viernes, 10 de febrero de 2017

LOS MONTAÑEROS VIAJAN POR LA TIERRA Y EL AGUA



Como un diminuto barco en el inmenso mar, los montañeros despliegan sus velas hacia el aire sinuoso, miran al cielo de correosas nubes y salen con la mochila surcando senderos de robles y jarales. Saludan sigilosos al naciente  sol amarillo y púrpura que acuna cantos, que acaricia montañas, que despierta bailes en las ninfas de las fuentes.

Los montañeros viajan por la tierra entre el silencio de la vegetación para entregar su corazón a la palabra sin voz, al sentimiento que se expande entre la piedra inmóvil, vigilante, eternamente estancada en su postura y el vegetal lleno de vitalidad bajo la tierra en busca de sustancia viva, sobre la tierra en constante movimiento de atracción y despegue, en el aire donde busca la luz y el viento, en el paisaje donde conversa con las aves y los saltamontes, donde canta con el sonoro viento del atardecer.

Los montañeros entonan himnos al agua porque es límpida y quieren transformar su propio corazón en pura transparencia; himnos al agua que es serena cascada montaña abajo entre colores y brillos de luz y tierra vegetal, veloz como el pensamiento que salta entre las cumbres y llena el horizonte de los deseos; himnos al agua de suave caudal en busca siempre de un remanso donde los pájaros puedan reposar su fatigado vuelo; himnos al agua de una ciudad de pequeño río no desdeñado, de diminuto río que seguramente pondría los ojos como platos si un día pudiera saludar la inmensidad serena del Támesis o la bravura del retorcido Ródano allá en sus inicios de los glaciares Lepontinos.


Hoy los montañeros han llegado hasta el Montón de Trigo y desde su cumbre hablan de paz con el suelo y con las celestes luces.

Javier Agra.      

martes, 31 de enero de 2017

OTRA VEZ SIERRA DE HOYO DE MANZANARES



Cualquier día de nuestras vidas puede amanecer de mil modos diferentes por nimiedades de difícil manejo. La jornada que comienza con esta fotografía, apuntaba limpia y soleada entre el rosicler recién amanecido y la serenidad de la montaña bajo el luminoso cielo donde las naves del mar del mundo venían a navegar sobre el plácido pueblo de Hoyo de Manzanares en cuya sierra tenemos intención de adentrarnos. Esta montaña primera se llama El Picazo, sirve de orientación para llegar hasta el depósito de agua donde existe un recogido aparcamiento de coches, al mismo tiempo es la primera vista montañesa hacia cualquier ruta que los montañeros inicien.


Los montañeros se cubrieron con su morrión de tela para que el piélago vegetal no llenara de viento y helada sus canosas cabezas, avanzaron después entre encinas y ramajes en los caminos que bien pudieron ser en pasados siglos lugares de tránsito para escualos y otros marrajos; más hoy, los montañeros no necesitan especial bravura pues ni siquiera ovejas de quietud absoluta ni inquietas cabras merodean por estos llanísimos caminos que nos conducen hasta la pequeña cascada del Covacho en el arroyo de Peña Herrera.

Los montañeros posan felices ante la cascada del Covacho, sin ningún arnés de guerra ni otra pieza cobrada a la naturaleza más que su propia sonrisa compartida con el viento y con el agua.

Apenas salimos en nuestro ascendente camino monte arriba, el cielo entonó una sutil carcajada y tornó en oscuridad la luz que había traído la aurora. ¿Acaso temían los cielos que atacáramos sus plateadas portaladas? ¿Por ventura confundieron nuestras mochilas de supervivencia con algún carcaj para el ataque? Se nubló y descargó algún copo de nieve sobre los montañeros mientras caminábamos más allá de Cerro Mirete y Cerro Lechuza buscando, con pesados pasos, el Collado que nos dejara cerca de la Silla del Diablo. 

La nieve se amontona bajo nuestras pisadas en un espectáculo que agranda el corazón y hace más pausada la marcha.

Desde el Collado, regresamos después de conversar con la nube que nos cerró el paso; regresamos para no turbar el sosiego de la oscurecida montaña; regresamos para que las encinas pudieran gozar de la paz y de la nevada. Nos sentamos en el Mirador de Peñaliendre para alimentarnos del fruto de la tierra (ya lo llevábamos preparado en las mochilas, que la modernidad no es tiempo de recolección entre los árboles de esta pequeña Sierra). Bajamos después, como acostumbramos hacer cada vez que subimos a la montaña. La nieve había entrado en nuestras botas, en los calcetines, en los bajos de los pantalones hasta empapar buena parte de la pernera. Pero no nos ofendió ninguna de estas astucias que usa la montaña como defensa. La Sierra de Hoyo de Manzanares nos había entregado, como hace siempre la montaña, sosiego y pausa, entusiasmo y fortaleza, libertad y paz para la vida.

Desde el Mirador de Peñaliendre se agiganta el mundo desde los cercanos copos de nieve hasta las alejadas montañas de Abantos, hasta unir nuestros espíritus con otros espíritus aventureros más allá de las cordilleras y de los océanos.

Javier Agra.       

jueves, 19 de enero de 2017

DESCANSO EN LA SILLA DEL DIABLO



Los montañeros han llegado al pequeño huerto mirador de la Silla del Diablo. Allá abajo están los vallejos que cruzan los Arroyos Cuchillar, Peñaliendre y Peña Herrera. Los montañeros los han visto muy de cerca en otras ocasiones, hoy bajarán junto a uno de sus cauces. Desde esta cumbre miro hacia abajo y me parece que soy magnífico en altura y proporción superior a gran parte de la naturaleza.



Pero qué es la magnificencia, qué es la altura y la libertad. Palabras feraces unas veces, vacuas otras; sentimientos que el corazón entiende y llena de lágrimas en unos momentos, que grita gozoso en otras ocasiones. Las palpitaciones del corazón necesitan la fuente de la naturaleza para entender de libertad y de paz, los latidos de la sangre tienen que estar engendrados de piedra y de tierra, de viento y de tormentas para cantar a la paz.

Cercanas montañas cuyos nombres he puesto en mis labios, montañas que he adherido a mis pisadas superan ahora mismo mi altura; y más allá de mis ojos otras cumbres también han sido magníficas en otras ocasiones, sus ríos han refrescados mis pies cansados, sus marmotas y muflones han transformado las heridas de la vida en risas llenas de sosiego. La naturaleza susurra el inmenso valor de las personas desde la pequeñez.

Sobre la Peña del Diablo, primer plano del montañero en conversación con el rostro humano de la Silla del Diablo. La naturaleza, la nieve y la vida envuelven la tierra con respiración de paz.

En la Silla del Diablo encuentro una gota del océano infinito de la brisa serena que envuelve cada poro de la naturaleza entera que respira uniforme en cada hálito de humanidad.

Javier Agra.    

domingo, 15 de enero de 2017

MIRADOR DEL DIABLO



El conjunto formado por la Silla y la Peña del Diablo forman un acogedor y recóndito mirador.

La naturaleza entera es maravillosa y está llena de hermosos rincones. Esa es la realidad también de la Sierra de Hoyo de Manzanares que permite variadas búsquedas y encuentros gozosos. Llegamos en coche, una vez más, a las inmediaciones del depósito de agua de Hoyo de Manzanares para iniciar la ruta camino del Mirador del Diablo.

Senderos muy bien marcados, encinas, jaras entumecidas por este invierno sediento que no arranca, retamas con la savia escondida en troncos y raíces esperando el calor de la primavera caminan a nuestro lado mientras superamos, en la distancia, el conjunto de El Picazo y Peña Alonso, la Peña del Búho, canchales sin nombre que hacen de este paseo una mañana de magia y libertad.

Nos detenemos ante el vivac para contemplar el entorno y participar del reparto del oro de vida que extiende el sol a esta hora sobre la naturaleza entera.

Los senderos nos dejan en la pradera del Estepar, punto culmen de esta sierra. Lo miramos reverentes y continuamos la marcha sin perder nunca los caminos bien trazados por las  pisadas que menudean estas livianas alturas. Tal vez algún jabalí estuvo esta noche buscando raíces, abundan regueros de tierra removida bajo las encinas.

Suave ascensión hacia la Silla del Diablo.

Hacia la Peña del Diablo suben muchos senderos, acaso para complicar la tarea de la suave ascensión; estamos ya a punto de bordearla cuando encontramos la que nos parece más marcada de todas las veredas. Ciertamente el conjunto de la Silla y la Peña del Diablo forman un acogedor y recóndito mirador con su pradera que convida al reposo y a la merienda.

Ante la Silla del Diablo. Los montañeros saben que pueden superar las dificultades; por más que ante la dureza de muchas crueles realidades se agosten y terminen secando algunos troncos, la vida saldrá vencedora.

La Peña del Diablo sí fue conquistada con alguna dificultad después de varios laberínticos intentos. Aún entre estas imponentes rocas, la vida se abre paso por las grietas; hierbas diferentes, cantuesos, tomillos, graciosos ombligos de Venus tejen diminuta vida que observamos a nuestro paso.

La marcha continuó sendero adelante hasta encontrar una bajada sosegada hasta la Cascada del Covacho en el Arroyo de Peña Herrera. Primero fue un lejano arrullo del agua en el fondo del valle; más tarde, superado el Cerro Lechuza, fue creciendo el rumor y mezclándose con el bullicio de las personas que había llegado a contemplar esta pequeña y limpia hermosura de agua. La Cascada del Covacho es una puerta de entrada a la llanura, es un descansillo en la continua escalera ascendente y descendente de la recogida sierra de Hoyo de Manzanares.

La Cascada del Covacho suena a libertad y remanso.

Javier Agra.

domingo, 8 de enero de 2017

CUATRO CALLES EN LA NAJARRA



Se rompieron las nieblas que aterecían los cielos mientras los montañeros ascienden con el alma libre por la Senda Santé camino del Pico Najarra. Multitud de miradores asombran su corazón, se detienen en diferentes balcones de piedra y los fatales sentimientos de la vida se diluyen entre la vegetación y la nieve para llenarse de trémula esperanza que vuela con sublimes alas más allá de los escollos de las desgarradas nubes. 

La tierra entera respira memoria libre que salta entre las montañas que dominamos desde este espacioso mirador de Cuatro Calles donde el céfiro alado batalla frente al exultante sol. Los dos han elegido el rostro de los montañeros como escenario de combate mientras la brillante luz blanca de la nieve enciende los corazones de los montañeros esta hora camino del medio día.

Desde Cuatro Calles la multitud de montañas y valles son una sinfonía de sosiego.

A nuestros pies se encienden los colores de la naturaleza, del agua, del baile de las nubes, de la variedad de vegetación donde saltan animalillos de multitud de especies, vuelan aves de diferentes trinos y observan el sosiego de la piedra, de la nieve, del musgo, de los milenarios siglos de atardecer y de auroras serenas.

Cuatro Calles, camino de la Najarra, es un mirador de rosas frescas, de caballos trotones, de corazones saltarines, de pensamiento pacífico donde los montañeros descubren el instante contenido en una respiración que explosiona en la eternidad de todas las respiraciones de la naturaleza entera.

Los montañeros caminan ahora hacia la cumbre del Najarra en austera conversación con las cortantes cimas de la cercana Pedriza que avanza a su lado más allá del silencio y de los pinos, más allá del vuelo de las aves y de la nevada ladera.


Javier Agra.