domingo, 29 de marzo de 2015

SIERRA DE HOYO DE MANZANARES: PEÑALIENDRE



Desde el aparcamiento junto al depósito de agua en Hoyo de Manzanares, transita un sendero bajo por entre las encinas y las jaras de sosiego pasear para quienes desean tener un tiempo de solaz en medio de la naturaleza. Los montañeros inician esta ruta una mañana lluviosa; hasta superar la caseta del canal tendrán que esquivar senderos que vienen y van. Aquí conviene estar avisado de la cercanía del chorro o cascada del Covacho en la caída del Arroyo de Peña Herrera.

La Cascada del Covacho es un oasis lírico esta mañana bajo la llovizna. Los montañeros nos empapamos más de encinas y sosiego que de agua.

En conversación con el Arroyo de Peña Herrera, sube un sendero acaso de trazas nuevas; puede ocurrir que esté naciendo un camino entre las urces florecidas este inicio de primavera. Con ser sencilla la ruta, a partir de la cascada se endurece un poquillo para las piernas al tiempo que se libera el alma. Subimos hasta las faldas del Cerro Lechuza para encontrarnos con una anchurosa senda muy bien trazada que nos lleva valle arriba. Hemos de caminar un rato entre la contemplación y el canto de la perdiz.

Apenas superamos el Arroyo de Peña Herrera casi en su nacimiento en lo alto del valle, sale hacia las cumbres una senda que nos llevaría hasta la Silla del Diablo; pero nosotros tenemos la mira puesta en Peñaliendre con su Mirador y su misteriosa casa que ya asoman muy cerca ante nosotros.

El Mirador

El relajante panorama desde el Mirador nos permite recorrer de un vistazo la marcha de hoy. Al fondo fuera de nuestro objetivo está el inicio de nuestro paseo, fuera queda la Cascada del Covacho con diversos puntos de caída. Esas dos montañitas que vemos son los picos del Cerro Lechuza por donde llagamos a esta meseta que hasta aquí nos trajo por un valle a nuestra derecha; regresaremos por el valle que está oculto a nuestra izquierda.

La casa en ruinas sobre la cima del Cerro de Peñaliendre. No termino de entender el sentido del nombre del cerro.

Un lugar hermoso y donde está aposentado el sosiego entre siglos de naturaleza. El diccionario cuenta que aporrearle a alguien las liendres es argüir con vehemencia. Tal vez sea entonces este espacio un buen lugar para la reflexión y la palabra, para el reto dialéctico y la argumentación pausada aunque vehemente. Tal vez esta casa ruinosa donde el tejado ya es un derrumbado amasijo de pizarra y carcomida madera, habitado por silencios y fantasmas de otro tiempo, sea un lugar de sabiduría proveniente del temor.

La sabiduría se apunta desde el temor.
¡Estás loco! me dirá el lector de estas mis aventuras y tendrá razón, si acaso la razón es capaz de sostenerse sin la locura, una locura de lanza en ristre capaz de emprender constantemente iniciativas desconocidas en este camino que es la busca de una tierra de libertad para todas las personas y para la naturaleza entera. La locura que provoca carcajadas sin necesidad de contar ni un solo chiste, porque la produce quien desmonta la seguridad de la sociedad organizada y se sale de sí mismo para verse desde fuera que es la más complicada forma de mirar. La locura es creación de nuevas estructuras y diferentes formas de mirar para distorsionar el mundo y volver a crearlo.

Había hablado de la sabiduría y el temor. Las personas nos enfrentamos con temor a las diferentes cuestiones desconocidas y de esta aproximación que es curiosidad nacen los experimentos con sus errores y aciertos; y estos aciertos los anotamos en la libreta del saber durante el tiempo de nuestra vida que es historia y sabiduría que añadimos al almacén de la sabiduría y la historia de nuestros ancestros. La sabiduría es la vida colectiva que se hace personal. A punto estoy de contradecir a Descartes y afirmar que existo y me afirmo y tal afirmación de mi existencia es mi pensamiento que se va expandiendo y mezclando con los múltiples millones de pensamientos que ha producido la humanidad y la naturaleza entera. Así pues la sabiduría es temor que es sorpresa y curiosidad.



En los alrededores de la destechada casa  de Peñaliendre, las floridas loníceras llaman a las abejas; el enhiesto ailanto y la luminosa robinia se dirigen a los dioses de la montaña y piden protección para los aventureros; la arracimada ferula y la jara brillante saludan nuestro camino de bajada para regresar por el camino del la Casa del Monte entre el musical sonido del agua libre de Arroyo de Peñaliendre. Sale el sendero a encontrarse con el amplio camino que transcurre por la hoya baja, muy cerca de la caseta del canal.

Los montañeros hacen una parada para comer la manzana y escuchar al colorido rabilargo que intenta formar su propia agrupación familiar en alguna cercana encina.

Javier Agra.

Nota de ortografía.- La planta llamada ferula también ha pasado al castellano como férula. Seguramente la pronunciación llana deviene directamente del latín, idioma que no ponía tildes. Bien podemos, por tanto, pronunciarla como llana o como esdrújula. Y no digo más.

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