domingo, 11 de abril de 2021

ÁRBOLES: SOSIEGO

Sosiego.


 

He pasado junto a la fuente con su corriente de agua limpia y perpetua. Entonces yo entendí que había hecho bien en llevar siempre la cantimplora porque ahora estaba comenzando la sed con el sol del atardecer. Entonces me apoyé en su empedrado antiguo y rellené el estómago de la cantimplora de agua y mi corazón se sosiego.

Había caminado tantas horas que casi no recordaba de dónde había partido hacía ya muchas jornadas; venía por los caminos buscando la flor de la calma, la piedra de la serenidad, el lugar de las flores de colores que llenan el alma de entusiasmado sosiego.

Junto a la fuente estaba el alcornoque que es como una sinfonía para ser escuchada por los robles y las encinas, árbol acaso de menor nombre que los grandes vegetales. El alcornoque se acopla junto a mi fuente en silencio y quietud, para entregar sombra a mi cansado caminar después de muchos días de búsqueda y misterio.

Entre sus hojas siempre apuntando al misterio de la vida encuentro esta tarde el sosiego después del camino incesante de los días de mi búsqueda. Bajo sus ramas me acodo y despejo la fatiga entre el reposo y el sueño, sosiego mi corazón, mis entrañas y mi alma. Dentro de un momento podré continuar la marcha incesante del tiempo hasta la cumbre de mis días que es el sol sin ocaso, la luz sin término.


 Alcornoque. Uno de los “árboles singulares” catalogado como tal por la Comunidad de Madrid, en el monte del Pardo.

Javier Agra

martes, 6 de abril de 2021

CHORRERA DE MOJONAVALLE


En las cercanías de Madrid podemos visitar con cierta facilidad hasta trece cascadas con nombre propio, en paseos relativamente cómodos y siempre atrayentes. Una de ellas es la Chorrera de Mojonavalle en el arroyo del Sestil del Maíllo.

Salimos de Madrid con el sosiego de la mañana ya comenzada, atrás queda Miraflores de la Sierra, enfila el coche las curvas y pendientes hacia el puerto de Canencia entre bosques de roble y de pino. Unos metros antes del kilómetro ocho, ya en la cima del puerto, se encuentran diferentes aparcamientos para dejar el coche y comenzar a caminar.

Sale una pista forestal muy visible por su amplitud y cuidada presencia, jalonada además por una notable fuente de piedra. Señales, todas ellas, que no dan pábulo a la desorientación. Por el sosegado sendero avanzamos y he aquí que la atención nos desvía entre los pinos del ribazo de la derecha hasta topar nuestra vista con una construcción a modo de palloza o acaso recreación de alguna antiquísima vivienda de los primeros carpetanos que por aquí vivieron hace siglos, cuando guerreaban con sus vecinos vetones.


 Comienza la ruta en el edificio del centro de educación ambiental El Hornillo.

Volvemos a la senda y pronto encontraremos otros desvíos hacia nuestra derecha y nuestra izquierda, nosotros los dejamos y continuamos hasta el edificio del centro de educación ambiental el Hornillo. Ahora sí comenzaremos a caminar sobre la marcada ruta que baja junto al techado de mesas y asientos.


 La chorrera de Mojonavalle aparece treinta metros sobre nuestras cabezas.

El sendero apunta las primeras hayas y algún acuífero que puede enfangar el cuidado sendero que acompaña la ladera entremetiéndose hacia la izquierda mientras contemplamos la belleza de las cumbres del Pico del Nevero, de los que tienen nieve el que está más a la derecha, del puerto de Malagosto y sus compañeros cerrando la vista del fondo. El sendero se hace maravilla y entusiasmo, pronto comenzamos a escuchar sonidos de agua, al salir de un recodo descubrimos majestuosa la cascada o los chorros que bajan de las cimas de Mojonavalle en una caída cercana a los treinta metros de brillo y resplandor en este sol de primavera.

Continúa la senda serpenteando en dirección a la parte más baja del valle, el arroyo del Sestil del Maíllo sirve de referencia a esta tendida senda, entre abundantes abedules, numerosos tejos, reconocibles abetos…para solaz de la vista, serenidad del cuerpo, sosiego del alma (aquí reseño, como nota, que algún día realizaré unos apuntes sobre “el sosiego” tomando como referencia el libro de “Don Quijote” en sus dos partes). 

El abeto de un tamaño inusualmente grande, es uno de los dos árboles singulares que encontramos en el recorrido. Lo flanquean un joven tejo y un abedul cerca del agua del arroyo Sestil del Maíllo.

 

Así llegamos nuevamente a la carretera que continúa desde el puerto hasta el pueblo de Canencia, también aquí hay un espacio para aparcar algún coche. Unos metros antes encontramos uno de los “árboles singulares” como titula la Comunidad de Madrid a unos cuantos árboles de diferentes especies y por variadas razones, éste es un madroño de altura inusual.
 
Este tejo es el otro "árbol singular" por su vida varias veces centenaria. Da la sensación de ser un inmenso manojo de troncos hecho un solo árbol.
 

Para continuar el recorrido según la senda marcada, salimos a la carretera y ascendemos tal vez doscientos metros en dirección al puerto. A la derecha de nuestra subida encontraremos un madroño solitario, el camino regresa ascendiendo por la ladera del monte, enseguida nos encontraremos con el otro “árbol singular” del recorrido, en esta ocasión un viejísimo y voluminoso tejo.


 Abeto solitario que muestra el inicio del sendero desde la carretera.

La vegetación es muy abundante de modo que la sombre está asegurada durante todo el trayecto, que el paseante puede alargar todo lo que su voluntad desee. Nosotros en dos horas y media paseamos, nos solazamos, respiramos, comimos, hicimos fotografías, escuchamos a los pájaros, conversamos con otros viajeros, volvimos al coche…

Javier Agra  

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 5 de abril de 2021

BARRANCO DE LA CABEZA


Nuestra vida camina por senderos diversos que conducen al mismo fin que es la luz de la eterna pervivencia… nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar / que es el morir… Decía Jorge Manrique en la tercera estrofa de su muy conocido, e incluso leído, poema “Coplas a la muerte de su padre”.

También la montaña permite que abracemos su cumbre después de haber salido de lugares diferentes. Otras rutas había seguido en anteriores ascensos al cómodo Barranco de la Cabeza; en esta ocasión salimos desde San Lorenzo de El Escorial, en el aparcamiento junto al Euroforum, también conocido como de Felipe II.

Caminamos hacia la presa y en breves momentos encontramos una escalerilla de piedra que nos sitúa en un desconchado sendero y sube entre piedras y descuidada vegetación para encontrar la amplia senda que continúa hacia el Abantos. Cuando se ha recorrido el camino varias veces, paree que puedes saludar a cada retama y cada piedra como si fuerais conocidos de toda la existencia; en verdad, la naturaleza es tan agradable y entusiasta que siempre se puede saludar y conversar con los árboles, las plantas y aún las lagartijas que se cruzan en el camino, siempre sonríen y contestan al saludo.


Fuente de Santiago Arroyo. Hoy ha entregado su agua para la vida de su alrededor.

Apenas llevamos caminando una cincuentena de metros por esta conocida ruta cuando tenemos que subir hacia la izquierda por la Senda del Tesoro, también amplia aunque más montañera pues de inmediato se muda en suelo de pedregal ascendente. Comienza la civilización a quedar bajo nuestros pies, escuchamos con claridad a las aves, la vegetación se ha hecho pinar frondoso… La senda se retuerce hacia la izquierda como si quisiera regresar sobre sí misma al punto de partida…entonces los montañeros optan por continuar el ramal más directo hacia la derecha buscando la fuente de Santiago Arroyo.

La fuente de Santiago Arroyo está unos pasos más adelante, pero no tiene agua en su caño; la fuente de Santiago Arroyo ha entregado su agua a los árboles y al ribazo de pradera que está a su lado, el agua juega y riega la naturaleza, el agua se expansiona después por el camino de tierra y piedras y se asoma hasta un cercano abrevadero. La fuente de Santiago Arroyo ha entregado el agua para la vida de su alrededor.


Estamos en el Mirador de los alerces. Esos árboles de un color más pálido son los alerces. La cumbre de enfrente el monte Abantos y fuera de plano, a la derecha se extienden llanuras, oteros, embalses, la tierra toda…

Continuamos. Me han contado que antes de construir la fuente, este regato se conocía con el nombre de Arroyo de Santiago, ¿quién fue Santiago Arroyo? Supongo que no se lo dedicarán al congresista colombiano del siglo diecinueve… mis dudas quedan aparcadas para otra ocasión pues comienza la zona de los alerces. Aquí cerca está el Mirador de los Alerces, por tanto. Una parada. Desde el citado Mirador, la tierra es una gigantesca esperanza de luz y prosperidad, mirando el mundo desde este sosiego entre el silencio, la brisa acurrucada entre los árboles, la suavísima ternura de las aves, todo es una torrentera de ilusión.

Como si hubiera estado esperando la reanudación de nuestra marcha, ahora comienza su incesante picoteo el pájaro pico carpintero (dendrocopos maior) mientras caminamos identificando alerces, abedules y otras especies menos abundantes en nuestras diferentes excursiones. El pica pinos es un tambor que a lo largo de los siglos ha guiado machaconamente el ritmo del trabajo humano. ¡Toc, toc, toc..! suena con cadencia monótona a través del tiempo, nuestra marcha se acompasa hoy como antaño se acompasaba el arado en los sembrados o el golpe rudo de la maza en las aristas de las rocas.


Estamos en una mal asfaltada carretera. Allá abajo, el embalse de Tobar, entre esas colinas se encuentra el Valle de Pinares Llanos, al fondo la Sierra de Ojos Albos…

Pasamos sobre la fuente del Trampalón, algo apartada del sendero. El sendero nos deposita en una explanada verde desde la que llegamos al Puerto de Malagón. Desde aquí también se puede seguir camino hacia el Monte Abantos. Nuestro camino hacia La Cabeza del Barranco, requiere superar una portilla y continuar el mal asfaltado camino hacia la izquierda. Estamos en tierras de Ávila, allá abajo está el embalse del Tobar, más allá el Valle de Pinares Llanos, las aspas de los molinos de la Sierra de Ojos Albos y la tierra ensanchada como un corazón sin límites capaz de abrazar a la humanidad entera.

Acaso dos kilómetros caminamos por la maltrecha carretera hasta terminar la alambrada de nuestra izquierda en el punto más bajo de una suave vaguada, desde aquí sale un sendero en dirección a la cumbre que ya habíamos visto hace algún tiempo. Entre pinares y suelo pedregoso ascendemos los últimos metros hasta alcanzar la Cabeza del Barranco. ¿Será para diferenciar las dos provincias que aquí se juntan, Madrid y Ávila? ¿Será un símbolo de los corazones heridos incapaces de perdonar?... ¿Qué hace esta alambrada en medio de los pinos y las retamas?


Cumbre de la Cabeza del Barranco.

Nos acercamos unos pasos para contemplar, bajo el barranco, El Escorial. Más allá las Machotas, el cerro San Benito, el embalse de Valmayor. Ninguna alambrada podrá encerrar la respiración libre de los corazones humanos, la ensoñación fraternal del pensamiento.


En la cima de la Cabeza del Barranco con vistas hacia el Monasterio.

Regresamos por el mismo camino hasta el Puerto de Malagón, ahora hervidero de peatones y ciclistas; continuamos por otra senda paralela a la que habíamos subido, hasta encontrar el entronque con el camino que nos acompañará hasta el aparcamiento donde sestea el coche, muchos metros más abajo, cerca ya de la fuente de Santiago Arroyo.

Javier Agra    

 

miércoles, 24 de febrero de 2021

MONTE DE SAN BENITO II


 

Nuestra marcha continúa otro trecho carretera adelante buscando el Mirador de Ángel Nieto. Por fortuna, el lateral de la carreta tiene un espacio suficientemente amplio para recorrer los setecientos metros hasta llegar al Mirador. Las vistas al valle son sublimes.

 


Mirador de Ángel Nieto.

 

Frente al Mirador, cruzamos la carretera y reptamos bajo una valla para adentrarnos en la falda del San Benito. No existen caminos pero nuestro corazón fabrica senderos siempre ascendentes buscando la cumbre, serpenteamos entre esta tierra árida donde acaso el sudor de antiguos labradores guía nuestras pisadas, porque el trabajo ancestral no se muere en el olvido, es semilla de hierbas eternas que reconfortan paso a paso nuestra búsqueda.

 

La ascensión en nueva en cada descubrimiento del montañero, este espino y aquel enebro que hoy construyen entraña en mis entrañas, son los mismos que hace siglos fueron sombra y sosiego para aquellos labradores que araban por estas lomas su sustento. Así, en medio de estas laderas reúno en mi corazón el corazón de todos cuantos trabajaron la tierra e hicieron fértil sus esfuerzos.

 


Me planto en medio de la ladera, arriba vemos uno de los peldaños que hemos de subir para llegar a la cumbre del Pico San Benito.

 

La valla alambrada de la izquierda sirve de guía para la subida. Más arriba pasamos un cercado de piedra y continuamos en sosegada marcha monte arriba, los jabalíes estuvieron hozando por aquí estas últimas noches, aún quedan multitud de restos de sus búsquedas. Pronto se funde el final de los prados con multitud de enebros rastreros, retamas y los primeros peñascos que anticipan una trepada final de diversión y cuidado constante.

 

Entre rocas, contemplamos la cumbre. Los doscientos últimos metros son de trepe, de manos y piernas, de repechos y senderos. Superamos peñascos como intensos trabajos, ahora se transforman en rocas más llevaderas como cuando la solidaridad de compañeros o acaso desconocidos comparten sudores para transformar esta tierra en un espacio más llevadero y más bello.

 


Por entre estos peñascos, los montañeros buscan senderos con palabras de otros siglos y baladas de todos los tiempos. Al fondo, Las Machotas.

 

Una pequeña hornacina pegada a la roca conserva una imagen de Jesús, niño que acuna y anima esta ascensión, que protege a quien quiera ser protegido. Subir la roca por la brecha parece lo más fácil o lo menos difícil. Después unas peñas como si algún montañero antiguo hubiera construido una escalera nos llevan hasta el último rellano antes de tocar el vértice geodésico.

 


La cumbre.

 

En la cumbre recito esta “Balada de mi nombre” de Gabriela Mistral:

 

El nombre mío que he perdido,
¿dónde vive, dónde prospera?
Nombre de infancia, gota de leche,
rama de mirto tan ligera. ..

Pero me cuentan que camina
por las quiebras de mi montaña
tarde a la tarde silencioso
y sin mi cuerpo y vuelto mi alma.

Fotografías. Bocadillo. Regreso…

 

Javier Agra