jueves, 11 de mayo de 2023

LA MOCHILA Y LA LUNA


He terminado (el tiempo se puede medir en minutos o acaso en siglos) hace pocas horas unas jornadas de camino de varios días entre el templo de Santiago en Madrid y el Monasterio de Uclés en la provincia de Cuenca. Hacía algún año que me atraía la idea. Esta primavera es buen momento, me dije, y comencé con la mochila, las zapatillas, el saco de dormir, el silencio, la compañía de un buen amigo, la madrugada…


Con la mochila a la espalda y la luna en el cielo salimos al campo cada mañana…

La luna en su camino hacia menguante ilumina el cielo y apunta los senderos de la tierra al iniciar cada mañana. El rosicler del horizonte da paso lentamente a la potencia del sol en esta primavera que con las horas se torna tórrida en demasía.


Con la bendición del apóstol comenzamos el camino en el templo de Santiago en Madrid.

Madrid es un bullicio a cualquier hora. Con la bendición del santo apóstol iniciamos nuestro camino hacia el Puente de Toledo y el apetecible paseo del Manzanares que se termina en Villaverde. Después ¡ay! la suciedad acompaña a nuestro río por sus orillas, la sequedad y abandono del suelo hasta Rivas Vaciamadrid como final de la primera etapa.

Con la luna de la mañana salimos para encontrar enseguida la vía verde de Tajuña camino de Morata, entre viñedos y olivos que habían sido fértiles antaño y hoy poblados de olvido, de añoranza y también de conejos. Entre Morata de Tajuña y Perales de Tajuña florece la agricultura, por estos lugares el campo aún canta romanzas de productiva semilla. Pero los pueblos no están preparados para recibir peregrinos. Sin alojamiento ni aún posadas, la sensación es que no debimos haber llegado a pie hasta estas calles.


La vía verde del Tajuña tiene diferentes curiosidades, como este Puente de Arganda por el que pasó otrora el famoso tren “que pita más que anda”.  

La mochila por vivienda, la luna por farola comenzamos cada jornada lentamente entre olivos y cereal. Entre la esperanza de cosecha y la certeza del grano no nacido por la persistencia de la sequía y el sol que abrasa durante buena parte del día, llegamos hasta Estremera el último pueblo de la comunidad de Madrid. Aquí encontramos un albergue recién estrenado por el Ayuntamiento y también un “Hogar del Pensionista” donde cada día comen algunas personas, de las que ninguna es pensionista nos indica la mujer que atiende con cuidado y delicadeza, y también con buenos alimentos,  a los peregrinos fatigados, hambrientos y felices por la jornada que concluimos, pero asombrados y perplejos ante la falta de peregrinos y aún de conocimiento de la existencia del Camino de Uclés.


Estremera tiene su templo bajo la advocación de Nuestra Señora de los Remedios. He aquí su retablo.

La mochila y la luna nos acompañan al inicio de esta jornada que nos llevará hasta el pueblo de Barajas de Melo, de experiencia de este pueblo prefiero no dejar recuerdo. Pero sí quiero guardar en mi memoria estas llanuras manchegas con el fértil regadío del Tajo que hasta aquí llega por una bien trabajada infraestructura y que me permitió ver kilómetros de campos de ajos, el famoso ajo de Pedroñeras está cultivado también por estas tierras. Tapiz agradable a la vista entre campos de ajos, de alfalfa y cereal de regadío abundando en exitosas espigas y coloridas amapolas. Arriba, la aridez de las tierras de secano pobladas de conejos en incontable número y tamaño, grandes como el caballo Rocinante de Don Quijote que a nuestro lado cabalgaba por la silenciosa tierra de La Mancha.



Llegamos al Monasterio de Uclés, una escalera de abundantes peldaños da acceso a la cima del Monasterio en lo alto del pueblo de pindias pendientes.

Llegamos, al fin, porque todo llega y tiene su término como lo escribe el cielo y lo rubrica la tierra, al Monasterio y pueblo de Uclés entre encinares y cereal de secano, entre sosiego y fatiga, entre oración y sonrisa, entre misterio y amargo regusto de un camino inconcluso en sus estructuras y en su acogida, de un camino al que el peregrino tiene que poner el sentido, tiene que buscar la cultura, tiene que ignorar los recelos y aún el asombro de las gentes de los pueblos que, no pocas veces, miran de reojo a dos peregrinos sospechosos que llegan a pie, con un palo en la mano, con una mochila a la espalda y la luna por linterna.

Javier Agra.   

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario