lunes, 6 de julio de 2015

PATIO DE NUESTRA SEÑORA DE TIEDRA VIEJA.





Era caliente la tarde bajo el sol castellano cuando pasé a este interior silencioso y cálido, de construcción antigua y sosegados muros; el tiempo ha dejado las estaciones y las horas para respirar serena inmensidad. He subido despacio por estos peldaños de paz.

Fuera de estos muros, grita el sol aullidos de batallas; grita pendencias cruentas y dolorosas; grita cautiverio y esclavitud; grita pendencias de riquezas y honores que los humanos rapiñan a través de siglos y de pólvora; grita odios en todos los idiomas y rencor de sangre en los corazones.

El poeta tiene sangre en los ojos y lágrimas en las manos; hinca su corazón en la tierra donde crecen raíces de paz y raíces de guerra; espera que la semilla de palabras dulces del interior de este patio de fraternidad sin tiempo, salga por la puerta del fondo y viva en flores y frutos de abrazos y libertad.

La vida caliente de este patio del Monasterio de Nuestra Señora de Tiedra Vieja será pan y abundancia para toda la tierra cuando el animal humano transforme su corazón en palabra y aliento, en abrazo y silencio, en poema y musical paseo.

Javier Agra.

domingo, 5 de julio de 2015

POR LA BOLA DEL MUNDO



Escuchad los sonidos del alba.
Musitan las aves entre vuelos y aire, aún no se atreven a entonar los píos primeros; rosicler del sol y de la naturaleza entera. Acaso coincidan el primer rayo y la canción primera de los pájaros. Petirrojo, alondra, chochín…En un instante la naturaleza baila risas, colores, trinos, vuelos…la mañana extiende libertad en la vida de la montaña.
Ahí estamos los montañeros, silenciosos en el inicio de la marcha para escuchar los sonidos del alba.

Estamos subiendo por el antiguo teleférico de Bola del Mundo. Un repecho continuado para remontar desde mil ochocientos veintisiete metros hasta dos mil doscientos sesenta y uno. Lentamente, entre saltamontes y cigarras; entre los breves cardos y las numerosas retamas.

Nos agrupamos en la antigua estación del teleférico. El sol brilla de hermosura, montaña abajo, desde la escultura levantada a la Madonna de los esquiadores.

Más suave hasta la Bola del Mundo, los ocho compañeros de esta comitiva de julio llegamos haciendo grupo. Desde aquí dominamos Sierras, cumbres, Gargantas… Desde aquí queremos aprender a controlar nuestras acciones y ser granos de arena en la paz de la tierra. En este punto nos hemos fotografiado muchas veces: en grupos, solitarios, con nieve, con viento, con nuestras compañeras Munia y Pipa, al finalizar la Cuerda Larga, al iniciar una marcha circular…

…Esta es la fotografía de hoy en este Alto de las Guarramillas.

Montaña abajo cuatrocientos ochenta y un metros por la senda local que busca la Fuente de la Campanilla, entre la brisa dulce del Guadarrama. ¡El espíritu se llena de tanto sosiego! ¡Vuela libre el corazón entre el vegetal y la piedra de la montaña! Canta el carbonero garrapinos cuando la senda nos adentra en el pinar montaña abajo. Los ocho montañeros compartimos agua y viandas al llegar a una explanada antes de continuar, ahora llaneando entre los pinos en busca del arroyo de La Cabrilla en la Garganta del Infierno.

Garganta del Infierno, vista desde las cercanías de La Bola del Mundo también llamado Alto de Las Guarramillas.

Conversan los pinos de la Sierra con nuestras gorras sobre las locuras de los humanos a quienes cubren las cabezas. No saben que, después de tantos años, ya balbucimos el idioma la naturaleza; los montañeros escuchamos y callamos. Montaña arriba por la Garganta del Infierno, caminamos al encuentro de la Fuente de la Caña.

Fuente de la Caña.
Después de doce años recorriendo El Guadarrama, para mí hoy ha sido nueva la mayor parte de la marcha.

Desde aquí subimos a los Emburriaderos. Bajo el sol castellano de julio y en conversación animada los ocho montañeros, estamos llegando al aparcamiento de Navacerrada.

Javier Agra.     

domingo, 28 de junio de 2015

TIEDRA: PRESENTE DE PIEDRA ANTIGUA



Me acerco hasta el Castillo, hoy poco más que una grandiosa torre hermosamente conservada. Los páramos inmensos de Castilla juegan a esconderse entre los oteros que forman estos Montes Torozos. El pasado eleva romances a esta tierra donde nuestros antiguos emplearon tiempos entre conversaciones, pactos y peleas.

He subido desde el punto más bajo donde aún se conserva el lavadero. Imagino a los guerreros con el calor de junio más agobiados por el llanto de ausencias que por temor a la pelea. Aún es visible el muro y el puente en su puerta de entrada. Hoy es fácil llegar sin más armas que el bolígrafo y el sombrero, sin más enemigos que algún gorrión que observa entre la sombra de algún hueco y no tiene fuerza ni ánimo para volar con este sol.

Castillo de Tiedra.

Las piedras que están en la umbría de la reluciente fortaleza, mantienen frescor suficiente como para reconfortar mi breve descanso en el camino.

Frente al castillo se levanta el edificio de la escuela. A través de sus muros aún se escucha la lección del último maestro. Hoy están dedicadas a diferentes usos que requiera el pueblo. En su viejo patio continúan dando fruto los manzanos y las dalias mantienen el entusiasmo de la palabra.

Ruinas del templo de San Pedro, rodeada de edificios y verdor.

Grito de pasado ilustre, las ruinas de la iglesia mudéjar de San Pedro son visibles desde cualquier parte cuando el viajero se aproxima a Tiedra, donde esta noche representará teatro en el antiguo Pósito hacia el que se dirige. Antes ha de pasar por la amplia Plaza Mayor, levantada sobre un solar de lo que fue hospital.

La Plaza Mayor de Tiedra se edificó en el siglo diecinueve.

Las distancias son cortas. Me aproximo al gótico del templo dedicado al Salvador. Su espadaña está adornada con un pequeño balcón para que sea más cómodo el esfuerzo de hacer sonar las campanas…hoy pueden ser monótonos sus sonidos de acero. Pero las campanas de los templos dieron muchos avisos diferentes a lo largo de nuestra historia. Recuerdo en mi infancia… (Sí, lo añado) sus llamadas a las hacenderas colectivas para trabajar en beneficio del pueblo, los lamentos doloridos que nos llamaban a la casa de algún muerto, las sonrientes carcajadas de los festejos, la hora de llevar las vacas a pacer a los prados comunales…Recuerdo…

Templo del Salvador. De los diversos templos que tuvo el pueblo, éste es el único que mantiene el culto religioso.

Ya estoy a la puerta del Pósito. El Pósito es un almacén de grano, boyante en épocas de bonanza agrícola y al que se acudía en la necesidad; el municipio prestaba a quien necesitaba para la siembra, para harina, para el ganado. Ya cuenta el bíblico libro del Éxodo que José proveyó de Pósitos a Egipto, fue costumbre extendida en el Imperio romano y aceptada como buena idea en la Edad Media en Castilla y en la mayoría de los Reinos.

Pósito.

Hoy en Tiedra, el Pósito reparte teatro que es hermosa forma de cultivar futuro en libertad y en PAZ.

Javier Agra.  

martes, 23 de junio de 2015

TIEDRA: ERMITA DE NUESTRA SEÑORA DE TIEDRA VIEJA.



Los gorriones ponen música a las acacias en la siesta de Castilla.
Llegamos a Tiedra para representar teatro en el Pósito, tenemos por delante todo el día y lo dedico a pasear bajo el tórrido cielo de junio.

Abajo las casas de Pobladura de Sotiedra.

Fue exquisita la comida en Pobladura de Sotiedra. Cuesta arriba entre los trigos, llego a la Ermita de Nuestra Señora de Tiedra Vieja; el camino suena a gorriones y a cigarras. El sombrero es, a esta hora, el mejor invento de la humanidad.

Ermita de Nuestra Señora de Tiedra Vieja, entre trigos, nogales y acacias.

El patio de la ermita y sus antiguas celdas otrora habitadas por monjes y hoy en conversaciones de fantasmas, están en proceso de rehabilitación. Sobre estos montes Torozos se levantaron las tiendas de lona trashumantes de los Vacceos hasta que edificaron los sedentarios muros de la ciudad que los romanos llamaron Amallóbriga.

Patio.

Me siento en un moderno banco a conversar con la historia y me cuentan recuerdos y ternuras de siglos, me dice tormentos, me relata guerras; escaramuzas y alianzas; trueques certeros, encuentros brumosos que tuvieron lugar en este mismo lugar desde donde se ven torozos…puede derivar del latín “altarium” hasta llegar a ser otero; pues son numerosas colinas las que se contemplan desde el asiento que acoge mi reposo en este torozo lleno de historia.

Escucho la oración cercana, es tan profundo el silencio que suena armonioso el vuelo de los pájaros; escucho las conversaciones del Cid con Doña Urraca en los salones del cercano Castillo, han llegado hasta aquí traídas por la ligera brisa que acurruca a los nogales y a las acacias; escucho en sosidos de otro tiempo los crueles llantos de la batalla…me quedo en silencio para que el espíritu vuele con la música de los gorriones sobre las acacias.

Interior del templo con la imagen de Nuestra Señora de Tiedra Vieja.

Seguramente fue monasterio o acaso hospedería, o tal vez el pasado haya concedido suficiente tiempo para ambos usos. Mi corazón pone gregoriano entre los arcos del patio de recuerdo mudéjar; sobre el tejado una mano extiende sus cinco dedos hacia la espadaña y hacia el cielo, acaso demanda piedad y justicia para esta desigual tierra, acaso la mano permanezca extendida hasta que no se erradique la desigualdad y la miseria; hasta que el trigo que está granando con este calor del inicio del verano no llegue a todas las mesas y a todas las bocas.

En el templo de una sola nave brillan ancianos órgano, facistol y coro.
  
El interior del templo está presidido por un retablo para honrar a la Virgen patrona del pueblo; una hermosa reja cierra el presbiterio con las pinturas de los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob en la pared izquierda, en la derecha están pintados los reyes Salomón, Josafat y Ozías. El templo gozó de un prestigioso órgano que muestra sus tubos hoy vacíos de notas; arrinconado duerme un viejo facistol entre la pátina y la carcoma del tiempo.

Por los restos de una calzada romana, me dirijo hacia el pueblo; Tiedra está apenas a cuatrocientos metros. Me espera el Castillo… eso será otra entrada…de momento camino entre los gorriones musicales de las acacias.

Javier Agra.