sábado, 21 de abril de 2012

CERRO DE LOS HOYOS


CERRO DE LOS HOYOS

La hoya de San Blas reverbera en múltiples colores con los primeros grillos de la mañana cuando amanece el agua entre el arroyo Mediano y el arroyo de la Herrada, que juegan a encontrarse entre los matorrales, las vilortas, las raíces y los juncos de los humedales de sus orillas. La hierba nocturna bosteza rocío para la primera ronda de las aves cantarinas que, en tropel, juegan al corro con los incipientes rayos del sol mientras se pone la corbata y el frac para salir de entre las sombras cálidas de esta primavera a recorrer el tumulto de los sonidos del bosque, la algarabía de los invisibles insectos que pueblan la Sierra de Madrid.



La hoya de San Blas entona un canto de gloria para saludar a los primeros ciclistas que pedalean pista arriba, a los primeros montañeros que caminan sendero arriba, a los primeros corzos que ramonean aguas arriba. Jose y yo hacemos una parada porque necesitamos tiempo para asumir tanta hermosura como entona en este punto la canción de la tierra. Opinamos, desde nuestra óptica estética, que este paraje es bello en sí mismo para merecer una visita; opinamos que somos afortunados por elegir esta mañana el lugar que ahora entusiasma nuestro espíritu. Por aquí serán felices los corzos con tanta naturaleza, los montañeros con tanta suavidad y dulzura, los ciclistas con esta pendiente armoniosa entre los pinares y el agua.

Habíamos decidido llegar al Cerro de los Hoyos desde Soto del Real; pasamos el pueblo hasta una pista de tierra y dejamos atrás el embalse de Palancares o de Mediano – pequeño embalse que abastece de agua al pueblo –; recién pasado el arroyo Mediano, aparcamos el coche y comenzamos a caminar. Los primeros pasos ya los habéis leído, añadiré solamente que el agua de este abril canta en nuestro ánimo con la música de los violines de piedra y el fagot de las raíces que asoman curiosas entre los ribazos.

He aquí la divisoria de los senderos, en el Collado de la Ventana.

Estamos ascendiendo el Lomo, entre pinos y esperanzas, a nuestra derecha dejamos las rocas más grandes y las vistas más hermosas; en algún lugar cercano al camino reposa la lagunilla del Lomo solamente visible en invierno y en primavera – hoy tiene sus seno completo por la nieve y las hojas que allí juegan –; llegamos, pisando la nevada, a la senda de la Herrada con el sol subido a nuestras mochilas, con los rayos agarrados a nuestras espaldas, disminuyen los pinos se acrecienta la mirada, estamos más arriba donde comienza a volar el alma, estamos entre la nieve, la canción y la inmensidad del cielo: es el Collado de la Ventana, amplio y sosegado, collado que seduce y canta, collado de libertad y de poéticas visiones.

En el Collado de la U para disfrutsar de la Aguja del Sultán, la visión de la Cuerda Larga...

Desde el Collado de la Ventana las salidas son variadas: el Collado de la U y el callejón de las Abejas, lugar al que merece la pena asomarse para disfrutar de la Aguja del Sultán, de la vista cercana de la Cuerda Larga; es también lugar de cruce de la senda integral de circunvalación a la Pedriza.


Inmensa y solemne vista del Cerro de los Hoyos, unos metros antes de coronar el Collado de la Ventana.


Nosotros nos dirigimos al Cerro de los Hoyos:
-          ¡Mira, es una catedral de piedra!
-          ¡Vamos, meditaremos entre los laberintos de sus rocas!
Aquí estamos. La nieve oculta los pasos, hace falsos puentes entre los peñascos, bordeamos los abismos, sorteamos las aristas, escuchamos la música del órgano de esta inmensa mole catedralicia, escuchamos el gregoriano que ha hecho nido entre estos infinitos tubos seguramente de granito, pero en todo caso de piedra magmática plutónica. En estas laberínticas idas y venidas llegamos a la estrecha grieta que aquí contemplamos y desde donde decidimos regresar – entre el asombro y la soledad –.


A quien quiera que merodee este escrito, le animo con el corazón henchido de gozo a visitar estos lugares que aquí reseño temblando aún por la emoción.

Javier Agra.

sábado, 7 de abril de 2012

METÁFORAS

Hace no muchos días llegué hasta los sesenta años. Allí me senté con mis pensamientos, oteando ya hacia los valles de la vida en un descenso más o menos pronunciado de la montaña que me fue otorgada, de donde ya vengo de regreso; cuánto me resta hasta fundirme de nuevo con el valle de luz del que salí es un tiempo que no controlo, pero seré al mismo tiempo cumbre aireada por los vientos eternos y valle regado por las serenas agua sin término. A propósito de esta metáfora, tengo en mi cuaderno otras metáforas. ¿Se pueden construir metáforas sin decir palabras?

¿Si me siento noche en plena madrugada,
o tal vez opaco vidrio en un luminoso día,
o soy enfangado charco cuando la torrentera baja
estoy siendo una metáfora?

Lagos de la Munia, en Pirineos, al amanecer.

¿Si soy marchito brote en la eclosión de primavera,
o tal vez nido huero en medio del canto de la vida,
o soy grano sin germen cuando la vida brota
estoy siendo una metáfora?

Camino de Peña Ubiña.

¿Si soy profundidad desolada en medio de la sierra,
o tal vez soledad en la gloria de la nevada,
o soy nada en la cumbre de una montaña
estoy siendo una metáfora?

Paseando por las cumbres del Tornera.

¿Si se acercan a mí la naturaleza y las cabras,
o tal vez encuentro un árbol nacido entre las duras rocas,
o soy tirita en este caminar de soledad y ampollas
estoy siendo una metáfora?


Estas dos fotos son experiencias de metáfora en la Pedriza Posterior.

¿Si soy un Clavileño de fantasía iluminado,
o tal vez una juvenil sonrisa de empuje y ánimo
o soy sol para madurar los frutos de la tierra
estoy siendo una metáfora?

En la Casa Museo de Dulcinea, en el Toboso, Clavileño espera a nuevos andantes aventuraros.

Javier Agra.

sábado, 31 de marzo de 2012

PEDRIZA POSTERIOR

Al alba la Sierra de Madrid se despereza en múltiples cumbres que pasean la geografía de Guadarrama; al alba se expande en abanico de interminables nombres acuñados en tiempos ya olvidados traídos al presente pisada a pisada por los montañeros, senderistas, micólogos o meros observadores de la distancia. Y aquí estamos, bruñidos por el alba y acunados por la luz de la mañana.

Desde Canto Cochino comenzamos mil personas, diversas expediciones hasta cruzar el Manzanares; somos los nuevos mineros en busca del oro de la calma y del sosiego en la armonía de la Pedriza; nosotros, en los llanos de la Peluca, abandonamos el sendero que cruza al Refugio Giner y subimos buscando la senda la Majadilla sobrevolando a las decepciones de los últimos días y arrojando los problemas para que se laven con el agua del arroyo de la Ventana que marca su cauce a nuestra izquierda con los tambores de la piedra y el flautín de las aves cantarinas.


 Grupo del Cerro de los Hoyos 

La frescura de la vegetación se termina entre los pinos de repoblación – impuestos en estos montes hace tantos años – y los diversos vegetales que hablan con nosotros de hermano a hermano, porque en la montaña vamos aprendiendo – paso a paso, respiración a respiración – la armonía de toda la naturaleza; pasamos a las plantas bajas y al dominio de la roca: el Balcón, el Cocodrilo… el tiempo y el sosiego permiten bautizar con nuevos nombres a las rocas que antes sólo fueron piedra y después pasan a ser figuras de algo, recuerdos de un amor, síntesis de una experiencia, palabra de todo un tratado. 



Los buitres sobrevuelas nuestra parada para el trago de agua y para ajustar los cordones de las botas… a nuestra derecha, más lejos de nuestro camino aparece entreverada la Torre de los Buitres. Al emprender la marcha, un puñado de cabras salen a nuestro paso para anunciar que ya está muy próximo el Collado de Ventana. Las cabras han decidido graduarse como guías turísticos y nos acompañarán un tiempo impreciso, marcado por el momento hasta conseguir de nuestros bocadillos unas pocas viandas. Nosotros que intuimos su intención – no es necesario ser mentes privilegiadas – ¡Vale! ¡Hacemos la parada y os damos un trozo de pan! Su ingenio supera nuestra voluntad y consiguen, además, cacahuetes y manzana, cereales y naranja, solamente resta mantel y remolacha.


Como las cabras se percatan de que hemos terminado de hacer fotos y cerramos nuestras mochilas, se van por el Collado de la U buscando otros macutos.


Ante nuestros ojos asombrados, sin perder la magia de la infancia, descubrimos las llanuras de Madrid, el embalse de Santillana, el mundo infinito siempre carcomido y siempre esperanzado, más arriba a nuestra derecha el macizo del Cancho de la Herrada por su cara norte fácil de ascender hasta la cumbre para cualquier persona – en la cara sur que es la pared de Santillán o de Santillana está un grupo de escaladores haciendo una cordada de quinto grado –. Seguimos bajando, el corazón se llena de gozo, el alma respira poesía, el estómago pide agua, las piernas claman reposo, los bíceps se cargan de energía y quieren reposar – será que al tener dos cabezas piensan diversas cosas al mismos tiempo –; túneles entre las roca, saltos y maravillas en general nos conducen hasta el Cancho Rasgao o de los Suicidas, seguimos al bellísimo obelisco del Torro, estamos caminando entre un misterioso laberinto; continuamos con sacrosanto silencio para embriagarnos de la clamorosa calma del lugar. Más allá, con la boca asombrada y los ojos atónitos, hasta la punta de los dedos se quieren salir de sí mismos para señalar el risco de Mataelvicial con su impresionante voladizo al que quisiéramos acariciar. 


Otro túnel bajo las piedras. El recuerdo de Pipa y Munia – hubo tiempos en que recorrimos estas piedras con las que hoy recordamos, en casa la primera en la eterna casa la segunda – nos saca a entrambos de nuestros pensamientos al tiempo que descubrimos cercano el Collado de la Dehesilla. Jose y yo nos miramos con la expresión de quien sabe que aquí debe terminar la narración: describir la comida y la bajada  sería reiterar los escritos que ya pueblan mi blog.

Javier Agra.    

lunes, 12 de marzo de 2012

CUEVA DEL AVE MARÍA

Las pocas cuevas que hay en la Pedriza tienen sus mágicas historias. No resulta sencillo entrar en sus entrañas: La Cueva de la Mora, en las cercanías de Peña Sirio, por su difícil acceso; la Cueva de la Nieve es apta para cualquier montañero, pero queda alejada de la comodidad para la mayor parte de los habitantes de esta tierra porque está un paso más allá de quien busca solazarse en el plácido paseo de las riberas y los chopos del sendero; la Cueva del Ave María está cerca del hermoso pueblo de Manzanares el Real, es necesario adentrarse en la Senda Maeso y llegar al Collado de la Cueva, cuyo nombre nos recuerda que ya estamos próximos.

Hemos visitado la Cueva de la Nieve. 

-     ¡Mira, la cerca de piedra!
-     Solamente tenemos que seguir la senda que camina a su vera.
-     Pasaremos a la derecha de aquella gran piedra que corta nuestro paso.
-     ¡Cuidado! La aventura comienza.
Súbitamente, ante nosotros, la piedra se metamorfosea en ogro aguerrido y fortachón: ataca con su brazo de hierro; el caballero esquiva el golpe con un salto lateral; el ogro, sibilino y felón, lanza una roca del camino que el caballero detiene con la fuerza de su escudo entre quebrantos de algún hueso y roturas de sus armas.
Se precipita veloz, monte arriba, el caballero; lanza rayos el ogro; carreras; riñas; peleas…Ha sido una batalla memorable en medio del discurrir del sol hasta que el ogro agotado se acuesta arrebujado sobre la hierba, rehúye la pelea…el huracán se torna brisa, resopla el caballero, descalza sus espuelas y apoya en el suelo la adarga, se desembaraza de la coraza y bebe un sorbo de agua.
Continúa la marcha bajo el cálido sol que restaña sus doloridos pensamientos. Ahora podrá conversar con las avecillas y las retamas del entorno, todo tiene vida y se comunica, respiran el mismo aíre las aves y las personas, los vegetales y los insectos, las piedras y los veloces animales. La naturaleza entera lleva en volandas al caballero hasta las inmediaciones cercanas de la cueva.

Ahí está, en la pared entre sombras dibujada la Cueva del Ave María.

Ahí se ve.
El caballero ha llegado a su objetivo.
La sorpresa de un angustiado grito.
Una doncella en peligro.
Otra aventura

Un infinito dragón custodia la entrada de la cueva. El caballero reza el Ave María e implora la ayuda de María ante tan descomunal empresa como se dispone a llevar a feliz término. Un fogonazo del dragón le calienta la sesera y eso que se ha puesto crema protectora contra el fuego. Escala la sublime fortaleza, dragón y caballero ruedan por el suelo derrumbando peñascos, se levantan, saltan, ayes y lamentos de entrambas partes.


La fortuna está de parte del caballero. La princesa Montse, harta ya de tanta monserga de caballeros de pantomima y de dragones gorrones que la obligan a freír cada día los alimentos y limpiar la cueva, da un golpe de mano, expulsa al dragón de las inmediaciones con la fortaleza de su voz y el fuego de su mirada, libera al decrépito caballero y da por concluida la aventura de la cueva del Ave María.

Pero ahí está Jose para poner cordura en esta historia y en otras más; él que conoce atajos y veredas, nos conduce sanos hasta el final de la aventura, cuando el sol está llegando ya a la hora de nona.

Javier Agra. 

sábado, 3 de marzo de 2012

PEDRIZA ANTERIOR EN CÍRCULO

En la Pedriza ha explosionado el resplandor entre las inmensas rocas. Como un eco de luz domina poco a poco nuestros corazones, aún antes de que necesitemos cubrir la cabeza con las gorras y la crema protectora, porque la lumínica esperanza de la vida es más veloz que rayos de la mañana.

Hemos dejado el coche en el Tranco y bordeamos las casas hacia la derecha, mientras subimos hasta cruzar la ribera, las jaras – pronto serán flor serena – adornan nuestras pisadas mientras subimos a las rocas con La Cara del Indio, inmensa piedra a la izquierda que cuida por los siglos para que no ocurra ningún desastre a la población de Manzanares. 

Esta gran mole de piedra se cierra por su derecha con la llamada Cara del Indio.

Ya estamos cumpliendo la primera etapa. Ha sido breve hasta la Cueva del Ave María; ha sido breve entre saltos y piedras. Los mapas nos avisan que hemos de salirnos del camino junto a la tapia de piedra y buscar con sigilo cuidando no despertar a las piedras, los musgos y los siglos de su serena siesta: muy cerca está la entrada formada por rocas que han ido cayendo y desde miles de años sirvieron de casa a los primeros pobladores antes de tener conciencia de que eran madrileños y aún cuando dudaban de si eran humanos.

Jose está dando testimonio de nuestra respetuosa conquista de la Cueva del Ave María.

“Sin pecado concebida” nos respondimos a nosotros mismos, pues la cueva guardó milenario silencio ante nuestro saludo. Saltarinas aves nos están dando envidia por la facilidad de movimiento; no importa, no tenemos otra cosa que hacer que terminar el círculo de la pedriza anterior, por eso empleamos un tiempo en inspeccionar el interior de la breve cueva – la próxima vez llevaremos alguna linterna más poderosa, el frontal resulta insuficiente – que hace siglos resultó, seguramente, mullida y cálidamente acogedora.

Estamos, de nuevo, en el sendero muy bien marcado. El alma aún cantarina de entusiasmo, vuelve a dar otro resuello emocionado: ahora estamos ante la roca que se llama El Caracol; y tal parece. Ahí debe estar desde la primera vez que el sol iluminó esta parte de la Sierra, intentando eternamente terminar de cruzar para esconderse entre los arbustos de la curiosidad de todos los montañeros. El Caracol estará, supongo yo, en todas las cámaras de fotos que han pasado por las cercanías de su caparazón.


Continuamos nuestro camino hacia el Risco del Ofertorio o de las Mozas. Queremos que nuestra marcha sea lenta para poder admirar cada piedra a la que otros han puesto nombre y aquellas que nuestra fantasía ilumina con siluetas recién descubiertas: aquí vemos un anciano que fuma en pipa, allá un grupo de setas hechas piedras para siempre, desde un hermoso farallón de rocas nos contempla una ardilla con sus mandíbulas llenas de una piña que, ante ella, está recién cogida. 

¿Acaso no es una ardilla en pose para saludar a los montañeros?


Hace rato que estamos recorriendo la Senda Maeso o de la Rinconada, saltando riscos y sorteando peñascos, llegamos a La Gran Cañada donde confluyen diversas variantes y senderos; nos parece que formamos parte del infinito circo de la vida y del firmamento.


Montse y Jose permanecen a la entrada de la Cueva de la Nieve, mientras Blanca asegura con su hocico pegado al suelo que ya se ha derretido  y apenas queda agua. 

…Y seguiremos superando todos los obstáculo que la montaña nos imponga porque nos está educando para vivir más atentos a dar de comer y de beber a quienes tienen necesidad, nos empujará a ser más solidarios para saltar juntos las rocas duras de la vida.

Allá dejamos escondido e invisible el entorno del Yelmo y seguimos – música y sosiego – hasta el paso del Acebo nuestra mayor altura del recorrido propuesto. Desde aquí seguimos nombrado múltiples peñas mientras comenzamos la bajada hacia el Collado de la Dehesilla invisible aún a pesar de que no está lejos. En el Collado, comemos: el reposo de la ensalada mediterránea, membrillo con sosiego y queso con sonrisas, todo envuelto en el pan de las madrugadas y de las siegas de hace meses antes de que el sol quemara las espigas.

El camino será largo hasta llegar al Refugio Giner y cerrar el círculo de nuevo en el Tranco. Saludamos a otros montañeros, pasamos cerca de los que escalan el Pájaro y el Puente, atravesamos el bullicio de los múltiples humanos que están pasando el día en las cercanías de los aparcamientos de Canto Cochino…el Manzanares continúa regando los rostros de mayores y niños que han estado a pocas horas de esas cumbres de piedra y vida; los montañeros les entregamos sueños que hemos cargado en las mochilas y en los palpitantes corazones.  

Javier Agra.    

sábado, 21 de enero de 2012

PICOS DE EUROPA EN EL CORAZÓN: HORCADOS ROJOS

En los Horcados Rojos se oyen colmenas de abejas: dicen que aún suenan ritmos de baile en las noches de suave brisa. Cercanas ya las pisadas de los montañeros, se escuchan los murmullos de sus labores entre las venas de la piedra; por eso es necesario pasar en silencio, no merece la pena despertar su trabajoso sosiego. Miramos y no vemos, pero ahí están sus zumbidos de miel entre la dulzura y el aire sigiloso. Las abejas de Horcados Rojos han construido una montaña de escalada sencilla, que hoy solamente acariciamos con la vista y con las yemas de los dedos.

También están los que afirman que el color rojo es porque el sol va sembrando, entre sus grietas, rayos de luz en este amarecer violeta. Bien pudiera ser. Pues a media ladera es oportuno hacer un alto entre las piedras, respirar la gloria del entorno y poner la visera; el sol ya llama a la puerta con magia las alas calladas de los siglos de existencia. ¿Y cómo cerrar los ojos a los aleteos de vida que van y vienen entre el sol y las formas infinitas de la naturaleza? ¿Y cómo negar un suspiro de ánimo a la inmensidad de la tierra cuando estamos envueltos en el color rojo de este entorno de vida y de magia?

No pocos afirman que el color de estas rocosas cumbres nace de la mezcla del hierro de las feroces espadas y la sangre derramada por las fuentes inmensas de las heridas de los Titanes que luchan en noches de fiera tormenta. Sin duda, esta teoría, puede pertenecer a la fantasía; pero aún hoy se pueden escuchar los roncos gritos de aceros y guerras, el fragor de espadas contra espadas por entre los farallones de las rocas en noches cerradas de crueles tormentas. Yo no he visto ni Titanes ni sangre, pero si he pisado por donde ellos han dejado la huella de mandobles guerreros y por donde ellos pasaron camino acaso entre la parte cántabra de Cabaña Verónica y la astur del Pico Urriello.

Tal vez alguna vez me crucé con este fiero Titán, sin pretenderlo.

En cualquier caso, cuando camines por estas cumbres recuerda que el esfuerzo nos hace humanos y nos iguala a la naturaleza; recuerda que la molicie está siempre alejada de las altas cimas. Busca el Ramidreju, que dicen que es un animal que nace cada cien años y su amistad es muy oportuna para ayudar a encontrar tesoros ocultos y también con su verdosa piel cura las enfermedades de sus protegidos. Si caminas despacio, respira profundamente y notarás, que más allá de las leyendas, cada senda de Picos de Europa tiene vida propia y fortalece tu vida; si vas con prisa… es que te has confundido y no estás en Picos de Europa.

Javier Agra.

domingo, 8 de enero de 2012

POR LA PEDRIZA

Tersas, deformes, rugosas, brillantes… de las más de quinientas mil piedras de la Pedriza, muy pocas tienen nombre; pero sin el conjunto no se podría nombrar con este nombre sonoro a la Pedriza. Conviene mirar a los ojos una a una a cada piedra y conversar sobre sus miedos y su historia y, aún a fuer de ser considerado loco, pasear con tiempo entre las llambrias y sentarse en los ribazos a contemplar árboles, arbustos, muérdago… todo en la Pedriza tiene un trasfondo de música serena, de ritmo creciente, de elegía y épica.

Apenas ponemos los pies sobre el puente del Manzanares en Canto Cochino, entramos en un tiempo de sosiego y árboles, de sonidos de magia y pájaros. Hacia la izquierda, perdiendo los sauces y los fresnos de la ribera, entre formaciones graníticas encontramos una senda – alguna encontrarás amable lector, pues salen varias – que sube al Cancho de los Muertos…


Vemos, con curiosidad y pasmo, las grietas transversales que ha dibujado en la roca, la erosión y el tiempo. Seguramente son los versos de algún poema que tendremos que descifrar.

... Do narra la antigua leyenda que unos fieros y poéticos bandoleros hicieron prisionera a una hermosa dama de familia acaudalada. Ahí llegó la discusión entre los raptores, pues mientras la mayoría pretendía dineros por su rescate, el capitán intentaba con lágrimas, lisonjas y amenazas conseguir que la doncella fuese su amante. Entre estas forzadas discusiones y otros avatares de la vida – continúa narrando la leyenda – unos a otros se fueron matando, por rencillas y accidentes, de modo que –como en las películas del oeste y en las míticas epopeyas – solamente ganaron los buenos. Aquellas no desmentidas historias de la “banda de Los Peseteros” ocurrieron en este paraje por el que ahora transitamos.


En nuestra subida descubrimos las formaciones rocosas que se llaman El Pajarito, La Vela y La Campana.

Continuamos, sin más sobresaltos, hasta el Collado del Cabrón en un paseo relajado entre cipreses, pinos, enebros, encinas, jaras y retamas de diversa índole. En los altos riscos nos espera un chivo, seguramente para que identifiquemos el lugar nombrado con algún significado agreste. De aquí salen cinco senderos. Observamos El Pajarito, La Vela y la Campana: nos hemos propuesto hacer una ruta en dos círculos, de modo que apuntamos, por nuestra izquierda hacia la brecha junto al Pajarito y la Vela.


Aquí estoy, dando la nota, en el inicio de la canal junto al Pajarito.

Hermosa desde cualquier punto de vista, canal junto al Pajarito arriba descubrimos robles y encinas que nacen en la dureza de la piedra – ¿cómo llamar inerte a las rocas después de estos paseos? –, una grandiosa cueva fabricada por el tiempo y la montaña, con dos notables oquedades mullidas con las secas hojas que el viento ha ido arrinconando en su fiereza. Y arriba, el Jardín de la Campana: entre los pinos y el asombro nos parece merecer un sorbo de agua y a él nos entregamos mientras descubrimos la encina que nace a nuestra izquierda y marca el inicio de otra subida entre piedras rosas, brillantes de sueños y pausas.

Pisada a pisada, subimos hasta la Collada Romera. Ignoramos El Carro del diablo que queda a nuestra derecha y continuamos el plácido trasiego por la llanura de la Sierra. Ante nosotros serpea La Cuerda de las Milaneras que hoy dejamos con su reposo: nosotros teníamos previsto cerrar ahora el círculo y así volvemos por una relajada senda hasta donde un ramal desciende en busca del Refugio Giner. Aquí nos detenemos para observar a dos montañeros que están culminándo la ascensión al Pájaro, aquí vemos el valle, aquí el Yelmo, aquí la Cueva de la Mora, aquí nosotros como un suspiro de la sierra. 


Al fondo, la Cuerda de Las Milaneras. Yo, narciso sin memoria, me sitúo de espalada a tanta hermosura para salir en la foto. Jose, que sabe más de la montaña y de la tierra, inmortaliza el momento mientras sueña poemas violetas.

Desde aquí al Collado Cabrón es un paseo; el descenso hasta el puente de madera sobre el Manzanares no tiene pérdida; bajamos por otro de los caminos que aquí confluyen, nos sentamos en una verde pradera a comer y ver disfrutar a los pinos jugando con las piedras. Entre bocado y bocado, Jose reflexiona sobre la importancia callada de los pioneros que se atrevieron a cruzar los caminos de la Sierra y nos dejaron las primeras huellas. Nosotros abrazamos la montaña pero no caminamos a ciegas, vamos por aquellas primeras sendas de quienes se fueron sin dejar nombre pero con el recuerdo anónimo impreso entre las piedras.

Javier Agra.
    

lunes, 2 de enero de 2012

PEÑALARA EN DICIEMBRE

Es verdad que volver a Peñalara una y otra vez puede parecer repetitivo; tal vez pienses amigo lector que la monotonía defrauda las expectativas y haría mejor en recorrer otros mundos para emplear después unos segundos en estas escrituras. Pero yo quiero conversar contigo sobre las repeticiones de la naturaleza y la vida.


Cumbre de Peñalara. Abrazados al vértice geodésico lanzamos al mundo deseos de Paz.

¿No es un día igual a otro día? Y sin embargo parece que el sol comienza a desplegar su carro con filamentos nuevos porque el calor aún está sin estrenar y está reservado el aire para ser nuevamente respirado; los árboles que ves en el paseo de la mañana tienen otro sonido distinto al que te susurraron durante la vuelta a casa tras la fatiga de ayer; las aceras mismas observan con mirada diferente la suela de las zapatillas que deambulan por los cementos ayer tan pisados y ahora con otro aguante.


                         Estamos descendiendo. Poco a poco se nos ha llenado el corazón de cielo.

Los pájaros que ayer contemplaste en su paseo hacia el nido ¿son los mismos que esta mañana surcan el cielo camino de su alimento? Escucha su gorjeo y dime si entiendes la misma conversación que mantenían en sus anteriores parloteos. Hasta el tono brillante de sus plumas cuenta otra historia a tu retina y tu corazón traduce otros sentimientos.


 Desde la loma que hace de unión a las Dos Hermanas se divisan las sombras de quienes han pisado estas cumbres, más allá Segovia y fuera de imagen el mundo entero.

Ya  sé que Peñalara y toda la magnífica Sierra de Guadarrama llevan un montón de millones de años, día a día esperando visitas y sonriendo corazones. Imagínate desde el paleozoico medio cuando aún éramos mar y sedimentos, pasando por el mesozoico hace más de cien millones de años cuando la sierra apenas despuntaba por encima de las aguas, hasta que el Terciario y las glaciaciones del período cuaternario hace más de un millón de años dejaron esta zona más o menos como nosotros la contemplamos cada día; imagínate repito la de historias y sucesos que nos podrá contar Peñalara, de modo que por más veces que la saludemos y besemos su anciana frente, nuestra cumbre sigue narrando recuerdos.


 Iniciado el repecho de la subida final a Peñalara, la vista se hace infinito y los deseos de libertad cantan endechas y villancicos.

Allí, pues, cerramos el año con la sonrisa que nos quedaba por repartir y deseosos de alcanzar en sus cumbres nuevo vigor para que este año sea cada amanecer un rosicler de pasión, un entusiasta grito de paz, una fuerte mochila que nos llene de humildad y sabiduría para poder contemplar otras cumbres y otros llanos sin miedo a desfallecer antes del final del año y aún de la vida.


 Esta foto en la que aparece Jose es un grito de aliento a cuantos piensan en infinitos modos de traer la justicia y la paz a esta extensa tierra sin fronteras.

Dos mil cuatrocientos veintiocho metros de gneis y granito sobre el nivel del mar nos acercan al cielo y nos mantienen en el suelo; desde esta máxima altura de Guadarrama podemos gozar cada cumbre redondeada y nombrar con sus nombres y recuerdos a varias decenas de picos hasta llegar al menor de todos, el Puerto del Boquerón no lejos ya de la vecina y hermosa Ávila. Y mientras caminamos montaña arriba nuestro espíritu se llena de lumbre y de paz al tiempo que aprendemos nuevos nombres: hasta hoy no había descubierto que existieran en este mundo plantas abundantes en esta sierra como el jabino y el cervuno (nardus stricta); no me había percatado del canto del acentor común, ni de la colorida collalba gris.


 Aquí ponemos el rostro de Elena, la fotógrafa de esta expedición.

Iré una y otra vez a Peñalara, punto de encuentro de las dos Castillas; y mi alma suspirará silencio y sosiego como en la primera oportunidad cuando llegué con sudor y entereza a pisar la cumbre de las Dos Hermanas, del Risco de los Claveles, de los Pájaros… volveré a Peñalara… volveré…

Javier Agra.