martes, 23 de julio de 2013

ESTAR EN BABIA: CUMBRES DEL SIL

Vencida está la tormenta del sueño, los vendavales de la noche calurosa se han hecho plácido sosiego en la Posada Real “El Rincón de Babia” cuando desayunan los montañeros calderos de ilusión, manjares de esperanza. El río Sil ha cambiado las endechas por cantes de alboreá cuando el sol alumbra por Montihuero y Peña Orniz bailando bodas con el naciente Sil. En la cima de la montaña es siempre el alba y siempre es medio día, cabalgan las horas entre el fuego luminoso y la neblina; caminan los montañeros ardiendo bajo la luna en los collados y los techos de ojos inmensos hasta que los reinos se agrupan sin nombres y sin fronteras.

En la zona de las fuentes del Sil.


Breve nombre y larga historia, entre águilas celestiales y diminutas hierbas el Sil aprende su nombre entre montañas, allí donde el cielo se recorta con la tierra. Claras aguas al nacer, entre las manos cálidas de los montes que te rodean, vete pradera adelante a contar a las auroras sueños de amanecer en las tierras de pastores; camina mi buen Sil por terreno sin pisadas a descubrir nuevas rutas, a cantar entre cascadas y a volar con los halcones en las tardes de remanso y de cacerías de supervivencia; donde poses tus ojos, buen Sil, allí se detendrá mi mirada para contemplar lo que fuimos en la lejana infancia que yo vengo, igual que tú, de los brazos de la tierra hasta el misterio del mar donde el agua se hace azul y se mezclan los nombres y las palabras.

Manantiales del Sil en las faldas verdes de la pedregosa montaña de Peña Orniz.


Desde las cumbres saltan los ojos por las montañas de Babia y sus valles, desde las cimas de San Emiliano hasta Carrasconte queda en la retina la tierra leonesa repleta de himnos e historia, navío entre el mar y la llanura que expande por el mundo el canto de las aves y los colores de las flores. Mezcla de aves y violetas, todas las cumbres cantan al aire libre con las tubas de pluma y el espacio de la vista hace presente al mundo entero en la música y los colores, la plenitud de la tierra corteja al día hacia el lecho de la luna. Valles, lagos, collados y cumbres, respiración de vida y silencio, surgen desde el suelo hasta las cumbres donde sueña el espíritu de los montañeros.

Instantes antes de llegar a la cima de Peña Orniz, nos desplazamos a la derecha de la cima para contemplar laguna, valle y montañas.


La claridad del día trae destellos de horizonte, en la cima de Peña Orniz se reúnen las montañas del Sil para hablar de estrellas y nubarrones; forman un solo bloque desde la raíz hasta la inmensidad de las cumbres; la pausa de la noche ha dado paso al bullicioso encuentro de las horas del día, en el valle cantan los grillos respuestas veloces al croar de las ranas que ponen acento verde a las invisibles lagartijas y a la lentitud de los peces. Cumbres de cerviz calva sobre las barbas de los collados de nieve blanca; las montañas susurran presente, conversan de lo que fueron… de lo que serán cuando tengan que enfrentarse otra vez a los días de luz y a las jornadas de tormenta; las montañas hablan del mañana porque tienen experiencia de siglos bajo sus cumbres talladas; han visto la fragilidad de la roca caliza, gastada siglo a siglo por la constante gota del agua.

En el valle que nace el Sil hacen cálido cuenco las montañas sobre el Collado de la Cueña y la Laguna Las Verdes.


Y de repente, el mar pone visillos blancos para ocultar las olas, el horizonte resbala su luz que es transparencia con forma de cumbres y desde aquí adivinamos un mar mientras el púber Sil se está anegando en otro mar distinto, en las cumbres caben todos los mares y todos los pueblos. El horizonte moldea las palabras: los montañeros, sentados sobre unas piedras, conversan sin levantar la voz ni bajar la mirada para fijar en la mente las cumbres del Sil, aquel río de la escuela que hoy se ha hecho adulto mientras mojaba, a nuestro paso, las botas.

Hacia el norte, paseamos sueños sobre Somiedo hasta los Picos Albos, más al fondo lejanas cumbres conversan con las nubes que quieren llegar al mar entre sueños de sirenas, de pulpos gigantes y de barcos hundidos con tesoros de ultramar.



Javier Agra.

sábado, 20 de julio de 2013

ESTAR EN BABIA: REGRESO DE PEÑA ORNIZ

Cuando no existían los nombres ya estaba Peña Orniz cumbre de Somiedo, señora de Babia, cima de Laciana respirando los primeros hervores de las tierras planas. Nosotros admiramos más allá del tiempo, por encima de las espadas de los siglos y los odios de generaciones, descubrimos grandes afectos de montaña y roca, de verde y promesa.

La Mortera, donde se inicia Somiedo en Asturias. Con nombres de Picos vistos desde la cima.


Bajamos pues de la cumbre… Para dar algún dato montañero, señalo que toda la ruta es azúcar dulce, con el único limón de la fatiga que cada viajero pueda almacenar. La subida final y, ahora, el descenso tienen trabajo. No obstante, estamos descendiendo de una montaña amable. La siguiente fotografía es una vista del canalizo por el que bajamos, desde el collado Orniz al que hemos de llegar para iniciar el regreso por otro camino.



Entramos a Somiedo, regresar por otro camino es sembrar fantasía bajo las zapatillas; es mirar con otros ojos lo que has visto y con el primer asombro lo que no has visto; es alimentar el corazón con sensaciones y gozos diferentes. Inmensa litografía de las Morteras, donde entramos en conversación con las piedras porque cada una tiene una historia de persecución de osos y rebecos, de milanos y ratones. Las palabras de piedra nos recuerdan que las riquezas no son nada comparado con la libertad y la paz de espíritu: las mayores riquezas no permiten desayunar más que una vez al día, ni cenar dos veces cada jornada – la injusticia es cuando muchas personas no pueden desayunar ni cenar la primera vez cada jornada, añaden las rocas conversadoras –; la felicidad tiene igual potencial en cada persona, pues no ocupa más que el espacio desde los pies al final alto de la cabeza; la felicidad aumenta su siembra cuando es capaz de imaginar y de crear, este espíritu feliz pertenece al corazón, no a la billetera.

Pasamos por el karst de la Mortera hacia el Collado de la Mortera, al fondo se ve El Cornón sembrado de nieve.

Están parlanchinas estas rocas en lixiviación natural. Para ellas no es capricho tener formas “caprichosas”, ha sido la naturaleza y el tiempo quien las ha separado en elementos minerales. De frente salen senderos hacia los Lagos de Saliencia, nosotros regresamos por las Morteras del Couto en busca del collado que nos permita cruzar los Picos de Las Morteras hasta unirnos al camino de esta mañana. Ahora el sol está sobre nosotros, que gozamos esta inmensa luz con la que agrandamos el espacio y la vista; aquí los montañeros agradecemos el día despejado, pues con niebla este lugar parece insalvable tan iguales son las dolinas de diferentes tamaños que están a ambos lados de nuestro camino, tantas cubetas endorreicas de minúsculas proporciones.




Ente retazos de nieve y fantasías en verde, hemos regresado al sendero de esta mañana. En el entronque de la Majada de Covalancha y los Picos de la Mortera, tras un breve descenso, hacemos parada y fonda: agua y alimentos de Babia para reponer energías hasta el final de la caminata.

Las retamas y las urces tienen aquí casa, que comparten con las ovejas de Covalancha (un pastor nos indicó que el nombre correcto es Covalancho); el silencio y la pausa de todos los siglos ha realizado prodigios de convivencia feliz. Más abajo, entre los arroyos y las praderas de Cebolléu, pasamos por entre estas orquídeas saúco que destacan como la más alta vegetación en estos valles donde los árboles no han aprendido a llegar, estos prados húmedos son su hogar desde los albores de los tiempos. Dicen los botánicos – y ellos dicen verdad – que el nombre orquídea se debe justamente a lo que no se ve de la planta, pues sus dos tubérculos subterráneos son el origen de tal nombre: la palabra “orchis” en griego designa al castellano “testículo”. Muchas veces ocurre que lo escondido y desconocido encierra hermosuras y fuerza.

Campo de orquídeas saúco. El nombre se lo puso el botánico y ecológico griego Teofrasto, allá en el siglo cuatro antes de Cristo.


Y poco más. Descendemos conversando, ahora con el pequeño río Sil; nos pregunta por su futuro. Le hablamos de Villablino y el embalse de las Rozas, del Bierzo y el río Burbia que le dará más adelante su agua, de Quiroga…no le contamos nada del Miño, él mismo descubrirá la belleza de Galicia. El sol calienta las vilortas de los sauces junto a sus aguas, cuando entramos de nuevo a la Cueta. El Coche avanza para llevarnos a la Posada Real “El Rincón de Babia”… En otro momento me sentaré a recordar otras maravillas de estar en Babia.


Javier Agra. 

jueves, 18 de julio de 2013

ESTAR EN BABIA: PEÑA ORNIZ

Las estrellas aplauden desde las gradas del Pico Orbia para agradecer el concierto de las madrugadoras aves, cuando posamos la vista sobre el sigiloso Sil desde la ventana donde pasamos la  noche en la Posada Real “El Rincón de Babia”. Un buen desayuno. Ya estamos en el aparcamiento de la Cueta con las botas calzadas, la mochila puesta, el espíritu animado y la mente dispuesta.



Entramos y salimos de la Cueta con los dos primeros cruces que hemos de hacer sobre el Sil, un poco más allá lo cruzaremos por tercera vez, insistimos para asegurarnos de su nombre y de su agua. El risueño niño Sil aún no sabe de poblaciones bulliciosas, ni embalses… acaso ha oído hablar del Océano Atlántico y tiene nerviosismo en sus aguas por llegar; poco a poco pequeño, el camino es siempre para disfrutar del lugar en que estás. Por un amplio sendero donde la conversación puede ser animosa, porque la respiración es aún pausada, nos acercamos a la Majada de Bustusil, cuando aún el sol anda brincando por la cumbres y no necesitamos gorra: aquí más de diez perros están atentos a un bellísimo conjunto de ovejas y piedras que semejan un único color madrugador; los perros mueven el rabo a nuestro paso porque saben que no constituimos ninguna amenaza.

En la Majada de Bustusil, los perros otean el horizonte, las ovejas rebuscan hierba y vida entre las rocas. La mañana camina cuesta arriba llevando entre sueños a los montañeros.  


Aguas arriba el Sil aumenta su cauce con el caño de Bocanegra. Nosotros no lo vadeamos pues nuestro camino continúa vereda arriba buscando las Praderas del Cebolléu. Tenues rumores del Sil hacen nido en nuestro espíritu entre las flores de la pradera y las gotas de esperanza, el alma tiende puentes al futuro y quiere luz verde de felicidad para toda la naturaleza; montañas en derredor y los montañeros, sudor y felicidad, admiran la lumbre de todos los tiempos que se ha eternizado en esta roca de poesía imperecedera. Se ensancha la vista, más allá de los farallones montañosos de los Picos de la Mortera adivinamos Somiedo al otro lado de aquella puerta que se abre a nuestra izquierda, adivinamos el mar lejano y la multitud de tierras y mares que han crecido libres y no se adaptan a la falacia de las fronteras.

Praderas del Cebolléu, al fondo los Picos y el Collado de la Mortera.


Paso a paso entre arroyos, humedales y multitud de flores, escuchamos batir de alas y trinos del pequeño escribano, del hábil alcaudón tan familiar y cazador; hasta nosotros llega el aroma de los rebecos, las palabras de vida de la naturaleza entera… paso a paso Majada de Covalancho arriba bordeamos entre dulce brisa el Pico Cuetalbo, entrado en años según están encaneciendo sus puertos, su rostro y su cumbre donde apenas asoman unas hileras verdes entre el brillo inmenso de su frente calva.
   
En este Valle nace el río Sil, con Peña Orniz al fondo.


A nuestra izquierda asoma el sol como una antorcha gigante sobre la majestuosidad de Peña Orniz; valle adelante canta sus primeras nanas el Sil entre el verde y la nevada. Los montañeros subimos su cauce con silenciosa unción, aguas arriba el vapor caliente de todos los siglos se adentra en nuestro espíritu porque aquí está naciendo el agua, aquí surge la vida entre el verdor del suelo y el ánimo valiente de Peña Orniz; alguna lagartija de discreto recorrido nos lleva hasta diferentes surgencias, las ranas entonan sinfonías concertantes con los instrumentos agrestes de la artística naturaleza.

Una de las diversas surgencias del Sil. Dado que este texto ha de ser breve, tampoco vamos a exagerar con las fotografías.


Laguna y Valle de Congosto.


Antes de hacer cima, nos asomamos a la Laguna y el valle de Congosto; a veces es preferible aumentar un momento el esfuerzo, la recompensa es una belleza casi exagerada: bajo nosotros la Laguna inmenso ojo que reclama admiración y contento, ante nosotros el valle abierto, melodía de paz. Y la cima… Peña Orniz, anterior a los sueños y la fantasía; cuando no existían los nombres, dormía tu nombre en tu noble adusta frente; aguas y milenios; tormentas y misterios; antorcha viva del tiempo; estás hecha con una inmensa paleta, cortada y profunda para Asturias y hacia León sosegada y austera, permítenos abrazar tu vértice y con él a la tierra entera.

En la cima de Peña Orniz. No encontramos a ninguna persona que nos “retratara” a los dos, de modo que inmortalicemos a Jose, que preparó estos días de montaña con mimo y acierto.


El regreso… pero eso es otra parte de esta historia.


Javier Agra. 

viernes, 5 de julio de 2013

CABEZA DE HIERRO MAYOR, DESDE COTOS


Vista desde el Puerto de Cotos del camino de esta jornada.


Desde hace algún tiempo bullía en nuestra cabeza la visita a aquella Cabeza. Galopaba junio con su nieve y las torrenteras en crecida por el deshielo. Así pues una tarde de paseo, en el parque de los perros, nos dijimos desde el silencio mientras pasábamos frente a la Cuerda Larga que contemplamos y admiramos a diario. “Mañana es el día”.

En el Arroyo de las Cerradillas.


Hoy somos tres. Viene también otro Jose. El coche quedó en el Puerto de Cotos, caminamos por el asfalto hacia Valdesquí… diez minutos conversando con los pinos sobre la soledad de la noche entre estrellas y luna llena… ya nos hemos adentrado por el camino que salta a la pradera en dirección al Refugio del Pingarrón. Pero nosotros estamos buscando el Arroyo de la Angostura por una ladera protegida de inclemencias tempestuosas; esa es la versión que nos dan los altos pinos con su melodía de profunda quietud que sube desde la mística raíz hasta los solemnes solos de violín de sus ramas más altas.

Desde el mismo Arroyo de aguas multicolores, los pinos en glorioso aleluya nos marcan la línea de cumbre y el intermedio calvario del Tubo con sus Pulmones respirando permanente espera. Pero aquí, sobre estas ramas primeras tiene su casa la estrella que se refleja en el agua y nos alienta, camino arriba, por la sombreada senda hasta un diminuto collado que nos cambia de valle; ahora, entre trinos de aves y juegos de limpia hierba atravesamos el Arroyo de las Cerradillas. Todo está resultando un paseo de poeta, entre sombras, pinos y puentes de madera; en estas meditaciones bucólicas, llegamos al tercer arroyo – el pobre no tiene nombre siquiera –, no tiene nombre pero tiene fortaleza.

Estamos subiendo. Ved, ligeramente hacia arriba a la izquierda, el Tubo y sus dos pulmones. Cuando los montañeros están en harina, comienzan los sudores y las dudas, queda un rato, queda mucho rato, queda… ¡ufff cuánto queda!


Este arroyo dejará de nombrarse tal cuando el deshielo termine, hoy baja en torrentera la nieve del deshielo de las dos Cabezas de Hierro. Duda el tiempo si marcar minutos o dejar que fluya según la improvisación del montañero. Hemos salido del pinar, sobre nosotros rocas de desperdigada mole y en sus lomos los buitres dibujan sombras de vuelo y pensamiento, los montañeros en silencio seguimos la intuición, el lecho del agua, los hitos y al mirar a los alados buitres del decimos que no pensamos dejar por aquí nuestro esqueleto.

Los dos Pulmones del Tubo de Cabeza de Hierro alientan en silencio y jalean con soleado acento nuestra subida pausada; las piedras nos narran hazañas de otros aventureros de antaño, de aquellos primeros montañeros; las grandes piedras aparentan terrible fiereza pero su corazón late lleno de ánimo y fortaleza ¡Ánimo, montañeros! ¡Ánimo, el triunfo será la meta! Y nosotros, paso a paso, estamos dejando en las sudadas rocas nuestras huellas impresas… tal vez otros montañeros necesiten poner su pie en nuestras pisadas para no desfallecer en el ascenso. ¿Qué anhelos mueve el corazón de la montaña? Estas inmensas rocas se vuelven a levantar cada madrugada, incluso cuando la noche ha sido de tormenta y terrible borrasca: ¡tomad un sorbo de mi fuerza! ofrece la montaña.

Panorámica después de terminar el trecho de mayor dureza.


Está hecho lo más duro. Aquí paramos a gozar las vistas y expandir el alma; aquí la sonrisa es manantial de brillos de nácar. Un mordisco alimenticio y un largo trago de agua antes de continuar hacia la cumbre. Arriba la respiración no jadea, ni quema el sol la sudorosa frente; ahora conversan la respiración y el espíritu, hasta los buitres de media ladera parecen aquí calandrias; aumenta la música de violines, de trompetas, de ninfas y de magia. En las cumbres del Guadarrama no tenemos hadas ni faunos que nos alegren la vista al culminar las cumbres del Guadarrama. No importa, nos contentaremos con imaginar leyendas de osos, leyendas no escritas. No esperan los osos pero en esta jornada nos esperan las cabras, que sestean entre las rocas al abrigo del aire; las cabras duermen con una pata estirada por si tienen que dar un impulso y salir en fuga: éstas, nos miran y piensan que no nos quedan fuerzas –ni necesidad– para dedicarnos a la caza, cierran nuevamente los ojos y retiran incluso a la estaba de guardia.

Hacemos cumbre en Cabeza de Hierro Mayor.


Descendemos por un sendero diferente. La aventura está realizada. Hemos conquistado nuestra estima y aumentado el gozo de la montaña. Entre las dos Cabezas de Hierro, bajamos por el collado por suaves majadas de brevísima hierba pero fuera de la pedrera de Hierro Menor. Aumenta la hierba, disminuyen las piedras, llegan los pinos, cantan las aves y los arroyos vuelven a ser espejo de los feroces animales y de las tímidas vacas. Sendas nuevas y añejos pinos conducen nuestros pasos hasta encontrar el camino desviado de esta mañana. Concluye la jornada. El café de Venta Marcelino aguarda.

Esta fotografía, para fardar de nieve y de que hemos concluido la tarea. Ya es el descenso cuando los grillos cantan en el corazón y el pensamiento decide que la montaña quiere compartir su firmeza (ahí se mantiene con la frente muy alta cuando se desgarra el alma), sus ilusiones y su paz con los habitantes de las tierras llanas.


Javier Agra.

miércoles, 3 de julio de 2013

LA PEDRIZA: POR LAS TORRES (3)

En lento descenso.
Siglos de viento y agua, huracanes y heladas han dejado este pasmo de naturaleza para la contemplación. Jose y yo, silenciosos y absortos, descendemos en respetuosa admiración por el bien trazado sendero que nos dirige lentamente hacia la izquierda próximos a encontrarnos sobre el Comedor Termes; peñascos en equilibrio imposible, formas violentas que llevan siglos espantados de la soledad y los trinos canoros de las aves; quejumbrosas rocas que llevan siglos ahogando los gritos de la soledad y la desesperanza de los humanos; hermosísimas formas llevas de paz y sosiego para repartir entre los montañeros.


Sobre la piedra plana del comedor Termes nos detenemos para comer y agradecer a Termes, Maeso y tantos otros pioneros, su paciencia y maestría. Es cierto que requiere una cierta destreza adentrarse por estos parajes soñados, donde el espíritu inventa aventuras y descubre piedras cada vez que uno se adentra en la Pedriza. Pero reitero que aquellos primeros que hicieron los caminos hasta encontrar por primera vez los senderos más acertados, merecen un brindis con el primer trago de agua de este descanso en la ruta.

Vista panorámica desde el Comedor Termes.

Continuamos. El sol nos está superando a esta hora del medio día, cuando aparece ante nosotros el Ventanillo; me parece a mí que el asombro fue mutuo, nosotros con los ojos como platos y el ventanillo sin poder cerrar los suyos nos permite ver la luz del otro lado de la compacta roca, a través de su boca abierta. La visión es momentánea,  mientras continuamos el sendero para bordearlo por su derecha, el Ventanillo se sobrepone al asombro y ya está cerrando su boca.

El Ventanillo que como su nombre indica…

Cruzamos el Canal de los Hermanitos, los saludamos desde la distancia; ellos están más abajo que nosotros y les decimos que no nos esperen, nuestra intención es cruzar para rendir pleitesía a la Esfinge. Hemos llegado a su pie y admiramos, desde la distancia, a las Torres: (diré en secreto que aquí me puedo hacer el entendido porque seguí sin perder detalle la dirección que marcaba el dedo de Jose y su explicación. Jose es un maestro de pocas palabras y mucha sabiduría; paseando con él, la Pedriza aumenta su grandeza. En secreto lo digo). Descendemos por el Callejón de la Esfinge, admirados de tanta agreste belleza. Formas dinámicas van cambiando su postura a nuestro paso, mutuamente nos saludamos; llegamos hasta donde nos sale al encuentro la Aguja del Sultán con toda su corte de músicos, poetas, danzantes… y nos invita a sentarnos y conversar ¿Cómo está el mundo? ¿Cómo cambian los tiempos? Son preguntas que recorren las líneas filosóficas de todas las edades.

Desde el Callejón de la Esfinge se observa, grandioso y mágico, el paso hacia el Callejón de Abejas.

Ya estamos metidos en soledad. Esta inmensa belleza solitaria nos permite cruzar hasta el Callejón de Abejas, de dulce nombre y escarpadas rocas escondidas, muchas de ellas, entre los ramajos de urz (erica arbórea, en nombre latino). En estas recogidas soledades y entre tales silvestres flores, bien pueden libar despacio su miel las laboriosas abejas que, según cuentan, abundaban por estos parajes en colmenas preparadas por los habitantes de estos cercanos pueblos. Cuando descendemos unos cuantos metros, nos sentimos exploradores de senderos y nos sentamos a la sombra de una inmensa mole de piedra: aquí las paradas son más necesarias para admirar que para descansar.


Llegamos a lugares cómodos. Ladera abajo, entre los pinos, seguimos el arrullo del arroyo de la Ventana, encontramos la caída en cascada del arroyo de los Poyos y finalmente la autovía de la Pedriza para cerrar el círculo sobre el puente de Madera del Manzanares en Canto Cochino.

Cascada del arroyo  de los Poyos en su abrazo al arroyo de la Ventana.

El café.
El coche.
El regreso.

Javier Agra.

lunes, 1 de julio de 2013

PIPA: CUMPLEAÑOS

Esta fotografía me la hizo, hace algún tiempo, Indiana Forti: es una gran amiga y muy buena fotógrafa. Buscad sus fotografías y descubriréis que digo verdad.

Comienza julio.
Hoy es mi cumpleaños.
Los humanos, entre sigilosos murmullos, dicen que con sus cuentas estaría llegando a centenaria.
No sé.
Ahora mi ritmo es muy pausado y me parece que he vivido todos los siglos de la historia. Estoy sentada – la mayor parte del tiempo ya tumbada – en el parque, mirando de frente hacia la Maliciosa y la Cuerda Larga – montañas de le Sierra de Guadarrama en Madrid – mientras doy la espalda a los edificios. Cada vez necesito más hierba y menos murmullos.

La historia y la montaña, en mis ojos y en mi corazón.

La montaña mira a la historia de los humanos con mimo en las pupilas, con caricia y brillo en los ojos. Sabe la montaña, que la historia toda, desde que los humanos se alzan sobre la naturaleza, es la historia del pueblo condenado a paciencia perpetua, a miedo perpetuo, a desasosiego perpetuo; y la montaña quisiera poder indultar de tanta pena a los humanos. Sabe la montaña, que la historia toda, es oprobio para la mayoría de los humanos que pasan hambre de luz, de vida, de cultura, de pan y peces, de paz y sosiego, mientras muy pocos tienen grasas sobrantes y cerebros oscuros.

Vista desde Siete Picos hacia Peñalara.


Miro a la montaña con pausa de siglos.

Y la montaña, en nuestra conversación, me cuenta sus planes: será lucha perpetua, sosiego perpetuo, esperanza perpetua. Yo, que he paseado tantas veces el esqueleto de la montaña, la amo y la respeto. Hoy empleo mis horas en mirarla, con el mismo candor primero de cuando era niña – cachorra, dicen los humanos –.

Enseguida iré a la montaña y seré aire y seré nevada y sendero para animar a los caminantes y seré luz para iluminar a las águilas y seré sonido del agua.

Hoy es mi cumpleaños.
Comienza julio.


Javier Agra.

sábado, 29 de junio de 2013

LA PEDRIZA: POR LAS TORRES (2)

 Sentados entre dos de las Torres de la Pedriza, después de contemplar la mano de Dios y su Dedo, nos da por pensar que en el silencio de la Pedriza podemos meter el vuelo de una abeja con polen en sus patas camino de la dulcísima miel, la respiración pausada de una oveja a medio día sesteando entre las sombras, el tren AVE en su galope máximo, el Retiro de Madrid con su Feria del Libro, o un paseo tomados de la mano bajo el sol de primavera…



Estos riscos de granito del norte del Circo de la Pedriza Posterior unen con la Cuerda Larga por las Peñas Linderas, más allá unen con toda la tierra y con los latidos de la vida natural allí donde respira una esperanza y un clamor por un futuro mejor. Pero hoy hemos llegado a este lugar poético por un camino de esfuerzo y constancia. Comenzamos en Canto Cochino sobre las límpidas aguas del bravo Manzanares; los salgueros de las orillas cantaban Laudes a la naturaleza cuando se poblaban los diversos caminos de distintas expediciones de montañeros.



Abajo han quedado desviaciones, los llanos de la Peluca…estamos en Cuatro Caminos en los Llanillos; esta mañana salta el agua en riego luminoso de música y frescor sobre las raíces de la Sierra y los corazones de los montañeros. Hermosísimos grupos de pino se han acercado hasta estas entrañables rocas dispuestas para conversar unas con otras; aquí un vivac, allá una lagartija diminuta sortea el peligro de una tela de araña y bebe en el arroyo; la inmensidad de la Pedriza encierra pequeñas y tiernas historias que los montañeros – el alma limpia y el corazón ampliado hasta abarcar la naturaleza toda –  van guardando en su retina como una fuente inmensa de sabiduría natural.

Observad, amigos lectores, el simpático nombre de Cuatro Caminos.


Y a continuación nos encontramos con este vivac de considerables proporciones. Nos ofreció una disculpa para hacer una parada y beber un sorbo de agua.

Prado Poyos, donde el tiempo se remansa y espera a los montañeros desde hace muchos siglos. Aquí arriba es preciso sentarse, no por el cansancio que en esta jornada es llevadero, es necesario contemplar el cálido aíre entre el horizonte y la piedra, desde la silenciosa lagartija al altísimo vuelo de los buitres; sentados nos quedamos pasmados entre el brillo de la piedra y las frondas color de  primavera; la Pedriza tiene hermosuras que eran inmensas antes incluso de que los humanos primeros abrieran sus pupilas al primer asombro de lo bello. Aquí, sentados en los poyos, el tiempo recorre lunas del pasado, salta hacia el porvenir de paz y libertad, se remansa en el presente de brillos y poemas. Tal vez el Collado del Miradero sea la punta culminante de este lugar singularmente hermoso, tal vez los nombres se confunden.

En medio de este hermoso pinar se asoma gigantesca La Bota.

Sobre nosotros el cielo, con el sonido lejano del azul del mar; esta hora del medio día, surcan los cielos veleros de otros lugares imaginados; vamos hacia las olas infinitas de canciones limpias, estamos caminando hacia el cielomar con las botas siempre dispuestas para poder superar la dificultad. Sea como fuere, los montañeros admirados y atónitos, continuamos serpeando bajo las Torres por el sendero que acerca paso a paso hasta su falda. Están hoy las Milaneras sin milanos y el Llano de los Gavilanes sin gavilanes, vacas y caballos han tomado su verdor, hasta las Covachas han conquistado. Los montañeros, admirados y atónitos aún, entramos entre las Torres tres y cuatro para hacernos una foto a la sombra del Dedo de Dios.  

Hemos superado las Torres, llegamos a los dos mil metros, que será la máxima altura de esta jornada.


Viejas marcas nos indican el camino sin posible pérdida; terminamos la subida entre rocas y sobre un suelo arenoso; a nuestra derecha vamos rebasando, con la lentitud de un tiempo sin prisa, las Torres que esperan a nuestra derecha a otros viajeros que vendrán absortos…también ellos quedarán admirados y atónitos; nuestro sendero se asoma al corazón de la Pedriza, enfilamos hacia el Comedor Termes… Continuará, o eso espero.


Javier Agra.

lunes, 17 de junio de 2013

LA PEDRIZA: POR LAS TORRES (1)

Aquí arriba, la Pedriza, que es paz armoniosa, silencio meditativo; entre tanta desordenada piedra me acuerdo de la cantidad de ocasiones en que pretendemos comenzar a construir sin desescombrar los despojos de nuestros días de adversidad; así, los cimientos no pueden calar y edificamos sobre despojos para asistir posteriormente a nuevos derrumbamientos; ¿será acaso que no sabemos qué queremos edificar? ¿Tal vez sea mejor dejar inconclusa de morada para se derrumbe por efecto del vendaval y la nada?

La tercera de las Torres de la Pedriza, es la más alta.

Pero esta mañana de luz en plenitud de cielo y futuro, quiero que paseen con nosotros todos los que se han quedado sin cimientos y aún les han arrebatado hasta el suelo para poder hacer raíces, aquellos nombrados como “no sois nada” porque les han comido sus posesiones y sus sueños. Aquí, en la Pedriza, los montañeros queremos desmantelar la terrible soledad desde nuestra soledad sosegada, queremos llenar de contenido las mentes de aquellos a quienes solamente les queda el llanto, los que ahora tenemos la mente libre recorriendo caminos de calma creadora.

Desde estas silenciosas cumbres de la Pedriza, se oyen rencores de gente amarga, infeliz, temerosa; y nosotros hacemos paso a paso un camino inverso para sembrar semillas de paz, de gozo, de valentía; sobre nosotros vuelan los buitres que engañan y quieren tragarse a otras gentes y otras aves – por supuesto, son minoría –, pero nosotros continuamos lentamente escuchando el sonido suave de las aves voluntariosas que entregan su tiempo a la construcción, su canto armonioso a la relajada convivencia.

Entre las rocas que hacen de retablo al Comedor Termes.

¡Aquí en las cumbres de silencio! ¡Aquí entre los informes bloques de inmensas rocas, están las emociones diminutas! ¡Aquí en el silbido silencioso del viento se escuchan también los bramidos terribles de la violencia! Hoy las Torres de la Pedriza laten con los millones de rojos corazones que hemos dejado allá abajo en el llano, donde la mirada se rompe con los muros infinitos e invisibles que rodean a cada persona; aquí en lo alto, desaparecen las murallas y se ensanchan los pensamientos hasta formar un solo abrazo con toda la naturaleza y con el universo entero.

Post texto (concepto que tal vez no exista o tal vez sea de recientísima creación): Era mi intención describir paisajes y naturaleza y me he encontrado con estos posos en mi corazón; no desesperes, amigo lector, retomaré el título y escribiré lo que concierne a este blog (hoy me ha capturado el sentimiento y es su voluntad quien tomó la pluma).


Javier Agra.   

domingo, 9 de junio de 2013

POR EL MACIZO DE AITZGORRI -3-

¿Qué decir en medio de la niebla que acobarda las mentes de las personas? ¿Qué hacer en una montaña donde en pleno día se tiñe de oscuridad y la luz son tinieblas?    El  temblor  de  la  duda  enraizó  en  los montañeros… ¡vamos, busquemos la salida!

Ahí estamos, Jose y yo con nuestras dudas, en los ocultos caminos de una montaña que recorremos por primera vez.
                                      Nos sentamos y esperamos.
                                       Mapa.
                                      ¡Saldrá el sol y podremos continuar!
                                       Monte abajo llegaremos hasta el amplio camino trazado en dirección al pico Aitzkorri.

Vista desde las cimas con Urbía a la derecha.

Jose, desde la inmensa prudencia del montañero, siempre sobrevuela más allá de la dificultad. En la montaña me fío de Jose en todo momento: hoy en las circunstancias en que la niebla nos envuelve y en cualquier aventura sin par que se presente... De modo que, sin dudar, marco el rumbo hacia la dirección convenida por Jose y... hete aquí que llegamos al sendero en menos tiempo "que canta un gallo".


Ya estamos en la buena dirección. Ahora, como en la vida, es cuestión de caminar. Arriba, en el oculto espacio del éter y la atmósfera de las aves, el sol asoma su cara de plata sonriente sobre nosotros. Tres buitres que merodean cercanos pierden la esperanza de encontrar a dos desfallecidos. Nosotros, que nunca hemos tenido miedo a la montaña y siempre hemos respetado sus normas, sabemos que la cumbre es una especie de conquista, la cumbre pone trabas a los montañeros, pone nieblas, pone fatiga, pone rocas, pone cortadas, pone lluvia, pone ventisca, pone distancias… si los montañeros llegan a la meta, asoma en el rostro de la montaña una sonrisa y nos recibe siempre con abrazos. No pocas veces, los montañeros, sabemos que es momento de abandonar la aventura porque se transforma en riesgo, entonces damos un beso a la montaña y la emplazamos para otra próxima ocasión.


Jose en la cima

En esta ocasión ya estamos llegando hasta el Aizcolari que está coronando la cumbre del Aitzgorri. Nuestro espíritu está entre la calma infinita de las cumbres y la batahola gozosa del final de la búsqueda; sentados en la cumbre, suena un pizzicato musical en nuestro corazón y entonamos canciones en una diversidad de lenguas como si tuviéramos en don de la diglosia en esta tierra milenaria. Hasta nosotros llegan los geniecillos y pequeños duendes aaris y gorri txikis, hasta parece que nos contempla entre la niebla la diosa Abellion.


Ermita

Aquí somos respetuosos con la ancestral tradición y visitamos la ermita del Santo Cristo, que muy bien podría servir de refugio en caso de necesidad; paseamos las escarpadas rocas de la vertiente norte y saludamos a la diosa Mari de Aketegi que asoma su broncíneo brazo para saludarnos desde su inaccesible cueva; llegamos al refugio, el primero que abrió la Federación en el País Vasco. Del interior del refugio no diré ninguna palabra, solamente que comimos el alimente exquisito para saciar nuestro apetito.


Refugio

Ha salido el sol.
Regresamos por el sendero sin posible pérdida.
Aprovechamos cada recodo para hacer fotografías.
Cada paso hacia delante nuestro corazón se va llenando de ilusiones nuevas.
Tal vez sea preciso dedicar otras palabras a la montaña de Arantzazu.
Acaso extienda en más dilatado texto el entorno mágico de la localidad de Oñati.
Puede ser que… pero por hoy es todo.


Las txabolas de Arbelar.

 Javier Agra