viernes, 20 de diciembre de 2024

CERRO DE LOS ÁLAMOS BLANCOS (Por novena vez)


Se repiten las cumbres cercanas, como se repiten los pensamientos y las alegrías del corazón. En Madrid las montañas nos abrazan llenas de siglos, pero siempre nuevas cada madrugada; como una madre que arropa a sus hijos con ternura y con susurros del alma.

Aparcamos el coche en las proximidades del embalse de la Jarosa; ya hace algunos años que no podemos continuar con el vehículo. Mochila, botas, guantes y un abrigo de más para comenzar a caminar por el asfalto que va perdiendo intensidad a medida que avanzamos para perderse en tierra antes aún de sobrepasar la granja de vacas pacientes, ausentes a nuestro andar, silenciosas y agradecidas a los primeros rayos de sol que comienzan a calentar su pasto.

A nuestra derecha escuchamos y aún vemos por entre los pinos la cercana autovía de la Coruña, a nuestra izquierda el Cerro de las Viñas con su amplio pinar donde dos personas con su cesto de mimbre rebuscan algún níscalo.

-         Este año ha sido breve la temporada, no ha venido bien la lluvia.

-         ¡Ánimo y éxitos! ¡Llenad la cesta!

-         Veremos. Lo que encontremos hasta las doce. ¡Pasad buen día!


Metidos en la Vereda del Agua, los montañeros nos sentamos unos minutos bajo las rocas y los enebros para contemplar y admirar el paisaje.

Los montañeros estamos otra vez en un camino con asfalto. Llegados a una construcción para depósito de agua en un cruce de variedad de caminos que parecen recibir el nombre de Las Conejeras, nos metemos de frente por la llamada Vereda del Agua y también Camino de las Trincheras. Esta Vereda del Agua se estrecha entre enebros, encinas y jaras. Por abajo suena el agua del Arroyo de la Jarosa en saltarines bailes, por arriba roquedos y vegetación hacen de esta breve vereda un paseo sosegado y acogedor.

Ante las ruinas mismas de la antigua casa de los Resineros bajamos hacia el arroyo siguiendo el murmullo del agua que aquí suena a una ligerísima cascada. Antaño hubo alguna construcción para retener y servirse del agua, hoy son todo recuerdos y palabras escondidas entre los espinos y entre las aliagas.


Por aquí se esconde y cabalga la Chorrera  del Arroyo de la Jarosa. Es una breve caída que suena a misterio y nostalgia, murmullo de suavísima agua como la levedad musical de la sonata para violín y piano de Edvard Grieg (Bergen, Noruega 1843 – 1907) compuesta en 1887, obra de misteriosas y audaces danzas.

Pocos metros más allá termina la Vereda del Agua y salimos de nuevo a la pista en una curva coronada por la Fuente de La Chorrera. Diversos senderos  salen hacia los pinos arriba hacia la derecha para enseñarnos ruinas de los que fueron fortificaciones de aquella espantosa y siempre siniestra guerra fratricida de hace más de ochenta años.

El camino curvea en ángulo recto hacia nuestra izquierda, los montañeros seguimos pocos metros hasta terminar la pared de piedra de una pradera que acaso fue finca en otro tiempo. De inmediato nos encontramos un amplio camino de tierra que, abandonando la pista de destartalado asfalto, sube monte arriba entre canciones de agua y de pájaros. Es seguramente el mayor desnivel de toda la jornada.

Llegamos a otra pradera con pinos al fondo. Al frente y ligeramente mirando hacia la izquierda encontramos una estrecha senda, que nace entre arbustos para adentrarse entre pinos y arbustos, muy bien marcada, que nos llevará monte arriba en la dirección deseada. La fuente del Pilón de los Reajos nos indicará que estamos en el buen camino.


La Fuente del Pilón de los Reajos nos servirá para confirmar la buena dirección del sendero.

La naturaleza está jugando entre nieblas y sol, entre el tul del firmamento y la luz caliente del cielo, cuando salimos de nuevo a la pista que cruzamos unos metros más arriba para entrar por la nueva pradera es la del Asiento del Roble que desemboca en una senda estrecha y visible donde la naturaleza y la vegetación parecen haber construido una puerta de entrada entre roderas y señales en los árboles. Enseguida llegamos a la Fuente de la Pinosilla rodeada de altivos pinos, alguno señalado en el catálogo de árboles singulares de la Comunidad de Madrid.  


Estamos en la Pradera de la Pinosilla delante de corpulentos pinos, árboles singulares catalogados como tales por la Comunidad de Madrid; al fondo está la nombrada Fuente de la Pinosilla.

Salimos siguiendo una senda muy reconocible, al lado mismo de la fuente. No más de cien metros hemos de dejar la senda que tiende montaña arriba hacia las cumbres y salir hacia nuestra izquierda por una senda también visible entre helechos y vegetación abundante. El desnivel disminuye aunque hemos de cruzar algún arroyo de temporada con breves subidas y descensos. Un grupo de acebos se muestran orgullosos en medio del camino, forman una cortina de luces cálidas y brillantes con el sol de esta mañana que avanza inexorable sobre la tierra tibia de este final de otoño.


Entre los álamos comemos nuestra fruta sentados serenamente, con el musical sonido de la orquesta que forman la brisa y las aves, la vida y el poema contemplado en la naturaleza.

Aumenta el pedregal cuando estamos pisando la morada de los álamos blancos, en realidad son álamos temblones, que indican la presencia de alguna corriente subterránea de agua, así se explica que estos árboles se sientan felices en este reducido espacio del que han hecho su hogar. Porque un hogar es siempre acogedor, es el lugar que se asienta en nuestra voluntad y al que siempre estamos deseosos de regresar para recomponer nuestra vida, nuestro corazón y nuestro pensamiento.


Abundan las ruinas bélicas. Numerosas fortificaciones de aquella cruenta guerra civil


Llegamos a la cumbre de solemnes vistas. Más arriba siguen otras cumbres y otras más que desde aquí no vemos hasta llenar la tierra entera de cumbres y valles, de arroyos y océanos, de vida y esperanza, de fortaleza y de paz.

Javier Agra.

 

viernes, 29 de noviembre de 2024

ESTAMPAS: FINCÓN

 



Se llama “FINCÓN” a esas grandes rocas que, hincadas en el suelo, se espaciaban por las paredes de los terrenos de estos pueblos de León y de Castilla para después rellenar sus intersticios de piedras de menor tamaño. 

Seguramente por aquellos años en que Luigi Boccherini (Lucca 1743 – Madrid, 1805) estaba componiendo su prestigiosa Sinfonía número 6 o alguno de sus numerosos conciertos de cámara donde sobresale el sonoro violonchelo, instrumento del que fue un virtuoso intérprete. Por aquellos años, digo, estos pueblos seguramente tenían un número de habitantes muy similar a los que hoy caminan por sus asfaltadas calles; eran años de trabajo cooperativo, guiados por otros conceptos de la vida y porque la ayuda mutua era necesaria para el trabajo y la supervivencia. 

Sonaban las campanas del templo del pueblo y unas cuantas personas salían para la hacendera, juntos caminaban hasta las tierras y allí se ayudaban a poner “los fincones” que por su tamaño eran muy pesados y grandes, pero sí podían moverlos y colocarlos en su lugar entre varias personas. Más tarde, cada familia se ocupaba de su tierruca hasta completar la pared. 

Eran tiempos de existencia más breve que en nuestros días, eran tiempos en los que era menester estar atentos a las necesidades de los otros vecinos del lugar; la maquinaria era aún una entelequia lejana en el tiempo y en la economía de supervivencia de aquellos nuestros antepasados que trabajaban unidos, unidos departían en el descanso de sus sudores a la sombra de algún grupo de robles cercanos. 

Hace más de doscientos años, aquellos antepasados nuestros dejaron memoria de su existencia en estas enormes piedras que hoy contemplamos al pasar por el camino que une Moveros y Fornillos. Yo me siento en estos restos de pared, en estos fincones de antaño y converso con aquellas gentes de otros tiempos que vivían más despacio, que estaban atentos a los que tenían cercanos, que miraban unos por otros como se mira por los hermanos. 



ESTE ES EL RESULTADO DE AQUELLAS ANTIGUAS PAREDES que crecían en torno a los fincones. Cada cierto trecho, dejaban una gatera para que pudieran saltar los animales de una pared a otra. Seguramente también fueran trampas con lazo para, si alguna liebre quedaba enganchada, tener carne para la familia durante algunos días. 

Estos FINCONES de hace más de doscientos años traen a mi memoria siglos de música antigua, de literatura descubierta en mis años de infancia, de juegos cuando después de la escuela correteaba con los otros niños del pueblo por entre el reguero y las huertas, por entre las rebollas y los perales. Y me traen la memoria de aquellas veladas en Los Cantones mientras esperábamos el rebaño de ovejas y el tío “Luterio” contaba antiguas historias...

Javier Agra  

martes, 26 de noviembre de 2024

ESTAMPAS: COLLADO DE QUEBRANTAHERRADURAS



En el Collado de Quebrantaherraduras

El Collado de Quebrantaherraduras tiene un pequeño aparcamiento, ya dentro de la Pedriza y previo a las curvas de descenso hacia los tres grandes aparcamientos desde donde iniciamos nuestra marcha la mayor parte de los días. Hoy comenzamos nuestra ruta desde este punto. Al fondo se están contemplando las rocas más altas de la Pedriza posterior, con las Torres como lugar culminante y detrás, La Cuerda Larga. 

El sol turbio de noviembre se esfuerza por vencer a la niebla y la escarcha de la noche en esta tachuela de entrada a la Pedriza de Madrid. Entre somnolientos pinos el coche avanza sigiloso para no asustar a las aves que tiemblan sus primeros vuelos entre las ramas, sigiloso para calmar a los corzos que saltan paredes y se esconden, más allá de las curvas del descenso, entre el bosque de pino y de cantueso. 

Los montañeros han salido del coche en el Collado de Quebrantaherraduras, hoy queremos recorrer la Cuerda de los Porrones por sus cumbres solitarias. Los montañeros caminamos silenciosos para intentar hacer comprender a la multiplicidad de vida que bulle en el monte antes del amanecer, que somos personas amistosas; comprendemos que la explosión de vida del bosque de la Pedriza y de todos los bosques de la tierra se esconde cuando aparece el primer humano. ¡Ay, un solo ser humano lleva impreso en su semblante todo el miedo que explota para la naturaleza! 

Y la vida animal se nos esconde. Hasta las lagartijas reptan asustadas más allá de las rocas entre el musgo del otoño; los conejos de gráciles saltos desaparecen entre el ramaje disimulando su vitalidad efervescente; solamente las cabras montesas nos observan entre la desconfianza y la curiosidad, desde lo alto de alguna roca a prudente distancia; solamente las aves sigilosas nos sobrevuelan entre aleteos de huida y misterio, mientras allá arriba en el cielo las águilas y los buitres desprecian el caminar arrastrado de los montañeros. 

En cualquier caso, los montañeros nos abrazamos a la naturaleza entera y respiramos su sosiego cuando amanece en la Pedriza de Madrid y comenzamos a caminar desde el Collado de Quebrantaherraduras... 

Javier Agra.  

  

lunes, 4 de noviembre de 2024

CERRO DE VALPALOMERO


De la mayoría de los madrileños y aún otras personas avisadas es conocida la amplitud del monte del Pardo. Yo lo recorro por parcelas según el interés de mayor o menor kilometraje. Uno de los puntos en los que más frecuentemente recalo es en el Cerro de Valpalomero. Conocido por su mirador y su fuente, pero también por la serenidad mística que me inspira cada vez que allí llego, aunque sea la número doscientos siete.

El amanecer va quedando a mi espalda mientras camino calle abajo por Valle de Pinares Llanos y entro en los parque que cuelan sus caminos para confluir en una ligerísima subida paredaña a la Federación Nacional de Golf antes de empapar todo mi espíritu de encinas y aves, de retamas y conejos confiados en estas primeras horas del nuevo día, poco medrosos acostumbrados como están a las pisadas de los humanos y al sonido liviano de las bicicletas.


Las cinco torres de Madrid resaltan sobre la ciudad seguramente en incesante movimiento de sus gentes.

Desde el interior de las tapias del Pardo me subo a un altozano para fotografiar las cinco torres, el edificio redondo del hospital de La Paz, la Plaza de Castilla y una alineada visión de la ciudad madrileña, seguramente bulliciosa y llena de idas y venidas hacia los lugares de trabajo a esta hora en que mi corazón ya palpita con la naturaleza entera entre el sosiego vegetal y el vuelo de una multitud de palomas que han decidido abandonar las ramas acogedoras de una encina a cuyo lado estoy pasando en este momento.


Una multitud de palomas levantan el vuelo de una encina a cuyo lado estoy pasando en este momento.

No saben las ligeras aves, ni saben los conejos de salto respingón, ni los jabalíes de los que solamente me he encontrado a cuatro en todos los años de mis paseos, que mi intención es culebrear entre la paz de estos senderos asimilando en aroma eterno de la vegetación siempre cambiante y siempre presente; diríase que es la misma encina repetida una y siete mil veces la que me saluda al pasar. Yo sé que son distintas y voy conociendo la personalidad de cada una de ellas; la encina Polifemo que me mira con un solo ojo en mitad el tronco, la encina Fénix que resurge de sí misma desde hace varios años ya sin entrañas de tanto entregarse a la ayuda del entorno, la encina Reptil que ha resurgido transformando su antigua ruina en raíz en mitad de su caído tronco para restaurar la vida…


La encina que he dado en llamar Fénix, como el ave mitológica, lleva varias décadas con sus entrañas vacías por la constante entrega solidaria a las necesidades de su entorno.

Tres carreteras están ya superadas, varios espacios de pradera serena, numerosos altozanos por donde es necesario mantener la atención precavida para no dar un traspié, cuando llego a las piedras que fueron antaño parte del templo del Buen Suceso y que siempre me ha parecido un misterio no resuelto su abandono en medio de este amigable y recoleto espacio del monte del Pardo. Más allá pasaremos bajo las vías del tren de cercanías por el que hemos bautizado como “túnel de las moscas” para ascender después por alguno de los diferentes caminos, siempre en pendiente, hasta llegar al Cerro de Valpalomero, todo él un magnífico mirador hacia la sierra de Madrid, diferentes localidades por las que transcurre la carretera nacional seis, también se divisa el hipódromo, Aluche, la carretera de Extremadura...


Fuente de Valpalomero.

El Cerro de Valpalomero es, para mí en cada uno de mis pasos por este lugar, un momento necesario de parada, un tiempo de admiración hacia la sierra, hacia el entorno, hacia el tren que pasa como queriendo atrapar el agua del río Manzanares, el tren que parece lo único en movimiento en este lugar se serenidad y sosiego donde hasta las personas que llegan corriendo parecen flotar para no hacer ningún sonido, hasta las altas águilas parecen suspender su aleteo y gozar de la quietud inmensa de las alturas, donde la distancia entre esta pequeña meseta y las cumbres del Guadarrama permanecen inmutables durante siglos de quietud y de místico silencio.


El pino de las cuatro ramas, que ha dado origen a una leyenda del Medievo (nota: si no conoces la leyenda, amigo lector, puede que me la acabe de inventar… puede ser)

El Cerro de Valpalomero tiene un mirador con los nombres de los lugares que se ven allá en el Guadarrama de Madrid, más acá en los diferentes lugares del monte, nombres de vegetación y también de su variada fauna que vuela por el cielo o se esconde por la tierra. Desde el año dos mil uno, una fuente calma los sedientos labios de quienes aquí llegamos. Encinas múltiples, aquí está la que me parece la más bellas de todo el monte del Pardo, retamas variadas, adelfas de inusual tronco… pero yo gusto de sentarme cerca de un pino legendario con cuatro ramas. Dicen que nació cuando un noble del Medievo distribuyó a sus cuatro hijos entre señoríos y conventos, de entre los cuatro dos fueron poetas (un hermano y una hermana), los otros dos pintores de corte (una hermana y un hermano), los cuatro conservan su nombre entre los tañedores de vihuela.

 

Aquí estoy, sobre el mirador del Monte del Pardo con la Sierra de Guadarrama al fondo.


Cierro el círculo de mis paseos regresando por otro camino entre sendas y poesías, entre vuelos de avecillas y bellotas de otoño.

Javier Agra