jueves, 24 de julio de 2014

MONTE TUBKAL: AREMD ENTRE VALLES Y ROCAS.



Aremd es un pueblo disimulado entre grandes rocas. Sobre la ladera se extienden en desorden las casas, el interior del pueblo no tiene calles, no le caben. Se comunica en las diferentes alturas por pasadizos en rampa o escalera, sus casas están construidas entre el adobe y la arcilla rojiza extraída de la tierra. Ocupan las laderas de la montaña, seguramente para reservar los pocos valles como lugar de cultivo. Estamos metidos en el corazón del Alto Atlas, donde viven los imazighen “hombres libres” más conocidos en nuestro ambiente como bereberes.

Aremd visto desde su parte inferior. Nuestro alojamiento, de esta noche, está en la parte más alta.

El término bereber viene de los griegos que, igual que más tarde los romanos, les llamaron bárbaros como llamaban a todos los que estaban fuera de las fronteras de su imperio. Los griegos los conocían como libios, los romanos los agruparon bajo el nombre de numidios o mauritanos: nombre que derivó en nuestra edad media en “mauros” y “moros”.

Pero estamos en Aremd, pueblo de montaña de “los hombres libres”, nuestro destino de esta primera jornada. Hasta aquí nos ha acompañado nuestro guía ¿habríamos sabido llegar, sin su concurso, hasta la Casa de Las Rocas donde pasaremos la noche? A esta primera hora de la tarde de un día de julio, el sol ha sido disimulado por una abundante sombrilla de las ramas de los nogales que hicieron techo alfombrado más de la mitad del trayecto.

En este aposento alfombrado y lleno de colorido fue donde cenamos, con el ánimo aventurero haciendo de puente entre el pueblo y el Tubkal.

El exterior de la casa conserva una enorme roca que la protege y la disimula; su interior está sencilla y bellamente construido (aún sin concluir, todo se andará). Sentados en un amplio salón, nos ofrecen un té caliente y azucarado que agradecemos respetuosos y tomamos animosos. ¿Cómo cantar, ¡oh mortales!, las inmediatas excelencias de esa bebida? A lo largo de los próximos días aprenderemos, desde la experiencia, que estas bebidas calientes que nos ofrecen en diferentes momentos del día son, al tiempo, refrescantes, relajantes, reconstituyentes. La comida se acompaña con una tortilla de las gallinas de Aremd y un plato de ensaladas variadas de alguno de los múltiples y pequeños huertos que han trabajado en los rincones de tierra del pueblo y sus ribazos.

En la parte más baja de Aremd, donde comienzan los manzanos y el pequeño y fértil valle, se levanta una hermosa y moderna mezquita.

La tarde de verano, seca y soñadora, nos convida a pasear el pequeño lugar de arriba abajo; de modo que literal y geográficamente paseamos desde arriba hasta abajo sus estrechas y silenciosas calles. Las gentes están en sosiego; los niños entre cariñosos y curiosos se acercan a nosotros en conversaciones que intuimos y más tarde comprendemos, los niños son sabios y amables y nos saludan en francés; las gallinas saben que están en su pueblo y no necesitan dejar senderos a los viajeros; nuestro sitio es el Tubkal, las gallinas llevan aquí ya muchos siglos y no tienen ningún interés en entrar en la vorágine presurosa de la modernidad.

Desde nuestro alojamiento observamos el valle, multitud de huertas con manzanos, la aridez de las montañas que rodean al montañoso Aremd y, al fondo, las montañas del Tubkal nuestro principal objetivo de este maravilloso viaje a Marruecos.

Al bajar por el pueblo encontramos algunas ovejas y algunas cabras de las que se sirven fundamentalmente para la alimentación familiar; también para el uso doméstico cultivan cada trocito de terreno que pueden aprovechar en terrazas, que riegan con una cantidad de agua que parecería desproporcionadamente abundante en esta zona; el agua está toda aprovechada en un sistema de canales y acequias envidiables a nuestros ojos; también encontramos mulas que estos habitantes, como los de los cercanos pueblos, utilizan fundamentalmente para el transporte de las mochilas y el servicio de las expediciones al Tubkal. La parte baja del pueblo tiene un fértil valle repleto de manzanos, nos enteramos que esta fruta está dedicada fundamentalmente para la venta. Los imazighen “hombres libres” viven para la tierra, aman y respetan la tierra, aman y respetan a los animales, a la naturaleza, al viento, al sol, saben que forman parte de la misma naturaleza.

Vista de Aremd, camino ya del Refugio donde pasaremos otro par de noches montañeras. En primer plano observamos una enorme cantidad de manzanos; a la derecha, multitud de nogales; el pueblo en la cuesta y en el centro la mezquita con el minarete (torre en castellano), faro desde que el muecín llama a la oración cinco veces al día a los fieles muslín.

Salimos hacia el Refugio del Tubkal. A la hora de la cita nos espera Brahim, nuestro guía. Los mil doscientos metros de esta jornada serán sin peso, pues “nuestra mula” llevará nuestras pertenencias. Conversamos sobre las novedades que se agolpan en nuestra mente, sobre la apetitosa cena a base de cuscús y un tajín de cordero con abundancia de verduras, la mullida cama, el sosiego nocturno entre ranas y grillos…
El sendero inicial es bellísimo entre agua y manzanos…

Javier Agra.  

lunes, 21 de julio de 2014

MONTE TUBKAL: DE MARRAKECH A AREMD



Más allá del mar, la tierra de Marruecos es árida; el suelo cobrizo nos llama diez mil metros más abajo. Obediente, el avión comienza un descenso imperceptible e inexorable. Las cercanías de la gran ciudad de Marrakech se presentan ante los viajeros con numerosas y muy cuidadas huertas de frutales y vegetación verde, mezclada con otros espacios baldíos. Frutales de regadío juegan entre la tierra seca. El avión, ajeno al espectáculo agrícola hace su trabajo a la perfección y nos posa como ave de suave pluma en su caliente nido de asfalto.

Aquí tenemos a los dos pacientes montañeros esperando turno para el asunto del sello del pasaporte; tiempo suficiente para hacer planes, mandar mensajes…calma en el mediodía del aeropuerto…superamos la espera…; aquí tenemos a los dos inocentes montañeros esperando sus mochilas facturadas…una mano que sale de algún escondido espacio nos arrebata los bultos y antes de que podamos respirar los ha cargado en un carrito y nos indica que le sigamos…después de pedirnos la propina; aquí tenemos a los atónitos montañeros con la propina en la mano sin tiempo para pensar que somos suficientemente hábiles como llevar nuestra propia mochila por un aeropuerto…

Por entre esas dos cumbres pasa el camino hacia el Tubkal. La vista es desde el Refugio al que aún no hemos llegado en esta descripción. Pero todo se andará, amigo lector.

La empresa que nos ha gestionado el viaje ha trabajado bien. Ya nos está esperando el hombre del taxi con el pactado cartel, solamente tenemos que seguirle absortos en este mundo superpoblado de maletas y de diversidad cultural que es un aeropuerto…éste, por cierto, es muy hermoso. Jose me indica que me fije en la construcción de su vistosa visera de arabescos, en la vegetación que adorna en entorno y el exterior…Jose, que ya está tomando tierra, me llama a la realidad; yo sigo aún un poco amamplado entre el aire y la novedad.

El taxi, es un viejísimo Mercedes en el que nos dirigimos hacia Tahanout, por una carretera que se me antoja entre pasable y buena. Salimos por una parte moderna de la ciudad construida en ladrillos y tierras rojas que brillan a esta hora de sol cenital. En nuestro rápido paso por la carretera se intercalan amplios campos de olivos con espacios de secarral tendente al desierto. Como murallas laterales, kilómetros de chumberas en plena entrega frutal; muchos muchachos están recogiendo los higos y llenan diferentes recipientes que ofrecen, como venta, junto a la carretera; no pocos, tapan los frutos con ramas o con hierbas para protegerlos del sol y de las moscas.

Poco a poco llegamos a Asni, la carretera va pasando de pasable a “¡vaya, vaya!”. En esta amplia población aumentan sus construcciones modernas. Nos cuentan que la emigración manda dinero a esta región y es uno de los factores de crecimiento; a los montañeros les resulta familiar ese sistema de acrecentar la riqueza de una nación. Al salir de esta localidad, se termina la llanura, entramos en el parque nacional del Tubkal, la carretera está entre “¡vaya, vaya!” y “¡¡¡cuidado!!!”.

Llegando a Aremd tenemos esta preciosa vista de Imlil y del valle por el que llegamos.

Estamos dirigiéndonos hacia Imlil, la cabecera de la mayoría de las rutas hacia el Tubkal. El terreno es cada vez más montañoso. Nos cuentan que hace veinte años se puso este asfalto que hoy permite pasar por aquí a cualquier coche. Yo tardaría más tiempo en el recorrido que el empleado por nuestro taxista; los montañeros estamos ahora admirados del absoluto aprovechamiento de la vegetación: las montañas están pobladas de sabinas, el estrecho valle por el que culebreamos hacia nuestro destino de esta jornada está poblado por numerosos frutales; de este modo la vegetación está toda aprovechada para ser alimento de los habitantes de la zona y aún dedicar una parte a la venta. El agua escasea, pero está toda dirigida a la producción vegetal.

Imlil es una población por la que transita el turismo. Imlil está a la sombra de numerosos nogales. El hombre del taxi nos deja en manos de nuestros dos acompañantes de los siguientes días: Brahim será nuestro guía, Hassan guiará la mula que transportará nuestras pertenencias hasta el refugio y será nuestro cocinero; los montañeros estamos deseando que comience su tarea culinaria pues hace un montón de horas desde nuestro desayuno en la lejana Madrid. El hombre del taxi agradece la propina y vuelve a retomar su vida… el hombre del taxi tendrá vida seguramente, como cada persona de esta tierra, pero nosotros ya no sabremos nada más de él: cada persona somos un breve tránsito para la mayoría de las personas con quienes coincidimos circunstancialmente.

Imlil mira al Tubkal. Esa montaña de la fotografía es una cadena montañosa previa a nuestro añorado Tubkal.

Imlil mira al Tubkal. Nosotros vamos a subir trescientos metros más arriba hacia la localidad de Aremd. Imlil es una población estrecha y muy larga que nosotros vamos a cruzar a pie hasta su parte alta, entre nogales y manzanos, entre puestos de venta y muchachos que juegan al futbol, entre bullicio y deseo de montaña. Pasamos un puesto sanitario, algo así como un ambulatorio que “se utiliza cuando es necesario”, más arriba termina el pueblo y sale a la derecha el sendero que nos llevará a Aremd. Sendero cubierto por un verdadero bosque de nogales que nos dará sombra durante más de la mitad de la ascensión.

Se terminan los nogales, salimos al sol de estos pueblos bereberes de Marruecos donde el tiempo se ha detenido cuando el mundo era silencio y sosiego; el sendero se vuelve una pista por donde pueden pasar coches, afortunadamente no pasa ninguno. Caminamos acompañados por el sosiego silencioso. Hemos llegado, nos indica Brahim que es nuestro guía. Aremd es un pueblo disimulado entre grandes rocas…

Javier Agra.

martes, 15 de julio de 2014

MONTE TUBKAL: SUEÑO DEL ATLAS

¿Recuerdas, amable lector, cuando en la infancia estudiabas las montañas más grandiosas del mundo? Fue entonces cuando me asombré por primera vez de aquella inmensa cordillera de “dos mil cuatrocientos kilómetros”... el maestro extendía sus brazos cuanto podía y nos añadía imágenes de lugares inmensos. “Más grande que todos los pueblos juntos que habéis visto”... los niños habíamos viajado ya hasta Boñar y Cistierna, alguno ya había llegado hasta León... “Pues el Atlas es mucho más grande” Mi mente infantil recorría imágenes de los mozos que se subían al tren en marcha porque le faltaba aliento para subir las cuestas más allá de Valdomino y La Mata Reguera. Yo mismo, más tarde, al volver de Bilbao, me arriesgué a tirar la maleta y saltar del tren aprovechando algún repecho en que el viejo tren de carbón surcaba las vías con ronquido lento. Pues el Atlas era más valiente que todos mis sueños.

Un lugar en el camino hacia el Refugio donde pasaremos una noche antes de subir al Tubkal “la tierra que habla”


Aquella noche yo soñaba con alas y recorría alturas lejanas, donde las personas conversaban en otros idiomas. El Atlas hacía nido en mi mente... la Cordillera fue poniendo nombres en el corazón... y sobre todos el Tubkal con más de cuatro mil cien metros de altura. Mi primera pregunta era aún ¿cómo resistían nuestros padres tantas horas dentro de la mina de carbón? La segunda pregunta ¿cómo sería el Tubkal visto desde su cima? Rojizas tierras resecas, profundos valles fértiles, alcaudón real en escondido vuelo, lavanderas de colorida y amplia cola revoloteaban por mis sueños. ¿Por qué detrás del Atlas se extiende del desierto? Yo imaginaba al gigante Tubkal con sus hermanos gigantes absorbiendo las nubes del entorno, se quedaba con sus lluvias y dejaba al Sahara vacío de agua.

Más tarde, llegó mi adolescencia, se cerraron las minas de carbón y mi primera pregunta se transformó en dolor, fueron años de emigración, de pueblos que pasaron a ser soñados... nacieron otras preguntas para envolver aquellos sueños del Tubkal. Ahora ya había aprendido que el Atlas atravesaba Túnez, Argelia y Marruecos, en un deseo soñado de sacar el Mediterráneo hasta el Océano Atlántico en un vuelo sobre el pensamiento de los humanos. Sabía que en Marruecos están los picos más altos, coronados por el Tubkal que, pese a su gigantesco tamaño, ocupa el puesto número quince entre las alturas del continente africano que inicia esta lista con el grandioso Kilimajaro. Aprendí que tenía nieve la mayor parte del año, la nieve siempre me fue familiar, incluso vivía largos meses en el corral y a las puertas de la casa de mi infancia en Acisa de las Arrimadas.

Paisaje vivo y brutal, en las cercanías de Sidi Chamharuch.



Hoy, con sesenta y dos años cumplidos, puedo recopilar recuerdos, recoger sueños, construir futuro en esa amalgama que amasa el tiempo. Cruzar a Marruecos hoy es el vuelo de un momento. Llegar a la cumbre del Jebel Tubkal puede superar el umbral del sueño para hacerse real. Ahora, sentado entre los recuerdos y la mochila, cierro los ojos y contemplo la rudeza del período mesozoico de hace sesenta y cinco millones de años cuando los sueños se soñaban aún a ellos mismos entre ronquidos constructores de la tierra que yo estoy ahora contemplando desde el avión camino de Marrakech. Con sesenta y dos años cumplidos he llegado al cercano Marruecos para adentrarme unos días en el Parque Natural del Tubkal e intentar llegar a su cumbre, desde el respeto, el silencio, el esfuerzo. En bereber Tubkal viene a significar algo así como “la tierra que habla” “aquel que cree en la tierra” ¡qué grande es el silencio de aquella tierra y sus gentes! ¡qué profundidad en la mirada de las cumbres y las gentes que habitan sus laderas! 

Javier Agra.

domingo, 6 de julio de 2014

PEÑALARA, SUEÑO DE CUMBRES

Risco de Los Claveles y Cumbre de Peñalara en primavera.

¡Brindemos, amigos míos, con una copa de cumbres y agujas donde las águilas ponen sus nidos de ligero vuelo al viento de todas las montañas de la tierra! ¡Brindemos a las sedosas y pálidas nubes de lágrima transparente que recogen el vuelo de los deseos ilusionados con tiempos de paz y entrega a la construcción de futuros luminosos!

Sobre las cumbres, el sol entrega sus rayos de largas s para que pongamos hamacas de sosiego entre la música clásica de las canoras aves que llenan el corazón humano de la naturaleza entera mientras los montañeros cierran los ojos en el momento del descanso cuando ya han abrazado el vértice y, sentados en la cima, ponen besos comunes en el transporte colectivo del viento.

Cumbre de Peñalara, cumbres todas de la tierra donde la luz es salón de baile para el corazón y la rosa; cumbres donde siempre es primavera porque, más allá de la furiosa nieve o la tormenta callada, crecen semillas de tiempos libres en libertadas personas; cumbres de cielo abierto y rosicler sin fronteras, recuerdos de mar en ondas suaves y barcos de vela.

Cumbres donde el esfuerzo desvanece los imposibles de la vida, donde las dificultades reducen sus espinas; cumbres que borran fronteras y entregan la respiración y la sabiduría de todas las tierras; montañas hechas del tejido suave de todos los sueños y todas las almas, suavidad para el terrible desierto y la oscuridad fría de pantanosas selvas.  

Cumbre de Peñalara, llévanos en el carro de éter a la libertad de las estrellas para que nuestros sueños abracen la realidad y la transformen con nuestros actos, en arados y podaderas de paz; cumbres de la tierra unid en armonía abrazada los anhelos de futuro entre la seguridad y la paz hasta que caminemos juntos los animales con las aves, las personas y las platas, el fuego y el matorral, las criaturas del mar y del viento.


Javier Agra.     

jueves, 19 de junio de 2014

PEPE HERNANDO, HOYA DE PEPE HERNANDO

Enamorados, se miraron a los ojos y aspiraron el aroma de la noche estrellada en azul y violines. Cerraron los ojos para que el amor creciera en ellos con el pensamiento y el dulce sonido del viento entre las retamas; para que se ensanchara como la libertad de las montañas sin límite en el recuerdo de la música de los ruiseñores. Enamorados, se miraron a los ojos y su brillo se hizo beso que voló, entre la maraña de dificultades, más allá del horizonte y del tiempo; el beso no se perdió, anidó entre las estrellas y se hizo luz para alentar paz y esfuerzo; el beso se hizo corazón y aliento y manos para la construcción y espíritu para el futuro.

Caminamos hacia la Hoya de Pepe Hernando.


Pepe Hernando, el joven pastor pasaba las cálidas noches, desde la primavera hasta muy adelantado otoño, en los pastos de la Sierra de Guadarrama. Allí se enamoró de una zagala que pertenecía al grupo del facineroso Juan Andrés, la muchacha tomó gusto a sus escondidos requiebros. Juntos paseaban de la mano alguna atardecida y juntos soñaban con las bondades de un futuro compartido entre el rebaño y la placidez de la vida construida entre los dos. Eran sus paseos de luz blanca y sonrisa de verde olivo. Eran sus palabras, barcas navegando por el mar del cielo serrano entre el arrullo cómplice de las abejas que buscaban el polen de las flores, entre el aleteo sereno de los pájaros recién salidos de sus nidos.

En la Hoya de Pepe Hernando se ensancha la paz hasta saltar montañas.


Juan Andrés dejó que su corazón se llenara de cólera y así nació la más fiera maldad que la mente pueda imaginar. Era aún de madrugada, cuando Pepe Hernando soñaba felices pensamientos ante la mortecina luz de las llamas que le habían sosegado el relente de la noche al raso; era aún de madrugada cuando las pisadas traicioneras del forajido encolerizado, se acercaron hasta la cabecera de Pepe Hernando. Su fiel mastín saltó en su defensa, más Juan Andrés acuchillo al perro y dio muerte al mancebo enamorado. Si pasáis por la Hoya de Pepe Hernando, podréis ver aún hoy cómo se retuerce el arroyo entre el llanto y la búsqueda, el mismo arroyo en que cada madrugada lavaba su rostro el mozo, mientras cantaba trinos para su joven amada.


Javier Agra.

lunes, 16 de junio de 2014

CIRCO DE LAS CERRADILLAS

Ventean los pinos aromas de primavera.
Se ha levantado temprano el sol esta mañana, madrugó buscando sus botas cuando los montañeros entonan las primeras pisadas por el Puerto de Cotos buscando el arroyo de las Cerradillas para subir hasta el Pico Valdemartín.

Mapa de nuestra ruta de esta jornada

Después de saludar respetuosos a Peñalara, volvemos la espalada a la más alta cumbre del Guadarrama y avanzamos por la carretera que sale hacia Valdesquí. Conversación de pinos y asfalto en la mañana serena, el sonido del aire apenas apunta palabras tiernas. Más adelante, a nuestra izquierda, salimos del asfalto; solamente queda naturaleza marcando la dirección hacia el Refugio del Pingarrón. Inmediatamente dirigimos nuestros pasos hacia el arroyo Guarramillas que está en lo más hondo…como todos los arroyos, pues ellos sí saben buscar la raíz de la vida y esparcir entre sus aguas el húmedo sonido de la libertad.

Atrás queda ya el arroyo, los montañeros caminan entre el pinar alfombrado de plantas papilionáceas con su corola en cinco pétalos independientemente libres que forman una perfecta armonía de belleza y entendimiento: el poderoso estandarte protector del conjunto, las dos alas sosegadamente situadas, la quilla con sus lóbulos fusionados en un solo pétalo. Las papilionáceas muestran la hermosa grandeza de lo sencillo. En algún lugar, más o menos indeterminado, antes de bajar al arroyo de las Cerradillas, sale un sendero hacia la derecha, a media altura de la loma, nosotros lo encontramos porque nos acompaña un montañero que recorrió y pintó esta variante.

Estamos en el Circo de las Cerradillas


Así pues, llegamos al arroyo de las Cerradillas que baja desde la Cuerda Larga apuntando hacia Valdemartín. Arroyo arriba, por donde nos permitían el agua y la vegetación fortalecida, fuimos a salir a Las Cortadillas en el circo glaciar de las Cerradillas. La montaña tiene cariño almacenado y abierto para quien quiera llegar a por ello; la montaña tiene ojos risueños para quien se adentre en sus espacios abiertos. Los montañeros pudimos tocar el misterio del tiempo, los inmensos siglos de cariñosa y lenta transformación de la tierra que se construyó entre sueños para ofrecerse viva y libre a nuestros sentidos despiertos.

Circo de las Cerradillas con Peñalara al fondo y la ruta de nuestra subida en lo hondo.


Para subir hasta la cumbre, toda montaña tiene un tramo de más fuerte pendiente. El Collado de Valdemartín nos llama trescientos metros más arriba entre la piedra suelta y alguna nube que juega a disuadir nuestra búsqueda de la cima; sabe la montaña que hoy también seremos respetuosos y decide no insistir en sus juegos defensivos. Las piedras ofrecen algún punto de verdor y hierba dura; el aire silba sonidos de roca, en aumento desde el musitar en el inicio de la ascensión al ronco chiflo sonoro en lo alto del Collado; los herrerillos y las chovas planean en nuestro entorno, no quieren asomar su suave pluma entre el viento feroz del Collado de Valdemartín; sobre nuestras cabezas solamente aparece un buitre, su silencioso pasar recuerda a los montañeros que tal vez será bueno el olvido de algún trozo de nuestra comida.

Estamos de regreso. Hasta estas piedras vendrán las aves, entre el silencio y la búsqueda, a repasar el pan voluntariamente olvidado por los montañeros.


Entre nubes y vientos están cerradas las cumbres, los montañeros dejan bajo sus pies un aguerrido nevero y comienzan el descenso por una morrena que arranca antes de llegar a la Loma del Noruego, en lo más alto de la estación de Valdesquí. Entre unas rocas, al abrigo del viento, los montañeros, hacen una pausa para la comida…el buitre  altivo, el águila de lejano vuelo, las hormigas y los rebecos pasarán más tarde siguiendo nuestro rastro y limpiando de migas el suelo. Continuamos el descenso, ya estamos a la altura en que las vacas reparten su tiempo entre el pasto y la siesta; se pierden los senderos; bajamos hacia el arroyo de las Guarramillas; aquí un hito, seguimos; allá un claro, hacia él nos dirigimos; entre hitos, claros, búsquedas, misterios, encuentros, piornos y otros asombros estamos en el sendero a la vera del arroyo. Nos falta subir la empinada cuesta para encontrarnos de nuevo en el Puerto de Cotos, a esta hora de la siesta llena de gentes hambrientas, más de naturaleza y de luz, que de otros alimentos.


Javier Agra.

jueves, 12 de junio de 2014

HOYA DE PEPE HERNANDO

Como si fuera nuestra intención acariciar la vertiente sureste de Peñalara, hemos hecho un recorrido precioso construyendo idas y venidas por diferentes alturas. Laderas de poética fiereza suspiran bajo nuestra mirada, laderas de verde primavera en ebullición de vida y pureza. Las laderas de Peñalara son jardines de flores ágiles y de sorprendida vida en vuelo y armonía; silencio vegetal de ensoñación respirada pisada a pisada desde el Puerto de Cotos por la senda que apunta hacia la cumbre de Peñalara.



Quedamos hoy más bajos, por debajo del firmamento, por debajo de la vista de Dos Hermanas. Apunta un camino hacia el Refugio Zabala por donde entramos los montañeros entre murmullo de agua clara iluminada del verdor de la hierba en la madrugada. Al fondo la Laguna Grande, más arriba el viejo Refugio Zabala, dejamos a nuestra derecha la Laguna Chica henchida de risas y agua, espejo de la naturaleza y sus miradas; las aves que beben su agua nos miran y preguntan a nuestros pensamientos si estamos de paso o pretendemos destrozarlas. Las aves entienden que el valle es muy anchuroso y tiene espacio para todos; nos saludan con baile de picos y alas, antes de continuar bebiendo en el azul de la mañana.

Atrás quedaron Las Mesillas. Cruzamos el Arroyo de La Laguna y apuntamos hacia la Laguna de Los Pájaros, allí llegaremos dentro de un rato por un recóndito sendero poco transitado; de inmediato nos desplazamos ladera adelante a media altura en suave descenso siguiendo escondidos senderos y antiguos hitos. El paisaje es sublime, canta la música de la tierra en nuestra alma mientras descendemos ligerísimamente y casi flotamos entre las nubes del pensamiento y las ramas de la materia, somos búsqueda y libertad camino de la Hoya de Pepe Hernando.

Estamos en la Hoya de Pepe Hernando.

Detengo mis pasos y enciendo mi mente, camina delante de mí el sosiego reverente de los siglos. Estoy viendo un glaciar de hace diez mil años resguardado por dos morrenas donde crece en silencio el murmullo de los poemas, el rumor del sentimiento, el violín del tiempo, la dulzura de la paz, la orquesta de la luz y el fuego. En este lugar, el agua y el tiempo se hicieron verso y beso de un vuelo más allá de las dificultades y del tiempo.

El corazón enterrado de Pepe Hernando salió a nuestro encuentro y entre sollozos y suspiros nos relató sus antiguas cuitas de enamorado antes de que lo matara una navaja enemiga con cuchillada traidora entre la luna y rasante vuelo de un mochuelo que salió huyendo ante rumor de la sangre derramada. El corazón enamorado de Pepe Hernando, enterrado entre la hierba, continúa brillando en el agua que serpentea mientras se pierde en el pinar en busca de su caída.


Quietud.
La vida se vuelve pensamiento en estos valles de hermoso verdor silente.
Armonía de luz.
Palpitante aliento /sonrisa de los pinos
Pájaros y agua.
Silencio…
¡Ponte en marcha! La montaña inicia su llamada. Nos falta la subida más fuerte de la jornada. Salimos por la morrena que vemos a la derecha de la fotografía, buscando la zona más alta; durante un tiempo el sendero está perdido, permanece la dirección que nos llevará a encontrarnos otra vez con el sendero clásico camino de la Laguna de los Pájaros. Superamos matorrales de piorno y urz, llegamos a la loma de la morrena, salimos al sendero y dejamos a nuestra izquierda una cascada de agua estacional. La nieve hace juegos y brillos en esta primavera avanzada, esconde arroyos y música de ranas, retoños de vida en la Sierra del Guadarrama.                             

En la zona de Cinco Lagunas la nieve de esta primavera hace juegos y se mantiene activa.

Superamos la Laguna de los Pájaros, bulliciosa de humanos, y continuamos unos pocos metros en dirección al Collado de los Neveros. Pero enseguida salimos, ladera abajo, cruzando otros neveros, buscando el paisaje cercano a la Laguna del Operante. Nos detenemos un tiempo. En la montaña, beber agua es también respirar el entorno, alimentar el espíritu de las olas de paz de este mar de sosiego, es cerrar los ojos y soñar con todos los tiempos, remar con las alas del viento sin acertar a decir si el montañero está dormido o despierto.

Cerca de la Laguna del Operante se conservan escondidos neveros cuando ya la nieve se ha derretido en otros lugares.

El regreso nos condujo por senderos poco transitados hasta encontrar de nuevo la zona de las Cinco Lagunas. Desde allí sorteamos y saludamos a muchas personas, hasta alcanzar el Mirador de Javier desde donde se divisa la impresionante Laguna Grande de Peñalara. De nuevo bajamos hasta el Arroyo de la Laguna y disfrutando de la belleza del paisaje llegamos hasta Cotos. La belleza del paisaje queda impresa en el alma, con ella volvemos a la ciudad, a la vida, a construir la realidad soñada en las cumbres.

Javier Agra.