domingo, 25 de noviembre de 2018

POR TIERRAS DEL BIERZO: VALDIGLESIA, EL REGRESO


Desde la cumbre del Pico Valdiglesia las voladoras aves se nos quedan bajas, las nubes han desaparecido en la inmensidad del espacio, cimas y cumbres lejanas traen hasta nosotros sonidos de otras tierras, a esta altura de las montañas se diluyen las fronteras y el sonido de la brisa conversa en todos los idiomas con los montañeros que tienen el corazón conectado a la naturaleza entera.



Vista desde la cima del Pico Valdiglesia (Los nombres que aparecen sobre algunas cimas se los debemos a Jose, maestro de la montaña).

Hemos llegado al mojón señalizador por donde comenzaremos nuestro regreso; nos sentamos entre la naturaleza y el tiempo para comer nuestras viandas llenas de fortaleza y ensoñación. Iniciamos un descenso que sabemos largo pero mucho más breve en espacio y en tiempo de los que fue la subida. La vista atrás nos permite ver la belleza de la cima de Braña la Pena en una cascada de dientes de sierra, de monumental dentadura, de musicales órganos de piedra.


Vista de Braña la Pena.

La tarde avanza dilatando el espacio mientras los montañeros ganamos la breve subida hasta el Alto de los Grillos (también he visto que en alguna documentación escrita dicen “Alto de los Orillos”) así nos aseguraron en Salentinos que se debe nombrar y así lo nombro. Si alguna vez pasas por él, amable lector, acuérdate de hacer una parada pues la vista aquí llena de asombro y monumentalidad a los ojos, al corazón y aún al alma.


Vista del Pico Valdiglesia desde el descanso en el Alto de los Grillos. Ligeramente hacia la derecha está el punto más elevado, alguna fotografía aporté en la anterior entrada, con su buzón y su vértice geodésico. Unos metros antes del inicio rocoso de la izquierda está el amplio mojón que indica el comienzo de la bajada, parte de ella también está retratada.

Entre el gozo y la precaución de la bajada que se complica ligeramente, llegamos al Collado de Tierrafracio con su pequeña charca estacional. Los más fuertes pueden continuar por la cumbre hasta las cimas del Cernella y del Catoute. El Catoute es el pico más popular por esta zona, pues hasta hace pocas fechas tenía la categoría de máxima altura, además de estar bastante más cercano al pueblo.

Collado de Tierrafracio.

Nosotros encontramos una senda muy bien marcada que nos indica una bajada haciendo una diagonal hacia nuestra derecha. La marcha es plácida, la compañía agradable, el aire saludable, la paz abundosa…Así vamos descendiendo en amistosa conversación o en introspectivo silencio, llegamos a un bosque de abedules donde nos pareció conveniente hacer otra parada a la orilla del sonajero de un arroyo que por aquí merodea.

Picos Cernella y Catoute vistos desde el Alto de Los Grillos.

Poco más abajo llegamos a un abierto espacio de hierba, estamos en Campo la Veiga con un corral ruinoso y alguna maquinaria agrícola, con pesebres y abrevadero para el ganado. Aquí encontramos los postes con el camino que indica la subida al Pico Catoute. Un arroyuelo, un camino que es pista por donde pueden moverse los tractores… hemos bajado lo suficiente como para pensar que es cuestión de tiempo pero seguramente llegaremos a Salentinos sin más aventuras que narrar. Allá vemos la caseta y más lejos donde la curva se desplaza hasta el refugio de la Braña de Salentinos, el punto donde se cerrará el círculo de nuestra montaña de hoy.

Valle de Salentinos desde la Fuente de Las Chávanas.

Hemos cerrado el círculo. Una hora más de camino y llegamos al pueblo y al albergue. La amplitud de la montaña agranda el corazón, el esfuerzo de la jornada sosiega el espíritu, la respiración sintonizada con la naturaleza llena de entusiasmo la vida de los montañeros. Mañana afrontaremos otra jornada.

Javier Agra.  

jueves, 22 de noviembre de 2018

POR TIERRAS DEL BIERZO: PICO VALDIGLESIA (II)


Me había quedado en mi anterior descripción en el Chozo de las Murias, con sus paredes en ruinas y su salguero en el centro de las campas. No me he quedado por aquellos parajes las jornadas que han pasado desde aquella referida entrada en el BLOG hasta esta descripción que hoy retomo; son las diversas coyunturas, circunstancias que decía Ortega y Gasset que me acompañan; Unamuno añadiría que el “yo” mismo es una circunstancia de esta ajetreada y agónica vida, a la que Valle-Inclán describiría desde nuestra esperpéntica existencia… Cualquier día me sentaré a conversar de nuevo con estas personas de la generación del noventa y ocho, poetas filósofos, inconformistas luchadores, sensibles humanos.

Cumbre del Valdiglesia. Bien merece Jose encabezar esta crónica pues pensó la ruta, diseñó las jornadas y puso mucho empeño en su feliz término.

Desde las Campas de Las Murias, sube un sendero muy visible en diagonal hacia la izquierda por el que se llega a un amplio llano con lagunas estacionales ocupando diversas y pequeñas depresiones que se conocen como Lagunas de Las Murias. En la subida, una viga atravesada hace de muro de contención al agua de una fuente que así forma un pequeño embalse bien pensado como abrevadero de aves y animales. ¡Cómo cuida la naturaleza la vida de sus criaturas!

Estamos por el sendero de la cima camino del Pico Chao.

Ante los montañeros aparece una amplitud nueva, lomas y cumbres que ascienden como una espiral de montañas. Se paran las agujas del tiempo, respiran los momentos álgidos de la historia del mundo, canta el diminuto corazón las canciones inmensas de los corazones todos.

Delante se eleva el Collado de la Carranca. “Evitad subir hacia la izquierda, vuestra referencia siempre hacia el Collado tendiendo a la derecha” fueron las palabras con que Senén, el cuidador del Albergue, nos describió la ruta. El sendero se difumina y aún desaparece. “Ese es el Collado” nos decimos. Entre la vegetación y las graveras, con algún que otro trabajo llegamos a la senda cimera, dejamos atrás el Collado de la Carranca. Las vistas ya dan hacia nuevos horizontes y otras tierras, porque el viajar por la tierra ensancha los horizontes de la mente y del espíritu, enseñas otras posibilidades, otras lenguas… Entre la alegría y el sudor hacemos cumbre en el Pico Chao o Pico del Lago.

Cima del Pico Chao.

Un tenteenpie que ya es hora de almorzar. Las paradas se multiplican durante esta marcha, los montañeros queremos llegar y disfrutar de la marcha. Continuamos sendero adelante hacia el Pico Braña La Pena. Ya hace un rato que superamos los dos mil metros. Aún es necesario caminar un tiempo amplio entre vaguadas y ascensiones hasta avistar el asombroso Pico Valdiglesia. La línea cimera alivia la dura subida, llegamos a un amplio y contundente mojón de piedras que conviene fijar en la mente para el momento del regreso que será por diferente camino.

Cerca del Valdiglesia.

Cima del Valdiglesia.

¡Cumbre del Valdiglesia! En algún lugar he visto escrito Valdeiglesias con su buzón y su placa, con su vértice geodésico y el saludo al montañero. Dicen que estos dos mil ciento treinta y cinco metros es la mayor altura del Bierzo. ¡Aquí estamos! Contemplamos El Cornón, la zona de Peña Orniz, las Ubiñas, la Sierra de Villabandín, los cercanos picos Cernella y Catoute…

Diferentes cadenas de montaña, al fondo la Cordillera Cantábrica hasta Peña Ubiña.

El gozo de la montaña silencia los dolores de la vida, los felices saltos del alma se reúnen con el canto de las aves, con las carreras de los animales, con el cielo y con la tierra toda.

Iniciamos el regreso… pero eso dará para otra entrada…

Javier Agra.





viernes, 16 de noviembre de 2018

POR TIERRAS DEL BIERZO: PICO VALDIGLESIA (I)



La provincia de León tiene, fuera de Picos de Europa, más de doscientas cumbres que superan los dos mil metros de altitud. Jose y yo hemos subido hasta la cumbre de unos pocos. Estos días llegamos hasta la Sierra de Gistredo y queremos llegar a la cima más alta del Bierzo; aunque son diferentes las opiniones  sobre la montaña que ostenta ese rango, parece que el Valdiglesia se lleva la palma. Ciertamente es aún más popular el Catoute, pues hasta hace no muchas fechas parecía la cumbre más elevada. Los sistemas de medición, cada día más precisos, le otorgan unos metros más al Pico Valdiglesia (2135 metros).

Panorámica de nuestro Pico Valdiglesia. Antes están Pico Chao y Braña La Pena. La Fotografía está tomada después de dejar atrás el Chozo de las Murias.

Al final del sosegado y bello pueblo de Salentinos está el Albergue “La Cabaña del Trasgu” donde nos alojamos. Muy de mañana, cuando los gallos comienzan sus andanzas y los senderos apuntan ya la dirección de las pisadas, salimos hasta cruzar el puente sobre el río Salentinos caminando por un cuidado camino agrícola entre el rocío y los huertos.

Suena allá abajo el río Salentinos entre los abedules y los chopos. El sol del alba acuna con maternales dedos las cumbres sobre los Vildares y Las Fontaninas. El verde de la montaña se está pintando de palidez y brillos amarillos mientras caminamos superando las dos cancelas que impiden el paso de las vacas que pastan con sosiego lánguido por estos arrulladores paisajes. El arroyo de las Chávanas muestra la cárcava que en otras épocas del año forma su nombrada cascada; un poco más allá nos detenemos, estamos en la Fuente de Las Chávanas y queremos llenar las cantimploras.

La Fuente de las Chávanas es un buen lugar para llenar las cantimploras; esta parte de montaña seguramente tendrá agua más adelante y a más altura, pero sin fuente y tal vez para compartir con las vacas y otros animales.

Continuamos acercándonos hacia la cuenca final del valle del Arroyo de la Tejera o Salentino, que por ambos nombres se le conoce indistintamente. Se ensancha ahora en las praderas de La Braña de Salentinos donde cruzamos sobre el río en estos últimos años muy bien canalizado para uso agrícola y para fortuna de quienes nos adentramos en las entrañas de estas montañas. Un pequeño refugio, de una sola pieza con cocina y literas de madera, aguarda silente ser ocupado alguna noche por montañeros.

Interior del refugio de La Braña de Salentinos.

Inmediatamente superado el refugio, dejamos la senda más amplia en dirección hacia una cercana cabaña hasta perderse en el fondo del valle. Es el camino del Catoute, por el que nosotros regresaremos unas cuantas horas más tarde. Dejamos la amplia senda para subir montaña arriba por un sendero más estrecho pero igualmente muy bien trazado. Es el inicio de nuestra ascensión, lo notamos por el desnivel y porque el sol acaricia nuestro cogote y nuestra frente con una intensidad demasiado expresiva.

Disminuyen los pinos, aumentan los acebos, el suelo se puebla de matorral bajo y de hierba multiforme. Las vistas se hacen inmensas, los montañeros nos achicamos en esta grandiosidad de paisaje; podríamos decir que somos un matojo más entre la vegetación variada de estas montañas; en nuestro caminar podría parecer que son las lomas las que pasan a nuestro lado mientras los montañeros permanecemos inmóviles y admirados por esta solemnidad.

Los Griegos, La Fatirona… van quedando atrás mientras buscamos con nuestro paso los Altos de la Carranca…los abedules y los acebos pueblan la escarpada ladera de nuestra izquierda monte arriba entre el murmullo del agua. Llegamos al Chozo de las Murias.

El Chozo de las Murias conserva una pequeña y derruida construcción en medio de una pradera que parece de distinto paisaje al recorrido el resto de la jornada.

Continuaré el relato, que para esta página puede ser excesivamente larga la descripción.

Javier Agra.

domingo, 4 de noviembre de 2018

POR TIERRAS DEL BIERZO: SALENTINOS


Ya estoy jubilado. A veces tengo la tentación de pensar que mi futuro ya está en cada día que amanece y en la inminencia de cada momento. El gran proyecto de la vida ya pertenece a las generaciones más nuevas que han de construir sus proyectos personales y de grupo. Pero pienso que, mientras respiramos el aire de este mundo, participamos en su construcción y así también aportamos nuestro proyecto, acaso más inmediato, acaso con la finitud de cada día.

Cabaña del Trasgu, en Salentinos. Albergue que mantiene la construcción de piedra y pizarra. Un lugar magnífico para alojarse varios días. Senén y Nati atienden este refugio con cariñosa entraña.

Estas cosas se me venían a la cabeza mientras nos acercábamos a Salentinos, reposado pueblo y valle del Bierzo en León, inmóvil y siempre nuevo desde hace millones de años cuando los glaciares construían estos paisajes de los que disfrutamos hoy. Es muy nombrado el pico de Catoute, visitado por montañeros en tiempo de verano y visitado igualmente cuando la nieve cubre sus crestas. Jose y yo, que somos más de cielos abiertos en tiempos de sol y luz previa a las nevadas, hemos elegido estos días de final del verano para llegar hasta estas tierras.

En los amplios y silenciosos montes de Salentinos, exploramos acequias y naturaleza.

Además queremos subir al Pico Valdiglesia que tiene unos metros más de altura. Eso será mañana. Estamos alojados en la Cabaña del Trasgu regentada Senén y Nati, entrañable matrimonio que atiende a quienes allí nos hospedamos con cuidado y esmero de familia. La tarde la empleamos en visitar el monte, acompañados y guiados por Senén. Allí vimos la antigua conducción de agua para producir electricidad y alimentar regadíos; allí gozamos la soledad de los bosques de roble y abedul entretejidos con matorral de piorno y brezo; allí aprendimos a mirar a través de las cámaras las andanzas de los osos que abundan la zona a la sombras de altas cumbres y ocultos a la curiosa mirada humana no exenta de torpeza y a veces mala intención.

Los Picos Cernella y Catoute vistos desde el Chozo de las Murias.

Salentinos mantiene sus tejados de pizarra, sus casas de piedra y sus empedradas calles; Salentinos enseña al montañero los corredores de madera, las huertas de antiquísimos métodos de cultivo; Salentinos mantiene un poco de lo que fue su riqueza ganadera y apícola y mantiene en todo su esplendor el silencio y la naturaleza de que gozamos quienes nos acercamos en la actualidad por este antiquísimo valle glaciar que recorre el río Salentinos o de La Tejera, breve río que se junta con el Valseco antes de caminar serpenteando oteros, cimas y pastos hasta entregar sus aguas al Sil.

Interior del Trasgu. Un alojamiento desde el que se pueden hacer diferentes subidas a las montañas, paseos llenos de sosiego, disfrutar el silencio…

Salentinos tiene colores de otoño entre la breve luz de estos días. Salentinos conserva millones de años de naturaleza en su silencio contemplativo alimentado por la raíz de multiforme vegetación y animales invisibles para los ojos humanos porque saben caminar con paso cadencioso ocultos a la curiosidad.

Entra la noche con la mezcla del apagado sol y de las estrellas con sus brillos como notas iniciales e alguna trompeta que inicia una sinfonía de misterio nocturno.

Javier Agra.

lunes, 15 de octubre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO VI



El Camino de Santiago está siendo llevadero y sin sobresaltos. Ningún Fendetestas sale por estos bosques de ensoñado sosiego. Los peregrinos rumian silencios y recuerdos. Hoy su mente se ocupa del futuro de la humanidad, cuando de estos siete mil millones de habitantes sobre una inmensidad porque el trabajo y la misma sociedad se organicen con otros baremos: ¿Cómo nos darán de comer a tantas personas cuando el trabajo sea realizado fundamentalmente por la tecnología? ¿Cómo nos sentiremos humanos y desarrollaremos nuestros valores cuando no sea necesario ocupar el tiempo en producir?

Tupidos bosques entre el asombro y la magia.

La bruma de la mañana se disipa con el sol y el canto de las aves. Así entramos en la provincia de la Coruña por la aldea de Marco das Pías ya en el Concello de Sobrado dos Monxes donde queremos pernoctar, pese a que solamente caminaremos diecisiete kilómetros. Tengo ilusión por pasear los antiguos claustros del Monasterio Cisterciense de Santa María de Sobrado, donde está situado el Albergue de peregrinos.

La Laguna de Sobrado es amplia y llena de vida.

Cruzamos bajo tupidos bosques entre el asombro y la magia las aldeas de Esgueva y Mundelo; aún admirados por tanto encanto llegamos a la Laguna de Sobrado. Poco más allá entremos en el antiguo cenobio que se remonta al siglo X y que sobrevivió con esplendor hasta la Desamortización que aquí llegó en mil ochocientos treinta y cuatro, fecha en la que decayó hasta entrar en un estado ruinoso; en mil novecientos cincuenta y cuatro comenzó la restauración de este monumento “Patrimonio de la Humanidad” desde dos mil quince. De nuevo lo habitan, en una pequeña parte, los monjes cistercienses.

Por sus claustros paseé soliloquios y silencios, pensamientos y suspiros de tiempos remotos; conversé con los huesos de los antiguos pobladores, con las estrellas nocturnas y el salterio de vísperas y completas, con las talladas piedras de otros siglos y el sedoso musgo de hace unas semanas.

El Monasterio cisterciense de Santa María de Sobrado visto desde el Patio de Peregrinos.

Después de pasar una noche monacal, continuamos camino a Arzúa donde el Camino de Santiago se hace bullicio y multitud; en esta población confluyen varios “Caminos” con el Camino de Santiago Francés que es multitudinario en cualquier época del año. Aquí comimos queso, famoso por estas tierras, dormimos y madrugamos para continuar la penúltima jornada hasta Pedrouzo.

Ahora los pies ya están ligeros después de tantos días. Subimos y bajamos desniveles con la fortaleza de la cercanía de Santiago. Más allá de Salceda, entre bosques de eucaliptos y acebos, entre abedules y verdor, continúa el monumento al peregrino belga que murió en este punto del Camino. Vamos a dormir, mañana llegaremos a Santiago.

Iglesia de Baamonde y su triple crucero.

Estamos en la última jornada. Atrás han quedado bosques y arroyos, puentes y baños en aguas escondidas, ruinas que fueron viviendas de familias enteras hoy emigrantes, pueblos más grandes y aldeas, barrancos, cuestas, playas… El Arroyo Lavacolla tiene recuerdo de los antiguos peregrinos que en otros siglos hacían una jornada de descanso para lavar sus cuerpos y sus ropas, para reponer heridas y sentimientos antes de entrar cantando en Santiago de Compostela.

Hoy tenemos que pasar también por ese Arroyo, pero le ha arrebatado el nombre el aeropuerto y sus alambradas. El Monte do Gozo y allá abajo Santiago…



Han pasado las horas. Hoy nos aseamos en el albergue y vamos a darle un abrazo a la imagen del santo. Le abrazo y en su imagen quiero encontrar al apóstol antiguo y siempre nuevo. Santiago es una fiesta de emociones diferentes, de sentimientos diversos, de objetivos innumerables. Yo, me siento en un rincón de la Catedral y rezo.

Javier Agra

viernes, 12 de octubre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO V


El Camino de Santiago desde Mondoñedo tiene dos caminos: el “difícil” y el “imposible” nos comentaban las personas del lugar con quienes departimos en nuestro tiempo de sosegado paseo por el espacioso pueblo. Al amanecer, los dos peregrinos decidimos caminar por el señalado como difícil que es el más transitado.

El Camino de Santiago en Galicia es una mezcla prodigiosa de caminos bien trazados, de senderos cuidados, de bosques de diferentes especias, de praderas, de luz y bruma, de sol y nubes…

La llovizna de la madrugada extiende en Galicia multitud de olores en el amanecer, la neblina se dispersa con la luz y la naturaleza entera brilla de matices y colores. Los bosques suenan a vitalidad y emoción entre la llamada de las ciervas madres a sus crías, el canto de los últimos gallos que esperan rezagados y pacientes el paso de los peregrinos para comunicarles que estén atentos a la luz de la mañana llena de bailes de hojas y ramas, de helechos y maizales…

Cerca de este puente, en la soledad del soleado bosque, lejos de lobos y miradas humanas nos bañamos en calidez de un pequeño río que aquí asoma.

Cuando parece que hemos terminado las subidas y bajadas, una nueva curva nos descubre un puente con su arroyo como invitación  a la desnudez y al baño en medio del bosque. Los peregrinos imaginan siglos pasados con lobos acechando su paso, pero no tienen miedo y deciden emplear un tiempo en el baño reposado. No aparecen los lobos y los peregrinos continúan su caminar.

En el Albergue “O Xistral” escuché una amplia conversación entre el viento y las hamacas, entre los árboles y el camino…

Con el  día avanzado llegamos a las altas mesetas de la Tierra Chá entre vacas y cultivos; la vista se alarga durante muchos kilómetros. Llegamos al albergue “O Xistral” que nos parece un paraíso de encinas y frutales. Aquí hacemos noche antes de continuar hacia Vilalba y Baamonde. Hemos pasado antes por Pontevella y su puente de tres ojos, por su cementerio donde “da gusto estar muerto” nos dicen algunas personas con quienes hablamos de los cuidados mausoleos que se adivinan y aún se ven sobre las tapias. Otra noche en Baamonde.

El Camino de Santiago en Galicia en una mezcla de historia y novedad, de sorpresa y entusiasmo, de verdor, piedra, animales y canciones... 

El pequeño río Parga se cruza sobre un puente gótico entre la bruma de la mañana y la silueta burlona de los eucaliptos, enseguida dejamos atrás la también gótica capilla de San Alberte que bendice desde su soledad la amplitud de estos bosques gallegos que jalonan nuestra marcha.

Cruzamos diferentes y diminutas aldeas que ocultan su nombre al peregrino; en algunas no vemos a ninguna persona, en otras saludamos con cortesía a sus habitantes, con cortesía y curiosidad por saber el nombre del lugar… Seixón…Miraz…

En mitad de los montes de Miraz nos encontramos unos peregrinos sin prisa ni tiempo.

Dicen los papeles consultados que en Miraz comienza una sostenida y prolongada subida hasta Roxica. Solamente nos acompaña la vegetación, tres peregrinos austríacos que caminan deprisa y nos pierden, dos rebaños de ovejas y el sol que hoy está más peleón que de costumbre para alentar en lumbre y en luz nuestra ascensión.

Son las dos de la tarde cuando llegamos a Roxica donde hay un albergue desde hace pocos años. Aquí nos quedamos. El trato lleno de cariño en este lugar que invita al solaz será una tentación a quedarme varios días si alguna vez paso por las cercanías.

Javier Agra.  

jueves, 11 de octubre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO IV


La costa se termina en nuestro caminar hacia Santiago. Pasamos la noche en Ribadeo; el albergue es de pequeñas dimensiones pero agradable y limpio. Las vistas sobre la ría abierta al mar llenan de sosiego al peregrino y sin duda serán de solaz para quien desee adentrarse en estos altos acantilados donde hace pocos años transformaron en agradabilísimo parque y paseo un embarcadero que antaño aprovechó las calas y entrantes de agua y tierra.

Parque etnográfico El Cargadero. La fotografía está tomada desde la Pasarela de este Parque etnográfico O Cargadoiro. Esta pasarela recrea el final de una vía estrecha hasta la que llegaban los trenes cargados de hierro y desde el que descargaban el mineral en los barcos a través de un complejo de poleas.

En las conversaciones de la noche, “El Vasco” nos comunicó su voluntad de acercarse a la playa de Las Catedrales, con tanta convicción e insistencia que mudamos nuestro plan para el día siguiente. Conviene ir con la marea baja. Salimos a pie y cuando pareció que apremiaba el tiempo, nos subimos a un autobús que acertó a pasar en dirección a nuestro objetivo.

Seguramente la fortuna hace progresar unos destinos “turísticos” mientras mantiene a otros lugares en el ostracismo. La playa de Las Catedrales ha tenido éxito además de ser un lugar curioso, en efecto. El innúmero de personas que allí se agolpan puede hacer inquietante la visita para quien lleva algún tiempo entre la soledad anacoreta y el viaje peregrino. Preciosas formaciones que también podrían llevar el sobrenombre de La Biblioteca por las láminas finas de la ancestral roca formando libros inmensos de antiquísima lectura geológica.



Dos de las muchas fotografías de la Playa de Las Catedrales.

Nos despedimos de El Vasco quien camina más raudo que nosotros y salimos en la dirección que el viento nos mandaba, siempre en la búsqueda de Santiago de Compostela. No llegué a preguntarle el nombre al “Vasco”, un muchacho de pocos años y mucha energía que quería llegar a Santiago y aún recorrer alguna otra parte de Galicia de donde fueron sus padres antes de emigrar a Bilbao como tantos otros emigrantes de la tierra.

Senderos, caminos, el bosque de eucaliptos del Monte Calvario a la entrada de Lourenzá… Los dos compañeros peregrinos queríamos llegar a Mondoñedo, lugar con catedral y nombre sonoro para pasear sus calles y gozar su historia, por eso subimos a un autobús que nos dejó en la plaza cuando ya teníamos cerca de treinta kilómetros recorridos bajo nuestras plantas.

Fachada de la Catedral de Mondoñedo. Sede de la catedral del obispado Mondoñedo-Lugo desde el año 1112; según las crónicas, en mil doscientos cuarenta y seis mostraba un estado muy avanzado de construcción aunque se concluyó en el siglo catorce.

Atrás quedaba el mar y sus acantilados. Atrás las olas y el Cantábrico, atrás las alturas de acantilado y las arenosas playas, atrás el murmullo de las olas y la brisa salada de las madrugadas. Ante nosotros las tierras de interior de Galicia y sus redondas montañas, los caminos de aguacero y de novela…

Javier Agra.  

jueves, 20 de septiembre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO III


El Camino de Santiago recorre simas y lomas. Próximos a Llanes disfrutamos de los ruidosos y atrayentes Bufones de Arenillas, chimeneas al margen del acantilado por donde el agua del mar se eleva a la vista del peregrino unos cuantos metros sobre la tierra, musicales silbidos de trompetas saltan por los tubos de órgano de los acantilados. Un tiempo de respiración en el mirador sobre el río Purón y más desniveles. Pasado Andrín comenzamos una cuesta arriba imponente que nos acerca a Llanes. Ya en pleno descenso nos encontramos la ermita del Cristo del Camino entre preciosas colinas antes de llegar al nivel del mar.

Ermita del Cristo del Camino en el descenso hacia Llanes, entre colinas de verdes prados.

Verdor, camino, silencio… entre los prados monte arriba llegamos a la parroquia de San Pedro en Pría. Aquí sabemos que hemos de estar atentos para no desviarnos del camino y poder contemplar la pared con numerosísimas piedras pintadas de colores y alegorías del Camino de Santiago, de Asturias, de los peregrinos, de la vida misma que es continuo caminar. A nuestra izquierda la Sierra del Sueve va desgranando nombres, ahora estamos frente a la pequeña Sierra de Cueva Negra, ante nosotros las praderas anchurosas de Belmonte.

En Prías, encontramos esta magnífica aportación de cariño y tiempo al Camino de Santiago en forma de piedras pintadas desde el primor y el cariño.

Días y caminos nos permiten superar Ribadesella y su imponente puente de Arriondas, San Esteban de Leces de sosegado silencio, Soto de Luiña entre inmensos campos de maíz y manzanas. Más jornadas de camino para disfrutar de la Playa del Silencio en Cudillero y aproximarnos a Cadavedo entre bosques que parecen inmensos túneles vegetales por el bosque de Tablizo.

Ermita de la Regalina en Cadavedo.

Cadavedo tiene un pequeño albergue de peregrinos; una vivienda de tres habitaciones porque el saloncillo de la entrada también sirve como lugar de dormir. Nosotros hemos llegado a tiempo y nos corresponden dos camas. Las tardes del peregrino son para lavar las prendas del viaje de modo que mañana estén de nuevo aseadas. Las tardes del peregrino son para sentarse en la puerta de alguna taberna de la población a la que llegamos, conversar con las gentes del lugar, con otros peregrinos de a pie, con los peregrinos de bicicleta a los que no volveremos a encontrar en el camino y acaso nunca más en la vida. De todos mantenemos el recuerdo del esfuerzo, de la felicidad, de las ilusiones.

Mirador de la Ermita de la Regalina

En Cadavedo nos recomiendan visitar la ermita de La Regalina, Nuestra Señora de Riégala que fue encontrada por un campesino en el hueco de un tronco de castaño. Está en un extenso y abierto mirador sobre el mar entre el Islote de los Cuervos y la Punta del Cuerno. A nuestra izquierda navega entre las olas la isla de Furada. La playa allá abajo y el peregrino asombrado ante tanta inmensidad y tanto prodigio. El peregrino comparte breves frases con quienes entienden su idioma, pero como solamente habla el castellano comparte ilusionadas sonrisas con otros peregrinos de diferentes idiomas que se han acercado a este lugar recién descubierto y guardado para siempre entre los puntos de belleza marcados en los recuerdos.

Javier Agra.

martes, 18 de septiembre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO II


El Camino de Santiago comenzó para mí con una cena comunitaria y terminó con la Cena Eucarística. Desde Pendueles, pequeño lugar en Cantabria hasta Santiago, destino de ensueño y esfuerzo, muchas curiosidades y aún alguna aventura enriquecieron el sendero de mi existencia.

Entre playas y acantilados, los peregrinos atraviesan bosque y puentes. La vegetación es brillante y frondosa en estas tierras de Asturias.

Varias jornadas de camino nos llevaron por diversos albergues a través de Llanes y Ribadesella hasta el de San Esteban de Leces, precioso enclave al que llegué bajo el agua de un medo día metido en lluvia. Lugar en despoblado donde la acogida es un primor; en este albergue reconfortante se amplió el grupo de los conocidos de este peregrino con varias personas llegadas al Camino de Santiago desde más allá de los mares.

Los días de sol y playa fueron muchos, solamente dos los de chubasquero. Silenciosos y sosegados paseos por los altos acantilados de Asturias bajo el sol de la mañana; al fondo el mar y el sonido de gaviotas y grillos en la cercanía. Verde mecido por la brisa bajo los pies del peregrino, arco iris en el alma y en las pupilas. El mar tiene música de eternidad en el corazón del peregrino de tierra adentro y quisiera quedarse para siempre sentado en esta pradera de altura entre el aire, la canción de las aves, la música inmensa de la tierra interminable.

Los acantilados y el mar seducen al peregrino que quisiera quedarse para siempre sentado en esta altura.

El peregrino continúa sus pasos siempre más allá entre bosques y sembrados, entre costas y arena. La contemplación de varios cientos de kilómetros desde la dimensión del caminar es una sublime sensación de regocijo, de pequeñez, de quietud incluso. Los prados se suceden lentos, el tiempo pasa en el dulce sosiego del instante y de lo eterno; el peregrino conversa con un árbol y con otro y con otro más desde la ausencia de la palabra; cada pequeña brizna de vegetación acompaña al viajero de a pie.

Las grandes ciudades tienen una dimensión de monstruo en la distancia, de súplica en la cercanía. Las grandes ciudades se pierden en sus desconocidas calles y alejados pisos; necesitan un sonido de pasos que las recorra poco a poco y acompase su corazón a sus paredes quietas, a sus parques de brincos y de juegos, a sus tabernas de bullicio. Las grandes ciudades no lo saben pero han puesto bancos cada cierto trecho para que los peregrinos se sienten, reposen y observen el aire y las hojas de los árboles y la decoración urbana y las ventanas que palpitan vida en su interior.

Este paseo nos está acercando a Llanes. El sendero por la ladera de la montaña apunta al mar que es arco iris y música de eternidad.

La salida de Gijón ocupa una dolorosa hora de humos y ruidos, de cemento oscuro y virutas herrumbrosas; entrar en Avilés supone sortear el tiempo antiguo del carbón, los trenes destruidos por el tiempo, lo que fue industria y es pasado carcomido; la entrada en Avilés la quieren paliar con ese inmenso trabajo de construcción de un parque nuevo donde cobren vida las herramientas inservibles de otros tiempos transformados en esculturas. Entre Gijón y Avilés una hermosísima y amplia campiña de verdor y praderas, insospechada belleza de bosques y prados para quien no la caminado el amplio espacio intermedio entre las dos ciudades industriales.

Javier Agra. 

miércoles, 12 de septiembre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO


El Camino de Santiago muestra al peregrino sus primeros mojones cuando inician la jornada bajo la luz del frontal aún encendido, mientras el alba dibuja casi difuminadas las siluetas de los árboles del bosque que mueven sus ramas como inmensos brazos de peregrinos eternos.

Cerca se escucha alguna cierva que barrita inquieta llamando a su cría por miedo a los peregrinos; los peregrinos no son amenaza pero entienden el temor que los humanos producen en la naturaleza, los peregrinos buscan la paz. Acaso algún día se lo puedan decir a los ojos, sin embargo los peregrinos no ven ni a la madre cierva ni a la cría.

Los peregrinos avanzan entre la vegetación y la paz camino de Santiago de Compostela.

La multiforme vegetación dibuja su silueta entre las sombras, canta un gallo en la pequeña aldea cercana, inician las aves sus matinales vuelos, asoma el primer albor de la aurora. Los peregrinos han apagado el frontal, enseguida amanecerá el primer rayo de sol en la lejanía.

Las pisadas de los peregrinos suenan cadenciosas entre el polvo del sendero, el eco las agiganta entre las paredes de tierra y de vegetación; el eco construye una sinfonía de trompetas y tambores con el sonido del aire que mueve las ramas y las hojas mientras descuelga palabras de antiguos peregrinos para que aniden en el corazón de los caminantes de esta mañana. La historia antigua suena incesantemente renovada entre los robles y los corazones.

Hemos llegado a Santiago.

Algo así podría ser el esquema del Camino de Santiago visto por el peregrino cada día. Si no fuera por la variedad exquisita de vegetación que cambia a cada trecho, si no fuera por los puentes de piedra que miran con sus ojos de siglos los zapatos que cruzan cada día, si no fuera por el sol cálido tamizado entre las ramas que aumenta la pesadez del paso hacia el mediodía, si no fuera por la lluvia sigilosa que asalta en diferentes jornadas, si no fuera por las ampollas y el arte de curar los pies que desarrollan los peregrinos, si no fuera…

Javier Agra.