martes, 7 de mayo de 2024

HOCES DEL DURATÓN


Estas mañanas cálidas de la primavera suenan al sereno y sosegado Adagio para cuerdas (1936) de Samuel Barber (Pensilvania 1910 – Nueva York 1981), animosa conversación entre violines y violas que tintinean a veces en las inmediaciones del paseo, a veces lejanas como escondidas detrás de algún recodo del camino. 



Puente Talcano. 

Así comenzamos nuestra senda por el río Duratón, después de aparcar el coche en el lugar señalado cerca de Sepúlveda, en el término de las Hazas acaso porque es un pequeño montículo donde antaño se cultivaban tierras. Descendemos una calmada pendiente mientras contemplamos lo que fue una interesante central eléctrica y hoy aparece en misterioso abandono hasta llegar, entre sonido de violines ocultos en el rumor del agua que a su paso abraza álamos y sauces, al Puente de Talcano vestigio de antigua construcción romana en sillería de piedra irregular unido por argamasa. 



Farallones por la senda del Río Duratón. 

Nos encomendamos al dios Bonus Eventus, como el antiguo romano Publio Valerio según una casi inadvertida inscripción en uno de los primeros farallones a nuestro paso, para que esta jornada también sea exitosa cerca del agua del río. 

Por los cantos rodados de los altos farallones resplandece el amarillo de la Biscutella valentina, conocida como tamarilla y también planta de los antojos, parece que esta planta ofrece copas de bebida a los paseantes que hacemos el recorrido sinuoso del antiguo Duratón, este “pequeño Duero”, en cuyas cercanías se pueden admirar notables construcciones románicas. 

Más allá del término conocido como parral del judío, el antiguo meandro abandonado se ha transformado por efecto de los siglos en terreno de cultivo, un viejo caserón da testimonio de que antaño fue habitáculo de alguna familia que trabajó con ahínco estos parajes. Aún se ven, a través de los muros de las desvencijadas ventanas, escalones de subida a otra planta, derruidos muros de lo que fueron diferentes habitaciones...ya está caído el tejado, señal inequívoca de abandono desde hace algún tiempo. 



El recorrido por las Hoces del río Duratón está lleno de hermosura, de vegetación, de cuevas en sus rocas... 

 

Superamos Valdemortero, la Hontanilla con su fuente de labrada piedra, recuerdos antiguos cuando los habitantes de estos lugares aprovechaban cada palmo de tierra, cada rinconada, cada manantial, superamos la Fuente redonda... entre paisaje erosionado de calizas y dolomías desde hace ciento cuarenta millones de años, cuando se desecó aquello que fue ocupado por el mar de Tetis.  

Las ardillas corretean estos días entre las ramas de los olmos y los alisos, jugando al escondite con los viajeros que nos adentramos para admirar buitres y vuelos altivos de las águilas en los farallones de más de cien metros de altitud. La loma de San Julián está sembrada de buitres, guardianes silenciosos e inquietos que saltan más que volar entre las oquedades y las aliagas. En lo alto, duerme el tiempo acunado por los buitres y las ruinas románicas de la ermita de San Julián.  


En las alturas, los buitres planean bajo el cielo o esperan aposentados sobre las rocas de los altos farallones. 

La Rinconada, las Cabezas... el tiempo de siglos serpentea por estas Hoces del Duratón entre sueños y aspiraciones humanas a la sombra de sauces y fresnos, entre recuerdos de un instante y recuerdos de siglos asentados y adormecidos entre cuevas y vegetación, entre canciones de aves y silbidos de vuelos que corta el viento. 



En este recodo del Duratón, aprovechando una cueva, en algún momento antiguo hicieron una caseta para guardar aperos de labranza y otros útiles. 

El Duratón tiene un corazón pausado que va haciendo camino entre farallones y chopos, entre inquietos animales de tierra y serenos vuelos de aves... El Duratón conservará mi pupila y mi respiración más allá de mis días, cuando mi alma emprenda un vuelo sin tiempo entre buitres y ardillas... El Duratón mantendrá mi corazón palpitando entre sus aguas cuando mis arterias no tengan pulso, mi aliento seguirá silencioso en el río, recuerdo eterno de la sonrisa y de la mirada de un día de primavera cuando pisé por estas riberas.  



Puente del Villar. 

Llegamos al puente del Villar desde donde parte un empinado camino hasta el pueblo de Villar de Sobrepeña. Los viajeros hemos realizado tantas paradas entre la admiración y la contemplación, entre el silencio y la respiración, hemos hecho tantas pausas para unirnos una vez a la naturaleza entera que el tiempo de nuestra jornada está más avanzado de lo que había previsto. El tiempo de los humanos es limitado, las horas de nuestros días tienen caducidad... Regresamos. 

Javier Agra. 

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