viernes, 25 de octubre de 2013

CIMAS DE LAS COMUNIDADES AUTÓNOMAS




Cumbres arduas,
insignias de los pueblos
de esta gran nación,
prodigio de color:

San Lorenzo,        
puntal de los Tres Reyes,
Mulhacén, Llambrión,
Aitxuri, Puig Major.

Torre Cerredo, la Pica d´Estats,
Aneto, Peña Vieja, Teide, Torreón.

Peña Trevinca, el Lobo de Ayllón,
Revolcadores, Peñalara, Calderón.

He aquí el mapa y el himno-poema que ha realizado Jose, mi compañero de las montañas, para presentar la cima más alta de cada una de las Comunidades de España. Él ya ha coronado sus cumbres. Yo agradezco que me haya llevado a unas cuantas a lo largo de los más de nueve años que hace que estamos juntos en esto de “ser montañeros”. La geografía se aprende y se goza con los viajes… ¡Caramba, he visto gran parte de nuestra geografía desde los puntos más altos!

Esta es la cumbre del Aitxuri, cima de la Comunidad Vasca, con su tamboril y su txistu que es una flauta de tres agujeros, instrumento utilizado en diversos lugares; pertenece a la hermosísima tradición vasca y se maneja con una mano mientras la otra hace sonar el tamboril.

Peña Trevinca es el punto más alto de Galicia, nosotros ascendimos desde Sanabria en Zamora, pero al compartir esta cumbre zamorana su máxima altura con la provincia de Orense viene a ser la más alta de Galicia que no de Castilla-León donde reinan los Picos de Europa y añadido otras muchas alturas a ese hermosísimo espacio cuentan, solamente en la provincia de León, con cerca de cuatrocientas cumbres que superan ampliamente los dos mil metros.

¡Tantas veces coronada! Peñalara. La cima de Madrid permite excelentes vistas y amistades. Es de sencilla subida y goce profundo.


Podría poner diversas fotos de múltiples lugares. Lo dejo aquí. Cierro los ojos y aspiro aromas diferentes de cada cumbre visitada, de cada lugar recorrido, de cada paisaje estampado en el alma. Sueño y añoranza. Aspiración pausada. Montaña a montaña en cada palabra.


Javier Agra.

sábado, 19 de octubre de 2013

SENDA DE LOS ALEVINES

El aparcamiento de Majavilán, al fondo de las dehesas de Cercedilla, está aún desierto esta mañana lechosa; cuestión de minutos, en poco tiempo las pocas más de veinte plazas estarán completamente ocupadas por los montañeros madrugadores. Después la multitud de personas y coches que vendrán a pasar el día festivo a este hermoso y distendido espacio tendrá que buscar aparcamiento en lugares inverosímiles.

Para hoy hemos elegido esta dosis de pinos y naturaleza más allá del Puente del Descalzo que da inicio a la Calzada Romana; aquí ambos, con sonrisas de historia y la tez tersa pese a los años, tal vez porque los mandó adecentar Felipe V el animoso, aquel Duque de Anjou que dio inicio a la dinastía de los Borbones en España aquel lejano dieciséis de noviembre del año mil setecientos, que vino para ser rey de España, mantener la amistad con Francia y la paz en Europa.



Diversidad de subidas posibles, porque desde las Dehesas de Cercedilla, se pueden realizar multitud de marchas, todas hermosas, relajadas y solemnes en su silencioso sosiego. Las más de las veces solamente las aves, o la nieve rompiendo su estructura gélida para llegar a ser agua, son los únicos sonidos que penetran en el alma peregrina de paseos y ensoñaciones; acaso te toque un día en que han decidido hacer una excursión un numeroso grupo de amigos bulliciosos que no han descubierto la paz austera de la montaña y rompan el silencio con incontinente jolgorio no apropiado a la liberalidad pacífica de los pinos, los arroyos y la naturaleza entera: a eso le llamaremos mala suerte.

Elegimos el Camino Schmid. Notarás, avisado lector, que las fotografías que acompañan este texto no son de una sola excursión; no te admires, el lugar es tan grandioso en cualquier época del año, que hemos dejado nuestra huella en diferentes momentos y siempre es más el gozo que nos entrega que la fatiga que nos exige.

Dejamos atrás la Fuente Antón Ruiz de Velasco. Pasamos a las Praderas de Navarrulaque donde es fácil encontrar montañeros de largo recorrido o excursionistas interesados en la belleza del conjunto que supone subir desde diferentes lugares hasta los Miradores de los Poetas. La Carretera de la República  y esta altura lograda nos indican que seguramente hemos dejado atrás la mayor pendiente, en la Sierra las subidas y los descensos no se miden sino cuando ya están superadas; las piernas tienen la fuerza que el entusiasmo las contagia. Hemos llegado a la Pradera de Majalasna, buen momento y buen lugar para sentarnos un instante en la fuente de frescor y vida montañesa, el cuerpo agradece una pausa. Desde aquí tenemos la opción de seguir hacia Siete Picos. Hoy continuaremos recorriendo la Senda de los Alevines que es un respiro, terreno llano con algún salto entre las rocas para continuar siempre el cómodo camino que nos llevará hasta el Collado Ventoso.


Pradera de Majalasna 

El Collado Ventoso es un encuentro de diversidad de rutas. El Collado Ventoso es un recuerdo de Madrid misma, donde llegan gentes de diferentes procedencias y nadie es extraño, aquí hemos interiorizado el viejo refrán que reza así: “El buey no es de donde nace sino de donde pace” Por eso nos encontramos tan cómodos en esta pradera que atravesamos, después de visitar la Fuente de los Alevines, camino del Cerro Ventoso desde donde se agrandan las vistas. Bajamos hasta la Fuenfría y regresamos hasta las Dehesas.

El tiempo en la montaña siempre invita a tomar la marcha desde la calma; yo me aposento en el Descanso de los Ceballos, para la fotografía y para aspirar conscientemente el silencio, la paz, el aroma, la palabra de la montaña.


Javier Agra.  

sábado, 28 de septiembre de 2013

BENIDORM: MÁS QUE PLAYAS

Se está escondiendo el sol y la arena suaviza mis pies en las playas de Benidorm.
Continúo mirando hacia la altura, hacia las cercanas cumbres diminutas y encantadoras. ¡Cómo no recordar para siempre el breve paseo de pocas horas hasta el Tossal de la Cala de Finestrat! Aquí  podrás comprender, amigo lector, que la Ontogénesis es el compendio de la Filogénesis. Muy cerca del altozano, hoy completamente urbanizado, se encuentras unas excavaciones de discutido origen entre Íbero y Romano; es verdad que hoy se da por segura la construcción a los romanos que anduvieron por estas tierras peleando contra el centralismo de Roma, defendiéndose de los ataques de los íberos nativos y pactando con ellos. Un lío de guerras, como cualquier guerra de cualquier época y lugar.

El Tossal de la Cala,  desde el Castillo.
Sea como fuere, nuestro presente – eso es la Ontogénesis – está formado por mezcla de pueblos, lenguas, costumbres que llegaron hasta nosotros a lo largo de la historia – esa es nuestra Filogénesis – de manera que nadie puede decir que el pasado de mezclas, de comercio, de idas y venidas no nos iguala en el presente común. Somos descendientes de las tropas de Sertorio y de Pompeyo, de los adoradores de la diosa Tanit y ¡vaya usted a saber de cuantos humanos y peripecias hasta este siglo en el que aún andamos dudando si somos de acá o de allá! Continuaré paseando mis pies por la suave arena de las playas y haré que mi casa sea allí donde amanezca el sol.


Poblado ibérico o romano, o mezcla de culturas que andan adecentando estos últimos años.
La Sierra Helada camina al otro extremo de las playas, allí donde el bullicio mundano del verano se muda en silencio y acantilado. Trescientos metros de fosilizadas rocas, de carcomidas piedras por la formación de diferentes materiales en acantilados sobre el mar, hacen de este parque natural un espacio de paseo para cantimplora y botas de marcha sosegada. Sobre esta estructura virgen se puede sentar el viajero y contemplar la transparencia del agua, conversar con los peces o escuchar diferentes aves entre el azul del cielo y el oleaje sereno del mar es lo más elemental de una mañana ganada para la calma; acaso con los ojos cerrados, unos instante, puedas participar en el baile de los crustáceos con la vegetación que se asoma al agua desde el fondo del acantilado. Acantilados, taludes, silencios y leve música natural acompañan al viajero durante unas horas en este cuento que la naturaleza conserva de forma magistral.

Sierra Helada, vista desde las playas de Benidorm.
Cima principal de Sierra Helada y Peñón de Ifach. ¿Acaso no escuchamos la conversación del viento y las ramas  a nuestro paso? Mientras tanto las brumosas nubes cantan  con sigilosas voces a los oídos ocultos de los dorados peces que bailan y se esconden en las azulonas aguas. 

Y está colosal, el Puig Campana con sus mil cuatrocientos metros de los que es preciso hacer mil de desnivel hasta llegar a la cumbre. Es un inmenso gigante dormido en el tiempo y que se quedó para siempre a respirar el aire salino del Mediterráneo. Desde su cima, las vistas son hermosas y larguísimas. De la isla de Benidorm, dicen los geólogos que es continuación de la antes citada Sierra Helada. La poesía popular siempre creadora cuenta que es el trozo que le falta al Puig Campana en la cumbre, como una dentellada… Y bien pudo ser. Dicen que el mismísimo Roldán andaba enzarzado en una pelea con el rey moro del lugar y en esos arrebatos guerreros, sacudió tal mandoble a la montaña que arrancó de un tajo el trozo que salió despedido hasta caer al mar, en lo que hoy es la isla. Cuentan también que puede ser un acto amoroso: estaba Roldán en la referida refriega cuando se enteró de que su amada iba a morir cuando diera el último rayo de sol sobre la fachada de su vivienda. Roldán, de un tajo de su espada Durandarte, abrió esa ventana al sol y tuvo tiempo de regresar a toda prisa para recoger el último amoroso suspiro de su dama. ¡Qué no se hace por amor! ¡Hasta construir una isla con una pieza del Puig Campana!


Puig Campana, desde el paseo de la playa.


Una paloma contempla la conversación amistosa sobre el agua y la luz; al fondo la isla de Benidorm
Es posible pasear entre suaves flores violetas de perfume y vida,  entre las sensuales y coloridas Erica Terminalis que es una especie de precioso brezo, descubrir diferentes cuevas de diminutos tamaños, rocas musicales, historia del pasado, futuro de gaviotas, peces y colores de eternas aguas mientras se está escondiendo el sol y la arena suaviza mis pies en las playas de Benidorm.

Javier Agra.

jueves, 19 de septiembre de 2013

ANETO: TAMBIÉN TIENE LEYENDAS

Habíamos salido del refugio de la Renclusa. La tarde oscurece en brillos amarillos y verdes de hierba y pino sobre la falda del monte. Sonido de agua en derredor y Jose y yo mirando hacia los Portillones camino del Aneto. Mañana será la fatigosa marcha. ¿Qué hemos de preparar? ¿Qué tenemos que cuidar? La mochila está revisada y los crampones dispuestos. Saldremos al despuntar la aurora.

Dicen que cuando la diosa Pirene concluyó sus fuegos iniciales comenzó a nacer la alegría, las carcajadas de los atlantes formaron las primeras montañas, de las sonrisas nacieron las flores y las aves. La diosa encargó al gigante Atlant – simpático anciano de barba blanca – que construyera un hermoso castillo para que habitaran los primeros mortales en la zona. (Tengo para mí, que el Turbón es una maqueta que realizó como prueba de bellísimo castillo). Este gigantón era capaz de encantar a las cumbres y éstas caminaban de un lugar a otro: todos sabemos que el monte Perdido probó diferentes emplazamientos antes de decidirse por el lugar que actualmente ocupa.

Hermosas y relajantes vistas desde la cima del Aneto.


Si hoy las montañas ya no se desplazan, al menos durante las horas en que las observamos los montañeros, es por un acontecimiento terrible. Por aquellas montañas vivía un gigante que tenía muy mal carácter y era envidioso. Un atardecer Netu, que así se llamaba nuestro personaje, mató de un flechazo a Atlan; los dioses de las montañas se enfurecieron y lo atravesaron con un potente rayo. Fue tan grande el dolor de aquellas montañosas tierras que se retorcieron entre alaridos y Netu terminó sepultado entre los temblores doloridos de las montañas. Aún hoy, los montañeros podrán ver el corazón del gigante Netu escapando de su cuerpo y el brazo en actitud de recogerlo; así se formó, lectores míos, el llamado paso de Mahoma y la cumbre del Aneto.

¿Será la nieve de estos glaciares un recuerdo de las blancas barbas del buen gigante Atlant? No es fácil llegar hasta ellas para comprobarlo.


Dicen también que las perpetuas nieves del glaciar que hemos de pasar para llegar a la cumbre son las mismísimas barbas del buen Atlan, allí quedaron en forma de nieve para memoria eterna de la bondad creadora. El sepultado Netu, al que de inmediato se conoció como Aneto, era de temperamento hostil e insociable. Ya en vida, era temido por los lugareños que no se atrevían a adentrarse en su territorio. Cuentan que un día se acercó a él un peregrino solicitando alimento, porque se había desorientado por aquellos peñascos. Ñetu se lo negó y el peregrino exclamó: “tienes un corazón duro, más terrible que estas rocas de los contornos. Las rocas claman contra la dureza de tu corazón y piden que se perpetúe tu falta de humanidad en una montaña inmensa de piedra” Netu quedó petrificado.

Naturalmente, el malvado Netu al que llamaremos, para entendernos, Aneto, suplicó por su renovación y su bondad, desde su nueva situación pedregal. Evidentemente, nadie le va a negar la posibilidad de reivindicarse socialmente, por eso hoy somos muchos los que vamos a recorrer sus senderos y contarle que siempre es posible iniciar otro modo de convivencia, otra forma de organizar la sociedad en la que todos tengamos espacio, alimento y dignidad. Hoy somos muchos los que lo visitamos, pero las primeras expediciones tienen su historia y un inmenso esfuerzo. Todos los comienzos tienen su trabajo y su fuerza de voluntad contra la molicie que nos hace cómodos e inmovilistas.

La cima del Aneto. Fotografía que también acompaña uno de mis recientes textos.


La palidez del silencio aparece sobre los últimos brillos del sol de las montañas del Pirineo. Mañana subiremos buscando senderos, después de decenas de años y rutas aún es difícil el ascenso hasta el Portillón Superior, aún es necesario decidir cada pisada porque aunque quienes fueron antes que nosotros nos han marcado camino, permanece nuestra libertad de elección; todos queremos llegar, es necesario el valor del camino. Mañana madrugará la esperanza de los montañeros y haremos cumbre y volveremos al atardecer al Refugio de la Renclusa flanqueados por el armiño y la lagartija y veremos plantas de carpelos velludos y colores iluminados por la sonrisa de la vida.  Ahora, que han pasado varios días, puedo aseverar esta frase en tiempo futuro.

Para terminar, esta fotografía de un primer plano de la belleza del Rododendro. Tal vez las flores ponen cordura en esta andante aventura de los montañeros que se visten de locos y hablan con las luces de las estrellas y los silbidos del aire. Tal vez en el silencio de la montaña encontramos ecos de las palabras de los diccionarios. Los montañeros aprenden otros significados de amor, gloria, sudor, respeto, temblor…


Javier Agra.

sábado, 14 de septiembre de 2013

ANETO: ANOCHECE

Regresamos. Al cruzar el Portillón Superior, está declinando el día sobre las cumbres del Pirineo. Al regreso le llamaban los griegos nostalgia, para los montañeros es el gozo de mantener activa en la mente la imagen recién vivida en las cumbres. Inmensas olas de roca entre las sienes azules del cielo limpio. Alguna florecilla de las llamadas Botón azul está lamiendo el sol escondidas entre las infinitas rocas que aparecen ante nosotros para indicarnos el camino que hemos de recorrer, ahora con una cierta celeridad porque el tiempo apremia. Hermosas flores de tallos desnudos estas Jasione laevis con dulce apariencia de sirena, pero los montañeros no podemos detener nuestros pasos, hemos de continuar ladera abajo, ahora que la luz remonta el vuelo sobre las lejanos pinares, sobre el águila real de blanquecino plumaje.

Hemos estado en la cumbre del Aneto, nuestras pupilas aun brillan reflejos de nieve sobre las vivencias del alma. Lentas pisadas sobre las marcas de otros crampones y nosotros, nieve adelante, llevamos el susurro suave del mar, la armonía majestuosa de las olas, las plegarias de las riberas hasta las cumbres dormidas de siglos y vibrantes de corazones y caminos. Desde los misteriosos mares hasta las oscuras cumbres donde azota el viento, llegamos los montañeros con siglos de voluntad en las mochilas. A nuestros pies, el Lago de Coronas es un eslabón entre las viejas cumbres y el verde de las praderas donde quedan esperando las campanillas azules de las flores llamadas Digitalis Purpurea, aunque a nosotros nos sigue siendo más fácil recordarlas como Dedalera o Guante de Nuestra Señora.

Bajo nuestros ojos, el Lago de Coronas.

Nieve virgen junto a los senderos tantas veces pisados esta jornada. Porque somos muchos montañeros, pero la montaña es más amplia; tiene nieve para entregarnos y conserva mucha más para la vista, a esta hora en que el día perezoso comienza a escabullirse sobre los nombres de las cumbres que nos rodean. ¡Soy tuya dice la nieve perpetua, soy tuya canta la montaña mientras el montañero le entrega la sonrisa, la fatiga, el alma de su marcha! Declina el día con sus pupilas cansadas, los montañeros dejan las cumbres entre las conversaciones de las cornejas y las águilas culebreras. A los montañeros aún les suenan los reflejos del lejano Cotiella, del Turbón majestuoso, los picos de Eriste escondidos, el Perdiguero que es encuentro entre España y Francia, El Posets – tendré que volver a la escuela para aprender que es la segunda cumbre del Pirineo por delante del Perdido –, bajo la cumbre del Aneto la nieve abre caminos hasta los lagos de Coronas como trampolín hacia el Pico Aragüells y la aguja Juncadella.



El camino de regreso es lento. La fatiga de la jornada hace aún más rugosas las repetitivas piedras, pero los montañeros saben que es necesario conversar con ellas pisada a pisada antes de que la noche caiga. Los montañeros saben que han sido dichosos pasando siempre por las mismas piedras y agradecidos saben que la fatiga suena a arrullo y armonía, las piedras del regreso son amigos que vienen de visita y palpitan sueños y armonía. Entre las rocas nos espera una anémona o trébol dorado  (Hepatica Nobilis), acaso ella también hubiera preferido vivir en medio de los pinos y protegida por otras poderosas hierbas como la mayoría de sus hermanas, pero ha venido a animar a los montañeros, aquí les deja su poderosa hoja verde firme entre la piedra, acompaña a los montañeros como silencioso grito de ánimo en la tarde que acecha.

Cima del Aneto.

Entre el sol que se agota y los pensamientos que nacen al calor de las rocas, piensan los montañeros que también la vida en una ráfaga de sol que vuela silenciosa como la collalba gris que les ha seguido un momento antes de continuar volando hacia los pinos que ya están cerca, seguramente se acercará al agua para despedirse de la lavandera de vistoso plumaje. Los montañeros, que han pisado agua montaña abajo sienten alivio al saber que, si cae la noche entre las peñas, podrán seguir la ruta por el canto monótono de la rana bermeja. Está cayendo la noche, tal vez entre las plantas de altura esté escondida alguna orquídea de Dama, tal vez… pero los montañeros ya solamente vez las piedras blancas que apuntan el sendero cuando el sol se apaga sobre los prados del Refugio de La Renclusa. La noche baja por la ladera retorcida de la montaña. En la hora nocturna del regreso, los montañeros saben conversar con las flores, deleitarse en el vuelo solemne del mirlo y la corneja, escuchar el silencio veloz del sarrio en las cumbres o el grito agudo de la marmota llamando a su camada.

Más que nostalgia, los montañeros tendrán recuerdo, tendrán anhelo permanente del Aneto. Anhelo permanente de ser personas en crecimiento hacia su cumbre. Anhelo permanente de la música del viento recorriendo el camino entre la roca y los luceros, anhelo creciente de tu nombre en la aurora de todos los tiempos.


Javier Agra.

domingo, 8 de septiembre de 2013

ANETO

Desde el aparcamiento de los Llanos del Hospital, nos lleva un autobús hasta la Besurta. Quienes hicieron este recorrido a pie, años atrás en ascensiones previas, aseguran que es un paseo hermosísimo por él mismo. La mayor parte de los recorridos dentro del Pirineo son de una belleza que se cose al alma de modo imperecedero: este sendero, por el que transitan hoy muchos paseantes entre el aire y la luz, es uno de ellos. Es brillo de agua y verde silbando esperanzas en las praderas.

De las praderas de la Besurta dice la toponimia que su nombre indica estar “debajo del aserradero” y añaden algunos autores fotografías el inicio del siglo veinte que invitan a pensar que sobre el pinar de la zona se realizaba alguna actividad de tal calibre. Lo que ello sea de cierto, no lo sé. Pero sí puedo atestiguar su asombrante belleza actual. Desde los llanos de la Besurta hasta el Refugio de La Renclusa, la subida es un relajante paseo durante la caída del sol de esta tarde cuando el verano avanza y las preocupaciones han dejado su lugar al gozo de las cumbres. Esta noche será agradable en el reformado Refugio de la Renclusa, con habitaciones de pocas literas; nos parece estar en un hotelillo de montaña. A dormir que mañana toca inaugurar un cielo de estrellas.

Las últimas estrellas seguramente despertaron a las burras que merodean los alrededores y han madrugado aún más que nosotros. Apenas se distingue el sendero hacia las cumbres, nos ajustamos las botas y entonamos la canción del ánimo en nuestra mente deseosa de cima. La ascensión al Aneto es muy dura, con esta sencilla descripción he visto resumidas todas las publicaciones que sobre este recorrido he contrastado. De modo que nos preparamos para la dureza e iniciamos la inmediata subida hacia el Portillón Superior. A nuestra izquierda tenemos el Pico Renclusa, a este punto de la marcha todo se va haciendo grande y nosotros pequeños, muy pequeños en esta inmensidad de roca y maravilla casi mágica.  

Rododendros.


La magia de la montaña y la dificultad nos hacen caminar con prudencia sobre las huellas de otros montañeros y de otros tiempos, con precaución para no despertar al gigante Ñetu el de las malas pulgas; no encontramos a ningún ser de leyenda pero si podemos descansar unos minutos para admirar la luminosa flor del rododendro, corto de tallo y poderosos colores se deja admirar pero se defiende de los herbívoros con la dureza de su veneno. Rododendro, lagartijas de verde y rojo sobre la piedra dormida, la poesía sube a la montaña en cascabeles de lumbre, la piedra llama a la vida entre silencios de sonrisas florecidas…Aquí un sorbo apenas y continuamos la ascensión zigzagueante.

Vista del recorrido hasta el Aneto, desde el Portillón Superior.


Inmenso zigzag ascendente entre siglos y rocas, apunta el sol desde la zona del Aneto y deja sus llamaradas primeras sobre las cumbres del Pico de Alba alumbrando las nieves de la subida, el aire es arpa en el rostro de los montañeros cuando asoman, de paso, por el Portillón Inferior. Siguen subiendo los hitos y seguimos el camino que bordea los altos de nuestra izquierda; allá, allá está la brecha que anuncia la primera meta de la jornada. El Portillón Superior es austero y sublime, conseguir esta visión es una grandeza de alma: se detienen los cantos de las aves y las madrigueras de las marmotas callan en la asombrada vista.

Asombrados nuestros ojos conversan con el corazón y cuentan sueños de la escuela cuando estudiábamos los picos más altos del Pirineo; hoy nos acordamos que no éramos del todo fieles pues nos dejábamos el Posets como segunda cumbre, después del Aneto y antes del Perdido. Ante mi tengo esta primitiva mole de granito de los Montes Malditos, con varias crestas que superan los tres mil metros y culminan, al fondo, con la fuerte subida hasta la cumbre final de esta jornada. Crampones en los pies, ánimo en el espíritu y a cruzar el glaciar; desde aquí hasta el Congosto del Ventamillo hubo centenares de metros de glaciar, hoy camino sobre el mayor de los pocos más de diez restos que quedan de aquella antigua mole – a la mayoría no se les puede considerar más que como acumulaciones de nieve, acaso con carácter transitorio –.

Al fondo el Aneto, pasamos por el nevero que hace senda  bajo el Pico Coronas y el Collado del Medio.


La pendiente para cruzar el glaciar, es suave. Nos tuvimos que quitar los crampones entre el glaciar de la Maladeta y el del Aneto – si seguimos a este ritmo parece que en cien años no verán nieve los montañeros que crucen por este lugar –. Conversando con el sol y con el acentor alpino hemos llegado hasta el collado de Coronas; Jose y yo recordamos la fábula de la tortuga y la liebre y continuamos la ascensión, con la lentitud que nos caracteriza, para que la noche no nos encuentre por estas pendientes.

La última pendiente hasta la antecima ha sido dura, nos ha dejado exhaustos. Aquí llegué pensando en los árboles con sombra y en los frutales dóciles de mi infancia cuando podía tomar néctar directamente del peral; pensando en los poemas simples porque paseo por el azul del cielo y brotan las rimas de las fuentes del subsuelo; pensando en los barcos griegos que surcaban la mar en busca de la paz y las sirenas; pensando… y el sudor había bañado mi mochila, mi camisa y mi cuerpo cuando llegamos a la antecima. Aquí queda la mochila y el bastón, nosotros cruzaremos el Paso de Mahoma y llegaremos a la cima.

Paso de Mahoma, visto desde la antecima. Tal vez quince metros de suspiros y lamentaciones antes de conseguir hacer la cima. Son expuestos, pero después del esfuerzo tenemos que concluir la marcha al completo y llegar hasta la cima.


Y aquí estamos, ya en la cumbre. ¿Terminado el recorrido? No, amables lectores; la ruta a la montaña se da por concluida cuando los montañeros llegan nuevamente al punto de partida.


Javier Agra. Esta montaña tendrá más entradas en mi blog, si la naturaleza, las divinidades y los hados me conceden pluma y respiración.

lunes, 2 de septiembre de 2013

SE NOS MURIÓ PIPA

Fue el dos de agosto, de madrugada.



Se nos murió Pipa esta madrugada, entre el brillo de las estrellas y la luz del alba. Así termina un prolongado y gozoso capítulo de la vida de mi casa; trece años de atenciones mutuas, de carantoñas y montaña. De repente aprendimos lo que es tener desgarrada el alma.

Dormía su sueño como cualquier final de jornada, estos últimos meses ya la cuidamos más de cerca, su caminar era lento, más que con gestos ya conversaba con la mirada; esta noche nos quedamos junto a su sueño, haciendo guardia por turnos de compañía enamorada. Miró en derredor un instante, clavó en nosotros la mirada en una despedida sin tiempo y se fue a buscar otras flores, otras sierras y otras aguas.

Se nos murió Pipa, la perra de las entrañas, ahora está conectada a nosotros a través de la tierra, del aire, del silencio, de la música y la palabra. Porque formamos una misma luz y una sola montaña con los que damos la mano, con los que pasaron y con quienes vendrán mañana respirando juntos un espíritu sin tiempo.

Ha pasado un mes desde aquel dos de agosto de frío recuerdo. Continuamos caminando paseos desorientados en las madrugadas de Madrid, pero los paseos sin Pipa pierden el sentido del olfato, de las hierbas que con ella contemplábamos se han ido los aires olorosos que hacían vibrar su cola; siguen cantado las aves que con ella admirábamos, ella musitaba susurros a los nidos de los pájaros y cruzábamos saludos entre vuelos y malabares por los ribazos, ahora son los pájaros en sus nidos quienes preguntan ¿y Pipa?; hasta las piedras que escondían secretos que ella buscaba se están quedando mudas entre las encinas a media luz del monte del Pardo; y ya no es fácil distinguir si es ausencia o son las luces del alba que hacen brillos de agua en las mejillas durante los matinales paseos por este Madrid solitario.

Pipa es un nombre de familia, está en la sangre de nuestras entrañas, su nombre continúa en cada paso por las habitaciones, su nombre suena cada vez que abrimos la nevera y aparece comida en nuestras manos; su nombre es la sangre que pasa libre por el corazón y riega la vida de cada uno en esta casa; sus pupilas siguen asomando como prolongación de nuestra mirada; las confidencias que con ella compartimos permanecen siempre como fuerza en el espíritu común. ¡Vive, vive en el aire y en la luz!

Para nosotros fue lumbre iluminadora; seguiremos siendo día, inmenso día de manos unidas y corazones abrazados donde el amor de la familia continúe creciendo más allá de las estrellas.


Javier Agra.

martes, 27 de agosto de 2013

EL TURBÓN: RUINAS DE SAN ADRIÁN.

En la Coma de San Adrián. Ahí estamos los dos montañeros sorteando las plantas de edelweiss, al fondo del primer valle encontramos las ruinas de lo que fue la ermita de San Adrián. En nuestra mente se mezclan leyendas e historias antiguas. El gigantón Ome Granizo que, cuando se enfada, sopla furioso y golpea las paredes del Turbón, entonces provoca tormentas…aún hoy aseguran que se le escucha exclamar, entre gritos y lamentos: ¡Soy el Turbón, el mejor monte de Aragón! Nosotros somos respetuosos con la montaña por si se enfurece en esta risueña mañana de luz. También estamos atentos por si vemos algún duende o algún hada de las “encantarias” de origen dudoso pues parece que son damas que no consiguen liberarse de algún encantamiento.

Coma de San Adrián vista desde el Collado superior, al sur del valle justo antes de comenzar la subida definitiva hacia la cumbre del Turbón.


Acaso para liberar a la comarca de estas y otras malas artes, en la primera mitad del siglo doce el monje Pedro dejó su monasterio de San Victorián de Asán y llegó para vivir como ermitaño. Todas las épocas tienen su construcción volcánica, pero ¡anda que el guerrero siglo doce! Luchas de conquistas  y reconquistas, peleas contra las furias de la naturaleza, flagelantes con sus extravagancias, peligrosos peregrinajes… y el ecológico San Francisco de Asís – que personaje más agradable –. Pues aquí tenemos al ermitaño Pedro en medio de este bellísimo paisaje dedicando un pequeño templo románico a San Adrián, aquel mártir cristiano de finales del siglo segundo: dicen que era hijo del  césar Probo, le tocó dirigir las persecuciones contra los cristianos decretadas por Maximiano y Galerio; añaden las crónicas que ante la entereza de los mártires, él mismo se hizo cristiano por lo que fue hecho prisionero, le arrancaron a trozos la carne pero no la fe y finalmente lo decapitaron el año trescientos seis, era el ocho de septiembre.

Ruinas de la ermita de San Adrián. El personaje que aquí veis no es el monje.


Así pues, nuestro ermitaño dormiría entre ramas de boj y aliagas y subiría del monte más bajo algún tronco de enebro y de sabina. Jose y yo, nos sentamos a contemplar los restos románicos de esta pequeña construcción de la que aún permanecen unas hileras de sillares perfectamente visibles en su ábside orientado al este como en la mayoría de los templos cristianos porque es el lugar por donde sale el sol que simboliza a Cristo resucitado, una pequeña ventana orientada al sur y un par de incipientes columnas en este pequeños recinto de planta rectangular.

Solamente queda esto de los sillares del ábside. A la derecha se entrevé la ventana que abre hacia el sur.


Nosotros lo vimos porque subimos al Turbón, verdadero interés de la jornada; esta parada es una anécdota a mil novecientos metros de altura, en las ruinas del templo más alto de Aragón actualmente en desuso y que es necesario buscar para fijarse en él. ¡Cuántas historias han ocurrido desde que Gaufrido aquel obispo de Barbastro lo consagrara como templo en el año mil ciento cuarenta!

Hoy tal vez las oraciones del anacoreta puedan escucharse mezcladas con los lamentos de brujas y demonios expulsados por la fuerza de la oración. Nosotros echamos un trago de agua al lado de la fuente que surge poderosa junto a las ruinas de San Adrián y de la que se dice que concede un deseo si se tiene paciencia para sacer tres puñados de arena de su fondo. A mí no se me concederá tal deseo, pues llevado de la curiosidad aunque frenado por la prudencia mojé la mano y retiréla de inmediato ante la frialdad del agua que mana directamente de las gélidas nieves.

Fuente de San Adrián.


Dejamos a las marmotas y los tejones y descendimos por la margen izquierda del agua musical, los ojos atentos por si encontrábamos alguna de aquellas finísimas telas blancas que lavaban las encantarias y aseguran que sirven para liberarse de los encantamientos de las brujas, no encontramos ninguna; afortunadamente tampoco nos topamos con ningún brujo ni bruja. Sólo escuchamos nuestra conversación y la leve flauta de la suave brisa de la tarde mientras pisábamos hierba de estos días en el mismo lugar donde llevan los humanos siglos de pisadas. Luego, cuando caiga la tarde y salgan los seres mitológicos a pasear tal vez pongan música la lechuza y el búho real, volarán el águila y el cernícalo buscando ratones y conejos y vendrán también sarrios y rebecos a triscar la dulce hierba del frondoso pastizal que llena de vida la belleza de recuerdo eterno en la Coma de San Adrián.

Cima del Turbón.



Javier Agra.

sábado, 24 de agosto de 2013

EL TURBÓN: LA CUMBRE ERA UN CASTILLO Y UN BARCO

Es la madrugada. El día está limpio. Se ha despojado de la finísima lluvia de anoche. Lucirá radiante el sol para acercarnos a esta atractiva montaña hermosa y mágica, rodeada de leyendas. Clarea el sol cuando tomamos esta primera fotografía del conjunto del bosque y el Turbón como un barco enorme que baja del cielo para asentarse entre feraces valles: tal vez por esta grandeza de visión han decidido los contadores de viejas leyendas que, en este lugar se posó el arca de Noé al final del diluvio bíblico; bien pudo ser allá en la última cóncava pradera de la Coma de San Adrián; tal vez, en algún momento, haya ocurrido alguna catástrofe local de grandes dimensiones, elevada a categoría de diluvio – solamente en ese sentido podemos hablar de Diluvio Universal –.

Vista del Turbón, desde San Feliú de Veri.


Continuamos viaje hasta La Muria y aún carretera adelante, antes de llegar al pueblo sale hacia abajo y a nuestra izquierda una carretera más estrecha que nos lleva hasta cruzar el barranco Cogulas, superado su arroyo el camino se hace de tierra. Aquí se dejan los coches; nosotros podemos seguir, pista adelante, hasta los prados de Selva Plana con un rellano de hierba como aparcamiento al pie del inicio de  nuestra subida hacia la montaña.

Los carteles de Selva Plana nos indican el inicio del camino hacia la derecha, para entrar inmediatamente en el pinar y comenzar a subir con esfuerzo gozoso y reposado entusiasmo.


A la sombra de la exuberante vegetación y al amor de la conversación de la excelente compañía que nos hacemos Jose y yo mutuamente, llegamos hasta las primeras paredes rocosas de la cara este de la cadena del Turbón; por aquí merodean las vacas que nos indican – mientras rumian pensamientos y hierba – que nos pongamos la gorra pues estamos fuera del pinar, poco más arriba llegaremos al Collado de San Adrián: gracias vacas. Con la indicación de las vacas no nos podemos perder, en breves momentos quedamos con la boca abierta ante la llamativa grandiosidad del valle que pasea desde la Montañeta de San Feliú – así se llama también el Collado – hasta el fondo donde se unen las dos cadenas montañosas que forman el conjunto del Turbón.


Vista de la Coma de San Adrián desde el Collado. Una de las cima del fondo a la derecha es la cumbre del Turbón. 

Mientras recorremos este profundo valle sinclinal de origen glaciar escalonado en poderosos bancos calcáreos nos acordamos de las hadas y las brujas que anduvieron por estos lugares a lo largo de toda la antigua historia – mejor antigua leyenda – recordadas en nombres conocidos como Coll de Fadas, Forat d’as Bruixas que dan al lugar este aire de mágica belleza. ¡Qué lugar para el estudio de la geología y la formación de los valles! La forma de U de origen glaciar y la V en formación permanente por el pequeño río en el valle. Pero a los montañeros nos sobrecoge la grandiosa hermosura bien formada de… ¡mira campos de edelweiss! Jose me avisa a tiempo, así no pisaré ni una planta de esta sobrecogedora flora, difícil de encontrar en otras montañas.

Grupos nutridos de edelweiss, siembran de armónica pureza el valle por el que nos adentramos.


Pasamos por las ruinas de San Adríán…lo dejo para otro texto. Continuamos ascendiendo bancos calcáreos entre morrenas y dolinas. El sacerdote de Laspaulés encontró, hace pocos años,  un documento de una quema de brujas  a finales del siglo dieciséis; desde entonces teatralizan aquellos dolorosos recuerdos para contar al mundo que nunca se puede abandonar al olvido el dolor causado por tantas personas crueles que han existido en la historia. Así llegamos a la última pradera. Desde su anterior montículo ascendemos también suavemente hacia la cumbre del Turbón.

Mientras caminamos por la línea cimera hacia la cumbre estamos viendo Campo con el refugio de la Plana – otro lugar de sencilla subida al Turbón –, las cumbres del Cotiella – hermosa y poderosa montaña sobre la que escribí hace algún año – y el Vaciero.


Y la cima del Turbón. Turbón, inmenso barco sobre la tierra de Aragón. Turbón, castillo de las tierras de Aragón. Desde las cimas del Turbón escucho mi piel caminando con el agua del Llera y el Rialbo, cantando silencios entre el tiempo y la magia, he recuperado flores y lagunas sobre las ruinas del alma y sus tormentas. Castillo de energía y barco de rumbo mañanero, desde el Turbón miro a la distancia y al tiempo con doloridas pupilas de pasado y firmes párpados de presente. Escucho los latidos de la piel y el corazón para sacudir la tibieza y los temores, la cumbre es un castillo y un barco navegante de aventuras y futuro. Volvemos, aguardan los volcanes de la vida.

Cima del Turbón.



Javier Agra.