminado su cumbre y decidimos subirlo un día, cuando las nevadas estaban recientes y la luz brillaba llena de esperanza.

La cumbre, más allá de los pinares. Donde se duermen los recuerdos. En el punto en que la voluntad toma cuerpo y se hace roca. Peña Cenicientos es un paseo de sosiego. La mochila siempre es necesaria, pues si la distancia es corta - como en esta ocasión - la hermosura de sus vistas invita al reposo y la quietud. Sobre su cima, el tiempo es una respiración sin relojes, saludamos al sol del medio día y lo vemos más tarde cuando nos recuerda que ya podemos descender porque el coche, acaso, note nuestra ausencia.


Desde la cima, protegidos los pensamientos por la serenidad de las rocas, divisamos Gredos al fondo: ¡Estate quieta Munia, no rompas el misterio de la Sierra! parece decir Pipa. Los valles de Ávila, siembran sus faldas de pueblos y cosechas. Alimento y serenidad para sus gentes y para cuantos viajeros llegan a sus sosiegos, en estos tiempos del siglo veintiuno cuando la distancia se comprime y entre los volantes y la seguridad de los asientos, se planta el viajero allí donde su sueño le marca los senderos.

También, desde la Peña Cenicientos, vemos el viejo Guadarrama y los llanos de Toledo. Reducida en su tamaño esta cumbre ¡nos permite soñar tan lejos!...
Ha sido una sencilla subida, es suficiente con seguir la pista entre los pinos. Después de varias paradas y entre metafísicas y poemas, cuatro horas más tarde estamos de nuevo en el coche. El resto de la jornada, para visitar el pueblo y calentarnos en una terraza al sol de la tarde que va creciendo, con un café cálido y la bebida sin gas que tonifica el espíritu.

Madrid, a nuestro regreso, está sosegado y en calma. ¿Será la respiración pausada de la Peña Cenicientos paseando aún entre las aceras de la inmensa ciudad?

Javier Agra.