lunes, 5 de octubre de 2009

CABEZA LIJAR

Este monumento a la sonrisa, es la felicidad de unos padres mostrando a su hija de cuatro meses en su primera cumbre compartida, en Cabeza Lijar. En breve harán tresmiles. Acaso la pequeña Elisa supere los seis mil de sus padres. El tiempo escribirá sus propios actos. Dejémoslo, pués, en reposo.
Octubre. He visto las adelfas florecidas buscando en el cielo el vuelo juguetón de las palomas. Pálidas miradas desde el ocre de la tierra al húmedo arco iris de algún sueño de la sierra. La tierra a nuestros pies, plomo y verde entre golpes y esperanzas con respiración pausada, latigazos de sangre cansada.
Sangre de octubre en las horas primeras, cuando el sol - aparcado en las cocheras del horizonte -desayuna tostadas con mermelada y prepara la chaqueta que posará sobre los hombros calientes de las personas madrugadoras.
Calientes de sueños y de promesas. Como tú ahora que cabalgas por el otoño inicial con billetes de encinas y amaneceres. Como tú que has colocado la vida al sol de octubre para que la sangre mantenga vivas y fuertes las calles y las plazas.
La foto es de una preciosa niña de cuatro meses - en el capazo de su padre, con su madre también sonriente - en su primera cumbre en Cabeza de Lijar. De modo que en este escrito se me salen las ternuras y proclamo un día de homenaje a los nietos: la nieta de Jose - el hombre que me enseñó la existencia de las montañas (de la pequeña Elisa es la foto de su primera cumbre) -; y al hijo de mi hijo, por quienes me nace un surtidor de gozo y de quien estábamos celebrando su segundo año, al mismo tiempo que quedaba plasmada la fotografía de cabecera.
Desde San Rafael, merece la pena un recorrido de hasta seis horas. Comienza la marcha, siempre entre pinares, llegando a la cumbre de Cueva Valiente - misteriosa y verde -; a continuación, se baja un breve collado para ascender Cabeza Lijar, Segovia a una vertiente a la otra Madrid escuchando las dos la música de los pinos; para terminar en la Peña de Salamanca - lumbre y cielo - y volver, cerrando un magnífico círculo de inolvidable paseo.
Javier Agra.

domingo, 20 de septiembre de 2009

SIERRA DE LA CABRERA

Entre pasamanos de jaras en flor, sube la senda a la Sierra de la Cabrera. Desde la carretera de Burgos, el coche camina seguro, no necesita conductor: ¡pequeña sierra, nunca tengas envidia de tus hermanas cercanas y de las grandes sierras y picos de los que oyes hablar a los montañeros que a ti llegan! Tú eres del color de los brunos a punto de madurar.
Sierra de la Cabrera, pequeña inmensidad. En más de una ocasión has solucionado una jornada de marcha a los montañeros que se alejan de Guadarrama enfurecido. Tu serenidad y la calma de tus dos cumbres llaman al paseo, invitan a las cordadas. Hacia tus cumbres, en armonía y sosiego, caminan los novicios montañeros. Y ahí esperas, entre el ocre de la tierra y el azul del cielo, sin darte vergüenza tu diminuto techo.
Sierra de la Cabrera, eres maestra de los primeros pasos y de las grandes cuerdas.
Llegamos en el coche, saliendo desde el pueblo de la Cabrera hacia el Monasterio de San Antonio; la carretera está jalonada por las estaciones del Via Crucis. En la séptima estación aparcamos - un pequeño espacio aguarda agazapado entre las jaras - y comenzamos la marcha. En pocos metros, veremos una señal de madera - más fuerte que el tiempo y la nevada - que nos indica el camino del Cancho Gordo.
Ya estamos subiendo, silencio de mariposas y pasos montañeros, hasta el Collado Alfrecho, descanso que separa la sierra en sus dos senos: más alejado el Pico de la Miel, solemne y brillante cuando lo vimos hace un rato desde el pueblo; lijado por el tiempo y las tormentas, se cubre de cuerdas y escaladores en su cara sur. Nosotros, los que vamos a pie, llegaremos por un sendero majestuoso que recorre la cumbre por la cara norte. No perdemos los pinos, seguimos cantando entre la vegetación de la montaña. Pipa y Munia juegan a un continuo ir y venir de los olores y matojos, acompasando su mayor velocidad a nuestra calma. La última parte de la subida es piedra, grandes láminas donde asegurar la pisada.
Y la otra cumbre, más cercana, es el Cancho Gordo. Desde el mismo Collado Alfrecho se inicia la subida, más pendiente y más alta. Senderos y magia, resbalonos en la nieve y vida en sus praderas; Canco Gordo hacia arriba, descubrimos la magia de la Sierra y también otras cumbres y otros horizontes. Nos lleva cerca del cielo, nos posa más allá de las fronteras.
A Jose y a mi, nos da para recorrerlo en dos jornadas. La Sierra de la Cabrera ha ideado sus cumbres para disfrutar de las jaras, de las rocas, de las aves y de la vida que es misterio y futuro.
Javier Agra.

domingo, 6 de septiembre de 2009

ANAYET (II)

Esta imagen, amigo lector, que aquí dejo para tu contemplación, es una Oda a la vida. Culebrea el camino por la derecha, siempre en ascenso feliz camino de los Llanos de Anayet, que están tras esa loma y justamente, en este punto, el futuro está más escondido. ¡Estamos llegando a la amplitud de visión y no vemos, estamos en la esperanza! Verdes y ocres, pradera y piedra reciben el agua al unísono. Y los montañeros ascienden, llanto y sonrisa, pues el Anayet espera.
Hemos dejado las mochilas junto a una piedra en el Collado Rojo. Ahora continuamos a pie por estas zonas de trepe y precaución. Tras un breve pedregal está la cadena que nos ayudará a subir a la montaña - seguramente sin un firme punto de apoyo no hubiera sido posible para nuestras solas fuerzas y nuestra pericia más bien escasa -. La montaña tiene multitud de aspectos, colores, pasos, diversiones, esperanzas, sueños... Recréate en la foto de este paisaje - instantánea que Jose pone en esta página y ambos guardamos en la retina y en el alma ya para siempre -. En la montaña se puede dejar la mochila durante un tiempo largo, para recogerla al regresar. Todavía es un espacio de confianza. A nuestro regreso, otros montañeros también habían dejado sus macutos y algunos bastones de paseo, allí estarían cuando cada uno vuelva a por sus cosas. La montaña tiene las puertas abiertas y el espíritu musical.


La cumbre con el Midi d'Ossau al fondo. Manopla que calienta las manos de la tierra. Cabeza de animal marino asomado a la tierra en busca del aire que junta la vida con la esperanza. El camino, con frecuencia, es largo y fatigoso. Pero la cumbre es descanso. Merece la pena la lucha: arriba brilla el sol de la promesa. Aquí tocaremos nuestras arpas, porque nuestro aliento estaba en el polvo pero nuestra amargura se volvió paz. Y nacerán nuevas cumbres ante la vista y sabrás que no estás solo porque acaso encuentras otro compañero que te fotografía el momento, acaso está el que te dice el nombre de alguna montaña, acaso quien te cuenta un chascarrillo sobre un pueblo de la zona. ¡La cumbre, eternidad cercana!


Desde el Anayet - Jose te podrá decir todos los nombres que se ven en derredor - están lejanos: La Gran Facha, Los Picos del Infierno, El Vignemale, el Garmo Negro... y multitud de picos cuyo nombre se me han evaporado en la memoria y quedan haciendo poso en el recuerdo de esta jornada de sueño, iniciada en una diminuta tienda de campaña y terminada en la cumbre del Anayet con los ojos verdes de naturaleza y azules de sol y tierra.

Javier Agra.


sábado, 5 de septiembre de 2009

ANAYET (I)

¡Este lugar tiene foto! De modo que hacemos una breve pausa y el cámara hace su trabajo con la cámara. Aquí queda, para siempre inmortalizado este espacio del Pirineo camino del Pico Anayet hacia el que emprendimos la marcha muy de mañana entre estrellas y brotes de luz - ese momento de magia en que el sol aún es promesa y no llega a flor -. Dejamos, en silencio, el Camping Escarra, carretera de Formigal: diré como dato - pues aún lo recuerdo con nitidez - que se deja el coche en el aparcamiento Anayet (mapas y libros lo llaman el corral de las mulas, nombre poético y es este caso inservible) -.
Dejamos atrás las instalaciones dedicadas a la práctica de esquí invernal y, metidos en el G.R. 11, entonamos melodías con el arroyo Culibillas. Los nombres, no pocas veces, acompañan al despiste: es frecuente encontrarse un arroyo con más agua que un río en Castilla. ¡La palabra tiene tantos límites! El valle es una amplitud para atreverse a ensanchar el corazón hasta lo ilimitado; el sendero nos marca la subida, aún muy suave, con un giro de noventa grados hacia la derecha por detrás de la punta de la Garganta. Estamos metidos en un valle donde el sosiego es compañero de las plantas, donde la esperanza pone luz al firmamento. A nuestra izquierda el Pico Culibillas y las Arroyetas.
Este valle lo dejo aquí marcado en la primera de las fotos. Acaso puedas admirar la intensidad del aire, la armonía del corazón o la calma del espíritu - añade además, amigo lector, un juego de marmotas saltarinas que nos encontramos a esas horas del incipiente sol y tendrás el paisaje completo; acaso te falte únicamente, pasearlo con sus olores y sonidos -.
Entre hermosura de valles y arroyos subimos a los llanos da Anayet. Desde aquí la vista se dilata, hemos ganado altura y el valle se hace pradera e ibones, cumbres alejadas y picos nuevos. La vista se hace sonrisa y la fatiga carcajada. Ante nosotros el Collado Rojo, a su izquierda el Vértice y a la derecha el Pico Anayet. Aquí nos separamos de la ruta del G.R. que comienza su descenso por la canal Roya hacia el Valle de Canfranc. Nuestra meta es la cumbre ¡El Anayet! con sus pelos encrestados hacia el cielo.


El paseo ha sido, hasta aquí, relajado y ameno. Magnífico para un día de descanso en el Pirineo. Ahora comienza un tramo de mayor dificultad con esta pendiente y paso, según indican los libros, de segundo grado. Nosotros - y otros muchos montañeros - lo podemos pasar sin dificultad porque algún organismo aragonés ha colocado una serie de cadenas a las que nos vamos sujetando; atravesamos como si estuviera el mismísimo Caronte con su barca para llevarnos en musical paseo a la otra orilla. Aquí también hizo Jose varias fotos. Coloco ésta tomada de Komando Kroketa - quienes tienen un magnífico Blog de montañas y otras aventuras, a ellos agradecemos la gentileza de la imagen y las descripciones de muchas excursiones -.

Es verdad que nos queda la chimenea con sus pasos de primer grado y el misterio de la cima invisible hasta que no se da el último paso, casi hasta poner las manos en el montón de piedra que lo señala.


¡También hoy hemos coronado! Y nos proclamamos emperadores de nuestro esfuerzo. Por eso, creo yo, en las fotos de cumbre salimos siempre como majestuosos caballeros medievales sin rival. ¿No estamos por encima de las más elevadas cumbres? ¿No superamos en altura a las mismas águilas que pasan asombradas de descubrir que unos humanos han volado más alto que ellas mismas?

El Anayet es un paseo muy agradable. No exento de sudor y trabajo. Donde el tiempo se pierde en la mirada; donde las fronteras - España y Francia se confunden - entre las personas y los colores de la tierra ya no existen. La magia del agua empapa por igual al césped y al pedregal. El Anayet tiene el corazón sin fronteras.

Javier Agra.




sábado, 29 de agosto de 2009

PEÑA TELERA (II)

Jose y este escritor de recuerdos y sueños, habíamos pasado la mañana en la reserva natural de Lacuniacha - dicen que debe su nombre a una primitiva laguna que estaba asentada en esa parte del monte; el tiempo y las gentes se encargaron de ir variando el vocablo, lo mismo que varían tantos asuntos de la vida; vino a quedarse con ese mágico nombre; eso dicen -. Pretendíamos caminar unas horas antes de emprender la aventura del Telera. Desde allí conseguimos esta fotografía, para ir colocando en nuestro espíritu el hermoso paraje del día siguiente. Hicimos más fotos; pero el espacio, igual que el tiempo, son categorías limitadas... seguramente nuestra vida esté más allá de esas categorías sin las que nos resulta difícil coordinar el pensamiento... Seguramente nuestra vida está incluso más allá de esas montañas soñadas y, solamente en breves ocasiones, visitadas.

Por la tarde llegamos al Refugio del Telera - momento que perpetuó Jose en esta instantánea que aquí adjunto -. Es verdad que el deseo de los humanos es la perpetuación de la existencia, más allá incluso de estos limitados refugios que nos dan cobijo por un tiempo más o menos breve. En esas dudas se mueven nuestros pasos mientras vamos escalando las montañas de la vida, con más o menos acierto. Y vamos haciendo etapas... y vamos poniendo la tienda en diversos paisajes... y vamos deseosos de encontrar nuestra cumbre... paso a paso más allá de la estrechez de nuestros diminutos valles.

Después vendría la ascensión al Telera. Bella subida para el disfrute del espíritu - que hace olvidar el sudor del cuerpo, el fuego de la respiración, las goteras que empapan los ojos y la boca - donde el mundo se hace eterno en cada matojo y en cada nueva pisada. A veces la ascensión se muda en asunción, pues nos necesitamos unos a otros y nos tenemos que dar la mano para ir juntos hacia la voluntad de ser más personas, como en este pedregal en que estamos metidos Jose y yo antes de coronar el Collado de Cabichirizas. Nos tenemos que asumir el uno al otro, pasarnos los ánimos y el ritmo, mientras el esfuerzo nos impide la palabra: trescientos sesenta y cinco metros de respiración compartida con las nubes bajo el cielo y con la piedra bajo nuestras pisadas. Llamemos pues, asunción, a nuestra ascensión: pero llegamos. Y superamos el paso horizontal y los trepes y todas las dificultades.



Y aquí estamos, contemplando los edelweiss. (La foto es distinta del anterior escrito, puedes jugar amigo lector, a buscar las diferencias). Lo mejor sería que aquí, de nuevo hiciera silencio y contemplara. Silencio. La vida se me hace ruido en las quebradas del cerebro y no es fácil regresar al llanto de la infancia, al silencio de la noche estrellada. Silencio. La respiración de los edelweiss y el rumor de una fuente de agua. Silencio.



Silencio. La cumbre aguarda. Como espera el mar a las serenas aguas, igual que espera al caudaloso río y al ruidoso torrente y a las gotas de lluvia y al vapor sofocado. La cumbre aguarda. Silencio. Asciende y calla.

Javier Agra.


jueves, 27 de agosto de 2009

PEÑA TELERA (I)


Muchos montañeros comienzan la ascensión desde Lacuniacha - hermosa área de interpretación de la naturaleza, con animales en mayor libertad que un zoo convencional, donde también se puede ver una gran profusión de vegetación -. Nosotros, que habíamos guardado en nuestras retinas esta imagen de la Corona del Mallo, Cabichirizas o Peña Parda y Peña Telera desde el pueblo de Piedrafita, pensamos que sería más prudente hacer una noche en el refugio Telera. Allí nos fuimos al caer el sol, con la mochila y su desmesurado peso, pues a la alimentación de la subida añadimos la cena y el desayuno.
La noche en el refugio es de ensueño. Las vacas se había ido y llegaron los franceses - éstos absolutamente pacíficos, sin otras guerras que recorrer el Pirineo -. Con el grupo de cinco jóvenes compartimos una velada de estrellas bajo el cielo y lumbre en el interior del refugio. Dormir sobre la piedra no es tan reconfortante, pero así nos encontró la claridad de la aurora.
Con sigilo comenzamos a caminar.
El cercano ibón - con muro para retención del agua - da paso a la ascensión inminente. Breve roquedal, verdes pinos y los primeros rayos del sol antes de ponernos la crema protectora y ascender por un sosegado prado que termina, abruptamente y sin concesiones en un ascenso de trecientos sesenta y cinco metros de piedra suelta.
Allí comenzó nuestra agonía. Allí las pisadas sin final se multiplican. Paso a paso y el pie que retrocede. Nuevo esfuerzo. Corre el tiempo en el mundo de los relojes y nunca llega el collado donde terminará ¡quién sabe cuándo! este penar lastimoso de piedra suelta. Miramos hacia el horizonte: descubrimos, trecho a trecho, nuevos picos a los que ponemos nombre. Miramos hacia la cumbre: Allá arriba está la cima del Telera ¿llegaremos? ¿alcanzaremos el collado ahora oculto por el mismo desnivel que estamos superando?
Arriba. Unos pasos más y llegamos al Collado de Cabichirizas. Unos metros, muy pocos antes de llegar, es mejor tomar el sendero de la derecha hacia el Collado; su salida es segura. Al regresar coincidimos, los dos montañeros, en que estos trescientos sesenta y cinco metros son la mayor defensa que opone la ascensión a Peña Telera.
Desde aquí, la subida se hace vivamente divertida. Entramos en el paso horizontal que bordea el Cabichirizas o Peña Parda. Es un paso expuesto pero solazado; con cuidado ¡siempre es necesario ser cuidadosos con la montaña! La vista y el gusto por la vida ganan en armonía melodiosa; desde este silencio participamos en una composición musical sin límtes; desde estos pasos podrían nacer libros de la poesía más pura; estamos en la montaña inmensa y en las entrañas mismas del llanto; lo sublime se hace respiración y latido.


Aquí dejo una foto del paso horizontal, que sacó Jose - como todas - mientras accedíamos desde el Collado de Cabichirizas.
Así, soñando infinitos, nos hemos metido en la zona de trepe. Otra variación que hace la marcha divertida y creadora. Dos pasos de primer grado y salimos a nuestra izquierda, una señal del camino nos lo indica. Hacia arriba, siempre el límite está más arriba. Llegamos al siguiente collado, con un pequeño valle y, aún sima, donde la piedra suelta parece ser el único habitante. Continuamos hacia la cumbre por un sendero que sale a la derecha.
En este tramo del camino guardamos silencio. Ahora canta la naturaleza. Escondidas, en pequeños y escasos manojos, hemos descubierto edelweiss. Yo nunca los había visto. Nos paramos y respiramos al mismo tiempo que la flor del enamorado Pirineo.



La cumbre. Peña Telera nos asoma a una inmensidad de paisaje y mundo sin fronteras. Peña Telera, la cumbre que tiene mil variantes en el sentimiento del montañero, la cumbre que es resumen del misterio. Aquí está Jose, en la cumbre, - semblante victorioso - abrazado al vértice geodésico.

Javier Agra.

martes, 25 de agosto de 2009

PEÑA COLLARADA (II)


Llegar a la cumbre.
Han pasado seis horas, siempre esperando este momento. Y antes, varios meses soñando este instante. Sin embargo, cada paso en nuestro ascenso es hermoso por él mismo, un paso más arriba va dejando la desgana y el abatimiento a nuestra espalda. Arriba la recompensa: vista inmensa del Pirineo. Reconozco el Vignemale, la Pala de Bucuesa, el Ibón de Ip. Y tantos nombres que hacen de esta tierra una inmensa cumbre, un eterno valle, un surtidor de aguas. Todo, desde la altura, está más cercano y se acaricia con la mano. Han desaparecido las fronteras: el aire pasa libre entre el vuelo de las águilas.

He aprendido los nombres de las montañas de la mano de Jose, mi padre montañero: desde la papilla del Guadarrama hasta el cocido del Pirineo, todos los nombres son suyos y suyos todos los senderos. Siguiendo la punta de sus dedos he visto la inmensidad de la montaña y la ternura del cielo. A lo lejos, en otra dirección siempre desde la cumbre, se levantan desde el Bisaurín hasta el Anie sobre la tierra verde y parda, más allá de las selvas y las torrenteras.
Es muy grande la montaña del Collarada. Dentro de ella caben cuevas inóspitas e inexploradas, junto a otras preparadas para el turismo. Nosotros visitamos la de las Güixas con sus espeleotemas calizos. Dicen que por una de sus bocas entraban las brujas en sus vuelos para los aquelarres secretos en las noches de tormenta.

Me vienen al recuerdo - o acaso sueño - otras cuevas que he recorrido en mis años de sosiego e impaciencia. Y siempre saludo, cuando el sol deja paso a la tiniebla de los túneles bajo la tierra, a mi padre y aquellos mineros del carbón que veía siempre en tonos negros cuando se ponía el sol. Recuerdo - o acaso sueño - aquellas minas de las montañas viejas de León, en las que el tiempo se interrumpía cada otoño para impedir a los mineros volver a ver el sol hasta avanzada la siguiente primavera. Recuerdo - o acaso sueño - que una vez al año, allá por septiembre, llegábamos las familias de los mineros a cargar un carro de carbón por gentileza de los dueños de las minas. Recuerdo - o acaso sueño - ... pero esa es otra historia.
El Collarada debe su nombre, dicen, a que está rodeado, donde arranca la mole rocosa de su cumbre, de un collar de majestuosa elegancia. Tal parece desde lejos y aún desde más cerca. Sobre estas líneas, una foto tomada desde el Llano de la Fuente. Hemos de superar este circo de piedra y ascender algo más de cuatrocientos metros. ¡No importa el tiempo! El Collarada espera. Entre luces y sombras, con múltiples colores, el Collarada espera. ¿Esta foto - medito - es del Collarada o está tomada de la vida?
La bajada, en la zona rocosa también tiene su entretenimiento. La montaña ya no emplea su fuerza para frenar las pisadas y nos deja deslizarnos sin freno. ¡Ahora si te rompes la cerviz, es cosa tuya! - parece decir en cada resbalón de la piedra suelta. Luego, cuando lleguemos de nuevo al refugio de la Trapa, nos comeremos el final de los cereales con el último trago de agua, a la sombra del pino que regenta una mesa con asientos y los cede, gratuitamente, a quienes vuelven de abrazar la cresta del Collarada.
Javier Agra.


domingo, 23 de agosto de 2009

PEÑA COLLARADA (I)

¡Ya hemos llegado! ¿Dónde está la fatiga? En la cumbre nos acompaña la esperanza. ¡Que guapo se ve, al fondo, el Midí d'Ossau!



Más allá de la piedra suelta y sus soledades, brilla el Collarada. ¡Mira a la cumbre y camina!


Vista del Collarada desde Villanúa. ¡Inmenso Collarada, tu abrazo nos unirá a toda la tierra!

El viaje al Pirineo dos mil nueve comienza con el sol cálido entre breves suspiros del aíre. Estamos en las tierras de Aragón respirando el Collarada. Mañana, cuando la luna prepare el equipaje para irse, nosotros cargaremos la mochila para comenzar el ascenso al Collarada.
Hemos sacado con antelación el permiso del Ayuntamiento de Villanúa, para transitar por la pista del Collarada. Hasta las ocho no nos permiten entrar, por eso hemos previsto desayunar ante la barrera, para arrancar, pista adelante, cuando sea la hora: el colacao reciente y la fruta cálida nos dan entusiasmo en el inicio. La pista tiene el suelo complicado para el coche. Lentamente llegados al refugio de la Espata, en los llanos de Güeys. Mientras nos calzamos las botas nos asombramos de la hermosura que nos rodea - el Pirineo es asombro y sudor, belleza y montaña -.
A pie continuamos por la pista, los pinos caminan a nuestro lado - ahora un poco más despacio que cuando viajábamos con el coche - y nos van contando las novedades de la noche. Un corzo pasó corriendo; en este prado las vacas se mostraron más inquietas, acaso por el constante trasiego de las águilas que esta noche se dieron un festín especial con no se qué animal muerto; el rocío hizo estornudar a una marmota y todas explosionaron en carcajadas; el resto fue silencio, noche tranquila y pausada, hasta que entrásteis los humanos. Seguramente por eso, para no romper el misterio de los pinos y la noche en el Pirineo, Jose y yo caminamos en silencio hasta el refugio y fuente de la Trapa.
En este punto comienza la subida. El camino es claro, prado arriba, hasta que nos mete en una senda de medio trepe donde es mejor fijarse en las señales blancas y amarillas, que enseguida nos sacan del canal por su derecha. Es mejor fijarse en las señales, en la montaña y en la vida; mirar el conjunto y observar, paso paso en la distancia; yo, que caminaba sin otro rumbo que la cima, seguí el corte tubo arriba y salí por cualquier parte entre arañazos y peligros. Es mejor fijarse en las señales, por eso Jose llegó por el camino sensato - y con él los tres franceses con quienes coincidiríamos en otros momentos de la subida - hasta que nos reencontramos pasados los farallones de piedra, en medio de otro plácido paseo de prados - cerca ya del maltrecho refugio del Trapal - hasta el Llano de la Fuente, con la charca seca de Los Campanales.
¡Qué grandiosa amplitud tiene la montaña del Collarada! Pasados los anteriores farallones se ve su cumbre, lejana y solemne; inmensa y potente; a nuestro alrededor todo es montaña y prado verde, todo pertenece a la cumbre lejana del Collarada. Nuestro esfuerzo y nuestro paso lo agigantan. Ahora, sentados sobre un roca en el Llano de la Fuente, dudamos si fueron las horas que llevamos caminando o acaso sea que la cumbre ha bajado, poco a poco, hasta nosotros.
A esta altura, somos varios los grupos de visitantes. Unos entran en el pedregal por la derecha, otros por la izquierda. Es el momento de la verdad. Lumbre en el cielo y piedra bajo nuestro caminar. Ahora es momento de apagar los relojes, el caminar será más lento y es mejor no medir el tiempo en segundos: ahora el tiempo lo marca la lentitud de la constancia, cada paso y cada respiración es un brillo de esperanza. Camino... me siento... avanzo... respiro... sigo y miro al cielo... sudor y pasos... La sima allá abajo, más arriba las hermosas cumbres de los Campanales... si en Italia están felices de sus campaniles, nosotros tenemos la música asombrada de los Campanales... que nos empuja... otro paso...
Terminamos el pedregal. Tocan los últimos ochenta metros de chimenea y trepe. Mezcla de piedra y uñas nos permiten llegar a la cumbre: dos mil ochocientos ochenta y tres metros de altitud son una atalaya de visión inmensa, el horizonte se agranda, hasta las montañas del Pirineo son traslúcidas y vemos más allá, sobre otras cimas; palpitaciones de muchos corazones sobre las cumbres lejanas llenan el futuro de risas y triunfo. Paso a paso hemos alcanzado un desnivel de mil doscientos metros, todos pertenecen a la tierra y al esfuerzo.
Cuando volvemos al coche han pasado doce horas en los relojes de la tierra. Pero ha pasado una vida y sus ilusiones en nuestros corazones.
Javier Agra.

martes, 4 de agosto de 2009

MESA DE LOS TRES REYES

En la Cumbre de la Mesa de los Tres Reyes, abrazamos la escultura de San Francisaco Javier. Está caída con una inmensa roca, fortaleza del tiempo y esperanza de la historia.
Los gnomos del hayedo se han llevado a los ciervos de la noche dejando senderos de rocío. Desperezan los pájaros entre los colores de la aurora del Pirineo. En el refugio de Linza suenan los primeros pasos de los que enseguida seremos montañeros, hoy nos hemos levantado los primeros - ahora que están deseando terminar su jornada los trabajadores de la noche; cuando los panaderos han amasado una buena cantidad de harina y levadura; los mineros dan inquietos las últimas vueltas en su cama; los estudiantes vuelven de fiesta... ¿acaso solamente los humanos vivimos sin horario? ¿acaso damos la espalda a la naturaleza? -.
El desayuno compartido llega a su fin. La mochila. Los buenos deseos y el camino que comienza bajo nuestros pies. Esta mañana el cielo se ha puesto su traje azul. ¡Cómo nos gusta el azul pintado de rosicler al comenzar la marcha! Salimos hacia La Mesa de los Tres Reyes: cuatro mochilas, cuatro bastones, cuatro sonrisas y cuatro latidos, puntos cardinales de una misma ilusión. En el recuerdo el torrente de agua y la niebla intransitable del anterior verano, cuando pudimos conversar con el espíritu de los Tres Reyes y no vimos la cumbre de su mesa.
Junio amanece en verde y azul; el brillo de las vacas y el espejo de las rocas nos acompañan monte arriba hasta los primeros neveros cuando bordeamos la loma del Sobrante; monte arriba, lumbre y sudor nuestras espaldas, el aire se enfurece - imposible intentar sujetar la gorra sobre la cabeza -; monte arriba, baile de prados y hierbas - ¿cómo consiguen mantener las aves el rumbo de su vuelo? -.
El Collado de Linza nos muestra la majestad de los Tres Reyes, allá lejos, entre nieblas y con mechones blancos de nieve nueva y antigua. Allá lejos caminaremos - si el vendaval nos da una tregua -. ¡Se distingue tan bien la Mesa y pegado a él está sereno el Pico Table!, el Petrechema...

Los cuatro expedicionarios, una vez en la cumbre, también contemplamos la maqueta del Castillo de Javier.
Una suave bajada nos ha metido de lleno en la Hoya Solana, aquí tendremos para caminar un buen trecho. Amaina el viento, la mañana se hace cálido sol; otros montañeros nos pasan y nosotros, viento a proa, los ojos fijos en la meta; llegan las nubes y conversamos con ellas:
- ¿Estáis de paso?
- Más tarde lo sabréis.
- ¿Traéis agua?
- Nuestra capa es blanca y riñe con el viento.
Acertijos para entretener el espíritu activo y ahuyentar la fatiga mientras nos sentamos a beber de la cantimplora y a comer una barrita energética. Han pasado varias horas. Nos admiramos de las formaciones cársticas por las que pasamos al salir, por un remonte calizo, de la Hoya Solana un rato antes de llegar al Collado de Budogia.
La nieve ha tomado al asalto lo que acaso en otra época fueron caminos pausados; largas lenguas de nieve han ido haciendo casa año tras año y a nosotros, viajeros ocasionales, nos desplaza por un camino de rocas muy poco señalado; la niebla se acerca, con su capa fría, a saludarnos. Los cuatro montañeros nos miramos serios:
- Opone resistencia la montaña: feroz viento; amplios caminos en nieve; niebla áspera; ¿que otras armas guarda la montaña? - pregunta Jose.
- No hemos venido desde Valladolid para retirarnos por semejantes bravatas - sentencia Jose (el que viene a acompañarnos desde Valladolid)
- Quiero peinar la cabellera de la montaña - añade Elisa, valiente y decidida.
Y yo musito un verso de Machado para no tener que sentir el frio en mis pestañas.
¿Quien piensa en una retirada? ¡Vamos, siempre hacia la cumbre más alta!
¡Por aquííí...! ¡Subid por aquí! Tres montañeros están atacando la cumbre y nos señalan el camino más acertado. Arriba, sobre la roca más alta, respiramos emoción acompasados a las cumbres cercanas. Parabienes mutuos, saludos compartidos con otros montañeros, la felicidad explota en hurras de conquista. Hoy somos más espíritu y más tierra, más agua y vegetal, somos momento y eternidad.


Desde el Collado de Linza divisamos, por primera vez, la Mesa de los Tres Reyes en toda su inmensidad. A su lado, el Pico Table.
La vuelta. Sonrisa y calma. Muy pronto una parada para la comida. A nuestro lado se posan los pájaros: han aprendido que cuando nos levantemos queda para ellos un alimento no trabajado. Entendemos su propuesta y dejamos migas de nuestros panes, para ser parte de la tierra conviene compartir con la tierra.
El sol regresa a visitarnos, nos acompañará toda la vuelta, cuando estamos terminando los neveros al otro lado de la zona cárstica previos a la Hoya Solana. El tejado del refugio. La ducha y la ropa limpia. Hoy hemos saludado, con tiempo y con recogimiento, a la Mesa de los Tres Reyes.
Javier Agra.

lunes, 27 de julio de 2009

SIERRA DEL QUINTANAR

Ana y Jose en la cumbre de la Majada Pielera, el punto más alto de la Sierra del Quintanar. 2004 metros

Trasto dice que ya esperó suficiente para salir en la foto. Pipa, sueña que ¡por fin! la dejan sentarse un rato. Es la ventaja que le ve a las fotografías: mientras posa no tiene que caminar.

Amanece en Guadarrama. La Mujer Muerta comienza a desmorirse con los rayos primeros de este caliente julio. Comienza a desmorirse, porque si nosotros nos desvivimos también nos desmorimos; nos percatamos de la soledad y la tristeza y entonces saltamos hacia el futuro y, con lento caminar, nos vamos desmuriendo de la angustia. Como la Mujer Muerta este amanecer. Se despereza en el momento en que aparcamos el coche en la antigua carretera de Segovia, pasado el kilómetro ochenta y uno.
Nosotros no la vemos espurrirse, porque nos ocupamos de las botas y los perros; de la encina que abre para nosotros sus brazos. Pero con el primer sol la Mujer muerta se desmuere poco a poco y el eíre se envuelve del vaho que nace de su respiración de colosa. Guadarrama lumisoso, cuánta nostalgia encierran tus cumbres y los brillos de tus laderas.

Unas breves curvas nos sitúan sobre la vieja cañada real soriana. Una puerta - como en los misterios de las novelas - y al fondo una granja. Vamos, allí comienzan las señales del G.R. 88. Unos ciclistas nos sonrien y nos adelantan entre el sudor y el casco cuando comenzamos el sinuoso ascenso por el pinar: su sombra nos acompaña hasta el Portachuelo. Después vendrán las fuentes: las dos primeras con su caño de agua. Pipa y Trasto las disfrutan y las agradecen con inmensos lametones y con revolcones en los diminutos arroyos que desde ellas nacen; ¿o será que también el agua ayuda a desmorir? Porque antes de las fuentes su caminar es quedo y lánguido, con el agua saltan y hasta el morro ha adquirido otro brillo.

En las vegas del Portachuelo pacen emjambres de vacas. Las vacas cada día también se viven y se multiplican: en leche, en alimento, hasta en sustrato de abono para la tierra. Desde esta altura, con el sol sobre sus lomos, tienen colores de ilusión, pues hemos visto vacas azules y rojas. Trasto, inquieto y audaz, las ve de cerca: Trasto en un perrro joven que a esta sierra nos acompaña. Ana, que vive en casa de Trasto - igual que Jose vive en la de Munia y a mi me deja Pipa vivir en su casa -, le llama y asegura que no son perros crecidos, que tienen peligro en sus cuernos y en sus patas.
El Puerto de Pasapán.
Seguimos nuestro camino, monte arriba hacia la Sierra del Quintanar. Poco a poco, desde nuestra altura, vemos lejana la altura de la Mujer Muerta - ahora ya hace rato que ha desmuerto totalmente, ahora ya está viva y seguramente conversando con los viajeros que han pasado a visitarla enta mañana -. Poco a poco hemos llegado a la cima donde antaño construyeron un refugio, permanece la caseta con su construcción primera y su respiración pausada: el tiempo tiene la respiración pausada para mover los inmensos pulmones de sus cumbres, de sus mares, de sus frondodo valles y las misteriosas selvas. Seguimos hasta la Majada Pielera después de una subida superior a los ochocientos metros de desnivel. Allí le pedimos tiempo al tiempo - nos lo concede sin dudarlo -.
Comida entre los pinos y los matojos.
Hemos terminado el agua.
Nos queda el sosiego.
Pipa y Trasto dormitan a la sombra.
Segovia aquí mismo, Madrid detrás de aquellas sierras y el mundo en cada respiración.
Entre hipotenusas y atajos estamos quitando las botas a la sombra de la encina. Han pasado siete horas y media: Trasto y Pipa descansan sobre al asfalto fresco, bajo la sonrisa de la encina. Sobre nosotros sestea silenciosa la Mujer Dormida, ya no está muerta.
Javier Agra.




lunes, 20 de julio de 2009

PEÑÍSCOLA DEL MAR


Peñíscola. Las olas serenas de la playa sur traen conversaciones de otros tiempos, de lugares mágicos, susurros de la sierra de Irta. ¡Viaja por el mar! ¡Viaja...! ¡Los sueños son billetes de ida y, acaso, de vuelta! Está bien, no insistas. Ya calzo las zapatillas de caminar ¡Ay, como se quejarán tus pies de esta suela de goma con que los proteges del suelo! Es lo que tengo, pero he de salir. ¡Crema protectora, que ya es tarde! Lo se, no insistas, pero estaba nadando cogido al mar en el baño inicial de la mañana.

He cruzado Peñíscola; la nueva, la que está en la lengua que otrora fuera mar; en algún comercio adquirí dos manzanas y una barra de pan - el agua ya la había previsto antes de comenzar -; he bordeado la playa norte; inclinada la cabeza le pedí una bendición al papa Luna - su espíritu estaba asomado a las altas azoteas del castillo, estudiando el anigma de la verdad -. El camino que sale hacia el mar, en la primera cala que se llama, creo, Puerto Azul: he llegado al mar. Ahora buscaré las señales de pequeño recorrido, más por costumbre que por necesidad, pues es continuar siempre adelante lo más pegado que pueda al mar.

A la derecha la sierra de Irta y los acantilados sin edificar, a la izquiera los latidos de la mar. A partir de ahora converso con dos gaviotas que se niegan a saltar al agua cuando paso con la respitación sudorosa. Hacen bien, ellas llevan siglos pegadas a esta roca mirando al mar, yo soy el intruso. Las gaviotas, generosas me señalan el camino: siempre hacia el más allá. Y yo, que las respeto porque son amigas de la tierra y del mar, les saludo quitándome la gorra y vuelvo a mi viaje.

Las calas retuercen el mar en caricias de sosiego. Cala Ordí y mi paseo continúa lento, seguramente contagiado de la calma del mar; cala Arjub, arena y cielo en lento diálogo, el tiempo ha perdido los relojes y se olvidó de contar los instantes del tic-tac. Termino la segunda manzana y entrego el corazónal mar - el de la manzana, el mio hace tiempo que lo tiene ya -. Pasan coches, tres ciclistas y algún despistado bañista que busca la soledad: me saludan, respondo ausente porque estoy conversando con el mar.

La cala Volante. Piedras sin olas, azul y verde son los colores del cielo y del mar. Aquí me puedo bañar sin ropa, es más cómodo que vaciar los bolsillos. Me había olvidado del sol, él mismo me lo quiere recordar cuando me percato del sudor y el fuego sobre la espalda. El baño ha sido breve, pero suficiente pues el cuerpo - del que hace tiempo permanozco ausente - está relajado y dispuesto a continuar.

Con la gorra húmeda de agua del mar, me separo de la costa. La Torre Abadum me espera más allá; hace tiempo que estaba saludando y yo sin enterarme de sus señales. Ladera arriba, seguro que no hece mucho pasó por aquí mismo otro viajero solitario con la mente volando entre los aíres salados de Peñíscola, ahora perdida y lejana como si nunca habiera estado en el inicio del camino. Amplio sendero de tierra aplastada, sendero para acoger pisadas y neumáticos. Despacio, ya veo el mirador anterio a La Torre Abadum. Me dentengo, el mismo mar de palabras suaves que hace un rato tenía entre mis manos está ahora suspirando acantilados, pequeña vegetación y algún pino que estará planeando cómo traer hasta la playa a los pinos del interior, para que respiren el mar.

Torre Abadum - mitad sierra, mitad agua - con el tiempo hecho siglos no ha podido olvidar que un día fue torro vijía árabe. Y continúa allí - orgullosa de sierra y mar - setenta metros por encima del agua como un gigantón sin tiempo. Inmovil, a pesar de las lluvias y los vientos, esperando estas horas de la tarde recién estrenada para darme una breve sombra donde pueda respirar oxígeno y sal antes de comenzar el regreso. Mis pasos adelantan siglos y, desde la pasada historia, van despertando al presente cuando vuelvo al asfalto del pueblo en su parte que otrora fuera lengua del mar.

Javier Agra.

miércoles, 15 de julio de 2009

PEÑÍSCOLA DEL PAPA LUNA

Desde el Castillo, Benedicto XIII - el Papa Luna - escudriña el horizonte y reza por su pueblo.

Por el lejano horizonte las sombras van reduciendo el mar, le ponen límite las estrellas con sus primeros acordes de lumbre. El papa Luna, asomado desde la amplia plazoleta, dirige hacia Roma su pensamiento y sabe que no es hereje: "yo soy el verdadero papa", "veintiún cardenales estaban conmigo, solamente uno no me votó" "todos saben que Bonifacio IX, quien ocupa ahora la sede romana, fue impuesto y no elegido libremente" "yo soy el papa verdadero".

El cisma de Occidente comenzó a la muerte de Gregorio XI. Avinón eligió a Pedro Martínez de Luna. Roma tenía su papa, impuesto en una algarada. El papa Luna coincidió además, durante breves años, con el papa con sede en Pisa. De este modo, los cristianos en Europa andaban consternados, asustados, sin saber hacia dónde poner la obediencia de su esperanza. El concilio de Constanza eligió a Martín V el once de noviembre de mil cuatrocientos diecisiete y exigió la renuncia de Benedicto XIII (el papa Luna); éste defendió, con firmeza, su verdad hasta su muerte en mil cuatrocientos veintitrés: tenía noventa y seis años. Sus cardenales nombraron sucesor a Gil Sánchez Muñoz, quien abdicó seis años más tarde. Así en mil cuatrocientos veintinueve se cerraba un cisma que había comenzado en mil trescientos setenta y ocho.

Pedro Martínez de Luna, zaragozano de Illueca había nacido en mil trescientos veintiocho. Con cuarenta y siete años le nombraron cardenal de Aviñón y sucedió como papa a Clemente VII en mil trescientos noventa y cuatro. Desde mil cuatrocientos once, hasta su muerte, llevó su sede al inexpugnable castillo de Peñíscola, donde vivió sus últimos trece años, convencido de su verdad: "yo soy el verdadero papa" - dicen que desde entonces tenemos la expresión "seguir en sus trece", para cuando alguien machaconamente defiende alguna cosa.

¿Pedro de Luna tenía la verdad? ¿La tenía, años más tarde Martín Lutero? ¿La tiene el obispo de Roma? ¿La teología de la liberación? La verdad viaja por el mundo en una cesta de mimbre y en todas partes va sembrando granos de luz y semillas de esperanza. La verdad son las manos cálidas que ofrecen el pan caliente; los dedos que atan los cordones de las zapatillas para caminar; el silencio de unos labios que sonríen al mirar; los ojos húmedos de tanto esperar horizontes; el corazón que late en los encuentros; las manos que cuidan de la tierra y manejan barcas en el mar. La verdad es tu nombre, tus pasos y tu palpitar.

En el castillo templario de Peñíscola, también está la iglesia - hasta hace pocos años templo de culto cristiano, hoy solamente lugar de sosiego y descanso -. Capilla de planta rectangular con diversos símbolos y mezclas de colores de los templarios: lo oscuro y lo claro; negro de la guerra, blanco de la paz y rojo del esfuerzo y la sangre. Dos ventanales coronan la capilla, con forma de ataúd - para recordar nuestro paso de esta vida a la resurrección eterna -; uno dedicado a la Asunción; el otro a los tres reyes magos que expresan y recuerdan las tres grandes religiones del libro: judíos, cristianos, musulmanes.

Y las vistas... colores y magia llenan el espíritu en la dirección que mira el viajero. El mar y la tierra se funden desde el sosiego. La naturaleza y la vida se mezclan en una verdad sin tiempo. Llega el atardecer en el castillo y, acaso, puedas tener una audiencia con el papa Pedro de Luna y pasear despacio por las azoteas del castillo entre los susurros del aire y el goteo de los aljibes.

Javier Agra.

viernes, 10 de julio de 2009

PEÑÍSCOLA

El trabajo de recuperación de la flora de las dunas marinas, en la playa sur, es un esfuerzo importante. Por eso -y por otras razones- le pedí a mi hija una instantanea. Todas fotos que aparezcan en estos artículos sobre Peñíscola son de María.

Siluetas. Y el mar pone los sueños.

Los brillos de la tarde serpenteaban entre las olas del mar buscando caracolas y lumbres azules entre las perlas y los silencios del pasado. Hoy era yo llamando a la puerta de San Pedro, bajo el escudo pétreo del que fuera, durante algún tiempo, Benedicto XIII (el papa Pedro de Luna), mas sobre el enlosado de Peñíscola suenan los cascabeles del pasado.

Mientras subo desde el portal de San Pedro por la Muralla de la Fuente, bien puede ser esta sombra que camina junto a mí, la de algún antiguo romano que medita a mi lado en esta población que es "casi isla" (paene insula) decía él, con su pensamiento latino. Seguramente algún habitante de este pueblo, en otros siglos, habrá tenido que entrar o salir del lugar en alguna embarcación diminuta pues el mar cubría en los temporales y tormentas la zona por donde hoy comen helados y se ríen los turistas en su solaz de fiesta, entre las playas del norte y del sur.

Acaso algún antiguo personaje - allá por los tiempos de los celtas - soñaría que el Bufador era una llamada de las sirenas o algún canto mágico que convocaba a la guerra. Seguramente el Bufador era antaño el lugar de encuentros mágicos cuando el agua del mar quería subir con su furia pueblo arriba a descansar en lo más alto de las piedras.

El agua - esta vez para refrescar las gargantas secas - siempre ha tenido presencia en el interior de Peñíscola. Hasta trece fuentes naturales abastecían a sus habitantes, para subsistir durante los numerosos y prolongados asedios a que fueron sometidos. Seguramente, sus gentes agradecidas edificaron, en los siglos nuevos - corría ya el diecinueve - la ermita de Santa Ana cerca de la puerta de Santa María; ermita poco visible, recogida. Cuenta la leyenda que fue Santiago el apóstol, quien suplicó manar a las piedras para que nunca faltara el agua hasta el día de hoy (pero qué lugar no cuenta sus orígenes con leyendas).

El portal Fosc con el escudo de Felipe II nos aposenta en el parque de artillería, hoy formidable parque botánico: ¿nos quieren recordar a cada instante, que es más hermoso el aroma de una planta que el terror de un cañón en erupción?, ¿que es más fructífero un asiento a la sombra entre los rayos del sol que los túneles y las bombas con su rostro de terror?

También está la Virgen de la Ermitana, patrona de la ciudad. Y la parroquia del pueblo, con sus arcos románicos, acaso lo más antiguo que se conserva, en competencia siempre con el trozo de la muralla medieval; y el trozo de calle que ahora está escondido bajo una alcantarilla de desagüe de una calle actual. Cerca de esta parroquia, entré a comprar una botella de yogur - el calor era brutal y quería sentarme a esperar que la solanera se apaciguara - y conversando con el dueño me indicó un paseo por las playas junto al mar - otro día contaré este paseo -; le agradezco su información y su amabilidad más allá de lo que acierto a expresar. Paro otra ocasión dejo también el castillo y mis conversaciones con el Papa Luna.

Enrevesadas calles moriscas, como rayos que se esconden pueblo arriba; las dos calles paralelas que edificaron los borbones para cruzar la localidad en línea recta. Los tres palacios: hoy casa de la cultura y la juventud donde estuvo la casa del Comendador; la casa del médico; el palacio de algún duque, actualmente el magnífico hostal del Duc. Lo que fue horno del pan del pueblo, hoy es una discoteca.

Sentados a alguna sombra aún podemos conversar con el espíritu del Rey Lobo -Aben Mardanis- que en el primer tercio del siglo trece mantuvo un reino independiente frente a los invasores del norte de África; acaso con el poeta Alí Albatá quien, con las armas de su voz, negoció con el conquistador Jaime I y dejó entera la ciudad; o con Jaime Sanz de quien dicen que fue zar de Rusia, antes de regresar a fundar escuelas en su Peñíscola natal. En cualquier caso, encontraremos gentes del pueblo con quien podemos conversar sin tiempo y en busca de la paz.

Javier Agra.

miércoles, 8 de julio de 2009

MONDALINDO - PEÑA NEGRA

¿Carrera de relevos? ¿Reflexión? La verdad es que nuestros perros encuentran el goce de vivir en las cosas pequeñas.

Estamos en la cumbre de Peña Negra (el Mondalindo tiene dos cimas...) Harto hemos salido Jose y yo a lo largo de este blog. Hoy la presencia es para nuestras compañeras de montaña: Merche, Montse, Ana y Olga. Suya fue la gloria de la victoria.



La historia de nuestras subidas a la sierra comenzó hace varios años. Paseábamos un nutrido grupo de personas con nuestros perros; entre paso y paso, la conversación nos abría el corazón hacia la vida y las aficiones. De esas tardes han salido diversas y recordadas actividades. Así retomamos la montaña como lugar de vida y sosiego. Con más frecuencia vamos solos, pero también están los días en que nos acompaña gente agradable.

En esta ocasión, la comitiva la formábamos seis personas y cinco perros. Brillaba el sol como sabe hacerlo cuando la felicidad ilumina sus mofletes, la sierra se puso su verdor de gala, quería quedar bien con este venturoso grupo de la "Peña Perruna".

Esta vez comenzamos a subir desde Garganta de los Montes. Remozado pueblo del valle del Lozoya, frecuentado en sus calles y apenas hollado en sus montes. La brisa era el temblor de nuestros corazones al despuntar el sol entre los prados. ¡En marcha! Porque la vida es marcha. Así superamos los breves desmontes que nos llevan hasta el pinar. ¡Cómo relumbra en verdes y rojos! La luz es asombro para los pintores y los poetas; la luz es palmada de ánimo para los caminantes. El corazón del montañero esta hecho de luz y sosiego.

Una parada para beber y un asiento para compartir la barra energética. Los pinos y la hierba agradecen nuestra visita, sonrientes nos saludan con un invisible movimiento de ramas, con un acompasado baile de troncos, susurran palabras de aliento que caldean el corazón de los montañeros. Acaso sea el calor de la acogida, de sabernos parte de la misma tierra con las plantas, las aves, el agua y las fieras, lo que nos hace sudar; más, incluso, que el esfuerzo de la lenta marcha hasta la cumbre.

Se han terminado los pinos. La cresta del Mondalindo es amplia. Hoy iremos hacia Peña Negra que tiene más pinares para bajar entre la sombra. Luego, en la acequia, nuestros perros se bañarán sin prisa, como con desgana y nosotros nos sentaremos a la sombra de alguna zarza sabiendo que el día ha sido aprovechado porque hemos ganado vida para el espíritu y la esperanza.

El la plaza hay un bar, en el bar una terraza, en la terraza una mesa y en la mesa unos refrescos que nos aguardan. La conversación se hace suave, los ojos agrandan la mirada, la jornada compartida hace imposible la fatiga porque hemos salido reforzados de la montaña y nuestros corazones son ahora uno que late son seis campanas. Mientras, dormitan nuestros perros a la sombra de las sillas, sujetos al sueño de una esperanza.

Javier Agra.

martes, 7 de julio de 2009

DE RÍO MOROS AL OSO

Munia y Pipa parecen agradecer al montañero-fotógrafo que inmortalice el momento de los cuatro descansando en la Cumbre del Oso. Hoy no llegaremos a la Pinareja, que es la otra cumbre de la Mujer Muerta. Un respiro y nos iremos a comer.


Un sosiego en el camino. Estamos entre las peñas del Pico Pasapán. Detrás Apretura y al fondo, el Oso.

Esta vez, sí lo conseguimos.

Es necesario insistir, el esfuerzo permanente que dice el budismo. La virtud de la constancia, que dice el cristianismo y, culturalmente, todo el occidente. Algo que es tan obvio, pienso que es uno de los fallos más notorios de la educación que estamos transmitiendo en las últimas décadas.

Observo que estamos confundiendo lo sencillo, lo simple de la tierra y de la vida: necesitar poco y lo poco necesario, necesitarlo pocas veces - esta reflexión es de algún santo - y saber que somos parte del todo que formamos con la tierra y la naturaleza; estamos a punto de confundirlo, digo, con la comodidad de lo fácil; de modo que solamente aspiramos a adquirir comodidad y así nuestro espíritu se reblandece poco a poco hasta que el miedo se apodera de nuestro corazón y estamos haciendo una sociedad pusilánime y sin ánimo emprendedor.

Aprendí en una de las múltiples leyendas de los Andes que el origen del mal en el mundo es, precisamente, el desaliento. Todo lo podemos emprender desde la esperanza y el ánimo: pero el desaliento nos seca el corazón y nos paraliza la voluntad.

Esta vez, sí lo conseguimos. Llegamos al Oso desde el río Moros. Para variar el anterior intento, caminamos algunos kilómetros por la pista junto al cauce - sosiego y trinos - para deleite de Pipa y Munia - corretean del agua a la pradera - que disfrutan con lo que la naturaleza les regala. Allí los pinos - hermanos nuestros - nos saludan desde la quietud silenciosa. Cuatro kilómetros más allá, arranca sierra arriba el arroyo de los Horcajos que será nuestro guía durante un largo trecho entre el bosque y las praderas.

Hemos dejado bajo nuestro caminar, los pinares y las retamas. Por una pista, bien trazada - esta vez sin la abundosa nevada de hace semanas - coronamos las verdes praderas del puerto de Pasapán - ahora florecido en colores y vida exuberante; acaso para hacer honor al recuerdo griego de su nombre allí "todo" es vida, armonía, esperanza, luz -. Ha variado la vegetación, el espectáculo es más amplio: a un lado Madrid, Segovia al otro lado, Ávila en la distancia y el mundo en el corazón. En esos pensamientos andamos cuando nuestras perras nos comunican que hemos dejado atrás el pico Pasapán y ya estamos entre las peñas de la Apretura.

De aquí al Oso ya es un momento. En la montaña, todo es un momento, más o menos largo, pero todo pertenece al mismo momento; desde el inicio hasta el final todo es un momento único y continuado ¿de siete horas? ¿de ochenta y siete años? Es igual, el nacer y el morir, forma parte del mismo momento que es la vida ¿momento infinito y resucitado?

¡Anda la Osa! La expresión, además de la acepción de la felicidad de llegar, tiene la variante de que el oso, acaso sea osa, pues al lado de la escultura que lleva muchos años, ahora sonríe un osezno feliz con los brazos extendidos para acoger a los montañeros que llegamos, acaso cansados, pero siempre animados y esperanzados.
En la cumbre se produce el encuentro con otros grupos: los que han ido más deprisa y nos han pasado por el camino, los que han llegado desde otros lugares, los que llegan por primera vez, los que recuerdan otras cumbres. La cumbre es un premio para todos los esfuerzos.
Javier Agra.

miércoles, 15 de abril de 2009

RÍO MOROS (UNAS HORAS)


¿Bosques de Canadá en enero?
¡No! Subiendo hacia el Puerto de Pasapán desde el río Moros, un día de abril - domingo de Pascua - del dos mil nueve.

Pinares magníficos.
Soledades de ensueño.

El río Moros canta el entusiasmo de vivir. Las laderas se contagian de ánimo y empuje, de silbidos de pájaros, de sonrisas de pinos. Desde el refugio del Puente Negro, ascendemos entre la nevasca hasta el Alto del Casetón. Buscamos el Puerto de Pasapán, pero no lo encontramos; nuestro entorno es la oscuridad pese a la blancura nívea en que caminamos; nubes, nieblas y calma rodean nuestros pasos. ¿Dónde estamos? ¿Qué será de nosotros? ¿Qué ruta elegir? Son aquí preguntas que me asaltan: es cierto que la montaña tiende su mano como un cuenco que nos protege.

- Mientras queráis permanecer aquí, estaréis seguros - nos dice.
- ¿Qué será de nuestros sueños? Las tinieblas se los han llevado.
- No tembléis, hombres pusilánimes. Regresará la luz.

Desde el Alto del Casetón caminamos, sin tregua, hasta el Cerro Pajoso. A escasos mil ochocientos metros de altura, la nieve se hace noche y la noche lumbre; paso a paso, a nuestra izquierda la cumbre, por debajo el cauce del río, silencioso y lejano; miradas hacia dentro; respiración cansada; paso a paso. Pipa y Munia permanecen atentas a nuestro lado, no dicen nada; seguramente estarán pensando que estamos como cabras y es su obligación cuidar de estos dos montañeros que se han descarriado esta mañana.

No importa. En medio de la nieve, todos los caminos de bajada son iguales, hacia el río Moros esquivando los pinos. ¡Huellas! Sigamos, pues, anteriores pisadas. Silencio... aves... canto del agua. Ya estamos, de nuevo, junto al río en el refugio de las Tabladillas. Los pinos siguen paseando, solemnes, por la ribera del río. Ha dejado de nevar. El cielo rasga su blancor de hechizo y nos muestra un breve azul con sol iluminado. Ahora es la comida. Pan, ensalada y unos chorros de calor soleado.

Han pasado seis horas. Despedimos al rió Moros (donde hemos pasado unas horas) hasta pronto, pues volveremos para subir a las cumbres que hoy siguen dormidas bajo las nubes de sonrisa blanca.

Javier Agra.

viernes, 10 de abril de 2009

CUERDA DE LAS CABRILLAS

Peña Pintada... Peña Horcón... al fondo la ladera de Guarramillas o Bola del Mundo. La Cuerda de las Cabrillas está jalonada de la respiración de tantos montañeros que, el paseante, puede conversar con el aire; hablar de tiempos remotos o de lo que ha visto esta mañana.
Jose y yo, aparcamos, temprano como es nuestra costumbre y la de todos los montañeros, en la Barranca: creo que ya lo he escrito más veces... Carretera de Colmenar Kilómetro cincuenta y siete doscientos, sale a la derecha desde Madrid - a la izquierdas si se accede desde Villalba - (pero tanta explicación me pierde y me acogota; y miro el mapa; y me aseguro; y digo, es cierto; y guardo el mapa; y recuerdo).
¡La Barranca es tan hermosa fuera de los mapas! Aquí estamos, pues, con la mochila calzada y la mirada paseando de las altas cumbres a las gotas del agua. En la Fuente de Mingo, Munia y Pipa apenas dan un lametón, no tienen sed, aún está comenzando la jornada. Salimos de la casi-carretera para continuar el muy marcado sendero que sube hacia las cumbres atajando curvas. Nieve a nieve, vista a vista, gozo a gozo, llegamos hasta el mirador de Las Canchas después de hora y media de silenciosos comentarios mantenidos entre los dos montañeros.

Desde aquí, la vista se dilata hasta el infinito, porque más allá de lo que dibujan las pupilas, imaginamos... recordamos... esperamos... (Seguramente, amigo lector, habrás reconocido en esta foto "La Maliciosa". Poco importa si no la has reconocido, pues te basta saber que es una montaña que reclama admiración y silencio, camino y esfuerzo; sube... sube... no cortes tus alas).
Desde el mirador, comenzamos, montaña arriba, a recorrer la Cuerda de las Cabrillas. No es difícil... Casi todas las cosas de la vida dependen de las decisiones que tomamos y el empeño en conseguir unos objetivos. Casi siempre llegamos hasta donde ponemos nuestro esfuerzo, en la vida y en la montaña.
Javier Agra.

martes, 7 de abril de 2009

CUMBRES

Las cumbres solemnizan nuestra marcha por la vida. Desde el Collado Chistau, contemplamos cimas verdes y blancas de futuro luminoso. (Al fondo el macizo del Bachimala, Pirineo de Huesca)

(Cumbre del Cerrón, Sierra de Ayllón)
Aquí estamos. ¿Recuerdas cuando el Cerrón nos parecía tan lejano? ¡Ánimo, la cumbre y su nieve nos esperan!


¡Cumbres!
Dicho así resulta incierto.

Acaso no era esa mi intención primera.

Pero una vez que lo vi escrito, me senté a meditar.

Es verdad, me dije, a mi misma mismidad. ¿Qué cumbres? Acaso las de la vida, después de un largo caminar; tal vez las de la dedicación personal, al finalizar un esfuerzo de conquista; pueden ser las del amor, que, ya sereno, camina por cimas a manos llenas y corazones sonrientes; imaginad las montañas, al inicio del paseo lejanas y solemnes, se hacen de vuestro tamaño (¿o el que las asciende del tamaño de la montaña?) cuando abrazas su vértice geodésico.

Así van pasando los días. Yo soy una sombra de mi mismo: a veces me proyecto hacia el futuro, a veces me recuerdo en el pasado. De este modo tan silente y sencillo se va consolidando mi presente, entre mi sombra y la luz del sol que me calienta. Recuerdo la primera vez que estudié aquel axioma de la Biología que decía: la Ontogénesis es el compendio de la Filogénesis. Me dio para meditar, entre la sombra y la luz, durante tres jornadas. Y concluí - aún hoy ignoro si acertadamente - que tamaña definición resulta válida para englobar muchos aspectos de la existencia. Pues hoy somos parte de la historia pasada, social y personalmente; nuestros actos pasados se levantan con nosotros cada mañana (yo aseguro que es posible ir borrando los errores cometidos y proyectar más luz hacia el futuro: confía y date una oportunidad).

Yo... ¿cúantas veces ha aparecido ese término? Mas no es por egoísmo individual, esa palabra quiere personalizar la existencia. Yo... me estoy personalizando... volveré a leer a los poetas- filósofos (¡Unamuno, qué solo me has dejado!) que nos juntaron el final del siglo diecinueve con las primeras décadas del veinte.

Javier Agra.

domingo, 5 de abril de 2009

CASCADAS DEL MANZANARES

La foto, nuevamente, la aportó Jose con su pericia. Disfruta con la vista e intenta encontrar la cabra. (Si pinchas dos veces en la foto, la visión se agranda. Creo)

Hoy el sol está en todo su esplendor. El azul del cielo muestra la multiplicidad de los caminos. Vamos a dar una vuelta por la Sierra de Madrid y, al regresar, esperamos pasar por las Cascadas del Manzanares. Seguramente, durante estas jornadas de nieve y deshielo, la vista será allí un descanso y un palpitar en la misma fuerza que nos empuja más allá de nuestras humanas fuerzas. Seguramente podremos continuar la lucha ¿programada, improvisada? para que esta tierra sea más feliz para todos.

En esa propuesta andamos monte arriba, monte abajo, caminando sobre el mundo, siempre con el alma puesta en el horizonte... porque más allá de nuestra miseria... de nuestra limitación... más allá...
Desde Canto Cochino, inmediatamente después de dejar atrás Manzanares el Real, pasamos las barreras que nos conducen al aparcamiento, más allá del Collado de Quebrantaherraduras. Río arriba: seguir la pista es más cómodo, remontar la corriente por el sendero paralelo al Manzanares más "explorador". Desde cualquier sitio se observa la calma de la charca verde, el sosiego de las breves curvas por donde el cauce busca las piedras más blandas para bajar cantando desde la sierra. Primero a saltos, cuando nace en ventisquero de la Condesa, después con sonriente calma cuando llega a las lindes del valle y la montaña.
Los montañeros, o acaso simples paseantes, subimos por la pista; llegamos al puente; ascendemos la escalera de piedra que da inicio al sendero; cruzamos el Manzanares, cantando con la canción del agua, sobre el robusto puente de madera; comienza el desnivel, río arriba, bajo el sol, hasta que los pinos nos dan su abrazo fresco. No podemos pasar de los mil quinientos metros por el altímetro - artilugio que no todos los paseantes llevan encendido -. A la izquierda de nuestra marcha, entramos sobre unas peñas y allí mismo se nos cae la baba de la emoción de las cascadas.
Están, yo las he visto. ¡He aprendido a fiarme de tántas cosas que no he visto y he creído! También estába - ellas nos vieron primero - un rebaño de cabras, que nos miraban diciendo: "nosotras las vimos antes, engreídos". Las respetamos, a las cascadas y a las cabras, también a las lagartijas y a los pinos. Así formamos parte de la respiración pausada de la tierra.
Javier Agra.


miércoles, 1 de abril de 2009

PORREJÓN


Escondido.
El Porrejón es una mantaña silenciosa y escondida.
¿Has hablado con ella?
Silencio...
Pasea y sueña.

Escondido.
El Porrejón esta escondido en medio de la Sierra de la Puebla. Y su soledad nos mueve a posar allí el espíritu y volar sobre los pesares. Mirar más allá de los problemas y contar a las aves nuestros sueños, ellas pondrán la música al poema de la vida; las notas a la letra de la esperanza; el azúcar a la tarta de los sueños.

Aquí, sentados, seremos soñadores privilegiados. Hemos llegado desde el Puerto de la Hiruela, pero podríamos haber venido desde el Puerto de la Puebla... o acaso desde el sueño... o desde la esperanza... El Porrejón está escondido ¡y tan cerca!

El horizonte está cercano - lo alcanzo con un suspiro -, está lejos - más allá de todos los problemas -. Desde mis pies camino, con la mirada lenta, con el paso del sol y de las piedras, hasta la Sierra del nevado Guadarrama, cuando la primavera mezcla la nieve y los colores.



Esta foto nos muestra Peña La Cabra, sublime en medio de la Sierra de la Puebla, situada como baluarte y lanzadera hacia el Guadarrama. Así vamos, desde estos límites de Guadalajara, cruzamos Madrid en un vuelo visual y entramos en Castilla por Segovia, más allá de la Mujer Muerta; y entramos en Ávila y su sierra grande; y pensamos Extremadura.

Silencio escondido. Estoy sentado en esta cumbre, como si fueran todas las cumbres de la tierra. Y con mi mano voy dando palmadas a todas las montañas y a cuantos montañeros las visitan. El Porrejón, sembrado de luz, amanecido en paz, está escondido.

Javier Agra.