lunes, 11 de mayo de 2015

POR EL VALLE DE LA FUENFRÍA



Si alguna persona te pregunta, amable lector, por un lugar de montaña donde emplear una jornada, dirígele hacia el aparcamiento de Majavilán en las Dehesas de Cercedilla. Añade que podrá recorrer la montaña durante más o menos tiempo según su expectativa y voluntad.

Hemos llegado al Collado de Marichiva. Nos detenemos para admirar.


Hoy realizamos una breve e intensa ruta. La suave subida entre dulces pinos nos acercó, como en volandas, hasta el Collado de Marichiva. Es este punto paradigma de la vida: desde aquí puede el viajero tomar diversidad de caminos, diferentes opciones entre las que una tendrá éxito y tal vez en  alguna ocasión pienses ¿qué habría pasado si…? No sientas nostalgia, amigo mío, continúa decidido el sendero emprendido.

Nuestra decisión apuntaba hacia el Puerto de la Fuenfría, Senda del Infante adelante. Entre pinos y ciclistas llegamos hasta la Fuente del Infante donde bebimos, aunque solamente fuera para agradecer a la naturaleza su abundancia en este mayo de verdor y vida.   

Fuente del Infante

Llegar al Puerto de la Fuenfría parece actualmente cuestión baladí, el coche o el tren nos dejan en lugares muy próximos. Antaño había por aquí diversas Majadas, Refugios y Ventas para el necesario descanso después del largo camino hasta este puerto que los romanos intuyeron, con mucha razón, como el paso más bajo entre las mesetas de Segovia y de Madrid. Permanecen aún diferentes restos y se pueden consultar variados textos literarios que atestiguan la soledad y lejanía de estos sosegados y bellísimos  pinares.

Los montañeros saludan a diferentes grupos que aquí confluyen desde diversas rutas; pues estamos en otro paradigma de la vida al que se accede desde múltiples lugares, así meditamos entre la arboleda y los trinos que nuestros caminos diferentes suman todos el mismo esfuerzo hacia la fraternidad, la paz, la justicia y la libertad que son paredes del hogar común.

Estamos ya bajando por la Carretera de la República…detenemos nuestra marcha en el Mirador de la Reina lugar de primorosas vistas valle abajo.

Llegados a la Fuente de Antón Ruiz de Velasco, descendemos un trecho por el Camino Schmid hasta volver a encontrar la Pista de la República que seguiremos por breve tiempo para hacer una maravillosa ruta por el Arroyo de la Navazuela. Encontrar la Ducha de los Alemanes en este punto, carece de mérito montañero: está muy señalizado y con el suelo trabajado para permitir el acceso a cuantos quieran llegar hasta el entorno de agua, de tejos, de pinos... Se llamó a este lugar el “chorro del Árbol Viejo” por el añoso tejo que aún crece allí mismo. Se popularizó  como Ducha de los Alemanes, por la reciedumbre de los primeros montañeros (entre los que sin duda también había alemanes) que lavaban aquí su fatiga y sudor después de luengas horas de camino.

La Ducha de los Alemanes en el Arroyo de la Navazuela, suena a sosiego entre los pinos y los tejos.

El Arroyo de la Navazuela viene cantando desde el cerro Ventoso. Los montañeros lo acompañamos aguas abajo, después de disfrutar de la Ducha de los Alemanes, por un sendero muy bien marcado entre el sosiego y la soledad, entre pinares risueños y recónditas praderas. Entre helechos y salgueros, canta un pequeño chorro que cae gracioso entre las peñas del arroyo, el Chorro del Tirón de la Miel. Entregamos el corazón a la naturaleza y a la paz antes de continuar hasta el puente sobre el Arroyo de la Navazuela.



Sobre el puente, abandonamos la escondida senda y continuamos Pista Agromán adelante hasta salir al Puente del Descalzo que salva el Arroyo de la Fuenfría en un arquitectónico esviaje para suavizar en sesgos oblicuos la antiquísima calzada. Algún rato he pasado descansando junto al agua admirando la bóveda de cañón con la mampostería de sus piedras trabadas entre sí. Llegan, con el agua, recuerdos de las amarillas gageas ibéricas de las altas laderas y de los caducos narcisos abiertos como paraguas en solitarias umbelas, largos tallos ramificados en seis pétalos y seis estambres, diminutos focos de luz para encender sonrisas en los montañeros.

Javier Agra.

viernes, 1 de mayo de 2015

CASCADA DEL HORNILLO Y BARRANCO DE LA CABEZA



Cascadas. 
En las cercanías de Madrid se pueden visitar unas cuantas cascadas, caídas formidables o al menos curiosas de agua, saltos importantes en el devenir de los arroyos…diferentes nombres para una belleza de agua saltarina y musical. Jose había seleccionado once de estas cascadas.

Para visitar la última que nos queda, la Cascada del Arroyo del Hornillo, madrugamos porque es necesario acceder a Santa María de la Alameda y aparcar en el Puente de la Aceña. Llegar aquí resultó una aventura…Quisimos recorrer en coche desde el Alto del León y respirar la vegetación del Collado de la Mina, el Hornillo y Valle de Pinares Llanos antes de entrar en Peguerinos y continuar. Ese fue el trayecto…no contábamos con el muy mal estado del tramo entre el Puerto del León y el Collado del Hornillo.

San Benito en primer término.  Al fondo La Almenara. Algunas de las vistas fotografiadas desde la cumbre del Barranco de la Cabeza.

Nos dio tiempo a recrear la vista, respirar…y asustarnos en más de una ocasión por la supervivencia del coche. Pero como en esta vida todas las cosas o las más de ellas llegan a su término, también nosotros pudimos calzar las botas y comenzar el camino entre el sosiego y la soledad de la mañana, desde el Puente de la Aceña, como tengo dicho.

Dentro de unas horas vendrán unas cuantas personas a pasar la jornada a este preparado lugar que nos acerca sin esfuerzo hasta la Chorrera Baja. El agua está dormida entre el tobogán de piedra y las nuevas hojas de esta retoñada primavera; el sol explota vida en el pinar y las aves se acercan en grupos hasta el arroyo.

Chorrera Baja del Hornillo. El agua es paz y armonía.  

Arroyo arriba, todo el monte es nuestro y nosotros somos del monte. Apenas unas sebes que antaño delimitaron propiedades entre prados y zarzas, parecen oponerse a nuestra libertad; el arroyo está de nuestra parte y nos habla de sueños de retamas y cumbres. Llegar hasta la Chorrera Alta comienza a tener mérito montañero. Más adelante encontramos una pista con la que vamos a convivir las próximas horas: ora seguimos su traza, ora la dejamos para adelantar por atajos hacia la cumbre.


 Chorrera Alta del Arroyo del Hornillo. Hasta aquí llegamos entre chapoteos de agua. Continuamos por la ladera arriba, hasta perdernos por la derecha de la fotografía.

Los pinos susurran versos de antiguos poetas pastores en las sierras de esta parte del Guadarrama; camino adelante, callan los pinos ante el silencioso aleteo de las retamas; los montañeros atisban la cima del Barranco de la Cabeza, se olvidan nuevamente de la pista, se deciden por las trochas que ofrecen las crecidas retamas; los montañeros entran de nuevo al pinar, aumentan las rocas, la brisa entona sonatas (de primavera, claro) para guiar a los montañeros.

Estamos en la cima del Cerro de la Cabeza o Barranco de la Cabeza. Pensamos que esa alambrada que por aquí cruza tendrá el objetivo de impedir el paso de los animales hacia el inminente precipicio por el que podrían despeñarse barranco abajo.

Estamos en la cima. El barranco es una caída plana hacia el Escorial y hacia las llanuras de Madrid. Desde aquí, saludamos a Las Machotas, La Almenara, Gredos… El Alto Guadarrama asoma más allá del Pico de Abantos, que parece poderoso desde esta cumbre que hoy pisamos por primera vez. A esta hora de la jornada, acaso también por el calor de la marcha, los montañeros se agazapan a una sombra para conversar mientras comen un puñado de frutos secos.

El Barranco de la Cabeza cae a plomo hacia el Monasterio de El Escorial y las llanuras de Madrid.

Volvemos por la Cuerda del Ortigal, una sosegada meseta entre el sol y la suavidad de la brisa. Llegados a un redil, hoy sin ovejas, ni pastor, ni perros, solitario en sus meditaciones de siglos de piedra y de actualizada construcción… la montaña nos indica una senda que pronto se perderá… los montañeros ya están bajando “según la intuición montañera” entre el pinar y las rocas… abajo está el arroyo y llegarán.

Hemos aprendido a prestar atención al valor que tiene cada cosa. Nuestra cumbre de hoy no es de las más altas, pero ha concluido su desarrollo, ha hecho lo que tenía que hacer y no tiene envidia de ninguna de las cumbres que ha visto o de las que ha oído hablar; no tiene envidia y es feliz… la envidia es un vicio (el único vicio dice Mario Benedetti) que se alimenta de virtudes y aún vive gracias a ellas pues llora y sufre por querer imitarlas.

Llegaron los montañeros. El regreso fue por la carretera del Puerto de la Cruz Verde y el Escorial, más rápido y con menos tensión para el coche.

Javier Agra.   

sábado, 25 de abril de 2015

DE COTOS A CUERDA LARGA



Son necesarios los crampones. La nieve está aún firme en la ladera norte de la Sierra. La nieve brilla destellos de esperada fraternidad solidaria y extiende su luz más allá de las pupilas, más allá de los amaneceres de la primavera; la solidaridad del brillo de la naturaleza regará de paz los días aún no inventados, pero será un mañana de luz para toda la naturaleza y para todas las personas.

Cabezas de Hierro desde el aparcamiento de Cotos.

Entre pinos y luz amanecida, los montañeros caminamos unos pasos por el sendero que va hacia el Refugio del Pingarrón, para bajar por la ladera que desciende entre el chapoteo del deshielo hasta el puente de madera que cruza el Arroyo de Guarramillas, muy cerca ya del Angostura; estos primeros momentos los hacemos entre cantos de agua y arroyos, ahora estamos ya en la musicalidad de las Cerradillas.

Van los montañeros entre saludos y magia atravesando los cuatro arroyos cada vez con más nieve. Nos hemos detenido unos instantes a la vera del camino para contemplar el “pino que llora”. Lleva muchos años inmóvil en esta risueña Sierra del Guadarrama; reclama, desde su silencioso llanto, una atención a la tierra, a la humanidad, al futuro…


Circo de las Cerradillas arriba, los crampones son imprescindibles. A nuestra izquierda quedan los Pulmones de Hierro Mayor, estamos ascendiendo una pendiente de esfuerzo y lumbre de nieve. Callan los montañeros, las chovas vuelan en conversación con la libertad del aire, el águila calzada busca compañía a su contumaz soledad en nuestra lenta subida, alguna lagartija salta entre las peñas que despuntan sobre la nieve y espera localizar el punto donde se posa el rayo de sol más caliente.

Los crampones cosen nuestros pasos a la nieve suave bajo el sol de primavera. A nuestra izquierda, sublime y enhiesto, Hierro con su doble cerviz que mira al cielo; los montañeros ponen los ojos en la cima y suben más allá entre el vuelo de los buitres y el silencioso azul para mirar sin ver hacia las tierras lejanas, hacia más allá de los inmensos mares; los montañeros, que están llegando a las lomas de división de aguas y de valles, miran hacia la inmensidad porque desde las cumbres el corazón salta siempre más allá de cualquier límite, hasta la fraternidad universal.

Estamos de regreso. Arriba quedó La Cuerda Larga con el Pico Valdemartín.

Regresamos por el Collado de Valdemartín, comenzamos a subir hacia su cumbre y nos desviamos montaña abajo buscando de nuevo el Arroyo de las Guarramillas entre el sosiego y la lentitud. La más pequeña de las montañas es más gigante que el más aguerrido de los montañeros; cualquier montaña conversa al corazón y sabe hablar de la sencillez y de la inmensidad de la vida, de lo inmediato y de lo eterno del tiempo.

Entramos en el aparcamiento de Cotos con el bullicio de personas desde el silencio musical del corazón envuelto en montaña, henchido en nieve, fatiga y paz.

Javier Agra.