jueves, 9 de enero de 2014

LAS CÁRCAVAS DEL PONTÓN DE LA OLIVA (II)

Acordaos, amigos lectores, que venimos de las Cárcavas del Pontón de la Oliva y había quedado asomado al pueblo de Alpedrete de la Sierra.



El pueblo tiene más de mil años de historia y vida escondida entre sus silenciosos valles. Hoy recuerda que es emigración y está apenas habitado por treinta personas, mantiene reconstruidas una buena parte de sus casas porque es frecuente el goteo de quienes descienden del pueblo y a él regresan unos días, pero la mayor parte del año está viva de romanticismo entre sus desiertas calles; antes de llegar al pueblo, viniendo desde Valdepeñas de la Sierra estuvieron las eras donde hace tiempo dejaron de dar vuelta los trillos sobre la sementera. Los dos viajeros aspiramos el silencio porque queremos que nuestra alma se llene de su mística quietud sosegada. Cuando van a emprender el camino del descenso han comido trino nuevo en las alas de la golondrina viajera, han descubierto las otras miradas que todos los humanos llevamos por dentro.



Por un bien visible camino bajamos al pueblo por la ladera donde antaño hubo un nutrido número de bodegas, hoy son cuevas abandonadas que contrastan con los bien cuidados huertos que a nuestra derecha marcan la senda de bajada hasta el pueblo de asfaltadas calles y reforzados edificios de piedra. A nuestra espalda dejamos un frontón y por la calle que sale a la izquierda no tardamos en dar con una pequeña iglesia románica dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, adosada a sus muros el cementerio poblado de silenciosas cruces. Los huertos que están a su derecha nos indican que por allí pasa el GR-10 que ahora seguiremos otro rato mientras escuchamos las bien nutridas aguas del arroyo de Reduvia, superamos un diminuto collado que nos deposita en una senda donde no sabremos nunca si domina la grava o la arena, caminamos alegrando la vista, metidos en la atmósfera de otros tiempos donde abundaba la calma. Nos acercamos a un puente sobre el bravo Reduvia.

Antes de acercarnos hemos visto una senda que sale hacia la izquierda, senda dormida bajo una nogal añeja. Estamos en el camino de la Lastra o del Ceño subiendo aguas abajo del Reduvia musical y risueño en estas fechas de enero. Tal vez sea un camino de lastras en el suelo y en los paredones que estás ejerciendo de pequeñas y simpáticas montañas a nuestra izquierda, aquí ha desaparecido la arcilla que está presente en la margen derecha del río y nos escoltan rocas calizas que juegan a hacer figuras variadas frente a la armonía redonda de la otra orilla.

Acaso el nombre de ceño lo toma esta senda porque es el entrecejo de la tierra, sendero bien trazado y señalado con los colores del GR entre las dos cejas de montaña que parecen poderosas desde la profundidad del valle. Se despide el arroyo Reduvia buscando el embalse del Atazar...
Jose, ¿llega hasta el embalse el arroyo Reduvia?
Y Jose responde: "Sí, el arroyo quiere acercarse al embalse, pero el Lozoya se bebe sus aguas y ya ha dejado atrás la presa. Amigo mío, la corriente del Reduvia nunca halla el sosiego del Atazar"
Yo me quedo atónito, con la boca abierta, meditando en su lírica respuesta y pienso si no será mejor que continúe él la narración...
La senda se va empinando hacia la cumbre; dubitativa tal vez se bifurca en dos opciones que más arriba se volverán a encontrar, tomamos la de la derecha porque las vistas son más abiertas al horizonte. Despacio, siempre adelante entre la pausa y la palabra, llegamos a la carretera que hemos dejado y tomado varias veces esta jornada.



Desde este punto ya solamente será caminar carretera adelante en lento descenso hasta el coche. Pero la jornada aún tiene riquezas gozosas para la vista y la poesía. Pasamos muy cerca del gran acantilado gris del Pontón de la Oliva, lugar de escalada, lugar de grandes caídas de la roca sobre los meandros del río Lozoya, lugar donde el asombro canta con voz de olivos al rostro de la madrugada, donde los almendros tienen rostros humanos y rostros de animales, lugar donde anidan las águilas y el silencio recóndito se asienta en el alma. Pero hemos de caminar no vayamos a enraizar en este paisaje como un regadío que canta primaveras.



Nosotros nos acercamos en varios puntos pues las vistas son hermosas. Aquí encontramos ruinas de lo que fueron prósperas casas; allá un águila sorprendida inicia el vuelo con su metro largo de punta a punta de las alas y nos sorprende más que nos asusta; desde este mirador vemos a lo lejos una salida de la cueva del Reguerillo que se extiende por debajo del cerro de La Oliva; desde aquí vemos la belleza de toda la tierra entre colinas, meandros y aves de ligero despegue, asombro y camino entre los olivares cargados de aceituna.

Cerramos el círculo. Llegamos al coche. Asombro. Silencio. Respiración pausada.


Javier Agra. 

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