jueves, 11 de octubre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO IV


La costa se termina en nuestro caminar hacia Santiago. Pasamos la noche en Ribadeo; el albergue es de pequeñas dimensiones pero agradable y limpio. Las vistas sobre la ría abierta al mar llenan de sosiego al peregrino y sin duda serán de solaz para quien desee adentrarse en estos altos acantilados donde hace pocos años transformaron en agradabilísimo parque y paseo un embarcadero que antaño aprovechó las calas y entrantes de agua y tierra.

Parque etnográfico El Cargadero. La fotografía está tomada desde la Pasarela de este Parque etnográfico O Cargadoiro. Esta pasarela recrea el final de una vía estrecha hasta la que llegaban los trenes cargados de hierro y desde el que descargaban el mineral en los barcos a través de un complejo de poleas.

En las conversaciones de la noche, “El Vasco” nos comunicó su voluntad de acercarse a la playa de Las Catedrales, con tanta convicción e insistencia que mudamos nuestro plan para el día siguiente. Conviene ir con la marea baja. Salimos a pie y cuando pareció que apremiaba el tiempo, nos subimos a un autobús que acertó a pasar en dirección a nuestro objetivo.

Seguramente la fortuna hace progresar unos destinos “turísticos” mientras mantiene a otros lugares en el ostracismo. La playa de Las Catedrales ha tenido éxito además de ser un lugar curioso, en efecto. El innúmero de personas que allí se agolpan puede hacer inquietante la visita para quien lleva algún tiempo entre la soledad anacoreta y el viaje peregrino. Preciosas formaciones que también podrían llevar el sobrenombre de La Biblioteca por las láminas finas de la ancestral roca formando libros inmensos de antiquísima lectura geológica.



Dos de las muchas fotografías de la Playa de Las Catedrales.

Nos despedimos de El Vasco quien camina más raudo que nosotros y salimos en la dirección que el viento nos mandaba, siempre en la búsqueda de Santiago de Compostela. No llegué a preguntarle el nombre al “Vasco”, un muchacho de pocos años y mucha energía que quería llegar a Santiago y aún recorrer alguna otra parte de Galicia de donde fueron sus padres antes de emigrar a Bilbao como tantos otros emigrantes de la tierra.

Senderos, caminos, el bosque de eucaliptos del Monte Calvario a la entrada de Lourenzá… Los dos compañeros peregrinos queríamos llegar a Mondoñedo, lugar con catedral y nombre sonoro para pasear sus calles y gozar su historia, por eso subimos a un autobús que nos dejó en la plaza cuando ya teníamos cerca de treinta kilómetros recorridos bajo nuestras plantas.

Fachada de la Catedral de Mondoñedo. Sede de la catedral del obispado Mondoñedo-Lugo desde el año 1112; según las crónicas, en mil doscientos cuarenta y seis mostraba un estado muy avanzado de construcción aunque se concluyó en el siglo catorce.

Atrás quedaba el mar y sus acantilados. Atrás las olas y el Cantábrico, atrás las alturas de acantilado y las arenosas playas, atrás el murmullo de las olas y la brisa salada de las madrugadas. Ante nosotros las tierras de interior de Galicia y sus redondas montañas, los caminos de aguacero y de novela…

Javier Agra.  

jueves, 20 de septiembre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO III


El Camino de Santiago recorre simas y lomas. Próximos a Llanes disfrutamos de los ruidosos y atrayentes Bufones de Arenillas, chimeneas al margen del acantilado por donde el agua del mar se eleva a la vista del peregrino unos cuantos metros sobre la tierra, musicales silbidos de trompetas saltan por los tubos de órgano de los acantilados. Un tiempo de respiración en el mirador sobre el río Purón y más desniveles. Pasado Andrín comenzamos una cuesta arriba imponente que nos acerca a Llanes. Ya en pleno descenso nos encontramos la ermita del Cristo del Camino entre preciosas colinas antes de llegar al nivel del mar.

Ermita del Cristo del Camino en el descenso hacia Llanes, entre colinas de verdes prados.

Verdor, camino, silencio… entre los prados monte arriba llegamos a la parroquia de San Pedro en Pría. Aquí sabemos que hemos de estar atentos para no desviarnos del camino y poder contemplar la pared con numerosísimas piedras pintadas de colores y alegorías del Camino de Santiago, de Asturias, de los peregrinos, de la vida misma que es continuo caminar. A nuestra izquierda la Sierra del Sueve va desgranando nombres, ahora estamos frente a la pequeña Sierra de Cueva Negra, ante nosotros las praderas anchurosas de Belmonte.

En Prías, encontramos esta magnífica aportación de cariño y tiempo al Camino de Santiago en forma de piedras pintadas desde el primor y el cariño.

Días y caminos nos permiten superar Ribadesella y su imponente puente de Arriondas, San Esteban de Leces de sosegado silencio, Soto de Luiña entre inmensos campos de maíz y manzanas. Más jornadas de camino para disfrutar de la Playa del Silencio en Cudillero y aproximarnos a Cadavedo entre bosques que parecen inmensos túneles vegetales por el bosque de Tablizo.

Ermita de la Regalina en Cadavedo.

Cadavedo tiene un pequeño albergue de peregrinos; una vivienda de tres habitaciones porque el saloncillo de la entrada también sirve como lugar de dormir. Nosotros hemos llegado a tiempo y nos corresponden dos camas. Las tardes del peregrino son para lavar las prendas del viaje de modo que mañana estén de nuevo aseadas. Las tardes del peregrino son para sentarse en la puerta de alguna taberna de la población a la que llegamos, conversar con las gentes del lugar, con otros peregrinos de a pie, con los peregrinos de bicicleta a los que no volveremos a encontrar en el camino y acaso nunca más en la vida. De todos mantenemos el recuerdo del esfuerzo, de la felicidad, de las ilusiones.

Mirador de la Ermita de la Regalina

En Cadavedo nos recomiendan visitar la ermita de La Regalina, Nuestra Señora de Riégala que fue encontrada por un campesino en el hueco de un tronco de castaño. Está en un extenso y abierto mirador sobre el mar entre el Islote de los Cuervos y la Punta del Cuerno. A nuestra izquierda navega entre las olas la isla de Furada. La playa allá abajo y el peregrino asombrado ante tanta inmensidad y tanto prodigio. El peregrino comparte breves frases con quienes entienden su idioma, pero como solamente habla el castellano comparte ilusionadas sonrisas con otros peregrinos de diferentes idiomas que se han acercado a este lugar recién descubierto y guardado para siempre entre los puntos de belleza marcados en los recuerdos.

Javier Agra.

martes, 18 de septiembre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO II


El Camino de Santiago comenzó para mí con una cena comunitaria y terminó con la Cena Eucarística. Desde Pendueles, pequeño lugar en Cantabria hasta Santiago, destino de ensueño y esfuerzo, muchas curiosidades y aún alguna aventura enriquecieron el sendero de mi existencia.

Entre playas y acantilados, los peregrinos atraviesan bosque y puentes. La vegetación es brillante y frondosa en estas tierras de Asturias.

Varias jornadas de camino nos llevaron por diversos albergues a través de Llanes y Ribadesella hasta el de San Esteban de Leces, precioso enclave al que llegué bajo el agua de un medo día metido en lluvia. Lugar en despoblado donde la acogida es un primor; en este albergue reconfortante se amplió el grupo de los conocidos de este peregrino con varias personas llegadas al Camino de Santiago desde más allá de los mares.

Los días de sol y playa fueron muchos, solamente dos los de chubasquero. Silenciosos y sosegados paseos por los altos acantilados de Asturias bajo el sol de la mañana; al fondo el mar y el sonido de gaviotas y grillos en la cercanía. Verde mecido por la brisa bajo los pies del peregrino, arco iris en el alma y en las pupilas. El mar tiene música de eternidad en el corazón del peregrino de tierra adentro y quisiera quedarse para siempre sentado en esta pradera de altura entre el aire, la canción de las aves, la música inmensa de la tierra interminable.

Los acantilados y el mar seducen al peregrino que quisiera quedarse para siempre sentado en esta altura.

El peregrino continúa sus pasos siempre más allá entre bosques y sembrados, entre costas y arena. La contemplación de varios cientos de kilómetros desde la dimensión del caminar es una sublime sensación de regocijo, de pequeñez, de quietud incluso. Los prados se suceden lentos, el tiempo pasa en el dulce sosiego del instante y de lo eterno; el peregrino conversa con un árbol y con otro y con otro más desde la ausencia de la palabra; cada pequeña brizna de vegetación acompaña al viajero de a pie.

Las grandes ciudades tienen una dimensión de monstruo en la distancia, de súplica en la cercanía. Las grandes ciudades se pierden en sus desconocidas calles y alejados pisos; necesitan un sonido de pasos que las recorra poco a poco y acompase su corazón a sus paredes quietas, a sus parques de brincos y de juegos, a sus tabernas de bullicio. Las grandes ciudades no lo saben pero han puesto bancos cada cierto trecho para que los peregrinos se sienten, reposen y observen el aire y las hojas de los árboles y la decoración urbana y las ventanas que palpitan vida en su interior.

Este paseo nos está acercando a Llanes. El sendero por la ladera de la montaña apunta al mar que es arco iris y música de eternidad.

La salida de Gijón ocupa una dolorosa hora de humos y ruidos, de cemento oscuro y virutas herrumbrosas; entrar en Avilés supone sortear el tiempo antiguo del carbón, los trenes destruidos por el tiempo, lo que fue industria y es pasado carcomido; la entrada en Avilés la quieren paliar con ese inmenso trabajo de construcción de un parque nuevo donde cobren vida las herramientas inservibles de otros tiempos transformados en esculturas. Entre Gijón y Avilés una hermosísima y amplia campiña de verdor y praderas, insospechada belleza de bosques y prados para quien no la caminado el amplio espacio intermedio entre las dos ciudades industriales.

Javier Agra. 

miércoles, 12 de septiembre de 2018

CAMINO DE SANTIAGO


El Camino de Santiago muestra al peregrino sus primeros mojones cuando inician la jornada bajo la luz del frontal aún encendido, mientras el alba dibuja casi difuminadas las siluetas de los árboles del bosque que mueven sus ramas como inmensos brazos de peregrinos eternos.

Cerca se escucha alguna cierva que barrita inquieta llamando a su cría por miedo a los peregrinos; los peregrinos no son amenaza pero entienden el temor que los humanos producen en la naturaleza, los peregrinos buscan la paz. Acaso algún día se lo puedan decir a los ojos, sin embargo los peregrinos no ven ni a la madre cierva ni a la cría.

Los peregrinos avanzan entre la vegetación y la paz camino de Santiago de Compostela.

La multiforme vegetación dibuja su silueta entre las sombras, canta un gallo en la pequeña aldea cercana, inician las aves sus matinales vuelos, asoma el primer albor de la aurora. Los peregrinos han apagado el frontal, enseguida amanecerá el primer rayo de sol en la lejanía.

Las pisadas de los peregrinos suenan cadenciosas entre el polvo del sendero, el eco las agiganta entre las paredes de tierra y de vegetación; el eco construye una sinfonía de trompetas y tambores con el sonido del aire que mueve las ramas y las hojas mientras descuelga palabras de antiguos peregrinos para que aniden en el corazón de los caminantes de esta mañana. La historia antigua suena incesantemente renovada entre los robles y los corazones.

Hemos llegado a Santiago.

Algo así podría ser el esquema del Camino de Santiago visto por el peregrino cada día. Si no fuera por la variedad exquisita de vegetación que cambia a cada trecho, si no fuera por los puentes de piedra que miran con sus ojos de siglos los zapatos que cruzan cada día, si no fuera por el sol cálido tamizado entre las ramas que aumenta la pesadez del paso hacia el mediodía, si no fuera por la lluvia sigilosa que asalta en diferentes jornadas, si no fuera por las ampollas y el arte de curar los pies que desarrollan los peregrinos, si no fuera…

Javier Agra.

martes, 28 de agosto de 2018

ENTRE ESPAÑA Y PORTUGAL: RECUERDOS DE PIEDRA



Desde Moveros, los paseos por el monte se expanden tanto como el viajero aguante. En la entrañable compañía de los perros Brauni y Blanquito, esta mañana cruzamos hacia Constantantim en Portugal (de esta parte de la Raya escribiré en otra ocasión) para retornar a la Raya por la antigua caseta de vigilancia fronteriza; hoy esta parte está en sobras de pinares con unos senderos muy bien acomodados por donde sin duda circula alguna vez más de un acondicionado coche.

Esta encrucijada invita a un momento de sosiego y contemplación de la caseta de los guardiñas, la cruz, la marra o poste indicador de las dos naciones hermanas desde siempre y a pesar de algún mal entendido de otros tiempos. Aquí Blanquito y Brauni buscan diferencias entre uno y otro lado de la Raya, tampoco los perros encuentran sentido a las separaciones entre pueblos y personas.

De modo que continuamos nuestra marcha, siempre por senderos bien cuidados; ahora los conejos invisibles y acaso asustados se esconden entre las urces y los robles que se están rehaciendo del último incendio de hace una década. Entre el canto despreocupado de las aves y mi despreocupado silencio, llegamos a la ruinosa construcción de lo que fue otro puesto de vigilancia: “La Caseta de las Terrezuelas”.

La Caseta de Las Terrezuelas está escondida entre rebollos y tozas.

La pared de pizarra lanza reflejos antiguos bajo el sol aún más antiguo. Aquí conversamos Blanquito, Brauni y yo de aquellos tiempos que conocemos porque unimos nuestra memoria a la memoria de nuestros antepasados, muchas generaciones antes de que ni ellos ni yo pisáramos estos suelos, antes aún de que estas tierras se llamaran España o Portugal, en el tiempo de los lobos y de las águilas, cuando la tierra no tenía líneas de pasaporte. Eran otros tiempos y era la sangre derramada por otras causas.

Poco a poco caminamos hacia “La Canda” donde estuvo el edificio principal de todos estos lugares dedicados a controlar la frontera que hoy es solamente La Raya porque la frontera ya no existe. Brauni, Blanquito y yo pensamos que tal vez algún día se caigan todas las fronteras, sobre todo las que los humanos ponemos en nuestra mente, en nuestro corazón y en nuestro espíritu. A los dos perros, les gusta La Canda, porque la vista se ensancha hacia Vivinera y otros pueblos, porque muy cerca tienen una pecina de buenas proporciones para beber y darse un buen chapuzón. Hoy me dicen que van ellos solos a bañarse, que yo les espere aquí pues mi caminar es más lento y más cansino.

Esta fotografía reciente recuerda como antiguo daguerrotipo la Caseta de LA CANDA. Estos puestos de frontera intentaban evitar el contrabando de azúcar y café; de aceite y otros productos de uso básico. Más de una vez, guardines y guardias, evitaron enterarse de estos contrabandos menores, contrabandos de supervivencia.  

Vuelven de su baño y continuamos por otro camino que llega hasta las paredes caídas de lo que fue el puesto de “La Emboscada”. Cerca están los trigales de Ceadea. Entramos por senderos secundarios, por rastrojos y pequeñas roderas para hacer un atajo que nos acerque nuevamente hasta el Pinar en dirección a Moveros.

Quedan las ruinas de la caseta de La Emboscada. Las rebollas y la maleza han cercado su tiempo y su memoria.

Blanquito y Brauni se alegran tanto como yo de terminar esta caminata más larga que de costumbre. No importa, los tres sabemos que al llegar al pueblo tendremos sombra y agua.

Javier Agra.


viernes, 24 de agosto de 2018

ENTRE ESPAÑA Y PORTUGAL: LA RAYA SIN FRONTERA


Ya hace tantos años que no necesito pasaporte para construir camino por España y Portugal que me parece que siempre fue así. Sé que hubo tiempos más difíciles. ¡Es tan hermoso poder caminar por el mundo sin fronteras! Cuando el alba apunta los primeros colores sobre la tierra, me levanto en Moveros, Aliste, Zamora y acompañado del dúo perrito Brauni y Blanquito salgo por el Sierro hacia la Raya, recorro el antiguo camino que llegaba a Cicouro en Portugal.

Moveros conserva dos casas donde trabajan la alfarería tradicional del barro. La cerámica de Moveros es internacionalmente conocida.

Entre antiguos robles y más nuevos pinares, la Raya está constituida como un largo y amplio sendero que une las dos naciones por estos numerosos pueblos más al norte del Río Duero y mucho más abajo del Miño. Por aquí lleva el nombre de Sierra de Bozas. Después cambiará de nombre. De modo que necesitaría más de una jornada para recorrer toda la Raya que se puede hacer a pie sin más dificultad que algún suave otero y su collado breve.

Caminamos con armonioso sosiego por la Raya a la vista de España y Portugal
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Esta mañana llegamos hasta “El Piricueto”, así llamamos por estos pueblos a la construcción elevada que se encuentra en el cueto “La Luz” con una altura de 914 metros. Desde aquí, como en otros muchos puntos a lo largo de La Raya, la vista se dilata hasta la Sierra de la Culebra y aún llega hasta Peña Trevinca y las sierras donde convergen Zamora, León y Orense; se divisa también la Sierra de Montesinhos en Portugal, al norte de Braganza y la Sierra de la Estrella, más al sur.

El río Angueira tiene una de sus nacientes ramas en estas laderas; irá después a Alcañices, se adentrará en Portugal para dar nombre a una pequeña comarca, descansará sus aguas más tarde en el Duero para llegar asombrado al inmenso Atlántico.

En el cueto “La Luz” construyeron este “Piricueto” entre vértice geodésico y observatorio.

Un águila solitaria ha hecho de este lugar su espacio de vida, nos acompaña con su aviso durante un largo trecho mientras continúo caminando hasta la siguiente loma con su pinar y desciendo entre cortafuegos y caminos en busca de la antigua caseta de la Canda con su caserón caído y engullido por las zarzas, los castaños sin fruto, los piornos, la soledad, el recuerdo vacío de un tiempo que acaso nunca existió.

En el entorno de la Canda han construido una pecina que almacena gran cantidad de agua para que los animales diferentes puedan encontrar alivio al calor y la sed; allí llegan también Brauni y Blanquito para beber y darse un chapuzón, yo no me atrevo porque sus orillas son barro y juncos y ya me he acomodado a las duchas y aguas limpias. A partir de aquí, el águila sabe que abandonamos su territorio y deja su insistente melodía.

Cerca de la Canda está construida una pecina donde los diferentes animales beben y alivian tu calor; también Brauni y Blanquito llegan hasta sus aguas.

La Raya ha quedado allá arriba. Los tres viajeros, dos perros y un humano, volvemos hacia Moveros cerrando un recorrido que no podemos llamar circular porque se parece más a un rectángulo perfecto. El monte de estos pueblos está, en su mayor parte, abandonado a las urces y las jaras; hace años, décadas seguramente, estos montes eran tierras labrantías de las que hoy solamente quedan unas pocas, salpicadas en las cercanías de los pueblos, para que recordemos el color del trigo, el dolor del trabajo de otros tiempos cuando se cultivaba con el arado romano, la guadaña, el trabajo de toda la familia…

Han pasado cuatro horas desde el inicio; Blanquito camina a mi lado con la lengua en chasquidos de acorde respiración, Brauni se acerca a nosotros moviendo nervioso su rabo; así, en reducida y sosegada comitiva, llegamos a la sombra donde ellos dos se tumban y yo me siento sobre una piedra.

Javier Agra.




viernes, 22 de junio de 2018

CONVIVENCIA




Mirad que serena armonía de naturaleza y colores tiene nuestra Sierra de Madrid en torno a sus arroyos cuando el verano apunta su primera mañana. Es una coreografía serena para celebrar la vida como si escucháramos a Händel mientras la composición de su Acis y Galatea por estos parajes de sosegado reposo. Los amores de ninfas y pastores acoplan el verdor, el agua, la vida, los trinos canoros, las ramas sedosas de los árboles, los tallos de los frágiles helechos en una sinfonía de sonido y de luz en amorosa conjunción de paz.  

Javier Agra

jueves, 21 de junio de 2018

ARROYO DE LAS ZORRAS


Junio tiende a su final entre marañas de calor. Los montañeros planeamos excursiones por espacios naturales donde la arboleda nos proteja en las horas de sol. Hoy vamos buscando tejos.

Los Tejos del Arroyo de las Zorras agradecen la visita de los montañeros.

Los tejos más espectaculares de la Comunidad de Madrid están en el Arroyo de Valhondillo al que ya hemos visitado en diferentes ocasiones, esta mañana nos adentramos en otro valle menos frecuentado. Nos aproximamos al Arroyo de las Zorras desde el pequeño aparcamiento situado en el kilómetro treinta y cinco y medio de la carretera ya de bajada desde el Puerto de Cotos hacia Rascafría.

El Arroyo de las Zorras cuenta historias de siglos antiguos.

Multitud de pinos, algún abedul, helechos, retamas…múltiples plantas llenas de vigor y colorido están prestas a comerse el diminuto sendero que nos esconde en el monte como si nunca hubiera existido aquí la mano humana. Diminutas campanillas y graciosas margaritas acompañan nuestros pasos hasta el Puente de la Angostura.

Estamos en una pista forestal, entre sedosos pinos de esbeltas proporciones. Cruzamos el Arroyo Pinganillos y, antes de adentrarnos en el de Valhondillo, nos desviamos por una intrincada y casi oculta senda que acompaña al Arroyo de las Zorras. Por aquí, entre las gencianas y los narcisos trompeteros, también crecerá algún tejo, pensamos en voz alta para ponernos de acuerdo de inmediato.

El Arroyo de las Zorras es una orquesta de cascadas y naturaleza.

La primavera suena a cascadas y aluvión, huele a miel y nidadas de pájaros nuevos; suena a siglos pasados y a canciones en sus primeros ensayos. Suelo mullido y turbio de agua y barro, los montañeros caminamos entre piedras y agua, entre suave hierba y ramajes rasantes mientras van saliendo a nuestro paso los tejos asombrados. Los tejos han oído que los humanos van a visitar a los vecinos de Valhondillo; hoy se sienten importantes los tejos del Arroyo de las Zorras porque tres montañeros han preferido su conversación.

Los tejos del Arroyo de Las Zorras conversan con los montañeros.

Los tejos del Arroyo de las Zorras también conocen historias milenarias de nevadas que preocuparon a las fieras antiguas, conocen historias de vendavales cuando el pechiazul y el verderón se escondían entre sus ramas para que las águilas no se los comieran, conocen bien al escondido tejón y al majestuoso corzo, conocen los calores cuando el agua escasea y las salamandras y las ranas estrechan relaciones por obligación.

Los montañeros subimos entre el agua y el monte hasta las faldas mismas de la Cuerda Larga; se terminan los pinos, concluye la sombra, los rayos del sol comunican una hora avanzada. Caminamos en silencio entre la frondosa naturaleza vegetal, la musicalidad de los diferentes arroyuelos, el festivo saludo de las aves… el sosiego, la armonía del alma unida a la tierra entera, la risueña luz de este verdor de junio… Los montañeros regresamos buscando siempre alguna vereda nueva en esta parte de la sierra muy poco frecuentada por los humanos. Los siete tejos que hemos visto nos saludan de nuevo al pasar y agradecen la visita.

Javier Agra.

miércoles, 6 de junio de 2018

MONTE ABANTOS


Desde el Escorial.

Llegamos en coche hasta el aparcamiento situado en la Avenida de Carlos Ruiz, cerca del Hotel Felipe II y del Euroforum; bajo el muro del embalse del Romeral… Seguramente las pistas, aunque son ciertas, serán indefinidas; el Escorial se enreda en calles y nombres. Pero se llega; a todas partes se llega; la calma, el sosiego… conducen al destino deseado; en la vida normalmente se emplea tiempo para llegar, también la naturaleza llega a sus hojas, sus flores, sus frutos con tiempo y sosiego, con agua y brisa, con sol y serenidad. Para estas cosas de las rutas montañeras, también ayuda el G.P.S.

Ya estamos caminando.

La carretera dibuja una cerrada curva hacia la izquierda, al pie mismo del muro del embalse. Una escalinata de piedra nos adentra en el carcomido sendero de piedra y raíces vegetales que continuamos hasta cruzar una valla por la que accedemos a otra pista amplia que baja hasta el arroyo, lo cruzamos y continuamos monte arriba ligeramente por nuestra izquierda.

Al fondo se entrevén las rocas donde anidaron hace décadas numerosas familias de abantos; actualmente se han ido en busca de lugares de sosiego.

Allá arriba se asientan moles de granito donde los abantos construyeron antaño sus nidos; por estos pinares en que serpentea el sendero debieron cruzar su silencioso vuelo. Los montañeros no los hemos visto por estas latitudes, acaso seamos muchos humanos los que habitamos en la cercanía y haya preferido escabullirse a parajes más solitarios.

Las escarpadas curvas ascendentes están acompañadas del sonoro canto del arroyo del Romeral que lamenta su temporalidad entre los pinares y el tapiz verde de la ladera suave; ascendemos y en la altura se extiende un valle que continuamos hasta el fondo. Atrás han quedado la Solana de La Barranquilla y  la Solana de En medio; estamos en una tregua del pinar, las vacas pastan en torno a la Fuente del Cerbunal.

Al regreso nos sentaremos en una piedra de la fuente del Cerbunal para comer manzanas y frutos secos.

El señalado GR 10 continúa su discurrir hasta nuestro destino. Nosotros preferimos continuar el sendero que parte al pie del grueso tronco señalado con un aspa casi invisible que recuerda que por aquí no continúa el GR. El color brillante del pelo de las vacas está mimetizado con el ocre del sendero, con la luz tamizada de nubes entre los pinos.

Desde la loma cimera de la montaña, el mundo se agiganta más allá de los pueblos, de las nubes, de los valles y los océanos.

Salimos de la vegetación y caminamos por la loma cimera de la montaña. Las nubes en esta mañana de junio son arpas de la brisa musical de estas alturas; tal vez, allá abajo, pueblos y valles, ignoran la música de armonía sosegada de las cumbres.

El abrazo al vértice geodésico es un abrazo a la montaña y al corazón de la naturaleza entera.

El vértice geodésico es el punto más llamativo, el lugar donde el montañero une con su abrazo el corazón de la montaña a sus propios latidos y al corazón de la naturaleza entera. En el Abantos, el punto más alto está unos metros más arriba, por eso los montañeros llegamos hasta el muro de piedra donde la montaña nos lleva más cerca del cielo.

Javier Agra.

sábado, 2 de junio de 2018

EL JARDÍN DE LOS GUERREROS



Estamos en el Jardín de los Guerreros, corazón luminoso de la Pedriza entre el cielo y el sosiego; sobre estas esculturas de siglos de verde y de piedra vuelan los mismos pájaros que hace siglos, mantienen el brillo insumiso de su plumaje libre, de su mirada que inventa la paz y la música; las mismas aves que clavan sus patas en el amor de la tierra y construyen arboledas de esperanza entreabierta. Vuelan los pájaros sobre esta inmensidad de roca y agua para expulsar el dolor de la tierra, para construir cantos felices de nacimientos diarios en flores, en hojas, en viento. La Pedriza es una amorosa presencia en este Jardín de los Guerreros.

jueves, 31 de mayo de 2018

EL SALÓN DEL PÁJARO


La Pedriza de Madrid tiene lugares escondidos llenos de magia y asombro. El aparcamiento de Canto Cochino se va llenando de coches con las primeras luces de esta mañana de primavera. Suena con brío el agua del Manzanares cuando cruzamos sobre su puente de madera para emprender la marcha entre pinos y arizónicas por “la autopista” de La Pedriza.

Estamos en el Salón del Pájaro. Es nuestro objetivo de la jornada. Ya adelanto que llegamos ¿cómo podríamos haber hecho la fotografía de otro modo?

El Arroyo de La Majadilla es una sinfonía de agua. Imagino la novena sinfonía de Mahler con sus instrumentos de cuerda y de metal entre la armonía del conjunto y la queja, el grito, el silencio porque la vida es una agonía irregular  en busca de serenidad en su primer movimiento. Arpas, oboes, violonchelos suenan entre el agua desbocada y los pasos primeros de los montañeros. Dejamos atrás la charca Kindelán hundida en el abismo y la altura de Peña Sirio recortando el cielo.

Desde el Jardín de los Guerreros contemplamos el circo de Las Arañas Negras por donde pasamos hace un momento.

La danza del segundo movimiento coincide con nuestro inseguro caminar entre las piedras y las inmensas raíces que los árboles hacen aflorar en el sendero. Atrás han quedado Los Llanos del Peluca y el puente que lleva hasta el refugio Giner. Una empinada cuesta deposita nuestro resuello en el descansillo desde donde indefectiblemente hago una parada, con El Pájaro al fondo, para desprenderme de ropa y recomponer el resuello.

Poco más allá, justo antes de la curva que tiene un vivac, baja un sendero hasta el Arroyo de los Poyos; estos días va crecido, pero siempre se encuentra algún lugar por el que vadearlo. El alegro del tercer movimiento de la novena de Mahler se llena de instrumentos de metal, de fagots y clarinetes mientras subimos hasta La Calavera y continuamos montaña arriba buscando hitos y recuerdos de marchan anteriores.

Al pie del Pájaro me detuve a conversar con esta piedra grácil y volatinera a la que llamé “El Murciélago”.

Esta es una subida entretenida, es necesario usar manos, pies…y un poco de pericia para llegar hasta la base del Pájaro. Aquí me encuentro con una piedra grácil y volatinera a la que llamé “El Murciélago” nombre que acaso se pierda en el olvido nuevamente porque yo no tengo ascendiente social. En la base del Pájaro conversamos con unas personas que están preparando su equipación para ascender en escalada por una de sus vías; nos muestran tipos y nombres de cuerdas, de clavijas…

Continuamos la ascensión. Hace un rato que estamos entre robles y piedras, entre lagartijas y buitres con el sonido del Adagio del cuarto movimiento entre el estallido y el reposo de la música que salva el corazón y la mente de los montañeros, que nos conecta en armoniosa unidad a la naturaleza. Salimos al final de estos escondidos recodos por encima del Platillo Volante y entonamos con Mahler “en las cumbres el día es hermoso”.

En el Jardín de los Guerreros está preparada la piscina; los buitres contemplan el espacio cercano y la distancia lejana.

Continuamos entre el pedregal y los hitos por la cuenca de Las Cerradillas hasta su final que se cierra como si quisiera formar un circo con las cumbres de las Arañas Negras y Los Guerreros; desde aquí asciende una canal hasta el Jardín de los Guerreros. La erosión ha construido poesía en estas piedras a través de tantos milenios de silencio y truenos, de sosiego y literatura. Los montañeros nos sentamos entre la admiración y el asombro para contemplar, a nuestro lado, La Muela que hoy está coronada por media docena de buitres; también los buitres observan a la distancia la Pedriza Posterior y la Cuerda Larga y el horizonte y el futuro soñado en libertad y en PAZ.

Dejamos aquí las mochilas, al regresar nos sentaremos otro rato para disfrutar y comer. Continuamos hacia el Jardín del Pájaro y hacia el Salón del Pájaro, convencidos de que somos minoría los que hemos visto estos recoletos lugares. A veces reptando, a veces sirviéndonos del culo como punto de apoyo, a veces haciendo malabares, siempre con el mayor respeto hacia la montaña, entramos a disfrutar también de este escondido espacio del Salón del Pájaro. Espacio de serenidad, de asombro, de poema, de latidos en armonía con la canción sutil del viento en la montaña.  

La vuelta fue otro cantar.

Javier Agra.

miércoles, 23 de mayo de 2018

LA PEÑOTA (DESDE CERCEDILLA)



En el vértice geodésico de La Peñota se llenó mi corazón de sosiego y libertad.

Una de mis entradas, en el año dos mil ocho, cuenta la aventura nunca suficientemente ponderada de La Peñota desde el Alto del León. Así como es conocido el dicho de que “todos los caminos llevan a Roma”, son unos cuantos los senderos que confluyen en la cumbre de La Peñota y en otra multitud de cimas y de lugares a los que nos apetece regresar con frecuencia.


Comenzamos nuestra marcha por el Camino Puricelli entre la sinfonía de las retamas, de las aves, del arroyo…

Desde la estación de Renfe Cercanías en Cercedilla, cuando la mañana aún está entre el clarear y el olor de los churros, salimos buscando el Camino Puricelli muy bien trazado en la falda de la montaña. Sinfonía de retamas alientan nuestro caminar,  las aves ponen sonidos de contratenor y el arroyo de La Venta acompasa acordes de cuerda y viento en esta mañana de luz. El arroyo de la Venta trae sueños y agua desde la Fuenfría, trae rumores reposados de las concurridas Dehesas.

Nuestra marcha se desvía, ahora buscamos el Collado de Los Amigos y el prado del antiguo Campamento de las Berceas. Pastan una cuantas vacas ausentes a nuestro silencioso caminar. Nuestro corazón palpita con la vida nueva de los robles, nuestros ojos caminan muy lejos con el pensamiento y con las puntiagudas miradas de las altas copas de los pinos.


Estamos cruzando las praderas de Las Berceas.

Una amplia pista nos conduce hacia nuestra derecha montaña arriba. Nosotros sabemos que este sendero de sedoso caminar es efímero; muy pronto saldrá un empinado desvío; se inicia con una mezcla de raíces y brevísima pradera  que confluye en una fuente; a partir de aquí el camino que hemos de seguir se torna en suelo pedregoso, entre guijarro y pedernal. Es la Senda Poyalejos.

Allá abajo, la niebla juega a construir puzles de preciosas vistas y temblores ocultos. Los montañeros continuamos despacio y esperanzados, pronto llegaremos a La Senda del Infante, más arriba del arroyo del Helechar y la cuesta de Matalobos. Mientras resoplamos entre la fatiga del desnivel y el asombro del lugar conversamos sobre los muchos nombres que en estos y otros lugares se han perdido, han variado su significado. Los helechos crecen en estos paisajes de la sierra como si permaneciéramos para siempre en siglos antiguos, los lobos se han perdido en la memoria ahuyentados por la desmedida ferocidad de los humanos.

Cerromalejo queda a nuestra espalda. La niebla oculta los pinos que disminuyen su tamaño y cantidad mientras continuamos ganando altura en esta jornada de ochocientos metros de desnivel casi sin descansillos en el trayecto. Ante nosotros se presenta como una siniestra aparición la línea de rocas que da comienzo al último tramo del sendero.

Se han terminado los pinos,  ha concluido la vegetación; entramos entre la niebla en el terreno de las rocas, la memoria de otros paseos por estos lugares nos ayuda a pisar en suelo seguro. Las gafas se oscurecen por completo entre las gotas de niebla. Es como si esta hora, aún antes del mediodía, fuera un símbolo terrible de destrucción.


Llegamos a la cima. La Peñota extendió su luz sobre las cumbres y los valles.

Llegamos a la cima. El vértice geodésico de La Peñota exige al montañero usar las manos y aún la paciencia y un poco de pericia. La montaña es agradecida hasta términos insospechados. Cuando pensamos que ya estamos ante un telón invisible, se disipa la niebla en un instante y ofrece al montañero la vista de otras cumbres y sus nombres, de llanuras, de embalses, de poblaciones, de arroyos, de bosques, de inmensidad.


Descendemos por la Senda Poyalejos hasta encontrar las praderas de Las Berceas.

La Peñota se viste de asombro para que podamos regresar con el esfuerzo realizado, el alma henchida, el corazón iluminado, la vida entregada a la sosegada quietud y la actividad productiva. Regresamos hasta los campos de las Berceas por un sendero directo, a veces más claro otras veces perdido por completo. No nos preocupó, nuestro corazón ya se había encontrado, se había acompasado al respirar de siglos pausados de la naturaleza.

Javier Agra.