viernes, 16 de julio de 2010

PEÑA TREVINCA (III)

Descendemos de Peña Trevinca. Los perfumes de la tierra y la juventud informe del pasado recorren por mis venas como una lumbre de gritos y oquedades nuevas por descubrir; también baja con nosotros la ancianidad silenciosa del futuro entre remolinos agresivos de sangre mancillada. Sueños de fatiga suben por los cordones de mis botas: las tinieblas se han comido a la luz, nubes grises aplastan sin previo aviso las láminas brillantes del sol del medio día; pero yo me niego, nos resistimos todos los que hemos puesto los pies en la montaña. 


Estamos en la cumbre de Peña Trevinca. Desde aquí es fácil sonreir.

¡Vamos, ha terminado la siesta! El presente está siempre engendrándose a sí mismo; desde el impulso de nuestra sangre todo es presente. Tiempo sin desmayo, reflejo de estrellas y de lucha. Desde más lejos, más montañas llegan hasta la cumbre que nos aprisiona entre dudas, llegan las montañas y nos liberan para la luz y la esperanza.

Tera abajo – ahora estamos en el valle, de regreso – se agolpan los caballos y piafan canciones de libertad; las liebres dejan ver su sombra entre carreras y las aves nos enseñan vuelos sin cadenas, saltos sin fronteras; Tera abajo la vida es libertad, los montañeros lo hemos aprendido a través de todas las dudas de la historia.


Desde la cima de Peña Trevinca se domina el precioso valle del alto Tera. Ejemplo claro del origen glaciar en forma de U. Es lo que nos comentó Ana Jalón que se llama turbera: el sedimento de aquel antiquísimo lago glaciar que ahora forma el valle.

Mucho más abajo, agua y sementera, el río llegará – sin saberlo a estas alturas de la montaña – a regar la huerta y los manzanos. El Tera aquí arriba, no sabe que también es vega fértil entre los chopos y las casas: ¿qué son casas? Nos pregunta entre las nieves de su nacimiento.

Mucho más abajo el Tera será ritmo de agua entre los troncos. Por allí los niños juegan entre los chopos a volar como palomas. Suaves risas de la infancia que hoy tenemos en nuestras manos cuando bebemos del nacimiento del río en la montaña y compartimos el agua con el águila y los ciervos, con las ranas musicales y las raíces escondidas en la tierra.


Los caminos van y vienen por la tierra. Tú, viajero, planta tu huella y déjate llevar. Desde el Collado Ventosa estamos viendo Peña Trevinca.

Conversamos con el Tera. Aquí arriba, en la montaña, el tiempo tiene más granos de arena. Le contamos la hermosura de unos metros más abajo donde su agua se baña en el misterio del lago. Le hablamos de personas y de fábricas, de los sueños de las gentes entre el llano y la rivera. Detrás de la montaña siguen los ritmos de otras respiraciones: sueños y hospitales; silencios y minerales; huertos y silos de grano; bibliotecas y teatros... El alto Tera nos mira con sonrisa de meandros y continúa su camino entre los relojes sin manecilla de las montañas y los vuelos de las aves.

Javier Agra.

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