jueves, 16 de noviembre de 2023

RÍO DUERO (II)

El Duero corre, terso y mudo, mansamente.
El campo parece más que joven, adolescente.

Antonio Machado en “Soledades”

 


Puente medieval de Piedra de Soria. Aquí se cobraba el pontazgo para entrar a la ciudad, aquí contemplaba el sereno Duero reyertas y pendencias, aquí despertaban sus aguas lamentos de enamorados, aquí conversaciones ociosas unas veces y de negocios varios en otros momentos.

 

Bajando hacia SORIA, el Duero suena a mitología y eternidad, a leyendas y poesía entre los álamos del río y las aves de sus orillas. Manrique el personaje de “El rayo de luna” de Bécquer permanecerá para siempre entre la arboleda y los puentes, entre las peñas y los sueños. Y Machado con su multitud de poemas a Soria, su tierra y su río, como este titulado “A Orillas del Duero” en “Campos de Castilla”:

Veía el horizonte cerrado por colinas  
oscuras, coronadas de robles y de encinas;…

cruzar el largo puente, y bajo las arcadas  
de piedra ensombrecerse las aguas plateadas  
del Duero.

El Duero cruza el corazón de roble  
de Iberia y de Castilla…

 

Sale el Duero lamiendo historia por San Juan de Duero y la ermita de San Saturio, lugar donde vivió con austeridad y silencio el santo patrono de la ciudad durante treinta años. Lugares de sosegado recogimiento y de sonidos de antiguas guerras cuando las órdenes de caballería sembraban tierras y repartían mandobles. El Monasterio de San Polo más vivo en el recuerdo por Bécquer y su “Monte de las ánimas” que entre las pobres piedras que esconden gemidos y sueños de un pasado literario, además del templo del mismo nombre donde resuenan ecos templarios de antaño entre los musgos de siglos y las hiedras de recuerdo y eternidad.

 

Cerca aún de Soria, pasada la ermita de San Saturio, el Duero se hace cadencia de silenciosa multitud en el Embalse de Los Rábanos, que ha respetado al pueblo del que toma nombre, a sus monumentos entre los que se cuenta la leyenda de la ermita de la Virgen de Sinova, así llamada porque se apareció a poco más de un kilómetro y pretendían trasladarla a algún lugar sagrado del pueblo; cuentan que ella repetía sin descanso: ¿Y si no va? De modo que allí tiene su ermita y su festejo cada ocho de septiembre, fecha en la que se celebra el nacimiento de María la Virgen en diversos pueblos de la península. También se puede visitar el yacimiento prehistórico de la Cueva del Asno.

 


Estoy en la Cumbre del Moncayo. Fotografía rescatada de mis recuerdos. Podría hablar de Bécquer y el Monasterio de Veruela donde escribió “Cartas desde mi celda” que leí profusamente en mi juventud; podría escribir sobre las excelencias de Tarazona…

 

Mi corazón mezcla el aria “Alto Giove” (Alto Júpiter) de la ópera Polifemo compuesta por Nicola Porpora (Nápoles 1686 – 1768) con el río que canta nostalgias del Urbión al alejarse, canta la grandeza de las tierras que recorren sus aguas en busca del mar. Entre arrugas, llanuras y oteros  el Duero entra en Almazán, mientras recibe las aguas que bajan por el río Araviana, más conocido por la magia de su nacimiento en la falda del literario y mitológico Moncayo antes de desaguar en el Rituerto que agrupa en su cauce las aguas de la sierra del Madero, ríos que en otros tiempos tuvieron molinos, truchas y otros alimentos para las gentes de las poblaciones cercanas.

 

Al sonido de trompeta antiguas, entra el Duero en Almazán donde nació mediado el siglo doce la Orden de Caballería de Calatrava con Sancho III de Castilla, para defender y expandir la frontera sur de Castilla. Sueña recuerdos del ferrocarril que recorrió entre Valladolid y Ariza durante cien años en busca de prosperidad y cercanía. ¿Tiene futuro turístico, cultural y deportivo? Almazán tiene su canal de regadío desde hace cincuenta años para hacer fértil la aridez de esta tierra castellana. 

 


El Castillo de San Esteban de Gormaz está en la actualidad en estado de ruina. En su único muro suenan canciones y bailes de antaño. Sus piedras conservan amores y guerras de otros siglos.

 

El río Ucero trae al Duero sus aguas y las que le entrega el río Lobos con recuerdos medievales y literarios. Más allá recoge la escasez de agua que en el río Mazos baja de la Sierra Llana de y la de san Marcos carcomida por los vientos y por los siglos de existencia. En estos terrenos de variedad vegetal y de cereal, camina entre el sosiego y los recodos hasta asomarse a San Esteban de Gormaz recogido por las llanuras de Castilla y el castillo construido por los califas y en largas disputas con las huestes castellanas.

 

Javier Agra

 

miércoles, 15 de noviembre de 2023

RÍO DUERO (I)


En la estepa

del alto Duero, Primavera tarda,

¡pero es tan bella y dulce cuando llega!

Antonio Machado (Sevilla 1875 – Colliure 1939)

 

Ahora que los años han dibujado arrugas en mi piel y pintado mi cabello en blanco; ahora que he recorrido muchos kilómetros y atravesado montañas y sembrados, recuerdo la primera escuela donde me quedaba absorto escuchando al maestro contando historias sobre el inmenso río Duero que recogía el agua escasa que pasaba por los campos de mi aldea.

 

He subido otra vez al Pico de Urbión, he bajado hasta su maternal falda donde acuna al pequeño Duero en sus primeras aguas, apenas unos chorros de lágrimas de niño amamantado por la leche materna de la montaña. Suena en mi corazón el Concierto para piano número uno de Chopin (Varsovia 1810 – París 1849) con la ternura y suavidad de este río niño de cauce leve culebreando por  el valle en ligera pendiente, mientras el sol calienta la tibieza de sus aguas de montaña. Paso a paso quiere recorrer entre la nieve y el poema los ochocientos noventa y siete kilómetros hasta el Océano Atlántico, incontable y misterioso.


El nacimiento del río Duero contiene muchas anécdotas y carteles. Aquí una piedra con los primeros versos del conocido poema de Gerardo Diego: Río Duero, río Duero / nadie a acompañarte baja / nadie se detiene a oír / tu eterna estrofa de agua…

Y añade el siguiente texto: “Aquí en las faldas del Pico Urbión, en la localidad de Duruelo de la Sierra, a 2160 m de altitud inicia su andadura el Río Duero que tras recorrer 897 km entrega sus aguas al Océano Atlántico en la ciudad de Oporto”

 

Muy pronto comienza a hacer amigos el amigable Duero. De la alta sierra, por donde anduve con paso lento, le abrazan el Ebrillos que juega entre los pinos por su derecha y el Revinuesa por su izquierda que cae a plomo desde la Laguna Larga y da nombre a todo un valle. Caminan juntos entre canciones, pinares y múltiples setas hasta calmar su acelerado ritmo en Embalse de la Cuerda del Pozo, también llamado el embalse de la Muedra pues tal era del nombre del pueblo oculto por sus aguas. Allí en la Playa Pita tienen los sorianos su playa a falta de otro mar cercano. Más arriba ha quedado la Laguna Negra de belleza hipnótica, inmortalizada por su grandiosidad y por Antonio Machado en La Tierra de Albar González.

 

Duruelo, silencioso pueblo como su Cristo de las Maravillas de estilo gótico en el templo de San Miguel a cuya sombra se cobija una necrópolis medieval. Covaleda lugar de serenidad y poesía sobre su historiado puente de piedra, entre pinares y verdor; desde hace algunos años se celebra una de las más célebres carreras de montaña de nuestra península: Desafío Extremo Covaleda Urbión.  Salduero, con la Fuente del Carretero junto al río y su puente. Tres pueblos entre montañas y pinos, entre verdor y misterio que pronuncian con sus nombres el río Duero, músico en estas latitudes entre peñas y senderos. 

 

Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños...
ANTONIO MACHADO en "Campos de Castilla"

Laguna Negra

 

El Duero se aplaca entre largas colinas y llanuras de la tierra soriana, donde el trigo brilla de verde y amarillo en primavera, donde los llanos son grises, salpicados de pino y frutales, en el verano. Se encrespa entre recodos de la Sierra de Carcaña, entre robles y pinos donde antaño bebieron agua los pobladores pelendones y, acaso, primitivos humanos antes de tener tribus con nombre.

 

Se abrazan varias sierras antes de las llanuras de Soria, el Tera llega hasta el Duero (son varios los ríos que mantienen ese nombre Tera), allí en el otero de la Muela se levantó Garray como recuerdo a la antigua Numancia poblada por tribus de pelendones celtíberos hasta que Roma la destruyó después de largo tiempo de asedios y de luchas en el año ciento treinta y tres antes de Cristo a las órdenes de Publio Cornelio Escipión “el Africano”.


Desde la cumbre del Pico de Urbión contemplo una parte amplia de la inmensidad de la tierra. Debajo la Laguna de Urbión, una de las numerosas que encontramos por estos paisajes de ensueño.

 

Numancia suena a misteriosa resistencia, a luchas y llanto, a esperanzas y duelos en la obra de Cervantes “El cerco de Numancia” (1585). Pero Numancia fue antes pacífica ciudad agrícola y ganadera, ruda y trabajadora entre los antiguos pinares y el agua clara del Duero que comenzaba a ser ancho río con el agua que ya recogía del Urbión, de la Sierra Cebollera y el Puerto de Oncola. Existen textos que aseguran que en sus excavaciones arqueológicas se encuentra el más valioso legado de la cultura celtibérica entre necrópolis, tallas, vasijas pintadas…  

 

Javier Agra

 

martes, 17 de octubre de 2023

PICO DE URBIÓN IV: EL REGRESO

La inmensidad de la Cumbre de Urbión es semilla de eternidad para el montañero que permanece en pie algún tiempo, en contemplación extasiada del entorno, en admiración del inmenso paisaje de cumbres y valles alrededor, en comunión con las aves que vuelan silenciosas en círculos admirables, en la respiración sigilosa del conjunto.

También los otros montañeros que hasta aquí llegan permanecen un tiempo en admirado silencio, ninguno queremos trocear el misticismo de la montaña y sus laderas, del entorno de pinos y de valles, de agua y de brillos de rocas diferentes que parecen caminar despacio sobre las lejanas lomas entre ramilletes del sol cerca ya del mediodía.


Nos sentamos en la inmensidad de la Cumbre de Urbión.

Finalmente nos sentamos para comer alguna ligera vianda y reponer la respiración del largo viaje hasta la cima, del viaje que es también una marcha del corazón hacia su limpieza y mirada universal, del viaje del alma hacia la conexión con la tierra y con el cielo. Descendemos.

Una brecha es la vía de bajada igual que fue de subida. Una redondez de piedra y de guijarros, arenisca resbalando por la ladera como la arena de un reloj en la inmensidad del tiempo. Llegamos al Collado y comenzamos a caminar por la senda que marca la loma cimera en horizontal.


El regreso lo haremos por el camino marcado en la loma cimera.Al fondo se ve la Laguna Larga por la que pasamos al subir.

Desde el Collado, antes de emprender el regreso, descendemos poco más de cien metros para buscar el nacimiento del río Duero como un niño de nieve recién bañado y envuelto en sus pañales, silencioso después del alimento, casi dormido y apenas en movimiento. El río Duero es un hilo entre el musgo y las rocas, es una promesa de libertad montaña abajo buscando el mar… “Pero algo, Urbión, no duerme en tu nevero / que entre pañales de tu virgen nieve / sin cesar nace y llora el niño Duero” Es el último terceto del soneto que Gerardo Diego dedica a la Cumbre de Urbión.


Nacederos del Duero entre piedra y musgo. Aquí y allí hay carteles que lo indican, inicios de poemas, miradores… me quedo con la sencillez del agua y del musgo.

El descenso hacia el nacimiento del Duero es limpio y rápido por la ladera de hierba menuda y escasa piedra reducida a guijarros. He descendido al nacimiento del Duero. Puede ser cualquier nacimiento de arroyo aún sin nombre, pero sobrecoge saber que están mis ojos viendo el inicio del agua que cruzará gran parte de la península y llegará después de días y riegos, de peregrinaje y saltos hasta la inmensidad azul del mar.

Ladera arriba voy buscando el sendero de la loma del regreso. En mi corazón suena el muy conocido y agradable “Adagio para cuerdas” de Samuel Barber (Pensilvania 18910 – 1981) como latidos de una pausada ascensión. El corazón se dilata con la amplitud de la montaña… una breve pausa en la marcha coincidiendo con el instante de silencio de la música después del fortísimo de la orquesta y continúo ladera arriba hasta encontrar la senda que vertebra la loma.  


Estamos en el descenso prolongado y pindio hacia la Laguna Helada que se ve al fondo.

Desvanece la música de los violines con el final del Adagio de Barber cuando alcanzamos el bien marcado punto de inicio de descenso prolongado y pindio buscando la amplitud del valle que nos llevará hasta la Laguna Helada, también de origen glacial. Los montañeros se sientan junto a sus aguas para contemplar una docena de patos que quieren jugar en estas calmosas aguas.


Laguna Helada con susurros de siglos y de historias humanas.

Sentado pienso en la multitud de generaciones de personas que habrán venido hasta este líquido espejo en busca de consuelo, por exigencias de alimento, por búsqueda de alguna fortuna en forma de caza y de frutos de la tierra; siglos de personas con sus vidas y sus esperanzas sentados en este respaldo de piedra y hierba que ahora ocupo yo.

Bajamos los últimos metros hasta cerrar el círculo en el inicio de la Senda del Portillo por donde llegamos nuevamente a la Laguna Negra, ahora sí rodeada de visitantes y de respeto, de sombras diferentes a las de estas mañana, de colores variados con el atardecer, de sonidos de pájaros que regresan a buscar sus nidos y sus huecos donde preparar la noche que se asoma aún lejana pero inexorable y cierta.


Hemos cerrado el círculo de la subida al Pico de Urbión desde la Laguna Negra.

Bordeamos la Laguna Negra por un sendero bien marcado como Camino de Retorno, siempre entre pinares y cuidados de madera y barandilla. Hemos llegado al final que es un comienzo de futuro.

Javier Agra.

 

PICO DE URBIÓN III: CIMA DE URBIÓN

Hemos llegado a praderas de montaña, la amplitud de la vista se extiende a diferentes picos y colinas en una geografía graciosa y agreste, de vuelo inmenso para la multitud de aves, de pasto libre para el numeroso ganado, de velocidad y salto para los corzos entre las almohadilladas praderas, entre los sombreados piornos y enebros, paisaje de escurridizos anfibios y reptiles entre charcas, lagunas, arroyuelos remansados ahora y de veloz caída a medida que vamos subiendo plataformas camino de la cumbre del Urbión.

Aislados tejos, manzanos silvestres, abedules escasos, escurridizas hayas quieren marcar hitos para que los montañeros reconozcan el camino y refresquen su mente con esta diversidad de visión mientras a paso lento buscan el Collado mucho antes aún de llegar a la cumbre. Suena en mi corazón la sinfonía número uno de Skriabin (Moscú 1872 – 1915)  en toda su armoniosa diversidad de violines, clarinetes y flautas.


Llegamos a la Laguna Larga de origen glacial.

La pradera comienza a entrelazarse con piedras de figuras desiguales por efecto de la erosión silenciosa e incansable del tiempo que inexorablemente marca arrugas en la piel humana, en la agilidad animal, en la tersura de la tierra. El sol quiere subir con los montañeros al Pico Urbión y, como si estuviera cansado de tantos siglos, decide posarse en nuestra espalda y sobre nuestros sombreros para reposar de los siglos de ruta, parece que ha aprendido de las gaviotas a sentarse en el mástil de algún barco que navega por la lentitud de la montaña.  



Desde la cumbre podemos contemplar la Laguna de Urbión, allá abajo y todo “…el perfil, a la redonda, / de media España y su fanal de lumbre” que dice el soneto “Cumbres de Urbión” de Gerardo Diego con el que comencé esta serie.

 

Caminamos inmensos escalones, a nuestra izquierda pinos y arbolado cosido por hebras verdes de pradera, a nuestra izquierda una amplia loma de pardo brillante entre piedra y sol que, en parte, recorreremos durante el regreso. Llegamos a la Laguna Larga, una anchurosa y emotiva laguna de origen glacial en cuyo extremo nace el río Revinuesa primero un hilo de violines para caer inmediatamente entre la trompetería de la orquesta hacia el fondo del Valle de Revinuesa por Majadarrubia donde pastan numerosas vacas, vistas desde aquí con diminuto tamaño, para recorrer el hayedo de la Cabaña y la ermita de Santa Inés, antes de cruzar el pueblo de Vinuesa y entregar sus agua aplacadas al embalse de la Cuerda del Pozo.

 


Desde el Collado contemplamos los últimos metros hasta la cumbre.

Más arriba hacemos una parada en el Collado de Portillo Arenoso. Desde aquí vemos la cumbre, nos detenemos para admirar y para comer un energético plátano antes de iniciar la subida última entre grandes rocas, mirando hacia la altura que es nuestra meta, mirando hacia los profundos valles de extensa frondosidad por algunos hemos pasado, otros quedan más alejados. Dinámica y bailando con la naturaleza, suena la orquesta de la sinfonía de Skriabin en toda su intensidad.


Arco natural de piedra granítica.

Allá arriba se celebra una Eucaristía cada cierto tiempo, aún permanece una cruz y un pequeño altar para recordar la primera que se celebró un veintidós de agosto de mil novecientos veintiocho. En frente, abierto al profundo valle nos detenemos para contemplar y fotografiar el gran arco de piedra que se levanta como un ojo hacia el mundo infinito en medio de este laberinto de inmensas piedras.


Hemos llegado a la cumbre. “Geología yacente, sin más huellas / que una nostalgia trémula de aquellas / palmas de Dios palpando su relieve”. Primer terceto del citado soneto de Gerardo Diego.

La subida concluye con alguna que otra trepada por entre las rocas que concluye en cualquiera de las dos cimas, la más alta mide dos mil doscientos veintiocho metros; la otra, muy pocos metros menos. Pero qué es la altura cuando la montaña se mide en inmensidad, en sosiego, en sudor, en armonía con la naturaleza entera, en creación de arte, en respiración profundamente unida al palpitar del ritmo de todo el universo…

Javier Agra.