martes, 13 de junio de 2017

MONASTERIO DE SILOS: CLAUSTRO ROMÁNICO




Restos arqueológicos hablan ya del monasterio desde el siglo nueve. Mediado el siglo diez, el conde Fernán González dona un terreno al monasterio para que allí se pueda mantener una vida tranquila observando la Regla de San Benito. El año mil cuarenta llega Domingo Manso, procedente de San Millán de la Cogolla, desde entonces conocemos al Monasterio con el nombre de este santo abad, emprendedor y dinamizador de la doble columna que anima la religiosidad monástica y aún la vida humana en su conjunto: la reflexión profunda y constante, que para los creyentes se acostumbra llamar oración, y el trabajo como forma de construcción personal, social y de un mundo mejor. Es el conocido lema “ORA ET LABORA” que recuerda la tradición de los monasterios.

Claustro de Santo Domingo de Silos

El huésped pasea silencioso, muy despacio, cuidadoso de poner los pies en las pisadas donde reposan los pasos de miles de pisadas de historia que respira este claustro de catorce arcos en dos de sus lados y dieciséis arcos en los otros dos lados. El huésped se metamorfosea en monje del Medievo, su camisa es ahora hábito monacal entre la luz de colores del brillo de la piedra, escucha sonidos de la multitud de animales fabulosos y reales que cobran vida entre sus capiteles antiguos.

El arte tiene como privilegio no quedarse dormido en el tiempo. El arte es siempre vivo presente. El espectador del arte, de cualquier arte, actualiza la vida antigua. Hoy los capiteles del claustro de Santo Domingo de Silos hacen respirar a la piedra antigua para volar por el aire y saltar en los montes o nadar en algún lejano mar. El arte de la materia se transmite de espíritu a espíritu. El huésped, que pasea por el claustro, admira el pasado tiempo y lo devuelve a la vida, a la luz, a la naturaleza. Los capiteles salen de la piedra y vuelven a volar por los campos castellanos de donde los recuperaron artistas medievales.

El huésped pone sus pies sobre las huellas de pisadas antiguas.

Los cuatro ángulos del claustro bajo de Santo Domingo de Silos son una bella pedagogía de la historia de Jesús narrada en piedra y luz de amanecer cuando el huésped camina del asombro al misterio, de la poesía a la vida, de la música al universo entero, del siglo once al siglo veintiuno. El árbol de Jesé muestra la genealogía de Jesús y el capitel se une a la Anunciación de Gabriel a María, con a su coronación.

Capital pedagógico y ornamental con la muerte de Jesús en la cruz y el Descendimiento.

Camina el visitante, camina el huésped, camina el monje hasta el siguiente ángulo del claustro donde se expresa la muerte de Jesús en la cruz, con su Descendimiento; para unirlo con el capitel de la sepultura silenciosa y la resurrección de Cristo entre cánticos de gloria. Paso a paso, la luz de la tarde pinta de brillos nuevos el ángulo ante el que me detengo para admirar el conocidísimo episodio de la duda de Santo Tomás y su confesión de fe porque ha metido su puño en el costado de Cristo atravesado por la lanza de Longinos mientras lo demás apóstoles contemplan en respetuosa oración; el capital contiguo muestra a los dos discípulos que se dirigen a Emaús acompañados por Jesús a quien descubrirán como Cristo resucitado cuando partan el pan.

Los animales de los capiteles salen de la piedra y vuelan de nuevo por los campos castellanos, saltan por los cercanos montes, nadan por los mares lejanos.

La Ascensión del Señor se muestra en el cuarto ángulo del claustro y, con él, Pentecostés que da paso al tiempo de la Iglesia. Nuestra Señora de Marzo y el Cenotafio de Santo Domingo de Silos son dos majestuosas esculturas del siglo catorce que llenan de admiración devota y silenciosa a cuantos llegamos al claustro de Santo Domingo de Silos buscando sosiego y arte, vida y oración.

Además está el ciprés superviviente de los cuatro que se plantaron, está la fuente, los paseos entre el reducido huerto o jardín…

Javier Agra.