jueves, 21 de julio de 2016

SIERRA DE MONTESINHO



Amables lectores: dispensad que este artículo sea excesivamente largo. Estos días de julio y los venideros de agosto estaré alejado de este ordenador que tan buenos servicios de presta y me resulta dificultoso escribir desde otros medios electrónicos. Sed felices y austeros.

Desde Moveros, sosegado pueblo de Aliste en Zamora, decidí visitar el Parque Natural “Sierra de Montesinho” en Portugal. Para las personas que llevan por allí toda la vida y para quienes somos asiduos desde hace más de treinta años, la frontera no tiene presencia; así hablamos de “la raya” como el lugar donde se hermanan ambas naciones en una Iberia común. Juntos tomamos café en cualquier pueblo, juntos bailamos en las mismas fiestas, juntos conversamos cuando terminamos la segada en las tierras linderas, juntos nos cruzamos en los paseos por el monte o las calles de los pueblos.

El castaño es el árbol emblemático de la Sierra de Montesinho. Aunque en el pueblo de Montesinho es un árbol muy abundante, aquí plasmo este ejemplar solitario.

Montesinho es un extenso Parque Natural de setenta y cinco mil hectáreas al norte de Bragança y Vinhais hasta volver a España por Rihonor camino de Sanabria. Toma el nombre del pueblo desde donde comenzamos la marcha y así se llama el monte más alto del Parque con mil cuatrocientos treinta y ocho metros. Montesinho es la cuarta altura de Portugal continental. 

La mayor elevación es La Torre con mil novecientos noventa y tres metros  en la Sierra de la Estrella, la Sierra más occidental del Sistema Central. Cosiendo las tierras de Portugal y Galicia, por Lobios en Orense, está la segunda altura en la Serra do Gêres, con el Pico Nevosa de mil quinientos cuarenta y ocho metros. Larouco en la sierra del mismo nombre es la tercera altura con mil quinientos veinticinco metros, en Trás os Montes cercano a la localidad Laroco en la comarca de Valdeorras en Orense; recuerda, dicen, al dios celta del mismo nombre.

En algún punto del recorrido me subí a una de las múltiples piedras miradores que por el Parque pululan.

Desde España se puede entrar por diferentes puntos. El más cercano es desde Sanabria, enseguida llegamos a la aldea portuguesa de Portelo y al desvió hacia la aldea de Montesinho. Como tengo dicho, llegué desde los pueblos de la raya en Aliste pasando por Bragança, donde continuamos con el coche por la muy bien señalizada carreta IP 4 que en su inicio marca la salida hacia  Puebla de Sanabria y Portelo. Será Portelo la dirección que hemos de buscar en las siguientes indicaciones.

En torno a quince kilómetros más allá, pasado el hermoso pueblito de França y ya en el término de Portelo, sale un desvió a nuestra izquierda monte arriba que llega hasta la aldea de Montesinho entre pinares y parajes solitarios. Abajo ha quedado el río Sabor que ha unido varias corrientes de estas alturas de meseta, abajo han quedado aldeas y sinuosas carreteras de lento transitar. Entre estos bosques se ha detenido el tiempo y hasta la carretera parece calmar los ánimos de cualquier viajero intrépido, estamos en un monte de reposo y lentitud.

Multitud de valles sosegados y entrañables colinas siembran el Parque de Montesinho.

La aldea de Montesinho es el final del asfalto. Pueblo reducido en el que han conservado y reformado los edificios con el granito que por allí abunda. Antaño vivían de la agricultura y la ganadería, hoy los pocos que quedan en estas soledades saben que el turismo es su fuente de ingresos.

Aparcamos el coche en una pequeña plaza donde está el bar. Casas de atractivos muros de granito; las más, deshabitadas gran parte del tiempo. Caminando encontramos enseguida una placita con varias salidas para comenzar la ruta que hoy tenemos prevista como vuelta circular. De modo que nos adentramos por una calle iniciada con el cartel indicador de varias rutas. 

De inmediato quedan atrás los cultivos e iniciamos el ascenso entre un bosque de robles.

De inmediato quedan atrás los pocos viñedos y cultivos entre castaños que conserva el pueblo. Entre el verdor de los helechos y un bosque de robles iniciamos la marcha en ligero ascenso. Enseguida llegamos al asombro de una tierra abierta al cielo y al infinito paisaje. El Parque Natural de Montesinhos es una mezcla de valles y suaves colinas por donde campa el lobo, donde los jabalíes tienen sus camadas en libertad, donde los corzos saltan sin otras precauciones que aquella que el instinto les ha escrito en los genes, donde los conejos encuentran vegetación y agua para su alimento.

Se ha abierto el paisaje entre el agua y la vegetación. Diversos ríos y arroyuelos cruzan el parque que norte a sur, pasando de ser corrientes sin nombre a tomar nombre en el mapa. Hemos pasado de la pizarra al granito, de los chopos y los robles a las escobas, cantuesos y multitud de pequeño matorral entre el que buscan su comida el azor y las diferentes familias de águila que pueblan este paisaje de intenso verde.

Ante el embalse de la ribeira das Andorinhas nos detenemos para admirar el paisaje.

Caminamos por una pista muy bien trazada sin ver a ninguna otra persona sino dos ciclistas con los que coincidimos en el embalse de la ribeira das Andorinhas mientras contemplamos el silencio armonioso de la naturaleza. Lejanos, unos molinos de viento han conquistado la altura y aplauden al viento con la desnudez de sus brazos; frente a nosotros hace acrobacias un águila mientras busca la mejor dirección para lanzarse sobre algún conejo en respuesta milenaria al grito de la vida que es supervivencia.

Acaso los humanos seamos capaces de tomar decisiones entre varios caminos y por eso el instinto está supeditado a la voluntad y al pensamiento. De momento, nuestra decisión es continuar por esta muy bien trazada pista que nos lleva en camino circular hasta otro nuevo valle y otra breve cresta montañosa. Durante más de cinco horas que duró nuestra marcha hemos visto este Parque como una sucesión de valles serenos y desniveles suaves. 

Suaves picos hacen de vigía sobre el grandioso Parque.


Continuamos hasta el embalse de sierra Serrada y la extensión de Lama Grande antes de desviarnos por antiguos senderos de lo que fueron prados para bajar al pueblo; aquí encontramos pedregales, aquí enjambres de abejas, aquí arroyos de difícil cruce, aquí aventura entre zarza y maleza, aquí viejísimos puentes de carcomidos maderos y tierra apelmazada.

Vadean antiquísimos puentes de maderos carcomidos los lobos en busca de la profundidad del monte. 

Terminamos la marcha y recorrimos el pueblo; nos contaron que algún  edificio ha sido recuperado para el turismo como casas rurales. Por eso Montesinho tiene siempre un número variable de habitantes, seguros siempre de que el trato entrañable con que nos acogen hace que nadie se sienta forastero. Durante las horas de nuestra estancia fuimos habitantes del Parque Natural Sierra de Montasinho como los azores y los lobos, como las liebres y la riqueza forestal de aquellas tierras que tienen el aspecto de miles de años entre la calma y el sosiego.  

Javier Agra.

jueves, 23 de junio de 2016

NACIMIENTO DEL RÍO MOROS.



El río Moros oculta su nacimiento en un recoleto valle, anfiteatro de aguas y pinos entre el verdor de la Sierra del Quintanar, la Mujer Muerta y el Montón de Trigo de la Sierra de Guadarrama. En las cercanías cantan las aves melodías de soledades, los conejos saltan sembrando gozo y sueños de feliz futuro. 

Desde el Aparcamiento de Majavilán subimos, como tantas veces, hasta el Collado de Marichiva para encontrarnos con un sendero que, a media ladera, descubre a los montañeros una falda de pinar por la que se adentran pocas personas y muchas aves, pocas pisadas y multitud de trinos.

Los Ojos del río Moros son manaderos de sosiego. Más adelante, cuando la sequía se prolongue saldrá toda el agua de una fuente que se adivina bajo mis pies.

Bajo Cerro Minguete y el Montón de Trigo tiene sus ojos el Río Moros, allí abre sus manaderas fuentes a la tibieza del valle que baja en meditación y recogimiento hasta el bullicio de la zona de ocio de La Panera cerca ya de la Estación del Espinar, allí entrega su aprendido sosiego a los visitantes ávidos de pinares y descanso.

Más tarde llevará su agua, con las aguas del Arroyo de la Tejera que recibe en el Espinar, hasta el Eresma y más allá, ya sin nombre ni pinos, diluidas sus aguas en el Adaja, el río Moros extenderá por las llanuras  que atraviesa el Duero la quietud de las montañas, el silbido del viento que aprehendió en los recodos de la sierra.

Un ligerísimo claro en el pinar lleva nuestra visión hasta el cuenco precioso bajo la Mujer Muerta con sus dos cumbres, La Pinareja y El Oso.


Acaso, ya muy lejos de su nacimiento, cuando se ha perdido su nombre y su recuerdo, el río Moros que nació con ojos (los Ojos del Río Moros se llama su nacimiento) continúa mirando el tiempo de los humanos, las preocupaciones de las personas, el lamento de los corazones y de su agua sin nombre salte alguna sonrisa para limpiar pesadumbres, de su agua sin nombre salte el recuerdo libre de su andadura en el monte hasta las frentes y los corazones.

Desde el Collado de Marichiva una senda nos lleva al Poyal de Majalaosa después de cruzar algunos arroyos que bajan aún con rompedoras aguas hasta remansar armoniosos en el pacífico valle. La fotografía presenta el Poyal de Majalaosa iluminado por la vida.

Hasta esa frondosidad de pinares y manantiales llegamos Jose y yo una mañana de sábado. Regresamos hasta el Collado de Marichiva y nos adentramos por la Senda de Majalaosa hasta el Camino Viejo de Segovia y, más abajo, salimos a la Fuente del Tiempo antes de recalar en el Descanso de los Ceballos y concluir en el aparcamiento de Majavilán donde habíamos dado comienzo. Pero esa es otra historia que acaso nunca extienda en estos papeles, admirado y agradecido como me encuentro a la aventura recoleta y serena del río Moros. 

Javier Agra.

domingo, 5 de junio de 2016

DÍA DE LA NATURALEZA



Camino del Poyal de MAJALAOSA cruzamos diferentes arroyos que se nutren de la nieve de cumbre y de las lluvias de estos últimos meses.

Definitivamente todo ha comenzado.

Nacen el agua y el mirlo esta mañana de junio entre los algodones tenues de los arroyos de la sierra; los pinos mecen nanas para adormecer en sosiego a los madrugadores montañeros silenciosos esta madrugada en la que el mundo celebra el día de la naturaleza, no quieren molestar al zorzal que busca bayas y frutos de temporada entre la brillante vegetación del final de primavera.


Los arroyos balbucean la canción de sus saltos de montaña y sueñan su esperada inmensidad cuando abandonen las montañas y estén más allá avistando el mar; es su música una composición orquestal de brinco y manantial.  He visto en la montaña al pequeño acebo, al robledal sereno, a los enhiestos pinos, a la naturaleza que es múltiple en su unidad, mirarme a los ojos como mira a todos los humanos, he visto a la naturaleza que reclama corazones esforzados para la libertad, que quiere silencio y austeridad para que todos podamos escuchar el latido de la PAZ.



Este árbol solitario de pelada frente apunta hacia las cumbres que alimentan vida en esta hermosa vista de la Sierra de Madrid.

Javier Agra.

jueves, 19 de mayo de 2016

PUERTO DE MALANGOSTO: 3 LA CUMBRE



Entre el asombro y la pendiente descubrimos el Chozo de La Chata, lugar donde esta serrana cobraba su portazgo como guía de montaña y almacén de alimentos y otros beneficios que fueran necesarios, según narra el Arcipreste en el Libro de Buen Amor.

El Chozo de la Chata está muy bien reconstruido en su exterior. Su interior es un bonito refugio donde muy bien se pueden tender hasta media docena de sacos de dormir.

Nace aquí el río Cambrones en la fuente que permanece alimentada todo el año. El pequeño valle está estos días de mayo rebosante de agua y verdor. Los montañeros hacemos un alto, entramos en el chozo y como no encontramos a nadie que auxilie nuestra fatiga damos cuenta de una porción del acuoso líquido de la cantimplora y de una barra energética para continuar el camino.

Fortalecidos por tan preciosos alimentos caminamos los pocos metros que nos separan de la portillera donde se juntan Madrid y Segovia por estas alturas. Un amplio mojón saluda a los viajeros entre el sol y la brisa tenue de este lugar abierto y soñador. No encontramos ninguna angostura. Diríase más bien que es un amplio collado con solazadas vistas.

Un amplio mojón aúna diversas provincias y diferentes montañas; su escritura es modernidad sobre la base de piedra antigua. Esta litografía reúne el espíritu antiguo y la modernidad actualizada para cada montañero que aquí se acerca. Las montañas respiran sosiego de todos los tiempos, miran con las pupilas de los siglos pasados y los venideros, saludan desde el silencio porque emplean el lenguaje de la libertad palabras que palpitan versos.

Cuarenta metros más arriba, las Peñas Crecientes son lugar de reunión y romería, de bullicio y de encuentro. Pero hoy los montañeros solamente escuchamos el canto del cuco escondido entre los matorrales y el silencio de las lavanderas, confiadas aves de mirar inquieto. Sentados en las rocas conversamos con la amplitud de las montañas, con la libertad de los senderos, con la paz del silencio.  

Se alarga la vista hacia Peñalara y la Cuerda Larga.

Nuestro afán nos empuja a emprender derroteros nuevos. Por eso, para regresar nos lanzamos montaña abajo siguiendo el sonido del agua y el rumor del viento. Junto al arroyo del Pastizal caminamos inventando senderos entre los pozos temporales de este surtido cauce que forma un  angosto valle con su vegetación entre las silvestres plantas y los pinos reforestados hace algunas décadas.

Llegamos a una pista donde se amplía otro nuevo valle abajo por donde canta el río Pirón que exhibe violines y trompetas estas jornadas de agua y deshielo. Desde ahora solamente será caminar, contar pinares y curvas, pensar con la naturaleza y con la naturaleza respirar. El embalse del Pirón nos recuerda que estamos cerca del final de nuestro paseo.

Parece un animal desbocado el río Pirón esta tarde de mayo.

Sobre el puente de la fotografía anterior cruzamos el río antes de llegar al embalse; más adelante lo cruzaremos de nuevo y ya encontramos los primeros coches; poco más allá llegamos a la cancela donde habíamos iniciado nuestra marcha hace seis horas; llegamos a felice término después de una ruta circular preparada con acierto e inventada en algún momento.

Aquí despedimos al Puerto de Malangosto y su romería del primer domingo de agosto donde diversos pueblos y multitud de personas comparten paella y sandía, comparten vivencias y cantares, comparten ilusiones y vida. Aquí dejamos al Arcipreste, aquí despedimos a la Chata de Malangosto, aquí quedan soñadas aventuras literarias que cobran vida entre la fantasía  y lo real con cada lectura.

Javier Agra.