miércoles, 23 de febrero de 2022

DE COVADONGA A LA TORRE DE LOS TRAVIESOS I

 


Conviene que estén asegurados unos días luminosos para hacer esta travesía que propongo en el que aseguro sosiego y fatiga, libertad y trabajo, inmensidad y esfuerzo. También es posible que la mucha cantidad de días de lluvia y oscuridad pongan alguna traba al plan, es frecuente en Picos de Europa encontrar una sucesión de días grises. Confiamos en el sol y en una tierra de paz.


He visitado unas cuantas veces Asturias y en varias me he detenido a admirar, contemplar y orar en el Santuario de la Virgen de Covadonga.

Desde el Santuario de Covadonga donde es interesante hacer una serena visita, salimos en coche por la reducida y emotiva carretera que llega a los Lagos con otra parada turística que puede extenderse cuanto el viajero quiera pues el alma y el corazón tienen aquí suficiente alimento para varias jornadas.




Desde el Lago Ercina admiramos el paisaje y contemplamos alguno de los picos por los que pasaremos estos días.

El coche lo dejamos más adelante, en el espacio llamado Pan de Carmen donde comenzamos a caminar por una amplia llanura que en seguida se va estrechando por el Arroyo Pomperi y la Vega del Huerto antes de comenzar el ascenso entre curvas y alturas de piedra y verdor por la Vega de Piedra antes de abrirse al inmenso asombro de la Vega de Canraso, aún otro peldaño más en el camino y llegamos a las Majadas de Rondiella.


La Vega de Piedra es una explanada de verdor y ensueños.

Estamos en uno de los puntos más admirados de toda la travesía; las Majadas de Rondiella, conservan la ruinosa presencia de esa figura edificada como suspendida sobre la tierra a modo de amplio hórreo, además de otras cabañas seguramente recuperadas con el tiempo. Aquí las vacas conectan los días antiguos con la actualidad de cada año que pasa.

El horizonte ofrece conversación y futuro. La naturaleza y las piedras, las hierbas y la brisa que aparecen ante mis ojos hablan de otras tierras y de otros tiempos, cuentan secretos de la vida e historias del pasado no imaginado por el montañero que ahora remonta estos senderos, hablan también del tiempo pasado y son iluminación del futuro de luz al que estamos llamados cuando nuestro espíritu esté libre del dulce peso de los años.


Las Majadas de La Rondiella presenta ese grandioso conjunto de verde y piedra, de edificaciones y vuelo de de pájaros, de vacas y de senderos pisados.

Desde el Collado del Gamonal ya se contempla la campa del Refugio de Vegarredonda donde perfectamente se puede hacer noche pues el camino tiene la fatiga de la espereza de las piedras y el desgaste de la respiración. Pasar la noche en un refugio de montaña invita a soñar estrellas y violines, a serenar el corazón y el alma entre los grillos y el murmullo silencioso de la noche en su aspecto más ancestral.


El Refugio de Vegarredonda está entre las rocas aprovechando un pequeño espacio verde. Es un buen sitio para descansar una noche y aún unas cuantas jornadas.

Javier Agra.


viernes, 18 de febrero de 2022

MALICIOSA


Pocas cosas nuevas puedo añadir sobre las técnicas de subir a La Maliciosa, montaña que siempre me ha parecido muy poderosa en el conjunto de la Sierra de Guadarrama. Queda alejada de los diversos puntos de subida, pero siempre es como el último sueño profundo antes de la madrugada.

Desde el Regajo del Pez y el Collado del Piornal, o la Cuerda de Los Porrones; ascender Manzanares arriba hasta su nacimiento en ventisquero de la Condesa para después coronar la Maliciosa, o por el Valle del Arroyo de Peña Jardinera cerca de los Almorchones y superar el Peñotillo que siempre me ha parecido un filósofo meditando con los ojos cerrados; desde La Barranca y aún desde Navacerrada pasando por la Bola del Mundo. Son todas, y aún otras más, subidas llenas de esfuerzo y energía, de vitalidad y serena inmensidad.


Cumbre de la Maliciosa.

Entre barrancos y praderas, las cabras monteses han encontrado acomodo para su solaz y expansión entre las pedreras y los vegetales, entre los piornos y enebros, entre el brezo y el arándano, sin otros predadores más que las altivas águilas que cuidan el cielo de Guadarrama donde vuelan felices la collalba y el acentor. Los animales que pueblan su amplitud encuentras allí refugio, protegidos por las cariñosas y rocosas manos de la cumbre de la Maliciosa siempre incólume ante las nevadas, el sol o los vientos furiosos.

Cuántos siglos de novela y misterio encierra la Maliciosa! Cuentan de una bruja que tenía en su cumbre un vergel… cuentan de jinetes que en las noches de luna llena cabalgan sus cumbres buscando algún hilo de plata para coser la rueda de sus hazañas… cuentan de diablillos juguetones que encienden hogueras de madrugada para calentar sus correrías y se diluyen con los rayos del sol primero… cuentan acaso sonidos de gigantes aves prehistóricas que nunca llegaron a descender a los valles porque necesitaban todo el oxígeno de las altas cumbres para sobrevivir…


Comienzo el descenso, en mi corazón suena el concierto para violín de Glazunov y suena la libertad y la PAZ como deseo para toda la tierra.

Desde la cumbre puedo escuchar por toda la Sierra el concierto para violín y orquesta de Aleksander Glazunov (San Petersburgo 1865 – Paris 21 de marzo 1936), estoy en este ambiente contemplativo de la cadencia del violín en el moderato que envuelve el espíritu de la montaña. Comienzo el descenso en la amplitud de la serenidad montañera, incluso alguna cabra suelta que se cruza a mi paso camina al ritmo del andante sostenido del violín y la orquesta. Las manchas de nieve se agolpan hacia el Ventisquero de la Condesa para alimentar el nacimiento del Manzanares. Vuelan algunas aves de pequeño tamaño jugando con las retamas y los primeros pinos monte abajo entre el arpa y la trompeta con que vamos entrando al tercer movimiento del concierto de Glazunov.

Por todos los caminos, La Maliciosa es esfuerzo y sudor, es entusiasmo y sosiego, es lentitud como la naturaleza pausa su devenir a cada momento según conviene, es respiración fatigosa y corazón ardiente, es un abrazo de esperanzada libertad y de solidaria igualdad para todas las personas y la naturaleza entera.

Javier Agra.

 

miércoles, 16 de febrero de 2022

JABALÍES EN EL PARDO


Próximo a mis setenta años, paseo con mucha frecuencia por el Monte del Pardo. Con frecuencia encuentro huidizos conejos y multitud de inalcanzables aves que no tienen el menor recelo de quedarse mirando mi paso sin ninguna preocupación, acaso sepan que no soy depredador; la vida me ha dado otros recursos y encuentro a diario el alimento necesario sin tener que recurrir a las tretas de otros lugares y otras épocas.


Algún lugar del Monte del Pardo desde donde me detengo a contemplar la vida interior y también la nieve de la Sierra de Guadarrama al fondo en la Cuerda Larga.

Pocas veces he visto al jabalí en la ruta de los paseos que frecuentamos paseantes y ciclistas. La primera fue cuando aún nos acompañaban Munia y Pipa, de estos hace ya más de ocho años seis meses y catorce días. Alguna “perrería” había hecho Munia pues era un jabalí que venía persiguiendo a la perra quien nos salió al camino. Reaccionamos con aspavientos y sonidos guturales cual primitivas hordas, el jabalí que se vio en minoría salió huyendo.

La última vez, fue esta mañana. No pocas veces abandono los senderos establecidos en el Monte del Pardo y me adentro en busca de “aventuras” que normalmente terminan en algún arañazo y el descubrimiento de algún nido con huevos o polluelos, según sea la temporada. Hoy también seguí los rastros bien marcados de diferentes sendas de jabalíes, así he visto sus lugares preferidos para dormir, la amplitud de algunos escondidos claros en medio de las encinas, las camas aún calientes entre las jaras y los jaguarzos.


Jabalí de buen tamaño, como el que me encontré esta mañana. La fotografía está tomada de algún lugar público y común. El de esta mañana, me pidió que no sacara su imagen.

Normalmente voy silencioso porque he aprendido que cuando necesito un lugar escondido a donde ir, busco mi silencio y el palpitar sereno de mi corazón como espacio seguramente más escondido. Allí nos sorprendimos el gran jabalí y yo mirándonos frente a frente, sin ningún temor uno del otro. Sus pequeños ojos me miraban y seguramente me identificaba más por el olfato que por la vista.

Se movió unos metros y se parapetó tras unas encinas. Enseguida comprendió que yo no era Meleagro en la cacería de Calidón ni tampoco Hércules por la montaña de Erimanto, no pasaba de ser un simple paseante que resoplaba apartando ramas para buscar una salida en medio de aquel monte escondido a donde había llegado siguiendo rastros y pisadas de jabalí.


Encina del Monte del Pardo en época plena de bellotas. Seguramente es el sueño de más de un jabalí.

Nos miramos uno a otro como en un espejo con nuestros pequeños ojos asombrados en medio del silencio de la naturaleza y de la vida. Allí compartíamos el aire que respiramos, el sonido intermitente de las aves, la suave musicalidad de las hojas y las briznas de hierba. La extrañeza de un humano en su ambiente le hizo preguntarse si existirá algún lugar seguro donde no sea perseguido. Le comenté que por mí, no tenga ningún temor, yo solamente estaba buscando la sonrisa del jabalí para incorporarlo a los recuerdos vividos por mi soledad.

Seguimos nuestros respectivos caminos entre árboles retorcidos, entre huras y matorrales, entre brisas y silencios, entre la ensoñación del paisaje y el misterio del futuro.

Javier Agra.

 

lunes, 14 de febrero de 2022

COLLADO DE CERROMALEJO


Corpulencia de pinos y aire de amanecer en las Dehesas de Cercedilla. A esa incierta hora que ya no pertenece a las estrellas y el sol aún no se ha definido entre las siluetas de la mañana, llegamos los montañeros al Hospital de La Fuenfría para aparcar el coche en una breve explanada y calzar las botas y la mochila.

Cercedilla ofrece a los montañeros y a los paseantes una ingente cantidad de sendas y veredas, casi vericuetos, llenos de fantasía luminosa e insospechado sosiego. Así pues, bordeamos el hospital de la Fuenfría y nos adentramos en la Vereda de la Piñuela a través de una portilla de hierro para alcanzar de inmediato el espacio conocido como Plaza de España donde la hierba verde de este otoño alimenta a las vacas durante el día, durante la noche a los ciervos.


Fuente de la Piñuela. Ya llevamos un rato de camino cuando asoma ante nosotros esta fuente que vierte su agua en una bañera estratégica para que las aves y los animales del monte puedan encontrar agua. La que sobra corre cual rebaño de cabras monte abajo hasta el vallecillo donde está la Peña de la Piñuela vertical al hospital.  

Cruza el ancestral Camino Viejo de Segovia. Los montañeros continúan ascendiendo por la reducida pendiente de la Vereda de la Piñuela entre la fronda intensa de los fornidos pinos. Además de la senda visiblemente trazada, ayuda en el camino la marca de círculos rojos plasmada cada cierto trecho en el tronco de un pino.

A nuestra derecha el sonido constante del arroyo que transcurre en la profundidad del Barranco del Infierno, es una sinfonía que bien hubiera podido aprovechar Rimski-Kórsacov para su Obertura de la Gran Pascua Rusa de melodía serena apenas rota por algún sonido de trompeta y la fortaleza de los violines que aquí son algunas ligeras cascadas seguramente temporales y el claqueteo del pájaro picapinos.

En la Pradera de En medio, apenas doscientos metros más arriba, nos sentamos entre los riscos de piedra para contemplar diferentes valles y lomas, diversidad de collados y sinuosos senderos con el asombro siempre nuevo del viejo espectáculo de Siete Picos que da paso a la Maliciosa y la Bola del Mundo, la Cuerda Larga y las montañas todas del mundo.

Los sigilosos sonidos del monte varían apenas entre las curvas de la subida en la Vereda de la Piñuela según su eco se pose en el verde apuntado a la vereda de los livianos arroyos, en los corpulentos y dispersos roquedales, en los troncos recios de añosa presencia. Los montañeros detienen sus pasos cada cierto tiempo, más para disfrutar el entorno que para retomar resuello.


La Vereda de la Piñuela se injerta en la Calle Alta a la altura de la Loma de la Cierva.

En la Loma de la Cierva llegamos a la Calle Alta por donde pueden pasar bicicletas y aún vehículos de cuatro ruedas. Hacia la derecha podríamos muy bien seguir hasta la Senda del Infante y el Puerto de la Fuenfría, por nuestra izquierda continúa la bien trazada ruta en dirección al Collado del Rey y a buscar otras subidas hacia La Peñota.

Nosotros continuamos montaña arriba entre el ronco berreo de algún ciervo fuera de temporada, entre el estéreo constante de diferentes carboneros garrapinos a los que insistentemente busco con la mirada, incapaz de descubrirlos me conformo con el deleite de su sonoro reclamo, con el asombro de las altas ramas, con el azul inmenso mordido por alguna nube que retuerce figuras en el cielo.


Collado de Cerromalejo en dirección hacia la Peñota.

La senda bordea la montaña hasta que deposita nuestras pisadas en el verdor frondoso de una campa sesgada por una cerca de piedra que baja desde la Peña del Águila y asciende veloz hasta la Peñota. Cruzamos la portillera de hierro y bajamos muy pocos metros hasta el Collado de Cerromalejo donde se acumulan algunos montoncitos de nieve que son milagro y quietud del recuerdo de la última nevada.



Collado de Cerromalejo mirando hacia la Peña del Águila que se divisa lejana al fondo entre los dos pinos.

El descenso lo hacemos por una más pindia senda que nos lleva a encontrar la Calle Alta a la altura de la Fuente del Astillero. Allí compartimos la manzana y los buenos deseos, las vistas asombrosas y algún pensamiento. Pocas palabras llevan en la mochila estos montañeros que son más dados a la realidad y al sueño, al camino de la Sierra y a la quietud de los versos.


El descenso hasta la Fuente del Astillero es más pindio que nuestro camino de subida.

Regresamos por la Calle Alta hasta encontrar el descenso por la Senda de las Piñuelas. La montaña nos enseña que aunque recorramos de regreso el mismo camino por el que subimos, las vistas son diferentes, los sentimientos otros y otras las fatigas y las añoranzas y los vívidos recuerdos. Haced la prueba con algún lugar que os sea familiar, cerrad los ojos, miradlo de nuevo y descubriréis misterios antiguos, daguerrotipos de otros momentos, futuros deseados, misterios aún no descubiertos.

Javier Agra.