viernes, 14 de abril de 2017

POR CABEZAS DE HIERRO



Seguramente carecen de nombre común, porque comúnmente no llevan agua y dejan de ser arroyos. Pero estos días de primavera suenan clamorosas sus corrientes entre las piedras formando diminutas cascadas por las laderas de la sierra y parecen verdaderos ríos aunque solamente sean de temporada cuando se deslizan hacia los valles. Los montañeros buscan suaves laderas para vadear los cuatro arroyos que la primavera llena de vida durante estos meses porque quieren llegar a Cabezas de Hierro a través de Las Cerradillas.

El coche quedó en el aparcamiento de Cotos, atrás quedó el tramo de carretera que llega hasta Valdeskí que recorremos a pie y abandonamos a la altura del desvío del refugio del Pingarrón. Pradera abajo, han llegado los montañeros hasta el puente del primer arroyo, hasta aquí es un lugar de frecuentado paseo. 

Comenzamos el ascenso por la cara oeste de Hierro, a nuestro lado suena el arroyo.

Comienza la soledad de los montañeros cuando llegamos al primer altillo, los pinos nos cobijan del sol, del viento, de las inclemencias diversas con que la montaña intenta persuadir a los montañeros para que desistan de su avance. Lo sabemos, mostramos nuestro respeto a la montaña y continuamos avanzando hacia Las Cerradillas; pasamos al lado del pino que llora, al lado del pino de los tres brazos, al lado de…ya vamos poniendo nombres diferentes a diversos pinos, a distintos puntos del sendero, a pequeñas praderas, pasamos tantas veces que nos sentimos parte integrante de esta parte de la sierra.

Los crampones nos ayudan en la subida. A veces nos detenemos para admirar el paisaje. En la fotografía estamos cerca de Cabezas de Hierro, a nuestra espalda está parte de la Cuerda Larga con el Pico Valdemartín al fondo.

Hemos cruzado el cuarto de los arroyos que hoy juegan y saltan con el  movimiento de sus aguas entre la vegetación y la bóveda del cielo, entre las rocas y los piornos, entre las praderas y las cumbres de Cuerda Larga. Comenzamos el ascenso por la cara oeste de Hierro, a nuestro lado suena el arroyo que desde sus cumbres baja; nos detenemos para poner los crampones y admirar el precioso circo de Las Cerradillas ¡son tantos los valles que bajan hasta nosotros! ¡Todos tienen su arroyo esta primavera!

El hueco de la cara oeste suena a agua bajo nuestros pies, agua escondida bajo la nevada que busca el valle allá abajo, agua como música de violín en la florecida primavera; los montañeros suben lentamente la empinada cuesta, los montañeros caminan el sosiego de las pisadas y del corazón, los montañeros escuchan la música armónica del alma de la tierra.

A nuestra derecha, la nieve ha formado brillantes cornisas sobre la Cuerda Larga; hoy la nieve blanca tiene pinceladas ocres del polvo en suspensión depositado por la última nevada. Jose me explica que este polvo en suspensión es alimento de alguna selva del mundo donde las lluvias llegan a depositar millones de toneladas para fertilizar la tierra.

En el rellano que reúne las dos Cabezas de Hierro contemplamos casi en éxtasis la infinita belleza del entorno. Al fondo vemos Peñalara, la cumbre más alta de la Sierra de Guadarrama.

Así llegamos al rellano que reúne las dos Cabezas de Hierro, nuevos minutos de respiración y contemplación, casi en éxtasis ante la infinita belleza del entorno; comenzamos el descenso por la imponente bajada del tubo norte como si fuera un tobogán de pronunciadísima pendiente; brilla la nieve bajo la lentitud de nuestros crampones en cuidadoso caminar. A dos mil metros detenemos la marcha para comer la fruta, a dos mil metros el silencio del mundo entra en el alma, a dos mil metros las guerras han metamorfoseado en paz. Una naranja escapa montaña abajo hasta un pino que salió a su encuentro y la recogió en el cuenco de su rimaya.

El Tubo de Los Pulmones de Hierro. Así se llaman esas dos protuberancias rocosas que fotografiamos mientras reposábamos para contemplar la hermosura del entorno y comernos la fruta. Más abajo, también nos comimos la naranja.

Nieve en derredor, sosiego en el alma durante la bajada. Por aquí, a mil ochocientos treinta metros tendría que salir una senda que nos acortara el camino de vuelta; pero no encontramos la senda, no siempre se encuentra lo que se desea; llegamos a la pista, nos falta una hora de camino hasta llegar al coche; nos falta una vida entera de búsqueda, una vida entera de camino, una vida entera de esfuerzo.


Javier Agra.

lunes, 10 de abril de 2017

RAÍZ Y FUTURO



Los árboles de la Sierra de Guadarrama, como los árboles de cualquier lugar de la tierra son nuestra gozosa respiración en los fatigosos días de la vida y en aquellos días que expandemos nuestro gozo más allá de las dudas y los miedos.

Por la ladera de Siete Picos una mañana de abril entre el viento suave y el cielo azul.

Los montañeros nos hacemos cumbre y cielo para entregar a la naturaleza los pesares de los habitantes de este mundo que sufre agresiones insolidarias, que padece maldades del corazón humano, que enmudece ante terribles convulsiones incontroladas de la naturaleza siempre en movimiento de constante evolución.

Los árboles se detienen ante los montañeros para conversar y contar historias de siglos pasados, de vida que se renueva a sí misma, de vida que prospera allá donde parece que todo es duda; porque los árboles entienden que necesitan construir el futuro de los humanos desde el sosiego y la entrega.

El árbol enseña sus raíces y su futuro a los montañeros.

Los árboles hablan de raíces que nos unen a nuestros antepasados y a nuestro pasado, de flores y frutos que nos lanzan al futuro como el aire mismo de la sierra que camina entre las cumbres para continuar siempre hacia otros horizontes por descubrir; los árboles saben que el corazón de los humanos necesita búsqueda constante, sorpresa permanente, ilusión mantenida…

Javier Agra.  

jueves, 6 de abril de 2017

COLLADO ALBO



Para cuando la multitud de gentes colapsa la soledad del montañero, conviene tener escondidos lugares de menor aglomeración para no perder la soledad y el sosiego de la montaña siempre necesaria y apetecible en cualquier instante. En esa búsqueda de rincones preciosos y dormidos en el tiempo asoma a mi mente el Collado Albo.

Desde Madrid a Cercedilla, la carretera se llena de coches incluso a esta madrugadora hora; vamos a aparcar en Camorritos donde encontramos sitio y soledad. Atentos, no obstante, a que la hora sea temprana; más tarde ni aquí encuentran acomodo los viajeros ni los coches. Nosotros somos de los que a las ocho de la mañana ya estamos calzando botas y oteando caminos.

Las vías del tren suben entre pinares desde Cercedilla hasta el Puerto de Cotos. Camorritos ha quedado un poco atrás de esta instantánea.  

Una amplia senda deja a su derecha las vías del ferrocarril que busca trémulo y lento la altura de Navacerrada y Cotos. Los pinares disimulan todo el conjunto que musita vida y serenidad en este escondido valle de la Sierra. Cruzamos las vías, apenas hace tres minutos pasó un tren cuesta arriba de modo que tardará en llegar el siguiente; el vistoso sendero marcha pausado conduciendo a los montañeros hasta un cartel que anuncia que en la Granja Río Pradillo se venden quesos ecológicos; nuevo cruce de vías y más pinares en lenta subida hasta llegar al Arroyo Pradillo que estos días tiene un interesante caudal acuoso.

En pleno cruce del Arroyo Pradillo.

Los maderos que fueron puente, están hoy más desvencijados que construidos, pero los montañeros agradecemos el interés que ponen esos troncos en ser nuestros aliados y cruzamos el Pradillo sin más sobresaltos para continuar el sendero entre pinares y reducidos robles hasta toparnos con un edificio bien conservado; aquí la amplia senda se torna áspero sendero de pronunciada cuesta, los montañeros chapoteamos entre la abundosa agua que por aquí desciende. Así llegamos a un mirador rocoso vecino del Collado Albo, si acaso este bello mirador no mantiene el nombre común de Collado Albo.

Desde este mirador rocoso del Collado Albo queda a nuestros pies el Valle de Navalmedio, frente a nosotros la Cuerda de Las Cabrillas, a nuestra espalda las cumbres de Siete Picos, cumbres que están reflejadas en esta fotografía.

Después de una fuerte pendiente, clarea el pinar en un espacio llano atravesado por el tendido eléctrico que hemos tenido todo el rato como referencia aunque nuestra subida fue por otro sendero. Es el Collado Albo que no tiene nada de blanco salvo cuando la nieve lo adorne con la serenidad de su color; cuentan que el nombre deriva de una palabra celta que designaba los lugares altos, esta explicación lingüística sí puede ser plausible.

Esta planicie herbosa entre el pinar es el Collado Albo.

Continuamos subiendo por un sendero marcado por puntos negros en los árboles, esta senda apunta hacia el Puerto de Navacerrada, lugar al que hoy no queremos llegar; enseguida buscamos otra dirección que nos pareció más apetecible para nuestros planes; poco acertados parecieron nuestros desvaríos montañeros, ahora si llegamos a enredarnos en terrenos donde la nieve nos hundía en la profundidad de matorrales y piedras. Aún no habíamos llegado a la Pimpolla Negra cuando nos sentamos a reponer fuerzas antes de regresar por otro camino que nos entregó en el sosegado espacio ya sin nieve de Collado Albo, desde donde hicimos el camino de regreso por donde antes habíamos hecho el de nuestra ascensión.

Javier Agra.  
  

viernes, 10 de febrero de 2017

LOS MONTAÑEROS VIAJAN POR LA TIERRA Y EL AGUA



Como un diminuto barco en el inmenso mar, los montañeros despliegan sus velas hacia el aire sinuoso, miran al cielo de correosas nubes y salen con la mochila surcando senderos de robles y jarales. Saludan sigilosos al naciente  sol amarillo y púrpura que acuna cantos, que acaricia montañas, que despierta bailes en las ninfas de las fuentes.

Los montañeros viajan por la tierra entre el silencio de la vegetación para entregar su corazón a la palabra sin voz, al sentimiento que se expande entre la piedra inmóvil, vigilante, eternamente estancada en su postura y el vegetal lleno de vitalidad bajo la tierra en busca de sustancia viva, sobre la tierra en constante movimiento de atracción y despegue, en el aire donde busca la luz y el viento, en el paisaje donde conversa con las aves y los saltamontes, donde canta con el sonoro viento del atardecer.

Los montañeros entonan himnos al agua porque es límpida y quieren transformar su propio corazón en pura transparencia; himnos al agua que es serena cascada montaña abajo entre colores y brillos de luz y tierra vegetal, veloz como el pensamiento que salta entre las cumbres y llena el horizonte de los deseos; himnos al agua de suave caudal en busca siempre de un remanso donde los pájaros puedan reposar su fatigado vuelo; himnos al agua de una ciudad de pequeño río no desdeñado, de diminuto río que seguramente pondría los ojos como platos si un día pudiera saludar la inmensidad serena del Támesis o la bravura del retorcido Ródano allá en sus inicios de los glaciares Lepontinos.


Hoy los montañeros han llegado hasta el Montón de Trigo y desde su cumbre hablan de paz con el suelo y con las celestes luces.

Javier Agra.      

martes, 31 de enero de 2017

OTRA VEZ SIERRA DE HOYO DE MANZANARES



Cualquier día de nuestras vidas puede amanecer de mil modos diferentes por nimiedades de difícil manejo. La jornada que comienza con esta fotografía, apuntaba limpia y soleada entre el rosicler recién amanecido y la serenidad de la montaña bajo el luminoso cielo donde las naves del mar del mundo venían a navegar sobre el plácido pueblo de Hoyo de Manzanares en cuya sierra tenemos intención de adentrarnos. Esta montaña primera se llama El Picazo, sirve de orientación para llegar hasta el depósito de agua donde existe un recogido aparcamiento de coches, al mismo tiempo es la primera vista montañesa hacia cualquier ruta que los montañeros inicien.


Los montañeros se cubrieron con su morrión de tela para que el piélago vegetal no llenara de viento y helada sus canosas cabezas, avanzaron después entre encinas y ramajes en los caminos que bien pudieron ser en pasados siglos lugares de tránsito para escualos y otros marrajos; más hoy, los montañeros no necesitan especial bravura pues ni siquiera ovejas de quietud absoluta ni inquietas cabras merodean por estos llanísimos caminos que nos conducen hasta la pequeña cascada del Covacho en el arroyo de Peña Herrera.

Los montañeros posan felices ante la cascada del Covacho, sin ningún arnés de guerra ni otra pieza cobrada a la naturaleza más que su propia sonrisa compartida con el viento y con el agua.

Apenas salimos en nuestro ascendente camino monte arriba, el cielo entonó una sutil carcajada y tornó en oscuridad la luz que había traído la aurora. ¿Acaso temían los cielos que atacáramos sus plateadas portaladas? ¿Por ventura confundieron nuestras mochilas de supervivencia con algún carcaj para el ataque? Se nubló y descargó algún copo de nieve sobre los montañeros mientras caminábamos más allá de Cerro Mirete y Cerro Lechuza buscando, con pesados pasos, el Collado que nos dejara cerca de la Silla del Diablo. 

La nieve se amontona bajo nuestras pisadas en un espectáculo que agranda el corazón y hace más pausada la marcha.

Desde el Collado, regresamos después de conversar con la nube que nos cerró el paso; regresamos para no turbar el sosiego de la oscurecida montaña; regresamos para que las encinas pudieran gozar de la paz y de la nevada. Nos sentamos en el Mirador de Peñaliendre para alimentarnos del fruto de la tierra (ya lo llevábamos preparado en las mochilas, que la modernidad no es tiempo de recolección entre los árboles de esta pequeña Sierra). Bajamos después, como acostumbramos hacer cada vez que subimos a la montaña. La nieve había entrado en nuestras botas, en los calcetines, en los bajos de los pantalones hasta empapar buena parte de la pernera. Pero no nos ofendió ninguna de estas astucias que usa la montaña como defensa. La Sierra de Hoyo de Manzanares nos había entregado, como hace siempre la montaña, sosiego y pausa, entusiasmo y fortaleza, libertad y paz para la vida.

Desde el Mirador de Peñaliendre se agiganta el mundo desde los cercanos copos de nieve hasta las alejadas montañas de Abantos, hasta unir nuestros espíritus con otros espíritus aventureros más allá de las cordilleras y de los océanos.

Javier Agra.