Quedé con los pies
clavados frente a la ermita de Nuestra Señora de la Oliva. El aire traía
cercanías de luz azul tamizada en el blanquecino de las nubes, traía aromas de
otros siglos cultivados en estas hoy baldías tierras, traía palabras de otros
tiempos lejanos cuando los cistercienses construían sus monasterios desde la
austeridad para cultivar los campos en tierras de frontera ausentes a los
ejércitos y a las guerras.
Ermita Virgen
de la Oliva
Corría la primera mitad
del siglo XII cuando entre ladrillos y entre mampostería fueron configurando la
sencillez del románico, columnas lisas de capitel simple sin ornamentos
vegetales para ir formando el templo en la unión del ábside y la nave. El
ábside era para representar la presencia de Dios que es Santísima Trinidad por
eso la luz entra a través de tres sencillas aberturas que difícilmente se
pueden llamar ventanucos en medio de las hileras bien sustentadas en ladrillo.
Allí rezaban los monjes
el oficio divino antes de salir el sol cualquier mañana de Pascua de
Resurrección con el salmo 149:
¡Aleluya, ha resucitado
el Señor! ¡Aleluya, resurresit
Dominus!
Alabad su nombre con
danzas laudent nomen eius in
coro
cantadle con tambores y
cítaras in
timpano et psalterio sallant ei
porque el Señor ama a
su pueblo quia beneplacitum est
Domino in
y adorna con la
victoria a los humildes. populo suo
et exaltabit mansuetos in salute.
El canto que nació en monodia gregoriana, fue
compuesto siglos más tarde como motete por el grandioso Bach. Y así el salmo
siguió su sonora melodía por todas las tierras del mundo, aún hoy resuenan sus
voces en timbre gregoriano y en melodiosa polifonía.
Olivo con sus aceitunas a punto de madurar.
Plantaron los monjes tres hileras cada una con tres
olivos para obtener sombra en las horas de siembra del trigo y de su cosecha en
la solana de los veranos futuros. En aquellas tierras trabajaron los hermanos
cistercienses y en ellas trabajaron también los labradores del pueblo de
Patones. Hasta allí portaban el agua del cercano Lozoya para el sustento de la
comunidad y los animales de leche y trabajo, para la huerta y los olivos que
eran tres veces tres. Lo llamaremos –se dijeron– el Santuario de Nuestra
Señora de La Oliva pues con el aceite
nuestra almazara mantenemos la lámpara del sagrario encendida.
Río Lozoya poco antes de la Presa del Pontón de
la Oliva.
Años y siglos más tarde se fueron todos los monjes a
fundar el templo de San Pedro Apóstol en la cercana población de Torremocha de
Jarama, sino un hermano lego que quedó para hacer la oración de las horas en el
templo. Dicen que una banda de forajidos lo asesinó una madrugada, mientras
rezaba maitines a la brigada de un olivo.
Los campesinos lo vieron cuando iban a cosechar los
sembrados al rayar el alba, con una rama de olivo en una mano, en la otra el
breviario. Lo enterraron entre oraciones y canto gregoriano en el ábside circular
de ladrillos en hileras de mampostería, bajo la luz de la ventana central en el
subsuelo del presbiterio.
FOTO
Ábside de las ruinas del Santuario de Nuestra
Señora de la Oliva.
El resto de los monjes se repartieron en ermitas por
los cercanos pueblos viviendo de dos en dos atendiendo a los nuevos templos que
por estos lugares florecieron. Vinieron malos vientos, malas tormentas llegaron
que arrasaron los sembrados, las cosechas y los olivos. El tiempo borró la
memoria de aquellos monjes del cister que crearon el monasterio de Nuestra
Señora de la Oliva del que hoy apenas conservamos el ábside con su bóveda de
cuarto de esfera y un inicio casi invisible de la nave que otrora albergara liturgias
y cantos, escuela y biblioteca.
Puede que la historia del Santuario de Nuestra
Señora de la Oliva sea así o puede que sea de otra manera.
Javier Agra.