miércoles, 15 de mayo de 2019

ENTRE PORTUGAL Y ESPAÑA RUTA DEL CONTRABANDO



Unas cuantas décadas del siglo veinte, fueron años difíciles para los diferentes pueblos de España. Los años del racionamiento posterior a la guerra civil llegaron hasta el mil novecientos cincuenta y dos; durante estos años y algún tiempo después, muchos pueblos de La Raya pasaban a los vecinos pueblos de Portugal para adquirir productos de necesidad para el consumo, productos de complicada obtención en nuestros campos.
Hoy conocemos como “rutas del contrabando” aquellos dolorosos trabajos que hicieron nuestros mayores para sacar adelante a sus familias. Podríamos nombrarlos mejor como “rutas de estraperlo”, pues se pasaban de pueblo portugués a pueblo español sacos con alimentos para el sustento de la familia y no se buscaba ningún otro beneficio.

Desde Moveros, en Zamora, he recorrido numerosas ocasiones algunos de estos senderos que hoy se mantienen como homenaje a nuestros mayores. Las más de las veces, paseo por el monte acompañado del dúo perrito Brauni y Blanquito. 

El templo de Moveros, bajo la advocación de Santa Colomba, tiene un retablo de piedra muy digno de ser contemplado.

Comienzo mi paseo a la espalda del pueblo, dejo atrás el arroyo y me adentro por diferentes lugares con nombre propio mantenido a lo largo de los siglos, nombres que yo desconozco en su mayor parte. La fuente de Los Burros y La Carbonera están al comienzo. Numerosos senderos agrícolas se han perdido; otros han visto florecer su tiempo, producto de las palas del Ayuntamiento y de los intereses de diferentes actividades.

Llego a un cruce de senderos; por uno se regresa al pueblo a través del “prao” de Las Ánimas y Cabeza El Moucho, pero yo continúo de frente entre urces y roble rebollo hasta llegar a una campa y adentrarme en terreno de Ceadea. Unas estacas indican que han marcado un camino local para el “turismo”. El monte se cubre de robles y el paseante juega a ser poeta de fantasía e imaginación.

La Caseta de la Emboscada, fue un pequeño puesto de vigilancia para controlar que nadie pasara productos de estraperlo entre los pueblos de Portugal y España.

Los trigales y el campo abierto dejan sin vegetación la continuación del paseo; de tanto seguir los pasos de mis dos compañeros perros, he descubierto amplios senderos. Como una aparición nebulosa entre el pasado y la ensoñación encuentro la Caseta de la Emboscada; solamente quedan paredes caídas, entre pequeños robles y numerosas urces de lo que fue un puesto de vigilancia entre Ceadea y Arcillera.

Un kilómetro más allá está la Caseta de La Canda que fue un puesto de retén de la Guardia Civil, allí vivían algunas personas durante días. Aún recuerdo esta edificación, ya en ruinas, peros con su huerto y sus árboles frondosos. Hoy todo está devastado por el olvido y el tiempo. La cercana Laguna de La Canda es lugar de reposo para las múltiples especies de aves y animales que por allí se acercan.

Caseta de La Canda, hoy en estado degradado. Por sus alrededores empleamos, yo mismo y los perros Brauni y Blanquito, algún tiempo en búsqueda y conversación con los espíritus de los antepasados.

El paseo continúa en ligerísimo ascenso hacia La Raya entre pinos y vaguadas. A medio camino encuentro la Caseta de Las Torrrezuelas de la que apenas quedan las paredes de lo que fue una pequeña caseta para la protección de las incontables inclemencias del tiempo.

Caseta de Las Torrezuelas.

Así llegamos a La Raya. En terreno de Portugal encontramos otra caseta de vigilancia donde los guardinhas atendían también a requisar el contrabando que salía de sus pueblos camino de las casas de los vecinos lugares de España.

Crucero y Caseta de Portugal.

Continúo el paseo; hoy, que “no nos falta de nada” por estos hermosos pueblos casi despoblados, recuerdo diferentes relatos de nuestros mayores y me quedo con la comprensión que no pocas veces ejercieron los guardias vigías de ambas naciones que, haciendo la vista gorda, comprendieron que el estraperlo fue un necesario método de supervivencia. Por el Camino Viejo de Cicouro, llego hasta el Sierro y termino el camino circular en Moveros.

Javier Agra.

jueves, 25 de abril de 2019

HOYO CERRADO


En la montaña la mayor parte de los días son espectaculares. Aún con niebla ligera, con llovizna o nieve tiene un atractivo para los sentidos y el corazón, que agranda la voluntad de vivir e incluso de combatir para ser mejor persona. Pero un día como el que se presentó cuando decidimos recordar el valle de Hoyo Cerrado, lleno de sol y suavidad de brisa, alienta incluso a engrosar el número del coro de las aves canoras y el grupo de las saltarinas cabras.
 
Hoy lo realizamos desde Soto del Real; el llamado aparcamiento de Las Pozas está al final de un agreste camino entre praderas donde pastan las vacas, por encima del embalse del Mediano que abastece de agua al pueblo y nada más pasar un puente de piedra sobre el Arroyo del Mediano. Punto desde el que se pueden realizar un importante número de marchas montañeras.

La Pedriza y Asómate de Hoyos forman parte del asombroso circo que rodea el Hueco de San Blas, camino de Hoyo Cerrado.

El Hueco de San Blas lo recorremos durante un buen rato por la pista que deja el valle y el Arroyo del Mediano a nuestra derecha, entre pinares de tronco elevado y fino. Llevamos caminando unos cuantos minutos antes de superar el desvío que otras veces seguimos para acercarnos a la Lagunilla del Lomo, al Collado de la Ventana o al majestuoso Hoyo Cerrado. 

Cerrado el Valle con unas asombrosas vistas sobre la Pedriza y la Cuerda Larga y siguiendo siempre el sendero, nos adentramos de nuevo en el pinar donde la conversación de sus ramas se torna a veces en música de adagio a veces en trompetería orquestal, hasta que encontramos una valla y un sendero a nuestra derecha; por aquí seguimos monte arriba.

Hemos recorrido durante largo tiempo la pista. A 1420 metros este valla y el sendero que tras ella sale, son la referencia para tomar el desvío hacia Hoyo Cerrado.

Los pinos cambian de aspecto, ahora muestran su anaranjado tronco propio de los pinos autóctonos, que por aquí también llamamos de Valsaín, de complexión más baja y recia, acostumbrados a las cumbres y a los vientos; lugares donde anidan las águilas del Guadarrama y donde los lobos pueden hacer guaridas, tal es la firmeza de las amplias rocas de misteriosas oquedades, la soledad del monte, el silencio de la naturaleza.

En Hoyo Cerrado respiramos, gozamos del espacio en silencio, comemos…

En la Majada de la Porra se expande la montaña a los Pies mismos de la Najarra, con el monumental Cerro de los Hoyos en el otro extremo, el tomo oscuro de la Pared de Santillana con su escalada, las Cuatro Torres de la Pedriza elevando su musical mirada hacia las alturas. A nuestros pies, mil colores de flores y brillos de agua recién derretida…

Hoyo Cerrado es un circo que hoy vemos con esta fina capa de nieve.

Pisamos nieve entre el sol y los cantos del alcaudón y de bisbita, mientras el asombro crece inagotable en el corazón de los montañeros. Arizónicas, amarillas retamas, inmensidad de especies de flores se acercan a nuestro corazón para entregarnos palpitaciones de entusiasmo y sosiego. Así damos la última curva antes de llenar la vista y el alma con la amplitud del Hoyo Cerrado, donde nos sentamos unos instantes para comer la húmeda fruta y los frutos secos. 

Regresamos por diferente camino, cerrando un círculo de soledad y entusiasmo que aún canta en nuestro corazón y permanecerá como serenidad y sonrisa durante largo tiempo. 

Javier Agra.

martes, 23 de abril de 2019

PENDÓN Y CABEZA ARCÓN


La noche había estado revuelta, pero los montañeros salimos animosos hacia esas cumbres poco frecuentadas cercanas a Bustarviejo. El pueblo amanecía cubierto por una fina capa de nieve que daba a sus tejados, sus calles y sus cercanos prados la sensación de quietud a través del tiempo.
 
Cantaban los últimos gallos bajo la serenidad de los copos finales que aún caían sobre nosotros como restos de la ligera nevada, cuando iniciamos el camino de ascenso por una visible vereda con las molestas piedras ocultas por la blancura. Al otro lado, el Mondalindo protege a Bustarviejo desde hace millones de años en una dulce estampa sin tiempo.

El Mondalindo protege el pueblo de Bustarviejo y su valle desde hace milenios.

Poco a poco llegamos al Collado del que salen cuatro caminos… Son muchos los momentos de la montaña y los momentos de la vida en los que se necesita tomar una decisión por la diversidad de opciones. Los montañeros teníamos claro nuestro primer objetivo, queríamos comenzar por el Pendón, enhiesto y solemne a nuestra izquierda. Llegar a su cumbre es ya cuestión de tiempo. 

Caminamos por la llanura del Collado con el Pendón al fondo.

El Collado se extiende por una placidez de llanura vegetal, dos piedras inertes parecen sonreír invitando a los montañeros a cruzar por su medio, cantuesos y pinos alegran el camino y, de pronto, un roquedal se levanta como inexpugnable muralla, los hitos se hacen confusos, el camino se torna abrupto y los montañeros eligen como tantas veces en la vida. Diré como dato, por si algún lector lo considera, que es preferible ir por caminos más bajos para evitar el pedregal. Descubrimos en el descenso que el camino es más cómodo y se gana descanso y tiempo.

Hemos llegado a la cumbre del Pendón

Sea como fuere, los montañeros llegamos a la cima. Entramos por su izquierda sin mayores contratiempos. Arriba se acumulaban algunos centímetros de nieve. Arriba las vistas se dilatan entre montañas y llanuras, en la cumbre se expande el corazón y la vida. Salió el sol con brillos de verdor y nieve. En el asombro de las cumbres vuela el alma. El descenso fue más directo, llegamos al cruce del Collado entre la nieve que ahora era casi agua líquida por efecto del calor y del tiempo.

Desde Cabeza Arcón, la vista y el corazón se lanzan hacia el infinito. Al fondo contemplamos el Puerto de Canencia.

De frente sale el camino que nos llevará a Cabeza Arcón entre pinos y robles, en un paseo de sensaciones de musical libertad. Buscamos otro sendero para el descenso; no encontramos el camino, nos perdimos en intentos, de pronto una inmensa e inhóspita llambria nos cerró el camino, lo superamos entre sustos y culadas. La vida transita plácida y de pronto un sobresalto rompe toda la tranquilidad que parecía adquirida en propiedad. Pero los montañeros saben que en la montaña y en la vida todo es fuerzo, confianza, lucha y tiempo.

Estamos en la cima de Cabeza Arcón.

Superada la llambria con esfuerzo, adelantos y retrocesos, dimos con nuestros pies en un pinar de amplitud y de sosiego. A través de trochas semiocultas y senderos inventados llegamos a la amplia senda que buscábamos como camino de regreso. Allá aparecía el poste de nuestra referencia sobre el pueblo de Bustarviejo. El camino es seguro… el corazón se llenó de entusiasmo, serenidad y energía para un largo tiempo.

Javier Agra.

lunes, 28 de enero de 2019

LA GRAN CAÑADA



Me perdí en las inmediaciones de la Cueva del Ave María, en la Pedriza. Para continuar adelante, no siempre podemos ir en línea recta; son numerosas las veces que hemos de retorcer nuestra voluntad, que hemos de girar nuestras interpretaciones, que hemos de apartar nuestro inminente deseo… porque somos comunidad, somos voluntad común, somos diálogo, somos diversidad y puntos de vista que se encuentran en la conversación, en la mirada, somos entendimiento de diferencias entre iguales.

Me perdí en la Pedriza. Mis compañeros estaban ya en un plano más alto cuando yo aún divagaba sobre la vida y el sol en terrenos llanos y más bajos. Seis minutos más tarde, después de regresar al camino y aceptar sus revueltas, di con ellos antes aún de llegar al Caracol.


La Cara del Indio saluda la primera luz de la aurora cuando los montañeros asoman entre los roquedos.

Habíamos salido desde el Tranco, en Manzanares el Real, para hacer una vuelta circular. Es divertido este paseo que deja el pueblo a nuestra derecha bajo el roquedal y los prados. Los montañeros avanzamos en grupo sorteando peñascos y caminos muy conocidos hasta superar La Cara del Indio y el sorprendente alcornoque que desde hace muchos años continúa impertérrito y estable en medio de la roca; la marcha, pese a estar pisada tantas veces en anteriores ocasiones, sigue sorprendiendo en diferentes puntos donde necesitamos vencer pequeños laberintos y encajar olvidadas pisadas. 

Bajamos hasta el arroyo para ascender de inmediato al Collado de la Cueva. A partir de este punto, el sol domina y acaricia con su inmensidad todo nuestro entorno. La belleza de verdor, humedad, aromas, brisa… nos invita a un tiempo de contemplación y abrazo a la naturaleza.

He aquí una piedra que bien pudo haber sido un Cantante de Ópera allá en los albores de la formación de la tierra.

Continuamos. Un poco más arriba están las Peñas del Ofertorio y su curva cerrada a la izquierda. Aquí me perdí durante seis minutos. Después la explanada de la Cueva del Ave María y la piedra dorada de sol y misterio Pedriza arriba hasta el Caracol. En la Pedriza existen piedras grandes o breves piedras de apariencia insólita y nombres populares. La Ardilla, el Perro…

El roquedo de Cinco Cestos está iluminado por la lumbrera del sol.

Senda Maeso adelante, llegamos a la Gran Cañada. Queríamos llegar hasta Cinco Cestos y El Elefantito. Desde la Gran Cañada sale por el estrecho barranco de las Cerradillas un sendero abrupto que recorrimos en nuestro camino de ida por el roquedal alto, siguiendo senderos y rutas de otros montañeros anteriores a nosotros. ¡Cuántos infortunios, aventuras, aciertos, conquistas, lágrimas, hurras están recogidas como abrazos del pasado en las inmensas rocas de la Pedriza!

El Elefantito.

El Elefantito está en una especie de calvero en lo más alto del Collado. El Elefantito está perfectamente formado con su trompa, sus orejas inmensas, su lánguida mirada hacia la imposible hierba que se extiende entre la piedra y el viento. El Elefantito está inmóvil desde hace millones de años, en el instante anterior a recostarse en su eterno dormir.

Los montañeros regresamos a la Gran Cañada por otro sendero más apacible y más cercano al fondo del valle por donde suena un arroyo estos días de invierno y nevada. Terminamos el círculo, antes de concluir nuestro paseo en el Tranco por la Senda de Las Carboneras tantas veces recorrida y siempre entre la pérdida y la búsqueda del sendero. La Pedriza es un sueño construido para despertarse en libertad, en encuentro, en búsqueda, en construcción…

Javier Agra.