viernes, 29 de enero de 2010

PIPA, recuerdos (VII)

-->
He vivido el verano de este dos mil uno. No soy muy viajera. No obstante fuimos, con toda la familia que vive en mi casa, unos días a un pueblo de Zamora: Moveros. Allí la vida es plácida - para quienes vamos de visita -, entre paseos y sombras se pasan las cálidas jornadas de agosto. Me gustó estar en el pueblo, donde el tiempo también se sienta en alguna sombra a contemplar la totalidad de la tierra y la infinitud de las galaxias.

Me levantaba en el citado pueblo de España y nos llegábamos hasta Portugal a desayunar: está la frontera muy cercana y muy libre. Todo es llanura sin complicaciones: "la raya" le llaman, lugar acomodado para las tareas de la agricultura y para el solaz general. He aprendido muchas cosas - la vida de los perros ha de ser más intensa que la de los humanos, porque tenemos menos tiempo para vivir las mismas experiencias en las que ellos emplean más de ochenta años-. En estos días me he dado cuenta de que aquí nadie es extranjero. Ora estés en España, ora en Portugal, no estás nunca en el extranjero: los paisanos de ambos lados de la raya conversan igualmente con las manos en los bolsillos y, acaso, la boina en la cabeza por si necesitan protección para estar un buen rato de conversación bajo el sol de la tarde; las mujeres - elegantes y siempre sonrientes en estas tierras - van entre los huertos paseando las conversaciones y las azadas; los niños de todos los pueblos - bicicleta y futuro - pasan las fronteras sin necesidad de dar pedal. 
Lo he visto, lo he pisado y lo he respirado: todos los seres de la naturaleza somos iguales; solamente a los humanos se les ha ocurrido la idea - ¿malévola, perversa en el sentido filosófico? - de poner fronteras.

Me llamo Pipa. Aquí estoy abrazada a María. En los pueblos, las luciérnagas de la noche brillan de un modo que me sobrecoge. Pero estamos las dos, más allá de las luces últimas de Moveros, mis focos iluminan los senderos para no tropezar en la piedra.
-->
Y vienen a mi recuerdo los textos Unamuno – quien antes que yo, escribió sobre las tierras de Portugal y España – con quien paso varias horas. Recuerdo, de Unamuno, sus conversaciones con Don Quijote y, por lo que cuenta, estaba igual de joven – Don Quijote – que yo lo conozco. Es la ventaja de estos personajes – hijos y padres de su autor –; ellos permanecerán igual de lozanos y frescos para que cada uno podamos conversar con ellos; y cuando yo muera y se muera la gente que vive en mi casa – y te mueras tú, lector de brillantes ojos – ellos continuarán paseando por estas tierras, con el mismo sosiego, recordando siempre que el tiempo es una medida distinta para cada creatura de este mundo, por más que algunos sabios se empeñen en encerrarlo en segunderos.

He paseado por los Arribes del Duero. Para este blog - que me permite usar su primer autor - podrían servir unos cuantos paseos por las profundas brechas y sus meandros calmos, de brisa sosegada y de ternura florecida; podrían servir las profundidades del Duero, donde duermen las águilas y los lagartos viejos; podría indicar el gozo de subir desde sus aguas hasta las cumbres de roca, más arriba de las carretares nuevas y pasear por aquellos recuerdos de carros y arados conducidos por vacas, cuya memoria está aún pegada a las paredes nuevas de los viejos pueblos, igual que Don Quijote y su Rocinante siguen paseando entre las espigas y los olivos.


Javier Agra.

-->








jueves, 21 de enero de 2010

MONTE PERDIDO (II)

Vista del Monte Perdido desde la Munia. Desde la izquierda, divisamos el Pico Añisclo o Sum de Rammond, el Perdido con su glaciar inconfundible, el Cilindro al que sigue la loma del Marboré. Delante, la Peña Blanca más cercana al Collado de la Munia. 

Antes de la salida del sol, los suspiros se llenan de esperanza, valle adelante. Desde Goriz vamos en un río humano de sonrisas entrelazadas con la naturaleza. El corazón dará esta jornada palpitaciones de sueños conquistados, cuando por la sien de los montañeros baje el sudor a los ojos y a los pechos para poner canciones de fiesta.  Paso a paso, la cumbre lejana susurra nuestros nombres con dulce acento.

Hoy no estamos solos, los siglos de montaña apremian nuestra subida y son peldaños para el descanso. Aquí se han terminado las fronteras, solamente el aire y el mañana compartido entre todos los habitantes de la tierra; las aves y el recuerdo de los grillos en el valle, ahora lejano, se dan la mano para hacernos una corona de victoria.

Cien montañeros han partido hacia la paz del Perdido. Cien corazones latiendo forman una arquitectura formidable de carne y espíritu hacia la liberación; aquí solamente tiene sitio la promesa de gloria para todos. Subimos valles y murallas calcáreas. Dejamos la bifurcación hacia el Marboré, por eso sabemos que nuestra altura ya está en los dos mil seiscientos sesenta metros (¡también lo sabemos porque lo vemos en el altímetro, que todo ayuda!).  A tres mil metros nos sentamos a contemplar el lago helado, mientras masticamos una barrita de cereal y recuperamos el resuello entre la admiración y el agua de la cantimplora. Ya nos hemos dado un par de saltos por la zona del Ibón del Perdido.

Calma y latidos. A tres mil doscientos metros de altura, frente al Dedo del Perdido que nos indica ¡ojo y precaución!, poco a poco - las horas aquí solamente se recuerdan por el sudor y la caricia del sol - llegamos a la Escupidera: silencio y pausa. Y más arriba, la cumbre a tres mil trescientos cincuenta y cinco metros. Los montañeros, dominando, con la vista, el universo entero; mientras más vemos, más nos damos cuenta de lo pequeños que somos y de lo que nos necesitamos unos a otros. Colores diversos, varios pensamientos, pueblos de aquí y de allí, se han perdido las fronteras y todos somos de la mista tierra, la misma piedra y la misma nieve. Todos iguales en el sudor y en la sonrisa.

En la cumbre, sacamos de la mente los recuerdos; ahora ya hemos respirado y recordamos múltiples leyendas: aquella que habla de un palacio mágico construido por Atland, el encantador de las cumbres, protegido con sólidas e infranqueables murallas, solamente accesible en un caballo volador. La que cuenta que antaño aquí solamente existían fértiles valles, añaden que estaba un día un pastor con su ganado, hasta él llegó un peregrino solicitándole comida, el pastor lo rechazó con malos modos aumentado su rechazo ante la insistencia del peregrino. Cuentan que se cerró una densa niebla en la que se perdieron, para siempre, pastor, perro y ganado, en su lugar nació este  "monte inmenso, tan grande como tu falta de caridad" según anunció San Antonio abad, que tal era el peregrino (el mismo anacoreta que ha sido pintado tantas veces en el desierto alimentado por un cuervo, que le llevaba pan y agua). También está la leyenda, más conocida, de las tres hermanas perseguidas por los tres soldados godos, con quienes se casaron, después de que las hicieron creer que sus anteriores novios - a quienes ellos habían matado - las habían abandonado para convertirse al arrianismo. Las tres hermanas fueron transformadas en grandes montañas de piedra y nieve: Añisclo, Perdido y Cilindro.

Pero aquí estamos, sentados sobre el Perdido, terminando la lata de ensalada y mordiendo con calma el chocolate. Aunque sabemos que esta cumbre estaba aquí antes incluso, de que los primeros humanos pudieran crear estas leyendas y aún antes de que el mismo Monte Perdido hubiera oído hablar de la existencia de los humanos.

Javier Agra.

sábado, 9 de enero de 2010

MONTE PERDIDO (I)




Desde el Cotiella - grandiosa montaña, balcón de los Pirineos - la vista del macizo del Perdido es magnífica. En todo el centro, con su cumbre brillando en nieve, destaca el Monte Perdido. Así llamado por los franceses, pues desde su latitud era una montaña perdida en la lejanía.


El primer día, la intención era llegar hasta el Refugio de Góriz a través del hermoso valle de Ordesa. Nada de complicaciones, vamos a disfrutar. Hasta la Cola de Caballo parecemos turistas despistados, con nuestras botas y la mochila para varios días. Entre cámaras de fotos y ropa de fiesta, nosotros nos sentimos montañeros pese a la jornada plácida que viviremos hoy.


Dejamos a nuestra izquierda el sendero que se dirige hacia la cascada de Cotatuero. El gozo se disfraza de pinares, abetos y hayas, más allá la cascada de Arripas siempre en suave ascenso serpenteante. Tenemos tiempo para la vista y la palabra. El corazón se ensancha hasta abarcar todo el Pirineo y recordar los antiguos mitos que hablan del origen de estas montañas en las disputas de la ninfa Pirene hija del dios Atlante con el semidiós Hércules: dice la leyenda que los amores de él y el ansia de independencia de ella, se resolvieron en violentas llamas cuyo recuerdo permanente es esta majestuosa orografía del Pirineo. Los ibones son las lágrimas, para siempre congeladas, de Pirene.

Río Arazas arriba, llegaremos a las gradas de Soaso. El pensamiento se agranda y el silencio de hace vida. Imposible captar en imágines y palabras lo que el corazón retiene en sus saltos emocionados. Cualquier lugar será bueno para plantar “tres tiendas bíblicas” y permanecer para siempre entre las frondas, al menos trescientos años, como el monje Virila entre cantos de aves y contemplaciones paradisíacas allá en los montes del Monasterio de San Salvador de Leyre. Pero no mezclemos leyendas y dediquemos las horas a la merienda y la contemplación.

Atrás queda la cola de Caballo. Nosotros – ya comenzamos a ser montañeros – nos asombramos del grandioso Circo de Soaso y lo remontamos a través de sus clavijas: paso sencillo y bien plantado. Delante está ya el refugio de Góriz. La tarde está terminando la siesta y nos instalamos para la noche. Sentados contemplamos la mayor mole calcárea del mundo, inmenso ramillete del que descienden innumerables crestas montañosas. Mañana será otro día.

Javier Agra.

jueves, 7 de enero de 2010

PIPA, recuerdos (VI)

La radiografía ha detectado que tengo displasia. Era la prueba definitiva. Algo había notado yo, pues me costaba sentarme con una pata para cada lado, además en nuestros correteos por el parque me quedaba la última. Tengo displasia, pero no me supone un inmenso disgusto. No podré trabajar para la ONCE. Me llamo Pipa y he de cambiar de actividad, no importa: lo que haga me servirá para cecer en felicidad y esperanza.

Cuando me preguntaron si deseo quedarme en la casa donde vivo ahora, respondí de inmediato ¡naturalmente! ¿Dónde mejor? La chica joven que vive en mi casa bailó y bailó de alegría, durante treinta y dos minutos. De modo que me alegro por toda esta familia, así estarán más atendidos.

Por mi parte puedo empezar a jugar con pelotas y otras tareas que hacen los perros que no tienen esta labor de conducir ciegos. No olvidaré las buenas costumbres adquiridas, ni el sentimiento de cariño hacia los humanos en general ¡necesitan tantos mimos! Me había preparado a conciencia, porque creo que lo que hemos de hacer es bueno hacerlo con premura y con muchas ganas. No se a qué me dedicaré a partir de hoy, pero cualquier cosa que realice la emprenderé con entusiasmo.

He aprendido varias cosas, pero quiero valorar sobre todo la capacidad de silencio. Me digan lo que me digan, reflexionaré antes de ladrar mi desconsuelo. El silencio reflexivo es una capacidad importante que me gustaría dejar como legado a quienes me cruce en el parque o en cualquier lugar.

He cumplido un año – el primer día de julio – y han pasado muchos acontecimientos en estos meses: los israelíes y los palestinos siguen sin entenderse, problemas de asentamientos y de límites; el asunto de las fronteras no termino de entenderlo: los pájaros vuelas libres y el aire no pregunta hasta dónde puede llegar; solamente los humanos hacen esos planteamientos con los justificar peleas, matanzas y abandonos; nuevos terremotos, esta vez en Perú y Chile; también quiero recordar, que el estadounidense Erik Weihenmayer, de 32 años, se convierte en la primera persona ciega en escalar el Everest, y el estadounidense Sherman Bull, de 64 años, se convierte en la persona de mayor edad que ha escalado Everest.



Nunca he estado en el Everest, de modo que me conformaré con aportar esta vista de Guadarrama desde el Pico Tres Provincias o Peña Cebollera. Aquí si que he pisado con mis patas, he disfrutado con muchos paseos. Ahora, cuando ya ante mí pasan los días de nieve y flores, animo, a todos los que sepan de mi existencia, a visitar la Sierra de Madrid y cualquier montaña; la montaña es silencio y sosiego, es vida interior y grito feliz, es caricia y consuelo.

Como todos los años muere mucha gente – la situación es inevitable y provechosa, pues es el modo de que pasen por la tierra más personas; así pueden disfrutar de la maravilla que es vivir – este año recuerdo a Rafael Lapesa – lingüista y académico (Valenciano que vivió en Madrid la mayor parte de sus noventa y tres años) – y a Pedro Laín Entralgo – médico y escritor (nació en Teruel y vivió en Madrid la mayor parte de sus noventa y tres años) – además de Miguel Gila, el actor norteamericano Jack Lemmon, también Eudora Welty, escritora estadounidense.quien se había dedicado a la fotografía y publicó su primer libro de cuento a los cuarenta y nueve años, al final de su vida tenía una larga creación de novelas y cuentos.

Javier Agra.

sábado, 2 de enero de 2010

PIPA, recuerdos (V)

Mi primera primavera, apenas hemos asomado al año dos mil uno, transcurre entre el gozo del parque y las múltiples horas de entrenamiento y trabajo. De vez en cuando visito Boadilla del Monte, donde nací; los veterinarios me controlan y conversan conmigo sobre el futuro. Yo estoy más feliz en esta casa donde vivo en la actualidad, pero no me pienso quejar. Creo que la vida es un regalo y yo lo agradezco cada día. Incluso puedo pensar en los graves desastres que estos días me han sobrecogido: los terremotos del Salvador y de la India, con trece días de diferencia, han dejado más de veintidós mil personas muertas.

¡Cuánta persona muerta! Me han dicho, que el hambre es de largo la principal causa de muerte entre los humanos. Yo pienso que eso se debe, sin duda, a una mala planificación. No es necesario ser un Malthus para darse cuenta de que no es el empobrecimiento de la tierra el peor mal; estoy segura: se trata fundamentalmente de un desigual reparto de los bienes que proliferan por el planeta.

¡Levántate, planeta! Para terminar la primavera, los talibanes de Afganistán destruyeron las grandiosas estatuas de Buda. Las intransigencias humanas causan mucho dolor. Menos mal que, acaso para compensar, se clausuraron los campeonatos de España de atletismo con algún récord incluido. La esperanza de los brotes y de las flores es más fuerte que la destrucción presente, vencerá la vida.

¡Vencerá la vida! La vida entre los perros transcurre con sosiego entre nuestras conversaciones, raramente interrumpidas por las risas de los humanos a quienes sacamos cada tarde de paseo. Tenemos un parque bonito, desde el que vemos la Sierra de Madrid. Tengo ganas de crecer un poco, me han asegurado que me llevarán enseguida a pasear entre la nieve.

¡La nieve! He estado ausente un par de días. Aún estoy acelerada por la emoción. Hemos ido a la Sierra de Madrid: ¡todo un acontecimiento! En Coche hasta Navacerrada y después de paseo por el camino Schmid. ¡Cuánta nieve, cuánta gente! Me revolcaba como una croqueta en permanente juego. ¡Y cuántos palos! Pequeños y grandes. Los quería coger todos, alguno era tan grueso que apenas me entraba entre mis enormes fauces, aún en formación. Fue una experiencia muy bonita que espero repetir a menudo.


Desde mi paseo contemplé el Alto de Guarramillas y toda su ladera. También se llama La Bola del Mundo, con este nombre es más popular entre los madrileños.

Javier Agra.

MALICIOSA BAJA

Sueña un futuro de gozo y ponte en camino. Así pensaron los montañeros, aquella mañana de finales de diciembre, al coger las mochilas camino de una cima menor en altura, solemne en vistas, grandiosa en extensión, silenciosa en  su conjunto, íntima en la meditación, cálida nieve, pétalos dormidos, pétreas siluetas: Maliciosa chica.


Desde la Maliciosa Baja, dominamos el Alto Manzanares, en su nacimiento en el Ventisquero de la Condesa. A la izquierda observamos, gloriosamente enhiesta, la Maliciosa; al fondo estamos contemplando la Bola del Mundo; a la derecha de la imagen continúa, con paso firme y lento, la Cuerda Larga.

Comenzamos nuestra marcha, acompañados hoy por Rafa, desde el tercer aparcamiento de Canto Cochino. Allí, en medio del pinar descubrimos la amplia y vistosa senda que nos llevará por caminos serpenteantes, subiendo la Umbría de la Garganta, hasta coronar la Cuerda de los Porrones, más allá del Cancho Porrón. Silencios largos, respiraciones lentas, pasos breves y amistad dilatada, van caminando los montañeros por la Sierra y por la vida. La ladera es larga, misteriosa; entre los pinos, la visión se enquista unas veces, se agranda en cada recodo: la cumbre aparece y se diluye entre las sombras y entre los pinos.

Pero sabemos que es cierta la meta. Es cuestión de paciencia...un alto en el camino para beber agua y mirar el mapa. En la montaña, como en la vida, los caminos nos pueden equivocar la ruta: estamos atentos, a las pistas, a las pisadas de quienes nos precedieron, a sus sabias palabras. Aparece la cumbre, hemos llegado a la senda definitiva entre la maraña de salidas que nos querían despistar. Pero nosotros tenemos una meta a conquistar.



Llegamos a la cima de la Maliciosa Chica: mil novecientos treinta y nueve metros. En la foto falta Jose: imaginadlo detrás de la cámara, sonriente y gozoso porque  llegamos cuantos iniciamos la marcha, hemos venido cantando - solamente los últimos metros, cuando ya la pendiente se había terminado y cedió su lugar a una hermosa explanada de nieve y brezo - con el corazón latiendo en las manos y el espíritu volando en las piernas. La nieve cubre magnífica y señera desde los mil ochocientos metros: maravilla de lumbre blanca, silencio de pasos alfombrados. La Sierra es farmacia y césped, salud y regodeo son su nombre; la sonrisa de los labios, la silueta dominante. Cumbres ásperas y cortantes de otros tiempos, aparecen bajo la nevada, redondas y cálidas como una caricia tierna.

El alma rebosa paz. Es momento del regreso. Bajamos hacia el Mirador de los Pastores. Mientras comemos y superamos las penas pasadas monte arriba - en el monte de la vida - saludamos a los pocos viajeros que encontramos a esta altura. ¡Las vistas, el gozo, la paz, la luz, la lumbre caliente del futuro! ¡Cuántas maravillas encierra la montaña, maestra de paciencia y fortaleza, maestra de vida interior y de sosiego!

Regresamos por el camino más largo. Desde el puente de los Manchegos, bajamos por la vereda cercana al río Manzanares. Nieve y agua. Urces y matojos, robles y jaras. Paso a paso, entre el agua y la esperanza, nuestro corazón cabalga hacia el presente. Monte abajo entre la maraña, desentrañamos las tinieblas del alma y temblamos de luz al llegar a la parada, donde el coche abre sus puertas para recoger nuestros pies cansados y alentar nuestra esperanza.

Han sido poco más de siete horas, un tiempo muy breve en el cómputo de la eternidad.

Javier Agra.



jueves, 31 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (IV)

Tocaba a su fin la primera Navidad de mi existencia de perro, en este mundo de gozo y placidez: eso pensaba por aquel entonces. Para mí, todo habían sido cariños. Fue, durante aquellas fechas, cuando recibí el primer impacto visual y sonoro. De pronto me impresionó una revista, que ojeaba por casualidad, mientras llegaba el momento de ir al Metro, para aprender a bajar escaleras y tumbarme a los pies del asiento donde viajará el ciego con quien trabajaré en el futuro: estaba plagada de sangre y violencia. Lo más difícil de comprender fue que era provocada por los mismos humanos, aquellos seres que se definen como racionales, al mismo tiempo que machacan, contra toda razón, las muestras diversas de la vida que pueblan la tierra, para su disfrute y el gozo de su corazón.


Aquella primera Navidad sentí lástima de los humanos y su estrujado corazón. Después aprendí que esa válvula humana tiene el tamaño de uno de sus puños y comprendí, con dolor, que se pasan la vida luchando entre la fuerza y la dureza de sus puños y el latido cálido de sus corazones. La victoria, aprendí este tiempo de la Navidad, está asegurada hacia la paz, pero pasará mucho tiempo hasta que comprendan que sus manos han de ser para la caricia y el abrazo: están perdidos en la violencia.

Desde ese día, solamente puedo quererles. Comencé a entender las palabras de mis padres: ¡Pipa, hija mía, a los humanos hemos de quererles pues su corazón está bañado en sangre! El día que entiendan que la tierra sirve para sembrar flores que inunden de color el firmamento estarán salvados. Tal vez sea esa la razón por la que no he entendido su manía en llevarnos atados con collares y correas. No consigo entender que pretendan defenderse de nosotros siendo ellos sus peores enemigos. Varios de sus representantes filósofos son pesimistas respecto a su convivencia y su futuro; recuerdo al inglés del siglo diecisiete Hobbes quien desarrolló la teoría de que el hombre es un lobo para el hombre.

Luego estaban las luces, la ciudad engalanada de colores en medio de la noche…pues también era motivo de murmuración. Los humanos murmuran siempre: cualquier iniciativa de alguna persona tendrá inevitablemente un frente de murmuración. Que, creo yo, les falta espíritu de creatividad, aquel espíritu capaz de tener iniciativas sencillas y generadoras de entusiasmo; y si fallan, desde la humildad, retomar el espíritu creativo y avanzar hacia el futuro hasta que la luz de la esperanza se haga abanico de colores donde cada persona pueda elegir su favorito sin pretender anular los otros: es el conjunto lo que hace la belleza, la diversidad lo que crea riqueza.

¡Ay, aquella primera Navidad!


Actividad: Con esta foto de la Hoya Moros en la Sierra de Bejar, haremos una fotopalabra. Que cada quién piense, escriba y hable lo que le parezca, según este artículo.

Javier Agra.


sábado, 26 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (III)

Me llamo Pipa… A mi memoria acude presuroso el verso de Miguel Hernández: “Me llamo barro, aunque Miguel me llamen” Eso decía porque sabía el joven poeta, igual que se yo ahora que la trufa de mi hocico se torna más áspera y oscura, que formamos parte de la misma arcilla en distintos grados de evolución y que somos hermanos todos en la esperanza y la vida. ¡Cuántos ratos he pasado recitando poesías de éste y otros autores con la gente que vive en mi casa! Sentados, frente a frente, declamo para intentar hacer de sus cerebros científicos unas mentes de fantasía.


Pronto comencé a salir al Parque de los Perros. Los primeros tiempos cuando yo llegaba era la atracción para todos los humanos: los piropos y lisonjas son palabras agradables – no exentas de verdad y certeza, muchas veces – mas tienen ese carácter de caducidad que se deben dar a las cosas perecederas. Yo recibí con agrado, eso es cierto, las muestras de cariño de cuantos llegaban: personas y perros, nunca me asusté de ninguno; la niña a la que acompañaba, me quería bien y me protegía. Acaso el constante movimiento de mi cola, se debe a la felicidad en la que siempre crecí.

Allí aprendí que las lisonjas deben ser repartidas por igual para cuantos están cerca; ese es el modo de mantener el equilibrio entre la felicidad y la paz: desde entonces, reparto por igual mis arrumacos – ¡claro que me muestro más satisfecha de saludar a algunos humanos y perros! – más siempre sonrío a todos. Siendo pequeña, iba muchas veces con Almudena y Junco, aquel perro negro poco mayor que yo quien se marchó a Móstoles: todavía levanto la mirada hacia la casa donde vivían aquí, cada vez que paso cerca.

Pronto mi círculo de amistades fue creciendo, de todos he sabido el nombre – con frecuencia se lo digo al oído a las personas que van conmigo, porque flaquea su memoria –; de entre todos enseguida se ganó mis respetos MUNIA (quien pasea a Jose), más de dos años mayor que yo, quien nos recuerda a todos nuestro pasado lobuno y de quien aprendí a caminar por las montañas de Madrid. Juntas recorremos estas sierras del Sistema Central; en más de una ocasión hemos sacado de algún que otro aprieto a estos dos locos de las alturas, se lo perdonamos indulgentes pues su olfato es menor y su cerebro pierde los recuerdos de los senderos.


Esta es Munia, bajo el sol de alguna primavera, contando un paseo por la Sierra.


Han pasado los primeros meses de mi vida, la luna viene y va sobre la tierra como una canción redonda. He visto, entre perpleja y desazonada, a los humanos recordar multitud de eventos deportivos y pasar por alto los días dedicados a enfermedades, voluntariados, literatura y otros acontecimientos solidarios. En la medida que paseo por sus ciudades, me sorprenden más estas criaturas. Y paseo mucho, pues me estoy formando para trabajar en la ONCE; pero esa es otra historia.

Javier Agra

viernes, 25 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (II)

Merodeaban, por el lugar donde vivíamos mis hermanos y yo, varias personas. Enseguida me fijé en una familia que venía dos cachorros humanos: un chico – que ya era mozo – y una niña. Comencé a mover el rabo – signo de felicidad – en el mismo momento en que dirigieron su mirada hacia donde yo estaba. Fue un flechazo a primer ladrido.


Así entré a formar parte de aquella familia. Hoy es mi familia, desde aquel año que la ONU había decidido dedicarlo a la Cultura de la Paz y en el mundo cristiano se celebraba el Jubileo del 2000 – seguramente con el deseo de que nuestra vida fuera más jubilosa –. Así pues, el seis de septiembre, me fui a vivir con estos humanos a quienes cuido y lleno de lametones cada día. Coincidió con la audiencia de Juan Pablo II a los catequistas: “El encuentro con Cristo cambia radicalmente la vida de una persona, la impulsa a la metánoia o conversión profunda de la mente y del corazón, y establece una comunión de vida que se transforma en seguimiento. Así, nace la figura del discípulo”

Enseguida celebramos el día de la Alfabetización y otro dedicado a la Paz – como todos los segundos martes de septiembre –; inauguramos los Juegos Olímpicos de Sydney; subieron los ciclistas al Naranco; incluso me enteré que hacía diez años, los humanos se quedaron pasmados cuando descubrieron una galaxia sesenta veces mayor que la Vía Láctea.

Con todas estas cuestiones, mi mente se habría al futuro y a las preocupaciones de las personas. Me he dado cuenta, por múltiples detalles, que es mejor ocuparse del presente para transformarlo en fututo feliz; los humanos tienden a pre-ocuparse: ocuparse en cada momento del futuro incierto, entre el desasosiego y la búsqueda morbosa de lo que puede suceder mañana o el mes próximo. A veces les digo, a la gente que vive en mi casa, que es buena e incluso necesaria la previsión – porque nos hace dueños del camino que hemos de seguir – para lograr metas concretas, porque la previsión es constancia, mientas que la preocupación nos hace huraños y miedosos.

El asombro es una rara virtud entre los humanos (no todos se enteraron del descubrimiento de galaxia que cité más arriba). Muchos, de entre los humanos, no miran más allá de su ombligo (a veces aprendo dichos curiosos) y se tienen por las criaturas más imponentes del Universo. Ya me decían mis padres que a los humanos es necesario quererlos mucho, pues están demasiado solos las más de las veces; y tenemos que recordarles que formamos para del todo y dependemos unos de otros, como los vasos comunicantes, o como el cuerpo místico.



Pero de estos asuntos hablaré otro día, pues me han asegurado que en esta casa no me pondrán nunca censura y puedo decir lo que piense. ¡Qué bueno es pensar!

Estos que salen en la foto son aquellos cachorros humanos que vi cuando era una bebé. Ahora que han pasado los años, los veo crecidos pero los sigo cuidando y queriendo a lametazo limpio.

Javier Agra.

domingo, 20 de diciembre de 2009

PIPA, recuerdos (I)

Ahora que mi vida avanza hacia su cumbre, allí donde las nieves brillan perpetuamente y donde me podré bañar con todo el placer de las mañanas de primavera, sin tener que romper los hielos que cubren de cristal los arroyos de los prados; cuando los palos más gordos resisten la fuerza de la embestida de mis dientes, en los descansos sosegados bajo los chopos del parque, después de seguir, metida en mis pensamientos, los paseos de los humanos; a esta edad en que he visto amanecer con sol y brillo y también cuando en las madrugadas de invierno, he despertado a la gente de mi casa con lengüetazos justo antes de que sonara su despertador. Ahora, digo, quiero escribir en breves jornadas los recuerdos, de mis largos días.



Aquel sábado uno de julio, cuando yo nacía entre once hermanos hijos de Afra y Noel en el bullicio de la residencia de perros de la ONCE en Boadilla del Monte, recuerdo que los delegados de veintiún países del mundo daban un respaldo de colaboración internacional a la Paz, en Colombia; el que entonces era el papa de la Iglesia católica, Juan Pablo II, recibió en el Vaticano a una multitud de peregrinos en el día consagrado por la piedad cristiana a la meditación sobre la sangre de Cristo, precio y prenda de vida eterna; conocimos que el veinticinco por ciento de las declaraciones de la renta en España salían a devolver dinero.

Día venturoso. Aún puedo saborear, en mi memoria, la leche caliente de mi madre y el continuo ir y venir de nuestros cuidadores. ¿Acaso, al cuidado de mis padres, no estábamos, los once hermanos, en buenas manos? Comprendí, más tarde, que los humanos tienen entre sus cualidades la capacidad de cuidar de la naturaleza y sus pobladores, entre sus defectos el orgullo de creerse únicos e insustituibles. Aquello de “somos el centro de la evolución” se les ha subido a la cabeza a estas criaturas de dos patas capaces de producir todo tipo de armas y, no pocas veces, les produce más lejanía de la deseable con el entorno, del que han olvidado que forman parte pues son arcilla y soplo de aliento de vida.

Javier Agra.

sábado, 19 de diciembre de 2009

DE RASCAFRÍA AL REVENTÓN

Era noviembre. Frío y tiritona en la ciudad. Pipa y Munia, apoyadas las cabezas en los respaldos traseros, esperaban con el brillo en los ojos la llegada del coche a Rascafría. Aparcamos en la pequeña plaza junto a la iglesia de este pueblo de la sierra de Madrid.

Azul en el cielo y en la tierra la helada de la noche, el aire en los tejados y en los árboles murmullos de ventisca. Calle arriba - dejamos el templo a nuestra derecha - hasta llegar al barrio y la calle de las Matillas. Ir con Jose es tener el mapa de su memoria siempre presente, de modo que fue sencillo encontrar el campo de fútbol y el amplio camino que nos deja en la ruta segura de nuestro primer objetivo.

- Allá arriba está La Flecha. Después de un par de recodos, nos desviaremos por un pequeño sendero que traza su ritmo monte arriba.
- La ruta que tu tengas prevista será la más segura.

Y comenzamos la ascensión entre el monte de robles, en los pueblos donde yo comencé naciendo los llamábamos rebollas (con el tiempo me enteré que el nombre de roble-rebollo está aceptado por toda la tradición botánica y faunística). Monte arriba entre los robles, bajo nosotros las hojas del final del otoño haciendo nido a las aves y dando calor a la hierba enmarañada -  largas hierbas de otros tiempos enseñan el misterio de vivir, a brotes de estos últimos calores que ahora recordamos y notamos que nos faltan -.

¡En los pueblos donde comencé a nacer! ¡Viejos pueblos de Castilla! Porque cada persona vamos naciendo en diferentes lugares a lo largo de la vida; allí donde aprendes a mamar - primeros alimentos de sonrisa, aquellas caricias de mamá que ya nunca olvidarás - va haciendo tu vida, para siempre, sonrisa y caricia; también naces - cuando empiezas a ser un pequeño mozo - con los primeros paseos que recuerdas, entre piedras y árboles gigantes, cuando el trino de las aves te parecen misteriosas palabras de la naturaleza y  tomas el sonido del agua por el diálogo que de la tierra. Contestas y aprendes a hablar con las personas y las piedras, los pájaros y el viento; naces más tarde a la soledad; y naces a la tristeza; a la esperanza; a paseo tomados de la mano... y a sí vas naciendo poco a poco hasta que la vejez llega un día a saludarte y te encuentra en pleno acto de nacimiento a otro momento del camino del nacer... y sigues naciendo: ahora tus ojos estás más allá de las estrellas y del silencio... y vas naciendo al pasado y al futuro lentamente con los ojos brillando por otros sueños...


Aquí estamos, en La Flecha, después de pasar por el collado de las Calderuelas y luchar contra el viento y la cencellada. Las horas de cumbre fueron duras, pero de una hermosura, acaso, solamente almacenable para aquellos que lo vivieron. Recordamos el frío, pero sobre todo el brillo pálido de las plantas cubiertas de plata por el sol bailando con la música de las nieblas y la helada que durará varios días para dar majestuosidad a la montaña.

Allá lejos, espera el Reventón. Paso a paso, con el agua mojando la ropa ¡quién sabe si nos empapa el alma! continuamos la marcha. Han pasado seis horas desde que salimos del pueblo. Llegamos, con el rostro entumecido y el alma cálida, hasta el puerto del Reventón: completamos las expectativas. Retomamos la ruta verde que, en otro paseo anterior, habíamos dejado - cuando salimos desde la Granja - y volvemos hasta Rascafría. El camino - como fue hasta ahora - es inmenso en vistas y en hermosura. Los pinos salen a nuestro encuentro, más abajo volverán los robles-rebollos.

En algún lugar, a cobijo del aire que se irrita por momentos, comeremos aprovechando un cesto diminuto de sol. Hoy no nos sentamos, saltamos mientras comemos, para vencer al frío. Allá bajo, entre los prados, se ve pálido de arena el sendero que cruza los prados comunales - acaso antaño fueron eras para la trilla - y nos coloca en el pueblo, como si fuera magia, la magia de un paseo que se acerca a las nueve horas. Pero el tiempo es una menudencia en la montaña. La noche y el café nos obligan a mirar al reloj y nos comenta que es la hora. ¡De acuerdo! La llave en el motor y regresamos con las luces puestas: las del coche y las del corazón.

Javier Agra.

martes, 8 de diciembre de 2009

POR LA CUMBRE DE LOS NEVEROS

Entre la cumbre de Peñalara y el Puerto de Somosierra, hacen cresta multitud de nombres. Algunos picos aún no los habíamos visto desde la cima. Por eso planteamos una primera excursión montañera partiendo desde la Granja de San Ildefonso. La aventura no era baladí, de modo que encomendados a los dioses de las montañas de Madrid - seguramente tendremos varios repartidos por estos pagos - comenzamos nuestro camino en dirección a las fuentes de agua tibia y al mirador del Poyo Judío. El sol tenía prisa esa mañana y, en breve, se insinuó a nuestro lado hasta conseguir una invitación: ¡vente con nosotros!

Munia y Pipa caminaban con delicados saltos, por no despertar a los anfibios y dejar sosegadas a las pequeñas matas de diversas especies que se extienden por la ladera en cantos de vida y ensoñación. Paso a paso, van transcurriendo los minutos. Los pocos viajeros a quienes saludamos - y a estas alturas ya saludamos a cuantos nos encontramos por el sendero - van quedando al frescor de las matas en algún recodo.

Subimos, siguiendo los postes que marcan la Vía Verde entre la Granja y Rascafría. Al llegar al Collado del Reventón - donde está situada esta foto - continuamos hacia la Hoya Poyales y los Neveros hasta el Puerto de los Neveros. La distancia se agranda a cada paso y el azul va cantando al día. Mi corazón tiene un poema para guardar en estas cumbres, saldrá algún día, cuando Madrid se asome a la tierra con el fuego entre sus dedos para calentar la sopa y migar el pan en el que todos podamos alimentarnos y caminar en paz.

Mientras vivimos lejos de Utopía, las nubes acarician nuestras gorras y Munia y Pipa sueñan en cada sombra, sueñas con un sol alumbrando los sembrados y las plantaciones comunales de patatas. Así vamos al paso de la mañana, mientras los trinos de algún ave nos despierta. Es un día de final de verano y nos damos cuenta - de pronto y por sorpresa - que el sudor de la subida está transformado en sal sobre nuestra frente. Una parada y un trago de agua.

Inmensidad de montaña y esperanza. Los pinos - breve silueta entre el verde de la montaña - apuntan al cielo mientras duermen pequeños animales entre las retamas. Desde los Neveros hemos dejada Cerro Morete a nuestra espalda. Venimos de allí lejos. Venimos de nuestros sueños y de los sueños de nuestros antepasados. Aquí, sobre estas abiertas cumbres, descubrimos que somos ontogénesis un compendio de la filogénesis; Munia y Pipa, ruegan que no sea tan pedante de modo que se lo cuento en castellano: ¡escuchad, perrillas de nuestros amores! La ontogénesis es el presente, los que en la actualidad estamos respirando sobre esta tierra y en ella soñamos; la filogénesis es el pasado, la cadena de siglos y sus deseos que han llegado hasta nosotros en sucesión de acontecimientos y esperanzas.

Frente a nosotros tenemos ya los Claveles y Peñalara. Estamos cansados y la luz tiene también sus límites. De modo que tomamos el sendero que, desde el collado de los Neveros, baja hacia la Granja, en un camino circular. En breve volverán los pinos y el Arroyo Carneros, donde nuestras amigas perras disfrutarán saltando entre las pozas, mientras Jose y yo descendemos con calma ayudando así a la digestión sosegada.

Allá lejos, el coche espera. Sin prisa. Después de más de ocho horas de marchar juntos, el sol se despide de nuestra compañía y caminará sonriendo hacia otras tierras. ¡Lleva nuestrro abrazo, lleva la esperanza!

Javier Agra.

jueves, 26 de noviembre de 2009

HAYEDO DE TEJERA NEGRA

Las circunstancias obligan frecuentemente a previsiones que parecían inútiles y resultan, a la postre, imprescindibles. Jose había reservado una plaza para aparcar el coche a las puertas de hayedo. Nos tocó madrugar y recorrer un compendio de comunicaciones - resumen de las rutas de España - (autovías de amplia calzada y conducción veloz junto a diminutas carreteras cuya ternura consiste en unir a las personas de los pueblos cercanos, aquellos que no conocen la prisa).


Carreteras de calma. Acaso para permitir saludar casa a casa por cada lugar transitado. Así nos tomamos el camino, mientras la noche bosteza los primeros rosicleres y los grillos despiertan a las setas y a las dormidas vacas. Comienza el día en los pueblos y nosotros llegamos para iniciar la jornada.

La lumbre del hayedo calienta el alma esta mañana de contrastes. Nosotros estamos dentro, el resto del mundo es "afuera". Colores y brillo suben desde nuestras botas hasta el corazón, los pulmones y las sienes. Se aplaca el tiempo, duerme la pena y baila entre cantos de gloria la vida en la que nos adentramos. Dentro y fuera, contraste de vida y pelea, armonía y ruido. El Hayedo nos da la calma: Pipa y Munia también la gozan, por eso van y vienen de los colores a la pisada que marcamos con nuestras botas; del canto de las aves al silencio de nuestra respiración.

Hemos iniciado el camino, por donde las guías deciden que se termine: es, sin discusión, la zona más bella del frondoso bosque ¡y estamos en un lugar donde la belleza crece por ella misma! Hora y media después de comenzado nuestro paseo, llegamos a un claro, el sendero regresa hacia el inicio del hayedo en paseo circular. Aquí es donde Jose, Munia, Pipa y yo hacemos nuestro concejo y decidimos salir en dirección hacia la Buitrera, por un camino no explorado, pero llevados por la orientación y la voluntad.

La Buitrera está cerrada entre la niebla y el viento. Nos reta y advierte que estamos más seguros en la zona llana donde el aire es brisa y el sol acaricia, cada cierto tiempo, nuestros cuerpos. Por lo que parece un sendero, comenzamos a caminar, apartando ramas de hayedo y siguiendo veredas de vacas. El sendero se pierde... permanecen los pájaros, las hayas y el deseo. Munia y Pipa son valientes, los cuatro nos turnamos para abrir sendas nuevas de hierba y pedregal. La Buitrera se defiende con una primera embestida de viento y aguacero... Seguimos... Nos pone murallas de piedra y matojos... Continuamos... Lanza gritos (acaso fueran truenos) y nos cierra el paso con una cortina de intensa niebla. Nos faltan doscientos metros de subida y otro buen rato de cresta hasta la cumbre...

Hemos descubierto que no somos más que humanos (tal vez Pipa y Munia hubiera preferido continuar, pero nunca nos dejarían indefensos en medio del fragor de la pelea y se retiran con nosotros). Hoy ha vencido la montaña, a la que siempre respetamos. Volvemos, con precaución al principio pues la niebla nos da escolta y nos marca el ritmo de marcha según su voluntad; más tarde, avanzamos deprisa, sin osar volver la vista por si aún quedan defensores de la Buitrera. Más abajo, cuando nos da el sol y hemos salido a la pradera, nos sentamos y comemos, compartiendo alimento y sensaciones con los contrincantes de esta jornada. A nuestro lado se sienta la Buitrera, con el viento y la niebla. Ya no son enemigos, la pelea nos ha convertido en camaradas. Nos citamos para más adelante, cuando el sol y el viento se pongan de nuestra parte.

Javier Agra.

sábado, 7 de noviembre de 2009

SIERRA DE BEJAR (el regreso)




Disfrutar. Volver. ¿Desandar lo caminado? Eso no, cada paso es una conquista de futuro. A veces, como esta tarde, hemos de recorrer por el mismo sendero con diferentes pisadas. Sigue el valle con el río Cuerpo de Hombre naciendo de nuevo y constantemente. Pero ahora parece que fluye de modo original y nuevo. Distinta agua para configurar la misma esperanza de río. Distinta agua regando otro momento de la tierra. Acaso solamente conservamos el nombre de las cosas. pero hasta las sonrisas son nuevas y son nuevas las pulsiones de la sangre que nos transforma el oxígeno de la vida en canción y fantasía.

Terminamos de subir y bajar. La mochila gritaba su comida cuando nos sentamos al sol, sobre una piedra del camino, a reposar el tiempo y la vista. Entre mordisco y mordisco, un pico de Gredos en la distancia y una brisa de montaña. Comer de cuchara después de una ascensión en plena montaña, es un logro de las latas y la producción civilizada. Y allí están los montañeros, entre la civilización y la naturaleza respetada en su mundo original.

La foto que cierra, con su fuente de agua permanente, es un testimonio de nuestro paso por Candelario, pueblo de sosiego y sonido de agua; de recuerdo medieval y actividad moderna. El café y el agua refrescante para terminar la visita a las cumbres de Salamanca, a los límites de Cáceres y¨Ávila. Un suspiro callejero y de regreso al coche.

Lo vivido esta jornada quedará escrito en los papeles, pero imborrable en el alma.

Javier Agra. 

miércoles, 4 de noviembre de 2009

SIERRA DE BEJAR (III)

Habíamos dejado atrás la cumbre y cuerda de Talamanca, también llamada de los Asperones; en esta Sierra, cada cumbre y aún los diversos valles tienen varios nombres de modo que, no pocas veces, nos movemos entre la confusión. Que es un poco lo que ocurre en la vida, la indefensión es una constante humana entre la que nos bandeamos frecuentemente. Seguramente porque así debe ser: desde siempre hemos aprendido que no todo es negativo o todo es positivo, la mezcla ha hecho la vida y la naturaleza como la observamos a diario; somos mezcla de deseo, aspiración y conquista. Cada nuevo pensamiento afirma el pensamiento anterior y también lo pone en duda, así vamos creando y creciendo - Tesis, Antítesis y Síntesis decían los filósofos de otros tiempos -.
Sea como fuere, llegamos al breve Paso del Diablo - tal se llama el desnivel de la foto sobre estas líneas -. Es breve, en efecto, mas parece puesto por el mismo diablo, pues es una caída vertical con pasos de segundo grado y aún superior, de modo que aquí nos quedamos los montañeros devanando los sesos para imaginar una bajada - después tendremos que subirlo - y mantener la integridad física y psíquica. Afortunadamente, pasó por aquí algún ángel y colocó una cadena a la que nos agarramos y nos permite el paso. Con esta cadena se ilustra, una vez más, que no podemos juzgar y condenar o bendecir a la ligera. ¿No es igualmente cadena la que aprisiona y oprime, signo infinito de sufrimiento y penar, que la cadena que brilla sobre los hermosos cuellos para resaltar aún más la belleza, o la que en este lugar de la sierra - y en otros lugares de montaña - ayuda a llevar con más descanso la jornada?


Y vuelta a subir, hasta llegar a los dos mil cuatrocientos metros (la numeración que han puesto con pintura sobre las piedras está equivocada). Es el final de nuestra jornada. Hemos coronado el Vértice del Calvitero o Torreón, con ambos nombres se conoce esta cumbre coronada en la foto por Jose, agarrado al vértice geodésico que indica el final de la subida. (Una persona nos dijo una vez que parecía que estábamos abrazando una bombona de oxígeno: la comparación no es baladí, pues llegar al final del camino propuesto supone un vívido esfuerzo que nos hace respirar profundamente y con ronco cansancio).

La jornada ha sido de lumbre y espíritu valeroso. Hasta llegar a esta cumbre, hemos ido dejando atrás dificultades y problemas - sencillos de resolver, todo sea dicho -; también hemos visto cómo quedaban gentes que habían iniciado la ascensión y hacían una cumbre, dos cumbres... desde La Ceja muy pocos continuaron el camino.

Aquí nos quedamos un tiempo para contemplar la armonía del conjunto. Valles de Salamanca a un lado, más lejos las cumbres de la Peña de Francia, al fondo intuimos ¿o tal vez fantaseamos? la Sierra de la Estrella en tierras de Portugal. Bajo nuestros pies, el Valle del Jerte - verde y cerezos dormidos - y no lejos de nosotros el cacereño valle de Ambroz - todo belleza y silencio -. Todavía, en la dirección que hemos seguido, podríamos continuar hasta otra cumbre más baja - a la que también se conoce como El Torreón, ¡buena confusión de nombres! -. Pero hemos terminado. Regresamos por donde hemos venido, y en el camino la comida.

Javier Agra.







miércoles, 28 de octubre de 2009

SIERRA DE BEJAR (II)

Excelente la vista de las Lagunas del Trampal - recordad la foto del anterior texto -. Allí quedaron algunos montañeros de los que encontramos, cosiendo su mirada feliz al azul del cielo y del valle. Allí se sentaron a meditar sobre el fluir de los ríos de la vida y de la edad. Allí vieron, saltando entre los riscos, sus años pasados y el verdor no maduro del futuro les acomodó la paz en su corazón mientras palpitaban sueños; allí dejamos al solitario montañero con sus sigilosos pasos, la cabeza apoyada en su mano, creador de días venideros ... allí quedaron las cuatro muchachas de frente cantarina y conversación discreta sobre rosas y esperanzas de otras fechas cercanas y calientes ... allí la pareja de enamorados que habían realizado la parte del camino hasta donde alcanzaba nuestra vista tomados de la mano, entre sus dedos el misterio y en sus labios un surtidor de besos.
Jose y yo, ascendimos otro puñado me metros hasta La Ceja - también llamado Canchal de la Ceja -, techo de Salamanca con dos mil cuatrocientos veintiocho metros. Culminación de la inmensa espina dorsal que algún viejísimo dinosaurio depositó en esa parte de la sierra antes de desaprecer para siempre, cuando ya estaba pronosticada su extinción: Me quedaré - se dijo - y allí permanecen hasta hoy las magestuosas escamas de su lomo

A la izquierda de nuestra marcha, la provincia de Ávila. La Garganta de la Solana y, al fondo, la Laguna del Duque - con dique artificial - ponen rumbo a nuestros sueños. Más adelante, siguiendo nuestra marcha, pasaremos a Cáceres. Sus verdes valles no pueden entrar en la cámara de fotos, allí aspiramos el aroma de las cerezas de otras épocas y admiramos las siluetas fabulosas de sus entrecortadas mantañas. Abajo Extremadura y en el sueño - siempre cosido al tiempo y a la tierra - América que vió nuestro suelo por primera vez a través de los ojos y la voz de estas gentes de acero.

En estos parajes de piedra y vegetal - la Hoya Moros se llama - nace el río Cuerpo de Hombre, serpiente muda y amplia de piedras y fiereza. ¿Por qué dijo el poeta que canta el río? Aquí, duerme la siesta y toma fuerza en la oración de la montaña para bajar a los pueblos con mano cálida, pues sabe el río que tendrá que acariciar a muchas personas para quitar las penas y calmar tristezas. Al fondo de la foto podemos ver Los Hermanitos, que así se llaman esas dos montañas que parecen una sola.



Entre poesías, piedras y sudores, hemos llegado a la Aguja o Cumbre de Talamanca. En algunos libros hemos leido que aquí se abrazan las tres provincias: Salamanca, Ávila, Cáceres. No todos están de acuerdo. Nosotros paseamos su cumbre y plasmamos el paso en esta foto. Vemos a las tres provincias y aún respiramos el mismo aíre que las otras comarcas españolas y que el resto de los seres vivientes. En la montaña nunca estamos solos, no existen las fronteras y el abrazo es el mismo en todas las partes de la tierra.

Javier Agra.










martes, 27 de octubre de 2009

SIERRA DE BEJAR (I)

Las Lagunas del Trampal a nuestros pies, son de origen glaciar. Han conservado un valle que relaja el espíritu y sosiega la vista. Hasta ellas llegan ríos de gente, acaso para buscar la humildad de la tierra.

Hacemos cumbre en la Loma del Calvitero. Primera meta de nuestra jornada.

He aquí un nombre discutido desde su mismo nacimiento. También Candelario podría dignamente darle nombre a esta maravillosa Sierra. No pocas veces se la nombra, sin más, como Cuerda del Calvitero. Sea como fuere, merece una visita y aún cien poemas inspirados, por magnífica, hermosa y variada.

Desde Madrid, el motor del coche apenas ronronea con las estrellas de la madrugada. No quiere morder el sueño de las gentes que duermen su sosiego de una semana de agobios y horarios. Sin tiempo - hacemos un quiebro a las estrellas - y las dejamos indefensas ante nuestra salida por la M-40. Acaso, pienso en mi asiento de copiloto del coche, las estrellas no están para vigilar nuestros movimientos sino para sonreir las iniciativas madrugadoras. Puede ser que, más tarde, tengan audiencia con el sol y le vayan dando cuenta de las variaciones que se producen en la tierra durante la noche.

Piedrahita: gasolina y desayuno. Y a las ocho y media aparcamos el coche en el Travieso, al pie mismo de la Sierra. Antes, al pasar por Bejar, el río Cuerpo de Hombre saluda y acompaña a los viajeros hasta conducirlos al puente que sale a Candelario: silencio, el pueblo duerme suspiros de amanecer; susurra una invitación a visitar sus calles y su historia, volveremos al final de la jornada, a lo del café y el turismo de balcones.
Y ya estamos, monte arriba, siguiendo los vistosos "hitos" de piedra. Han hecho un buen trabajo, quienes los pusieron. Son grandes para esta época, pero sin duda muy buenos en otros tiempos, cuando la nevada caiga sobre estas alfombras de arbustos y retamas; buen trabajo, si señor, para indicar a los caminantes monte arriba hasta llegar a buen recaudo.
Nosotros, respetuosos con la montaña, hoy nos mostramos anárquicos y seguimos un camino menos transitado: ¡ay, Machado, cuánto camino inventamos al andar! La montaña es inmensa - la cima no tiene pérdida ni dificultad de acceso - por eso nos dirigimos por cualquier camino hacia la Loma del Calvitero, primero de nuestros objetivos de esta jornada. Sin duda, en primavera, no hubiera sido fácil seguir la ruta que hoy hacemos, probablemente nos hubiéramos encontrado abundante agua; por eso, y por otras razones, el camino llega a la cresta más a la izquierda de donde salimos nosotros.
¡Loma del Calvitero! El Calvitero, también lo llaman. ¡Qué bien te cuadra el nombre! Inmenso cascote desértico, calva montaña que corona verde ascensión. Llanura amplia entre piedras de mil tamaños y arena apelmazada. Saludamos al azul del cielo - recién pintado para nosotros esta mañana - y a multitud de montañeros. Nos separamos unos metros del camino para hacer cumbre y visitar el monumento a la Virgen, Nuestra Señora del Castañar. La vista es fugaz, por el tiempo y la distacia que aún hemos de recorrer; también porque el monumento está maltrecho, más por alguna acción entre gamberra y estulta que por tiempo que erosiona con pausa y sin preferencias.
Desde aquí, ya vemos las Lagunas del Trampal. Enseguida pasaremos por su orilla. De momento nos encomendamos a la cumbre que dejamos con la mochila al hombro y una sonrisa vertical. ¡Loma del Calvitero recuerda nuestro paso, a lo largo de los siglos venideros!

lunes, 5 de octubre de 2009

CABEZA LIJAR

Este monumento a la sonrisa, es la felicidad de unos padres mostrando a su hija de cuatro meses en su primera cumbre compartida, en Cabeza Lijar. En breve harán tresmiles. Acaso la pequeña Elisa supere los seis mil de sus padres. El tiempo escribirá sus propios actos. Dejémoslo, pués, en reposo.
Octubre. He visto las adelfas florecidas buscando en el cielo el vuelo juguetón de las palomas. Pálidas miradas desde el ocre de la tierra al húmedo arco iris de algún sueño de la sierra. La tierra a nuestros pies, plomo y verde entre golpes y esperanzas con respiración pausada, latigazos de sangre cansada.
Sangre de octubre en las horas primeras, cuando el sol - aparcado en las cocheras del horizonte -desayuna tostadas con mermelada y prepara la chaqueta que posará sobre los hombros calientes de las personas madrugadoras.
Calientes de sueños y de promesas. Como tú ahora que cabalgas por el otoño inicial con billetes de encinas y amaneceres. Como tú que has colocado la vida al sol de octubre para que la sangre mantenga vivas y fuertes las calles y las plazas.
La foto es de una preciosa niña de cuatro meses - en el capazo de su padre, con su madre también sonriente - en su primera cumbre en Cabeza de Lijar. De modo que en este escrito se me salen las ternuras y proclamo un día de homenaje a los nietos: la nieta de Jose - el hombre que me enseñó la existencia de las montañas (de la pequeña Elisa es la foto de su primera cumbre) -; y al hijo de mi hijo, por quienes me nace un surtidor de gozo y de quien estábamos celebrando su segundo año, al mismo tiempo que quedaba plasmada la fotografía de cabecera.
Desde San Rafael, merece la pena un recorrido de hasta seis horas. Comienza la marcha, siempre entre pinares, llegando a la cumbre de Cueva Valiente - misteriosa y verde -; a continuación, se baja un breve collado para ascender Cabeza Lijar, Segovia a una vertiente a la otra Madrid escuchando las dos la música de los pinos; para terminar en la Peña de Salamanca - lumbre y cielo - y volver, cerrando un magnífico círculo de inolvidable paseo.
Javier Agra.

domingo, 20 de septiembre de 2009

SIERRA DE LA CABRERA

Entre pasamanos de jaras en flor, sube la senda a la Sierra de la Cabrera. Desde la carretera de Burgos, el coche camina seguro, no necesita conductor: ¡pequeña sierra, nunca tengas envidia de tus hermanas cercanas y de las grandes sierras y picos de los que oyes hablar a los montañeros que a ti llegan! Tú eres del color de los brunos a punto de madurar.
Sierra de la Cabrera, pequeña inmensidad. En más de una ocasión has solucionado una jornada de marcha a los montañeros que se alejan de Guadarrama enfurecido. Tu serenidad y la calma de tus dos cumbres llaman al paseo, invitan a las cordadas. Hacia tus cumbres, en armonía y sosiego, caminan los novicios montañeros. Y ahí esperas, entre el ocre de la tierra y el azul del cielo, sin darte vergüenza tu diminuto techo.
Sierra de la Cabrera, eres maestra de los primeros pasos y de las grandes cuerdas.
Llegamos en el coche, saliendo desde el pueblo de la Cabrera hacia el Monasterio de San Antonio; la carretera está jalonada por las estaciones del Via Crucis. En la séptima estación aparcamos - un pequeño espacio aguarda agazapado entre las jaras - y comenzamos la marcha. En pocos metros, veremos una señal de madera - más fuerte que el tiempo y la nevada - que nos indica el camino del Cancho Gordo.
Ya estamos subiendo, silencio de mariposas y pasos montañeros, hasta el Collado Alfrecho, descanso que separa la sierra en sus dos senos: más alejado el Pico de la Miel, solemne y brillante cuando lo vimos hace un rato desde el pueblo; lijado por el tiempo y las tormentas, se cubre de cuerdas y escaladores en su cara sur. Nosotros, los que vamos a pie, llegaremos por un sendero majestuoso que recorre la cumbre por la cara norte. No perdemos los pinos, seguimos cantando entre la vegetación de la montaña. Pipa y Munia juegan a un continuo ir y venir de los olores y matojos, acompasando su mayor velocidad a nuestra calma. La última parte de la subida es piedra, grandes láminas donde asegurar la pisada.
Y la otra cumbre, más cercana, es el Cancho Gordo. Desde el mismo Collado Alfrecho se inicia la subida, más pendiente y más alta. Senderos y magia, resbalonos en la nieve y vida en sus praderas; Canco Gordo hacia arriba, descubrimos la magia de la Sierra y también otras cumbres y otros horizontes. Nos lleva cerca del cielo, nos posa más allá de las fronteras.
A Jose y a mi, nos da para recorrerlo en dos jornadas. La Sierra de la Cabrera ha ideado sus cumbres para disfrutar de las jaras, de las rocas, de las aves y de la vida que es misterio y futuro.
Javier Agra.

domingo, 6 de septiembre de 2009

ANAYET (II)

Esta imagen, amigo lector, que aquí dejo para tu contemplación, es una Oda a la vida. Culebrea el camino por la derecha, siempre en ascenso feliz camino de los Llanos de Anayet, que están tras esa loma y justamente, en este punto, el futuro está más escondido. ¡Estamos llegando a la amplitud de visión y no vemos, estamos en la esperanza! Verdes y ocres, pradera y piedra reciben el agua al unísono. Y los montañeros ascienden, llanto y sonrisa, pues el Anayet espera.
Hemos dejado las mochilas junto a una piedra en el Collado Rojo. Ahora continuamos a pie por estas zonas de trepe y precaución. Tras un breve pedregal está la cadena que nos ayudará a subir a la montaña - seguramente sin un firme punto de apoyo no hubiera sido posible para nuestras solas fuerzas y nuestra pericia más bien escasa -. La montaña tiene multitud de aspectos, colores, pasos, diversiones, esperanzas, sueños... Recréate en la foto de este paisaje - instantánea que Jose pone en esta página y ambos guardamos en la retina y en el alma ya para siempre -. En la montaña se puede dejar la mochila durante un tiempo largo, para recogerla al regresar. Todavía es un espacio de confianza. A nuestro regreso, otros montañeros también habían dejado sus macutos y algunos bastones de paseo, allí estarían cuando cada uno vuelva a por sus cosas. La montaña tiene las puertas abiertas y el espíritu musical.


La cumbre con el Midi d'Ossau al fondo. Manopla que calienta las manos de la tierra. Cabeza de animal marino asomado a la tierra en busca del aire que junta la vida con la esperanza. El camino, con frecuencia, es largo y fatigoso. Pero la cumbre es descanso. Merece la pena la lucha: arriba brilla el sol de la promesa. Aquí tocaremos nuestras arpas, porque nuestro aliento estaba en el polvo pero nuestra amargura se volvió paz. Y nacerán nuevas cumbres ante la vista y sabrás que no estás solo porque acaso encuentras otro compañero que te fotografía el momento, acaso está el que te dice el nombre de alguna montaña, acaso quien te cuenta un chascarrillo sobre un pueblo de la zona. ¡La cumbre, eternidad cercana!


Desde el Anayet - Jose te podrá decir todos los nombres que se ven en derredor - están lejanos: La Gran Facha, Los Picos del Infierno, El Vignemale, el Garmo Negro... y multitud de picos cuyo nombre se me han evaporado en la memoria y quedan haciendo poso en el recuerdo de esta jornada de sueño, iniciada en una diminuta tienda de campaña y terminada en la cumbre del Anayet con los ojos verdes de naturaleza y azules de sol y tierra.

Javier Agra.