miércoles, 6 de junio de 2018

MONTE ABANTOS


Desde el Escorial.

Llegamos en coche hasta el aparcamiento situado en la Avenida de Carlos Ruiz, cerca del Hotel Felipe II y del Euroforum; bajo el muro del embalse del Romeral… Seguramente las pistas, aunque son ciertas, serán indefinidas; el Escorial se enreda en calles y nombres. Pero se llega; a todas partes se llega; la calma, el sosiego… conducen al destino deseado; en la vida normalmente se emplea tiempo para llegar, también la naturaleza llega a sus hojas, sus flores, sus frutos con tiempo y sosiego, con agua y brisa, con sol y serenidad. Para estas cosas de las rutas montañeras, también ayuda el G.P.S.

Ya estamos caminando.

La carretera dibuja una cerrada curva hacia la izquierda, al pie mismo del muro del embalse. Una escalinata de piedra nos adentra en el carcomido sendero de piedra y raíces vegetales que continuamos hasta cruzar una valla por la que accedemos a otra pista amplia que baja hasta el arroyo, lo cruzamos y continuamos monte arriba ligeramente por nuestra izquierda.

Al fondo se entrevén las rocas donde anidaron hace décadas numerosas familias de abantos; actualmente se han ido en busca de lugares de sosiego.

Allá arriba se asientan moles de granito donde los abantos construyeron antaño sus nidos; por estos pinares en que serpentea el sendero debieron cruzar su silencioso vuelo. Los montañeros no los hemos visto por estas latitudes, acaso seamos muchos humanos los que habitamos en la cercanía y haya preferido escabullirse a parajes más solitarios.

Las escarpadas curvas ascendentes están acompañadas del sonoro canto del arroyo del Romeral que lamenta su temporalidad entre los pinares y el tapiz verde de la ladera suave; ascendemos y en la altura se extiende un valle que continuamos hasta el fondo. Atrás han quedado la Solana de La Barranquilla y  la Solana de En medio; estamos en una tregua del pinar, las vacas pastan en torno a la Fuente del Cerbunal.

Al regreso nos sentaremos en una piedra de la fuente del Cerbunal para comer manzanas y frutos secos.

El señalado GR 10 continúa su discurrir hasta nuestro destino. Nosotros preferimos continuar el sendero que parte al pie del grueso tronco señalado con un aspa casi invisible que recuerda que por aquí no continúa el GR. El color brillante del pelo de las vacas está mimetizado con el ocre del sendero, con la luz tamizada de nubes entre los pinos.

Desde la loma cimera de la montaña, el mundo se agiganta más allá de los pueblos, de las nubes, de los valles y los océanos.

Salimos de la vegetación y caminamos por la loma cimera de la montaña. Las nubes en esta mañana de junio son arpas de la brisa musical de estas alturas; tal vez, allá abajo, pueblos y valles, ignoran la música de armonía sosegada de las cumbres.

El abrazo al vértice geodésico es un abrazo a la montaña y al corazón de la naturaleza entera.

El vértice geodésico es el punto más llamativo, el lugar donde el montañero une con su abrazo el corazón de la montaña a sus propios latidos y al corazón de la naturaleza entera. En el Abantos, el punto más alto está unos metros más arriba, por eso los montañeros llegamos hasta el muro de piedra donde la montaña nos lleva más cerca del cielo.

Javier Agra.

sábado, 2 de junio de 2018

EL JARDÍN DE LOS GUERREROS



Estamos en el Jardín de los Guerreros, corazón luminoso de la Pedriza entre el cielo y el sosiego; sobre estas esculturas de siglos de verde y de piedra vuelan los mismos pájaros que hace siglos, mantienen el brillo insumiso de su plumaje libre, de su mirada que inventa la paz y la música; las mismas aves que clavan sus patas en el amor de la tierra y construyen arboledas de esperanza entreabierta. Vuelan los pájaros sobre esta inmensidad de roca y agua para expulsar el dolor de la tierra, para construir cantos felices de nacimientos diarios en flores, en hojas, en viento. La Pedriza es una amorosa presencia en este Jardín de los Guerreros.

jueves, 31 de mayo de 2018

EL SALÓN DEL PÁJARO


La Pedriza de Madrid tiene lugares escondidos llenos de magia y asombro. El aparcamiento de Canto Cochino se va llenando de coches con las primeras luces de esta mañana de primavera. Suena con brío el agua del Manzanares cuando cruzamos sobre su puente de madera para emprender la marcha entre pinos y arizónicas por “la autopista” de La Pedriza.

Estamos en el Salón del Pájaro. Es nuestro objetivo de la jornada. Ya adelanto que llegamos ¿cómo podríamos haber hecho la fotografía de otro modo?

El Arroyo de La Majadilla es una sinfonía de agua. Imagino la novena sinfonía de Mahler con sus instrumentos de cuerda y de metal entre la armonía del conjunto y la queja, el grito, el silencio porque la vida es una agonía irregular  en busca de serenidad en su primer movimiento. Arpas, oboes, violonchelos suenan entre el agua desbocada y los pasos primeros de los montañeros. Dejamos atrás la charca Kindelán hundida en el abismo y la altura de Peña Sirio recortando el cielo.

Desde el Jardín de los Guerreros contemplamos el circo de Las Arañas Negras por donde pasamos hace un momento.

La danza del segundo movimiento coincide con nuestro inseguro caminar entre las piedras y las inmensas raíces que los árboles hacen aflorar en el sendero. Atrás han quedado Los Llanos del Peluca y el puente que lleva hasta el refugio Giner. Una empinada cuesta deposita nuestro resuello en el descansillo desde donde indefectiblemente hago una parada, con El Pájaro al fondo, para desprenderme de ropa y recomponer el resuello.

Poco más allá, justo antes de la curva que tiene un vivac, baja un sendero hasta el Arroyo de los Poyos; estos días va crecido, pero siempre se encuentra algún lugar por el que vadearlo. El alegro del tercer movimiento de la novena de Mahler se llena de instrumentos de metal, de fagots y clarinetes mientras subimos hasta La Calavera y continuamos montaña arriba buscando hitos y recuerdos de marchan anteriores.

Al pie del Pájaro me detuve a conversar con esta piedra grácil y volatinera a la que llamé “El Murciélago”.

Esta es una subida entretenida, es necesario usar manos, pies…y un poco de pericia para llegar hasta la base del Pájaro. Aquí me encuentro con una piedra grácil y volatinera a la que llamé “El Murciélago” nombre que acaso se pierda en el olvido nuevamente porque yo no tengo ascendiente social. En la base del Pájaro conversamos con unas personas que están preparando su equipación para ascender en escalada por una de sus vías; nos muestran tipos y nombres de cuerdas, de clavijas…

Continuamos la ascensión. Hace un rato que estamos entre robles y piedras, entre lagartijas y buitres con el sonido del Adagio del cuarto movimiento entre el estallido y el reposo de la música que salva el corazón y la mente de los montañeros, que nos conecta en armoniosa unidad a la naturaleza. Salimos al final de estos escondidos recodos por encima del Platillo Volante y entonamos con Mahler “en las cumbres el día es hermoso”.

En el Jardín de los Guerreros está preparada la piscina; los buitres contemplan el espacio cercano y la distancia lejana.

Continuamos entre el pedregal y los hitos por la cuenca de Las Cerradillas hasta su final que se cierra como si quisiera formar un circo con las cumbres de las Arañas Negras y Los Guerreros; desde aquí asciende una canal hasta el Jardín de los Guerreros. La erosión ha construido poesía en estas piedras a través de tantos milenios de silencio y truenos, de sosiego y literatura. Los montañeros nos sentamos entre la admiración y el asombro para contemplar, a nuestro lado, La Muela que hoy está coronada por media docena de buitres; también los buitres observan a la distancia la Pedriza Posterior y la Cuerda Larga y el horizonte y el futuro soñado en libertad y en PAZ.

Dejamos aquí las mochilas, al regresar nos sentaremos otro rato para disfrutar y comer. Continuamos hacia el Jardín del Pájaro y hacia el Salón del Pájaro, convencidos de que somos minoría los que hemos visto estos recoletos lugares. A veces reptando, a veces sirviéndonos del culo como punto de apoyo, a veces haciendo malabares, siempre con el mayor respeto hacia la montaña, entramos a disfrutar también de este escondido espacio del Salón del Pájaro. Espacio de serenidad, de asombro, de poema, de latidos en armonía con la canción sutil del viento en la montaña.  

La vuelta fue otro cantar.

Javier Agra.

miércoles, 23 de mayo de 2018

LA PEÑOTA (DESDE CERCEDILLA)



En el vértice geodésico de La Peñota se llenó mi corazón de sosiego y libertad.

Una de mis entradas, en el año dos mil ocho, cuenta la aventura nunca suficientemente ponderada de La Peñota desde el Alto del León. Así como es conocido el dicho de que “todos los caminos llevan a Roma”, son unos cuantos los senderos que confluyen en la cumbre de La Peñota y en otra multitud de cimas y de lugares a los que nos apetece regresar con frecuencia.


Comenzamos nuestra marcha por el Camino Puricelli entre la sinfonía de las retamas, de las aves, del arroyo…

Desde la estación de Renfe Cercanías en Cercedilla, cuando la mañana aún está entre el clarear y el olor de los churros, salimos buscando el Camino Puricelli muy bien trazado en la falda de la montaña. Sinfonía de retamas alientan nuestro caminar,  las aves ponen sonidos de contratenor y el arroyo de La Venta acompasa acordes de cuerda y viento en esta mañana de luz. El arroyo de la Venta trae sueños y agua desde la Fuenfría, trae rumores reposados de las concurridas Dehesas.

Nuestra marcha se desvía, ahora buscamos el Collado de Los Amigos y el prado del antiguo Campamento de las Berceas. Pastan una cuantas vacas ausentes a nuestro silencioso caminar. Nuestro corazón palpita con la vida nueva de los robles, nuestros ojos caminan muy lejos con el pensamiento y con las puntiagudas miradas de las altas copas de los pinos.


Estamos cruzando las praderas de Las Berceas.

Una amplia pista nos conduce hacia nuestra derecha montaña arriba. Nosotros sabemos que este sendero de sedoso caminar es efímero; muy pronto saldrá un empinado desvío; se inicia con una mezcla de raíces y brevísima pradera  que confluye en una fuente; a partir de aquí el camino que hemos de seguir se torna en suelo pedregoso, entre guijarro y pedernal. Es la Senda Poyalejos.

Allá abajo, la niebla juega a construir puzles de preciosas vistas y temblores ocultos. Los montañeros continuamos despacio y esperanzados, pronto llegaremos a La Senda del Infante, más arriba del arroyo del Helechar y la cuesta de Matalobos. Mientras resoplamos entre la fatiga del desnivel y el asombro del lugar conversamos sobre los muchos nombres que en estos y otros lugares se han perdido, han variado su significado. Los helechos crecen en estos paisajes de la sierra como si permaneciéramos para siempre en siglos antiguos, los lobos se han perdido en la memoria ahuyentados por la desmedida ferocidad de los humanos.

Cerromalejo queda a nuestra espalda. La niebla oculta los pinos que disminuyen su tamaño y cantidad mientras continuamos ganando altura en esta jornada de ochocientos metros de desnivel casi sin descansillos en el trayecto. Ante nosotros se presenta como una siniestra aparición la línea de rocas que da comienzo al último tramo del sendero.

Se han terminado los pinos,  ha concluido la vegetación; entramos entre la niebla en el terreno de las rocas, la memoria de otros paseos por estos lugares nos ayuda a pisar en suelo seguro. Las gafas se oscurecen por completo entre las gotas de niebla. Es como si esta hora, aún antes del mediodía, fuera un símbolo terrible de destrucción.


Llegamos a la cima. La Peñota extendió su luz sobre las cumbres y los valles.

Llegamos a la cima. El vértice geodésico de La Peñota exige al montañero usar las manos y aún la paciencia y un poco de pericia. La montaña es agradecida hasta términos insospechados. Cuando pensamos que ya estamos ante un telón invisible, se disipa la niebla en un instante y ofrece al montañero la vista de otras cumbres y sus nombres, de llanuras, de embalses, de poblaciones, de arroyos, de bosques, de inmensidad.


Descendemos por la Senda Poyalejos hasta encontrar las praderas de Las Berceas.

La Peñota se viste de asombro para que podamos regresar con el esfuerzo realizado, el alma henchida, el corazón iluminado, la vida entregada a la sosegada quietud y la actividad productiva. Regresamos hasta los campos de las Berceas por un sendero directo, a veces más claro otras veces perdido por completo. No nos preocupó, nuestro corazón ya se había encontrado, se había acompasado al respirar de siglos pausados de la naturaleza.

Javier Agra.  

domingo, 22 de abril de 2018

HACIA LA MALICIOSA


Hasta la Maliciosa se puede ascender desde diferentes puntos por diversos caminos, todos llenos de esfuerzo y entretenimiento.

Esta mañana avanzamos con el coche por la carretera de Colmenar hasta el kilómetro cincuenta y siete; de la misma rotonda con la escultura semejante a un “tirachinas”, sale uno de sus ramales hasta la urbanización Cercas Mayores donde aparcamos para comenzar nuestra búsqueda de la Maliciosa por una ruta diferente a todas las que había hecho hasta el día de hoy.

Se trata de seguir una pista bien dibujada y con la dirección apropiada entre las diferentes pistas que, en algún momento, se entrecruzan como si estuvieran recordando aquel juego de mi infancia que llamábamos “pica cruzada” y consistía en correr detrás de otro niño hasta alcanzarlo, cuando se “cruzaba” alguno de los participantes entre el que “la ligaba” y su “presa”, era necesario correr detrás del nuevo objetivo. Así empleamos muchas horas en Acisa de Las Arrimadas y otros muchos pueblos. 

Eran años en los que los pueblos de muchas zonas de España tenían escuela con varios niños. En mi infancia éramos veintidós en total, de diferentes edades y con un solo maestro; los mayores se ocupaban de los recién llegados, aprendíamos los números y las letras de una manera cooperativa. Lo natural entre las personas era echarnos una mano unos a otros, así crecimos desde los primeros recuerdos que conservo.

Hoy estamos camino de La Maliciosa. Enseguida hacemos una parada para contemplar la presa de Los Almorchones, pequeña retención de agua que sirve para regar algunas huertas y otros diferentes usos agrícolas.  

El monte está plantado de pinos con escaso vigor, crecen algunas jaras, piornales variados. La pista llega hasta un collado que agrupa nuestro camino con otra pista que sube desde la urbanización de Vista Real. En pocos minutos llegamos hasta el embalse de La Maliciosa que almacena agua potable para atender a Becerril de la Sierra con sus diferentes núcleos urbanizados. Los pinos que pueblan este entorno han tenido más éxito y, aún siendo muy jóvenes, parecen tener mejor futuro que los que dejamos atrás.

Desde el embalse de la Maliciosa contemplamos el valle por el que después subiremos buscando el Peñotillo y la Maliciosa.

Bordeamos el embalse y nos adentramos en un valle bucólico mecido por jaras y arbustos. Enseguida encontramos un sendero que hará apacible nuestro ascenso. Un pino solitario en medio del sendero invita al reposo y al sosiego, su copa entrega sombra y silencio. Apenas lo saludamos pues estamos buscando un vivac del que hemos oído comentar.

El sendero busca diferentes variaciones en este valle de serena ensoñación. Llegamos hasta el vivac.

Suenan trémulos los arroyos que bajan desde los cordales de Los Asientos y Los Almorchones, agrupan sus aguas en el Arroyo Jardinera para jalear el verdor del valle en esta primavera, para acompañar el bullicio amoroso de las aves, para acompasar su paso al latido de los montañeros que suben con cadenciosa ilusión entre la nieve y el verdor brillante, entre la luminosa respiración del sol y el chapoteo de las botas.  
  
Disfrutad conmigo del PEÑOTILLO, así se llama esta pétrea mole que es un FILÓSOFO dormido con su frente, ojo, nariz, boca y mentón. Con él conversé entre la sosegada luz y la esforzada marcha; con él contemplé la austera vida de la primavera y la PAZ serena de esta tierra.

Serpentea el sendero para suavizar el esfuerzo de los montañeros. El esfuerzo mismo es una parte interesante de las salidas a la montaña; la compañía, es también una delicia de esta actividad; el silencio del entorno y del corazón y de la mente, engrandecen el alma hasta eliminar fronteras; los paisajes, las vistas, la fantasía, el aire, el sol, las aves, los diminutos animalillos, el contacto con la tierra…Hacen que la pequeñez humana sea más compartida, sea más liviana, sea fuente de paz y entusiasmo de futuro.

Recién superados los mil setecientos metros, nos dimos cuenta de que a nuestra derecha, en el cordal de Los Asientos nos estaba vigilando un dinosaurio. Esta fotografía muestra su figura escondida entre las rocas.

Llegamos al Collado. A nuestra izquierda quedaba superado el Peñotillo. Comenzamos el ascenso entre el Peñotillo y la Maliciosa. Utilizamos el piolet y los crampones; subimos; nos esforzamos; sudamos; nos resbalamos; nuevo intento; ánimo; nos detuvimos; regresamos sin coronar la cumbre.

Aquí estoy con cara de ¡vaya, no siempre conseguimos aquello por lo que luchamos!

Javier Agra.

domingo, 15 de abril de 2018

ENTRE ESPAÑA Y PORTUGAL: LA CANTERA


Hubo un tiempo en que en España se construyeron multitud de pantanos. En el punto justo donde el Duero comienza su frontera entre España y Portugal, La Raya decimos en aquellos pueblos, en los Arribes de Zamora también se construyó el Salto del Castro inaugurado el doce de diciembre de mil novecientos cincuenta y dos.

Para llevar a efecto tamaña efemérides, previamente en la segunda mitad de la década de los cuarenta, se edificó todo un pueblo “El Poblado de El Castro” así llamado porque está dentro del término municipal de El Castro. Tenía este lugar todas las instalaciones que constituyen una población bien abastecida, con su escuela, su templo, farmacia, piscina y pistas deportivas. Una preciosidad, además del Cuartel de la Guardia Civil y numerosas casas con espacios comunes de recreo y esparcimiento.

La CANTERA ocupa media montaña. Ved señales de los barrenos con los que sacaron la piedra. Las paredes forman un anfiteatro de sonoridad magnífica.

No voy a poner ninguna fotografía de la desolación en la que ha quedado y que en la actualidad se ofrece a los visitantes como monumento a la devastación que sometemos las personas a los edificios abandonados, la destrucción absoluta que llevamos a los pueblos sin habitantes. ¿Cómo un pueblo tan exclusivo pudo ser entregado a la barbaridad, el saqueo, la destrucción, la vileza humana? Su abandono el año mil novecientos ochenta y nueve supuso su rápida destrucción a manos de la rapiña.

Para construir todo este complejo de pueblo y presa se necesitó la materia prima que salió de la piedra labrada y transportada desde una cantera cercana hasta la que se accede por un camino de tierra de unos cinco kilómetros. Allí se pueden contemplar otras infraestructuras derruidas de lo que fueron gruesos y fornidos postes y engranajes para cableados seguros y firmes con los que vencían el amplio desnivel de barrancos y arroyos.

La CANTERA vista desde lo alto de la montaña que permanece con su vegetación, sus paredes y sus prados.

Media montaña de piedra está hoy arrancada a base de dinamita y maquinaria, de esfuerzo y cálculo humano, de tiempo de trabajo seguramente bien dirigido y bien realizado. Hoy aquella antigua cantera está formando un lago de agua permanente en el que han aportado vida en forma de peces y otros seres acuáticos. Allí han nacido salgueros frondosos, diminutos prados, allí anidan aves, allí llegan los ciervos trotando, allí encuentran consuelo a su sed diferentes especies de animales.

Aquella antigua cantera es hoy un espacio lleno de vida animal y vegetal.

Recité un poema de Bertolt Brecht para apreciar la sonoridad del anfiteatro que forman hoy las paredes de la media montaña que se mantiene en pie. Magnífico eco sonoro de la tierra. La visión de la CANTERA produce una mezcla de sinsentido y entusiasmo, de desazón y gozo. Después de salir de aquel lugar yo hago una propuesta: id a ver la CANTERA con su mágico silencio, con su bullicio de vida; después no vayáis nunca a ver el pueblo donde está creciendo la desolación y el desaliento. Guardad en vuestro recuerdo la fantasía de la CANTERA.

Javier Agra.

miércoles, 11 de abril de 2018

ENTRE ESPAÑA Y PORTUGAL: CASCADAS DE ABELÓN


Realmente son unas “cascadas” de temporada. Cuando termina mayo, de estas aguas no quedan ni los hilos; nos aseguraron en Abelón, pueblo de Sayago que conserva la soledad y aspereza de estas tierras llenas de embrujo y misterio antiguos. Dicen las leyendas que el pueblo debe su nombre a la diosa romana de la guerra Belona, hija de Júpiter y Juno, esposa de Marte. Acaso madre de estas campiñas llenas de pedregales por donde el Duero tiene que pelear constantemente con enormes arribanzos para llevar el agua hasta el Atlántico. Arribanzo es como nombran en Aliste y Sayago a estos cañones de profundos despeñaderos del río. 

Escultura de la diosa Belona en el Jardín de Verano de San Petersburgo. La fotografía no es de mi cámara de fotos; algún día me llegaré a esa bella ciudad para contemplarla en directo.

Aparcamos el coche en el pueblo y caminamos los cumplidos cuatro kilómetros que lo separan del Duero; es una caminata ligera y agradable para una tarde de cálida primavera, entre “cortinas” (así se nombran aquí a los prados cercanos al pueblo) pobladas de fresnos y encinas, con rumiantes vacas, voladoras cigüeñas, cantarinas aves despreocupadas. La vegetación se vuelve jara y matojo entre los pedregales cercanos al Duero.

Cascada de Abelón.

Estos días primaverales llega el bullicio del arroyo de la Cunca, es un agreste desplome de agua sobre el Duero. Abelón tiene visitas estos días para contemplar esta curiosa cascada de temporada. Sus moradores de antaño construyeron tres niveles de molinos, aprovechando el agua del arroyo de la Cunca, de los que hoy solamente se conservan algunas piedras y cavidades para eterna memoria de la fiera constancia y la determinación férrea de supervivencia.


Esa escarpada roca, boca abierta sobre el Duero, es el mirador en el que desemboca el sendero de La Poyata.

Admirados más por el antiguo trabajo que por la cascada actual, regresamos hasta el llano de la meseta para caminar por el sendero de La Poyata hasta llegar al mirador sobre el Duero que es una especie de vivac que la piedra misma ha construido, de hermosa vista y complicado acceso. Entre las curiosidades de la zona, merece la pena acercarse a la muy cercana “piedra de la Campana” que presentan los carteles añadiendo que “no es una seta” aunque muy bien podría ser admirado como monumento micológico.

La Campana es una curiosa formación rocosa con pequeñas cavidades en su parte inferior, que la erosión ha convertido en música.

Esta curiosa formación rocosa muestra unos alvéolos en su parte inferior que los siglos y la erosión han convertido en pequeñas cavidades con diversidad de notas musicales si el visitante tiene paciencia y las hace sonar con suaves toques de su mano. A estas formas de erosión les llaman tafoni los geólogos. Es un concierto de la naturaleza, de la vida, del ensueño, de los siglos. Son las ventanas con que la piedra se asoma a los siglos venideros para conversar con las personas de todos los tiempos que se acercan por estos paisajes de libertad y sueño, para contarnos que los humanos formamos una costura con la naturaleza de todos los tiempos. 

Javier Agra.