lunes, 21 de diciembre de 2020

BRAUNI


Lo enterré bajo un grupo de robles de la huerta para que tenga sombra y cobijo, para que no le dañe el sol de plomo, ni el torrente de lluvia, ni el viento, ni las nieves del norte. Lo enterré con la cabeza mirando hacia el monte y las patas en dirección a la casa.

Senderos sin nombre y sin más rumbo que las ligeras cumbres de la Raya, el agua tibia del arroyo profundo y de nuevo la casa, siempre lleno de vigor, con la nariz pegada al suelo, el corazón en vuelo de entusiasmo y el rabo roto en constante aleteo. Los castaños, los pinares, las jaras conocían su respiración, sus pisadas y aún el aroma de su rizado pelaje.


Brauni comenta a Blanquito cuestiones de interés durante nuestros paseos.

Brauni era el explorador de nuestros paseos. Quedan dos lomas para llegar al Piricueto, nos indicaba a Blanquito y a mí mientras con sereno paso avanzábamos entre los pinos de Portugal y las jaras de España. Dentro de sesenta respiraciones encontrarás la caseta de La Emboscada… Nunca contaba la distancia en kilómetros, para él no tenía mucho valor esta medida de longitud.


Ruinas de antiguo molino por el arroyo de Moveros. Hasta sus antiguas piedras con condujo Brauni en diversas ocasiones.

Brauni caminaba en círculos, en espiral, en meandros interminables que conducían cada cierto tiempo a nuestro lento paso lineal. Llegaba con un trote apenas audible a compartir el silencio de nuestra ruta, sus ojos azules llenos de ilusionada energía y el eterno movimiento de su reducido rabo henchían de ternura mi corazón.


Brauni llega con un trote apenas audible, me mira con azules ojos llenos de ilusionada energía.

Brauni se me ha muerto. Se me ha muerto, sí y me ha dejado desgarrada el alma. Porque se murió para él, pero también para Blanquito y para mí. Cada uno nos morimos para alguien, seguramente nos morimos más para otros que para nosotros mismos porque mientras vivimos años sobre la tierra, vamos siendo menos de nosotros mismos, vamos entroncando más con la naturaleza, hasta llegar a ser para nosotros acaso poco más que un sueño, hasta diluirnos en la eternidad completamente; y entonces nos morimos para quienes están cerca, para quienes comparten nuestras ilusiones, nuestras sonrisas, nuestra luz, para quienes nos recuerdan con ternura, pero ya no nos morimos para nosotros porque ya estamos integrados en las estrellas, en la luz, en la eternidad…

He pasado por la tumba de Brauni. Han prendido los lirios que planté en su cabecera.

Javier Agra

 

lunes, 14 de diciembre de 2020

POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA: LA RAYA



Camino de La Raya, Blanquito contempla el amanecer entre pinos y castaños.

Bajo el limpio azul de este cálido otoño florecen dalias en las calles de Moveros. Despunta el día y salgo caminando en dirección al Sierro, a diario me acompañan Brauni y Blanquito entre saltos y algazara. Pasados los primeros pinares y los castaños aún con restos de pellizos formando estrumo con el barro del camino, Blanquito camina a mi lado y conversa sobre la serenidad austera de estas gentes en los siglos pasados y también en los presentes días, Brauni se desparrama por los rastrojos recogiendo olores de la noche.


Los mojones de La Raya tienen diferentes tamaños.

Queda atrás el alto de la Campana y enfilamos la senda, antaño fue camino, hacia Cicouro entre silbidos y conversaciones de las urracas y los robles. Algún castaño despistado ha nacido en estos bordes, algún pino solitario, urces y otras retamas de diferentes nombres nos acompañan hasta la Raya; veintidós pasos mide desde las jaras de España hasta los castaños de Portugal. Yo hago el camino recto hasta la colina del Piricueto, más allá de la antigua caseta de vigilancia con su crucero que invita siempre a detener el paso y elevar la mirada hacia la altura; los dos compañeros perros mueven el rabo mientras piensan que es una disculpa para tomar aliento en estas horas de marcha.


Brauni y Blanquito llegan siempre antes que yo y me esperan junto a la antigua caseta de vigilancia y el crucero del lado portugués de La Raya.

Atrás han quedado las tierras de Moveros, también las de Ceadea, detrás en la lejanía reposa silente el pueblo de Arcillera y la Caseta de la Canda, en aquel fondo se dibuja Vivinera y más allá se adivina Alcañices. Pasado de Piticueto comienzo un descenso por el cortafuegos buscando senderos más plácidos en la llanura por los que regresar a Moveros. Estoy en el reino de las águilas con su chillido incesante, agudo, indefinido y prolongado como un trueno de siglos acunado en los brazos del eco de los oteros, pidiendo les deje el pan del bocadillo, esperando mi marcha para que retorne el silencio del aire y de la lluvia como únicos habitantes de estos montes solitarios.


Ha llovido. La vegetación de Portugal refleja su luz en las lagunas ocasionales de España.

Javier Agra

 



viernes, 11 de diciembre de 2020

DÍA DE LAS MONTAÑAS


En mis paseos, con frecuencia me detengo un tiempo antes de comenzar la última ascensión, cierro los ojos ante la grandeza de las montañas y siento el pálpito de la sangre fusionado con el aire vivo de la sierra. Entonces tengo la certeza poético-montañera de que la cumbre se acerca lentamente hasta mí y no soy yo quien camina con breves pasos hacia la cima.

Porque la montaña ya estaba allí antes de mi primer sueño y mi conciencia de libertad, ella ha recogido el viento de los siglos, los amaneceres y la luz del pasado, ha visto nacer generaciones de rebecos y de retamas, ha seguida la sombra del vuelo limpio de las águilas a través del tiempo, ha conversado con las finas lluvias y las torrenteras, ha compuesto la sinfonía del viento y del colorido atardecer antes de mi primer sueño y mi conciencia de libertad.

Semoviente, es la cumbre la que viene hasta mí para entregarme serones de voluntad y lucha compartida, capazos de lágrimas y esfuerzos de la humanidad entera que antes de mis días ya ansiaron tiempos igualdad para las personas y la naturaleza entera, cuévanos de todos los tiempos pasados hasta llegar a mí en una filogénesis de entusiasmo y trabajo.

Recuerdo perpetuo para las montañas que gritan a nuestro corazón para que entremos en el abrazo de su tierra y su vitalidad siempre renovada. Y yo quiero celebrar el reencuentro permanente con la tierra, con sus cumbres… como celebran los judíos esta semana de Janucá en un constante deseo de consagración y renovación del espíritu, de la paz, de la igualdad, de la libertad, del esfuerzo…


Antes comenzar la ascensión definitiva a Peñalara, me detengo en el CIRCO DE PEÑALARA ANTE SU LAGUNA NEVADA con la vista sobre las cumbres de Dos Hermanas.

Javier Agra