Es la mañana de la nieve y el sol. Diversos caminos
son posibles para ascender hasta el Refugio y más tarde al Mulhacén; nuestra
primera intención era llegar con el coche hasta la Hoya del Portillo,
seguramente el modo más cómodo y corto, pero la nieve impide tal propósito;
desde Trevélez ya está descartado pues toda la logística va en otra dirección.
Arrancamos desde la Cebadilla en la Central
hidroeléctrica de Poqueira.
El camino está bien marcado. Inmediatamente
hacemos una fuerte subida entre encinas, pero como nosotros somos observadores
vemos también no pocos castaños y algún nogal; antes de nosotros han pasado por
aquí riadas de humanos, está muy trazado en serpiente fornida y accesible; será
suficiente seguir los postes con las señales PR-A 23 y dentro de tres horas
llegaremos al refugio.
Pero los montañeros seguimos, además, otras
señales: Vemos el suelo verde de la primavera y escuchamos el silencio de las
sierras que no cesan de conversar entre los pájaros y el agua; algún grillo
despistado vive por esas latitudes aprovechando los prados que antaño fueron
fincas prósperas. Hoy vemos diversos tejados ajados por el tiempo y el olvido;
cortijos donde el sueño de prosperidad conversó en árabe y acaso en latín
primero.
El sendero sigue la linde del río, sube una loma
y baja hasta cruzar el Naute entre puentes de piedra de madera, puentes que llevan
muchos años escuchando el rumor de la nieve que narra las historias de las
cumbres. Los puentes detienen a los viajeros sin recordar cuándo fue la última
vez que les contaron las consejas de las alturas; los puentes detienen siempre
a los viajeros y son estos quienes piensan que se detienen para hacer fotos. A
nuestra izquierda la Loma Púa, al fondo enhiesto y conversador el Mulhacén: nos
cuenta leyendas sobre el origen de los pueblos, sobre las lágrimas de la Virgen
de las Nieves que fueron inicio de regadío…
El Naute se cruza de lado a lado varias veces, sobre puentes firmes y consistentes.
Aguas arriba del Naute nos sorprende la hermosa
visión rojiza del Tajo de Cañavate, una bellísima pared donde habitan las
águilas y seguramente hasta los corzos tendrán difícil la escalada; de asombro
en asombro veremos cascadas y llegaremos al Cortijo Nuevo entre cerezos:
conserva el nombre, pues hogaño está entre la ruina y el sueño. Nos sentamos a
esperar el arroyo que baja del Veleta. Con estos suspiros de gozo nos
retrasaremos sobre el horario que habíamos ideado al iniciar la marcha, ¡pero
la hermosura puede trastocar tantos planes a lo largo de la vida!
Hace rato que vemos la cumbre menor del Mulhacén;
estamos ascendiendo hacia el Cortijo de las Tomas, seguramente sería un lugar estratégico
para controlar las acequias de regadío que cruzan la amplísima ladera entre los
dos mil y los dos mil doscientos metros de altitud. A ese punto llegamos con la
fatiga en la mochila, en las botas y en el cuerpo entero. Aquí se terminan los
postes y comienza unas altas balizas que nos llevarán hasta el Refugio. Hoy nos
toca abrir trocha sobre la nieve.
¿No llegará nunca? ¿Nos desanimará la niebla que
susurra cuentos de apariciones, lobos y fantasmas? Seguramente los lobos – que otros
tiempos recorrieran estos montes seguirían hoy temiendo a los humanos – y para
fantasmas nos bastamos a nosotros mismos. Llegamos a la plataforma, al fondo
está el Refugio de Poqueira, podremos comer caliente y descansar. Mañana nos
espera más nieve y más victoria.
Por cierto, El Refugio está atendido con primor,
cuidado y esmero. Las personas que lo guardan son atentas y amables en todo
punto y dimensión.
Javier Agra.
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