miércoles, 16 de abril de 2014

POR LA PEDRIZA CON LA DILIGENCIA

Si fuera dado a inventar adivinanzas, propondría ésta: ¿Qué reducida montaña produce más sensaciones y más grandes que su tamaño? Respuesta: La Pedriza. Pero como solamente soy aprendiz de montañero, cruzo el puente sobre el Manzanares (en esta época del año se ha ganado el sonoro nombre de río) en compañía de Jose y otros buenos compañeros y nos dirigimos hacia el Collado del Cabrón. Por si la inercia del inicio no fuera suficiente, los diferentes caminos a seguir están bien señalizados con cartelería para distribuir a los montañeros, paseantes o quienes deseen relajar un breve tiempo su espíritu. La Pedriza ofrece muchos niveles de relajado solaz.

Por el valle queda cantando el Arroyo del Risco, mientras nosotros paseamos nuestra vida entre garridos pinares, sabinas con aire de ancianidad, enebros que calzan sus ramas desde el suelo, cogolludas jaras, escondidos torviscos. Cuesta arriba repite el eco sonoro el pica pinos, el carbonero extiende su canto a nuestro paso. Tal vez llevamos caminando veinte minutos cuando una enorme roca llega hasta nosotros (queda inmóvil a una prudente distancia para no aplastarnos) por la derecha y nos indica el sendero por donde se sube a ver El Cáliz. Se lo agradecemos pero continuamos hasta el Collado del Cabrón.

El Collado del Cabrón tomó este nombre por algún episodio ocurrido siglos atrás entre machos y hembras de cabra. De modo, amigos lectores, que es un nombre tan inocente como cualquier otro nombre.

Hasta este punto resulta un descansado paseo. Desde aquí la vista goza, el espíritu vuela, el corazón se dilata enamorado, se silencia la palabra…Cruce de caminos. Hoy vamos hacia El Pajarito; se ha quedado con ese nombre pues su homónimo El Pájaro es más grande y se ve desde más cerca del inicio de la marcha. Ahora empieza la senda a ser más montañera, la dificultad aumenta por la inmensidad de rocas, la fatiga…Pero es nuestra ruta. Por aquí hemos pasado varias veces todos cuantos paseamos con mochila y botas la Pedriza de Madrid. Recordamos el paso más arriesgado, la pared que más conviene tener cerca, la encina que nace en medio de la roca…

Subimos por la Canal del Pajarito.


Las cumbres de la Vela, el Pajarito y la Campana rodean un paraíso conocido como Jardín de la Campana, oasis de pinos nacidos en mullida tierra. Otra parada para el éxtasis de los sentidos y continuamos la ruta calmada entre las informes rocas y las rocas con nombre en busca del siguiente escalón, allá arriba en la base del Carro del Diablo. En esta altura está hoy nuestra cota. Estamos llaneando cumbres, bajo el hermano sol, sobre la hermana tierra, en la naturaleza hermana; en estas montañas entendemos las palabras del águila, de la cabra, del ratón, de la lagartija, del aire y del agua.


Frente a nosotros se ha detenido La Diligencia, un cochero la conduce; sobre la baca están los bultos de los invisibles viajeros; los caballos se han ido a pacer porque es la hora de su descanso.

Nosotros también nos detendremos enseguida, en el camino de vuelta apenas abandonemos el Collado de la Romera. Los pinares se han cerrado sobre nuestras cabezas, los senderos son ahora plácidos con el mullido de sus cien mil hojas. Hoy podemos recorrer la Pedriza sin peligros diversos, sin más problemas que la fatiga; nuestras marchas llegan hasta donde la valentía hace frontera con la temeridad, ahí se detienen y regresan. Esta mañana queremos hacer un homenaje a los antiguos “descubridores” de la Pedriza y visitamos, con unción y respeto,  la Majada de Quila: aquí pernoctaban aquellos pioneros que no tenían más transporte que alguna mula hasta el pueblo, entonces pequeño pueblo, de Manzanares el Real, sin más senderos ni rutas marcadas que su intuición y su constancia en comenzar de nuevo.

Fotografía de la Majada de Quila, desde el homenaje y el respeto.

Llegamos a Cuatro Caminos. Una hora más de marcha y estaremos en el coche. A la derecha, sobre la cumbre, el Cancho de los Muertos; a nuestra izquierda, en el fondo del valle, el Arroyo de la Majadilla; a nuestra derecha, escondido entre rocas y olvidado por el tiempo, el Refugio Kindelan; a nuestra izquierda, cercana a nuestro paso, la Charca Kindelan, pegada al cielo Peña Sirio y la Cueva de la Mora. La Pedriza produce más sensaciones y más grandes que su tamaño.


Javier Agra.

domingo, 13 de abril de 2014

CHORRERA DE ROVELLANOS

Terminaba mi anterior narración en el pueblo de Canencia. Un breve paseo por la plaza para escuchar el silencio festivo de esta mañana avanzada, trae a mi recuerdo diferentes explicaciones en torno al origen del pueblo: no me atrevo a elegir entre el topónimo “canecer” de las canas blancas de sus montañas de nieve o la derivación de la ninfa semidiosa Canente, diosecilla del canto, amante feliz del rey Pico al que Circe, celosa en grado superlativo, convirtió en ave; desde entonces Canente lo busca entre el agua de los arroyos y los matorrales de las montañas. Tal vez del latín “cadere” que nosotros decimos caer, por la abundancia de sus fuentes y arroyos que caen de las cumbres a los diferentes valles.

Nada más dejar la plaza del Ayuntamiento, sale a la derecha la calle Toriles que nos lleva hasta una pista de tierra, cortada al paso de vehículos no muchos metros más allá. A esta hora el sol nos hace señas para que pongamos la gorra: ¡Se ha terminado el bosque! ¡Cuidad vuestras cabezas! En conversaciones con el sol, con los pinos y las aves, llegamos por la bien trazada pista hasta que vemos allá abajo la presa del Batán donde se juntan los arroyos Ortigal que baja por nuestra izquierda y el Matallana que llega brincando montes y riscos desde la zona de Cabeza de la Braña.


Sentado junto a la presa del Batán. 

Hasta hace pocos días, esta maravilla de Rovellanos era desconocida para nosotros; hoy no necesitamos más indicaciones para tomar la dirección correcta. Ahora lo complicado es encontrar un sendero que nos lleve hasta sus aguas. Rastreando Jose y yo, sabuesos de montaña, encontramos una senda que inicia su recorrido apartándose un poco del arroyo para ir ganando altura, después la perderá y la volverá a ganar…el sendero es un tobogán de la naturaleza…es el tobogán de la vida…sensaciones y sentimientos que construyen las olas del corazón.

Desde la distancia, descubrimos con claridad el ronco golpeo del agua sobre el rocoso cauce, el brillo fogoso de la cascada al medio día. Este constante subir y bajar por la ladera, entre espinas y arañazos de zarza se diluye por la llamada a voces del agua entre las peñas. Estamos cerca de nuestro objetivo y pensamos, los dos montañeros al mismo tiempo, que habría sido mejor comenzar la subida unos cientos de metros antes de la presa del Batán y llegar hasta la cascada por la cumbre que ahora descansa sosegada a nuestra derecha. Habría sido mejor…pero ahora ya hemos llegado por este intrincado sendero.



Para visitar con sosiego, la cascada de Mojonavalle que vimos esta mañana; ésta otra a la que acabamos de llegar y en la que estamos mojando los pies es más trabajosa. Acaso, por lo mismo, es también más desconocida y solitaria. El esfuerzo tiene muchos premios: la soledad, el silencio… ¡ah, el silencio! Sentados con los pies en la pequeña laguna donde remansa la Cascada de Rovellanos podemos meditar largamente sobre la vida y filosofar incluso sin miedo a ser interrumpidos si no es por algún curioso pájaro o algún sediento animalillo que se llega hasta estas espesuras a buscar vivienda y agua.

La cascada se remansa en una poza escondida entre amplia vegetación despreocupada, protegida y adornada por sauces y fresnos. Aquellos sauces de mi infancia, de donde cortaban nuestros mayores las vilortas para construir con ellas las cestas tan útiles y necesarias en las tareas domésticas. Con los pies frescos en el agua, me doy cuenta que cuando hablo de mis pueblos no puedo recordar otra cosa que no sea mi infancia. Los años posteriores seguí naciendo a la vida y sus experiencias en otros diferentes y lejanos lugares, no volví a Acisa de las Arrimadas sino en contadas y separadas ocasiones. Y ahora que la nieve de los años deposita serenidad sobre mis sienes recuerdo… y pienso que seguramente tendría que volver alguna temporada por aquellos pueblos donde comencé a nacer.



El regreso pudo haber sido plácido y sin inventar senderos…pudo. Pero los montañeros pensaron que saliendo por la otra orilla a media ladera encontrarían algún apacible sendero. Allí entendimos el abandono de nuestros montes, allí padecimos la ausencia de referencias, allí prorrumpimos en lamentos de la vida endurecida; allí creímos que alguna serpiente acabaría con nuestras vidas; allí imploramos al sol que se detuviera y alumbrara nuestros pasos; allí…allí veo un claro que baja hasta el arroyo…llegamos hasta su orilla y saltamos como mejor pudimos; allí fue nuestro gozo y emocionada alegría; allí dio fin la singular aventura del regreso de los dos montañeros inventando senderos entre espinos fieros y violentas retamas.

Entrados ya en la amplia pista de tierra, solamente quedaba llegar hasta unos cercanos pinos y sentarnos a comer a la caricia de la sombra. Los violines de las aves ponían música a nuestro almuerzo, allá abajo ronroneaba cadente el arroyo del Batán momentos antes de llegar al molino del Morote, también llamado molino del Gollote. Apenas nos percatamos de la presencia de la ninfa Canente quien nos preguntó por su amado Pico, el rey de los laurentes. No pudimos apagar su sed.


Javier Agra

viernes, 11 de abril de 2014

CHORRERA DE MOJONAVALLE

La Sierra de Guadarrama tiene diversas cascadas en sus antojadizos arroyos que en esta época de primavera se engalanan de sonido y fulgor, brillo y música temporal antes de retornar al silencio del verano. Estos días estamos, pues, aprovechando la ocasión de realizar estas rutas entre la vegetación y el agua.

Carretera de Colmenar adelante, sobrepasado Soto del Real y Miraflores de la Sierra, llegamos al Puerto de Canencia para visitar la Chorrera de Mojonavalle. Tal vez aunque fuéramos sin mochila, volveríamos al punto de partida sin demasiada necesidad de agua. No obstante, sabemos que la prudencia acompaña al montañero; además de prudencia llevamos agua y algún alimento.



Unos metros antes del kilómetro ocho, nos encontramos con una pista muy bien trazada que sale a nuestra izquierda, hace recodo con una cuidada fuente y continúa plácida entre el bosque. Cuentan los expertos que hemos entrado en un bosque oromediterráneo relicto. Yo entiendo que se debe tratar de un lugar con clima de montaña donde las coníferas, que son la vegetación más abundante, tienen que soportar climas fríos con frecuentes heladas y rigurosos calores según toque en cada estación. Aquí se ha reducido a endemia local o reliquia (por eso lo de relicto) el bosque que hace muchos, pero muchos años y siglos, se daba en áreas más abundantes.

Poco sabemos de botánica general, de modo que nos centraremos en identificar un abedul como diferente de un pino o de un abeto de Duglas o de los preciosos acebos. En estas meditaciones hemos superado la barrera que impide el paso a vehículos y de inmediato nos desviamos para acercarnos a un chozo que reproduce antiguas viviendas humanas. El asombro aumenta al descubrir junto a unas cercanas peñas los primeros tejos que veremos durante esta jornada entre montañera y botánica.


La pista es muy transitable y me atrevo a recomendarla a personas que no se sientan con mucho ánimo de hacer montaña. Llegar a la Cascada es una empresa sencilla. Dejamos a la derecha un desvío con escalera de piedra (por el que regresaremos cerrando la marcha en un círculo) y continuamos, sin más preocupación que conversar con las diferentes clases de árboles, hasta encontrarnos con el edificio que fue Aula de Educación Ambiental el Hornillo; aún conserva en muy buen estado un grupo de mesas y sillas cómodamente situadas bajo techado. Conversamos con un anciano abedul indolente en medio de la pradera que está a la espalda de la edificación y nos indica, amable y soñador, que continuemos a nuestra izquierda por el sendero que no tiene pérdida.

El piso está menos trabajado pero sigue la tónica del paseo placentero. A estas alturas del lluvioso abril cruzamos un regato mientras escuchamos las encrespadas aguas del cercano Arroyo del Sestil del Maíllo. De inmediato, un sonido, que es más bramido indica, que estamos muy cerca de la Chorrera de Mojonavalle a la que llegamos antes con la vista que con el pie, antes con el corazón, que con la cámara de fotos, antes con la palpitante emoción que con la serenidad del paseo.


La Chorrera de Mojonavalle se recorta sobre el cielo y parece que cabalga entre invisibles nubes antes de caer, como una orquesta de trompetas, hasta nuestros pies en un instante entre colores de luz. La Cascada de Mojonavalle es, con el agua de esta primavera, un ballet armonioso de la naturaleza.

Una cerrada curva a la derecha conduce hasta un cruce de cuatro caminos, seguimos el que baja a nuestra izquierda en diagonal descendente para cruzar sobre un puente el Arroyo del Sestil del Maíllo. Un sendero nos puede conducir hacia arriba de la montaña, nosotros descendemos suavemente junto al arroyo. Caminamos entre una alfombra de hojas de roble, abundan los abedules, descubrimos un brioso tejo…estamos en el paraje conocido como “Abedular de Canencia”. Que este singular paisaje sea poco transitado en una sorpresa y es un regalo para el silencioso recogimiento.

Jose domestica a un brioso tejo.

Los viajeros están viendo de cerca el Puente de la Posada y sobre él la carretera del Puerto, cuando tienen que hacer otra parada para admirar embobados el “acebo singular” registrado por la Comunidad de Madrid con el número setenta y seis. Queda también fotografiado y queda enmarcado en nuestro semblante atónito. Por la carretera, en dirección al Puerto de Canencia, caminamos menos de cuatrocientos metros y encontramos una trocha que sale a la derecha entre abedules y un vistoso acebo, en pocos metros estamos en el sendero de regreso. El sendero nos conduce hacia nuestra derecha entre curveos de ascensión suave. A nuestros pies mucho agua, de arroyos y surgencias impensables… está rezumante y bella la Sierra.


 ¡Ay, viejo pastor cuidador de los acebos!

Encontramos el cruce del que antes hice mención. Ahora recorremos hacia nuestra izquierda el cuarto brazo que nos quedaba. Más abedules, otro grupo de tejos…se aclara el bosque y se ensancha la vista hasta la nieve de la montaña…el bosque se cierra nuevamente y vuelven los tejos, a nuestra derecha una piedra caballera capricho de siglos sin nombre y otro grupo de acebos conversan con los pinos y con los viajeros. Un par de lazadas a derecha e izquierda y el sendero nos acerca a los escalones de piedra para cerrar el círculo en la pista forestal del inicio, camino ya del Puerto de Canencia.

A los viajeros les parece poco trabajo esta marcha de tres horas para nombrarse montañeros y deciden hacer una segunda parte con la Chorrera de Rovellanos. Para lo que llegan en coche hasta el pueblo de Canencia y continúan… Pero eso será otra narración amables lectores. Para hoy es suficiente el embeleso mágico de Mojonavalle.

Javier Agra.

martes, 1 de abril de 2014

CHORRO DEL DURATÓN Y CEBOLLERA VIEJA

Los nombres se confunden o se funden por remedos de la historia. Se pueden llamar de diferentes modos y mantener la belleza única del asombro. Varias veces había subido a la Cebollera Vieja o Pico Tres Provincias y de cada subida conservo vivencias diversas, porque la montaña es nueva a cada instante, a cada mirada, a cada respiración.

La montaña es nueva a cada instante. Aquí la vemos entre la niebla. 

En el Puerto de Somosierra encontramos la sencilla Ermita de la Virgen de la Soledad, con una inscripción en recuerdo del general San Juan; en el interior una vidriera con la Virgen de Czestochowa patrona de Polonia; allí recordamos la fiereza inútil de cualquier guerra; allí recordamos las tropas españolas conteniendo a los franceses de Napoleón hasta que los valerosos polacos asaltaron y destruyeron a las cuatro baterías de cañones de las tropas españolas, las derrotaron y los franceses entraron vencedores en Madrid; allí recordamos nuestra incomprensión dolorida ante la guerra.

Nosotros, montañeros que compartimos con cualquier nacionalidad y persona el amor por respirar alturas, llegamos en coche hasta la gasolinera de la vieja Nacional I y continuamos casi mil metros. Hacia la derecha sale un camino muy bien marcado. Botas, mochila… y a caminar.

Dejamos atrás una puerta metálica, nos encontramos el Arroyo de las Pedrizas que, sin permiso de los viajeros, ha invadido (como los franceses de antaño) el camino que era paseo, lo sorteamos sin necesidad de gran astucia sobre unas piedras colocadas sabiamente para tal menester. Cien metros más adelante encontramos el Arroyo de la Peña del Chorro, aún no lo pasaremos porque nuestro primer objetivo del día es precisamente el Chorro del Duratón que también se llama Chorrera de los Litueros.

Sendero arriba nos acercamos a la Cascada, la emoción puede impedir ver los matojos de rascaviejas…los montañeros entienden de inmediato que es necesario prestar atención al gozoso objetivo del día pero también a la sencillez de cada paso. En breve se disfruta de la magnífica vista de la Chorrera, del sonido vivo de su arremolinada agua, de la algarabía dócil de la naturaleza que allí se asienta, se extiende, se comunica, se dilata, se entrega entre el resplandor y el brillo opaco de la mañana.



Regresamos entre el gozo y la prudencia, cruzamos el Arroyo de la Peña del Chorro…unos metros más abajo, antes de la vieja carretera se juntarán los dos arroyos para formar el río Duratón. Ya estamos caminando hacia la cumbre por una pista que asciende en amplísimos zigzag. Caminamos algo más de un kilómetro, allá arriba frente a nosotros está el pinar y hacia él se dirige una senda que gana altura rápidamente y que nosotros haremos nuestra monte arriba, escoltados por los cambrones ahora llenos de vida y explosión vegetal de primavera.

Curva, curva, curva. Ya estamos metidos en un inmenso cortafuegos. Pensamos que tenemos que llevar saludos de los pinos de nuestra derecha a los de nuestra izquierda y hacemos una perfecta diagonal, porque sabemos que allí está una pista que tenemos que cruzar para continuar cortafuegos arriba. Aquí hubo una señal de prohibido el paso a vehículos…sobre el suelo duermen indolentes los restos de lo que hace algún tiempo debió ser una cadena bien colocada por manos humanas. ¡Ay, cuánto despojo encontramos en nuestros viajes! ¡Cuánto abandono! Imagino que estamos perdiendo un importante potencial en agricultura y ganadería en la inmensidad de nuestros despoblados entornos.

Más arriba nos topamos con la alambrada que delimita las provincias de Madrid y Segovia. Por el lomo del cordal cabalgamos la montaña. Desde aquí las vistas son de una solemnidad asombrosa, pero hoy la niebla nos mantiene en un recoleto y cartujo misticismo interior; hoy la montaña nos convida al reflexivo silencio, a contemplar la paz y la belleza de lo inmediatamente cercano.



La nieve ha dejado atrás los últimos esfuerzos retorcidos de los pinos. El mismo sendero que, en otras condiciones, no presenta ninguna duda, es hoy un pequeño reto. Continuamos porque la cumbre está trescientos metros más arriba y nosotros vamos a su encuentro. ¿La montaña juega a defenderse o a probar el tesón de los montañeros? Manda unas primeras gotas de nieve…resistimos; lanza ventolera “cortaorejas”… nos abrigamos y resistimos; oculta con nieve vieja y nueva nieve cualquier atisbo de sendero…concentramos la atención y resistimos; la fatiga… ¡está muy cerca la cumbre! Resistimos.

La fotografía de cumbre es para Jose. No llegó nadie que nos retratara a los dos juntos. Y para mí es una satisfacción poder decir en cualquier momento que yo debo mis montañas a Jose.

Visitamos también el gran bloque de piedra con una placa homenaje a los Agentes Forestales. Tocamos el vértice geodésico. Estamos a dos mil ciento veintinueve metros. Estamos felices. Estamos congelados. Estamos eufóricos. Estamos poéticos. Estamos… Estamos buscando nuestras pisadas (nuevos pulgarcitos entre la nevada) para regresar sin desviarnos mientras conversamos con la niebla, con el compañero y con nuestra alma.

Regresamos al pinar, más abajo de la intensa niebla y la cerrada nevada. Terminada la breve aventurilla, nos sentamos a comer las viandas. El resto coser y cantar…cantar sobre todo de las aves que acompañan nuestros paseos y no necesitan esconderse porque saben que los montañeros formamos, como su canto y su vuelo, una estrecha unión con la naturaleza.


Javier Agra.

viernes, 21 de marzo de 2014

MONTÓN DE TRIGO OTRA VEZ MÁS

El trigo ayuda a controlar el colesterol y es profilaxis de las enfermedades cardiovasculares, de modo que me iré a buscar trigo al Montón de Trigo. Hace más de nueve mil años que la humanidad consume trigo ¡y mira que sanos hemos crecido! De modo que me iré al Montón de Trigo para mantenerme sano. Seguramente podría hablar también de las leyendas en torno al trigo y en torno a este bello monte del Montón de Trigo, sobre el que ya escribí en otra entrada hace varios años. Muchas montañas tienen claro el origen de su nombre en la toponimia (en este caso cabría decir oronimia), vamos a subir a una cumbre que es un ejemplo muy claro.

En el Puerto de la Fuenfría nos encontramos con diversos grupos montañeros que iniciamos la ascensión a Cerro Minguete.

La clave está en llagar al Puerto de la Fuenfría. Un camino cómodo será dejar el coche en Navacerrada y arrancar en dirección a Los Cogorros, para desviarnos por el Camino Schmid y la Senda de Cospes hasta el citado Puerto. Nosotros haremos unos metros más de desnivel desde el Aparcamiento de Majavilán en las Dehesas de Cercedilla. Cualquier ruta desde ese lugar está llena de fantasía iluminada, de sonoridad primaveral, de gozo entusiasmado.

Cruzamos la valla de alambre por una puerta practicada para tal fin y valla arriba nos encontramos un poco más adelante con el Antiguo Camino de Segovia, que se va entrecruzando con la calzada romana y la calzada borbónica. Es un camino con magníficas vistas hacia el Valle que tiene un concierto de trompetería y violines de agua, vegetación, aves de feliz vuelo, naturaleza en plena eclosión de vida. El montañero admira y piensa en un bucólico futuro para toda la humanidad.

Estamos en la cima de Cerro Minguete. 
Desde aquí el Montón de Trigo se ve como un perfecto montón de trigo.

Así llegamos al Puerto de la Fuenfría que agrupa Segovia y Madrid en una costura majestuosa. Por allí aún anda contando siglos y aventuras un enorme mojón real que señalaba los linderos del monte de Valsaín. La explanada del Puerto es lugar de llegada desde diferentes puntos de partida. Aquí en la falda de Cerro Minguete nos hacemos una fotografía, bebemos un hidratante trago, ponemos el corazón en pausa y retomamos la marcha hacia la cumbre. La vegetación conversa con los montañeros; mientras subimos Cerro Minguete, los pinos, retorcidos en su pequeñez, nos cuentan que hasta aquí acostumbran venir los vientos a jugar y aún se entrenan para intentar ser huracanes.

La nieve,  los pinos y el viento (hoy disimula y no quiere superar el nombre de brisa) nos acompañan en nuestra lenta ascensión hasta la cresta de Cerro Minguete que supera en poco más de veinte metros los dos mil, de modo que su altura le permite entrar entre las cumbres del Guadarrama. Desde aquí, la vista circular ya es de asombro y sentada. Pero hoy queremos culminar una altura ciento treinta metros más arriba. De modo que descendemos hasta el collado y a la sombra de la gorra hacemos otro rato de ascensión hasta la cima del Montón de Trigo, perfecto cono de cereal amontonado en la era; perfecto canchal de granito amontonado entre el piornal y los pinos. Hoy el cereal de granito se esconde tímido bajo la nevada.

Cima del Montón de Trigo

Otros montañeros continuarán la marcha hacia el Collado de Tirobarra para saludar a las dos cimas (la Pinareja y el Oso) que forman La Mujer Muerta. Nosotros hemos cumplido la mitad del objetivo, la otra mitad es el regreso. En la cima necesitamos un tiempo de contemplación y de silencio. Allá abajo el Valle de Río Moros musical de pinos y agua, más allá Segovia brillante y plana, al otro lado La Cuerda Larga, Ayllón a lo lejos y la tierra entera entre canciones de montañas, entre arados de labradores y espigas maduras de paz y de esperanza. Toda la tierra es un bullicio de viento entre la mies que apunta a la unidad de la naturaleza libre y solidaria.

Javier Agra.

domingo, 16 de marzo de 2014

PEÑA DEL ÁGUILA, PARA CONSTRUIR PAZ

El Valle de Cercedilla es un lugar “de andar por casa” por sus dimensiones. Pero los montañeros podemos descubrir varias decenas de senderos buscando belleza y paseo. Estamos en el Aparcamiento de Majavilán, el último de las Dehesas antes de encontrar la barrera que indica el final de lo que se puede recorrer en coche. Hemos llegado temprano, porque ser montañero es llevar la madrugada en la mochila y las viandas listas para compartir.

Este año coincide nuestro sábado día quince con los idus de marzo romanos; de modo que, con los buenos augurios de la protección del poderoso Júpiter y bajo la mirada de Atis el misterioso enamorado de Cibeles, nos ponemos en marcha con buenos deseos y expectativas de buena jornada. El Arroyo Majavilán cantan laudes a esta tierra de sol y pinos, el arrendajo y el carbonero garrapinos están sinfónicos esta mañana, incluso el picapinos hace sonar su martilleo “tchik tchik” incesante entre constructor y buscador de insectos. Todo es bucólico lirismo.

Recién pasada la valla por una portillera metálica, seguimos a nuestra derecha buscando el Camino Viejo de Segovia, que nos espera entre agujas de pinos y luminosos rayos del sol inicial. Caminamos por él durante un tiempo hasta el Poyal de la Garganta que serpentea montaña arriba después de despedirse del Camino Viejo. Ahora se trata de seguir los árboles marcados por círculos rojos hasta llegar al Collado de Marichiva. Es tan claro el amplio sendero que bien lo podremos seguir sin más señales, dedicados a la contemplación y al disfrute sosegado de la ascensión entre la nieve y los pinos.

Es este Collado un cruce de caminos y encuentro de montañeros que se saludan y cuentan sus planes para la jornada. Pasamos hacia la parte de Segovia atravesando una pared de antigua piedra – para tal paso es mejor utilizar la puerta que frente a nosotros se presenta, sin necesidad de ejercer de fantasmas incorpóreos –; la nieve aumenta monte arriba apuntando hacia la Peña del Águila. Hoy nos pondremos crampones más por entrenar los pies que por necesidad de asegurar las pisadas.


En el Collado de Marichiva, antes de comenzar la subida a la Peña del Águila, nos ponemos los crampones.

Es inevitable. El pensamiento nos trae otra anterior subida, cuando Munia y Pipa nos acompañaban como cada jornada por la Sierra. Es inevitable el silencio y el recuerdo…los pinos se abajan hasta nuestras cabezas y nos preguntan… Como respuesta, Jose y yo miramos hacia el horizonte. La nieve brilla como aquella otra mañana…monte arriba nuestra soledad inicia un canto de vida y esperanza.

Son tres inmensos escalones antes de llegar a la cumbre. Ahí estamos, montañeros por esta tierra intentando llevar la mochila lo más ligera posible porque siempre necesitamos pocas cosas y para la ascensión, aún necesitamos menos. El gozo de la ascensión, el disfrute de la luz en la cumbre, del sonido tenue del viento, la vista, la compañía. Pero los montañeros sabemos que no podemos guardarnos el descubrimiento del resplandor iluminado y tenemos que bajar y contar lo que hemos gozado, con el pecho aún henchido de sereno entusiasmo.

Fotografía de la cumbre de Peña del Águila. Al fondo la Mujer Muerta


Bajamos hacia el Collado de Cerromalejo. Muy fácil descubrirlo. Cuando estás arriba, has gozado, has respirado ansia y paz, miras hacia la Peñota y bajas al collado que está entrambos, entonces has llegado a Cerromalejo. Por el camino puedes pensar y pensarás en la inmensidad de cumbres y misterios que faltan por encontrar para que todas las personas consigan más igualdad, puedes sentir y sentirás la necesidad de que todas las personas sean libres en su cuerpo y en su mente para que puedan volar hacia su construcción.

Una vez en Cerromalejo – conviene sentarse en algún lugar, disfrutar de las naranjas y el queso, del trago de agua y la conversación – bajamos por una senda bien trazada y nos damos cuenta que este valle de Cercedilla está bien trazado y se presta para la soledad y la meditación. Así llegamos a la Calle Alta, que es una prolongación de la carretera de la República desde el Puerto de la Fuenfría. Dudamos ¿Caminamos en dirección hacia la Fuenfría? ¿Bajamos por la Vereda de Piñuelas? La duda está frecuentemente en el corazón humano; es necesario decidirse, elegir una opción. Dudamos un instante y decidimos de inmediato: bajaremos por la Vereda de Piñuelas.

Vista de cumbres del Guadarrama desde la Peña del Águila.

La bajada es casi mágica entre hermosura y visión de conjunto. A nuestra derecha canta, bailando entre las peñas, el Arroyo del Infierno que en esta espera de la primavera está en la misma Gloria con tanta agua rumorosa. Y más abajo llegamos a la Pradera de Enmedio una zona despejada poblada de gozo y de hierba, enroscada entre la felicidad y los pinos, ¡cómo no detenerse un instante en este bello mirador del Guadarrama! Desde aquí queda cautiva la vista en las siete puntas de Siete Picos, desde aquí vuela el espíritu hasta más arriba de la Fuenfría…

Bajamos. Estamos viendo una pequeña construcción en tono verde. Unos metros más y la Vereda entronca con el inicio del Camino Viejo de Segovia. Desde aquí volvemos hacia el lugar donde iniciamos la marcha. Estamos ya mezclados montañeros, ciclistas y paseantes que se conforman con aspirar pureza mientras conversan durante un tiempo con el aroma libre de los pinos. Apenas cruzamos el Arroyo de Pinolobero, nos bajamos por el sendero que conduce en un instante hasta la portillera por donde iniciamos, hace cuatro horas, nuestra ruta circular desde el aparcamiento de Majavilán.


Javier Agra.

viernes, 7 de marzo de 2014

SIERRA DE HOYO DE MANZANARES

La melancolía de la mañana era una respiración tranquila que bajaba desde el Picazo con ternura suave de encinas mientras nos calzábamos las botas entre la niebla y la luz amanecida. Sendero adelante – las encinas permanentes amigas colocan sus hojas a nuestra altura – vamos conversando entre nosotros, pero no tardamos en quedar en silencio para escuchar la conversación entre el tiempo y el paisaje: habla del invierno ya muy avanzado, del frío que se reviste en viento, de la nieve paseando allá arriba entre las lejanas cumbres del Guadarrama.

Pero hoy nosotros estamos entrando en la pequeña Sierra de Hoyo de Manzanares. La mayor altura que alcanzaremos serán tres metros por encima de los mil cuatrocientos. Y más alto…más arriba siempre está el pensamiento y la libertad que supera los límites de la palabra y del sistema métrico decimal. Esta pequeña montaña tiene su raíz hundida en el tiempo y en la eternidad de nuestros antepasados y su lucha por sobrevivir entre el antílope prehistórico, en busca del jabalí medieval, en el miedo de las guerras y en la búsqueda constante de la paz.

La Peña del Búho está entre el Picazo y el Cerro Molinillo. He aquí la Peña y el Búho.


Sobrepasada una valla “cierra caminos”, nos desviamos del sendero más amplio y nos tiramos hacia lo alto por sendas menores pero muy bien marcadas. Cuando llegamos a lo alto del Picazo ya estamos reconciliados con la vida y con la historia, al final admitimos que todos formamos parte troncal de la misma vida y sus circunstancias, nuestra raíz común es la cosmogonía que se hace pequeña entre la niebla que rodea nuestra marcha de esta mañana en que conversamos con las encinas y el jaral, con los pequeños roedores y el pedregal. Estamos siguiendo la senda de cumbres, los montañeros imaginamos primaveras de fuertes olores y colores abundantes.

A esta hora somos solitarios montañeros camino del Cerro del Molinillo; hace ya un rato nos cruzamos con dos personas y tres perros que bajaban corriendo cual jóvenes jinetes, como si quisieran ocultarse de alguna tormenta futura que no se presentará esta jornada que está marcada por la calma de este cielo opaco de niebla y lumbre amarillenta. La Sierra de Hoyo de Manzanares es un libro de páginas despiertas que se van rellenando con nuestras pisadas. Llegamos a la explanada sosegada y tranquila del Espartal…montañero apacigua el espíritu con la brisa que mece este mar de hierba, amansa tus prisas entre la pausa del aire que susurra silencios de luminosas hojas, haz nuevas tus emociones porque el alma palpita en estos rincones con respiración de eternidad, entra en la quietud... entonces podrás tocar el vértice geodésico del Espartal. Para subir hasta la cima – cuestión muy sencilla desde diferentes ascensiones – hay una escalera trabajada en la piedra que lleva hasta la cima. Nosotros, para aumentar la honrilla montañera, subimos dando un rodeo por la parte trasera (ni por esas se aumenta la dificultad).

En la cima del Estepar brilla el montañero entre sábanas de nube y versos de continuidad.


Continuamos en el visible sendero, entre la dicha y la niebla. ¿Qué más necesitamos que una senda, una encinas y la promesa de buen tiempo entre la ligera lluvia y el arco iris? Aquí acariciamos una encina, allí detenemos el paso para escuchar un ave que quiere primaveras; los montañeros sentimos estas caricias de la naturaleza y nos hacemos hoja con la hoja de encina, dichosa sabiendo que el ruido ignora su existencia. Llegamos ante la Silla del Diablo y nos detenemos a conversar con las encinas… Apenas sale el sol, los montañeros continúan sendero adelante siempre por la altura de la cumbre, a ambos lados los valles relumbran de tejados y soledad.

Como pisando sobre la niebla que se dispersa en sí misma, continuamos hasta llegar al Canto Hastial. Debajo de cada encina encontramos tanta filosofía y tanta vida oculta como en una pregunta de siglos ¡con cuánta nobleza han elegido las hojas su suave tumba al pie mismo de la madre encina! El Canto Hastial está detrás de Peña Covacha. Tres montañeros están corriendo por las cumbres buscando el Pico del Águila, se detienen un momento y podemos poner una fotografía de los dos montañeros juntos sobre la segunda altura de esta simpática Sierra de Hoyo de Manzanares. Nosotros, más despacio, encontramos el Pico del Águila.

El Canto Hastial está afeado por unas antenas que sin embargo son valiosas para los medios de comunicación y para nuestras conexiones modernas.


Los senderos para descender al valle están menos pisados, pero tampoco es posible perderse en esta armonía de sosegada hermosura. Escuchamos sonido de agua y nos acercamos a los arroyos buscando una cascada. Estos días de tanta lluvia, los arroyos parecen ríos donde siempre cantara el agua – cuando llegue el verano su silencio lo romperán las cigarras –. Cruzamos el Arroyo del Endrinal y poco más allá el Arroyo de Peña Herrera. No siempre se halla lo que se busca y a nosotros se nos escondió, pese a tenerla cerca, la Cascada del Covacho.


Decidimos pararnos en medio de la marcha para observar el movimiento de la tierra, del aire, de la luz, del silencio. Han pasado seis horas cuando nos acercamos al punto de partida en esta vuelta circular…nuestra vida camina al ritmo de la naturaleza…nuestro corazón late los mismos latidos de la tierra…nuestras pisadas son las pisadas de las raíces…


Javier Agra.