jueves, 31 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (IV)

Tocaba a su fin la primera Navidad de mi existencia de perro, en este mundo de gozo y placidez: eso pensaba por aquel entonces. Para mí, todo habían sido cariños. Fue, durante aquellas fechas, cuando recibí el primer impacto visual y sonoro. De pronto me impresionó una revista, que ojeaba por casualidad, mientras llegaba el momento de ir al Metro, para aprender a bajar escaleras y tumbarme a los pies del asiento donde viajará el ciego con quien trabajaré en el futuro: estaba plagada de sangre y violencia. Lo más difícil de comprender fue que era provocada por los mismos humanos, aquellos seres que se definen como racionales, al mismo tiempo que machacan, contra toda razón, las muestras diversas de la vida que pueblan la tierra, para su disfrute y el gozo de su corazón.


Aquella primera Navidad sentí lástima de los humanos y su estrujado corazón. Después aprendí que esa válvula humana tiene el tamaño de uno de sus puños y comprendí, con dolor, que se pasan la vida luchando entre la fuerza y la dureza de sus puños y el latido cálido de sus corazones. La victoria, aprendí este tiempo de la Navidad, está asegurada hacia la paz, pero pasará mucho tiempo hasta que comprendan que sus manos han de ser para la caricia y el abrazo: están perdidos en la violencia.

Desde ese día, solamente puedo quererles. Comencé a entender las palabras de mis padres: ¡Pipa, hija mía, a los humanos hemos de quererles pues su corazón está bañado en sangre! El día que entiendan que la tierra sirve para sembrar flores que inunden de color el firmamento estarán salvados. Tal vez sea esa la razón por la que no he entendido su manía en llevarnos atados con collares y correas. No consigo entender que pretendan defenderse de nosotros siendo ellos sus peores enemigos. Varios de sus representantes filósofos son pesimistas respecto a su convivencia y su futuro; recuerdo al inglés del siglo diecisiete Hobbes quien desarrolló la teoría de que el hombre es un lobo para el hombre.

Luego estaban las luces, la ciudad engalanada de colores en medio de la noche…pues también era motivo de murmuración. Los humanos murmuran siempre: cualquier iniciativa de alguna persona tendrá inevitablemente un frente de murmuración. Que, creo yo, les falta espíritu de creatividad, aquel espíritu capaz de tener iniciativas sencillas y generadoras de entusiasmo; y si fallan, desde la humildad, retomar el espíritu creativo y avanzar hacia el futuro hasta que la luz de la esperanza se haga abanico de colores donde cada persona pueda elegir su favorito sin pretender anular los otros: es el conjunto lo que hace la belleza, la diversidad lo que crea riqueza.

¡Ay, aquella primera Navidad!


Actividad: Con esta foto de la Hoya Moros en la Sierra de Bejar, haremos una fotopalabra. Que cada quién piense, escriba y hable lo que le parezca, según este artículo.

Javier Agra.


sábado, 26 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (III)

Me llamo Pipa… A mi memoria acude presuroso el verso de Miguel Hernández: “Me llamo barro, aunque Miguel me llamen” Eso decía porque sabía el joven poeta, igual que se yo ahora que la trufa de mi hocico se torna más áspera y oscura, que formamos parte de la misma arcilla en distintos grados de evolución y que somos hermanos todos en la esperanza y la vida. ¡Cuántos ratos he pasado recitando poesías de éste y otros autores con la gente que vive en mi casa! Sentados, frente a frente, declamo para intentar hacer de sus cerebros científicos unas mentes de fantasía.


Pronto comencé a salir al Parque de los Perros. Los primeros tiempos cuando yo llegaba era la atracción para todos los humanos: los piropos y lisonjas son palabras agradables – no exentas de verdad y certeza, muchas veces – mas tienen ese carácter de caducidad que se deben dar a las cosas perecederas. Yo recibí con agrado, eso es cierto, las muestras de cariño de cuantos llegaban: personas y perros, nunca me asusté de ninguno; la niña a la que acompañaba, me quería bien y me protegía. Acaso el constante movimiento de mi cola, se debe a la felicidad en la que siempre crecí.

Allí aprendí que las lisonjas deben ser repartidas por igual para cuantos están cerca; ese es el modo de mantener el equilibrio entre la felicidad y la paz: desde entonces, reparto por igual mis arrumacos – ¡claro que me muestro más satisfecha de saludar a algunos humanos y perros! – más siempre sonrío a todos. Siendo pequeña, iba muchas veces con Almudena y Junco, aquel perro negro poco mayor que yo quien se marchó a Móstoles: todavía levanto la mirada hacia la casa donde vivían aquí, cada vez que paso cerca.

Pronto mi círculo de amistades fue creciendo, de todos he sabido el nombre – con frecuencia se lo digo al oído a las personas que van conmigo, porque flaquea su memoria –; de entre todos enseguida se ganó mis respetos MUNIA (quien pasea a Jose), más de dos años mayor que yo, quien nos recuerda a todos nuestro pasado lobuno y de quien aprendí a caminar por las montañas de Madrid. Juntas recorremos estas sierras del Sistema Central; en más de una ocasión hemos sacado de algún que otro aprieto a estos dos locos de las alturas, se lo perdonamos indulgentes pues su olfato es menor y su cerebro pierde los recuerdos de los senderos.


Esta es Munia, bajo el sol de alguna primavera, contando un paseo por la Sierra.


Han pasado los primeros meses de mi vida, la luna viene y va sobre la tierra como una canción redonda. He visto, entre perpleja y desazonada, a los humanos recordar multitud de eventos deportivos y pasar por alto los días dedicados a enfermedades, voluntariados, literatura y otros acontecimientos solidarios. En la medida que paseo por sus ciudades, me sorprenden más estas criaturas. Y paseo mucho, pues me estoy formando para trabajar en la ONCE; pero esa es otra historia.

Javier Agra

viernes, 25 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (II)

Merodeaban, por el lugar donde vivíamos mis hermanos y yo, varias personas. Enseguida me fijé en una familia que venía dos cachorros humanos: un chico – que ya era mozo – y una niña. Comencé a mover el rabo – signo de felicidad – en el mismo momento en que dirigieron su mirada hacia donde yo estaba. Fue un flechazo a primer ladrido.


Así entré a formar parte de aquella familia. Hoy es mi familia, desde aquel año que la ONU había decidido dedicarlo a la Cultura de la Paz y en el mundo cristiano se celebraba el Jubileo del 2000 – seguramente con el deseo de que nuestra vida fuera más jubilosa –. Así pues, el seis de septiembre, me fui a vivir con estos humanos a quienes cuido y lleno de lametones cada día. Coincidió con la audiencia de Juan Pablo II a los catequistas: “El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la impulsa a la metánoia o conversión profunda de la mente y del corazón, y establece una comunión de vida que se transforma en seguimiento. Así, nace la figura del discípulo”

Enseguida celebramos el día de la Alfabetización y otro dedicado a la Paz – como todos los segundos martes de septiembre –; inauguramos los Juegos Olímpicos de Sydney; subieron los ciclistas al Naranco; incluso me enteré que hacía diez años, los humanos se quedaron pasmados cuando descubrieron una galaxia sesenta veces mayor que la Vía Láctea.

Con todas estas cuestiones, mi mente se habría al futuro y a las preocupaciones de las personas. Me he dado cuenta, por múltiples detalles, que es mejor ocuparse del presente para transformarlo en fututo feliz; los humanos tienden a pre-ocuparse: ocuparse en cada momento del futuro incierto, entre el desasosiego y la búsqueda morbosa de lo que puede suceder mañana o el mes próximo. A veces les digo, a la gente que vive en mi casa, que es buena e incluso necesaria la previsión – porque nos hace dueños del camino que hemos de seguir – para lograr metas concretas, porque la previsión es constancia, mientas que la preocupación nos hace huraños y miedosos.

El asombro es una rara virtud entre los humanos (no todos se enteraron del descubrimiento de galaxia que cité más arriba). Muchos, de entre los humanos, no miran más allá de su ombligo (a veces aprendo dichos curiosos) y se tienen por las criaturas más imponentes del Universo. Ya me decían mis padres que a los humanos es necesario quererlos mucho, pues están demasiado solos las más de las veces; y tenemos que recordarles que formamos para del todo y dependemos unos de otros, como los vasos comunicantes, o como el cuerpo místico.



Pero de estos asuntos hablaré otro día, pues me han asegurado que en esta casa no me pondrán nunca censura y puedo decir lo que piense. ¡Qué bueno es pensar!

Estos que salen en la foto son aquellos cachorros humanos que vi cuando era una bebé. Ahora que han pasado los años, los veo crecidos pero los sigo cuidando y queriendo a lametazo limpio.

Javier Agra.

domingo, 20 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (I)

Ahora que mi vida avanza hacia su cumbre, allí donde las nieves brillan perpetuamente y donde me podré bañar con todo el placer de las mañanas de primavera, sin tener que romper los hielos que cubren de cristal los arroyos de los prados; cuando los palos más gordos resisten la fuerza de la embestida de mis dientes, en los descansos sosegados bajo los chopos del parque, después de seguir, metida en mis pensamientos, los paseos de los humanos; a esta edad en que he visto amanecer con sol y brillo y también cuando en las madrugadas de invierno, he despertado a la gente de mi casa con lengüetazos justo antes de que sonara su despertador. Ahora, digo, quiero escribir en breves jornadas los recuerdos, de mis largos días.



Aquel sábado uno de julio, cuando yo nacía entre once hermanos hijos de Afra y Noel en el bullicio de la residencia de perros de la ONCE en Boadilla del Monte, recuerdo que los delegados de veintiún países del mundo daban un respaldo de colaboración internacional a la Paz, en Colombia; el que entonces era el papa de la Iglesia católica, Juan Pablo II, recibió en el Vaticano a una multitud de peregrinos en el día consagrado por la piedad cristiana a la meditación sobre la sangre de Cristo, precio y prenda de vida eterna; conocimos que el veinticinco por ciento de las declaraciones de la renta en España salían a devolver dinero.

Día venturoso. Aún puedo saborear, en mi memoria, la leche caliente de mi madre y el continuo ir y venir de nuestros cuidadores. ¿Acaso, al cuidado de mis padres, no estábamos, los once hermanos, en buenas manos? Comprendí, más tarde, que los humanos tienen entre sus cualidades la capacidad de cuidar de la naturaleza y sus pobladores, entre sus defectos el orgullo de creerse únicos e insustituibles. Aquello de “somos el centro de la evolución” se les ha subido a la cabeza a estas criaturas de dos patas capaces de producir todo tipo de armas y, no pocas veces, les produce más lejanía de la deseable con el entorno, del que han olvidado que forman parte pues son arcilla y soplo de aliento de vida.

Javier Agra.

sábado, 19 de diciembre de 2009

DE RASCAFRÍA AL REVENTÓN

Era noviembre. Frío y tiritona en la ciudad. Pipa y Munia, apoyadas las cabezas en los respaldos traseros, esperaban con el brillo en los ojos la llegada del coche a Rascafría. Aparcamos en la pequeña plaza junto a la iglesia de este pueblo de la sierra de Madrid.

Azul en el cielo y en la tierra la helada de la noche, el aire en los tejados y en los árboles murmullos de ventisca. Calle arriba - dejamos el templo a nuestra derecha - hasta llegar al barrio y la calle de las Matillas. Ir con Jose es tener el mapa de su memoria siempre presente, de modo que fue sencillo encontrar el campo de fútbol y el amplio camino que nos deja en la ruta segura de nuestro primer objetivo.

- Allá arriba está La Flecha. Después de un par de recodos, nos desviaremos por un pequeño sendero que traza su ritmo monte arriba.
- La ruta que tu tengas prevista será la más segura.

Y comenzamos la ascensión entre el monte de robles, en los pueblos donde yo comencé naciendo los llamábamos rebollas (con el tiempo me enteré que el nombre de roble-rebollo está aceptado por toda la tradición botánica y faunística). Monte arriba entre los robles, bajo nosotros las hojas del final del otoño haciendo nido a las aves y dando calor a la hierba enmarañada -  largas hierbas de otros tiempos enseñan el misterio de vivir, a brotes de estos últimos calores que ahora recordamos y notamos que nos faltan -.

¡En los pueblos donde comencé a nacer! ¡Viejos pueblos de Castilla! Porque cada persona vamos naciendo en diferentes lugares a lo largo de la vida; allí donde aprendes a mamar - primeros alimentos de sonrisa, aquellas caricias de mamá que ya nunca olvidarás - va haciendo tu vida, para siempre, sonrisa y caricia; también naces - cuando empiezas a ser un pequeño mozo - con los primeros paseos que recuerdas, entre piedras y árboles gigantes, cuando el trino de las aves te parecen misteriosas palabras de la naturaleza y  tomas el sonido del agua por el diálogo que de la tierra. Contestas y aprendes a hablar con las personas y las piedras, los pájaros y el viento; naces más tarde a la soledad; y naces a la tristeza; a la esperanza; a paseo tomados de la mano... y a sí vas naciendo poco a poco hasta que la vejez llega un día a saludarte y te encuentra en pleno acto de nacimiento a otro momento del camino del nacer... y sigues naciendo: ahora tus ojos estás más allá de las estrellas y del silencio... y vas naciendo al pasado y al futuro lentamente con los ojos brillando por otros sueños...


Aquí estamos, en La Flecha, después de pasar por el collado de las Calderuelas y luchar contra el viento y la cencellada. Las horas de cumbre fueron duras, pero de una hermosura, acaso, solamente almacenable para aquellos que lo vivieron. Recordamos el frío, pero sobre todo el brillo pálido de las plantas cubiertas de plata por el sol bailando con la música de las nieblas y la helada que durará varios días para dar majestuosidad a la montaña.

Allá lejos, espera el Reventón. Paso a paso, con el agua mojando la ropa ¡quién sabe si nos empapa el alma! continuamos la marcha. Han pasado seis horas desde que salimos del pueblo. Llegamos, con el rostro entumecido y el alma cálida, hasta el puerto del Reventón: completamos las expectativas. Retomamos la ruta verde que, en otro paseo anterior, habíamos dejado - cuando salimos desde la Granja - y volvemos hasta Rascafría. El camino - como fue hasta ahora - es inmenso en vistas y en hermosura. Los pinos salen a nuestro encuentro, más abajo volverán los robles-rebollos.

En algún lugar, a cobijo del aire que se irrita por momentos, comeremos aprovechando un cesto diminuto de sol. Hoy no nos sentamos, saltamos mientras comemos, para vencer al frío. Allá bajo, entre los prados, se ve pálido de arena el sendero que cruza los prados comunales - acaso antaño fueron eras para la trilla - y nos coloca en el pueblo, como si fuera magia, la magia de un paseo que se acerca a las nueve horas. Pero el tiempo es una menudencia en la montaña. La noche y el café nos obligan a mirar al reloj y nos comenta que es la hora. ¡De acuerdo! La llave en el motor y regresamos con las luces puestas: las del coche y las del corazón.

Javier Agra.

martes, 8 de diciembre de 2009

POR LA CUMBRE DE LOS NEVEROS

Entre la cumbre de Peñalara y el Puerto de Somosierra, hacen cresta multitud de nombres. Algunos picos aún no los habíamos visto desde la cima. Por eso planteamos una primera excursión montañera partiendo desde la Granja de San Ildefonso. La aventura no era baladí, de modo que encomendados a los dioses de las montañas de Madrid - seguramente tendremos varios repartidos por estos pagos - comenzamos nuestro camino en dirección a las fuentes de agua tibia y al mirador del Poyo Judío. El sol tenía prisa esa mañana y, en breve, se insinuó a nuestro lado hasta conseguir una invitación: ¡vente con nosotros!

Munia y Pipa caminaban con delicados saltos, por no despertar a los anfibios y dejar sosegadas a las pequeñas matas de diversas especies que se extienden por la ladera en cantos de vida y ensoñación. Paso a paso, van transcurriendo los minutos. Los pocos viajeros a quienes saludamos - y a estas alturas ya saludamos a cuantos nos encontramos por el sendero - van quedando al frescor de las matas en algún recodo.

Subimos, siguiendo los postes que marcan la Vía Verde entre la Granja y Rascafría. Al llegar al Collado del Reventón - donde está situada esta foto - continuamos hacia la Hoya Poyales y los Neveros hasta el Puerto de los Neveros. La distancia se agranda a cada paso y el azul va cantando al día. Mi corazón tiene un poema para guardar en estas cumbres, saldrá algún día, cuando Madrid se asome a la tierra con el fuego entre sus dedos para calentar la sopa y migar el pan en el que todos podamos alimentarnos y caminar en paz.

Mientras vivimos lejos de Utopía, las nubes acarician nuestras gorras y Munia y Pipa sueñan en cada sombra, sueñas con un sol alumbrando los sembrados y las plantaciones comunales de patatas. Así vamos al paso de la mañana, mientras los trinos de algún ave nos despierta. Es un día de final de verano y nos damos cuenta - de pronto y por sorpresa - que el sudor de la subida está transformado en sal sobre nuestra frente. Una parada y un trago de agua.

Inmensidad de montaña y esperanza. Los pinos - breve silueta entre el verde de la montaña - apuntan al cielo mientras duermen pequeños animales entre las retamas. Desde los Neveros hemos dejada Cerro Morete a nuestra espalda. Venimos de allí lejos. Venimos de nuestros sueños y de los sueños de nuestros antepasados. Aquí, sobre estas abiertas cumbres, descubrimos que somos ontogénesis un compendio de la filogénesis; Munia y Pipa, ruegan que no sea tan pedante de modo que se lo cuento en castellano: ¡escuchad, perrillas de nuestros amores! La ontogénesis es el presente, los que en la actualidad estamos respirando sobre esta tierra y en ella soñamos; la filogénesis es el pasado, la cadena de siglos y sus deseos que han llegado hasta nosotros en sucesión de acontecimientos y esperanzas.

Frente a nosotros tenemos ya los Claveles y Peñalara. Estamos cansados y la luz tiene también sus límites. De modo que tomamos el sendero que, desde el collado de los Neveros, baja hacia la Granja, en un camino circular. En breve volverán los pinos y el Arroyo Carneros, donde nuestras amigas perras disfrutarán saltando entre las pozas, mientras Jose y yo descendemos con calma ayudando así a la digestión sosegada.

Allá lejos, el coche espera. Sin prisa. Después de más de ocho horas de marchar juntos, el sol se despide de nuestra compañía y caminará sonriendo hacia otras tierras. ¡Lleva nuestrro abrazo, lleva la esperanza!

Javier Agra.

jueves, 26 de noviembre de 2009

HAYEDO DE TEJERA NEGRA

Las circunstancias obligan frecuentemente a previsiones que parecían inútiles y resultan, a la postre, imprescindibles. Jose había reservado una plaza para aparcar el coche a las puertas de hayedo. Nos tocó madrugar y recorrer un compendio de comunicaciones - resumen de las rutas de España - (autovías de amplia calzada y conducción veloz junto a diminutas carreteras cuya ternura consiste en unir a las personas de los pueblos cercanos, aquellos que no conocen la prisa).


Carreteras de calma. Acaso para permitir saludar casa a casa por cada lugar transitado. Así nos tomamos el camino, mientras la noche bosteza los primeros rosicleres y los grillos despiertan a las setas y a las dormidas vacas. Comienza el día en los pueblos y nosotros llegamos para iniciar la jornada.

La lumbre del hayedo calienta el alma esta mañana de contrastes. Nosotros estamos dentro, el resto del mundo es "afuera". Colores y brillo suben desde nuestras botas hasta el corazón, los pulmones y las sienes. Se aplaca el tiempo, duerme la pena y baila entre cantos de gloria la vida en la que nos adentramos. Dentro y fuera, contraste de vida y pelea, armonía y ruido. El Hayedo nos da la calma: Pipa y Munia también la gozan, por eso van y vienen de los colores a la pisada que marcamos con nuestras botas; del canto de las aves al silencio de nuestra respiración.

Hemos iniciado el camino, por donde las guías deciden que se termine: es, sin discusión, la zona más bella del frondoso bosque ¡y estamos en un lugar donde la belleza crece por ella misma! Hora y media después de comenzado nuestro paseo, llegamos a un claro, el sendero regresa hacia el inicio del hayedo en paseo circular. Aquí es donde Jose, Munia, Pipa y yo hacemos nuestro concejo y decidimos salir en dirección hacia la Buitrera, por un camino no explorado, pero llevados por la orientación y la voluntad.

La Buitrera está cerrada entre la niebla y el viento. Nos reta y advierte que estamos más seguros en la zona llana donde el aire es brisa y el sol acaricia, cada cierto tiempo, nuestros cuerpos. Por lo que parece un sendero, comenzamos a caminar, apartando ramas de hayedo y siguiendo veredas de vacas. El sendero se pierde... permanecen los pájaros, las hayas y el deseo. Munia y Pipa son valientes, los cuatro nos turnamos para abrir sendas nuevas de hierba y pedregal. La Buitrera se defiende con una primera embestida de viento y aguacero... Seguimos... Nos pone murallas de piedra y matojos... Continuamos... Lanza gritos (acaso fueran truenos) y nos cierra el paso con una cortina de intensa niebla. Nos faltan doscientos metros de subida y otro buen rato de cresta hasta la cumbre...

Hemos descubierto que no somos más que humanos (tal vez Pipa y Munia hubiera preferido continuar, pero nunca nos dejarían indefensos en medio del fragor de la pelea y se retiran con nosotros). Hoy ha vencido la montaña, a la que siempre respetamos. Volvemos, con precaución al principio pues la niebla nos da escolta y nos marca el ritmo de marcha según su voluntad; más tarde, avanzamos deprisa, sin osar volver la vista por si aún quedan defensores de la Buitrera. Más abajo, cuando nos da el sol y hemos salido a la pradera, nos sentamos y comemos, compartiendo alimento y sensaciones con los contrincantes de esta jornada. A nuestro lado se sienta la Buitrera, con el viento y la niebla. Ya no son enemigos, la pelea nos ha convertido en camaradas. Nos citamos para más adelante, cuando el sol y el viento se pongan de nuestra parte.

Javier Agra.

sábado, 7 de noviembre de 2009

SIERRA DE BEJAR (el regreso)




Disfrutar. Volver. ¿Desandar lo caminado? Eso no, cada paso es una conquista de futuro. A veces, como esta tarde, hemos de recorrer por el mismo sendero con diferentes pisadas. Sigue el valle con el río Cuerpo de Hombre naciendo de nuevo y constantemente. Pero ahora parece que fluye de modo original y nuevo. Distinta agua para configurar la misma esperanza de río. Distinta agua regando otro momento de la tierra. Acaso solamente conservamos el nombre de las cosas. pero hasta las sonrisas son nuevas y son nuevas las pulsiones de la sangre que nos transforma el oxígeno de la vida en canción y fantasía.

Terminamos de subir y bajar. La mochila gritaba su comida cuando nos sentamos al sol, sobre una piedra del camino, a reposar el tiempo y la vista. Entre mordisco y mordisco, un pico de Gredos en la distancia y una brisa de montaña. Comer de cuchara después de una ascensión en plena montaña, es un logro de las latas y la producción civilizada. Y allí están los montañeros, entre la civilización y la naturaleza respetada en su mundo original.

La foto que cierra, con su fuente de agua permanente, es un testimonio de nuestro paso por Candelario, pueblo de sosiego y sonido de agua; de recuerdo medieval y actividad moderna. El café y el agua refrescante para terminar la visita a las cumbres de Salamanca, a los límites de Cáceres y¨Ávila. Un suspiro callejero y de regreso al coche.

Lo vivido esta jornada quedará escrito en los papeles, pero imborrable en el alma.

Javier Agra. 

miércoles, 4 de noviembre de 2009

SIERRA DE BEJAR (III)

Habíamos dejado atrás la cumbre y cuerda de Talamanca, también llamada de los Asperones; en esta Sierra, cada cumbre y aún los diversos valles tienen varios nombres de modo que, no pocas veces, nos movemos entre la confusión. Que es un poco lo que ocurre en la vida, la indefensión es una constante humana entre la que nos bandeamos frecuentemente. Seguramente porque así debe ser: desde siempre hemos aprendido que no todo es negativo o todo es positivo, la mezcla ha hecho la vida y la naturaleza como la observamos a diario; somos mezcla de deseo, aspiración y conquista. Cada nuevo pensamiento afirma el pensamiento anterior y también lo pone en duda, así vamos creando y creciendo - Tesis, Antítesis y Síntesis decían los filósofos de otros tiempos -.
Sea como fuere, llegamos al breve Paso del Diablo - tal se llama el desnivel de la foto sobre estas líneas -. Es breve, en efecto, mas parece puesto por el mismo diablo, pues es una caída vertical con pasos de segundo grado y aún superior, de modo que aquí nos quedamos los montañeros devanando los sesos para imaginar una bajada - después tendremos que subirlo - y mantener la integridad física y psíquica. Afortunadamente, pasó por aquí algún ángel y colocó una cadena a la que nos agarramos y nos permite el paso. Con esta cadena se ilustra, una vez más, que no podemos juzgar y condenar o bendecir a la ligera. ¿No es igualmente cadena la que aprisiona y oprime, signo infinito de sufrimiento y penar, que la cadena que brilla sobre los hermosos cuellos para resaltar aún más la belleza, o la que en este lugar de la sierra - y en otros lugares de montaña - ayuda a llevar con más descanso la jornada?


Y vuelta a subir, hasta llegar a los dos mil cuatrocientos metros (la numeración que han puesto con pintura sobre las piedras está equivocada). Es el final de nuestra jornada. Hemos coronado el Vértice del Calvitero o Torreón, con ambos nombres se conoce esta cumbre coronada en la foto por Jose, agarrado al vértice geodésico que indica el final de la subida. (Una persona nos dijo una vez que parecía que estábamos abrazando una bombona de oxígeno: la comparación no es baladí, pues llegar al final del camino propuesto supone un vívido esfuerzo que nos hace respirar profundamente y con ronco cansancio).

La jornada ha sido de lumbre y espíritu valeroso. Hasta llegar a esta cumbre, hemos ido dejando atrás dificultades y problemas - sencillos de resolver, todo sea dicho -; también hemos visto cómo quedaban gentes que habían iniciado la ascensión y hacían una cumbre, dos cumbres... desde La Ceja muy pocos continuaron el camino.

Aquí nos quedamos un tiempo para contemplar la armonía del conjunto. Valles de Salamanca a un lado, más lejos las cumbres de la Peña de Francia, al fondo intuimos ¿o tal vez fantaseamos? la Sierra de la Estrella en tierras de Portugal. Bajo nuestros pies, el Valle del Jerte - verde y cerezos dormidos - y no lejos de nosotros el cacereño valle de Ambroz - todo belleza y silencio -. Todavía, en la dirección que hemos seguido, podríamos continuar hasta otra cumbre más baja - a la que también se conoce como El Torreón, ¡buena confusión de nombres! -. Pero hemos terminado. Regresamos por donde hemos venido, y en el camino la comida.

Javier Agra.







miércoles, 28 de octubre de 2009

SIERRA DE BEJAR (II)

Excelente la vista de las Lagunas del Trampal - recordad la foto del anterior texto -. Allí quedaron algunos montañeros de los que encontramos, cosiendo su mirada feliz al azul del cielo y del valle. Allí se sentaron a meditar sobre el fluir de los ríos de la vida y de la edad. Allí vieron, saltando entre los riscos, sus años pasados y el verdor no maduro del futuro les acomodó la paz en su corazón mientras palpitaban sueños; allí dejamos al solitario montañero con sus sigilosos pasos, la cabeza apoyada en su mano, creador de días venideros ... allí quedaron las cuatro muchachas de frente cantarina y conversación discreta sobre rosas y esperanzas de otras fechas cercanas y calientes ... allí la pareja de enamorados que habían realizado la parte del camino hasta donde alcanzaba nuestra vista tomados de la mano, entre sus dedos el misterio y en sus labios un surtidor de besos.
Jose y yo, ascendimos otro puñado me metros hasta La Ceja - también llamado Canchal de la Ceja -, techo de Salamanca con dos mil cuatrocientos veintiocho metros. Culminación de la inmensa espina dorsal que algún viejísimo dinosaurio depositó en esa parte de la sierra antes de desaprecer para siempre, cuando ya estaba pronosticada su extinción: Me quedaré - se dijo - y allí permanecen hasta hoy las magestuosas escamas de su lomo

A la izquierda de nuestra marcha, la provincia de Ávila. La Garganta de la Solana y, al fondo, la Laguna del Duque - con dique artificial - ponen rumbo a nuestros sueños. Más adelante, siguiendo nuestra marcha, pasaremos a Cáceres. Sus verdes valles no pueden entrar en la cámara de fotos, allí aspiramos el aroma de las cerezas de otras épocas y admiramos las siluetas fabulosas de sus entrecortadas mantañas. Abajo Extremadura y en el sueño - siempre cosido al tiempo y a la tierra - América que vió nuestro suelo por primera vez a través de los ojos y la voz de estas gentes de acero.

En estos parajes de piedra y vegetal - la Hoya Moros se llama - nace el río Cuerpo de Hombre, serpiente muda y amplia de piedras y fiereza. ¿Por qué dijo el poeta que canta el río? Aquí, duerme la siesta y toma fuerza en la oración de la montaña para bajar a los pueblos con mano cálida, pues sabe el río que tendrá que acariciar a muchas personas para quitar las penas y calmar tristezas. Al fondo de la foto podemos ver Los Hermanitos, que así se llaman esas dos montañas que parecen una sola.



Entre poesías, piedras y sudores, hemos llegado a la Aguja o Cumbre de Talamanca. En algunos libros hemos leido que aquí se abrazan las tres provincias: Salamanca, Ávila, Cáceres. No todos están de acuerdo. Nosotros paseamos su cumbre y plasmamos el paso en esta foto. Vemos a las tres provincias y aún respiramos el mismo aíre que las otras comarcas españolas y que el resto de los seres vivientes. En la montaña nunca estamos solos, no existen las fronteras y el abrazo es el mismo en todas las partes de la tierra.

Javier Agra.










martes, 27 de octubre de 2009

SIERRA DE BEJAR (I)

Las Lagunas del Trampal a nuestros pies, son de origen glaciar. Han conservado un valle que relaja el espíritu y sosiega la vista. Hasta ellas llegan ríos de gente, acaso para buscar la humildad de la tierra.

Hacemos cumbre en la Loma del Calvitero. Primera meta de nuestra jornada.

He aquí un nombre discutido desde su mismo nacimiento. También Candelario podría dignamente darle nombre a esta maravillosa Sierra. No pocas veces se la nombra, sin más, como Cuerda del Calvitero. Sea como fuere, merece una visita y aún cien poemas inspirados, por magnífica, hermosa y variada.

Desde Madrid, el motor del coche apenas ronronea con las estrellas de la madrugada. No quiere morder el sueño de las gentes que duermen su sosiego de una semana de agobios y horarios. Sin tiempo - hacemos un quiebro a las estrellas - y las dejamos indefensas ante nuestra salida por la M-40. Acaso, pienso en mi asiento de copiloto del coche, las estrellas no están para vigilar nuestros movimientos sino para sonreir las iniciativas madrugadoras. Puede ser que, más tarde, tengan audiencia con el sol y le vayan dando cuenta de las variaciones que se producen en la tierra durante la noche.

Piedrahita: gasolina y desayuno. Y a las ocho y media aparcamos el coche en el Travieso, al pie mismo de la Sierra. Antes, al pasar por Bejar, el río Cuerpo de Hombre saluda y acompaña a los viajeros hasta conducirlos al puente que sale a Candelario: silencio, el pueblo duerme suspiros de amanecer; susurra una invitación a visitar sus calles y su historia, volveremos al final de la jornada, a lo del café y el turismo de balcones.
Y ya estamos, monte arriba, siguiendo los vistosos "hitos" de piedra. Han hecho un buen trabajo, quienes los pusieron. Son grandes para esta época, pero sin duda muy buenos en otros tiempos, cuando la nevada caiga sobre estas alfombras de arbustos y retamas; buen trabajo, si señor, para indicar a los caminantes monte arriba hasta llegar a buen recaudo.
Nosotros, respetuosos con la montaña, hoy nos mostramos anárquicos y seguimos un camino menos transitado: ¡ay, Machado, cuánto camino inventamos al andar! La montaña es inmensa - la cima no tiene pérdida ni dificultad de acceso - por eso nos dirigimos por cualquier camino hacia la Loma del Calvitero, primero de nuestros objetivos de esta jornada. Sin duda, en primavera, no hubiera sido fácil seguir la ruta que hoy hacemos, probablemente nos hubiéramos encontrado abundante agua; por eso, y por otras razones, el camino llega a la cresta más a la izquierda de donde salimos nosotros.
¡Loma del Calvitero! El Calvitero, también lo llaman. ¡Qué bien te cuadra el nombre! Inmenso cascote desértico, calva montaña que corona verde ascensión. Llanura amplia entre piedras de mil tamaños y arena apelmazada. Saludamos al azul del cielo - recién pintado para nosotros esta mañana - y a multitud de montañeros. Nos separamos unos metros del camino para hacer cumbre y visitar el monumento a la Virgen, Nuestra Señora del Castañar. La vista es fugaz, por el tiempo y la distacia que aún hemos de recorrer; también porque el monumento está maltrecho, más por alguna acción entre gamberra y estulta que por tiempo que erosiona con pausa y sin preferencias.
Desde aquí, ya vemos las Lagunas del Trampal. Enseguida pasaremos por su orilla. De momento nos encomendamos a la cumbre que dejamos con la mochila al hombro y una sonrisa vertical. ¡Loma del Calvitero recuerda nuestro paso, a lo largo de los siglos venideros!

lunes, 5 de octubre de 2009

CABEZA LIJAR

Este monumento a la sonrisa, es la felicidad de unos padres mostrando a su hija de cuatro meses en su primera cumbre compartida, en Cabeza Lijar. En breve harán tresmiles. Acaso la pequeña Elisa supere los seis mil de sus padres. El tiempo escribirá sus propios actos. Dejémoslo, pués, en reposo.
Octubre. He visto las adelfas florecidas buscando en el cielo el vuelo juguetón de las palomas. Pálidas miradas desde el ocre de la tierra al húmedo arco iris de algún sueño de la sierra. La tierra a nuestros pies, plomo y verde entre golpes y esperanzas con respiración pausada, latigazos de sangre cansada.
Sangre de octubre en las horas primeras, cuando el sol - aparcado en las cocheras del horizonte -desayuna tostadas con mermelada y prepara la chaqueta que posará sobre los hombros calientes de las personas madrugadoras.
Calientes de sueños y de promesas. Como tú ahora que cabalgas por el otoño inicial con billetes de encinas y amaneceres. Como tú que has colocado la vida al sol de octubre para que la sangre mantenga vivas y fuertes las calles y las plazas.
La foto es de una preciosa niña de cuatro meses - en el capazo de su padre, con su madre también sonriente - en su primera cumbre en Cabeza de Lijar. De modo que en este escrito se me salen las ternuras y proclamo un día de homenaje a los nietos: la nieta de Jose - el hombre que me enseñó la existencia de las montañas (de la pequeña Elisa es la foto de su primera cumbre) -; y al hijo de mi hijo, por quienes me nace un surtidor de gozo y de quien estábamos celebrando su segundo año, al mismo tiempo que quedaba plasmada la fotografía de cabecera.
Desde San Rafael, merece la pena un recorrido de hasta seis horas. Comienza la marcha, siempre entre pinares, llegando a la cumbre de Cueva Valiente - misteriosa y verde -; a continuación, se baja un breve collado para ascender Cabeza Lijar, Segovia a una vertiente a la otra Madrid escuchando las dos la música de los pinos; para terminar en la Peña de Salamanca - lumbre y cielo - y volver, cerrando un magnífico círculo de inolvidable paseo.
Javier Agra.

domingo, 20 de septiembre de 2009

SIERRA DE LA CABRERA

Entre pasamanos de jaras en flor, sube la senda a la Sierra de la Cabrera. Desde la carretera de Burgos, el coche camina seguro, no necesita conductor: ¡pequeña sierra, nunca tengas envidia de tus hermanas cercanas y de las grandes sierras y picos de los que oyes hablar a los montañeros que a ti llegan! Tú eres del color de los brunos a punto de madurar.
Sierra de la Cabrera, pequeña inmensidad. En más de una ocasión has solucionado una jornada de marcha a los montañeros que se alejan de Guadarrama enfurecido. Tu serenidad y la calma de tus dos cumbres llaman al paseo, invitan a las cordadas. Hacia tus cumbres, en armonía y sosiego, caminan los novicios montañeros. Y ahí esperas, entre el ocre de la tierra y el azul del cielo, sin darte vergüenza tu diminuto techo.
Sierra de la Cabrera, eres maestra de los primeros pasos y de las grandes cuerdas.
Llegamos en el coche, saliendo desde el pueblo de la Cabrera hacia el Monasterio de San Antonio; la carretera está jalonada por las estaciones del Via Crucis. En la séptima estación aparcamos - un pequeño espacio aguarda agazapado entre las jaras - y comenzamos la marcha. En pocos metros, veremos una señal de madera - más fuerte que el tiempo y la nevada - que nos indica el camino del Cancho Gordo.
Ya estamos subiendo, silencio de mariposas y pasos montañeros, hasta el Collado Alfrecho, descanso que separa la sierra en sus dos senos: más alejado el Pico de la Miel, solemne y brillante cuando lo vimos hace un rato desde el pueblo; lijado por el tiempo y las tormentas, se cubre de cuerdas y escaladores en su cara sur. Nosotros, los que vamos a pie, llegaremos por un sendero majestuoso que recorre la cumbre por la cara norte. No perdemos los pinos, seguimos cantando entre la vegetación de la montaña. Pipa y Munia juegan a un continuo ir y venir de los olores y matojos, acompasando su mayor velocidad a nuestra calma. La última parte de la subida es piedra, grandes láminas donde asegurar la pisada.
Y la otra cumbre, más cercana, es el Cancho Gordo. Desde el mismo Collado Alfrecho se inicia la subida, más pendiente y más alta. Senderos y magia, resbalonos en la nieve y vida en sus praderas; Canco Gordo hacia arriba, descubrimos la magia de la Sierra y también otras cumbres y otros horizontes. Nos lleva cerca del cielo, nos posa más allá de las fronteras.
A Jose y a mi, nos da para recorrerlo en dos jornadas. La Sierra de la Cabrera ha ideado sus cumbres para disfrutar de las jaras, de las rocas, de las aves y de la vida que es misterio y futuro.
Javier Agra.

domingo, 6 de septiembre de 2009

ANAYET (II)

Esta imagen, amigo lector, que aquí dejo para tu contemplación, es una Oda a la vida. Culebrea el camino por la derecha, siempre en ascenso feliz camino de los Llanos de Anayet, que están tras esa loma y justamente, en este punto, el futuro está más escondido. ¡Estamos llegando a la amplitud de visión y no vemos, estamos en la esperanza! Verdes y ocres, pradera y piedra reciben el agua al unísono. Y los montañeros ascienden, llanto y sonrisa, pues el Anayet espera.
Hemos dejado las mochilas junto a una piedra en el Collado Rojo. Ahora continuamos a pie por estas zonas de trepe y precaución. Tras un breve pedregal está la cadena que nos ayudará a subir a la montaña - seguramente sin un firme punto de apoyo no hubiera sido posible para nuestras solas fuerzas y nuestra pericia más bien escasa -. La montaña tiene multitud de aspectos, colores, pasos, diversiones, esperanzas, sueños... Recréate en la foto de este paisaje - instantánea que Jose pone en esta página y ambos guardamos en la retina y en el alma ya para siempre -. En la montaña se puede dejar la mochila durante un tiempo largo, para recogerla al regresar. Todavía es un espacio de confianza. A nuestro regreso, otros montañeros también habían dejado sus macutos y algunos bastones de paseo, allí estarían cuando cada uno vuelva a por sus cosas. La montaña tiene las puertas abiertas y el espíritu musical.


La cumbre con el Midi d'Ossau al fondo. Manopla que calienta las manos de la tierra. Cabeza de animal marino asomado a la tierra en busca del aire que junta la vida con la esperanza. El camino, con frecuencia, es largo y fatigoso. Pero la cumbre es descanso. Merece la pena la lucha: arriba brilla el sol de la promesa. Aquí tocaremos nuestras arpas, porque nuestro aliento estaba en el polvo pero nuestra amargura se volvió paz. Y nacerán nuevas cumbres ante la vista y sabrás que no estás solo porque acaso encuentras otro compañero que te fotografía el momento, acaso está el que te dice el nombre de alguna montaña, acaso quien te cuenta un chascarrillo sobre un pueblo de la zona. ¡La cumbre, eternidad cercana!


Desde el Anayet - Jose te podrá decir todos los nombres que se ven en derredor - están lejanos: La Gran Facha, Los Picos del Infierno, El Vignemale, el Garmo Negro... y multitud de picos cuyo nombre se me han evaporado en la memoria y quedan haciendo poso en el recuerdo de esta jornada de sueño, iniciada en una diminuta tienda de campaña y terminada en la cumbre del Anayet con los ojos verdes de naturaleza y azules de sol y tierra.

Javier Agra.


sábado, 5 de septiembre de 2009

ANAYET (I)

¡Este lugar tiene foto! De modo que hacemos una breve pausa y el cámara hace su trabajo con la cámara. Aquí queda, para siempre inmortalizado este espacio del Pirineo camino del Pico Anayet hacia el que emprendimos la marcha muy de mañana entre estrellas y brotes de luz - ese momento de magia en que el sol aún es promesa y no llega a flor -. Dejamos, en silencio, el Camping Escarra, carretera de Formigal: diré como dato - pues aún lo recuerdo con nitidez - que se deja el coche en el aparcamiento Anayet (mapas y libros lo llaman el corral de las mulas, nombre poético y es este caso inservible) -.
Dejamos atrás las instalaciones dedicadas a la práctica de esquí invernal y, metidos en el G.R. 11, entonamos melodías con el arroyo Culibillas. Los nombres, no pocas veces, acompañan al despiste: es frecuente encontrarse un arroyo con más agua que un río en Castilla. ¡La palabra tiene tantos límites! El valle es una amplitud para atreverse a ensanchar el corazón hasta lo ilimitado; el sendero nos marca la subida, aún muy suave, con un giro de noventa grados hacia la derecha por detrás de la punta de la Garganta. Estamos metidos en un valle donde el sosiego es compañero de las plantas, donde la esperanza pone luz al firmamento. A nuestra izquierda el Pico Culibillas y las Arroyetas.
Este valle lo dejo aquí marcado en la primera de las fotos. Acaso puedas admirar la intensidad del aire, la armonía del corazón o la calma del espíritu - añade además, amigo lector, un juego de marmotas saltarinas que nos encontramos a esas horas del incipiente sol y tendrás el paisaje completo; acaso te falte únicamente, pasearlo con sus olores y sonidos -.
Entre hermosura de valles y arroyos subimos a los llanos da Anayet. Desde aquí la vista se dilata, hemos ganado altura y el valle se hace pradera e ibones, cumbres alejadas y picos nuevos. La vista se hace sonrisa y la fatiga carcajada. Ante nosotros el Collado Rojo, a su izquierda el Vértice y a la derecha el Pico Anayet. Aquí nos separamos de la ruta del G.R. que comienza su descenso por la canal Roya hacia el Valle de Canfranc. Nuestra meta es la cumbre ¡El Anayet! con sus pelos encrestados hacia el cielo.


El paseo ha sido, hasta aquí, relajado y ameno. Magnífico para un día de descanso en el Pirineo. Ahora comienza un tramo de mayor dificultad con esta pendiente y paso, según indican los libros, de segundo grado. Nosotros - y otros muchos montañeros - lo podemos pasar sin dificultad porque algún organismo aragonés ha colocado una serie de cadenas a las que nos vamos sujetando; atravesamos como si estuviera el mismísimo Caronte con su barca para llevarnos en musical paseo a la otra orilla. Aquí también hizo Jose varias fotos. Coloco ésta tomada de Komando Kroketa - quienes tienen un magnífico Blog de montañas y otras aventuras, a ellos agradecemos la gentileza de la imagen y las descripciones de muchas excursiones -.

Es verdad que nos queda la chimenea con sus pasos de primer grado y el misterio de la cima invisible hasta que no se da el último paso, casi hasta poner las manos en el montón de piedra que lo señala.


¡También hoy hemos coronado! Y nos proclamamos emperadores de nuestro esfuerzo. Por eso, creo yo, en las fotos de cumbre salimos siempre como majestuosos caballeros medievales sin rival. ¿No estamos por encima de las más elevadas cumbres? ¿No superamos en altura a las mismas águilas que pasan asombradas de descubrir que unos humanos han volado más alto que ellas mismas?

El Anayet es un paseo muy agradable. No exento de sudor y trabajo. Donde el tiempo se pierde en la mirada; donde las fronteras - España y Francia se confunden - entre las personas y los colores de la tierra ya no existen. La magia del agua empapa por igual al césped y al pedregal. El Anayet tiene el corazón sin fronteras.

Javier Agra.




sábado, 29 de agosto de 2009

PEÑA TELERA (II)

Jose y este escritor de recuerdos y sueños, habíamos pasado la mañana en la reserva natural de Lacuniacha - dicen que debe su nombre a una primitiva laguna que estaba asentada en esa parte del monte; el tiempo y las gentes se encargaron de ir variando el vocablo, lo mismo que varían tantos asuntos de la vida; vino a quedarse con ese mágico nombre; eso dicen -. Pretendíamos caminar unas horas antes de emprender la aventura del Telera. Desde allí conseguimos esta fotografía, para ir colocando en nuestro espíritu el hermoso paraje del día siguiente. Hicimos más fotos; pero el espacio, igual que el tiempo, son categorías limitadas... seguramente nuestra vida esté más allá de esas categorías sin las que nos resulta difícil coordinar el pensamiento... Seguramente nuestra vida está incluso más allá de esas montañas soñadas y, solamente en breves ocasiones, visitadas.

Por la tarde llegamos al Refugio del Telera - momento que perpetuó Jose en esta instantánea que aquí adjunto -. Es verdad que el deseo de los humanos es la perpetuación de la existencia, más allá incluso de estos limitados refugios que nos dan cobijo por un tiempo más o menos breve. En esas dudas se mueven nuestros pasos mientras vamos escalando las montañas de la vida, con más o menos acierto. Y vamos haciendo etapas... y vamos poniendo la tienda en diversos paisajes... y vamos deseosos de encontrar nuestra cumbre... paso a paso más allá de la estrechez de nuestros diminutos valles.

Después vendría la ascensión al Telera. Bella subida para el disfrute del espíritu - que hace olvidar el sudor del cuerpo, el fuego de la respiración, las goteras que empapan los ojos y la boca - donde el mundo se hace eterno en cada matojo y en cada nueva pisada. A veces la ascensión se muda en asunción, pues nos necesitamos unos a otros y nos tenemos que dar la mano para ir juntos hacia la voluntad de ser más personas, como en este pedregal en que estamos metidos Jose y yo antes de coronar el Collado de Cabichirizas. Nos tenemos que asumir el uno al otro, pasarnos los ánimos y el ritmo, mientras el esfuerzo nos impide la palabra: trescientos sesenta y cinco metros de respiración compartida con las nubes bajo el cielo y con la piedra bajo nuestras pisadas. Llamemos pues, asunción, a nuestra ascensión: pero llegamos. Y superamos el paso horizontal y los trepes y todas las dificultades.



Y aquí estamos, contemplando los edelweiss. (La foto es distinta del anterior escrito, puedes jugar amigo lector, a buscar las diferencias). Lo mejor sería que aquí, de nuevo hiciera silencio y contemplara. Silencio. La vida se me hace ruido en las quebradas del cerebro y no es fácil regresar al llanto de la infancia, al silencio de la noche estrellada. Silencio. La respiración de los edelweiss y el rumor de una fuente de agua. Silencio.



Silencio. La cumbre aguarda. Como espera el mar a las serenas aguas, igual que espera al caudaloso río y al ruidoso torrente y a las gotas de lluvia y al vapor sofocado. La cumbre aguarda. Silencio. Asciende y calla.

Javier Agra.


jueves, 27 de agosto de 2009

PEÑA TELERA (I)


Muchos montañeros comienzan la ascensión desde Lacuniacha - hermosa área de interpretación de la naturaleza, con animales en mayor libertad que un zoo convencional, donde también se puede ver una gran profusión de vegetación -. Nosotros, que habíamos guardado en nuestras retinas esta imagen de la Corona del Mallo, Cabichirizas o Peña Parda y Peña Telera desde el pueblo de Piedrafita, pensamos que sería más prudente hacer una noche en el refugio Telera. Allí nos fuimos al caer el sol, con la mochila y su desmesurado peso, pues a la alimentación de la subida añadimos la cena y el desayuno.
La noche en el refugio es de ensueño. Las vacas se había ido y llegaron los franceses - éstos absolutamente pacíficos, sin otras guerras que recorrer el Pirineo -. Con el grupo de cinco jóvenes compartimos una velada de estrellas bajo el cielo y lumbre en el interior del refugio. Dormir sobre la piedra no es tan reconfortante, pero así nos encontró la claridad de la aurora.
Con sigilo comenzamos a caminar.
El cercano ibón - con muro para retención del agua - da paso a la ascensión inminente. Breve roquedal, verdes pinos y los primeros rayos del sol antes de ponernos la crema protectora y ascender por un sosegado prado que termina, abruptamente y sin concesiones en un ascenso de trecientos sesenta y cinco metros de piedra suelta.
Allí comenzó nuestra agonía. Allí las pisadas sin final se multiplican. Paso a paso y el pie que retrocede. Nuevo esfuerzo. Corre el tiempo en el mundo de los relojes y nunca llega el collado donde terminará ¡quién sabe cuándo! este penar lastimoso de piedra suelta. Miramos hacia el horizonte: descubrimos, trecho a trecho, nuevos picos a los que ponemos nombre. Miramos hacia la cumbre: Allá arriba está la cima del Telera ¿llegaremos? ¿alcanzaremos el collado ahora oculto por el mismo desnivel que estamos superando?
Arriba. Unos pasos más y llegamos al Collado de Cabichirizas. Unos metros, muy pocos antes de llegar, es mejor tomar el sendero de la derecha hacia el Collado; su salida es segura. Al regresar coincidimos, los dos montañeros, en que estos trescientos sesenta y cinco metros son la mayor defensa que opone la ascensión a Peña Telera.
Desde aquí, la subida se hace vivamente divertida. Entramos en el paso horizontal que bordea el Cabichirizas o Peña Parda. Es un paso expuesto pero solazado; con cuidado ¡siempre es necesario ser cuidadosos con la montaña! La vista y el gusto por la vida ganan en armonía melodiosa; desde este silencio participamos en una composición musical sin límtes; desde estos pasos podrían nacer libros de la poesía más pura; estamos en la montaña inmensa y en las entrañas mismas del llanto; lo sublime se hace respiración y latido.


Aquí dejo una foto del paso horizontal, que sacó Jose - como todas - mientras accedíamos desde el Collado de Cabichirizas.
Así, soñando infinitos, nos hemos metido en la zona de trepe. Otra variación que hace la marcha divertida y creadora. Dos pasos de primer grado y salimos a nuestra izquierda, una señal del camino nos lo indica. Hacia arriba, siempre el límite está más arriba. Llegamos al siguiente collado, con un pequeño valle y, aún sima, donde la piedra suelta parece ser el único habitante. Continuamos hacia la cumbre por un sendero que sale a la derecha.
En este tramo del camino guardamos silencio. Ahora canta la naturaleza. Escondidas, en pequeños y escasos manojos, hemos descubierto edelweiss. Yo nunca los había visto. Nos paramos y respiramos al mismo tiempo que la flor del enamorado Pirineo.



La cumbre. Peña Telera nos asoma a una inmensidad de paisaje y mundo sin fronteras. Peña Telera, la cumbre que tiene mil variantes en el sentimiento del montañero, la cumbre que es resumen del misterio. Aquí está Jose, en la cumbre, - semblante victorioso - abrazado al vértice geodésico.

Javier Agra.

martes, 25 de agosto de 2009

PEÑA COLLARADA (II)


Llegar a la cumbre.
Han pasado seis horas, siempre esperando este momento. Y antes, varios meses soñando este instante. Sin embargo, cada paso en nuestro ascenso es hermoso por él mismo, un paso más arriba va dejando la desgana y el abatimiento a nuestra espalda. Arriba la recompensa: vista inmensa del Pirineo. Reconozco el Vignemale, la Pala de Bucuesa, el Ibón de Ip. Y tantos nombres que hacen de esta tierra una inmensa cumbre, un eterno valle, un surtidor de aguas. Todo, desde la altura, está más cercano y se acaricia con la mano. Han desaparecido las fronteras: el aire pasa libre entre el vuelo de las águilas.

He aprendido los nombres de las montañas de la mano de Jose, mi padre montañero: desde la papilla del Guadarrama hasta el cocido del Pirineo, todos los nombres son suyos y suyos todos los senderos. Siguiendo la punta de sus dedos he visto la inmensidad de la montaña y la ternura del cielo. A lo lejos, en otra dirección siempre desde la cumbre, se levantan desde el Bisaurín hasta el Anie sobre la tierra verde y parda, más allá de las selvas y las torrenteras.
Es muy grande la montaña del Collarada. Dentro de ella caben cuevas inóspitas e inexploradas, junto a otras preparadas para el turismo. Nosotros visitamos la de las Güixas con sus espeleotemas calizos. Dicen que por una de sus bocas entraban las brujas en sus vuelos para los aquelarres secretos en las noches de tormenta.

Me vienen al recuerdo - o acaso sueño - otras cuevas que he recorrido en mis años de sosiego e impaciencia. Y siempre saludo, cuando el sol deja paso a la tiniebla de los túneles bajo la tierra, a mi padre y aquellos mineros del carbón que veía siempre en tonos negros cuando se ponía el sol. Recuerdo - o acaso sueño - aquellas minas de las montañas viejas de León, en las que el tiempo se interrumpía cada otoño para impedir a los mineros volver a ver el sol hasta avanzada la siguiente primavera. Recuerdo - o acaso sueño - que una vez al año, allá por septiembre, llegábamos las familias de los mineros a cargar un carro de carbón por gentileza de los dueños de las minas. Recuerdo - o acaso sueño - ... pero esa es otra historia.
El Collarada debe su nombre, dicen, a que está rodeado, donde arranca la mole rocosa de su cumbre, de un collar de majestuosa elegancia. Tal parece desde lejos y aún desde más cerca. Sobre estas líneas, una foto tomada desde el Llano de la Fuente. Hemos de superar este circo de piedra y ascender algo más de cuatrocientos metros. ¡No importa el tiempo! El Collarada espera. Entre luces y sombras, con múltiples colores, el Collarada espera. ¿Esta foto - medito - es del Collarada o está tomada de la vida?
La bajada, en la zona rocosa también tiene su entretenimiento. La montaña ya no emplea su fuerza para frenar las pisadas y nos deja deslizarnos sin freno. ¡Ahora si te rompes la cerviz, es cosa tuya! - parece decir en cada resbalón de la piedra suelta. Luego, cuando lleguemos de nuevo al refugio de la Trapa, nos comeremos el final de los cereales con el último trago de agua, a la sombra del pino que regenta una mesa con asientos y los cede, gratuitamente, a quienes vuelven de abrazar la cresta del Collarada.
Javier Agra.


domingo, 23 de agosto de 2009

PEÑA COLLARADA (I)

¡Ya hemos llegado! ¿Dónde está la fatiga? En la cumbre nos acompaña la esperanza. ¡Que guapo se ve, al fondo, el Midí d'Ossau!



Más allá de la piedra suelta y sus soledades, brilla el Collarada. ¡Mira a la cumbre y camina!


Vista del Collarada desde Villanúa. ¡Inmenso Collarada, tu abrazo nos unirá a toda la tierra!

El viaje al Pirineo dos mil nueve comienza con el sol cálido entre breves suspiros del aíre. Estamos en las tierras de Aragón respirando el Collarada. Mañana, cuando la luna prepare el equipaje para irse, nosotros cargaremos la mochila para comenzar el ascenso al Collarada.
Hemos sacado con antelación el permiso del Ayuntamiento de Villanúa, para transitar por la pista del Collarada. Hasta las ocho no nos permiten entrar, por eso hemos previsto desayunar ante la barrera, para arrancar, pista adelante, cuando sea la hora: el colacao reciente y la fruta cálida nos dan entusiasmo en el inicio. La pista tiene el suelo complicado para el coche. Lentamente llegados al refugio de la Espata, en los llanos de Güeys. Mientras nos calzamos las botas nos asombramos de la hermosura que nos rodea - el Pirineo es asombro y sudor, belleza y montaña -.
A pie continuamos por la pista, los pinos caminan a nuestro lado - ahora un poco más despacio que cuando viajábamos con el coche - y nos van contando las novedades de la noche. Un corzo pasó corriendo; en este prado las vacas se mostraron más inquietas, acaso por el constante trasiego de las águilas que esta noche se dieron un festín especial con no se qué animal muerto; el rocío hizo estornudar a una marmota y todas explosionaron en carcajadas; el resto fue silencio, noche tranquila y pausada, hasta que entrásteis los humanos. Seguramente por eso, para no romper el misterio de los pinos y la noche en el Pirineo, Jose y yo caminamos en silencio hasta el refugio y fuente de la Trapa.
En este punto comienza la subida. El camino es claro, prado arriba, hasta que nos mete en una senda de medio trepe donde es mejor fijarse en las señales blancas y amarillas, que enseguida nos sacan del canal por su derecha. Es mejor fijarse en las señales, en la montaña y en la vida; mirar el conjunto y observar, paso paso en la distancia; yo, que caminaba sin otro rumbo que la cima, seguí el corte tubo arriba y salí por cualquier parte entre arañazos y peligros. Es mejor fijarse en las señales, por eso Jose llegó por el camino sensato - y con él los tres franceses con quienes coincidiríamos en otros momentos de la subida - hasta que nos reencontramos pasados los farallones de piedra, en medio de otro plácido paseo de prados - cerca ya del maltrecho refugio del Trapal - hasta el Llano de la Fuente, con la charca seca de Los Campanales.
¡Qué grandiosa amplitud tiene la montaña del Collarada! Pasados los anteriores farallones se ve su cumbre, lejana y solemne; inmensa y potente; a nuestro alrededor todo es montaña y prado verde, todo pertenece a la cumbre lejana del Collarada. Nuestro esfuerzo y nuestro paso lo agigantan. Ahora, sentados sobre un roca en el Llano de la Fuente, dudamos si fueron las horas que llevamos caminando o acaso sea que la cumbre ha bajado, poco a poco, hasta nosotros.
A esta altura, somos varios los grupos de visitantes. Unos entran en el pedregal por la derecha, otros por la izquierda. Es el momento de la verdad. Lumbre en el cielo y piedra bajo nuestro caminar. Ahora es momento de apagar los relojes, el caminar será más lento y es mejor no medir el tiempo en segundos: ahora el tiempo lo marca la lentitud de la constancia, cada paso y cada respiración es un brillo de esperanza. Camino... me siento... avanzo... respiro... sigo y miro al cielo... sudor y pasos... La sima allá abajo, más arriba las hermosas cumbres de los Campanales... si en Italia están felices de sus campaniles, nosotros tenemos la música asombrada de los Campanales... que nos empuja... otro paso...
Terminamos el pedregal. Tocan los últimos ochenta metros de chimenea y trepe. Mezcla de piedra y uñas nos permiten llegar a la cumbre: dos mil ochocientos ochenta y tres metros de altitud son una atalaya de visión inmensa, el horizonte se agranda, hasta las montañas del Pirineo son traslúcidas y vemos más allá, sobre otras cimas; palpitaciones de muchos corazones sobre las cumbres lejanas llenan el futuro de risas y triunfo. Paso a paso hemos alcanzado un desnivel de mil doscientos metros, todos pertenecen a la tierra y al esfuerzo.
Cuando volvemos al coche han pasado doce horas en los relojes de la tierra. Pero ha pasado una vida y sus ilusiones en nuestros corazones.
Javier Agra.

martes, 4 de agosto de 2009

MESA DE LOS TRES REYES

En la Cumbre de la Mesa de los Tres Reyes, abrazamos la escultura de San Francisaco Javier. Está caída con una inmensa roca, fortaleza del tiempo y esperanza de la historia.
Los gnomos del hayedo se han llevado a los ciervos de la noche dejando senderos de rocío. Desperezan los pájaros entre los colores de la aurora del Pirineo. En el refugio de Linza suenan los primeros pasos de los que enseguida seremos montañeros, hoy nos hemos levantado los primeros - ahora que están deseando terminar su jornada los trabajadores de la noche; cuando los panaderos han amasado una buena cantidad de harina y levadura; los mineros dan inquietos las últimas vueltas en su cama; los estudiantes vuelven de fiesta... ¿acaso solamente los humanos vivimos sin horario? ¿acaso damos la espalda a la naturaleza? -.
El desayuno compartido llega a su fin. La mochila. Los buenos deseos y el camino que comienza bajo nuestros pies. Esta mañana el cielo se ha puesto su traje azul. ¡Cómo nos gusta el azul pintado de rosicler al comenzar la marcha! Salimos hacia La Mesa de los Tres Reyes: cuatro mochilas, cuatro bastones, cuatro sonrisas y cuatro latidos, puntos cardinales de una misma ilusión. En el recuerdo el torrente de agua y la niebla intransitable del anterior verano, cuando pudimos conversar con el espíritu de los Tres Reyes y no vimos la cumbre de su mesa.
Junio amanece en verde y azul; el brillo de las vacas y el espejo de las rocas nos acompañan monte arriba hasta los primeros neveros cuando bordeamos la loma del Sobrante; monte arriba, lumbre y sudor nuestras espaldas, el aire se enfurece - imposible intentar sujetar la gorra sobre la cabeza -; monte arriba, baile de prados y hierbas - ¿cómo consiguen mantener las aves el rumbo de su vuelo? -.
El Collado de Linza nos muestra la majestad de los Tres Reyes, allá lejos, entre nieblas y con mechones blancos de nieve nueva y antigua. Allá lejos caminaremos - si el vendaval nos da una tregua -. ¡Se distingue tan bien la Mesa y pegado a él está sereno el Pico Table!, el Petrechema...

Los cuatro expedicionarios, una vez en la cumbre, también contemplamos la maqueta del Castillo de Javier.
Una suave bajada nos ha metido de lleno en la Hoya Solana, aquí tendremos para caminar un buen trecho. Amaina el viento, la mañana se hace cálido sol; otros montañeros nos pasan y nosotros, viento a proa, los ojos fijos en la meta; llegan las nubes y conversamos con ellas:
- ¿Estáis de paso?
- Más tarde lo sabréis.
- ¿Traéis agua?
- Nuestra capa es blanca y riñe con el viento.
Acertijos para entretener el espíritu activo y ahuyentar la fatiga mientras nos sentamos a beber de la cantimplora y a comer una barrita energética. Han pasado varias horas. Nos admiramos de las formaciones cársticas por las que pasamos al salir, por un remonte calizo, de la Hoya Solana un rato antes de llegar al Collado de Budogia.
La nieve ha tomado al asalto lo que acaso en otra época fueron caminos pausados; largas lenguas de nieve han ido haciendo casa año tras año y a nosotros, viajeros ocasionales, nos desplaza por un camino de rocas muy poco señalado; la niebla se acerca, con su capa fría, a saludarnos. Los cuatro montañeros nos miramos serios:
- Opone resistencia la montaña: feroz viento; amplios caminos en nieve; niebla áspera; ¿que otras armas guarda la montaña? - pregunta Jose.
- No hemos venido desde Valladolid para retirarnos por semejantes bravatas - sentencia Jose (el que viene a acompañarnos desde Valladolid)
- Quiero peinar la cabellera de la montaña - añade Elisa, valiente y decidida.
Y yo musito un verso de Machado para no tener que sentir el frio en mis pestañas.
¿Quien piensa en una retirada? ¡Vamos, siempre hacia la cumbre más alta!
¡Por aquííí...! ¡Subid por aquí! Tres montañeros están atacando la cumbre y nos señalan el camino más acertado. Arriba, sobre la roca más alta, respiramos emoción acompasados a las cumbres cercanas. Parabienes mutuos, saludos compartidos con otros montañeros, la felicidad explota en hurras de conquista. Hoy somos más espíritu y más tierra, más agua y vegetal, somos momento y eternidad.


Desde el Collado de Linza divisamos, por primera vez, la Mesa de los Tres Reyes en toda su inmensidad. A su lado, el Pico Table.
La vuelta. Sonrisa y calma. Muy pronto una parada para la comida. A nuestro lado se posan los pájaros: han aprendido que cuando nos levantemos queda para ellos un alimento no trabajado. Entendemos su propuesta y dejamos migas de nuestros panes, para ser parte de la tierra conviene compartir con la tierra.
El sol regresa a visitarnos, nos acompañará toda la vuelta, cuando estamos terminando los neveros al otro lado de la zona cárstica previos a la Hoya Solana. El tejado del refugio. La ducha y la ropa limpia. Hoy hemos saludado, con tiempo y con recogimiento, a la Mesa de los Tres Reyes.
Javier Agra.

lunes, 27 de julio de 2009

SIERRA DEL QUINTANAR

Ana y Jose en la cumbre de la Majada Pielera, el punto más alto de la Sierra del Quintanar. 2004 metros

Trasto dice que ya esperó suficiente para salir en la foto. Pipa, sueña que ¡por fin! la dejan sentarse un rato. Es la ventaja que le ve a las fotografías: mientras posa no tiene que caminar.

Amanece en Guadarrama. La Mujer Muerta comienza a desmorirse con los rayos primeros de este caliente julio. Comienza a desmorirse, porque si nosotros nos desvivimos también nos desmorimos; nos percatamos de la soledad y la tristeza y entonces saltamos hacia el futuro y, con lento caminar, nos vamos desmuriendo de la angustia. Como la Mujer Muerta este amanecer. Se despereza en el momento en que aparcamos el coche en la antigua carretera de Segovia, pasado el kilómetro ochenta y uno.
Nosotros no la vemos espurrirse, porque nos ocupamos de las botas y los perros; de la encina que abre para nosotros sus brazos. Pero con el primer sol la Mujer muerta se desmuere poco a poco y el eíre se envuelve del vaho que nace de su respiración de colosa. Guadarrama lumisoso, cuánta nostalgia encierran tus cumbres y los brillos de tus laderas.

Unas breves curvas nos sitúan sobre la vieja cañada real soriana. Una puerta - como en los misterios de las novelas - y al fondo una granja. Vamos, allí comienzan las señales del G.R. 88. Unos ciclistas nos sonrien y nos adelantan entre el sudor y el casco cuando comenzamos el sinuoso ascenso por el pinar: su sombra nos acompaña hasta el Portachuelo. Después vendrán las fuentes: las dos primeras con su caño de agua. Pipa y Trasto las disfrutan y las agradecen con inmensos lametones y con revolcones en los diminutos arroyos que desde ellas nacen; ¿o será que también el agua ayuda a desmorir? Porque antes de las fuentes su caminar es quedo y lánguido, con el agua saltan y hasta el morro ha adquirido otro brillo.

En las vegas del Portachuelo pacen emjambres de vacas. Las vacas cada día también se viven y se multiplican: en leche, en alimento, hasta en sustrato de abono para la tierra. Desde esta altura, con el sol sobre sus lomos, tienen colores de ilusión, pues hemos visto vacas azules y rojas. Trasto, inquieto y audaz, las ve de cerca: Trasto en un perrro joven que a esta sierra nos acompaña. Ana, que vive en casa de Trasto - igual que Jose vive en la de Munia y a mi me deja Pipa vivir en su casa -, le llama y asegura que no son perros crecidos, que tienen peligro en sus cuernos y en sus patas.
El Puerto de Pasapán.
Seguimos nuestro camino, monte arriba hacia la Sierra del Quintanar. Poco a poco, desde nuestra altura, vemos lejana la altura de la Mujer Muerta - ahora ya hace rato que ha desmuerto totalmente, ahora ya está viva y seguramente conversando con los viajeros que han pasado a visitarla enta mañana -. Poco a poco hemos llegado a la cima donde antaño construyeron un refugio, permanece la caseta con su construcción primera y su respiración pausada: el tiempo tiene la respiración pausada para mover los inmensos pulmones de sus cumbres, de sus mares, de sus frondodo valles y las misteriosas selvas. Seguimos hasta la Majada Pielera después de una subida superior a los ochocientos metros de desnivel. Allí le pedimos tiempo al tiempo - nos lo concede sin dudarlo -.
Comida entre los pinos y los matojos.
Hemos terminado el agua.
Nos queda el sosiego.
Pipa y Trasto dormitan a la sombra.
Segovia aquí mismo, Madrid detrás de aquellas sierras y el mundo en cada respiración.
Entre hipotenusas y atajos estamos quitando las botas a la sombra de la encina. Han pasado siete horas y media: Trasto y Pipa descansan sobre al asfalto fresco, bajo la sonrisa de la encina. Sobre nosotros sestea silenciosa la Mujer Dormida, ya no está muerta.
Javier Agra.




lunes, 20 de julio de 2009

PEÑÍSCOLA DEL MAR


Peñíscola. Las olas serenas de la playa sur traen conversaciones de otros tiempos, de lugares mágicos, susurros de la sierra de Irta. ¡Viaja por el mar! ¡Viaja...! ¡Los sueños son billetes de ida y, acaso, de vuelta! Está bien, no insistas. Ya calzo las zapatillas de caminar ¡Ay, como se quejarán tus pies de esta suela de goma con que los proteges del suelo! Es lo que tengo, pero he de salir. ¡Crema protectora, que ya es tarde! Lo se, no insistas, pero estaba nadando cogido al mar en el baño inicial de la mañana.

He cruzado Peñíscola; la nueva, la que está en la lengua que otrora fuera mar; en algún comercio adquirí dos manzanas y una barra de pan - el agua ya la había previsto antes de comenzar -; he bordeado la playa norte; inclinada la cabeza le pedí una bendición al papa Luna - su espíritu estaba asomado a las altas azoteas del castillo, estudiando el anigma de la verdad -. El camino que sale hacia el mar, en la primera cala que se llama, creo, Puerto Azul: he llegado al mar. Ahora buscaré las señales de pequeño recorrido, más por costumbre que por necesidad, pues es continuar siempre adelante lo más pegado que pueda al mar.

A la derecha la sierra de Irta y los acantilados sin edificar, a la izquiera los latidos de la mar. A partir de ahora converso con dos gaviotas que se niegan a saltar al agua cuando paso con la respitación sudorosa. Hacen bien, ellas llevan siglos pegadas a esta roca mirando al mar, yo soy el intruso. Las gaviotas, generosas me señalan el camino: siempre hacia el más allá. Y yo, que las respeto porque son amigas de la tierra y del mar, les saludo quitándome la gorra y vuelvo a mi viaje.

Las calas retuercen el mar en caricias de sosiego. Cala Ordí y mi paseo continúa lento, seguramente contagiado de la calma del mar; cala Arjub, arena y cielo en lento diálogo, el tiempo ha perdido los relojes y se olvidó de contar los instantes del tic-tac. Termino la segunda manzana y entrego el corazónal mar - el de la manzana, el mio hace tiempo que lo tiene ya -. Pasan coches, tres ciclistas y algún despistado bañista que busca la soledad: me saludan, respondo ausente porque estoy conversando con el mar.

La cala Volante. Piedras sin olas, azul y verde son los colores del cielo y del mar. Aquí me puedo bañar sin ropa, es más cómodo que vaciar los bolsillos. Me había olvidado del sol, él mismo me lo quiere recordar cuando me percato del sudor y el fuego sobre la espalda. El baño ha sido breve, pero suficiente pues el cuerpo - del que hace tiempo permanozco ausente - está relajado y dispuesto a continuar.

Con la gorra húmeda de agua del mar, me separo de la costa. La Torre Abadum me espera más allá; hace tiempo que estaba saludando y yo sin enterarme de sus señales. Ladera arriba, seguro que no hece mucho pasó por aquí mismo otro viajero solitario con la mente volando entre los aíres salados de Peñíscola, ahora perdida y lejana como si nunca habiera estado en el inicio del camino. Amplio sendero de tierra aplastada, sendero para acoger pisadas y neumáticos. Despacio, ya veo el mirador anterio a La Torre Abadum. Me dentengo, el mismo mar de palabras suaves que hace un rato tenía entre mis manos está ahora suspirando acantilados, pequeña vegetación y algún pino que estará planeando cómo traer hasta la playa a los pinos del interior, para que respiren el mar.

Torre Abadum - mitad sierra, mitad agua - con el tiempo hecho siglos no ha podido olvidar que un día fue torro vijía árabe. Y continúa allí - orgullosa de sierra y mar - setenta metros por encima del agua como un gigantón sin tiempo. Inmovil, a pesar de las lluvias y los vientos, esperando estas horas de la tarde recién estrenada para darme una breve sombra donde pueda respirar oxígeno y sal antes de comenzar el regreso. Mis pasos adelantan siglos y, desde la pasada historia, van despertando al presente cuando vuelvo al asfalto del pueblo en su parte que otrora fuera lengua del mar.

Javier Agra.