sábado, 25 de mayo de 2013

POR EL MACIZO DE AITZGORRI -1-


Amanece mayo entre las crines de la niebla.
Oñati duerme al filo del agua.
Inclinamos la cabeza con respetuoso saludo al pasar ante la fachada de la universidad vieja Sancti Spiritus, continuamos buscando carteles para llegar a Aránzazu.
Sirimiri y calcetines secos para comenzar la ruta – las botas están muy mojadas de la marcha de ayer –. Comenzamos.

Los dos viajeros – hasta que no superemos los llanos de Urbía, nos consideraremos solamente viajeros, después ya veremos –; los dos viajeros nos podemos dedicar al gozo de la contemplación, el sendero es muy plácido y está tan marcado que se sube por él sin posible extravío buscando las cumbres del macizo de Aitzgorri. En silenciosa conversación con la naturaleza, hemos dejado atrás la puerta verde y el letrero que nos marca la dirección al collado Elorrola y Urbía; ahora son las hayas quienes conversan tintineos de agua recién caída y de leyendas viejas; sigilosas pisadas y ocultas miradas de algún Gorri Txiki marcan el ritmo de nuestro ascenso entre la niebla y la esperanza.

El cielo de esta mañana duda entre el oscuro y el agua, entre la palabra del bosque y la niebla que baila. Las formas de los montes van pasando de la retina hasta el alma y allí anidan entre el verdor y la mirada; los montes vascos con pupilas de siglos y brotes de brillo, danzan siempre melodías de algún mágico txistu. Un eiztaria viene a nosotros por el camino, salido de golpe de entre las nieblas…después de conversar con él parece que, más que un antiguo misterioso cazador condenado a recorrer los montes vascos, es algún andarín mañanero que ha llegado – según nos acaba de comentar – hasta el Collado Elorrola, apenas cien metros más arriba de donde estamos detenidos a beber un sorbo de agua.


Foto de Komandokroketa 

Ya estamos pues en el Collado. Esta vista es la que se puede gozar y ante la que los viajeros quedan extasiados un buen rato. Agradezco a la naturaleza que haya permitido al Komandokroketa hacer esta foto del conjunto de las cumbres; agradezco al citado colectivo de montañeros sus tenaces, acertadas y agradables descripciones de numerosos lugares de montaña.

Seguimos la línea de árboles, superamos la ermita de Nuestra señora de Arantzazu que da paso a la campa de Urbia; es un amplio espacio de verdor vital, de sosiego conectado entre la naturaleza y el alma, de calma adormecida entre los susurros de la historia, de sueño dibujado a través de siglos; una ráfaga de sol nos mostró el color de la ilusión entre las rocas plateadas del fondo, el agua libre de la plataforma verde, el vuelo sigiloso de las aves que mostraban el camino; en la campa de Urbia están dormidos todos los siglos de la historia en un tic-tac y las hierbas nuevas crecen sobre las raíces antiguas cuando las Lamias bondadosas tejían caminos para guiar a peregrinos despistados.


Vista de la Campa de Urbia. (En el lugar escriben sin tilde sobre la i, pero pronuncian Urbía, con tilde) 

Importantes corrientes de agua se filtran por algún secreto ojo para salir en forma de luz no sé cuántos miles de metros más abajo entre alguna gruta caliza llena de caprichosas estalactitas y estalagmitas. Meditabundos, silenciosos, pletóricos, ensoñadores, Jose y yo – los dos viajeros de las montañas vascas – estamos llegando a las txabolas de Arbelar (lo escribo con los caracteres vascos, además de porque así lo escriben en aquellos lugares, porque para una mente castellana, las chabolas tienen un cierto sonido de desprestigio) construcciones elegantes para el descanso de los pastores y algunas para residencia temporal. Pocos metros (¿doce? ¿veintiuno?) antes de llegar a las txabolas, sale hacia la izquierda un camino que evita cruzar las viviendas…hoy encontramos caballos de hermosas patas y frondosas crines.

Comienza la ascensión, enseguida el prado sedoso se muda en rugosa piedra; la suavidad verde se hace áspero pedregal. Tal vez aquí Jose y yo – viajeros por las montañas vascas – nos transformamos en montañeros. Así vamos subiendo entre el recuerdo de los lirios y la presencia de la niebla hasta la veleta…situada a mil cuatrocientos metros en medio del pedregal…en medio de la nada… ¡claro que cumple una misión! Nosotros descansamos a su pie con la disculpa de la foto.


Sobre nosotros, asomando entre el vaivén de la niebla, están dos cumbres que tenemos intención de coronar. Las cimas de Aitxuri y Aketegui tienen un velo de misterio acunado entre las rocas de sus laderas. Vamos, esperadnos.

Javier Agra.   

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