jueves, 12 de enero de 2023

LOS AÑOS


Comencé a nacer al iniciar la primavera, cuando el aire varía de céfiro a sosegado, cuando las aves retozan sin tiempo buscando nidos y familia, cuando los arroyos sueñan aguas del deshielo en las tierras bajas… por eso tal vez, ahora pienso que mis años están transidos de la vida y la novedad de todas las primaveras.


Esta fotografía está tomada haciendo la Travesía de Tirobarra, bajando hacia el lugar llamado Los Corrales.

Pienso que al mismo tiempo que camino hacia la vejez, enciendo mis años del color de las flores y sus abejas de miel, de ramos coloridos y risas jóvenes acariciando pétalos nuevos, cuento mis años por mariposas blancas y verdes y azules y multicolores que revolotean entre las adelfas y los olivos de troncos fortalecido por las arrugas de los otoños, añado a mis años los cantos de los pájaros que han cubierto de plumas brillantes su tiempo de vuelo, adorno mis años de vida nueva y de experiencia, de luz de estrellas y amaneceres de paz.


He aquí una sabina que renace sobre sí misma y de sus ramas caídas sobre la tierra ha generado nuevas raíces y vida nueva.

Recuerdo aquel primer cerezo de la infancia que mi padre me enseñó a plantar, lo he visto muchas veces con su rojo fruto y sus hojas de colores variados pasando por las estaciones y naciendo siempre a la novedad en cada primavera. Después planté más árboles de diferentes frutos y planté árboles con mis hijos y con mis nietos para que la tierra no me olvide y yo sienta mis manos, mis pies, mi rostro, mi corazón, mi entera vida unida a la tierra, unida a la eternidad.

Comencé a nacer al iniciar la primavera…

Javier Agra.

 

miércoles, 11 de enero de 2023

LA NOCHE


Chozo cercano al Arroyo del Regajo. He pasado una jornada desde el aparcamiento de Majavilán en las Dehesas de Cercedilla, pasando por el Collado de Tirobarra para volver por la Calzada Romana hasta el puerto de la Fuenfría y descender el Camino Viejo de Segovia hasta el inicio en el aparcamiento de Majavilán.

El sol deja la tarde tibia de una palidez azul entre los dedos puntiagudos de los pinos de esta pradera donde aún revolotean las últimas mariposas buscando helechos o mullido de hierba para acurrucarse esta noche fresca.

El carbonero garrapinos se esconde musical entre las cercanas ramas jugando al escondite mientras salta de su nido a la pradera, seguro como está que no lo veré pues aún estoy buscando el mejor acomodo para pasar la noche en este chozo antiguo donde los pastores antaño cuidaban rebaños y soñaban añoranzas.

Por el arroyo cercano, el andarríos chico busca acaso guijarros para construir una catedral entre las hojas del robledal. ¿Será acaso un pájaro errante como yo mismo? Acaso los dos hemos caminado guiados por la existencia incierta desde otras latitudes y hoy coincidimos en esta tarde de otoño cuando el aire se viste de ocre en las últimas puntadas del sol.

La tarde huele a mansedumbre de ecos en este valle donde concluye el paso del Collado de Tirobarra antes de entrar en la Fuente de la Reina y la Calzada Romana que me llevará al Puerto de la Fuenfría desde esta planicie de Segovia. Eso será mañana, pasaré la noche entre la soledad y el saco de dormir en este renovado chozo de tradición antigua.

Mañana volverán las mariposas, crisálidas resucitadas para recordar a los humanos que comenzamos la vida nueva cada nueva madrugada.

Javier Agra.

 

jueves, 5 de enero de 2023

SENDA DEL INFANTE


Sosiego.

Libertad.

Los montañeros aparcan el coche en Majavilán, al fondo de las Dehesas de Cercedilla entre las últimas estrellas y la aurora. Los pinares suenan a rumor del aire y trinos de pájaros mientras calzamos las botas y acoplamos los bastones de montaña con la mochila ya a la espalda.

El arroyo Majavilán es una sinfonía de agua esta mañana de cálido invierno, mientras subimos buscando el Camino Viejo de Segovia nos saluda el alba entre púrpura y brillos de cristal reflejados en la naturaleza que está cambiando la escarcha por gotas de luz.


En el Camino Viejo de Segovia tenemos que cruzar arroyos y puentes.

El camino es muy conocido pero podría aparecer en cualquier momento un águila nueva o un corzo saltarín, podría descubrir un castillo encantado o un barco surcando la atmósfera de luz en el rastro que han dejado las estrellas.

El último tramo de ascenso hasta el Puerto de la Fuenfría lo hacemos por la Calzada Romana de empedrado nuevo. Arriba, la neblina ha dado paso a la luz de la mañana que envuelve los pinos mostrando diversos senderos posibles, monte arriba hacia el Collado Ventoso o hacia Montón de Trigo, caminos buscando el Puerto de Navacerrada o la Fuente de la Reina monte abajo.


El Puerto de la Fuenfría es cruce de senderos que invitan a diferentes recorridos.

Los montañeros tomamos la Senda del Infante, sendero amplio por donde nos encontraremos algún paseante y varios ciclistas en este caminar casi llano entre el sol y las sombras que nos entregan las altas laderas de Cerro Minguete primero y después Peña Bercial. El agua suena a serenidad y fortaleza por estos ribazos de pinos y helechos, de acebos luminosos y variados espinos.    

Los arroyos hunden suavemente su curso entre la maleza y la piedra; los arroyos son música de agua y violín recorriendo la montaña y los corazones. Llegamos a la fuente de la Senda del Infante y nos sentamos al rumor acogedor de su agua para comer el queso y la manzana. Junto a nosotros el carbonero garrapinos conversa y revolotea confiado.


La Fuente de la Senda del Infante entre música de agua y de pájaros.

El sol se asoma y se esconde entre las ramas en un juego continuo de naturaleza y vida; el sol agranda el espacio y lleva nuestra vista hacia el valle profundo entre el verdor y la inmensidad, hacia el agua sosegada en el embalse y la lejana ciudad de rascacielos y corazones preocupados y doloridos por la vida.

Por los caminos se me ha ido la vista y el pensamiento en busca de otras tierras y de otras gentes que llenan el espíritu de sueños y deseos de paz. La Senda del Infante y sus montañas son medicamento que entregan al alma sosiego y libertad. Pronto llegaremos al Collado de Marichiva para descender la larga y pedregosa senda que nos deposita, de nuevo, en el aparcamiento de Majavilán.

Javier Agra.

 

martes, 3 de enero de 2023

TIÒ DE NAVIDAD


Son muchas las tradiciones que voy descubriendo a lo largo de mi peregrinaje por este mundo al que aún no he encontrado ninguna frontera más que las que nos empeñamos en delimitar los humanos, aunque nunca he encontrado razones suficientes como para mantenerlas.

De Cataluña y Aragón he aprendido la tradición ensoñadora del Tiò. Ha contribuido a tal aprendizaje que soy abuelo de dos nietos nacidos y con residencia en Cataluña. De modo que hace algunos años, incorporé este asunto del “tizón o tronco de Navidad” al recorrido de mis preparativos donde el Belén tradicional de muchos lugares ocupa un puesto preferente por su simbolismo cristiano.


Encontré al Tiò asomado a esta cueva donde compartía cobijo con una familia de conejos.

El Tiò es un tronco más o menos grueso con su rostro siempre feliz, que vive en los bosques en compañía de los árboles y en medio de la naturaleza. Cuando llega el frio, le gusta encontrar una familia de acogida. Así pues, la víspera de la Inmaculada me puse las botas y me fui al Monte del Pardo como otras muchas mañanas, pero hoy tenía la intención de encontrar al Tiò y traérmelo a casa para alimentarlo y evitar para él los rigores del invierno, que este año son más llevaderos.

Recorrí caminos y escondrijos conocidos en su mayoría y alguno nuevo, pues siempre en la vida nos quedan lugares y pensamientos que son desconocidos incluso para nosotros mismos. Lo encontré asomado a una cueva donde me dijo que compartía cobijo y cama con una familia de conejos. Su cara siempre sonriente se iluminó cuando le comenté que se viniera a pasar el invierno con nosotros.

Aquí está viviendo desde entonces. Pasa la mayor parte del tiempo bajo el árbol adornado con diferentes figuras y con chocolate. Le gusta comer fundamentalmente mandarinas y kiwis además de beber abundancia de leche.


El Tiò vive en nuestra casa, pasa la mayor parte del tiempo bajo el árbol. Le gusta comer sobre todo mandarinas y kiwis.

Así cuando vinieron mis nietos, a su abuela y a mí se nos iluminó el alma, el corazón y la vida entera, el Tiò se mostró muy satisfecho de la compañía. La tarde de Nochebuena, según la tradición, le cantamos en catalán la conocida melodía que dice así:

 

 

 Caga, tió                                  “Caga, tizón

ametlles i torró /                         almendras y turrón
no caguis arengades                   no cagues arenques
que són massa salades                que son muy salados
caga torrons                                caga turrones
que són més bons
…”                 que están más buenos… “

 

El Tiò pasará en nuestra casa buena parte del invierno antes de regresar de nuevo al monte a vivir entre las encinas del Pardo. Nacerá la primavera para él y para la naturaleza entera, como nació la luz, en la sencillez de una familia alojada en una cuadra, para las personas y todo cuanto existe, en esta Noche Buena. Acaso el próximo invierno tenga que buscarlo en otro lugar más escondido, pero tampoco es muy preocupante porque en realidad es él quien sale al encuentro de la familia que escoge y donde vive feliz los días más duros del invierno.



Los niños duermen soñando con los bosques donde ellos mismos buscaron y encontraron su propio Tiò.

 

La tarde de Noche Buena el Tiò defeca pequeños juguetes y algunos dulces con los que juegan y meriendan los niños de la casa. Los juguetes grandes, si los hubiese, se reservan para el trabajo posterior de los reyes magos. De modo que la emoción de los niños tiene su cumplimiento con estos pequeños detalles. Más tarde, los niños duermen seguramente soñando con el bosque donde ellos mismos fueron a buscar y encontraron con sus padres el Tiò que queda bajo el árbol de su casa mientras pasan unos días en el domicilio de los abuelos donde corretean llenando de vida e ilusión el rostro de los abuelos.

 

Javier Agra.