domingo, 14 de diciembre de 2014

POR LA PEDRIZA: CUEVAS Y NOMBRES



Manzanares El Real es un hermoso pueblo.  Cuando el sol del otoño calienta, sus calles se visten de bullicio y paseo. A esas horas, los montañeros ya hace rato que llegamos al aparcamiento de El Tranco, uno de los diferentes lugares por el que se accede a La Pedriza a través de la calle que bordea el Restaurante Casa Julián.

Las piedras comienzan de inmediato. Plantados ante la enorme e inminente Pedriza nos dirigimos a nuestra derecha, después de superar una portillera estamos ya metidos en el sendero que llanea por detrás de las casas entre jaras, piornos y matorral. La ascensión es tan suave que los montañeros pueden ir conversando sin necesidad de reservar fuerzas en estos primeros momentos.

La gran roca con la Cara del Indio asoma tras un recodo, es una vista digna de reseñar y seguramente permanece en el recuerdo desde la primera vez que se contempla, en mi mente perdura su visión hace ya algunos años. A nuestra derecha el pueblo se extiende casi entre la magia, como si los edificios formaran parte viva del vivo verdor; hacia arriba la Pedriza va ganando rocosidad y visión pétrea, de la misma entraña de roca nace un solemne alcornoque. Dicen que esta zona se llama El Alcornocal y que antaño, esta zona, estaba poblada por numerosos alcornoques. Existen también leyendas de cuevas y bandoleros con sus tesoros escondidos, nosotros en nuestras andaduras no hemos descubierto ninguna alhaja perdida de antiguas épocas. 

Jose muestra la Cueva del Ave María.

El tesoro es la misma calma de la montaña. El Collado de la Cueva es nuestro faro en esta jornada ahora iluminada por la luz y sospechosa de algún chaparrón posterior. Suenan arroyos a nuestro paso. Los poetas y los músicos han compuesto hermosos lirismos a estos deliciosos sonidos, cuando nos encontramos en la naturaleza esa dulzura de agua compone su propia melodía en el alma y es sosiego y es calma y es paz y es armonía y es eternidad en un instante.

Allá abajo a la derecha, donde el pueblo se esconde entre las faldas del monte y la vegetación, podríamos visitar la Ermita de Nuestra Señora de la Peña Sacra. Seguimos, no obstante, hacia la izquierda buscando la Cueva del Ave María, guiados pradera adelante por la pared de un antiguo corral. Aquí estamos trepando y visitando su interior, un poco más arriba tras una trepada más complicada se descubre otra grieta en la piedra que es una cueva de intrincado interior que lleva a otra salida, nosotros no tenemos la pericia necesaria para intentar tal recorrido.

Apoyado sobre el Caracol en la Pedriza miro al futuro con la lentitud y la pausa necesaria para descubrir modos de transformar la tierra.

Volvemos al camino que habíamos dejado y continuamos hacia el Caracol y el Risco del Ofertorio o de las Mozas, en la Pedriza son muchas las piedras con formas o leyendas que se perpetúan en sus nombres. Unos pasos más y nos encontramos con la Gran Cañada que atravesamos. Más arriba descubrimos las Peñas Cagás, que dejamos a la derecha a media distancia. Después de ver en una roca la indicación de Senda Maeso hemos de enfrentarnos a una fuerte subida; el cielo, que era azul hace algunas horas, se ha cubierto y deja caer unos copos de nieve. Continuamos superando riscos, en algún punto aumenta la dificultad y nos ayudamos unos a otros; en la montaña la solidaridad está siempre presente, la atención a los compañeros es parte de la jornada; pasamos al lado de la Cueva de la Nieve...nuevos riscos, nuevas pruebas de esfuerzo y compañerismo... a través de una especie de brecha entre las enormes rocas salimos hacia las Praderas del Yelmo.

La naturaleza ofrece una cortina de nieve cuando pasamos por delante de la Cueva de La Nieve.

Arrecia la nieve y el viento. Estamos de bajada hacia el Collado de la Encina, antes nos desviamos para visitar la Lagunilla del Yelmo. La vida y la montaña tienen escondidos misterios, la montaña y la vida ofrecen ocasiones únicas que no se pueden ni pasar ni olvidar…En fin, llegamos  a la hermosura de la Lagunilla entre una cortina de nieve y el furor del viento; nos detenemos el tiempo justo para dar cuenta de las viandas y para gozar el lugar pese al furor del clima.

En la Lagunilla del Yelmo las manos se congelan, el corazón salta de gozo.

Siempre adelante, ya en el tiempo del retorno, más abajo del Collado de la Encina, La Gran Cañada apunta a la Senda de Las Carboneras… los copos se hacen gotas de agua…nuestras pisadas vagan entre la piedra húmeda y el barro…precaución montaña adelante…las nubes se apiadan…regresa el sol entre las curvas húmedas en el descenso de la Pedriza…concluimos esta ruta circular…llegamos hasta el punto de partida.

Javier Agra.

martes, 2 de diciembre de 2014

OTOÑO 2014



Disculpad, amigos míos que sean breves mis palabras sobre este otoño de nieblas de cristal que han pasado por mi ventana y por mis huesos, no es que sienta la tristeza como el aroma del sarmiento viejo, no es que salten sobre mis sienes las hojarascas amarillas que bailan sueños entre sus vuelos; no es que mis ojos se inclinen buscando oleajes rotos del océano entre los violines del misterio; ni siquiera esté observando a los caracoles lentos trepar más allá del tiempo buscando las puntas verdes de los cipreses.

Disculpad la brevedad de mis palabras entre la pulpa blanca de las cebollas y el llanto, de la ensalada rápida sin condimento porque se termina el día y el sol alumbra el último tren que se pierde sin viajeros en las vías de la curva del monte, como si necesitara el último estertor de las hojas caídas con el estruendo de la tarde entre la ventisca del arroyo sediento, asustado por el aullido quedo del lobo buscando carne antigua entre las raíces brunas de las urces más allá del olor del último pueblo.

Por la madrileña Pedriza existen recónditos rincones de ensueño. Este que aquí veis es el Collado de La U cerca del Collado de La Ventana, abierto a la Esfinge y a La Cuerda Larga al fondo.

Amigos míos, mis palabras han de ser breves en este avanzado otoño como cartas antiguas escritas por unos ojos ocultos entre misteriosos cuencos; como años umbrosos en cárceles desconocidas donde sufren las gentes sin tierras que viven entre las balsas del agua hacia lugares de propaganda sin sueño, entre los alambres de saltos buscando comida, entre las largas marchas con el deseo de encontrar tierra y cobijo lejos de las balas; como tiempo sin segundos, chaquetas sin bolsillos, zapatillas sin cordones, latidos sin corazón, respiración sin aire, rostro sin mirada…

Brevedad de mis palabras en esta tierra de baldosas y paredes, tierra baldía y sin aromas; en estas calles de cemento y sirenas donde se han escondido las luciérnagas y las rosas; en estas puertas con cerrojos de tres vueltas y carteles de “no pases” donde ya no hay niños jugando ni reflejo de estrellas; en estos comercios de bocas abiertas con dientes de oro para masticar los sueños de las madrugadas y de los cuentos; en esta vorágine urbana que ha olvidado el paseo lento entre los cantos de los pájaros.

La Bota en la Pedriza de Madrid, cerca del Miradero.

Brevedad del otoño sin palabras; pregunté a mi corazón por los salmos de la esperanza y del entusiasmo; pregunté a mis ojos por la claridad del sol y del mar de Zuloaga; pregunté a mis recuerdos por la música orquestada y el violín múltiple de Paganini; pregunté a mi palpitación sanguínea por la poesía antigua por la nueva y por el glorioso Quijote; pregunté por los creadores de todos los tiempos y por la filosofía que construyera Platón; pregunté a mi alma por el arte de todos los tiempos y por el silencioso Marcel Marceau; pregunté…

¿Qué será de nosotros si se muere el mar y los caminantes golpean a las estatuas; si los payasos arrancan la raíz de las flores y los marineros no vuelven a calafatear sus barcas? ¿Qué será de nosotros si nos movemos a golpe de reloj y de sirena de fábrica, si los poetas se comen los libros y los que agrandan las notas pisan las partituras? ¿Qué será de nosotros si volvemos a hacer mármol y piedra la sonriente escultura, si arrancamos el brillo del alba con tantas luces  que no sepamos de qué color es la naturaleza?



Dispensad amigos que sean breves mis palabras sobre este otoño. Si no escribo más es porque voy a salir a la vida a conversar con los árboles que se presentan sin hojas pero sonríen porque su desnudez es una cara limpia para llenarse de nueva vida, para que las aves vean y decidan dónde quieren poner sus nidos nuevos; si no escribo más es porque voy a salir a conversar con esta noche de otoño que tiene todos los brillos de sueños nuevos para construir jardines de rosas que sobrevivan al miedo; si no escribo más es porque salgo al parque a conversar con los perros y los animales que saben que el otoño tiene violines de agua entre las raíces del tiempo y está acunando una hermosa orquesta con todas las músicas de la luz y de los corazones; si no escribo más es porque salgo a conversar con las montañas que metamorfosean la niebla en nieve y en luz, se extienden, respiran y anuncian la PAZ.

Javier Agra

sábado, 29 de noviembre de 2014

SIERRA DE SAN VICENTE (II)



En dirección hacia Navamorcuende, vamos carretera adelante menos de cien metros y encontramos un paso  a nuestra derecha, para nosotros es una buena entrada hacia nuestro próximo destino; cuidad si lleváis perro porque tiene barra canadiense. Abandonamos la pista de inmediato y atravesamos por prados cuesta arriba hasta encontrar una pista de tierra.

La subida hacia el Monte Pelados tiene otra visión botánica. A la derecha crecen las jaras y las escobas entre paredes que antaño fueron fincas y hoy están dejadas al albur de su fortuna. Desde la carretera que va quedando alejada de nosotros, suben hileras de pinos de alguna repoblación. Los mismos montañeros estamos pensando si dejar nuestra categoría en paseantes por la Sierra de San Vicente, apenas tendremos que superar poco más de ciento diez metros y además estamos caminando por una pista de tierra que nos permite conversar y conservar el resuello sin más esfuerzo.




Vértice geodésico en Monte Pelados, mantenemos en la imagen un ángulo de la intervención humana como recuerdo de la enorme antena que pierde su altura entre la niebla y el cielo.

De nuestros mismos pies sale un conejo que no sabe si asustarse o simplemente ladearse para dejarnos paso. En estas consideraciones llegamos al punto más alto de esta segunda cumbre de la jornada aunque la nubosa niebla es intensa encontramos enhiesto y fantasmal una estación base o repetidor de telefonía que intentamos evitar para hacer la fotografía de la montaña vegetal.

Buscamos ahora la tercera cima de nuestra nebulosa jornada. Entre pinos y verdor, descendemos ligeramente por un hermoso prado entre pinos y así encontramos un ángulo del que salen dos senderos de tierra; la orientación y el estudio previo que ha realizado Jose indican que caminando por el sendero de la izquierda llegaremos hasta el Cerro Cruces, última pequeña cima de la jornada.

Caminamos durante más de media hora, tiempo que es innecesario en la montaña donde los minutos se metamorfosean en luz cuando hace sol o en gotas cuando estamos abrazados a la niebla, los minutos son brisa y sonido de hojas, luces opacas de otoño y camino silencioso hacia la cumbre, la montaña tiene el tiempo del espíritu que se entrega a la tierra y vuelve al montañero en cálida sinestesia.

La cima del Cerro Cruces tiene su vértice geodésico elevado sobre un muy alto pedestal, acaso para hacer juego con las diferentes antenas allí colocadas. Hicimos la fotografía junto a la cruz y comenzamos el regreso.

El regreso entre robles de belleza y misterio. ¿Cómo buscar rosas entre la niebla? Paso a paso busco mi corazón y sus latidos, paso a paso entre la bellísima montaña de robles y sus hojas del otoño busco las palabras y los actos valientes de los compañeros de Viriato. Por este robledal de otoñal belleza, dice la tradición que corrieron numerosas aventuras los guerreros de Viriato en sus permanentes escaramuzas enfrentados al poderoso ejército de Roma. Algún soñado lamento y algún entusiasmado ánimo escuchamos mientras descendíamos, sin más sendero que la orientación, desde el Pico Cruces hasta el Campamento Viriato. La niebla nos mantuvo recogidos en la soledad del monte que es sosiego de meditación entre aquellos formidables robles y brillantes castaños.

Junto al “Roble Grande” suspiramos aventuras de Viriato.

No hicimos fotografías de castaños, pero qué belleza iluminada, qué transparencia de amarillos verdosos, qué aliento vital en sus formidables ramas y en sus sembrados pellizos ya vacíos. El viento conversaba con nosotros entre la niebla y nos llevaba hasta el agua libre del mar y sus respiraciones de peces y algas; la niebla de esta jornada ha unido en mi corazón pellizos de castaña, libertad del agua, respiración de vida lejana, pensamiento de infinito y sueños de paz.

Rollo en la plaza del pueblo toledano Castillo de Bayuela.


De regreso detuvimos el coche en Castillo de Bayuela, pueblo que bien merece una visita para admirar el más afamado rollo de Toledo, la iglesia mudéjar del siglo trece y pasear el murmullo risueño de su plaza y sus calles.

Javier Agra.

viernes, 28 de noviembre de 2014

SIERRA DE SAN VICENTE (I)



La Sierra de San Vicente es un lugar hermoso, silencioso, místico… Cerca de Talavera de la Reina, aún en la provincia de Toledo nos acogió una mañana entre la niebla y el viento. Según el lugar del que partas, amigo lector, llegarás por una u otra carretera hasta el Real de San Vicente, pueblo restañado entre oteros, robles y castaños. Estos días de otoñal belleza sentirás el asombro apoderarse de tu ánimo mientras con el coche asciendes veloz hasta el puerto de San Vicente.

Frente a nosotros están los restos del Convento de Piélago del que se conserva una hermosa portalada con sillares de granito labrados en punta de diamante. Construido en el siglo dieciocho, cayó en ruinas durante la guerra de los Siete Años, entre mil ochocientos treinta y tres y mil ochocientos cuarenta, hoy es complicada su visita pues está muy cerrado por vallas de nueva propiedad. Acaso sea un homenaje al piélago que es nuestra afanosa existencia. A este convento perteneció el cercano pozo de nieve que visitamos apenas unos metros después de iniciada la ruta hasta la primera de nuestras breves cumbres.

Pozo de la nieve que perteneció al Convento del Piélago, capaz de contener hasta ciento ochenta y dos mil arrobas. Hoy más parece el pozo de la niebla por la que nuestra mente surca el tiempo hasta los antiguos siglos.

Llegar hasta la cima es una cuestión sencilla, incluso metidos entre una nube como la que a nosotros nos acompañó durante toda la jornada; es cierto que nos perdemos las famosas y en verdad magníficas vistas que desde allí se gozan… ¿tal vez la Sierra de San Vicente prefiere que algún visitante quede recogido en la meditación de su intimidad? Nuestra vista no puede llegar al cercano Gredos, ni aún centrarse en el piélago de aguas y llanuras que se extienden en derredor como un mar de hermosos frutos. Puede ser este el origen del nombre de Sierra del Piélago por el que se conoce aún este pequeño y hermoso conjunto de cumbres que hoy recorremos Jose y yo mientras recogemos impresiones interiores y recordamos nombres, acontecimientos, historia.

Entrada a la Cueva de San Vicente.

Dicen que en esta cima se honró a la amorosa diosa Venus y acaso a Diana cazadora. Dicen que en una cueva de aquella cima pasaron un tiempo escondidos los hermanos Vicente, Sabina y Cristeta huyendo de la persecución que decretó el emperador Diocleciano en el año trescientos tres y continuada por sus sucesores Constancio y Galerio hasta el trescientos once. Daciano fue el gobernador encargado de hacer cumplir aquellos edictos. Los tres hermanos sufrieron martirio un siete de octubre del año trescientos seis y fueron depositados en el hueco de una roca donde hoy está edificada la hermosa iglesia románica de San Vicente, en cuyo precioso cenotafio están depositados los mártires.

De aquel antiguo cenobio se conservan aún las ruinas. Los montañeros empleamos unos minutos entre recuerdos.

Diocleciano se jubiló el día uno de mayo del trescientos cinco, se fue a vivir la paz de su hermosa Croacia y dejó a sus sucesores con el “follón” del Imperio Romano. Nosotros que estamos a caballo entre los siglos veinte y veintiuno, continuamos por esta Sierra de colores brillantes de otoño entre la nube y visitamos las ruinas de un cenobio edificado siglos más tarde junto a la Cueva de San Vicente.

En esta cima se agolpan los acontecimientos de la historia y la leyenda; pocos metros más allá, cuando la cima piensa ya en desplomarse sobre el llano de agua y cosechas, permanecen las ruinas de un castillo de amplia construcción que perteneció dicen a “los moros” primero y después a los monjes guerreros templarios. Por allí paseamos Jose y yo liberando ánimas y espíritus de otros tiempos escondidos acaso entre las antiguas ruinas. Regresamos, conversando aún con la historia y con el brillo otoñal de los castaños y los robles, en una bajada diferente y más directa, hasta el Puerto.

Entre la niebla perduran las silenciosas ruinas del castillo de los templarios.

La segunda parte de nuestra marcha la iniciamos caminando unos metros carretera adelante hasta encontrar un paso de barras canadienses para nosotros cómodo e incómodo para animales de cuatro patas. Apuntamos hacia el Monte Pelados… (Publico este texto y continúo escribiendo).

Javier Agra.