viernes, 7 de marzo de 2014

SIERRA DE HOYO DE MANZANARES

La melancolía de la mañana era una respiración tranquila que bajaba desde el Picazo con ternura suave de encinas mientras nos calzábamos las botas entre la niebla y la luz amanecida. Sendero adelante – las encinas permanentes amigas colocan sus hojas a nuestra altura – vamos conversando entre nosotros, pero no tardamos en quedar en silencio para escuchar la conversación entre el tiempo y el paisaje: habla del invierno ya muy avanzado, del frío que se reviste en viento, de la nieve paseando allá arriba entre las lejanas cumbres del Guadarrama.

Pero hoy nosotros estamos entrando en la pequeña Sierra de Hoyo de Manzanares. La mayor altura que alcanzaremos serán tres metros por encima de los mil cuatrocientos. Y más alto…más arriba siempre está el pensamiento y la libertad que supera los límites de la palabra y del sistema métrico decimal. Esta pequeña montaña tiene su raíz hundida en el tiempo y en la eternidad de nuestros antepasados y su lucha por sobrevivir entre el antílope prehistórico, en busca del jabalí medieval, en el miedo de las guerras y en la búsqueda constante de la paz.

La Peña del Búho está entre el Picazo y el Cerro Molinillo. He aquí la Peña y el Búho.


Sobrepasada una valla “cierra caminos”, nos desviamos del sendero más amplio y nos tiramos hacia lo alto por sendas menores pero muy bien marcadas. Cuando llegamos a lo alto del Picazo ya estamos reconciliados con la vida y con la historia, al final admitimos que todos formamos parte troncal de la misma vida y sus circunstancias, nuestra raíz común es la cosmogonía que se hace pequeña entre la niebla que rodea nuestra marcha de esta mañana en que conversamos con las encinas y el jaral, con los pequeños roedores y el pedregal. Estamos siguiendo la senda de cumbres, los montañeros imaginamos primaveras de fuertes olores y colores abundantes.

A esta hora somos solitarios montañeros camino del Cerro del Molinillo; hace ya un rato nos cruzamos con dos personas y tres perros que bajaban corriendo cual jóvenes jinetes, como si quisieran ocultarse de alguna tormenta futura que no se presentará esta jornada que está marcada por la calma de este cielo opaco de niebla y lumbre amarillenta. La Sierra de Hoyo de Manzanares es un libro de páginas despiertas que se van rellenando con nuestras pisadas. Llegamos a la explanada sosegada y tranquila del Espartal…montañero apacigua el espíritu con la brisa que mece este mar de hierba, amansa tus prisas entre la pausa del aire que susurra silencios de luminosas hojas, haz nuevas tus emociones porque el alma palpita en estos rincones con respiración de eternidad, entra en la quietud... entonces podrás tocar el vértice geodésico del Espartal. Para subir hasta la cima – cuestión muy sencilla desde diferentes ascensiones – hay una escalera trabajada en la piedra que lleva hasta la cima. Nosotros, para aumentar la honrilla montañera, subimos dando un rodeo por la parte trasera (ni por esas se aumenta la dificultad).

En la cima del Estepar brilla el montañero entre sábanas de nube y versos de continuidad.


Continuamos en el visible sendero, entre la dicha y la niebla. ¿Qué más necesitamos que una senda, una encinas y la promesa de buen tiempo entre la ligera lluvia y el arco iris? Aquí acariciamos una encina, allí detenemos el paso para escuchar un ave que quiere primaveras; los montañeros sentimos estas caricias de la naturaleza y nos hacemos hoja con la hoja de encina, dichosa sabiendo que el ruido ignora su existencia. Llegamos ante la Silla del Diablo y nos detenemos a conversar con las encinas… Apenas sale el sol, los montañeros continúan sendero adelante siempre por la altura de la cumbre, a ambos lados los valles relumbran de tejados y soledad.

Como pisando sobre la niebla que se dispersa en sí misma, continuamos hasta llegar al Canto Hastial. Debajo de cada encina encontramos tanta filosofía y tanta vida oculta como en una pregunta de siglos ¡con cuánta nobleza han elegido las hojas su suave tumba al pie mismo de la madre encina! El Canto Hastial está detrás de Peña Covacha. Tres montañeros están corriendo por las cumbres buscando el Pico del Águila, se detienen un momento y podemos poner una fotografía de los dos montañeros juntos sobre la segunda altura de esta simpática Sierra de Hoyo de Manzanares. Nosotros, más despacio, encontramos el Pico del Águila.

El Canto Hastial está afeado por unas antenas que sin embargo son valiosas para los medios de comunicación y para nuestras conexiones modernas.


Los senderos para descender al valle están menos pisados, pero tampoco es posible perderse en esta armonía de sosegada hermosura. Escuchamos sonido de agua y nos acercamos a los arroyos buscando una cascada. Estos días de tanta lluvia, los arroyos parecen ríos donde siempre cantara el agua – cuando llegue el verano su silencio lo romperán las cigarras –. Cruzamos el Arroyo del Endrinal y poco más allá el Arroyo de Peña Herrera. No siempre se halla lo que se busca y a nosotros se nos escondió, pese a tenerla cerca, la Cascada del Covacho.


Decidimos pararnos en medio de la marcha para observar el movimiento de la tierra, del aire, de la luz, del silencio. Han pasado seis horas cuando nos acercamos al punto de partida en esta vuelta circular…nuestra vida camina al ritmo de la naturaleza…nuestro corazón late los mismos latidos de la tierra…nuestras pisadas son las pisadas de las raíces…


Javier Agra.

martes, 25 de febrero de 2014

PASEO DESDE CANTO COCHINO

Otra vez Canto Cochino. La Sierra de Guadarrama es hermosa, recogida, pequeña…Esa es la razón de que muchos fines de semana salgamos a caminar desde el mismo punto. Mi cuerpo de sangre no puede contener al espíritu que ya está entre las escaladas del Pájaro y el vuelo de las aves, se va con el agua a buscar otros tiempos que se nos perdieron como el río y como el río buscan salidas entre los meandros rocosos de la vida; agua de reflejos y rostros de antaño cuando las mañanas de la infancia posaban mis pies en los terrenos áridos de Castilla. Con los hilos de la infancia tejo antiguos recuerdos que inmunizan mi vida con silencio y poemas en este mosaico de huesos y senderos que he construido con los ladrillos del viento.

El Manzanares es un coro de ópera entre la guerra y la calma.


Aguas arriba llegamos hasta el Puente del Francés para recordar otros ríos y soñar otros sueños de agua de mar adolescente donde había acantilados en las tierras de Vizcaya; también están perdidos aquellos parques porque ha pasado el tiempo y el superpuerto se comió adolescencias, acantilados y años. Los años son baile entre el sueño y la libertad conquistada en el oro del ocaso y el rosicler de la aurora. El mar se hizo joven en los paseos desde la firmeza de Butrón hasta la serenidad de Plencia y en sus aguas de tormenta y acantilados volví a componer la maleta para seguir naciendo a otras tierras montañesas. Salitre y olas, calzo mis huesos con cristales de sal y sueño; viajero entre maletas de cartón, las gaviotas cuentan mi tiempo entre el vendaval y el traqueteo de un tren de carbón.

Curvas adelante, pista forestal arriba…años en Belmonte de Cuenca, donde nacieron Fray Luis y sus poemas. Inmensidad de llanuras y de vida, vides creciendo hacia su madurez y otoños de melón entre misterios de corteza y fruto. Anhelos permanentes de agua y fruto, el corazón entre el cascabel y la nana. La Mancha ofrece caminos… me apoyo en las riberas sin agua… busco las montañas lejanas donde manan fuentes, busco laderas frondosas con escondidos tejos entre los robles de todos los tiempos y las encinas que aúnan todos los suelos. Pasea a mi lado el amor vegetal,  llueve transparencia serena de caminos sin final entre cristales de brisas y sonidos… El arroyo busca palabras ¡y yo busco la primavera entre la niebla invernal!

Pequeño paseante sobre el Mirador del Arroyo de los Hoyos.


Después de varias curvas…serenidad de agua entre la lluvia y el mar…hemos llegado hasta un hermoso mirador frente al Arroyo de los Hoyos…me siento…en agua recuerda la canción de mis jóvenes años en Salamanca… (¿Otra ver Fray Luis?) Viajes de la Plaza a las atalayas, ciudad cosida a mi corazón, provincia recorrida entre pedaladas. Sentado a orillas del Tormes, ¿dónde vas agua? Llevo postales y cartas de los chopos y de los pájaros hasta la inmensidad del mar porque quiero aprender a navegar. Llueve en silencio, tan lento que el espíritu se aquieta entre el murmullo y la inmensidad. Comparto con la tierra el fruto del nogal mientras sueño el agua… ¿y si yo fuera otro soñar? La cascada del agua canta la melodía de la paz.

Atrás quedó la merienda y el trepidante rabión que remansará su agua cuando la nevada sea lejano recuerdo. Con el corazón sonriendo en medio de las turbulencias, enfrento el futuro sin doblegar la frente en la serenidad del alma por el sendero de vuelta buscando el coche y la casa. Madrid es hasta el momento mi morada más dilatada en el tiempo y el recuerdo. De aquí podría narrar muchas estrellas y parques, muchas aguas y montañas… ¿No serán ellas quienes me narran? Bajo siguiendo el destino del agua, a esta altura de mi vida ya camino despacio hacia las bajas laderas, acodado con la luz del alba y con las brillantes estrellas, con los vegetales y los rumiantes, con los débiles insectos y las rapaces que vuelan. He aprendido a ser unidad con la Sierra y con el agua.



Me he quitado las botas, el calzado para regresar en el coche es más liviano. Respiro y busco el viento seguro del monte, ni palabras lisonjeras ni castillos ni cuentas de bancos; busco el agua para remansar el alma, ni coches ni mansiones de torbellinos de dinero; busco el vuelo de las aves, ni adulación ni palmadas ni fuegos de artificio; busco el limpio color del cielo, ni el poder ni la gloria ni la magia del hechicero. La Sierra me acompaña a cada instante entre las aceras y las estaciones y me acompaña el viento en las madrugadas y el canto sosegado de los pájaros cuando el bullicio quiere romper el sosiego y el rumor del agua entre las rosáceas piedras de su nacimiento canta en la sien y el corazón para que la calma nazca en las praderas de los recuerdos.


Javier Agra.

sábado, 8 de febrero de 2014

MONTE DEL PARDO EN BUSCA DE SOSIEGO

Sábado. Me voy a pasear al monte del Pardo. Hace seis meses y seis días que ha perdido esa riqueza de idas y venidas, de permanente búsqueda entre las encinas y entre las piedras; esa dulzura de miradas cómplices. ¿Puedo ir a husmear entre aquellas matas? ¡Continúa, me quedo un momento a espiar este rastro de conejo! Hace seis meses y seis días…

En el monte del Pardo siguen creciendo el sosiego y las encinas y las palomas y las urracas y la vida. Ahora que viajo solo por el monte, converso con el silencio y el recuerdo; por eso pregunto a las urracas qué saben de las antiguas abubillas y entonces hablamos de aquellos años de mi infancia cuando Acisa se paseaba entre gorriones y golondrinas, entre urracas y abubillas, entre aguiluchos y buitres (de aquellos años de mi infancia escribiré alguna vez una historia que llamaré Las bicicletas de mi infancia porque no eren lujo de paseo sino medios de desplazamiento hasta la mina pero eso será otro día si a nadie se le ocurre adelantarse a mi idea y cierro el paréntesis invitando a que cada lector ponga los signos de puntuación que le parezca pues de ese modo la lectura dará diferentes sentidos a lo escrito por mí).

La abubilla está en peligro de extinción, me dicen las urracas. Cuando iniciamos esta conversación ya estaba yo un poco murrio por los desequilibrios económicos, la corrupción, la violencia en sus diferentes facetas, el sombrío panorama de la crisis amenaza más que las nubes de esta mañana de febrero. ¡El pesimismo no te puede hacer abandonar la lucha, riega los campos del futuro con esperanza y el mañana será más comunitario! Seguramente son las palomas quienes conversan conmigo mientras vuelan en bandadas.

Las fotografías que acompañan a este texto son antiguas y siempre estarán presentes.

Las lluvias contumaces de estos días han calado muy hondo en las praderas, el Pardo tiene muy buen drenaje y no me salgo de los caminos para mantener la ecología lo mejor que puedo. Está brotando el suelo entre las gotas acumuladas y el verde que revienta entre la hierba y las encinas. Poco a poco estoy ya donde las piedras misteriosas, el lugar donde las encinas me sobrecogen. ¡Mira que hace años y circunstancias que llevo pasando por aquí! ¡Siempre me parece la primera vez! En este momento siento que es la encina el árbol del sosiego, tanto que hasta el fuerte viento musita entre sus hojas.

Acaso el llanto domina mi espíritu…Las encinas siempre combaten esa sensación de destrucción desoladora y evaporan las penas en nieblas que se van a lugares perdidos para siempre. Entre las encinas crece la paz y el espíritu canta futuro de flores y de frutos compartidos. Aquí empleo un buen tiempo del camino –ya lo empleaba antes cuando venía en buena compañía, hace hoy seis meses y seis días… –; aquí he visto cómo se defienden las encinas, sus hojas bajas tienen más afiladas las espinas pequeñas de sus aristas, sus hojas altas son más suaves al tacto porque no necesitan rechazar a depredadores que las coman. Entre las encinas crece la esperanza y la luz y me parece que la humanidad puede vivir de otra manera más feliz y solidaria.



Comunidad y sosiego. He pasado al otro lado de la vía, está recién enjalbegado el puente. Las cárcavas que suben hasta el paso de Despeñabicicletas forma un paisaje vegetal de radiante emoción, un tren de cercanías rompe el silencio durante unos instantes; las encinas del sendero me devuelven la calma. Subo al mirador de Valpalomero, más por costumbre que por las vistas hoy reducidas entre las nubes que inician un lento llanto. Desde aquí hasta la finca del Duque del Arco mi soledad se transforma en convivencia de paseantes y ciclistas, palabras que se mezclan con silbidos del viento y con el sosiego de ocho perros entrecruzando sus juegos.

Recuerdo las palabras de Juan del Encina. “Mi libertad es sosiego…” Me han vuelto a visitar las encinas con su oleaje de mar castellano, sin guerras, sin desprecios, entre estas ramas verdes se desinfectan las heridas y vive en paz el sosiego.

Javier Agra.


domingo, 2 de febrero de 2014

CHINCHILLA DE MONTEARAGÓN

Tal vez Chinchilla de Montearagón sea una canopia de culturas a través del tiempo. Seguramente desde la actualidad de cada persona y de cada momento resulta, el entorno en el que nos movemos, una mezcla hermosa de tiempos e historias del pasado. Conserva, este pueblo, un regusto medieval que le da vida a cada rincón sobre el que reposa la mirada del viajero.

Ahí está un despreocupado y absorto viajero contemplando la Mancha, hermosamente plana y coloreada de trigales y vides, cuando llega a sus ojos la cresta esbelta de Montearagón elevándose suavemente hasta ponerse la corona del castillo. ¿Cómo resistirse a entrar a recorrerlo con la adarga, la celada y la pluma? ¡Si ha esperado desde siglos, claro que puedes quedarte unas cuantas horas, no tengas prisa viajero, entra!

Desde lo alto de Chinchilla se ve La Roda, Almansa, Albacete, se ve la Mancha y la tierra toda.


Metidos en sus calles, parece que recorremos la felicidad de un tobogán inverso callejeando cuesta arriba en la cáscara inmensa de un caracol gigante hasta llegar inevitablemente al castillo que corona la cúspide de muchos altozanos de nuestros oteros. El sol se acompasa a nuestra lentitud del mediodía y nos relata las historias que, de otro modo, pasarían desapercibidas para nuestra relajada mente. Escucha, amigo mío, me cuenta: Montearagón no viene de la hermosísima región de Aragón, que transporta las aguas reunidas en el Ebro y sube hasta el montañoso Pirineo. Su nombre viene de la voz griega Arrago, que nosotros llamamos esparto muy abundante en esta comarca en otros tiempos. También hay quienes cuentan que el mismo Hércules puso los cimientos a este lugar setecientos años antes de Cristo, sobre los que más tarde construyeron los romanos la Vía Augusta.

¡Cuánto sabe el sol que nos muestra la bellísima Plaza del pueblo donde decidimos detener nuestros pasos y sobre todo sabe ser sol! Sentados en uno de sus bares, nos enteramos de la existencia de antiguos telares donde se tejían alfombras, pendones, tapices heráldicos y otras exquisiteces.



Paseamos entre recuerdos de lo que fueron baños árabes. Nos quedamos absortos con el que fue convento de Santo Domingo hasta la desamortización de Mendizábal. Sin movernos del lugar saltamos hasta el siglo dieciséis en la fachada del Ayuntamiento y recordamos historias de antiguas moradores de tan prestigiosa construcción. Historia épica y guerrera que ha dejado el pueblo de Chinchilla jalonado de blasones señoriales en portalones de desgastado presente donde en las noches de fuerte viento se reproducen rumores de antiguas peleas en invisibles recuerdos de tormenta.

El templo de Santa María del Salvador construido en el siglo quince, se alza sobre muros de la reconquista en tiempos del sabio Alfonso X aliado con el aragonés Jaime I (Chinchilla de Montearagón fue siempre un cruce de caminos, no siempre de pacíficos viajeros). Es de cabecera renacentista e interior barroco. En su interior conservan lo mejor que pueden un pequeño museo donde el pasado vive para cada persona que allí llega a descansar, allí la historia recuerda la Cruz de Roca sobre la que los Reyes Católicos juraron los privilegios de esta “Noble y Muy Leal Ciudad” en agosto del mil cuatrocientos ochenta y ocho; una de las mejores obras góticas de la comarca en la reja de la capilla mayor; conserva una hermosa imagen de alabastro de la Virgen de las Nieves a la que se atribuyen milagros y leyendas: es muy popular la que recuerda cómo unos niños se salvador de perecer ahogados porque una mesa les hizo de barca y les llevó en calma en medio de una terrible tormenta.



Nuestro acerbo popular tiene como dicho: “Otro loco hay en Chinchilla”. Cuentan que había en el pueblo un mozo que estaba o parecía estar loco; cuando llegaba algún forastero se ganaba su confianza y en un momento de descuido le aporreaba, la gente del pueblo rogaba al forastero tuviera caridad con el loco de Chinchilla. Pero un día se topó con un viajero que ya había sufrido esta experiencia en otra anterior visita, el viajero le siguió la broma y esta vez fue él quien aporreo al loco. Cuentan que llegó a la plaza magullado y gritando: ¡Otro loco hay en Chinchilla! Con este dicho se recomienda prudencia y precaución.

Nosotros subimos hacia el castillo, acaso acompañados por el espíritu de del rey Godo Suintila o Chintila quien dicen que conquistó aquí una Cincilia celta (que significa  ciudad de muros cortos). Atrás quedan empedrados musulmanes, atrás murallas, baños, conventos, atrás la nobleza del pasado; a nuestro lado camina el pueblo del presente que camina siempre hacia lo alto.



El castillo conserva, de su pasado esplendor, fosos y muros, con las almenas bien dispuestas y la fortificada puerta cerrada esperando un futuro donde dentro y fuera se viva la libertad, la vista hermosa de la lejanía infinita de la Mancha y la paz sin fronteras de la tierra toda.


Javier Agra. 

jueves, 23 de enero de 2014

POR LA BARRANCA: SENDA ORTIZ


Acaso estas mañanas de enero se enfríen en demasía las orejas, pero el corazón permanece cálido y el espíritu robusto cuando dejamos a nuestra espalda el aparcamiento último de la Barranca y estamos caminando por el amplio sendero que se desliza entre los pinos sin más música que la de los pájaros y el río.

Enero tiene paseos de sigiloso sosiego. Entre el agua de pequeños embalses y la canción de su libre correr dejamos esta senda principal; cuando ella sigue en un brusco giro a la derecha, entramos por la Senda Ortiz que se inicia con un poste metálico y continúa de frente en ligerísima subida; el sol viene con nosotros buscando con la vista las lejanas torres de Madrid; el pinar se extiende majestuoso y libre por encima, más abajo, a todos los lados y nos llena de brillos y de música. El sol posa su ternura sobre la gayuba que moldea el suelo de tonos verdes y moldea de suavidad el espíritu. Decían los griegos que la gayuba era uva de oso, hoy es alimento de mil aves y de invisibles roedores. Los montañeros tenemos guardado en el tacto, en la vista, en el olfato el aroma azucarado y áspero de esta planta soñadora.

Se hace silencio en las ramas y en el tiempo, para que suene a nevada el trino de un mirlo viejo que vuela desde la ladera hasta el cielo; y va llevando con mis pasos los sueños antiguos y los versos nuevos entre las escorrentías del monte y la quietud del pensamiento; paso a paso, los montañeros en silencio, se han dormido los pinos entre la tibieza del aire de invierno. En la explanada cimera crece una cosecha de ilusiones, entre el verde de la hierba y los sedantes majuetos; crecen los recuerdos en el muro de la ausencia mientras el corazón late palabras de esperanza y de promesa.

Sentados en el Mirador de la Barranca o de las Canchas.


Llegamos al Mirador de la Barranca, también conocido como Mirador de las Canchas. Aunque los pies montañeros no se han fatigado por ser serena esta jornada, sus corazones se sientan  a contemplar la placidez de Guadarrama: Alto de Guarramillas con las antenas vistosas, La Maliciosa con su Peñotillo… Y mientras la mirada se posa en la seda de la distancia surca el aire una pregunta de ignorada respuesta sobre el personaje Ortiz que antaño diera nombre  a esta sosegada senda.

Por la Cuerda de las Cabrillas


El camino baja por la amplísima senda hasta llegar al coche. Nosotros vamos por media ladera Senda de la Tubería adelante entrecruzando la Cuerda de las Cabrillas. La vista se nos va siguiendo un juego de pájaros que entran y salen dibujando la silueta de Peña Horcón. Sin subir a los Emburriaderos tomamos ladera abajo hasta encontrar el arroyo de Peña Cabrita, donde hacemos un repaso a las viandas mientras contamos recuerdos de otras jornadas ante la visión de Siete Picos y otra perspectiva de la sierra.

Salimos a la Fuente de Mingo, recuerdo a quien fue un ilustre cuidador de estos montes (Ricardo Domínguez) que abrió con su puño y su pico un primer surgente de la tierra que hoy ha evolucionado hasta ser una construcción donde coinciden a beber los paseantes de domingo y los montañeros que regresan de los más variados escondrijos. Por estas cercanías se saludan el arroyo de Peña Cabrita y el regajo del Pez del que seguramente se surtirá al Fuente de la Campanilla a la que hoy no llegaremos, pues seguimos al encuentro del aparcamiento donde el coche espera desde hace menos de cinco horas.


Fuente de Mingo

En los primeros párrafos conté que subimos por el camino Ortiz; pues bien, al final desembocamos en una explanada de leyendas que se ha dado en llamar Sanatorio Walpurgis, porque allí se rodó, en parte, la famosa película “La noche de Walpurgis”. Yo no reconocí a ninguna de las brujas que celebraban al dios del fuego Belenos para entrar en la primavera renovados: dicen que las brujas eran personas aparecidas de otros mundos de ultratumba y personas convocadas en vida que usaban para transportarse un mágico ungüento confeccionado con grasa de diferentes animales, leche de burra y otras delicadezas y volaban risueñas montadas sobre escobas. ¡Claro! Nosotros transitamos por estos montes con plena iluminación y no se daban las condiciones.

NOTA DE AGRADECIMIENTO: Amigos míos, quiero agradecer a todos los que leéis mis textos y a quienes comentáis, vuestra amabilidad. Quisiera contestar a cada uno, pero soy un analfabeto tecnológico (además de otras analfabetías que me dominan y limitan) y no acierto a pulsar las teclas necesarias. Algún día aprenderé y entonces…Mientras tanto gracias y abrazos.  

Javier Agra.

jueves, 9 de enero de 2014

LAS CÁRCAVAS DEL PONTÓN DE LA OLIVA (II)

Acordaos, amigos lectores, que venimos de las Cárcavas del Pontón de la Oliva y había quedado asomado al pueblo de Alpedrete de la Sierra.



El pueblo tiene más de mil años de historia y vida escondida entre sus silenciosos valles. Hoy recuerda que es emigración y está apenas habitado por treinta personas, mantiene reconstruidas una buena parte de sus casas porque es frecuente el goteo de quienes descienden del pueblo y a él regresan unos días, pero la mayor parte del año está viva de romanticismo entre sus desiertas calles; antes de llegar al pueblo, viniendo desde Valdepeñas de la Sierra estuvieron las eras donde hace tiempo dejaron de dar vuelta los trillos sobre la sementera. Los dos viajeros aspiramos el silencio porque queremos que nuestra alma se llene de su mística quietud sosegada. Cuando van a emprender el camino del descenso han comido trino nuevo en las alas de la golondrina viajera, han descubierto las otras miradas que todos los humanos llevamos por dentro.



Por un bien visible camino bajamos al pueblo por la ladera donde antaño hubo un nutrido número de bodegas, hoy son cuevas abandonadas que contrastan con los bien cuidados huertos que a nuestra derecha marcan la senda de bajada hasta el pueblo de asfaltadas calles y reforzados edificios de piedra. A nuestra espalda dejamos un frontón y por la calle que sale a la izquierda no tardamos en dar con una pequeña iglesia románica dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, adosada a sus muros el cementerio poblado de silenciosas cruces. Los huertos que están a su derecha nos indican que por allí pasa el GR-10 que ahora seguiremos otro rato mientras escuchamos las bien nutridas aguas del arroyo de Reduvia, superamos un diminuto collado que nos deposita en una senda donde no sabremos nunca si domina la grava o la arena, caminamos alegrando la vista, metidos en la atmósfera de otros tiempos donde abundaba la calma. Nos acercamos a un puente sobre el bravo Reduvia.

Antes de acercarnos hemos visto una senda que sale hacia la izquierda, senda dormida bajo una nogal añeja. Estamos en el camino de la Lastra o del Ceño subiendo aguas abajo del Reduvia musical y risueño en estas fechas de enero. Tal vez sea un camino de lastras en el suelo y en los paredones que estás ejerciendo de pequeñas y simpáticas montañas a nuestra izquierda, aquí ha desaparecido la arcilla que está presente en la margen derecha del río y nos escoltan rocas calizas que juegan a hacer figuras variadas frente a la armonía redonda de la otra orilla.

Acaso el nombre de ceño lo toma esta senda porque es el entrecejo de la tierra, sendero bien trazado y señalado con los colores del GR entre las dos cejas de montaña que parecen poderosas desde la profundidad del valle. Se despide el arroyo Reduvia buscando el embalse del Atazar...
Jose, ¿llega hasta el embalse el arroyo Reduvia?
Y Jose responde: "Sí, el arroyo quiere acercarse al embalse, pero el Lozoya se bebe sus aguas y ya ha dejado atrás la presa. Amigo mío, la corriente del Reduvia nunca halla el sosiego del Atazar"
Yo me quedo atónito, con la boca abierta, meditando en su lírica respuesta y pienso si no será mejor que continúe él la narración...
La senda se va empinando hacia la cumbre; dubitativa tal vez se bifurca en dos opciones que más arriba se volverán a encontrar, tomamos la de la derecha porque las vistas son más abiertas al horizonte. Despacio, siempre adelante entre la pausa y la palabra, llegamos a la carretera que hemos dejado y tomado varias veces esta jornada.



Desde este punto ya solamente será caminar carretera adelante en lento descenso hasta el coche. Pero la jornada aún tiene riquezas gozosas para la vista y la poesía. Pasamos muy cerca del gran acantilado gris del Pontón de la Oliva, lugar de escalada, lugar de grandes caídas de la roca sobre los meandros del río Lozoya, lugar donde el asombro canta con voz de olivos al rostro de la madrugada, donde los almendros tienen rostros humanos y rostros de animales, lugar donde anidan las águilas y el silencio recóndito se asienta en el alma. Pero hemos de caminar no vayamos a enraizar en este paisaje como un regadío que canta primaveras.



Nosotros nos acercamos en varios puntos pues las vistas son hermosas. Aquí encontramos ruinas de lo que fueron prósperas casas; allá un águila sorprendida inicia el vuelo con su metro largo de punta a punta de las alas y nos sorprende más que nos asusta; desde este mirador vemos a lo lejos una salida de la cueva del Reguerillo que se extiende por debajo del cerro de La Oliva; desde aquí vemos la belleza de toda la tierra entre colinas, meandros y aves de ligero despegue, asombro y camino entre los olivares cargados de aceituna.

Cerramos el círculo. Llegamos al coche. Asombro. Silencio. Respiración pausada.


Javier Agra. 

martes, 7 de enero de 2014

LAS CÁRCAVAS DEL PONTÓN DE LA OLIVA (I)

Atrás, quedó Madrid, quedaron también Torrelaguna y Patones de Abajo. El mundo cansado en sombras camina monte arriba en este liviano amanecer abandonado del cambio de provincia inexistente en la memoria y en las rutas. Apenas aparcamos el coche superado el río Lozoya, al pie de las casas primeras de la provincia de Guadalajara, se esparcen los restos del sueño por los olivares y las jaras de la ladera que nos saluda.

Continúa la pista, entre atusando y resquebrajando el monte, hasta el Pueblo de Alpedrete de la Sierra que nosotros pretendemos visitar dentro de un rato. Seguimos los  primeros minutos pista adelante hasta que gira con violencia hacia la izquierda, los montañeros continuamos por un marcado sendero entre olivas bien cultivado; pronto encontramos una trocha que mira a nuestra izquierda como si fuera monte arriba por donde continúa el GR-10, pero nosotros sabemos que hemos de echarnos por la trocha de la derecha que nos bajará hasta el barrancal de piedra y arena arcillosa del arroyo de la Lastra. Así descubrimos que caminar es dudar y elegir, aquel camino que olvidamos se perdió y nuestro futuro mirará hacia las Cárcavas.



La abundancia de lluvia de estos días nos hace chapotear entre arcillas y piedras que le dan al suelo un dorado color mientras ascendemos por la empinada ladera de erosionados ribazos. Doscientos metros más arriba salta el gozo a nuestra cara porque estamos viendo la mayor de las Cárcavas que estos viajeros han contemplado; absortos nos acercamos, el sendero se ha hecho llanura y la llanura nos habla de hechizos y palabras sinceras. Continúa la senda hasta alcanzar la parte más alta, a nuestra derecha un desvió nos hace pensar… (porque en medio de la contemplación también se puede pensar) que seguramente es posible bordear muy cerca de las Cárcavas.

Desnuda para los viajeros tenemos delante la era Terciaria: hermosas formaciones de crestones, llamativos pináculos que pudieron cantar en finísimas églogas antiguos endriagos en nuestra evolución primera. ¿Qué emolientes depositó en estos montes el empíreo eterno para conseguir estas bellas formaciones que vemos un millón de años más tarde? Otra explicación es la que se escribe según la erosión desde las lluvias, el badlands y otros conglomerados.



Vuela en libertad la imaginación del paseante, del montañero, del visitante, mientras estamos bordeando las cárcavas y llegamos a su máxima altura, estamos un poco por debajo de los mil metros. Puedes leer hasta aquí, asombrado lector y darte la vuelta para el coche. Habrás hecho una preciosa y descansada excursión de menos de tres horas. Te sientas en el Bar La Chopera a tomar un caldo caliente o una dilatada comida y te vuelves a casa seguro de haber pasado una bella jornada.

Jose y yo queremos hacer una marcha circular y continuamos. Nos alejamos de este paisaje de fragancia de hadas, por una senda sin posible pérdida que llanea entre las jaras. ¡Curioso nombre! – Comenta Jose – ¡a este punto le llaman Cerro Guadarrama! Continuamos entre lo que hoy son montes de jara y algún tiempo fueron tierras de labranza que dejaron plantados dos pinares distantes pero que nosotros vemos de cerca pues al lado de ambos pasa la larga y muy bien trazada senda. Ha quedado atrás el Cerro de Mingo Negro, ganamos profundidad cuando estamos en la Hoya de la Cañada donde no hace mucho parece que abundó el ganado y acaso pasten hoy algunas ovejas y muy pocas vacas, pues encontramos una alberca o abrevadero.



Abrevadero de la Hoya de la Cañada. Podría estar en muchísimos paisajes del interior de España, pero esta foto pertenece al lugar que dicho tengo.

Dejamos este sendero y tomamos otro nuevo a nuestra izquierda, ni más ancho ni más estrecho pues en este recorrido todos tienen muy buena hechura. Frente a nosotros acaba de aparecer, cabalgando monte arriba sobre el Cerro de la Torrecilla y regado por el Jarama, Valdepeñas de la Sierra pueblo al que no iremos en esta ocasión, dejamos para otro día la cueva del Destete, su profusión de colmenas y su Plaza del Olmo con el crucero nuevo. Contemplando, desde la distancia, el citado pueblo llegamos a la carretera o lo que de ella queda que habíamos abandonado ya hace rato y que nos permitirá subir la última cuesta desde donde se divisa el pueblo de Alpedrete de la Sierra a nuestros pies. Previamente hemos pasado por un servicio del Canal que transporta agua desde el Jarama hasta Madrid, en esta zona su construcción se monta sobre unos arcos visibles y bien conservados que llevan el relumbrante nombre de El Partenón.

Hoy la vieja casilla del canal de Alpedrete está abandonada y su techumbre derruida, como muchas situaciones, recuerdos y sensaciones del pasado. Seguramente todo se mueve a la velocidad de cada generación y así la novedad es siempre efímera. Alpedrete de la Sierra se ve desde la parte alta del cerro y dejamos la viejísima y cansada carretera y tomaremos un camino que nos lleva hasta el corazón del pueblo. El montañero se llena los ojos de poesía, el montañero se busca en la ciudad y se encuentra sentado en el campo hablando despacio con el verdor brillante de la jara.



Nota del autor: Por razones que la razón dicta y el corazón aconseja, firmo esta parte del paseo y amanecerá el sol otro día.


Javier Agra.

lunes, 30 de diciembre de 2013

POR LA PEDRIZA: EL CÁLIZ

También la Pedriza tiene su cáliz.
No es tan historiado como el Santo Grial tal vez construido con una pieza de olivo del Monte de los Olivos, venerado por una parte importante de la humanidad desde aquellos acontecimientos conocidos: “…si es posible, que pase de mí este cáliz…” y aún antes pues de sus aceitunas se extraía el aceite de ungir a los antiguos reyes. Dejo estas consideraciones para ocasión más propicia. Por cierto aquel Huerto está situado a una altura de ochocientos ocho metros nada más. Pasó después el Santo Grial a la fantasía literaria y al cine en múltiples versiones.



Nosotros salimos, como es acostumbrado, desde Canto Cochino (algún día tendré que poner una fotografía del canto o mole de piedra que tanto se cita). Está bravo el Manzanares, sus aguas son rabiones con las lluvias y nevadas de estos días; los montañeros tenemos puente para pasar al otro lado.

Seguimos en dirección al Collado del Cabrón para, antes de llegar, desviarnos hacia el cáliz. En el silencio de la marcha voy recordando las leyendas entre poéticas y sangrientas, entre literarias e históricas alrededor del Santo Grial. Converso con Parsifal y aquellos antiguos caballeros de la mesa del rey Arturo, platico con José de Arimatea de quien dice la tradición que recibió el cáliz de la mano misma de Jesús resucitado. Lectores amigos, más de quince grandes leyendas ramifican estas historias en diversos momentos y lugares, converso con la catedral de Valencia que me asegura que recibió el cáliz en el siglo quince después de pasar por diversos lugares, entre otros el hermoso y recordado San Juan de la Peña en Huesca. Escucho entre el cercano susurro de las aguas del Manzanares las historias de terribles sucesos en unos cuantos castillos de Francia, recuerdo el doloroso final de los cátaros en el castillo de Montsegur al que subí desde el Prado de los Quemados para sentarme un rato a la sombra de sus ruinosos recuerdos, aunque fue el castillo de Queribus donde se refugió y terminó la resistencia de los cátaros a mediados del siglo trece.



Apenas llevamos media hora por este sendero muy bien trazado, nos topamos con una inmensa roca a nuestra derecha. Subimos pinar arriba dejando a nuestra derecha un conjunto nutrido de gruesas rocas, el sendero se aclara en algún momento pero nosotros ya hemos visto, en la cima, el cáliz  brillando en oro a esta hora inicial de la mañana; tomillos, jaras y pinos construyen una alfombra de comunión con la naturaleza en la que nos integramos junto con unas asombradas cabras que no esperaban encontrarse a ningún animal humano en este apartado lugar. La vista se extiende desde la Cuerda de los Porrones, hasta La Maliciosa y la Cuerda Larga. Vi llorar a los oprimidos y no había quien los consolara; vi que apiñar riqueza es tener sed y beber agua con sal insaciable hasta el momento de reventar; vi que correr tras el éxito es también absurdo porque lo arrebata el viento; vi un viento como suave susurro de ánimo uniendo esfuerzos y esperanzas hacia la paz de mañana.



Pinar abajo rastreamos nuestras pisadas para adelantar la salida en otro punto más allá, en la bien trazada senda del ICONA por la que ya veníamos hace rato. Conversaciones de pinos y aves serranas impiden que nuestro corazón se duerma… ¡si Schopenhauer supiera que aquí me siento saliendo de mí mismo y formando parte del todo! Aquí somos voluntad de universalidad y de construcción, el destino anda por aquí errante y le negamos el dominio sobre las cosas y sobre las conciencias porque si el destino baraja las cartas, somos nosotros quienes las jugamos. Llegando al Collado del Cabrón somos voluntad de ser. Diré con Schopenhauer que el placer del arte supera el dolor de vivir cada instante y tal vez la ascesis de sentirse vívido en el conjunto de la naturaleza sea una manera confiada de ser parte de un todo que duele y ríe, que avanza o se rompe en comunión. La experiencia estética saca del anonimato todas las cosas para darles nombre y música, para darles vida y palabra. Schopenhauer fue un filósofo artista. 

Carámbanos entre las púas de un pino que aún bosteza entre el calor y el sueño. 


A poco más de mil trescientos metros de altitud, este Collado que conserva su nombre desde la Edad Media cuando aún las cabras alimentaban a nuestros antepasados, quedó despoblado de tales animales desde el principio del siglos veinte; desde hace pocos años es frecuente compartir sustos, montañeros y cápridos, cuando el encuentro resulta “de sopetón”. Advierto que no es necesario visitar este lugar para admirar a tan lustrosos animales que hoy se han extendido por la mayor parte de la Sierra de Guadarrama.

En nuestro viaje hacia Cuatro Caminos, hacemos un desvío para ver de nuevo el Puente Poyos y sentarnos al sol sobre alguno de los hermosos asientos que allí nos esperan por encima del tiempo y las tormentas. Parten de Cuatro Caminos cuatro grandes sendas… (De otro modo su nombre sería de otra manera). Por la Gran Vía de la Pedriza adelante la vista se recrea entre la magia de las aves y la lumbre de la naturaleza que baila con las rocas y con las hadas. Cerramos el círculo de nuestra marcha sobre el puente de madera del Manzanares donde canta su espejo y colecciona su agua miradas de amores de siglos, esfuerzos de siglos de lucha por construir una tierra más libre.


Javier Agra.   

domingo, 22 de diciembre de 2013

POR LA PEDRIZA EN BUSCA DEL PUENTE POYOS

Hoy resulta sencillo llegar hasta la Pedriza. Apenas cincuenta minutos de coche y ya estás plantado en el aparcamiento de Canto Cochino. En unos momentos estás viendo el Manzanares bajo el puente de madera y comienzas uno de los múltiples caminos que de allí parten. Puedes escoger otros senderos desde diversos lugares del interior de la Pedriza, a donde has llegado con la comodidad del coche. ¡Pero ay amigo, hace más de cien años…!

Esta mañana, mientras ajustábamos el altímetro en el puente de madera sobre las aguas de cristal del libre Manzanares, pensamos que nuestro paseo sería un recuerdo constante a aquellos primeros montañeros de la Pedriza que tenían que dedicar diversas jornadas para acercarse y recorrer sus ignotas entrañas. A esas horas primeras en que el Parus ater aún hace los primeros vuelos, somos pocos los montañeros que recorremos la autovía Pedriza adelante buscando Cuatro Caminos con el alma sosegada y limpia de la madrugada, el vaho interior se hace uno con la escarcha de la naturaleza y así ya no hay diferencia entre nuestros pies y las raíces milenarias de los bosques y las sierras. Comienza la jornada que agrupa en un solo ser a toda la tierra.

El Grupo (acaso debería darle nombre de Sierra) de los Pinganillos es una delicia para los montañeros de escalada y cuerda. Jose y yo la admiramos desde la base en nuestros diferentes paseos.

La Cueva de la Mora, Sirio…van quedando atrás entre sueños de cristales y sonidos de aguas ciertas: ¡ya está despierta la cima, la cumbre espera! Vienen cantando los arroyos que nombran robles, pinos y mil matorrales de esperanza verde. Con el invierno los bigotes se llenan de cencellada y las sienes de libertad, mientras los montañeros buscan la Majada de Quila y encuentran una cueva, una roca, un árbol encaramado entre la magia y la vorágine del precipicio.

Por estos parajes anduvieron Juan Meliá y José Tinoco hace más de cien años entre tormentas y ventiscas, por aquí construyeron la conocida como “Majada de Quila” que ahora se puede observar y aún tocar con respeto y llanto de reconocimiento a aquellos primeros montañeros que fueron marcando posibles senderos y hoy hacen más fácil caminar por la difícil Pedriza. Nosotros ponemos esta fotografía de una cueva que está en un cercanísimo lugar.

Volvemos a la senda del Icona. Nuestro siguiente intento es subir hasta el Puente Poyos…no queremos entrar en la común divergencia que el nombre provoca y seguiré escribiendo su nombre de esta manera pues además de puente es un hermoso poyo donde descansar, y allí mismo se dan otros muchos bancos o poyos para el sosiego, la meditación…y cuantas tareas se quieran realizar en esa dilatada soledad montañera.



Llegados al reino del roble, encontramos un herrerillo de plumaje brillante e iluminado; anda, estos días, silencioso pues no tiene hembra que convencer y se dedica a tareas de estómago y pitanza. El Puente Poyos sobre nuestra cabeza es una maravilla de colores y de luz. Pasaremos bajo tus impetuosas rocas con el silencio que los siglos te deben, con la prudencia que la montaña enseña, con la alegría que la conquista iguala. Tus llambrias…en Acisa de León decíamos láganas a estas piedras lisas y recuerdo aquellos remontes más allá de la Mata Reguera cuando nos servían de tobogán los días posteriores a las nevadas…son otros lugares y otros sentimientos. Tus láganas, digo, Puente Poyos ¿nos permitirán acceder al otro lado?

Nos permitiste, hermano Puente, pasar a tu lado norte desde donde estas vistas son inmensas. Desde aquí a Tres Cestos sale un atajo montañero de fácil seguimiento que nos lleva hasta el PR.

En este punto, conseguido el más alejado lugar de nuestra presente jornada, cuando era momento de iniciar la vuelta, fue el Destino cruel con mis costillas y no pudiendo darme una pedrada, porque aquí las rocas pesan mucho, pensó que sería más fácil dar a las piedras una “costillada” y me lanzó con furia contra una de las mas enormes que por allí se asientan. De este modo, malherido, gozoso y aquejado hicimos el camino de regreso entre miradas a la hermosura de la montaña y reojos a los moratones doloridos de mi cuerpo.

La Pedriza es un lugar de fantasía milenaria, de sorpresas ¿infinitas?, de lumbre, sosiego y calma.


Javier Agra.