jueves, 18 de septiembre de 2014

COLLADO DE LA VENTANA



Calvas sierras apuntan al cielo del Guadarrama, más arriba de la sonrisa de pinares y rebollas, reducidos prados entre juncos y altas hierbas, los montañeros encienden lirios y espinos en las madrugadas de septiembre cuando el campo conversa silencios desde el fondo del alma. Hemos salido unos minutos de la autopista de la Pedriza para asegurar el camino de la Choza Kindelan, volvemos con el silencio del arroyo, aguas arriba del Majadilla; a la derecha el Prado Peluca, en las cumbres la cueva de la Mora y Peña Sirio.

A la puerta del Chozo Kindelan, un recuerdo a los primeros montañeros que abrieron senderos por la Pedriza.

Cercanos al arroyo de los Poyos, cruzamos hoy a pie enjuto por donde la primavera construye una hermosa laguna y subimos entre pinares bordeando el arroyo de la Ventana buscando el espacio abierto del Collado que comparte nombre con el arroyo. Se esconde el Collado entre curvas de senderos y de aves. Montaña arriba hasta encontrar el grupo rocoso de El Cocodrilo, los montañeros hacen una parada más de admiración que de reposo; se han terminado los pinos, las formaciones de roca tienen conversación de siglos, de esfuerzo, de poderosa amistad.

Subimos al Cancho de La Herrada o Pared de Santillán.

El Collado de la Ventana es un espacio de luz abierta: ¡salve, Risco de la Ventana; salud, Torre de los Buitres! Merodean algunos pinos valientes de reducido porte, aquí se enfrentan a los vientos y a las tormentas de nieve, pero aguantas porque saben que volverán los montañeros y quieren saludar su esfuerzo. Continuamos nuestra marcha hasta la Pared de Santillán también llamado Cancho de la Herrada; subiremos por algún lugar cómodo, nosotros no sabemos hacer cordada.   

El anchuroso Collado de la Ventana permite mirar al mundo con afilados ojos de águila, la vista se extiende hacia el cielo y hacia las llanuras pardas, hacia los embalses y las construcciones de casas. Los dos montañeros nos sentamos un rato, acaso no necesitamos tiempo para descansar pero sí necesita el espíritu tomar tiempo, hablar con la naturaleza, aspirar silencio, soñar tierras de paz y de ricas cosechas compartidas. Los dos montañeros soñamos ante el impactante misterio de piedra del Cerro de los Hoyos nuevo siempre en cada subida por estos riscos.

Cerro de los Hoyos.

El Risco de la Ventana tiene un vivac de hermosa factura, parece custodiado por un solitario árbol: el serbal de los cazadores convida a reposar, parece un árbol de plata, breves hojas, finas ramas, rojos sus maduros frutos; todo él es un canto a la tierra y la vida. Los dos montañeros admiran y callan, el sol avanza en silencio entre el rumor de las aves y el juego de algunas cabras.

El Risco de la Ventana tiene un vivac que guarda el solitario árbol serbal de los cazadores.

Regresamos por la Senda de los Forestales. Aquí la pericia de Jose (como en cada momento en la montaña) vuelve a ser necesaria y definitiva: senda abajo, apenas superemos mil seiscientos metros tenemos que encontrar el sendero que sale a nuestra izquierda. Está el sendero. Los dos montañeros seguimos su apenas trazada estela hasta acercarnos y bordear la Cuerda de Los Pinganillos. Esta bajada se pierde y aparece, viene y va bajo nuestra mirada y entre senderos y búsqueda llegamos a las inmediaciones de la autopista de la Pedriza.

La marcha de esta jornada está completa cuando llegamos al Manzanares y entramos en Canto Cochino por el transitado puente de madera. La Pedriza es grande con sosiego de cálida piedra, de madre vegetal, con la entraña caliente del amor de la tierra.

Javier Agra.

viernes, 12 de septiembre de 2014

EL CHOZO KINDELAN PIONEROS DE LA PEDRIZA



Muchas veces me he adentrado en la Pedriza. A estas alturas del siglo veintiuno somos muchas personas cruzando sus vericuetos en largas jornadas de montaña. Hace pocos días, Jose y yo, decidimos que era oportuno llegar hasta el Chozo Kindelan en una jornada de reconocimiento y homenaje a quienes abrieron los primeros senderos al comienzo del siglo veinte cuando aquel bellísimo lugar era una tierra inhóspita de difícil trasiego.

Doce minutos después del puente sobre el Manzanares, unos metros antes de situarnos frente a Peña Sirio, sale un camino hacia el Chozo Kindelan.

Cerca del lugar donde hoy aparcamos el coche para iniciar diferentes rutas, se encuentra el Chozo Kindelan, seguramente el primer refugio natural de esa zona; los hermanos José Manuel, Juan y Ultano Kindelan con su primo Pablo Martínez del Río encontraron, bajo una gran roca,  una apetecible oquedad que adecentaron de modo sencillo como refugio donde reposar sus noches de sierra. No era fácil la aventura de volver a Madrid. Allí está como un templo a los primeros que hicieron y deshicieron senderos hasta poder indicar bellísimas rutas que hoy podemos seguir con la sensatez de la confianza y la certeza de las marcas que dejaron.

A la puerta del Chozo Kindelan, rendimos un homenaje a los primeros montañeros de la Pedriza.

Era la primera década del siglo veinte. Desde allí pusieron el nombre a Peña Sirio, porque sobre esa inmensa mole aparecía la estrella del mismo nombre; a su izquierda veían la Cueva de la Mora, que enamorada de un cristiano fue encerrada por su padre y sus hermanos para impedir los amores de los dos jóvenes. Dicen que aún es posible ver la fugaz búsqueda que los amantes emprenden entre las altas rocas, cuando las noches tienen luna y una ligera opacidad de nubes.

Interior del Chozo Kindelan.

Por estos lugares de la misteriosa y mística Pedriza, en la segunda década del siglo veinte, estuvieron Juan Meliá y José Tinoco, quienes se resguardaron en la Majada de Quila, un agujero cónico cuidado por la misma sierra en el murallón de granito, para defenderse y sobrevivir a una intensa nevada, hoy conservada con aquella antigua sencillez de improvisado refugio. Allí permanece, no lejos del Puente Poyos (escrito, sí, con y porque es un lugar de buenos poyos para apoyarse cuando el montañero llega con fatiga, porque él mismo se apoya entre rocas inmensas como una construcción arquitectónica de la naturaleza, sabia en su antiquísima sabiduría).  

La Majada de Quila es un agujero cónico en un farallón de granito, no lejos del Puente Poyos.

Fue en aquel invierno de mil novecientos catorce cuando se comenzó la construcción del Refugio Giner, al que hoy nos podemos acercar y en el que podemos pasar alguna noche para convivir con la naturaleza o sentir la vida de la montaña en nuestras sienes, el profesor Giner de los Ríos sabía que la educación tiene mucho que ver con el amor a la naturaleza y por allí pasaba algún tiempo conversando y escuchando a las aves, a las plantas, al agua, al aire, al silencio…

La montaña tiene palpitaciones del pasado, en sus entrañas duermen las pisadas de quienes abrieron senderos y rutas. Florencio Fuentes, que escaló cordadas desconocidas hasta entonces;  Teógenes Díaz, Ricardo Rubio, Ramón Somoza, Agustín Faus, legendarios monitores de la Pedriza mediado el siglo veinte; “Pepín” José González Folliot, quien abrió rutas de escalada en la pared de Santillán y en numerosas montañas.

Nombres verdaderos con realizados sueños, nombres que hoy tienen rostro de montaña y libertad de viento. En el Chozo Kindelan rendimos un homenaje a la memoria de los pioneros y continuamos nuestra ruta. Aquellos que fueron primeros y nos marcaron senderos tienen un hueco en el corazón de los montañeros.

Javier Agra.

martes, 9 de septiembre de 2014

SIETE PICOS, MUCHAS VECES



El orobanche es un gorrón. El orobanche es una planta parásita que se agarra a las raíces trabajadoras de la retama o de otras plantas que crezcan cerca de ella; mide hasta treinta centímetros de altura, nunca tiene tonos verdes porque carece de clorofila, ya se cuida de tomar el alimento preparado y además coloca sus pequeñas semillas en forma de huevo en el suelo donde espera con paciencia a pasar a vivir a costa de un nuevo huésped. Pero es una planta de brillos luminosos. Es un gorrón el orobanche.

El orobanche es un gorrón. Lo descubrí hace pocas jornadas en uno de los paseos por Siete Picos en la Sierra de Guadarrama.

Desde el Puerto de Navacerrada, Siete Picos está al alcance del montañero. Se pasea su hermosísima y vistosa cima después de recorrer otros lugares, o antes de continuar más largas marchas. Las últimas que realizamos por sus cumbres fueron sosegadas, la calma es una vivencia de la montaña. El tiempo se nombra con agujas de paz, el segundero son latidos de naturaleza.

Atrás ha quedado el séptimo Pico, algunas personas en la cumbre rodean y saludan al vértice geodésico que marca el punto más alto del recorrido.

Subimos por los remontes hasta sobrepasar muy cerca del próximo otero con la imagen de la Virgen de las Nieves y disfrutar el poco transitado recorrido de la Senda Herreros que desciende como si los montañeros buscáramos la raíz misma de la montaña jugando al escondite con el sol que pasa varias horas hasta que da con nosotros. El agua de Guadarrama canturrea mansa entre los helechos y las quebradas; las cabras nos miran y deciden no asustarse cuando ven nuestra pausada y silenciosa marcha.

El Tercer Pico tiene una graciosa ventana.

Escondidos senderos vuelven nuestros pasos, montaña arriba, hasta la Pradera de Majalasna. Allí está escondido el pico que comparte nombre con la pradera y que contaremos como el número uno, de lo contrario solamente nos saldrán seis picos muy bien puestos uno a continuación de otro hasta llegar al más alto de los siete que es el más cercano al Puerto de Navacerrada en nuestra vuelta por las cimas.

Desde la Pradera de Majalasna también podemos volver por la Senda de los Alevines, plácido sendero horizontal (dentro de lo que en la montaña se puede denominación horizontal); después de unos breves escarceos con alguna que otra roca, después de superar una graciosa inmensa roca que ha fabricado un pequeño tunel, encontramos la Fuente de los Alevines gran parte del año sin agua e inmediatamente entramos en el Collado Ventoso, cruce de caminos donde confluimos diferentes cuerdas de montañeros.

Cuevecilla risueña en la Senda de los Alevines.

Nosotros volvimos por el Camino Schmid, hoy habíamos hecho ya las hermosas vistas de Siete Picos. Pero hacer esa subida y alcanzar Navacerrada desde sus lomas de dragón, es una opción para la calma y el gozo. Siete Picos es una opción perfecta para cualquier jornada que se quiera disfrutar de la Sierra de Guadarrama.

También aprendí a llamar Senecio a la planta que, en los pueblos donde yo comencé a nacer, llamamos calzapete. Ya los antiguos latinos le habían puesto este nombre de anciano (senecio-senecionis) porque recordaba las blancas cabelleras y las canas barbas de la ancianidad. Con permiso de Linneo, en Acisa de Las Arrimadas, pueblo de mi infancia, le seguiremos llamando calzapete porque tenemos tal nombre florecido en el alma.

Javier Agra.

martes, 26 de agosto de 2014

PIRINEOS 2014: IBONES Y CASCADAS



Espíritu en vuelo y pisadas certeras por diferentes rutas del Pirineo. Seguramente podremos resaltar multitud de hermosuras y vivencias, yo quiero recordar algunos ibones a los que siempre llamé lagunas hasta que ensanché el mundo, hasta que me hice uno con la naturaleza. Ibones, pues, en el Pirineo. Cascadas o saltos del río o breves juegos del agua que acarician piedras y valles entre las montañas.

Remanso musical en las Gradas de Soaso. 

Valle de Ordesa adelante, cuando los pinos y las hayas tienden risueños cantos para acompasar el paso descansado de los montañeros, el río Arazas añade aromas de agua que baila nombres y juegos. Más arriba llegan y se juntan (¿o salen y se diversifican?) diferentes senderos para ampliar la vista en el remansado Circo de Soaso. El mismo valle es melodía de violines y solo de marmotas que confluyen en la caída solemne de la Cola de Caballo donde los montañeros sueñan fantasías realizables de ascensión al Perdido y subidas a otros picos que superan tres mil metros.

Cola de Caballo.

Pequeño también, el río Caldarés, entrega a los montañeros armonía de cascadas e ibones en una interminable canción a la vida que los viajeros recuerdan para siempre en pequeños daguerrotipos impresos en el corazón y en el papel. Las cascadas del Pino y de Bozuelo… Más adelante, la Cascada del Fraile se desliza entre el sosiego libre de la amplitud de la piedra bajo el pacífico sol de la mañana; en su remanso beben las aves, las plantas, las cabras…
  
Cascada del Fraile y Cuesta del Fraile por donde subiremos hasta el Refugio de Bachimaña.

Más arriba, donde la montaña teje hilos de fatiga y de calma, continúan los misterios del agua. Los Ibones Azules entregan al valle sus aguas en una notable cascada que desparrama caminos entre flores y praderas. El corazón canta, los ojos se asombran y callan.


Desde el Ibón Inferior de Bachimaña observamos el Refugio de Bachimaña donde haremos noche en el silencio de la montaña. Caminamos senderos y pensamientos en la soleada mañana, para ascender a los Ibones Azules donde diferentes grupos de montañeros detenemos la marcha, este lago remansa la vida y sosiega el agua. Desde esta altura de la montaña observamos los Picos del Infiernos, Piedrafita, Vignemale…y con los ojos cerrados llegamos más allá de todas las tierras y más allá del mar.

Ibón Inferior Azul.

Camino del Garmo Negro, entre senderos nuevos, pinos viejos y antiquísimo pedregal, entregamos el pensamiento a la tierra y al viento en las orillas silentes del Ibón de Arnales donde las chovas beben sin miedo, donde las cabras rumian hierbas y tiempos. Pasamos los montañeros por estos lugares, sin relojes ni miedos, aspirando la profunda canción del silencio.

Ibón de Arnales

Sobre la cumbre del Garmo Negro, la montaña se hace sonrisa piadosa después de una jornada de esfuerzo. A nuestros pies, allá al fondo entre la nieve y el sueño los Ibones de Pondiellos quieren olvidar disputas sangrientas en muchos lugares y en todos los tiempos. Más allá contemplamos más ibones en las cuencas de Bachimaña y Bramatuero.

Desde el Garmo Negro estamos viendo los Ibones de Pondiellos, los cercanos Picos del Infierno con su inconfundible piedra blanca de mármol, más allá el Pico Balaitús que une Francia y España. Las montañas, las nubes, el agua, la tierra, la naturaleza que canta himnos de Paz.

Javier Agra.