Mirad que serena
armonía de naturaleza y colores tiene nuestra Sierra de Madrid en torno a sus
arroyos cuando el verano apunta su primera mañana. Es una coreografía serena
para celebrar la vida como si escucháramos a Händel mientras la composición de
su Acis y Galatea por estos parajes de sosegado reposo. Los amores de ninfas y
pastores acoplan el verdor, el agua, la vida, los trinos canoros, las ramas
sedosas de los árboles, los tallos de los frágiles helechos en una sinfonía de sonido
y de luz en amorosa conjunción de paz.
viernes, 22 de junio de 2018
jueves, 21 de junio de 2018
ARROYO DE LAS ZORRAS
Junio tiende a su final
entre marañas de calor. Los montañeros planeamos excursiones por espacios
naturales donde la arboleda nos proteja en las horas de sol. Hoy vamos buscando
tejos.
Los Tejos del
Arroyo de las Zorras agradecen la visita de los montañeros.
Los tejos más
espectaculares de la Comunidad de Madrid están en el Arroyo de Valhondillo al
que ya hemos visitado en diferentes ocasiones, esta mañana nos adentramos en
otro valle menos frecuentado. Nos aproximamos al Arroyo de las Zorras desde el
pequeño aparcamiento situado en el kilómetro treinta y cinco y medio de la
carretera ya de bajada desde el Puerto de Cotos hacia Rascafría.
El Arroyo de las
Zorras cuenta historias de siglos antiguos.
Multitud de pinos,
algún abedul, helechos, retamas…múltiples plantas llenas de vigor y colorido
están prestas a comerse el diminuto sendero que nos esconde en el monte como si
nunca hubiera existido aquí la mano humana. Diminutas campanillas y graciosas
margaritas acompañan nuestros pasos hasta el Puente de la Angostura.
Estamos en una pista
forestal, entre sedosos pinos de esbeltas proporciones. Cruzamos el Arroyo Pinganillos
y, antes de adentrarnos en el de Valhondillo, nos desviamos por una intrincada
y casi oculta senda que acompaña al Arroyo de las Zorras. Por aquí, entre las gencianas
y los narcisos trompeteros, también crecerá algún tejo, pensamos en voz alta
para ponernos de acuerdo de inmediato.
El Arroyo de las
Zorras es una orquesta de cascadas y naturaleza.
La primavera suena a
cascadas y aluvión, huele a miel y nidadas de pájaros nuevos; suena a siglos
pasados y a canciones en sus primeros ensayos. Suelo mullido y turbio de agua y
barro, los montañeros caminamos entre piedras y agua, entre suave hierba y ramajes
rasantes mientras van saliendo a nuestro paso los tejos asombrados. Los tejos
han oído que los humanos van a visitar a los vecinos de Valhondillo; hoy se
sienten importantes los tejos del Arroyo de las Zorras porque tres montañeros
han preferido su conversación.
Los tejos del
Arroyo de Las Zorras conversan con los montañeros.
Los tejos del Arroyo de
las Zorras también conocen historias milenarias de nevadas que preocuparon a
las fieras antiguas, conocen historias de vendavales cuando el pechiazul y el
verderón se escondían entre sus ramas para que las águilas no se los comieran, conocen
bien al escondido tejón y al majestuoso corzo, conocen los calores cuando el
agua escasea y las salamandras y las ranas estrechan relaciones por obligación.
Los montañeros subimos
entre el agua y el monte hasta las faldas mismas de la Cuerda Larga; se
terminan los pinos, concluye la sombra, los rayos del sol comunican una hora
avanzada. Caminamos en silencio entre la frondosa naturaleza vegetal, la
musicalidad de los diferentes arroyuelos, el festivo saludo de las aves… el
sosiego, la armonía del alma unida a la tierra entera, la risueña luz de este
verdor de junio… Los montañeros regresamos buscando siempre alguna vereda nueva
en esta parte de la sierra muy poco frecuentada por los humanos. Los siete
tejos que hemos visto nos saludan de nuevo al pasar y agradecen la visita.
Javier Agra.
miércoles, 6 de junio de 2018
MONTE ABANTOS
Desde el Escorial.
Llegamos en coche hasta
el aparcamiento situado en la Avenida de Carlos Ruiz, cerca del Hotel Felipe II
y del Euroforum; bajo el muro del embalse del Romeral… Seguramente las pistas,
aunque son ciertas, serán indefinidas; el Escorial se enreda en calles y
nombres. Pero se llega; a todas partes se llega; la calma, el sosiego… conducen
al destino deseado; en la vida normalmente se emplea tiempo para llegar,
también la naturaleza llega a sus hojas, sus flores, sus frutos con tiempo y
sosiego, con agua y brisa, con sol y serenidad. Para estas cosas de las rutas
montañeras, también ayuda el G.P.S.
Ya estamos caminando.
La carretera dibuja una
cerrada curva hacia la izquierda, al pie mismo del muro del embalse. Una
escalinata de piedra nos adentra en el carcomido sendero de piedra y raíces
vegetales que continuamos hasta cruzar una valla por la que accedemos a otra
pista amplia que baja hasta el arroyo, lo cruzamos y continuamos monte arriba ligeramente
por nuestra izquierda.
Al fondo se entrevén
las rocas donde anidaron hace décadas numerosas familias de abantos;
actualmente se han ido en busca de lugares de sosiego.
Allá arriba se asientan
moles de granito donde los abantos construyeron antaño sus nidos; por estos
pinares en que serpentea el sendero debieron cruzar su silencioso vuelo. Los
montañeros no los hemos visto por estas latitudes, acaso seamos muchos humanos
los que habitamos en la cercanía y haya preferido escabullirse a parajes más
solitarios.
Las escarpadas curvas
ascendentes están acompañadas del sonoro canto del arroyo del Romeral que
lamenta su temporalidad entre los pinares y el tapiz verde de la ladera suave;
ascendemos y en la altura se extiende un valle que continuamos hasta el fondo. Atrás
han quedado la Solana de La Barranquilla y
la Solana de En medio; estamos en una tregua del pinar, las vacas pastan
en torno a la Fuente del Cerbunal.
Al regreso nos
sentaremos en una piedra de la fuente del Cerbunal para comer manzanas y frutos
secos.
El señalado GR 10
continúa su discurrir hasta nuestro destino. Nosotros preferimos continuar el
sendero que parte al pie del grueso tronco señalado con un aspa casi invisible
que recuerda que por aquí no continúa el GR. El color brillante del pelo de las
vacas está mimetizado con el ocre del sendero, con la luz tamizada de nubes entre
los pinos.
Desde la loma
cimera de la montaña, el mundo se agiganta más allá de los pueblos, de las
nubes, de los valles y los océanos.
Salimos de la vegetación
y caminamos por la loma cimera de la montaña. Las nubes en esta mañana de junio
son arpas de la brisa musical de estas alturas; tal vez, allá abajo, pueblos y
valles, ignoran la música de armonía sosegada de las cumbres.
El abrazo al
vértice geodésico es un abrazo a la montaña y al corazón de la naturaleza
entera.
El vértice geodésico es
el punto más llamativo, el lugar donde el montañero une con su abrazo el
corazón de la montaña a sus propios latidos y al corazón de la naturaleza
entera. En el Abantos, el punto más alto está unos metros más arriba, por eso
los montañeros llegamos hasta el muro de piedra donde la montaña nos lleva más
cerca del cielo.
Javier Agra.
sábado, 2 de junio de 2018
EL JARDÍN DE LOS GUERREROS
Estamos en el Jardín de
los Guerreros, corazón luminoso de la Pedriza entre el cielo y el sosiego;
sobre estas esculturas de siglos de verde y de piedra vuelan los mismos pájaros
que hace siglos, mantienen el brillo insumiso de su plumaje libre, de su mirada
que inventa la paz y la música; las mismas aves que clavan sus patas en el amor
de la tierra y construyen arboledas de esperanza entreabierta. Vuelan los
pájaros sobre esta inmensidad de roca y agua para expulsar el dolor de la
tierra, para construir cantos felices de nacimientos diarios en flores, en
hojas, en viento. La Pedriza es una amorosa presencia en este Jardín de los
Guerreros.
jueves, 31 de mayo de 2018
EL SALÓN DEL PÁJARO
La Pedriza de Madrid
tiene lugares escondidos llenos de magia y asombro. El aparcamiento de Canto
Cochino se va llenando de coches con las primeras luces de esta mañana de
primavera. Suena con brío el agua del Manzanares cuando cruzamos sobre su
puente de madera para emprender la marcha entre pinos y arizónicas por “la autopista”
de La Pedriza.
Estamos en el Salón
del Pájaro. Es nuestro objetivo de la jornada. Ya adelanto que llegamos ¿cómo
podríamos haber hecho la fotografía de otro modo?
El Arroyo de La
Majadilla es una sinfonía de agua. Imagino la novena sinfonía de Mahler con sus
instrumentos de cuerda y de metal entre la armonía del conjunto y la queja, el
grito, el silencio porque la vida es una agonía irregular en busca de serenidad en su primer movimiento.
Arpas, oboes, violonchelos suenan entre el agua desbocada y los pasos primeros
de los montañeros. Dejamos atrás la charca Kindelán hundida en el abismo y la
altura de Peña Sirio recortando el cielo.
Desde el Jardín de
los Guerreros contemplamos el circo de Las Arañas Negras por donde pasamos hace
un momento.
La danza del segundo
movimiento coincide con nuestro inseguro caminar entre las piedras y las
inmensas raíces que los árboles hacen aflorar en el sendero. Atrás han quedado
Los Llanos del Peluca y el puente que lleva hasta el refugio Giner. Una
empinada cuesta deposita nuestro resuello en el descansillo desde donde
indefectiblemente hago una parada, con El Pájaro al fondo, para desprenderme de
ropa y recomponer el resuello.
Poco más allá, justo
antes de la curva que tiene un vivac, baja un sendero hasta el Arroyo de los
Poyos; estos días va crecido, pero siempre se encuentra algún lugar por el que
vadearlo. El alegro del tercer movimiento de la novena de Mahler se llena de
instrumentos de metal, de fagots y clarinetes mientras subimos hasta La
Calavera y continuamos montaña arriba buscando hitos y recuerdos de marchan
anteriores.
Al pie del
Pájaro me detuve a conversar con esta piedra grácil y volatinera a la que llamé
“El Murciélago”.
Esta es una subida
entretenida, es necesario usar manos, pies…y un poco de pericia para llegar
hasta la base del Pájaro. Aquí me encuentro con una piedra grácil y volatinera
a la que llamé “El Murciélago” nombre que acaso se pierda en el olvido
nuevamente porque yo no tengo ascendiente social. En la base del Pájaro
conversamos con unas personas que están preparando su equipación para ascender
en escalada por una de sus vías; nos muestran tipos y nombres de cuerdas, de
clavijas…
Continuamos la
ascensión. Hace un rato que estamos entre robles y piedras, entre lagartijas y
buitres con el sonido del Adagio del cuarto movimiento entre el estallido y el
reposo de la música que salva el corazón y la mente de los montañeros, que nos
conecta en armoniosa unidad a la naturaleza. Salimos al final de estos
escondidos recodos por encima del Platillo Volante y entonamos con Mahler “en
las cumbres el día es hermoso”.
En el Jardín de los
Guerreros está preparada la piscina; los buitres contemplan el espacio cercano
y la distancia lejana.
Continuamos entre el
pedregal y los hitos por la cuenca de Las Cerradillas hasta su final que se cierra como si quisiera formar un circo con las cumbres de las Arañas Negras y Los Guerreros; desde aquí asciende una canal hasta el Jardín de los Guerreros. La erosión ha construido poesía en
estas piedras a través de tantos milenios de silencio y truenos, de sosiego y
literatura. Los montañeros nos sentamos entre la admiración y el asombro para
contemplar, a nuestro lado, La Muela que hoy está coronada por media docena de
buitres; también los buitres observan a la distancia la Pedriza Posterior y la
Cuerda Larga y el horizonte y el futuro soñado en libertad y en PAZ.
Dejamos aquí las
mochilas, al regresar nos sentaremos otro rato para disfrutar y comer.
Continuamos hacia el Jardín del Pájaro y hacia el Salón del Pájaro, convencidos
de que somos minoría los que hemos visto estos recoletos lugares. A veces
reptando, a veces sirviéndonos del culo como punto de apoyo, a veces haciendo
malabares, siempre con el mayor respeto hacia la montaña, entramos a disfrutar
también de este escondido espacio del Salón del Pájaro. Espacio de serenidad,
de asombro, de poema, de latidos en armonía con la canción sutil del viento en
la montaña.
La vuelta fue otro
cantar.
Javier Agra.
miércoles, 23 de mayo de 2018
LA PEÑOTA (DESDE CERCEDILLA)
En el vértice
geodésico de La Peñota se llenó mi corazón de sosiego y libertad.
Una de mis entradas, en
el año dos mil ocho, cuenta la aventura nunca suficientemente ponderada de La
Peñota desde el Alto del León. Así como es conocido el dicho de que “todos los
caminos llevan a Roma”, son unos cuantos los senderos que confluyen en la
cumbre de La Peñota y en otra multitud de cimas y de lugares a los que nos
apetece regresar con frecuencia.
Comenzamos nuestra
marcha por el Camino Puricelli entre la sinfonía de las retamas, de las aves,
del arroyo…
Desde la estación de
Renfe Cercanías en Cercedilla, cuando la mañana aún está entre el clarear y el
olor de los churros, salimos buscando el Camino Puricelli muy bien trazado en
la falda de la montaña. Sinfonía de retamas alientan nuestro caminar, las aves ponen sonidos de contratenor y el
arroyo de La Venta acompasa acordes de cuerda y viento en esta mañana de luz.
El arroyo de la Venta trae sueños y agua desde la Fuenfría, trae rumores
reposados de las concurridas Dehesas.
Nuestra marcha se
desvía, ahora buscamos el Collado de Los Amigos y el prado del antiguo
Campamento de las Berceas. Pastan una cuantas vacas ausentes a nuestro silencioso
caminar. Nuestro corazón palpita con la vida nueva de los robles, nuestros ojos
caminan muy lejos con el pensamiento y con las puntiagudas miradas de las altas
copas de los pinos.
Estamos cruzando
las praderas de Las Berceas.
Una amplia pista nos
conduce hacia nuestra derecha montaña arriba. Nosotros sabemos que este sendero
de sedoso caminar es efímero; muy pronto saldrá un empinado desvío; se inicia
con una mezcla de raíces y brevísima pradera que confluye en una fuente; a partir de aquí
el camino que hemos de seguir se torna en suelo pedregoso, entre guijarro y
pedernal. Es la Senda Poyalejos.
Allá abajo, la niebla
juega a construir puzles de preciosas vistas y temblores ocultos. Los
montañeros continuamos despacio y esperanzados, pronto llegaremos a La Senda
del Infante, más arriba del arroyo del Helechar y la cuesta de Matalobos. Mientras
resoplamos entre la fatiga del desnivel y el asombro del lugar conversamos
sobre los muchos nombres que en estos y otros lugares se han perdido, han
variado su significado. Los helechos crecen en estos paisajes de la sierra como
si permaneciéramos para siempre en siglos antiguos, los lobos se han perdido en
la memoria ahuyentados por la desmedida ferocidad de los humanos.
Cerromalejo queda a
nuestra espalda. La niebla oculta los pinos que disminuyen su tamaño y cantidad
mientras continuamos ganando altura en esta jornada de ochocientos metros de
desnivel casi sin descansillos en el trayecto. Ante nosotros se presenta como
una siniestra aparición la línea de rocas que da comienzo al último tramo del
sendero.
Se han terminado los
pinos, ha concluido la vegetación;
entramos entre la niebla en el terreno de las rocas, la memoria de otros paseos
por estos lugares nos ayuda a pisar en suelo seguro. Las gafas se oscurecen por
completo entre las gotas de niebla. Es como si esta hora, aún antes del mediodía,
fuera un símbolo terrible de destrucción.
Llegamos a la cima.
La Peñota extendió su luz sobre las cumbres y los valles.
Llegamos a la cima. El
vértice geodésico de La Peñota exige al montañero usar las manos y aún la paciencia
y un poco de pericia. La montaña es agradecida hasta términos insospechados.
Cuando pensamos que ya estamos ante un telón invisible, se disipa la niebla en
un instante y ofrece al montañero la vista de otras cumbres y sus nombres, de
llanuras, de embalses, de poblaciones, de arroyos, de bosques, de inmensidad.
Descendemos por la
Senda Poyalejos hasta encontrar las praderas de Las Berceas.
La Peñota se viste de
asombro para que podamos regresar con el esfuerzo realizado, el alma henchida, el
corazón iluminado, la vida entregada a la sosegada quietud y la actividad
productiva. Regresamos hasta los campos de las Berceas por un sendero directo,
a veces más claro otras veces perdido por completo. No nos preocupó, nuestro
corazón ya se había encontrado, se había acompasado al respirar de siglos
pausados de la naturaleza.
Javier Agra.
domingo, 22 de abril de 2018
HACIA LA MALICIOSA
Hasta la Maliciosa se
puede ascender desde diferentes puntos por diversos caminos, todos llenos de esfuerzo
y entretenimiento.
Esta mañana avanzamos con
el coche por la carretera de Colmenar hasta el kilómetro cincuenta y siete; de
la misma rotonda con la escultura semejante a un “tirachinas”, sale uno de sus
ramales hasta la urbanización Cercas Mayores donde aparcamos para comenzar
nuestra búsqueda de la Maliciosa por una ruta diferente a todas las que había
hecho hasta el día de hoy.
Se trata de seguir una
pista bien dibujada y con la dirección apropiada entre las diferentes pistas
que, en algún momento, se entrecruzan como si estuvieran recordando aquel juego
de mi infancia que llamábamos “pica cruzada” y consistía en correr detrás de
otro niño hasta alcanzarlo, cuando se “cruzaba” alguno de los participantes
entre el que “la ligaba” y su “presa”, era necesario correr detrás del nuevo
objetivo. Así empleamos muchas horas en Acisa de Las Arrimadas y otros muchos
pueblos.
Eran años en los que
los pueblos de muchas zonas de España tenían escuela con varios niños. En mi
infancia éramos veintidós en total, de diferentes edades y con un solo maestro;
los mayores se ocupaban de los recién llegados, aprendíamos los números y las
letras de una manera cooperativa. Lo natural entre las personas era echarnos
una mano unos a otros, así crecimos desde los primeros recuerdos que conservo.
Hoy estamos
camino de La Maliciosa. Enseguida hacemos una parada para contemplar la presa
de Los Almorchones, pequeña retención de agua que sirve para regar algunas
huertas y otros diferentes usos agrícolas.
El monte está plantado
de pinos con escaso vigor, crecen algunas jaras, piornales variados. La pista
llega hasta un collado que agrupa nuestro camino con otra pista que sube desde
la urbanización de Vista Real. En pocos minutos llegamos hasta el embalse de
La Maliciosa que almacena agua potable para atender a Becerril de la Sierra con
sus diferentes núcleos urbanizados. Los pinos que pueblan este entorno han
tenido más éxito y, aún siendo muy jóvenes, parecen tener mejor futuro que los
que dejamos atrás.
Desde el embalse
de la Maliciosa contemplamos el valle por el que después subiremos buscando
el Peñotillo y la Maliciosa.
Bordeamos el embalse y
nos adentramos en un valle bucólico mecido por jaras y arbustos. Enseguida
encontramos un sendero que hará apacible nuestro ascenso. Un pino solitario en
medio del sendero invita al reposo y al sosiego, su copa entrega sombra y
silencio. Apenas lo saludamos pues estamos buscando un vivac del que hemos oído
comentar.
El sendero
busca diferentes variaciones en este valle de serena ensoñación. Llegamos hasta
el vivac.
Suenan trémulos los arroyos
que bajan desde los cordales de Los Asientos y Los Almorchones, agrupan sus
aguas en el Arroyo Jardinera para jalear el verdor del valle en esta primavera,
para acompañar el bullicio amoroso de las aves, para acompasar su paso al
latido de los montañeros que suben con cadenciosa ilusión entre la nieve y el
verdor brillante, entre la luminosa respiración del sol y el chapoteo de las
botas.
Disfrutad
conmigo del PEÑOTILLO, así se llama esta pétrea mole que es un FILÓSOFO dormido
con su frente, ojo, nariz, boca y mentón. Con él conversé entre la sosegada luz
y la esforzada marcha; con él contemplé la austera vida de la primavera y la
PAZ serena de esta tierra.
Serpentea el sendero
para suavizar el esfuerzo de los montañeros. El esfuerzo mismo es una parte
interesante de las salidas a la montaña; la compañía, es también una delicia de
esta actividad; el silencio del entorno y del corazón y de la mente,
engrandecen el alma hasta eliminar fronteras; los paisajes, las vistas, la
fantasía, el aire, el sol, las aves, los diminutos animalillos, el contacto con
la tierra…Hacen que la pequeñez humana sea más compartida, sea más liviana, sea
fuente de paz y entusiasmo de futuro.
Recién
superados los mil setecientos metros, nos dimos cuenta de que a nuestra
derecha, en el cordal de Los Asientos nos estaba vigilando un dinosaurio. Esta
fotografía muestra su figura escondida entre las rocas.
Llegamos al Collado. A
nuestra izquierda quedaba superado el Peñotillo. Comenzamos el ascenso entre el
Peñotillo y la Maliciosa. Utilizamos el piolet y los crampones; subimos; nos
esforzamos; sudamos; nos resbalamos; nuevo intento; ánimo; nos detuvimos;
regresamos sin coronar la cumbre.
Aquí estoy
con cara de ¡vaya, no siempre conseguimos aquello por lo que luchamos!
Javier Agra.
domingo, 15 de abril de 2018
ENTRE ESPAÑA Y PORTUGAL: LA CANTERA
Hubo un tiempo en que
en España se construyeron multitud de pantanos. En el punto justo donde el
Duero comienza su frontera entre España y Portugal, La Raya decimos en aquellos
pueblos, en los Arribes de Zamora también se construyó el Salto del Castro
inaugurado el doce de diciembre de mil novecientos cincuenta y dos.
Para llevar a efecto
tamaña efemérides, previamente en la segunda mitad de la década de los cuarenta,
se edificó todo un pueblo “El Poblado de El Castro” así llamado porque está
dentro del término municipal de El Castro. Tenía este lugar todas las
instalaciones que constituyen una población bien abastecida, con su escuela, su
templo, farmacia, piscina y pistas deportivas. Una preciosidad, además del
Cuartel de la Guardia Civil y numerosas casas con espacios comunes de recreo y
esparcimiento.
La CANTERA ocupa
media montaña. Ved señales de los barrenos con los que sacaron la piedra. Las
paredes forman un anfiteatro de sonoridad magnífica.
No voy a poner ninguna
fotografía de la desolación en la que ha quedado y que en la actualidad se ofrece
a los visitantes como monumento a la devastación que sometemos las personas a
los edificios abandonados, la destrucción absoluta que llevamos a los pueblos
sin habitantes. ¿Cómo un pueblo tan exclusivo pudo ser entregado a la
barbaridad, el saqueo, la destrucción, la vileza humana? Su abandono el año mil
novecientos ochenta y nueve supuso su rápida destrucción a manos de la rapiña.
Para construir todo
este complejo de pueblo y presa se necesitó la materia prima que salió de la
piedra labrada y transportada desde una cantera cercana hasta la que se accede
por un camino de tierra de unos cinco kilómetros. Allí se pueden contemplar otras
infraestructuras derruidas de lo que fueron gruesos y fornidos postes y
engranajes para cableados seguros y firmes con los que vencían el amplio
desnivel de barrancos y arroyos.
La CANTERA vista desde
lo alto de la montaña que permanece con su vegetación, sus paredes y sus
prados.
Media montaña de piedra
está hoy arrancada a base de dinamita y maquinaria, de esfuerzo y cálculo
humano, de tiempo de trabajo seguramente bien dirigido y bien realizado. Hoy
aquella antigua cantera está formando un lago de agua permanente en el que han
aportado vida en forma de peces y otros seres acuáticos. Allí han nacido
salgueros frondosos, diminutos prados, allí anidan aves, allí llegan los
ciervos trotando, allí encuentran consuelo a su sed diferentes especies de
animales.
Aquella antigua
cantera es hoy un espacio lleno de vida animal y vegetal.
Recité un poema de
Bertolt Brecht para apreciar la sonoridad del anfiteatro que forman hoy las
paredes de la media montaña que se mantiene en pie. Magnífico eco sonoro de la
tierra. La visión de la CANTERA produce una mezcla de sinsentido y entusiasmo,
de desazón y gozo. Después de salir de aquel lugar yo hago una propuesta: id a
ver la CANTERA con su mágico silencio, con su bullicio de vida; después no vayáis
nunca a ver el pueblo donde está creciendo la desolación y el desaliento. Guardad
en vuestro recuerdo la fantasía de la CANTERA.
Javier Agra.
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